| El
método del catequista
Los
principales métodos
A
una misma meta se puede llegar por varios caminos con viajes diferentes.
Así para enseñar una verdad el catequista puede escoger
varios caminos que se llaman métodos.
Expondremos con palabras sencillas los principales métodos:
Método inductivo o viaje de ida.
El catequista considera la respuesta del catecismo como un punto
de partida. Después de haberla examinado se pregunta: Para
entender esta fórmula, ¿qué ideas deben tener
los niños? Esta y ésta
procura entonces presentarlas
de la mejor manera posible y del modo más atrayente para
ellos, cuando hayan entendido bien las ideas y las palabras, les
leerá a los niños la respuesta o la hará leer
y la entenderán enseguida.
Pongamos un ejemplo práctico. El catequista debe explicar
la fórmula del catecismo pequeño de S. Pío
X "El ama es la parte espiritual del hombre por la que vive,
entiende y es libre".
El catequista se preguntará ¿Cuáles son en
esta fórmula las palabras que mis pequeños no conocen?
Examinando hallará que son: "parte del hombre",
"espiritual", "vivir", "ser libre".
Entonces
puede empezar contando la creación de Adán, el cuerpo
del hombre estaba allí, pero yacía, caído por
tierra, no se movía, ni hablaba. Dios sopló
El hombre vivió, se levantó y comenzó a hablar
He ahí el hombre ya completo: antes de que Dios soplase,
existía una sola parte del hombre, el cuerpo. Después
del soplo estaba la otra parte; el alma (y así se entiende
ya cómo el alma es parte del hombre).
Una parte importante. Sin el alma, el cuerpo de Adán quedaría
inanimado por tierra, rígido, frío como una roca.
Pero por el alma ya ha podido ponerse de pie, moverse y caminar.
Es el alma la que da la vida, y hace vivir. Una roca no se mueve,
ni crece, ni ve, porque está sin alma: los conejos, los lagartos,
los pajaritos, comen, etc. porque tienen alma (inmaterial). (Y así
los niños entienden que el alma es la que hace vivir).
Y continúan, haciendo que los niños conozcan y entiendan
las palabras restantes "espiritual" "ser libre".
Cuando finalmente ve que todas las ideas y palabras las entienden
bien, el catequista presenta entonces la fórmula y dice:
ahora, estar atentos, porque aprendemos una fórmula interesante:
"El alma es
" y a la fórmula los niños
no harán mala cara porque ya la conocen, la entienden enseguida
y se convencen que la entienden fácilmente.
Este método es racional, agradable para los niños,
pero un poco difícil para el catequista.
Es racional porque justamente procede de lo fácil a lo difícil,
de lo que se sabe a lo que no se sabe.
Le agrada a los niños porque antes de que la respuesta llegue,
los hace navegar en la aventura y a lo imprevisto. Conocida la respuesta,
clara y límpida, le da alegría como por un descubrimiento.
Es difícil porque requiere espíritu de iniciativa
y preparación diligente.
Método deductivo o viaje de vuelta.
El catequista considera la respuesta como un punto de partida. La
lee al niño, le explica cada palabra, aún las más
difíciles; y no queda tranquilo hasta que todas las partes
y todas las palabras no estén bien entendidas por el alumno.
Este método es más fácil para el catequista
pero menos atrayente para los niños. Por ejemplo: el catequista
leerá enseguida toda la fórmula anterior. Después
de haberla leído o hacerla leer, la explicará
¿Entienden qué significa "espiritual"?
lo voy a decir. ¿Saben qué diferencia existe entre
una cosa que vive y una cosa muerta? al fin concluye: "Espero
que ahora sí hayan entendido la respuesta"
Más fácil porque el catequista no tiene sino que seguir
la fórmula. Desmontar un mecanismo es mucho más fácil
que armarlo. Ahora bien, el método deductivo desmonta pieza
por pieza el mecanismo de la fórmula, mientras que el método
inductivo la reconstruye.
Menos atrayente para los niños, porque les presenta de pronto
la fórmula no explicada, aún oscura, que no entienden
y no les gusta.
Los
dos métodos precedentes pueden reunirse en viaje de ida y
vuelta. Así el catequista explica al principio la respuesta
con el método inductivo, llevando a los niños a la
conquista de la comprensión de la fórmula, una vez
que la han entendido, la hace explicar por ellos deductivamente,
preguntándoles sobre las palabras
El
método inductivo no se ha de confundir con el intuitivo (ver)
quiere decir servirse de imágenes, hechos, ejemplos, etc.
para hacer que el niño vea las cosas.
Método
activo.
El catequista al enseñar no sólo se preocupa de hacer
o hablar él mismo, sino sobre todo de hacer hablar a los
niños y hacerlo usando todos los medios que tiene a su disposición.
"Es el método que usó Nuestro Señor",
pero que se ha estudiado científicamente en estos últimos
años: "la escuela activa" se ha comprobado esto:
el hacer agrada a los niños; para hacer algo, el niño
se ve obligado a reflexionar un poco; y después de haber
obrado se le olvida menos.
Hay dos estudiantes: uno ha leído un tratado completo sobre
la radio, el segundo ha construido un radio. No es ciertamente el
primero el que conocerá mejor la radio.
Mira a un muchacho que va en su bicicleta por la calle. No se me
ocurre siquiera preguntarle qué ha estudiado para ir en bicicleta.
Ha ensayado y vuelto a ensayar y pronto será un campeón.
Por ejemplo, permaneciendo siempre en el mismo tema de la respuesta
sobre el alma, el catequista ensayará con el método
activo y pondrá en movimiento a los alumnos; en vez de relatar
él la creación de Adán, la hará repetir
por un alumno que ya la conozca; escribirá sobre el tablero
la palabra que hay que explicar, o hará pasar adelante a
dos, a quienes les dice; tu eres el alma y tú (al otro),
el cuerpo. Estar atentos, les diré las preciosas cualidades
de cada uno: Ustedes irán a sus compañeros lo que
les he dicho, etc. y se completarán mutuamente; después
les mostrará una roca y un grano de trigo, preguntando qué
diferencia hay entre uno y otro; y después los hará
levantarse para dar gracias al Señor por habernos dado el
alma.
No
es preciso creer que el trabajo activo de un niño se reduce
al cuaderno con unas cuantas pinturas, oracioncitas o imágenes
recortadas y pegadas. El catequista activo pone en juego todo lo
que tiene el niño; la lengua interrogándolo a menudo
y dejándolo hacer preguntas; los ojos mostrándoles
imágenes, cartulinas, tarjetas postales, proyecciones luminosas,
espectáculos de la naturaleza, objetos sagrados, etc.: la
fantasía, refiriéndoles historias interesantes, hechos,
ejemplos; las manos, haciéndoles tocar todo cuanto es posible:
objetos sagrados, invitándoles a hacer esquemas, tareas,
oraciones escritas; los pies y todo el cuerpo, llevándoles
a visitar unas iglesias, un cementerio, haciéndoles reproducir
alguna escena del Evangelio; el deseo de compensar y desafiar, de
ponerse a la cabeza, colocándolo en una escuadra que compita
con otra. El deseo de llegar pronto a un resultado práctico,
habituándolo a rezar, a hacer la obra buena o sea la "victoria"
o "fruto práctico"
Los
aspectos más importantes del método activo
Hacer
hablar al niño
En
el catecismo hay tres casos: o habla el catequista solo como en
un sermón (forma expositiva); el catequista interroga y el
alumno responde (forma interrogativa); o interroga el alumno y el
catequista responde (forma dialogada). Pero podemos usar estas tres
formas y tenemos un cuarto caso: forma mixta.
Para el niño es un suplicio oír hablar a los adultos,
y el callar si no se trata de alguna narración. Ellos no
soportan un discurso continuo más largo de dos minutos. El
catequista por lo tanto debe usar sólo para aclarar brevemente
la forma expositiva y recurrir continuamente a la interrogación
y al diálogo.
Las interrogaciones se hacen para ver si el alumno ha logrado asimilar
lo explicado (forma catequística) o para llevarlo poco a
poco a conocer otra verdad (forma socrática). La forma socrática
es difícil, más fácil y frecuente es la forma
catequística
Las
preguntas hechas al niño deben ser sencillas y claras, que
tengan una sola respuesta. No se dirá: ¿Quién
y cuándo se fundó la Iglesia?. Traería confusión
a los niños, sino ¿quién fundó la Iglesia?
Y obtenida la respuesta; ¿cuándo se fundó?,
no preguntas demasiado fáciles, porque terminarán
en juego y desorden; ni tampoco muy difícil, porque se les
descorazonará, sino variadas para no producir monotonía
El
catequista hará de ordinario primero la pregunta en general,
después indicará al alumno qué debe responder
y no al contrario; si no los alumnos no interrogados no prestarán
atención.
No es conveniente sugerir al alumno la primera palabra o sílaba
de la respuesta.
A
través de las preguntas el catequista verá y conocerá
la prontitud, el ingenio, la diligencia de sus alumnos. Verá
también si ha acertado para hacerse entender de ellos; verá
que ciertas palabras que le parecían facilísimas,
no habían sido entendidas o entendidas al revés. Son
aún célebres los casos de aquel muchacho que creía
que la Misa se llamaba "sacrificio" porque para
asistir a ella se hacía penitencia, de aquel otro que preguntó
si la especie eucarística bajo la que se esconde el Señor
era el palio o tabernáculo; de un tercero que recitó
durante un año los preceptos de la Iglesia sin entender nada
sobre las "nupcias" que estaban prohibidas en ciertas
épocas; y de un cuarto que contestó sobre cuáles
eran los últimos sacramentos: "no existen, ya se
los dieron a mi abuela"
El
diálogo del niño con el catequista es excelente: prueba
que el niño se interesa, pone empeño en las lecciones,
pero exige del catequista ciencia y habilidad
Ciencia:
para no hallarse embarazado para responder a ciertas preguntas
Habilidad:
para hacer guardar bien la disciplina (hacer hablar no dejar hablar),
para no perder el tiempo inútilmente, para distinguir enseguida
al pequeño que interroga para distraer y hacer reír,
para desviar la pregunta que no tiene nada que ver con la lección
del día.
Hacer
retener
Moisés
en el desierto tocó con un bastón la roca dura y brotó
de ella agua refrescante. Una campana está muda y silenciosa
mientras no se le toca, tocada por el badajo, difunde sonido poderoso
que vuela por kilómetros. Los fósforos sin frotar,
son cosas insignificantes pero al frotarlos hacer brotar luz y calor.
La
roca, la campana, el fósforo son imágenes de las fórmulas
y definiciones del catecismo. Son como cosas áridas, mudas,
insignificantes mientras no se les explica y al explicarlas debidamente,
se vuelven fecundas, fuentes de luz esplendorosa.
Se
equivoca, pues, quien quiera abolir las fórmulas y definiciones
y el estudio de memoria del catecismo.
Algunas expresiones y fórmulas del derecho o de la química,
porque exigen precisión y exactitud se estudian de memoria
por los alumnos. En la religión hay verdades importantísimas,
delicadas y difíciles ¿qué mal se sigue de
que se las dé condensadas en fórmulas precisas para
que las conserven en la memoria de los pequeños?.
La fórmula aprendida de memoria es como una percha, a la
que quedamos adheridos no obstante el pasar de los años,
en los conocimientos religiosos más importantes.
Tanto más en cuanto que ciertas fórmulas no le servirán
al niño en el momento actual sino en el futuro. Por ejemplo,
la enseñanza sobre el matrimonio, la extremaunción
¿y cómo servirán después si no podemos
recordarlas?
Por otra parte, ¿no es la memoria una facultad para ejercitar
y hacer trabajar recordando?
Pero se equivoca también quien abusa de la memoria y hace
consistir el catecismo en sólo aprender de memoria fórmulas
y definiciones. Ketteler, ilustre obispo, define como delito hacer
aprender al niño fórmulas que no entiende.
Y eso es en verdad un delito porque impone una fatiga al niño,
dejándolo en la ignorancia y dándole la idea de que
el catecismo sea únicamente un conjunto de cosas sin sentido
y difíciles.
En otros tiempos, la fórmula o definición se le hacía
seguir en varias etapas:
a) definición aprendida de memoria
b) explicada por el catequista
c) llevada a la práctica
El
método más adelantado es:
a) fórmula explicada bien por el catequista
b) fórmula estudiada de memoria
c) fórmula practicada.
El catequista por tanto no hará aprender de memoria la
definición si no la ha explicado antes bien. Y además
de explicarla, hacerla amar presentándola en una luz atrayente
y simpática.
Y con esto se facilita el aprendizaje. Cuando por ejemplo se ha
repetido la definición y la ha hecho sentir hondamente (recitada
por el catequista, leída por un alumno o recitada por todos
a la vez en coro), los niños quedan con la impresión
de saberla ya o poderla aprender fácilmente y la estudian
entonces con gusto
Hacer ver con los ojos
Los
ojos tienen como hambre y sed de colores, de vistas y por esto se
quedan como extasiados ante las proyecciones luminosas, los cartelones
o láminas bellamente coloreadas.
Cuando se hace ver un cuadro, la primera impresión del niño
es de estupor: "¡Oh!
" Después vienen
los comentarios y observaciones: "La Virgen es mona",
"El sol entra por la ventana". Se nota que los niños
se impresionan, sobre todo por las cosas particulares (la cola de
un perro, la cabeza de un caballo, el gorro de un soldado), al contrario
de las personas mayores que ven enseguida el conjunto y después
pasan a lo particular
Pero no basta mostrar el cuadro: es preciso tener el arte de hacerlo
vivo y diciente: no se debe tener miedo de no ir muy aprisa, pues
cuando se explica un cuadro, hay que explicarlo todo: quiénes
son los personajes, qué sucedió, qué hicieron,
qué están haciendo, de qué sentimientos parecen
animados. Y poner en la boca de los personajes palabras y discursos
apropiados, de modo que los niños tengan ante sí como
una escena viva y animada. Se puede llegar hasta hablar en nombre
de los niños al Jesús del cuadro y hacer hablar a
los niños con el mismo Jesús.
Los cuadros o imágenes imprimen la escena fuertemente en
la fantasía, hacen a los niños atentos e interesados,
y sirven mucho para despertar buenos sentimientos
El cuadro o imagen puede mostrarse desde el principio de la lección,
si ilustra un concepto; cuando se recuerda un hecho, se puede primero
narrar el hecho y después mostrar la imagen; si se trata
de una figura (crucifijo, la Virgen) que sirve para edificar a los
niños, se les muestra al momento de la explicación
práctica.
El
tablero ayuda también mucho para hacer ver a los niños;
un nombre difícil que excita la curiosidad y el interés,
visto con los ojos, además de oírlo, se recordará
fácilmente; un dibujo, un esquema, un título de la
lección que sirve para llamar la atención y recordar
mejor el hecho.
Hacer
ver a la fantasía
Un
niño debe recorrer un pedazo de bajada en invierno. El pavimento
está liso por el hielo. El niño siente miedo y dice:
Cuántas vueltas, revueltas y piruetas deberé hacer
antes de llegar abajo. El no quiere las piruetas y con todo prevé
que hará algunas. En él hay una fuerte voluntad de
no caer, pero al mismo tiempo prevé que caerá; la
una no destruye la otra.
Algo parecido sucede al que va a confesarse. Hace el propósito
firme de no cometer más aquel pecado, pero al mismo tiempo
prevé que caerá en ese pecado. Una cosa es el propósito
y otra la previsión.
El catequista explica en pocas palabras un concepto un poco difícil;
que la previsión de cometer el pecado no es la voluntad de
pecar.
Los ejemplos a veces son casos prácticos en los que se ve
la materia enseñada. Pongamos uno sobre la obligación
de restituir.
Antonio es un campesino. Tiene en el establo cuatro vaquitas y lleva
la leche a la lechería. Pero cada día pone a la leche
un poco de agua, porque dice: "Así pesa más
y recibo mejor paga". ¿Hace bien o mal Antonio?
Responde tú, Ernesto.
- Mal
- Hace mal, comete pecado. ¿Contra qué mandamiento
ha pecado?
- Contra el séptimo: no robar.
- Bien. ¿Y por qué ha pecado contra el séptimo
mandamiento?
- Porque ha robado a los que compran la leche.
- Bien, pero el que ha robado, ¿basta con que se confiese?
- No, debe restituir.
Y así debe hacerlo Antonio. No basta que se confiese de haberle
echado agua a la leche, sino que debe reparar el daño causado,
restituyendo el dinero a la lechería.
Pero sobre todo le gustan a los niños las historietas. Los
cuentos tienen las ventajas de los ejemplos y además dan
luz a la inteligencia, incitan al bien obrar, y sirven para guardar
la disciplina en la clase. Las mejores narraciones son las tomadas
del Evangelio y de la Historia Sagrada. Otras pueden tomarse de
la vida de los santos o de la historia, con tal de que sean verdaderas.
Alguna vez, si contamos cuentos, hechos inverosímiles, parábolas,
entonces es preciso decir a los niños que son cosas inventadas.
El
saber contar bien es una de las mejores cualidades del catequista.
Tendrá éxito si se hace niño como los niños
y se adapta a sus gustos, haciendo ver y hablar a través
de los personajes de la narración, dramatizando las cosas.
Así
por ejemplo debemos contar a los niños el hecho de la capa
de San Martín; no bastará decir: "un pobre
pidió un día limosna a San Martín; éste
no teniendo otra cosa, corto con la espada su manto y le dio la
mitad". Este modo de contar la historia no le dice nada
al niño; él desea saber el largo de la capa, las palabras,
los personajes. Quiere casi ver las cosas. Y entonces es preciso
describir el ambiente, los vestidos, hacer hablar a los personajes.
De este modo: ahora todos atentos, porque voy a referir una bella
historia. Era una mañana de invierno, había caído
la nieve y hacía mucho frío. Por el camino se hallaba
un pobre: descalzo, vestido con unos andrajos, castañeteaba
los dientes y tiritaba de frío. Y entonces venía por
el mismo camino un soldado a caballo. Se llamaba Martín.
El pobre extendió la mano temblorosa y dijo: tengo tanto
frío, hágame la caridad. Martín respondió:
perdóneme, no tengo nada en este momento. Pero enseguida
pensó: ¿Y si le diera la mitad de mi manto? Paró
el caballo, llamó al pobre y le dijo: toma un pedazo de mi
manto y con la espada lo dividió en dos y le dio la mitad,
etc.
Mientras se narra, se deben usar frases, palabras concretas, para
arrojar luz donde debe resplandecer. En el ejemplo anterior lo que
había que poner a la vista era la caridad, el buen corazón
de Martín. La luz por tanto se hallaba en el acto caritativo
y no en otra cosa.
Supongamos que el catequista se distraiga sobre la descripción
del caballo que se acerca
"se oye por el camino el
ruido de un caballo, troc, troc
". El caballo ya
está allí. Lo monta un soldado atrevido, con la espada
al flanco con yelmo en la cabeza". Todo esto interesará
a los niños por el trote, por la espada, por el yelmo, pero
hará poner a segundo término la limosna y la piedad
del soldado.
Se quiere hacer ver la verdad que se está explicando y el
ejemplo debe estar estrechamente unido a la verdad explicada o parte
del catecismo, y no como un caramelo azucarado, separado, que se
da para hacer aceptar un alimento o medicina desagradable. No diga:
Estar atentos que después os contaré una historia
interesante. Con esto parece como que el catecismo no fuera interesante.
Sin embargo esto no impide que se cuente algo cuando se nota cansancio
en los niños o hacia el fin de la explicación.
Hacer
mover las manos y los pies.
Los
niños no saben aún escribir y tienen en la mano con
delirio, tiza, pedazos de carbón y con ellos emborronan papeles
y hacen figuras y mamarrachos en las paredes de la calle, en los
libros o periódicos, que tienen al alcance. Eso explica que
expresan gustosamente con el diseño lo que se les ha sugerido
y lo mismo pueden aprovechar de su sus pequeñas experiencias
en la enseñanza religiosa. Así nació lo que
se llama "cuaderno de religión" o el "cuaderno
activo de apuntes".
De
eso resulta un gran bien: hace que el niño se aplique al
catecismo como a una cosa interesante y hermosa y muy suya; enseña
a aprender de memoria una cosa mejor y retener lo aprendido, hacen
que en la casa se interesen en el catecismo, el papá, la
mamá, la hermanita, llamados por el pequeño para que
lo ayuden en la pintura que tiene que hacer, en la imagen para escoger,
etc. se verifica el caso del pequeño que sin saberlo hace
bien al padre, al tío, que no van a escuchar la palabra de
Dios en la Iglesia, mas la vienen a escuchar gustosos a través
del cuaderno del hijo o del sobrino.
Pero
entendámonos: el diseño lo hace el que tiene disposición;
los niños no tienen disposición o aptitud para hacerlo
por sí mismos, escriben sobre el cuaderno alguna otra cosa;
colorean las imágenes ya dibujadas previamente, ponen bajo
la imagen una, dos o tres líneas de comentario, competan
frases indicadas por el catequista, o ya estampadas en el cuaderno;
hacen sus oraciones propias, resúmenes, cuentos, etc. y no
importa que los dibujos sean toscos, o las expresiones llenas de
errores gramaticales. Lo importante es que el muchacho exprese espontáneamente,
como mejor pueda y sepa, sobre el cuaderno sus pensamientos y sentimientos
religiosos.
No
hay sólo el cuaderno para hacer mover al niño. También
se pueden hacer mover las manos y los pies y todo el cuerpo de varios
modos. Por ejemplo con juegos catequísticos, con escenas
catequísticas, con visitas a la Iglesia, a la sacristía
o ara del altar, etc. o cuando los niños deben preparar el
material didáctico de la lección sobre la liturgia,
haciendo en la casa la pequeña casulla, la estola, o fabricando
el altarcito con todos los objetos del culto, etc.
Trabajar
en partidos o escuadras
Observar
los juegos de los niños de 9 a 12 años: la mayoría
son a veces a base de partidos distintos. Dar una ojeada al deporte:
todo es basándose en escuadras, partidos o concursos, primeros
puestos, victorias y puntajes. La gente, pero sobre todo los muchachos,
tienen para estos juegos una gran afición. La competencia
o espíritu de concurso se siente hoy por doquier; por eso
se puede llevar con éxito el trabajo de escuadras, partidos
o desafíos, al catecismo
Un
ejemplo: Hay una clase de doce niños: se dividen y se forman
tres escuadras de cuatro cada una y para cada una de ellas se escoge
un capitán que debe dirigir, advertir y reclamar a los otros.
Se establece un sistema de puntos: el punto para el que está
presente, otro para el que sabe mejor de memoria la lección,
otro para el que le da mejor sentido, otro para el que tiene mejor
página activa del cuaderno, etc. los puntos se suman y dan
puntos para el partido o escuadra, que se van señalando sucesivamente
en un gráfico. La escuadra que reúna de primera un
determinado número de puntos, queda vencedora.
Este
sistema es fructuoso sólo con alumnos de 9 a 12 años;
requiere en el catequista práctica, entusiasmo, tiempo; haciéndolo
funcionar bien produce varias ventajas; hace trabajar mucho a los
niños, estimula una sana emulación (se trabaja por
el partido o escuadra, no por uno en particular), educa en la fraternidad,
hace animada y serena la clase, enseña a los capitanes a
preocuparse por sus compañeros, por tanto los habilita para
el apostolado, pone a los niños en contacto con el catequista,
quien así los puede conocer e instruir mejor.
Para
que el trabajo en esta forma tenga éxito, es necesario que
los capitanes sean aptos, niños de energía, que tengan
prestigio entre los demás de la escuadra; las escuadres sean
al menos tres, equilibradas en sus fuerzas o sea casi iguales en
la inteligencia y capacidad de sus miembros; se escoge para cada
escuadra un hermoso y llamativo nombre de batalla, un distintivo;
para anotar los puntos, se toma algo imaginativo (recorrido del
mundo, subida a la montaña, etc.) se procura que la escuadra
vencedora tenga su premio y aún premios individuales por
la buena conducta, por la presencia.
Supongamos
que un catequista llega a hacer de sus alumnos cristianos que oren.
Este ha obtenido muchísimo. En la práctica no siempre
se obtiene este resultado; hay muchos niños y cristianos
que dicen orar, pero pocos oran.
Dos cosas debe hacer el catequista para remediar este inconveniente:
dar al alumno un concepto, amplio, simpático, de la oración
y llevarlo a la práctica de la oración.
De aquí algunos principios que hay que inculcar un poco a
la vez entre los niños, a fin de darles un concepto justo,
simpático, de la oración.
1) Orar quiere decir hablar con el Señor y no sólo
del cielo, del alma, sino de cualquier cosa, propiamente "charlar"
y como se hace con un amigo se le puede hablar del papá,
de la mamá, de la redacción, del juego; y El no está
lejos, sino muy cerca y se siente muy contento de que le hablemos.
2) Orar es fácil: No se necesita que la oración
sea larga o corta, el Señor no la mide con el metro, y si
no se presenta la fórmula de oración conocida basta
la palabra que uso conmigo mismo, sea en castellano o en inglés,
aún con faltas y errores de gramática.
3) No se ora solamente en la Iglesia, sino en todas partes
y cuando se quiera: en el camino, en la escuela, en la casa, durante
el juego, el niño puede recogerse un momento, saludar a Jesús,
darle gracias, pedirle perdón, sin que nadie se de cuenta.
Y
he aquí algunos medios para la práctica:
1) el ejemplo del catequista, que ora delante de sus alumnos con
convicción, compostura y seriedad.
2) Dar a la oración recitada en común un tono piadoso,
evitando los sonsonetes chocantes, haciendo pausas justas.
3) variar a veces la fórmula y el modo de recitarla para
quitar la monotonía, la rutina, el mecanismo e introducir
la novedad, que sorprende siempre agradablemente a los niños;
por ejemplo:
Reza sólo el catequista, lentamente, tranquilamente, pero
con palabras vibrantes, llenas de fe, mientras los niños
lo siguen con recogimiento.
Reza un solo niño y los otros le siguen en silencio.
Reza toda la clase, pero a media voz, con pausas después
de cada frase.
Se sustituye a la oración con un canto (hoy haremos una oración
cantada), etc.
4) Preparar, explicar la oración que se va recitando o se
va a rezar, indicando cosas y circunstancias que impresionen al
niño. Por ejemplo: "vuestro compañerito está
enfermo, oremos por él"
"hoy es sábado,
y el día de la Virgen, oremos a esta buena madre"
Otras veces al recitar el Padre Nuestro, "esperad, hemos
dicho el pan nuestro de cada día dánoslo hoy, porque
para obtener el pan hay que pedir que nuestro padre halle trabajo,
tenga salud, pidámosle al Señor que le ayude"
5) Recalcar a veces el pensamiento de que Dios todo lo ve, que es
bueno, que tiene providencia, que todo depende de El, de modo que
el niño se vaya llenando del espíritu de fe, que le
haga atribuir a Dios los sucesos personales, familiares y sociales
y lo haga recurrir a El.
6) Cuidar mucho de la postura que tenga el niño durante la
oración, habituándolo a que se presente bien compuesto,
con las manos juntas; corregir el defecto que tenga en el hacer
la señal de la cruz, insistir a fin de que en la casa rece
sus oraciones de rodillas por las mañanas y por la noche.
7) Enseñar a transformar en oración las fórmulas
del catecismo que ya entienda. Sea la fórmula siguiente:
del alma debemos tener el mayor cuidado porque sólo salvando
el alma seremos eternamente felices. Añadiendo o cambiando
muy poco, tendremos "creo ¡Oh! Señor, que el
alma debe cuidarse diligentemente porque sólo salvando el
alma seré eternamente feliz"
Usando estos o otros medios, el niño halla gusto en la oración,
la práctica con espontaneidad, se habitúa a hacer
sus fórmulas propias y usa la oración como medio para
llegar a ser mejor.
Llevar a la práctica.
Una
lección de catecismo no se ha hecho bien si no lleva a los
niños a ejecutar alguna obra buena. El niño cuando
ha entendido una cosa quiere enseguida probarla; se ha impresionado,
se halla listo a obrar. Por otra parte, es necesario hacerle entender
que el catecismo no se aprende para ser muy sabio, sino muy bueno
y hacer obras buenas; no es sólo enseñanza, sino
vida.
Es
muy importante hacer que al fin de cada lección se llegue
a alguna buena acción o victoria sobre las pasiones.
El catequista debe insistir para que se haga la buena acción
y en la lección siguiente preguntar si se ha hecho. Si el
niño ve que el catequista pide la página del cuaderno
y la lección de memoria y olvida preguntar si se ha realizado
la buena acción, concluye; la buena acción no tiene
ninguna importancia
Las
buenas acciones que se sugieren a los niños, deben ser bien
determinadas y adaptadas a ellos. No basta decir: "sean
buenos" o añadir "procurar ser obedientes",
sino que hay que determinar cuándo y de qué manera:
"hoy harán todo lo que mamá ordene sin murmurar,
por amor a Jesús" o también "si han
faltado, esta noche al ir a la cama pedirán perdón
al Señor", etc.
Sobre
todo el catequista debe preocuparse para que sus alumnos vayan espontáneamente
a las prácticas religiosas, frecuenten los sacramentos; y
use toda su influencia, la persuasión de que es capaz para
hacer que asistan bien a la Santa Misa en las fiestas, que se confiesen
con frecuencia y bien, que se acerquen a la Sagrada Comunión.
Para este fin debe aprovechar aun los encuentros casuales que tiene
con sus alumnos fuera de la escuela y de la clase. Si los halla
por la calle, pregúntales en qué van de la página
activa del cuaderno de catecismo, la "buena acción",
si se han acordado de sus oraciones
La
clase de catecismo
Preparación
de la lección
La
preparación de la lección es necesaria. No se construye
una casa sin hacer antes el proyecto y ver cómo debe ser
de grande, cuántos cuartos, cuántas puertas, cuántas
ventanas, etc. una lección es como una casa pequeña
para construir: Antes de hacerla es preciso ocuparse de ella, ver
cuánto tiempo ha de durar, cuántas partes tendrá,
qué adornos hay que añadirle, qué fruto debe
llevar.
Una lección no preparada será confusa, aburridora,
insípida, sin resultado. Sólo la lección preparada
con amor y diligencia, con sus partes bien claras, con sus ejemplos
apropiados, tiene éxito.
No basta dar una ojeada al libro en diez minutos. Hay catequistas
que comienzan el lunes a pensar en el catecismo del domingo y pasan
toda la semana en la preparación cuidadosa de la lección,
meditando con amor la materia que se va explicar, llenándose
de esos pensamientos la mente y el corazón. De esto modo,
además de las ideas claras, llevan a la lección una
alma que vibra y hace vibrar.
El mínimo que cada catequista debe hacer es este: hallar
en el texto la lección que toca, estudiarla de modo de saberla
perfectamente y repasar la respuesta de memoria.
Consultar la guía u otro libro bueno, sabiendo buscar
lo que agradará o hará bien a los niños, dejando
lo que no podrían entender.
Establecer qué palabras va a usar, qué método
va a seguir, qué ejemplos va a exponer, qué imágenes
u objetos va a mostrar.
Fijar el resumen y la obra buena que se propone para hacer. Prever
las principales preguntas y respuestas adaptadas, tener preparados
algunos ejemplos para el caso.
Los niños son como los pajaritos: quieren saltar de flor
en flor, cambiar siempre. Será bueno el tener preparado en
cada lección algo nuevo que les guste. No comenzar siempre
de la misma manera, no preguntar siempre del mismo modo. Al
menos tener algunas explicaciones brillantes y en cada lección
tener algún punto más atrayente.
Y
orar. El hacer bien la explicación, aunque se haya puesto
toda diligencia, es siempre una gracia del Señor que hay
que pedir humildemente
Itinerario
de la lección
Quien
Dice itinerario dice programa o serie de etapas sucesivas. Enumeremos
la serie de las varias etapas de la lección del catecismo
parroquial:
El catequista se encuentra (con el texto, la guía, la libreta
de calificaciones), a la hora precisa en el sitio de la clase:
Recoge
y pone en fila a los niños
Entra con ellos en silencio en el aula o local de la clase
Espera que se pongan en su sitio y les ayuda a ello.
Oración (a veces cantada)
Llamada de lista
Interrogación sobre la lección anterior
Explicación de la lección nueva
Aplicación práctica
Asignación de la tarea
Oración
Salida de la clase.
Algunas
anotaciones:
1)
Los niños no pueden saltar de un juego muy activo o de un
alboroto a la oración o a la lección: el catequista
se preocupará de que el cambio venga suavemente, calmándolos
con un canto, o con dos o tres minutos de espera fuera del aula,
etc.
2)
La oración no se empieza hasta que no estén todos
quietos y sosegados;
3)
La libreta de calificaciones debe llevarse bien, sea para calificar
la lección, sea para apuntar las ausencias. Eso da un poco
de importancia y tiene a los niños con un poco de miedo.
Después
de la clase, quedando solo o volviendo a la casa, el catequista
ora al Señor agradeciéndole el haber servido de él,
pidiendo que los niños pongan en práctica las cosas
importantes explicadas. Bueno será hacer un momento de examen
o propósito sobre cómo anduvo la clase, sobre los
méritos y los defectos. Será muy bueno llevar un diario
sobre el cual anotará la preparación de la clase antes
y luego las observaciones
Disciplina
de la clase
Una
nación es ordenada y disciplinada si tiene estas dos cosas;
leyes precisas y claras (poder legislativo), y fuerza para exigirlas
(poder ejecutivo y punitivo).
En una clase de catecismo habrá disciplina cuando se dan
avisos y órdenes claras y se logra hacerlas observar con
la presencia, el interés insistente, la persuasión
o aun con un poquito de castigo.
Si no se dan las órdenes o no son claras y nadie cumple,
pondremos confusión, desobediencia, todo lo contrario de
disciplina.
Acerca del "poder legislativo"
Ser
claro y preciso en dar las órdenes. A veces el niño
no ha seguido las órdenes por no haberlas entendido o no
haberlas recordado. Para asegurarse que las han entendido y para
hacerlas recordar, hacerse repetir las órdenes dadas ("¿
Has entendido lo que he dicho?" Dímelo, pues
.
¿Has hallado la página que debes estudiar? Muéstramela)
No
dar órdenes mientras los niños se hallan moviéndose;
dar pocas órdenes, no cambiarlas, sino repetirlas de nuevo.
No mandar jamás una cosa cuando hay seguridad de que no se
hará.
Mantenerse firmes en lo dicho. Cuando se ha dicho no y las circunstancias
no han cambiado, no se debe mudar la orden. ¿Por qué
de ordinario el papá se hace obedecer mejor que la mamá?
Porque se mantiene firme en lo dicho, no cede y el niño lo
sabe.
Y no hacer prédicas cuando se dan órdenes: no hablar
ni dar muestra a los niños de que tiene miedo de no ser obedecido,
pocas palabras incisivas (no irónicas) son mucho más
enérgicas y eficaces que muchas exhortaciones.
Acerca
del "poder ejecutivo"
Nuestra
disciplina no debe ser a la prusiana (o haces esto o palo va), la
nuestra debe hacer que el niño quiera aquello y lo haga con
gusto; no sofoca la libertad del niño, sino que la educa
y alimenta haciendo que él mismo, espontáneamente,
quiera lo que nosotros le ordenamos.
Pero,
¡atención! "voluntariamente" no significa
"sin esfuerzo", "sin fatiga". Ningún
educador formará bien a los niños y jóvenes,
si no manda y obtiene de ellos esfuerzo y sacrificio.
Un catequista dice: "quiero ahorrar a mis niños cualquier
esfuerzo". No ha entendido nada de la educación
ni de la vida. En otra ocasión con hechos y sucesos grandes,
los niños hallarán nada más que lo duro, áspero
y amargo. Hay pues que prepararlos desde ahora. Por otra parte,
sin fatiga no se hace nada grande en este mundo. Debe decir a veces:
quiero que se esfuercen para que se habitúen al sacrificio.
La risa, el juego, la alegría sólo y únicamente
son ayudas
La disciplina de que hablamos presupone en el catequista ciertas
habilidades indispensables. Primera: el prestigio. Lo tendrá
cuando el niño experimente hacia él cierto sentido
de reverencia y de estima, por su bondad, su ciencia, por la capacidad
de trabajo. El niño es algo como el salvaje: tiene necesidad
de ver que el capitán que lo guía es un hombre más
capaz, más fuerte, más inteligente que él.
De otro modo no lo sigue.
Otra
cualidad, la bondad
.. pero que no sea demasiada (un
hombre bueno " no un bonachón" inspira confianza,
y "no dejarse tomar el pelo").
Los niños deben ver que el catequista es bueno y los ama,
pero al mismo tiempo deben mostrar una cierta docilidad a él;
de otro modo lo toman todo en "broma" y se acaba
el prestigio.
Tercera cualidad: la confianza en sí mismo. Los niños
deben tener la impresión de que somos seguros, capaces, dignos
y que nos sentimos dueños de nosotros mismos, con el tono
de la voz, el semblante, los movimientos. ¡Ay de nosotros
si nos ven tímidos, inseguros impacientes!.
Cualidad
muy importante, hacerse interesante. La mayor parte de las
veces los niños son indisciplinados, porque no nos hacemos
interesantes, decimos cosas que no les interesan o en modo inadaptado
o sin la suficiente preparación
La
disciplina que procuramos considera otros medios: premios y emulación.
El más fácil de los premios es la alabanza: dada
con prudencia, en tiempo oportuno y entusiasmo, invita al estudio.
En cuanto a los otros premios, sean grandes o pequeños, no
es el darlos lo que mejor efecto produce, sino el modo como se dan,
las palabras, los miramientos que los acompañan.
La calificación si se sabe usar, da óptimos resultados
para la disciplina. Lo usa bien el catequista cuando le da importancia
delante de los niños, sobre todo para la disciplina. Lo usa
bien el catequista: "en lo que te pregunté sacaste
cuatro puntos y si continúas así, llegarás
a los cinco", y alguna vez dar algunos puntos más
para entusiasmar
Acerca del "poder punitivo"
El
sol enseña algo al catequista, sin saberlo; el sol suministra
continuamente luz y calor, a veces lluvia y viento, raramente relámpagos
y truenos.
El catequista debe continuamente dar a sus alumnos afecto y cuidado,
a veces recomendaciones y exhortaciones, raramente intervendrá
con represiones y castigos.
Los castigos deben darse con mucha prudencia si se quiere que sean
eficaces. Comenzar con poco (mostrarse no contento, menos benévolo,
miradas severas, reclamos, amenazas de castigo) llegar al castigo
fuerte sólo con los pertinaces que no obstante los avisos
y reclamos, se hallan faltando tres o cuatro veces; no infligir
castigos corporales, más bien privar de alguna cosa que tengan
los niños.
No
es el castigo en sí mismo el que corrige al niño,
sino el disgusto y el deseo de verlo mejorar, eso es lo que el catequista
desea.
No castigar si no se está seguro de la falta, dejar al niño
que se defienda, y si lo halla inocente mostrar disgusto de haberlo
castigado y alegría por haberlo hallado inocente.
No castigar mientras se está disgustado, jamás encolerizarse.
Corregir en cuanto se pueda en privado; no obligar a un niño
a presentarse ante los compañeros con el rostro encarnado
y las lágrimas en los ojos.
Si el niño se enmienda enseguida, perdonarlo.
Sagacidad práctica para la disciplina
Usar
bien los ojos, para hacer sentir al niño que lo observamos
y que se le ve en todos sus movimientos. Para esto, que las clases
sean poco numerosas, y cuando se usan las bancas, que no estén
en líneas paralelas sino en semicírculo o herradura.
Así todos los niños son vistos completamente y a ninguno
de la tercera o segunda banca, le entra la tentación de molestar
con los pies o las piernas a los compañeros de la primera
o segunda banca.
Procurar
que entren a la clase en orden y silencio; señalar los puestos
y que no se hallen juntos dos perturbadores; que los puestos sean
fijos, que no sean una lucha para tomar puesto al entrar a la clase.
tener presente que ser débil al comienzo de la clase quiere
decir tener batalla perdida durante toda ella.
No
comenzar jamás la clase amenazando a los que hacen bulla,
colocándose en sus puestos. El desorden al principio lanza
un aspecto poco agradable sobre toda la clase.
Alabar a los que se han colocado en sus puestos sin desorden, exhortando
a los otros a componerse pronto: solamente se comienza a rezar cuando
haya completo silencio y atención de todos
Ser un poco astuto para presentar la disciplina bajo un aspecto
discreto y simpático. No decir: "En esta clase exijo
disciplina, haré andar rectos a todos y castigaré
a los indisciplinados". Si se muestra la disciplina bajo
un aspecto duro y áspero, los niños comenzarán
a jugársela y a burlarse. Diga más bien: "Conocen
a Rubén Darío
los aviadores, los alpinistas,
los campeones de fútbol?
¿gente esforzada que
domina los estadios, los cielos, las montañas? Porque se
han sometido a disciplina.
. Rubén Darío se
adiestra bajo la lluvia, bajo el viento, con hambre, con sed, con
disciplina. Nosotros también procuraremos un poco de disciplina"
Es probable que se consiga un efecto mejor con éste que con
el primer sistema.
Es
preciso no multiplicar las prohibiciones: "Esto no se puede,
esto otro tampoco
por ahí no puedes caminar".
Los niños se sienten como sofocados y sienten que la disciplina
es un peso grande, mientras que es necesario hacerla aparecer ligera
y llevadera; ciertas cosas hacerlas amar antes de mandarlas, otras
hacerlas aparecer como premios
Y
saber entender a los niños. Los niños son siempre
niños, son a la verdad indisciplinados e inquietos pero no
malos. No exigirles demasiado en detalles y concederles un descanso
cuando sea razonable. De pronto sale un ratón de un armario:
todos se levantan y gritan
¿Qué se hace?. Sería
exagerado levantar la voz y reprochar clamorosamente. Procurar en
cambio calmar a los niños con bondad.
¿Jamás
has montado sobre un poro furioso? ¿Sí? Entonces sabes
que es necesario tener las riendas y darle de vez en cuando algún
respiro, pero no soltar las riendas del todo bajo el cabezal, porque
si no el animal te lanzará lejos. Así en la clase,
hay que dejar un poquito de respiro, de vez en cuando un cuento
a tiempo, algo que suavice; pero no dejar reír demasiado,
dejando libre la hilaridad, son muy pocos los que con una sola señal
traen todos al orden interrumpido.
Ensayar
en bajar la voz cuando los niños comienzan a distraerse o
charlar entre sí. De pronto todas las cabezas se fijan en
el profesor y preguntan: ¿Pero qué pasa? ¿Qué
querrá con esa voz suave y baja con que nos habla? Pues nada,
sólo deseo que estén atentos. El catequista sabe que
para hacer callar no hay que gritar, sino que se habla suavemente
y se obtiene silencio.
Algunas
veces el hablar suavemente no es suficiente: los niños están
cansados. Entonces un hecho interesante, unos cuadros en colores,
ponerse de pie un momento, una oracioncita, un cántico sencillo,
o sea emplear los medios del método activo del que hablamos
anteriormente, que ayudan también a la disciplina.
Cuando
ha faltado a clase un niño, informarse del motivo, pasando
por su casa. Cuando un niño no responde porque es corto,
pedirle a alguno de su casa o a una persona vecina que le ayude.
Si se presenta el caso de algún aluno incorregible y perturbador,
entonces es necesario y oportuno el despedirlo de clase, pero por
medio del Párroco.
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