EL
CATEQUISTA
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El alumno |
Como conocer al niño |
Cómo es el niño |
Tercera parte |
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Es necesario conocer al niño ¿Qué
debe conocer el maestro para enseñar el latín a un
niño?
Es un grave error creer que el niño es en todo semejante
al adulto, y que sólo es más pequeño, más
ignorante, más inexperto.
Hubo un pescador a quien gustaban mucho las fresas; se fue al río
y puso en el anzuelo una fresa diciendo: me gustan a mí ¡le
gustarán también a los peces.
Es preciso conocer a los niños no sólo en general,
sino uno por uno, porque entre ellos no hay ni siquiera dos
que sean perfectamente iguales.
¿Cómo vive un niño de pocos meses?. Se alimenta,
llora y casi todo el resto del tiempo lo emplea en dormir. Un adulto
duerme por cansancio, por fatiga. Pero ¿Qué ha hecho
este pequeño para estar siempre cansado?. La razón
es muy sencilla: esta creciendo, desarrollándose. Y esto
lo cansa.
Rousseau dejó escrito: "¡El niño es
bueno, es un angel!". Lutero, al contrario, dijo: "Es
una bestia". Más justamente Lamartine escribió:
Es un ángel caído del cielo. Si
el niño ha sido bautizado, además del cuerpo y del
alma, hay en él otra realidad que hay que tener presente:
la gracia depositada en el alma por el bautismo con las virtudes
teologales de fe, esperanza y caridad. Concluyendo: es necesario conocer al niño y no solamente en general, sino uno por uno; cuidando no solo al alma, sino también al cuerpo; no sólo atendiendo a los elementos visibles sino a los invisibles y sobrenaturales. Nosotros
también fuimos niños; muchas cosas las recordamos
muy bien. Recordamos lo que nos agradaba, aterraba o aburría. La
segunda manera hay que buscarla en los libros. Hay libros
que estudian y describen al niño: textos de sicología,
de pedagogía, etc. muchos han sido escritos por personas
que han pasado la vida en medio de niños. En éstos
el catequista podrá hallar muchas cosas que jamás
hubiera encontrado. La
tercera manera y la mejor es el niño mismo. El niño
se presenta ante nuestra vista como un libro abierto, con sus acciones
y parece decirnos; si quieres conocerme, léeme.
Se lee también oyendo al niño. Hablando con nosotros,
el niño hace dos cosas; se nos manifiesta y nos instruye.
Mas la observación que hacemos del niño no es completa
si no se extiende al ambiente en el que vive; la familia, el barrio,
la escuela. Quien quiera estudiar a fondo un niño debe acordarse de la Pirámide de Nicolás Pende. Para conocer una pirámide de cuatro lados, es preciso examinar cada una de sus cuatro caras y después la base. Esto lo sabemos ya nosotros. El niño, ha dicho Pende, se parece a una pirámide, posee una base que es el conjunto de tendencias heredadas de sus padres y cuatro caras que son el cuerpo: la forma externa (aspecto morfológico); los humores internos (aspectos endocrinológicos); en el alma: el aspecto moral; el aspecto intelectual. Conociendo
a los padres y a la familia, se pueden conocer un poco las inclinaciones;
estudiando el cuerpo se puede determinar el temperamento; estudiando
el alma, se mide la fortaleza de su facultad espiritual. Es
Todo sentidos. Tiene ojos, manos, oídos, lengua, garganta,
que quieren intensamente ver, hablar, oír, gustar. Los colores
vivos le embelesan, y aun los sonidos y ciertos rumores o ruidos
estridentes que a nosotros nos dan dolor de cabeza, para ellos son
música estupenda. Y se preguntan a menudo: ¿Por qué
esto? ¿Por qué aquello? ¿Por qué no
de este otro modo? El
buen catequista debe tener en cuenta esta gran sensibilidad; a los
sentidos del niño debe dirigirse en modo particular: hágale
ver y tocar, si se puede, objetos religiosos, bellas imágenes;
enséñele cantos variados; dé satisfacción
a su curiosidad, dejándolo preguntar, etc
El niño es todo movimiento y juego. Plata viva. Si
está quieto, si se halla parado como una momia, eso debe
hacer pensar que está enfermo, porque el niño sano
experimenta una necesidad de moverse y agitarse que no se puede
cohibir. Hay
catequistas que juegan a los diez mandamientos, siete sacramentos,
cinco preceptos, siete dones del Espíritu Santo
. Con
sus niños, identificando a cada uno de ellos con un mandamiento,
con un sacramento, haciéndoles mover y hablar. Otros hacen
administrar un bautismo, una confirmación, representar una
escena del Evangelio; los hacen levantar para una oración,
para un canto, etc. El
niño es todo corazón y sentimiento. A veces ríe,
a veces llora. Tiene tantos pequeños goces y tantos pequeños
dolores, tiene un corazón que siente mucho y tiene la gran
necesidad de ser amado.
El niño es todo fantasía. Las imágenes
vivas lo impresionan mucho, lo animan a imitar en seguida lo que
ha visto y le hacen confundir a veces lo que ha sucedido con lo
que solamente ha imaginado.
El niño tiene una memoria extraña. También
nosotros adultos tenemos diversos modos de recordar: algunos se
acuerdan de lo que han visto, otros de lo que han oído o
dicho; algunos fijan bien las ideas, otros los hechos; este tiene
una facilidad grande para retener números y fechas; el otro
se acuerda sólo de las cosas concretas. En
el niño la memoria por lo ordinario no es fiel, porque una
la imaginación y la invención. Se entiende por esto
que al hacer aprender de memoria una fórmula al niño,
es necesario explicársela bien y asegurarse que la ha entendido,
si no, nos exponemos a hacerlo aprender como un papagayo.
El niño tiene una fe ingenua. "Lo ha dicho
la madre, el párroco, la maestra, luego es verdad".
Cree fácilmente las cosas maravillosas, los milagros, los
misterios. El
catequista debe aprovechar la confianza que el niño tiene
en él, para darle la confianza en la Iglesia y en Dios. El
niño tiene delante de sí estos tres escalones: el
catequista, la Iglesia y Jesús. "Esto me lo enseño
el catequista, él aprendió de la Iglesia y la Iglesia
de Jesús mismo" El niño razona con fatiga. Es todavía como esclavo de los sentidos, solamente por breves momentos puede elevarse a pensamientos abstractos. El que lo quiera conducir al pensamiento y reflexión, es necesario que no tenga afán; que le enseñe pocas cosas y siempre conduciéndolo a través de hechos, colores e imágenes. El
niño tiene una voluntad débil. Y también
inestable y caprichosa. Además, habituado como está
a verse rodeado del cuidado de todos desde la infancia, tiende a
considerarse a sí mismo como un sol pequeñito y a
todos los otros como satélites; él en el centro, los
otros alrededor para obedecerle y servirle.
El niño es algo muy grande. Se ha llamado por algunos
el siglo presente "el siglo del niño", porque
nunca como ahora tanto se ha ocupado la humanidad de él.
Se le enseña con libros, biblioteca; se le cuida con medidas
preventivas, colonias, colegios, escuelas, hospitales, se le educa
en escuelas de toda clase; la humanidad entera lo rodea, se inclina
sobre su suerte. |
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