El Rosario

 

 

¿Qué es el Rosario?

Rezar el Rosario, compuesto en su fondo y substancia de la oración de Jesucristo y de la salutación angélica (el Padrenuestro y el Avemaría), es revivir con María los mayores sucesos de la historia y cuando lo rezamos nos dirigimos precisamente a Dios Padre, que nos ha dado a su hijo Jesucristo, pero lo hacemos poniendo de intermediaria a la Virgen María, Madre de Dios. Es sin duda la primera oración y la devoción primera de los fieles, que desde los apóstoles y los discípulos se transmitió de siglo en siglo hasta nosotros. Hasta ahora se ha considerado como la mejor definición del Rosario, la que dio el Sumo Pontífice San Pío V en su "Bula" de 1569. Dice así: "El Rosario o salterio de la Santísima Virgen, es un modo piadosísimo de oración, al alcance de todos, que consiste en ir repitiendo el saludo que el ángel le dio a María; interponiendo entre cada diez Avemarías un Padrenuestro, y tratando de ir meditando mientras tanto en la Vida de Nuestro Señor".

Juan Pablo II dice: "El Rosario es mi oración mariana predilecta. ¡ Plegaria maravillosa! En su sencillez y en su profundidad. En esa plegaria repetimos muchas veces las palabras que la virgen oyó del Arcángel y de su prima Isabel . Y en el trasfondo de las Avemarías, pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de los Misterios Gozosos, Dolorosos y Gloriosos, y nos pone en comunión vital con Jesucristo a través del corazón de su madre"

 

 

El culto a María.    Algo que nos distingue a los cristianos - católicos es el amor que sentimos por la Virgen María; este amor, nace de la admiración que le tenemos por ser "la llena de gracia"; este título fue dado a María en la "Anunciación", Evangelio de San Lucas, Capítulo 1, vers. 26-38. Su vida de obediencia, de fe y de fidelidad nos impulsa a desear imitarla, también nos anima, pues siendo ella humana, logró la meta que todos perseguimos: por Jesucristo, con el Espíritu Santo, volver a la casa del Padre Celestial.

En la Sagrada Escritura, San Lucas pone en palabras de la misma María, Madre de Jesús,  el anuncio de la forma en que los hombres la veríamos: "Celebra todo mi ser la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en el Dios que me salva porque quiso mirar la condición humilde de su esclava, en adelante, pues, todas las generaciones me llamarán bienaventurada"     Lc 1,46-48

Vemos en este texto que se anuncia cómo en adelante la figura de María, sería importante para "todas las generaciones". Es el motivo por el que los cristianos le rendimos un culto especial que se llama de Veneración. El cuidado y protección de María se ha hecho sentir en la Iglesia desde sus comienzos, cuando el día de Pentecostés, ella se encontraba en medio de los apóstoles temerosos, rezando con ellos y animándolos en espera del Espíritu Santo. Desde entonces los hombres se sienten queridos y protegidos por una Madre amorosa que intercede por nosotros ante Dios y que nos guía con su ejemplo de vida para seguir a Jesucristo su Hijo hasta nuestro destino eterno.

 

Veneración.   Desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de "Madre de Dios" y "Madre de la Iglesia", bajo cuya protección se acogen los fieles en todos sus peligros y necesidades. María, con cualquiera de los nombres o Advocaciones que le llamemos, es la misma Virgen María, Madre de Dios y Madre Nuestra.

El culto que se dedica a María se llama de veneración y es total y esencialmente diferente al culto de adoración que se da Jesús, al Padre y al Espíritu Santo. La piedad popular y las diferentes fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios, han de favorecer la fe y la adoración que debemos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los cristianos creemos que ella además, intercede por nosotros como lo hizo en las "Bodas de Caná" (Jn 2, 1-12). Ante nuestras necesidades María pide ayuda a Jesús en nuestro nombre, pero sobre todo nos invita, como lo hizo entonces: "Hagan lo que él les mande". María, con su ejemplo nos impulsa a seguir a Jesús, a obedecer la voluntad del Padre y a ser dóciles a la acción del Espíritu Santo.

 

Madre de la Iglesia:    María "colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia" (Concilio Vaticano II, LG 61). Esta maternidad de María perdura desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación y se mantuvo sin vacilar al pie de la Cruz. En Belén, María da a luz a su Hijo Jesús, comenzando su misión de Madre; en el Calvario, al pie de la Cruz donde Jesús entrega la vida por nosotros, María "da a luz" a la Iglesia, representada en la persona de San Juan "el discípulo amado" (Cf. Jn 19, 25-27).

La misión maternal de María para con los hombres no disminuye ni opaca la única mediación de Cristo. María influye en la salvación de los hombres por la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella. La única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente. (Cf. LG 62).

 

Predestinada:   Dios envió a su Hijo, pero para formarle un cuerpo quiso la libre cooperación de una criatura. Para eso desde toda la eternidad, Dios escogió para ser la Madre de su Hijo a una hija de Israel, una joven judía de Nazaret en Galilea, a una "virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María" (Lc 1, 26-27)

El Concilio se refiere a la importante misión de María con estas palabras: "El Padre de las misericordias quiso que el consentimiento de la que estaba predestinada a ser la Madre precediera a la encarnación para que, así como una mujer contribuyó a la muerte, así también otra mujer contribuyera a la vida" (Vaticano II, LG 56)

María sobresale entre los humildes y los pobres del Señor que esperan de él con confianza la salvación y la acogen, con ella, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación. (Cf. LG 55).

 

Concibió Por Obra Y Gracia Del Espíritu Santo:  

"Dijo María: ‘Yo soy la esclava del Señor; hágase en mí lo que has dicho" Lc 1, 38

La anunciación a María inaugura "la plenitud de los tiempos" (Ga 4,4), es decir, el cumplimiento de las promesas. María es invitada a concebir a aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col 2,9).

La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina, él que es el Señor que da la vida, haciendo que ella conciba al Hijo eterno del Padre en una humanidad tomada de la suya.

 

 

Modelo de fe. Al anuncio de que ella dará a luz al "Hijo del Altísimo" sin conocer varón, por la virtud del Espíritu Santo, María respondió por la obediencia de la fe (Rm 1,5). Segura de que nada hay imposible para Dios dice_ "He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 37-38). María aceptó la voluntad divina de Salvación, sin que ningún pecado se lo impidiera, se entregó a sí misma por entero a la persona y obra de su Hijo, para servir por la gracia de Dios al misterio de la Redención. (Cf. Concilio Vaticano II, LG 56).

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, La Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es "miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia, incluso constituye la figura de la Iglesia". (Cf. LG 53. 63).

La fe católica enseña ciertos dogmas, - verdades que debemos creer- a cerca de María, éstos se fundan en lo que cree acerca de Cristo, pero al mismo tiempo, lo que enseña sobre María ilumina la fe en Cristo.

 

Dogmas:         Un dogma es una verdad que todo cristiano – católico está obligado a creer: El Magisterio de la Iglesia tiene autoridad plena, dada por Cristo, para proponer al pueblo cristiano a adherirse irrevocablemente a ciertas verdades de fe, contenidas en la Revelación Divina o que tienen con éstas un vínculo necesario. A cerca de la Virgen María, la Iglesia nos propone cuatro dogmas:

  • Maternidad Divina:  La Iglesia confiesa que María es verdaderamente la Madre de Dios. Este dogma fue proclamado desde el siglo V, en el Concilio de Éfeso.

    María es aclamada bajo el impulso del Espíritu Santo como "la madre de mi Señor", desde antes del nacimiento de su Hijo (Cf. Lc 1,43). Es Madre de Dios por haber engendrado por obra del Espíritu Santo Y dado a luz a Jesucristo, no en cuanto a su naturaleza divina, sino en cuanto a su naturaleza humana asume en la Encarnación.  

  • Inmaculada Concepción:  La Iglesia reconoce que María "llena de Gracia" por Dios, fue preservada sin mancha de pecado original desde su concepción, por una singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, y por estar predestinada a ser la Madre de Dios. Esto es lo que confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado en 1854 por el Papa Pio IX.

    Para ser la Madre del Salvador, María fue "dotada por Dios con dones a la medida de una misión tan importante" (LG 56). El ángel Gabriel en el momento de la anunciación la saluda como "llena de Gracia" (Lc 1,28)

    Ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida. 

  • La Perpetua Virginidad:   Otro dogma a cerca de María es que Ella es siempre virgen. La Iglesia ha confesado esta verdad desde las primeras formulaciones de fe: "Jesús fue concebido en el seno de la Virgen María únicamente por el poder del Espíritu Santo", afirmando también el aspecto corporal de este suceso, "Jesús fue concebido sin elemento humano, por obra del Espíritu Santo" (Concilio de Letrán, año 649).

    La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María. También en virtud de los méritos de Cristo. María es virgen porque su virginidad es el signo de su fe no adulterada por duda alguna (Cf. LG 63).

  • La Asunción de María:   La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, "fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo". (Cf. LG 59). Este dogma fue proclamado por el Papa Pío XII en 1950.

    La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos.

 

Advocaciones:       María se representa de diferentes formas, con imágenes y vestidos distintos y con nombres también muy variados. A estas representaciones se les llama advocaciones o dedicaciones por los diferentes atributos que tiene María y por los lugares en donde han tenido lugar sus Apariciones, o en donde se le venera. María, la Inmaculada, la Madre de Dios, es una sola: la Virgen María. No hay que confundirse pensando que se trata de varias personas. Aunque la llamemos, María de Guadalupe, Fátima, Virgen del Carmen, Auxiliadora, del Rosario, Lourdes, etc....

Ninguna advocación es "más milagrosa" que otra, ni puede interceder de mejor manera por nosotros. Nuestra devoción es hacia la única Virgen María que cuida e intercede por sus hijos con su amor de madre y espera de nosotros que seamos fieles seguidores de su Hijo, Jesucristo.

 

Apariciones:    La Virgen María se ha hecho visible en algunas ocasiones por personas de distintos lugares, sin embargo, no todas sus representaciones se deben a una aparición.

Hay imágenes de María que han surgido de la imaginación de alguien que le tiene especial devoción; otras se atribuyen a sueños o visiones de hombres santos que desean compartir con los demás su admiración por la Virgen; hay pinturas y esculturas de artistas famosos que representan a María, ya sea como Madre, ya como discípula fiel de Jesús, o como Hija del Padre en actitud de oración, o resaltando cualquiera de sus virtudes. Todas las representaciones de María son hermosas; sin embargo, hay tres imágenes de las que se puede asegurar que son producto de una visión real de alguien elegido por ella para darse a conocer físicamente: son las imágenes de las tres veces que María se ha aparecido, de manera comprobada, a lo largo de la historia de la Iglesia

Hasta ahora la Iglesia reconoce oficialmente tres apariciones de la Virgen María:

  • La Virgen de Guadalupe, en México, en diciembre de 1531 a Juan Diego.

  • La Virgen de Lourdes, en Francia, entre febrero y julio de 1858 a Bernardette Soubirous.

  • La Virgen de Fátima, en Portugal, entre mayo y octubre de 1917 a Lucía, Francisco y Jacinta.

En las tres apariciones la Virgen María habla del amor que como madre tiene a todos los hombres y sobre todo recomienda que confiemos en Dios Padre y que seamos fieles a las enseñanzas de Jesucristo. Pide la conversión y la oración constante y muestra su gran preocupación por la salvación de todos los hombres.

Como vemos, la principal preocupación de María es interceder por los hombres y lograr de nosotros aquella invitación que hizo en las bodas de Caná: "Hagan lo que Él les mande" (Jn 2, 5)

 

Oración

 

Préstame Madre tus ojos, para con ellos mirar,
porque si con ellos miro, nunca volveré a pecar.
Préstame Madre tus labios, para con ellos rezar,
porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.
Préstame Madre tu lengua, para poder comulgar,
pues es tu lengua paterna, de amor y de santidad.
Préstame Madre tus brazos, para poder trabajar,
que así rendirá el trabajo, una y mil veces más.
Préstame Madre tu manto, para cubrir mi maldad,
pues cubierta con tu manto, al cielo he de llegar.
Préstame Madre a tu Hijo, para poderío yo amar,
pues si tú me das a Jesús, ¿qué más puedo yo desear?

Así será esta mi dicha, por toda la eternidad. Amén.

 

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