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En la fiesta
de nuestra Madre, debemos acordarnos de nuestros hermanos que de
diferentes modos sufren cautiverio o son marginados a causa de su
fe, o padecen en un ambiente hostil a sus creencias. A ella acudimos
también para pedirle por esas pequeñas necesidades
que la familia tiene, y que tan necesarias nos son también
a nosotros. Nuestra Madre del Cielo siempre se distinguió
por su generosidad en conceder mercedes.
<<Dios
llora en todos los afligidos, en todos los que sufren, en todos
los que lloran en nuestro tiempo. No podemos amarlo si no enjugamos
sus lágrimas.>> (W. Van Straten, Dios llora en la tierra)
Debemos de tener un corazón misericordioso para todos aquellos
que sufren la enfermedad o se encuentran necesitados.
El
Señor nos dio a su Madre como Madre nuestra: Jesús,
al ver a su Madre y cerca al discípulo que tanto quería,
dijo a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego, dijo
al discípulo: Ahí tienes a tu Madre. Y desde aquella
hora, el discípulo la recibió en su casa (Jn. 19,
26-27). Ella cuida siempre con afecto materno a los hermanos de
su Hijo que se hallan en peligros y ansiedad, para que, rotas las
cadenas de toda opresión, alcancen la plena libertad del
cuerpo y del espíritu. (Prefacio de la Misa).
"Y
en aquel hombre te ha confiado a todos. Y Tú, que en el momento
de la Anunciación, en estas sencillas palabras: He aquí
la esclava del Señor, hágase en mí según
tu palabra (Lc. 1,38), has concentrado todo el programa de tu vida,
abrazas a todos, buscas maternalmente a todos… Perseveras de manera
admirable en el ministerio de Cristo, tu Hijo unigénito,
porque estás siempre dondequiera están los hombres
sus hermanos, dondequiera está la Iglesia" (Papa Juan
Pablo II, Homilía en la Basílica de Nuestra Señora
de Guadalupe).
María
quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella
con confianza, que apelemos a su maternidad. Sus manos se encuentran
siempre llenas de gracias, siempre dispuestas a derramarlas sobre
sus hijos.
Virgen
y Madre, consuelo nuestro, haznos encontrar el buen camino. Yo soy
hombre, soy hijo tuyo. Tú eres la estrella, yo el peregrino.
Tú iluminarás siempre mi camino.
Francisco
Fernández Carvajal, Hablar con Dios.
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