El calendario y los mercados

El fin de semana, mi esposo y yo fuimos al centro, a buscar unas telas para disfraces, pues nuestros hijos participarán en el desfile que organizará la escuela, con motivo de las Fiestas Patrias.

Podrían preguntarnos la razón de tanto adelanto, pero la verdad es que mientras recorríamos esas históricas y ajetreadas calles, nos invadió la sensación de que el tiempo se nos había venido encima y que ya deberíamos estar pensando no en el 15 de septiembre, ¡sino en la cena de navidad!

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No es sólo que los puestos de banderitas y adornos tricolor ya estén en cada esquina y que los edificios del Zócalo empiecen a ostentar los adornos propios de la celebración, sino que en la mayoría de los almacenes, tiendas y mercerías ya se puede encontrar de todo para preparar la decoración del Día de Muertos, así como de las fiestas de fin de año. Hasta uno que otro arbolito decorado vimos por ahí.

Después recordé que en la panadería del supermercado ya empezaron a sacar el pan de muerto y que hace unos días, cuando llevé a los niños al cine, mi hija me mostró en el aparador de una tienda, el juego de química que quiere pedir a los Reyes.

Definitivamente, somos una sociedad a la que le cuesta trabajo vivir en el presente. No digo que la anticipación esté mal; todo lo contrario, es importante planear los compromisos venideros, para no dejar que nos abrumen las prisas y para tener tiempo de resolver los imprevistos que se presenten. Sin embargo, demasiada anticipación impide disfrutar adecuadamente del momento actual.

Pero además de los planes y las expectativas, hay otro factor que nos hace vivir en el ritmo tan acelerado al que hemos terminado por habituarnos; se trata de la economía. El hecho de que los saltos en el calendario se den sobre todo en ámbitos comerciales, implica que anticipar las expectativas y hacernos pensar por adelantado en eventos para los que todavía faltan varios meses, genera un beneficio económico.

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Pensemos, por ejemplo, en los platillos y golosinas de temporada, que ahora nos ofrecen desde un par de meses antes de la festividad. Si antes el pan de muerto o la rosca de Reyes eran el hit de la panadería durante un par de días, o una semana, a lo mucho, ahora pueden llevar ingresos a dichos establecimientos por un mes o más; con la anticipación del ambiente festivo se despierta el antojo de los consumidores, quienes por lo general no tienen inconveniente en disfrutar por más tiempo de una suculenta pieza de repostería.

Algo semejante sucede con las campañas de ventas navideñas, que nos invitan a planear los regalos y la decoración al menos desde noviembre. Lo mejor, para el comercio, es que mucha gente se deja llevar por la idea de adelantar las compras, pero también termina por ceder ante una oferta de última hora o por comprar algo de lo que se había olvidado y que unos días antes de las fiestas, sale más caro.

Y en medio del frenesí de adelantos y compras, rara vez nos detenemos a pensar si eso que “nos urge” comprar es algo realmente necesario, útil o que marcará una diferencia en la calidad de nuestras vidas.

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Cuando el descanso te cansa

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¡Gracias a Dios, se acabaron las vacaciones! No me malinterpreten; no es que tenga poco aprecio por cada minuto que paso junto a mis niños; al contrario, ahora que están en el colegio cuento las horas para que regresen. Lo que pasa es que cuando se juntan condiciones como una ciudad sobrepoblada y millones de personas tratando de disfrutar una temporada de asueto al mismo tiempo, los resultados pueden ser más estresantes que las semanas de cierre de cuentas en el trabajo.

Y eso que mi esposo y yo planeamos todas las actividades recreativas del verano, incluido el viaje, dos meses antes de que los niños salieran de vacaciones. Por nada del mundo repetiríamos la espantosa experiencia de Semana Santa, cuando se nos ocurrió regresar de Puebla el domingo a medio día; sólo les diré que la fila para pasar por la caseta llegaba más allá de donde se encuentran las básculas camioneras, en las que se pesan los transportes de carga. Pero, claro, ¡en qué cabeza cabe volver a casa justo un día antes del inicio de las actividades!

Nos prometimos que el verano sería distinto, así que reservamos el viaje a Puerto Vallarta para principios de agosto; de esta forma no coincidiríamos con las familias que se apresuran a salir en cuanto se clausura el curso y menos aún con las que vuelven a velocidad frenética, porque ya tienen los minutos contados para preparar los uniformes y los útiles. Además, agendamos visitas a museos, parques de diversiones, paseos a balnearios y áreas naturales cercanas y los obligados días de cine, para ver las películas de moda, que todos los niños comentarán al reunirse.

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Como nuestros hijos ya conocen las principales atracciones para el entretenimiento infantil que tiene nuestra Ciudad de México, tales como Six Flags, el Zoológico de Chapultepec, El Papalote o Kidzania, decidimos proponerles nuevas opciones y decirles que eligieran uno o dos de sus lugares favoritos para repetir. A los niños les encantó la idea y de hecho estaban más entusiasmados con las excursiones a lugares donde podrían nadar y jugar al aire libre, que con los juegos mecánicos de siempre.

No exageraré diciendo que todo fue un caos. La verdad es que tuvimos buenos momentos, nos divertimos y, lo más importante, los niños la pasaron fenomenal. Lo que aún me tiene sorprendida es que rara vez nos salvamos de las aglomeraciones y las filas; ya fuera en los museos, en los cines entre semana y hasta en restaurantes que no suelen ser demasiado concurridos ni estar entre los favoritos del público infantil, nos encontramos más gente de lo normal.

Las albercas se llenaban con inusitada rapidez, por más que tratáramos de llegar temprano al balneario; más que nadar, sólo quedaba la opción de chapotear. Y andar en bicicleta en los parques no era del todo sencillo, pues había que esquivar a los niños que constantemente atravesaban corriendo por la vía.

En fin, como ya les decía, la diversión no faltó, pero al final de cada día de paseo, mi esposo y yo nos sentíamos más y más agotados; no tanto por la actividad, sino por las filas, el ruido, las esperas y las multitudes. Por eso digo, gracias por la vuelta a la rutina y el término de las vacaciones; pues tanto descanso, ya nos tenía verdaderamente cansados.

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La policía

Al estar en la línea de check-in de VivaAerobus, estaba observando a los policías que hacían guardia en la entrada del aeropuerto y en verdad me fue fácil entender por qué el crimen organizado es el que lleva la batuta en este país, ya que sería ridículo pensar que en México nuestros policías tienen las cosas bajo control.

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La policía, en cualquier nación competente, debe de ser la institución más respetada, junto con las Fuerzas Armadas, ya que ambas instituciones están conformadas por individuos que escudan a la nación de la inmundicia del crimen organizado con su vida.

Los ciudadanos de cualquier país digno deben sentir entera confianza, al estar en algún apuro, de llamarle a la policía, pues saben que sus elementos pondrán un fin al asunto y encontrarán a los criminales, aunque se escondan debajo de la tierra.

Una fuerza policíaca profesional debe de inspirar respeto y temor con la mera presencia de sus elementos, lo que significa que deben de están en perfecta condición física a niveles atléticos de alto rendimiento, a modo de que estén siempre listos para cualquier tipo de persecución; de lo contrario, el crimen organizado se reirá de ellos.

Es importante entender que ningún policía, por buen entrenamiento que tenga, podrá llevar a cabo su labor si su equipo es inadecuado; lo anterior dará a los criminales una invaluable ventaja sobre ellos.

En general, una unidad policíaca debe de contar con un excelente equipo de radio comunicación, que les permita comunicarse con la base y otros oficiales (especialmente al pedir refuerzos); un automóvil veloz y versátil, capaz de maniobrar  en cualquier persecución; con armas de fuego de función automática, así como una pistola de calibre 45 y un entrenamiento excesivo, rayando en lo fanático, a modo de forjar un corazón de león y una técnica y táctica inigualables al momento de abrir y recibir fuego.

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A su vez, los oficiales de policía deben ser éticamente un modelo a seguir para toda la población, como si estos fueran la propia constitución caminando, lo que les hace también a los oficiales de calidad una autoridad moral en esencia.

Desgraciadamente, en México esto no existe, ya que la mayoría (siempre hay excepciones)  de los elementos que conforman la fuerza policíaca en México no deberían de estar ahí.

Físicamente, en su mayoría, los oficiales mexicanos podrían parecer una broma satírica de algún periódico de humor negro, ya que más del 60% de los elementos de la policía son obesos y muchas veces no saben siquiera utilizar el arma de fuego adecuadamente, ya que para poder hacer buen uso de las armas, a nivel profesional, uno debe de practicar más de lo que descansa.

Moral y éticamente, los oficiales de la fuerza policíaca mexicana muchas veces son iguales o peores al el crimen organizado, ya que muchas veces son ellos mismos (los policías) los que cometen actos criminales.

Todo esto, por supuesto, sería diferente si el gobierno federal le subiese el sueldo considerablemente a la fuerza entera y que no les hagan pagar por cada bala que disparen.

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Son lujos, pero creo que los valgo

Todos los días me despierta un ruido persistente, que he llegado a odiar más que la alarma del reloj, lo cual ya es mucho decir. Un repetido martilleo se infiltra en mis sueños, haciéndome imaginar toda clase de calamidades; desde las detonaciones emitidas por armas extraterrestres, hasta mis hijos aprendiendo a tocar la batería.

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Así es como mi organismo va despertando poco a poco y mi mente se distancia de la pesadilla, para tomar consciencia de lo que realmente sucede; inicia un día más de obras en una de las muchas construcciones que se levantan en la colonia, cortesía de la nueva fiebre inmobiliaria.

Cuando en el desayuno, el camino a la oficina o, más tarde, durante la cena, se me ocurre hacer un comentario quejoso al respecto, mi esposo o mis amigos me dicen que ya debería estar acostumbrada. Así es la vida en las grandes ciudades, y si no fueran las obras, serían las ambulancias o los sinceros recordatorios familiares, emitidos por los primeros conductores del día. Sí, acaso debería ceder a la costumbre; pero lo cierto es que no puedo y tal vez no quiero hacerlo.

El domingo, mientras desayunaba, leí un artículo que me dio la razón. Según la nota, hay dos elementos esenciales para la salud física y mental de las personas, que se han vuelto prácticamente imposibles de tener en un grado satisfactorio, en nuestras sociedades contemporáneas. Se trata del sueño y el silencio.

¿Pensaban que los lujos a los que me refería eran tardes de spa y compras ilimitadas en las tiendas más palaciegas de la ciudad? ¡Pues no! Lo que se ha vuelto un lujo en nuestros días es dormir como Dios manda, o más bien, como el cuerpo pide y contar con unos instantes libres de contaminación auditiva, en los que podamos escuchar los propios pensamientos.

El artículo también citaba un estudio, elaborado por un instituto de neurología, según el cual los adultos dormimos un promedio de cinco horas diarias. Este corto periodo es de por sí insuficiente para que se lleven a cabo todas las funciones reparadoras que los distintos sistemas de nuestro organismo realizan durante el sueño. Pero lo peor que esas cinco horas no suelen ser de sueño profundo e ininterrumpido.

Pocos son los afortunados que caen en brazos de Morfeo en cuanto su cabeza toca la almohada. Lo más común es que pasemos un buen rato dándole vueltas a los contratiempos del día que estamos concluyendo, así como a los pendientes del que iniciaremos mañana. Por otra parte, la noche ha dejado de ser ese momento en el que se impone el silencio y en que los pocos transeúntes hacen lo posible por pasar desapercibidos. Ahora cualquiera grita, toca la bocina o pone música a todo volumen a mitad de la madrugada y a quienes intentamos dormir no nos queda más que la resignación.

Cuando un artículo de primera necesidad se transforma en lujo, accesible para unos cuantos y en contadas ocasiones, lo más natural es que nuestros sistemas colapsen. Pese que tratemos de llevar y procurar a nuestras familias una vida saludable, una alimentación balanceada y una educación para la paz, como diría William Soto, es imposible que nos mantengamos sanos y equilibrados, si lo más esencial nos falta.

Por eso es que me resisto a caer en la costumbre; pero también me doy cuenta que en vez de quejarme, debo pasar a la acción. Tal vez no podré acabar con todas las construcciones que se hacen en la ciudad, pero habrá que postergar la renovación del guardarropa e invertir en vidrios más gruesos para las ventanas. Si el descanso y el silencio son un lujo, me los daré, ¡porque creo que los valgo!

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Peligro en la T.V.

Mi hijo tiene apenas cuatro años de edad y ya lo metí a clases de inglés para niños, para que de este modo, a su muy temprana edad, ya domine la lengua del mundo, misma que por desgracia millones de mexicanos no hablan, lo que les hace la vida mucho más difícil de lo que ya es.

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La razón por la que he tomado esta decisión, además de la de aprender el idioma, es también para alejarlo lo más posible de la televisión, ya que ésta el día de hoy está tomando control de nuestros hijos y llevándolos a lugares donde se derrite lo más preciado que tiene un niño, que es su inocencia.

Cuando nosotros éramos niños, si bien existían algún tipo de programas violentos, estos no abundaban por los canales, como sucede hoy en día, ya que el signo de nuestros tiempos es la pérdida de la inocencia.

Recuerdo las caricaturas que yo veía cuando era un niño, como Tom& Jerry, Don Gato Heidi, la niña de las Montañas, Cantinflas y su vuelta al mundo en 80 días, Los Pica piedra y otras más.

Estas son caricaturas que puedo ver el día de hoy con un ojo analítico y las puedo seguir disfrutando y encontrarlas parcialmente limpias y muy aceptables para los niños.

Hoy en día las cosas han cambiado y las campanas de los tiempos retumban con fuerza  en los cuatro vientos, avisándonos de que vienen tiempos difíciles de una índole muy distinta a la que el mundo jamás haya  visto.

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Hemos de saber que hay cosas muy obscuras en las altas esferas de influencia del mundo, cuyo objetivo es controlar a la población como títeres; sin embargo, para lograr esto tienen antes que entrar en la mente de aquellos quienes tomaran parte en el futuro del mundo, los niños.

Bien decía Séneca que si un león está escondido en nuestra habitación, aunque veamos su garra salir de la cortina, si no sabemos lo que es un león jamás tomaríamos las precauciones necesarias y seríamos devorados en poco tiempo.

Lo mismo sucede con el mal; si no sabemos lo que es y cómo se ve, jamás podremos proteger a nuestras ovejas de los lobos que asechan en la obscuridad.

Es por eso que les pido a todos ustedes, padres y madres de familia, que cuiden de una manera rigurosa el contenido que sus hijos e hijas ven en la televisión, ya que esa plasma que nos hipnotiza como una cobra a un ratón es la llave a la mente de los hombres y mujeres de este mundo.

En particular, les hago un llamado a que alejen a sus hijos específicamente de las caricaturas japonesas, cuyo significado oculto y subliminal viene del mismo infierno para apoderarse de nuestros niños.

Los psicólogos afirman que hoy en día les llegan pacientes de tan solo cinco años de edad, hablando sobre suicidios y deseo de asesinar.

Lo aterrador es que todos estos pacientes tienen un común denominador, éste siendo que todos veían caricaturas japonesas.

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