EL CATEQUISTA

 

Si observamos a nuestro alrededor la cantidad de personas que dudan, que se preguntan sobre el sentido de Dios, de la Iglesia, de su vida, nos daremos cuenta que para responder a éstas y otras preguntas es menester estar mejor preparado. El aconsejar al que lo necesite es una obra de misericordia espiritual, implica dar el consejo recto, usar las palabras correctas y guiar hacia Dios a la persona.
Para esto, es necesario estudiar, leer, vivir la Palabra de Dios; ya no es posible dar respuesta a esta necesidad en la Iglesia sólo con el curso que tomaste hace años o con la plática que se te da antes de tu clase, es necesario que como catequista decidas ser protagonista en la misión de la Iglesia, o ¿Qué harás cuando alguien te pregunte sobre un tema que no preparaste o estudiaste antes de la clase? ¿O de la confusión que se crea al no estar seguro de lo que se dice?.
La respuesta es formarte apostólica y pastoralmente para saber dar razón de tu esperanza y nunca desfallecer en ella.

 

El método del catequista

Aspectos más importantes del método activo

La clase de catecismo

   

El método del catequista

Los principales métodos

A una misma meta se puede llegar por varios caminos con viajes diferentes. Así para enseñar una verdad el catequista puede escoger varios caminos que se llaman métodos.
Expondremos con palabras sencillas los principales métodos:

Método inductivo o viaje de ida.

El catequista considera la respuesta del catecismo como un punto de partida. Después de haberla examinado se pregunta: Para entender esta fórmula, ¿qué ideas deben tener los niños? Esta y ésta… procura entonces presentarlas de la mejor manera posible y del modo más atrayente para ellos, cuando hayan entendido bien las ideas y las palabras, les leerá a los niños la respuesta o la hará leer y la entenderán enseguida.
Pongamos un ejemplo práctico. El catequista debe explicar la fórmula del catecismo pequeño de S. Pío X "El ama es la parte espiritual del hombre por la que vive, entiende y es libre".
El catequista se preguntará ¿Cuáles son en esta fórmula las palabras que mis pequeños no conocen? Examinando hallará que son: "parte del hombre", "espiritual", "vivir", "ser libre".

Entonces puede empezar contando la creación de Adán, el cuerpo del hombre estaba allí, pero yacía, caído por tierra, no se movía, ni hablaba. Dios sopló… El hombre vivió, se levantó y comenzó a hablar… He ahí el hombre ya completo: antes de que Dios soplase, existía una sola parte del hombre, el cuerpo. Después del soplo estaba la otra parte; el alma (y así se entiende ya cómo el alma es parte del hombre).
Una parte importante. Sin el alma, el cuerpo de Adán quedaría inanimado por tierra, rígido, frío como una roca. Pero por el alma ya ha podido ponerse de pie, moverse y caminar. Es el alma la que da la vida, y hace vivir. Una roca no se mueve, ni crece, ni ve, porque está sin alma: los conejos, los lagartos, los pajaritos, comen, etc. porque tienen alma (inmaterial). (Y así los niños entienden que el alma es la que hace vivir).
Y continúan, haciendo que los niños conozcan y entiendan las palabras restantes "espiritual" "ser libre".
Cuando finalmente ve que todas las ideas y palabras las entienden bien, el catequista presenta entonces la fórmula y dice: ahora, estar atentos, porque aprendemos una fórmula interesante: "El alma es…" y a la fórmula los niños no harán mala cara porque ya la conocen, la entienden enseguida y se convencen que la entienden fácilmente.

Este método es racional, agradable para los niños, pero un poco difícil para el catequista.
Es racional porque justamente procede de lo fácil a lo difícil, de lo que se sabe a lo que no se sabe.
Le agrada a los niños porque antes de que la respuesta llegue, los hace navegar en la aventura y a lo imprevisto. Conocida la respuesta, clara y límpida, le da alegría como por un descubrimiento. Es difícil porque requiere espíritu de iniciativa y preparación diligente.

Método deductivo o viaje de vuelta.

El catequista considera la respuesta como un punto de partida. La lee al niño, le explica cada palabra, aún las más difíciles; y no queda tranquilo hasta que todas las partes y todas las palabras no estén bien entendidas por el alumno.
Este método es más fácil para el catequista pero menos atrayente para los niños. Por ejemplo: el catequista leerá enseguida toda la fórmula anterior. Después de haberla leído o hacerla leer, la explicará… ¿Entienden qué significa "espiritual"? lo voy a decir. ¿Saben qué diferencia existe entre una cosa que vive y una cosa muerta? al fin concluye: "Espero que ahora sí hayan entendido la respuesta"
Más fácil porque el catequista no tiene sino que seguir la fórmula. Desmontar un mecanismo es mucho más fácil que armarlo. Ahora bien, el método deductivo desmonta pieza por pieza el mecanismo de la fórmula, mientras que el método inductivo la reconstruye.
Menos atrayente para los niños, porque les presenta de pronto la fórmula no explicada, aún oscura, que no entienden y no les gusta.

Los dos métodos precedentes pueden reunirse en viaje de ida y vuelta. Así el catequista explica al principio la respuesta con el método inductivo, llevando a los niños a la conquista de la comprensión de la fórmula, una vez que la han entendido, la hace explicar por ellos deductivamente, preguntándoles sobre las palabras

El método inductivo no se ha de confundir con el intuitivo (ver) quiere decir servirse de imágenes, hechos, ejemplos, etc. para hacer que el niño vea las cosas.

Método activo.

El catequista al enseñar no sólo se preocupa de hacer o hablar él mismo, sino sobre todo de hacer hablar a los niños y hacerlo usando todos los medios que tiene a su disposición.
"Es el método que usó Nuestro Señor", pero que se ha estudiado científicamente en estos últimos años: "la escuela activa" se ha comprobado esto: el hacer agrada a los niños; para hacer algo, el niño se ve obligado a reflexionar un poco; y después de haber obrado se le olvida menos.

Hay dos estudiantes: uno ha leído un tratado completo sobre la radio, el segundo ha construido un radio. No es ciertamente el primero el que conocerá mejor la radio.
Mira a un muchacho que va en su bicicleta por la calle. No se me ocurre siquiera preguntarle qué ha estudiado para ir en bicicleta. Ha ensayado y vuelto a ensayar y pronto será un campeón.

Por ejemplo, permaneciendo siempre en el mismo tema de la respuesta sobre el alma, el catequista ensayará con el método activo y pondrá en movimiento a los alumnos; en vez de relatar él la creación de Adán, la hará repetir por un alumno que ya la conozca; escribirá sobre el tablero la palabra que hay que explicar, o hará pasar adelante a dos, a quienes les dice; tu eres el alma y tú (al otro), el cuerpo. Estar atentos, les diré las preciosas cualidades de cada uno: Ustedes irán a sus compañeros lo que les he dicho, etc. y se completarán mutuamente; después les mostrará una roca y un grano de trigo, preguntando qué diferencia hay entre uno y otro; y después los hará levantarse para dar gracias al Señor por habernos dado el alma.

No es preciso creer que el trabajo activo de un niño se reduce al cuaderno con unas cuantas pinturas, oracioncitas o imágenes recortadas y pegadas. El catequista activo pone en juego todo lo que tiene el niño; la lengua interrogándolo a menudo y dejándolo hacer preguntas; los ojos mostrándoles imágenes, cartulinas, tarjetas postales, proyecciones luminosas, espectáculos de la naturaleza, objetos sagrados, etc.: la fantasía, refiriéndoles historias interesantes, hechos, ejemplos; las manos, haciéndoles tocar todo cuanto es posible: objetos sagrados, invitándoles a hacer esquemas, tareas, oraciones escritas; los pies y todo el cuerpo, llevándoles a visitar unas iglesias, un cementerio, haciéndoles reproducir alguna escena del Evangelio; el deseo de compensar y desafiar, de ponerse a la cabeza, colocándolo en una escuadra que compita con otra. El deseo de llegar pronto a un resultado práctico, habituándolo a rezar, a hacer la obra buena o sea la "victoria" o "fruto práctico"


Los aspectos más importantes del método activo

Hacer hablar al niño

En el catecismo hay tres casos: o habla el catequista solo como en un sermón (forma expositiva); el catequista interroga y el alumno responde (forma interrogativa); o interroga el alumno y el catequista responde (forma dialogada). Pero podemos usar estas tres formas y tenemos un cuarto caso: forma mixta.
Para el niño es un suplicio oír hablar a los adultos, y el callar si no se trata de alguna narración. Ellos no soportan un discurso continuo más largo de dos minutos. El catequista por lo tanto debe usar sólo para aclarar brevemente la forma expositiva y recurrir continuamente a la interrogación y al diálogo.

Las interrogaciones se hacen para ver si el alumno ha logrado asimilar lo explicado (forma catequística) o para llevarlo poco a poco a conocer otra verdad (forma socrática). La forma socrática es difícil, más fácil y frecuente es la forma catequística

Las preguntas hechas al niño deben ser sencillas y claras, que tengan una sola respuesta. No se dirá: ¿Quién y cuándo se fundó la Iglesia?. Traería confusión a los niños, sino ¿quién fundó la Iglesia? Y obtenida la respuesta; ¿cuándo se fundó?, no preguntas demasiado fáciles, porque terminarán en juego y desorden; ni tampoco muy difícil, porque se les descorazonará, sino variadas para no producir monotonía

El catequista hará de ordinario primero la pregunta en general, después indicará al alumno qué debe responder y no al contrario; si no los alumnos no interrogados no prestarán atención.
No es conveniente sugerir al alumno la primera palabra o sílaba de la respuesta.

A través de las preguntas el catequista verá y conocerá la prontitud, el ingenio, la diligencia de sus alumnos. Verá también si ha acertado para hacerse entender de ellos; verá que ciertas palabras que le parecían facilísimas, no habían sido entendidas o entendidas al revés. Son aún célebres los casos de aquel muchacho que creía que la Misa se llamaba "sacrificio" porque para asistir a ella se hacía penitencia, de aquel otro que preguntó si la especie eucarística bajo la que se esconde el Señor era el palio o tabernáculo; de un tercero que recitó durante un año los preceptos de la Iglesia sin entender nada sobre las "nupcias" que estaban prohibidas en ciertas épocas; y de un cuarto que contestó sobre cuáles eran los últimos sacramentos: "no existen, ya se los dieron a mi abuela"

El diálogo del niño con el catequista es excelente: prueba que el niño se interesa, pone empeño en las lecciones, pero exige del catequista ciencia y habilidad

Ciencia: para no hallarse embarazado para responder a ciertas preguntas

Habilidad: para hacer guardar bien la disciplina (hacer hablar no dejar hablar), para no perder el tiempo inútilmente, para distinguir enseguida al pequeño que interroga para distraer y hacer reír, para desviar la pregunta que no tiene nada que ver con la lección del día.

Hacer retener

Moisés en el desierto tocó con un bastón la roca dura y brotó de ella agua refrescante. Una campana está muda y silenciosa mientras no se le toca, tocada por el badajo, difunde sonido poderoso que vuela por kilómetros. Los fósforos sin frotar, son cosas insignificantes pero al frotarlos hacer brotar luz y calor.

La roca, la campana, el fósforo son imágenes de las fórmulas y definiciones del catecismo. Son como cosas áridas, mudas, insignificantes mientras no se les explica y al explicarlas debidamente, se vuelven fecundas, fuentes de luz esplendorosa.

Se equivoca, pues, quien quiera abolir las fórmulas y definiciones y el estudio de memoria del catecismo.
Algunas expresiones y fórmulas del derecho o de la química, porque exigen precisión y exactitud se estudian de memoria por los alumnos. En la religión hay verdades importantísimas, delicadas y difíciles ¿qué mal se sigue de que se las dé condensadas en fórmulas precisas para que las conserven en la memoria de los pequeños?.
La fórmula aprendida de memoria es como una percha, a la que quedamos adheridos no obstante el pasar de los años, en los conocimientos religiosos más importantes.
Tanto más en cuanto que ciertas fórmulas no le servirán al niño en el momento actual sino en el futuro. Por ejemplo, la enseñanza sobre el matrimonio, la extremaunción ¿y cómo servirán después si no podemos recordarlas?
Por otra parte, ¿no es la memoria una facultad para ejercitar y hacer trabajar recordando?

Pero se equivoca también quien abusa de la memoria y hace consistir el catecismo en sólo aprender de memoria fórmulas y definiciones. Ketteler, ilustre obispo, define como delito hacer aprender al niño fórmulas que no entiende.
Y eso es en verdad un delito porque impone una fatiga al niño, dejándolo en la ignorancia y dándole la idea de que el catecismo sea únicamente un conjunto de cosas sin sentido y difíciles.

En otros tiempos, la fórmula o definición se le hacía seguir en varias etapas:
a) definición aprendida de memoria
b) explicada por el catequista
c) llevada a la práctica

El método más adelantado es:
a) fórmula explicada bien por el catequista
b) fórmula estudiada de memoria
c) fórmula practicada.

El catequista por tanto no hará aprender de memoria la definición si no la ha explicado antes bien. Y además de explicarla, hacerla amar presentándola en una luz atrayente y simpática.
Y con esto se facilita el aprendizaje. Cuando por ejemplo se ha repetido la definición y la ha hecho sentir hondamente (recitada por el catequista, leída por un alumno o recitada por todos a la vez en coro), los niños quedan con la impresión de saberla ya o poderla aprender fácilmente y la estudian entonces con gusto

Hacer ver con los ojos

Los ojos tienen como hambre y sed de colores, de vistas y por esto se quedan como extasiados ante las proyecciones luminosas, los cartelones o láminas bellamente coloreadas.
Cuando se hace ver un cuadro, la primera impresión del niño es de estupor: "¡Oh!… " Después vienen los comentarios y observaciones: "La Virgen es mona", "El sol entra por la ventana". Se nota que los niños se impresionan, sobre todo por las cosas particulares (la cola de un perro, la cabeza de un caballo, el gorro de un soldado), al contrario de las personas mayores que ven enseguida el conjunto y después pasan a lo particular

Pero no basta mostrar el cuadro: es preciso tener el arte de hacerlo vivo y diciente: no se debe tener miedo de no ir muy aprisa, pues cuando se explica un cuadro, hay que explicarlo todo: quiénes son los personajes, qué sucedió, qué hicieron, qué están haciendo, de qué sentimientos parecen animados. Y poner en la boca de los personajes palabras y discursos apropiados, de modo que los niños tengan ante sí como una escena viva y animada. Se puede llegar hasta hablar en nombre de los niños al Jesús del cuadro y hacer hablar a los niños con el mismo Jesús.
Los cuadros o imágenes imprimen la escena fuertemente en la fantasía, hacen a los niños atentos e interesados, y sirven mucho para despertar buenos sentimientos

El cuadro o imagen puede mostrarse desde el principio de la lección, si ilustra un concepto; cuando se recuerda un hecho, se puede primero narrar el hecho y después mostrar la imagen; si se trata de una figura (crucifijo, la Virgen) que sirve para edificar a los niños, se les muestra al momento de la explicación práctica.

El tablero ayuda también mucho para hacer ver a los niños; un nombre difícil que excita la curiosidad y el interés, visto con los ojos, además de oírlo, se recordará fácilmente; un dibujo, un esquema, un título de la lección que sirve para llamar la atención y recordar mejor el hecho.

Hacer ver a la fantasía

Un niño debe recorrer un pedazo de bajada en invierno. El pavimento está liso por el hielo. El niño siente miedo y dice: Cuántas vueltas, revueltas y piruetas deberé hacer antes de llegar abajo. El no quiere las piruetas y con todo prevé que hará algunas. En él hay una fuerte voluntad de no caer, pero al mismo tiempo prevé que caerá; la una no destruye la otra.
Algo parecido sucede al que va a confesarse. Hace el propósito firme de no cometer más aquel pecado, pero al mismo tiempo prevé que caerá en ese pecado. Una cosa es el propósito y otra la previsión.
El catequista explica en pocas palabras un concepto un poco difícil; que la previsión de cometer el pecado no es la voluntad de pecar.

Los ejemplos a veces son casos prácticos en los que se ve la materia enseñada. Pongamos uno sobre la obligación de restituir.
Antonio es un campesino. Tiene en el establo cuatro vaquitas y lleva la leche a la lechería. Pero cada día pone a la leche un poco de agua, porque dice: "Así pesa más y recibo mejor paga". ¿Hace bien o mal Antonio? Responde tú, Ernesto.
- Mal
- Hace mal, comete pecado. ¿Contra qué mandamiento ha pecado?
- Contra el séptimo: no robar.
- Bien. ¿Y por qué ha pecado contra el séptimo mandamiento?
- Porque ha robado a los que compran la leche.
- Bien, pero el que ha robado, ¿basta con que se confiese?
- No, debe restituir.
Y así debe hacerlo Antonio. No basta que se confiese de haberle echado agua a la leche, sino que debe reparar el daño causado, restituyendo el dinero a la lechería.

Pero sobre todo le gustan a los niños las historietas. Los cuentos tienen las ventajas de los ejemplos y además dan luz a la inteligencia, incitan al bien obrar, y sirven para guardar la disciplina en la clase. Las mejores narraciones son las tomadas del Evangelio y de la Historia Sagrada. Otras pueden tomarse de la vida de los santos o de la historia, con tal de que sean verdaderas. Alguna vez, si contamos cuentos, hechos inverosímiles, parábolas, entonces es preciso decir a los niños que son cosas inventadas.

El saber contar bien es una de las mejores cualidades del catequista. Tendrá éxito si se hace niño como los niños y se adapta a sus gustos, haciendo ver y hablar a través de los personajes de la narración, dramatizando las cosas.

Así por ejemplo debemos contar a los niños el hecho de la capa de San Martín; no bastará decir: "un pobre pidió un día limosna a San Martín; éste no teniendo otra cosa, corto con la espada su manto y le dio la mitad". Este modo de contar la historia no le dice nada al niño; él desea saber el largo de la capa, las palabras, los personajes. Quiere casi ver las cosas. Y entonces es preciso describir el ambiente, los vestidos, hacer hablar a los personajes. De este modo: ahora todos atentos, porque voy a referir una bella historia. Era una mañana de invierno, había caído la nieve y hacía mucho frío. Por el camino se hallaba un pobre: descalzo, vestido con unos andrajos, castañeteaba los dientes y tiritaba de frío. Y entonces venía por el mismo camino un soldado a caballo. Se llamaba Martín. El pobre extendió la mano temblorosa y dijo: tengo tanto frío, hágame la caridad. Martín respondió: perdóneme, no tengo nada en este momento. Pero enseguida pensó: ¿Y si le diera la mitad de mi manto? Paró el caballo, llamó al pobre y le dijo: toma un pedazo de mi manto y con la espada lo dividió en dos y le dio la mitad, etc.
Mientras se narra, se deben usar frases, palabras concretas, para arrojar luz donde debe resplandecer. En el ejemplo anterior lo que había que poner a la vista era la caridad, el buen corazón de Martín. La luz por tanto se hallaba en el acto caritativo y no en otra cosa.
Supongamos que el catequista se distraiga sobre la descripción del caballo que se acerca… "se oye por el camino el ruido de un caballo, troc, troc…". El caballo ya está allí. Lo monta un soldado atrevido, con la espada al flanco con yelmo en la cabeza". Todo esto interesará a los niños por el trote, por la espada, por el yelmo, pero hará poner a segundo término la limosna y la piedad del soldado.

Se quiere hacer ver la verdad que se está explicando y el ejemplo debe estar estrechamente unido a la verdad explicada o parte del catecismo, y no como un caramelo azucarado, separado, que se da para hacer aceptar un alimento o medicina desagradable. No diga: Estar atentos que después os contaré una historia interesante. Con esto parece como que el catecismo no fuera interesante. Sin embargo esto no impide que se cuente algo cuando se nota cansancio en los niños o hacia el fin de la explicación.

Hacer mover las manos y los pies.

Los niños no saben aún escribir y tienen en la mano con delirio, tiza, pedazos de carbón y con ellos emborronan papeles y hacen figuras y mamarrachos en las paredes de la calle, en los libros o periódicos, que tienen al alcance. Eso explica que expresan gustosamente con el diseño lo que se les ha sugerido y lo mismo pueden aprovechar de su sus pequeñas experiencias en la enseñanza religiosa. Así nació lo que se llama "cuaderno de religión" o el "cuaderno activo de apuntes".

De eso resulta un gran bien: hace que el niño se aplique al catecismo como a una cosa interesante y hermosa y muy suya; enseña a aprender de memoria una cosa mejor y retener lo aprendido, hacen que en la casa se interesen en el catecismo, el papá, la mamá, la hermanita, llamados por el pequeño para que lo ayuden en la pintura que tiene que hacer, en la imagen para escoger, etc. se verifica el caso del pequeño que sin saberlo hace bien al padre, al tío, que no van a escuchar la palabra de Dios en la Iglesia, mas la vienen a escuchar gustosos a través del cuaderno del hijo o del sobrino.

Pero entendámonos: el diseño lo hace el que tiene disposición; los niños no tienen disposición o aptitud para hacerlo por sí mismos, escriben sobre el cuaderno alguna otra cosa; colorean las imágenes ya dibujadas previamente, ponen bajo la imagen una, dos o tres líneas de comentario, competan frases indicadas por el catequista, o ya estampadas en el cuaderno; hacen sus oraciones propias, resúmenes, cuentos, etc. y no importa que los dibujos sean toscos, o las expresiones llenas de errores gramaticales. Lo importante es que el muchacho exprese espontáneamente, como mejor pueda y sepa, sobre el cuaderno sus pensamientos y sentimientos religiosos.

No hay sólo el cuaderno para hacer mover al niño. También se pueden hacer mover las manos y los pies y todo el cuerpo de varios modos. Por ejemplo con juegos catequísticos, con escenas catequísticas, con visitas a la Iglesia, a la sacristía o ara del altar, etc. o cuando los niños deben preparar el material didáctico de la lección sobre la liturgia, haciendo en la casa la pequeña casulla, la estola, o fabricando el altarcito con todos los objetos del culto, etc.

Trabajar en partidos o escuadras

Observar los juegos de los niños de 9 a 12 años: la mayoría son a veces a base de partidos distintos. Dar una ojeada al deporte: todo es basándose en escuadras, partidos o concursos, primeros puestos, victorias y puntajes. La gente, pero sobre todo los muchachos, tienen para estos juegos una gran afición. La competencia o espíritu de concurso se siente hoy por doquier; por eso se puede llevar con éxito el trabajo de escuadras, partidos o desafíos, al catecismo

Un ejemplo: Hay una clase de doce niños: se dividen y se forman tres escuadras de cuatro cada una y para cada una de ellas se escoge un capitán que debe dirigir, advertir y reclamar a los otros. Se establece un sistema de puntos: el punto para el que está presente, otro para el que sabe mejor de memoria la lección, otro para el que le da mejor sentido, otro para el que tiene mejor página activa del cuaderno, etc. los puntos se suman y dan puntos para el partido o escuadra, que se van señalando sucesivamente en un gráfico. La escuadra que reúna de primera un determinado número de puntos, queda vencedora.

Este sistema es fructuoso sólo con alumnos de 9 a 12 años; requiere en el catequista práctica, entusiasmo, tiempo; haciéndolo funcionar bien produce varias ventajas; hace trabajar mucho a los niños, estimula una sana emulación (se trabaja por el partido o escuadra, no por uno en particular), educa en la fraternidad, hace animada y serena la clase, enseña a los capitanes a preocuparse por sus compañeros, por tanto los habilita para el apostolado, pone a los niños en contacto con el catequista, quien así los puede conocer e instruir mejor.

Para que el trabajo en esta forma tenga éxito, es necesario que los capitanes sean aptos, niños de energía, que tengan prestigio entre los demás de la escuadra; las escuadres sean al menos tres, equilibradas en sus fuerzas o sea casi iguales en la inteligencia y capacidad de sus miembros; se escoge para cada escuadra un hermoso y llamativo nombre de batalla, un distintivo; para anotar los puntos, se toma algo imaginativo (recorrido del mundo, subida a la montaña, etc.) se procura que la escuadra vencedora tenga su premio y aún premios individuales por la buena conducta, por la presencia.

Supongamos que un catequista llega a hacer de sus alumnos cristianos que oren. Este ha obtenido muchísimo. En la práctica no siempre se obtiene este resultado; hay muchos niños y cristianos que dicen orar, pero pocos oran.
Dos cosas debe hacer el catequista para remediar este inconveniente: dar al alumno un concepto, amplio, simpático, de la oración y llevarlo a la práctica de la oración.

De aquí algunos principios que hay que inculcar un poco a la vez entre los niños, a fin de darles un concepto justo, simpático, de la oración.


1) Orar quiere decir hablar con el Señor y no sólo del cielo, del alma, sino de cualquier cosa, propiamente "charlar" y como se hace con un amigo se le puede hablar del papá, de la mamá, de la redacción, del juego; y El no está lejos, sino muy cerca y se siente muy contento de que le hablemos.
2) Orar es fácil: No se necesita que la oración sea larga o corta, el Señor no la mide con el metro, y si no se presenta la fórmula de oración conocida basta la palabra que uso conmigo mismo, sea en castellano o en inglés, aún con faltas y errores de gramática.
3) No se ora solamente en la Iglesia, sino en todas partes y cuando se quiera: en el camino, en la escuela, en la casa, durante el juego, el niño puede recogerse un momento, saludar a Jesús, darle gracias, pedirle perdón, sin que nadie se de cuenta.

Y he aquí algunos medios para la práctica:
1) el ejemplo del catequista, que ora delante de sus alumnos con convicción, compostura y seriedad.

2) Dar a la oración recitada en común un tono piadoso, evitando los sonsonetes chocantes, haciendo pausas justas.

3) variar a veces la fórmula y el modo de recitarla para quitar la monotonía, la rutina, el mecanismo e introducir la novedad, que sorprende siempre agradablemente a los niños; por ejemplo:
Reza sólo el catequista, lentamente, tranquilamente, pero con palabras vibrantes, llenas de fe, mientras los niños lo siguen con recogimiento.
Reza un solo niño y los otros le siguen en silencio.
Reza toda la clase, pero a media voz, con pausas después de cada frase.
Se sustituye a la oración con un canto (hoy haremos una oración cantada), etc.

4) Preparar, explicar la oración que se va recitando o se va a rezar, indicando cosas y circunstancias que impresionen al niño. Por ejemplo: "vuestro compañerito está enfermo, oremos por él"… "hoy es sábado, y el día de la Virgen, oremos a esta buena madre"… Otras veces al recitar el Padre Nuestro, "esperad, hemos dicho el pan nuestro de cada día dánoslo hoy, porque para obtener el pan hay que pedir que nuestro padre halle trabajo, tenga salud, pidámosle al Señor que le ayude"

5) Recalcar a veces el pensamiento de que Dios todo lo ve, que es bueno, que tiene providencia, que todo depende de El, de modo que el niño se vaya llenando del espíritu de fe, que le haga atribuir a Dios los sucesos personales, familiares y sociales y lo haga recurrir a El.

6) Cuidar mucho de la postura que tenga el niño durante la oración, habituándolo a que se presente bien compuesto, con las manos juntas; corregir el defecto que tenga en el hacer la señal de la cruz, insistir a fin de que en la casa rece sus oraciones de rodillas por las mañanas y por la noche.

7) Enseñar a transformar en oración las fórmulas del catecismo que ya entienda. Sea la fórmula siguiente: del alma debemos tener el mayor cuidado porque sólo salvando el alma seremos eternamente felices. Añadiendo o cambiando muy poco, tendremos "creo ¡Oh! Señor, que el alma debe cuidarse diligentemente porque sólo salvando el alma seré eternamente feliz"
Usando estos o otros medios, el niño halla gusto en la oración, la práctica con espontaneidad, se habitúa a hacer sus fórmulas propias y usa la oración como medio para llegar a ser mejor.

Llevar a la práctica.

Una lección de catecismo no se ha hecho bien si no lleva a los niños a ejecutar alguna obra buena. El niño cuando ha entendido una cosa quiere enseguida probarla; se ha impresionado, se halla listo a obrar. Por otra parte, es necesario hacerle entender que el catecismo no se aprende para ser muy sabio, sino muy bueno y hacer obras buenas; no es sólo enseñanza, sino vida.

Es muy importante hacer que al fin de cada lección se llegue a alguna buena acción o victoria sobre las pasiones. El catequista debe insistir para que se haga la buena acción y en la lección siguiente preguntar si se ha hecho. Si el niño ve que el catequista pide la página del cuaderno y la lección de memoria y olvida preguntar si se ha realizado la buena acción, concluye; la buena acción no tiene ninguna importancia

Las buenas acciones que se sugieren a los niños, deben ser bien determinadas y adaptadas a ellos. No basta decir: "sean buenos" o añadir "procurar ser obedientes", sino que hay que determinar cuándo y de qué manera: "hoy harán todo lo que mamá ordene sin murmurar, por amor a Jesús" o también "si han faltado, esta noche al ir a la cama pedirán perdón al Señor", etc.

Sobre todo el catequista debe preocuparse para que sus alumnos vayan espontáneamente a las prácticas religiosas, frecuenten los sacramentos; y use toda su influencia, la persuasión de que es capaz para hacer que asistan bien a la Santa Misa en las fiestas, que se confiesen con frecuencia y bien, que se acerquen a la Sagrada Comunión.
Para este fin debe aprovechar aun los encuentros casuales que tiene con sus alumnos fuera de la escuela y de la clase. Si los halla por la calle, pregúntales en qué van de la página activa del cuaderno de catecismo, la "buena acción", si se han acordado de sus oraciones


La clase de catecismo

Preparación de la lección

La preparación de la lección es necesaria. No se construye una casa sin hacer antes el proyecto y ver cómo debe ser de grande, cuántos cuartos, cuántas puertas, cuántas ventanas, etc. una lección es como una casa pequeña para construir: Antes de hacerla es preciso ocuparse de ella, ver cuánto tiempo ha de durar, cuántas partes tendrá, qué adornos hay que añadirle, qué fruto debe llevar.
Una lección no preparada será confusa, aburridora, insípida, sin resultado. Sólo la lección preparada con amor y diligencia, con sus partes bien claras, con sus ejemplos apropiados, tiene éxito.

No basta dar una ojeada al libro en diez minutos. Hay catequistas que comienzan el lunes a pensar en el catecismo del domingo y pasan toda la semana en la preparación cuidadosa de la lección, meditando con amor la materia que se va explicar, llenándose de esos pensamientos la mente y el corazón. De esto modo, además de las ideas claras, llevan a la lección una alma que vibra y hace vibrar.
El mínimo que cada catequista debe hacer es este: hallar en el texto la lección que toca, estudiarla de modo de saberla perfectamente y repasar la respuesta de memoria.
Consultar la guía u otro libro bueno, sabiendo buscar lo que agradará o hará bien a los niños, dejando lo que no podrían entender.
Establecer qué palabras va a usar, qué método va a seguir, qué ejemplos va a exponer, qué imágenes u objetos va a mostrar.
Fijar el resumen y la obra buena que se propone para hacer. Prever las principales preguntas y respuestas adaptadas, tener preparados algunos ejemplos para el caso.

Los niños son como los pajaritos: quieren saltar de flor en flor, cambiar siempre. Será bueno el tener preparado en cada lección algo nuevo que les guste. No comenzar siempre de la misma manera, no preguntar siempre del mismo modo. Al menos tener algunas explicaciones brillantes y en cada lección tener algún punto más atrayente.

Y orar. El hacer bien la explicación, aunque se haya puesto toda diligencia, es siempre una gracia del Señor que hay que pedir humildemente

Itinerario de la lección

Quien Dice itinerario dice programa o serie de etapas sucesivas. Enumeremos la serie de las varias etapas de la lección del catecismo parroquial:

El catequista se encuentra (con el texto, la guía, la libreta de calificaciones), a la hora precisa en el sitio de la clase:

Recoge y pone en fila a los niños
Entra con ellos en silencio en el aula o local de la clase
Espera que se pongan en su sitio y les ayuda a ello.
Oración (a veces cantada)
Llamada de lista
Interrogación sobre la lección anterior
Explicación de la lección nueva
Aplicación práctica
Asignación de la tarea
Oración
Salida de la clase.

Algunas anotaciones:

1) Los niños no pueden saltar de un juego muy activo o de un alboroto a la oración o a la lección: el catequista se preocupará de que el cambio venga suavemente, calmándolos con un canto, o con dos o tres minutos de espera fuera del aula, etc.

2) La oración no se empieza hasta que no estén todos quietos y sosegados;

3) La libreta de calificaciones debe llevarse bien, sea para calificar la lección, sea para apuntar las ausencias. Eso da un poco de importancia y tiene a los niños con un poco de miedo.

Después de la clase, quedando solo o volviendo a la casa, el catequista ora al Señor agradeciéndole el haber servido de él, pidiendo que los niños pongan en práctica las cosas importantes explicadas. Bueno será hacer un momento de examen o propósito sobre cómo anduvo la clase, sobre los méritos y los defectos. Será muy bueno llevar un diario sobre el cual anotará la preparación de la clase antes y luego las observaciones

Disciplina de la clase

Una nación es ordenada y disciplinada si tiene estas dos cosas; leyes precisas y claras (poder legislativo), y fuerza para exigirlas (poder ejecutivo y punitivo).
En una clase de catecismo habrá disciplina cuando se dan avisos y órdenes claras y se logra hacerlas observar con la presencia, el interés insistente, la persuasión o aun con un poquito de castigo.
Si no se dan las órdenes o no son claras y nadie cumple, pondremos confusión, desobediencia, todo lo contrario de disciplina.

Acerca del "poder legislativo"

Ser claro y preciso en dar las órdenes. A veces el niño no ha seguido las órdenes por no haberlas entendido o no haberlas recordado. Para asegurarse que las han entendido y para hacerlas recordar, hacerse repetir las órdenes dadas ("¿ Has entendido lo que he dicho?" Dímelo, pues…. ¿Has hallado la página que debes estudiar? Muéstramela)

No dar órdenes mientras los niños se hallan moviéndose; dar pocas órdenes, no cambiarlas, sino repetirlas de nuevo. No mandar jamás una cosa cuando hay seguridad de que no se hará.
Mantenerse firmes en lo dicho. Cuando se ha dicho no y las circunstancias no han cambiado, no se debe mudar la orden. ¿Por qué de ordinario el papá se hace obedecer mejor que la mamá? Porque se mantiene firme en lo dicho, no cede y el niño lo sabe.
Y no hacer prédicas cuando se dan órdenes: no hablar ni dar muestra a los niños de que tiene miedo de no ser obedecido, pocas palabras incisivas (no irónicas) son mucho más enérgicas y eficaces que muchas exhortaciones.

Acerca del "poder ejecutivo"

Nuestra disciplina no debe ser a la prusiana (o haces esto o palo va), la nuestra debe hacer que el niño quiera aquello y lo haga con gusto; no sofoca la libertad del niño, sino que la educa y alimenta haciendo que él mismo, espontáneamente, quiera lo que nosotros le ordenamos.

Pero, ¡atención! "voluntariamente" no significa "sin esfuerzo", "sin fatiga". Ningún educador formará bien a los niños y jóvenes, si no manda y obtiene de ellos esfuerzo y sacrificio.
Un catequista dice: "quiero ahorrar a mis niños cualquier esfuerzo". No ha entendido nada de la educación ni de la vida. En otra ocasión con hechos y sucesos grandes, los niños hallarán nada más que lo duro, áspero y amargo. Hay pues que prepararlos desde ahora. Por otra parte, sin fatiga no se hace nada grande en este mundo. Debe decir a veces: quiero que se esfuercen para que se habitúen al sacrificio. La risa, el juego, la alegría sólo y únicamente son ayudas

La disciplina de que hablamos presupone en el catequista ciertas habilidades indispensables. Primera: el prestigio. Lo tendrá cuando el niño experimente hacia él cierto sentido de reverencia y de estima, por su bondad, su ciencia, por la capacidad de trabajo. El niño es algo como el salvaje: tiene necesidad de ver que el capitán que lo guía es un hombre más capaz, más fuerte, más inteligente que él. De otro modo no lo sigue.

Otra cualidad, la bondad ….. pero que no sea demasiada (un hombre bueno " no un bonachón" inspira confianza, y "no dejarse tomar el pelo").
Los niños deben ver que el catequista es bueno y los ama, pero al mismo tiempo deben mostrar una cierta docilidad a él; de otro modo lo toman todo en "broma" y se acaba el prestigio.

Tercera cualidad: la confianza en sí mismo. Los niños deben tener la impresión de que somos seguros, capaces, dignos y que nos sentimos dueños de nosotros mismos, con el tono de la voz, el semblante, los movimientos. ¡Ay de nosotros si nos ven tímidos, inseguros impacientes!.

Cualidad muy importante, hacerse interesante. La mayor parte de las veces los niños son indisciplinados, porque no nos hacemos interesantes, decimos cosas que no les interesan o en modo inadaptado o sin la suficiente preparación

La disciplina que procuramos considera otros medios: premios y emulación. El más fácil de los premios es la alabanza: dada con prudencia, en tiempo oportuno y entusiasmo, invita al estudio. En cuanto a los otros premios, sean grandes o pequeños, no es el darlos lo que mejor efecto produce, sino el modo como se dan, las palabras, los miramientos que los acompañan.
La calificación si se sabe usar, da óptimos resultados para la disciplina. Lo usa bien el catequista cuando le da importancia delante de los niños, sobre todo para la disciplina. Lo usa bien el catequista: "en lo que te pregunté sacaste cuatro puntos y si continúas así, llegarás a los cinco", y alguna vez dar algunos puntos más para entusiasmar

Acerca del "poder punitivo"

El sol enseña algo al catequista, sin saberlo; el sol suministra continuamente luz y calor, a veces lluvia y viento, raramente relámpagos y truenos.
El catequista debe continuamente dar a sus alumnos afecto y cuidado, a veces recomendaciones y exhortaciones, raramente intervendrá con represiones y castigos.

Los castigos deben darse con mucha prudencia si se quiere que sean eficaces. Comenzar con poco (mostrarse no contento, menos benévolo, miradas severas, reclamos, amenazas de castigo) llegar al castigo fuerte sólo con los pertinaces que no obstante los avisos y reclamos, se hallan faltando tres o cuatro veces; no infligir castigos corporales, más bien privar de alguna cosa que tengan los niños.

No es el castigo en sí mismo el que corrige al niño, sino el disgusto y el deseo de verlo mejorar, eso es lo que el catequista desea.
No castigar si no se está seguro de la falta, dejar al niño que se defienda, y si lo halla inocente mostrar disgusto de haberlo castigado y alegría por haberlo hallado inocente.
No castigar mientras se está disgustado, jamás encolerizarse.
Corregir en cuanto se pueda en privado; no obligar a un niño a presentarse ante los compañeros con el rostro encarnado y las lágrimas en los ojos.
Si el niño se enmienda enseguida, perdonarlo.

Sagacidad práctica para la disciplina

Usar bien los ojos, para hacer sentir al niño que lo observamos y que se le ve en todos sus movimientos. Para esto, que las clases sean poco numerosas, y cuando se usan las bancas, que no estén en líneas paralelas sino en semicírculo o herradura. Así todos los niños son vistos completamente y a ninguno de la tercera o segunda banca, le entra la tentación de molestar con los pies o las piernas a los compañeros de la primera o segunda banca.

Procurar que entren a la clase en orden y silencio; señalar los puestos y que no se hallen juntos dos perturbadores; que los puestos sean fijos, que no sean una lucha para tomar puesto al entrar a la clase. tener presente que ser débil al comienzo de la clase quiere decir tener batalla perdida durante toda ella.

No comenzar jamás la clase amenazando a los que hacen bulla, colocándose en sus puestos. El desorden al principio lanza un aspecto poco agradable sobre toda la clase.
Alabar a los que se han colocado en sus puestos sin desorden, exhortando a los otros a componerse pronto: solamente se comienza a rezar cuando haya completo silencio y atención de todos

Ser un poco astuto para presentar la disciplina bajo un aspecto discreto y simpático. No decir: "En esta clase exijo disciplina, haré andar rectos a todos y castigaré a los indisciplinados". Si se muestra la disciplina bajo un aspecto duro y áspero, los niños comenzarán a jugársela y a burlarse. Diga más bien: "Conocen a Rubén Darío… los aviadores, los alpinistas, los campeones de fútbol?… ¿gente esforzada que domina los estadios, los cielos, las montañas? Porque se han sometido a disciplina. …. Rubén Darío se adiestra bajo la lluvia, bajo el viento, con hambre, con sed, con disciplina. Nosotros también procuraremos un poco de disciplina"
Es probable que se consiga un efecto mejor con éste que con el primer sistema.

Es preciso no multiplicar las prohibiciones: "Esto no se puede, esto otro tampoco… por ahí no puedes caminar". Los niños se sienten como sofocados y sienten que la disciplina es un peso grande, mientras que es necesario hacerla aparecer ligera y llevadera; ciertas cosas hacerlas amar antes de mandarlas, otras hacerlas aparecer como premios

Y saber entender a los niños. Los niños son siempre niños, son a la verdad indisciplinados e inquietos pero no malos. No exigirles demasiado en detalles y concederles un descanso cuando sea razonable. De pronto sale un ratón de un armario: todos se levantan y gritan… ¿Qué se hace?. Sería exagerado levantar la voz y reprochar clamorosamente. Procurar en cambio calmar a los niños con bondad.

¿Jamás has montado sobre un poro furioso? ¿Sí? Entonces sabes que es necesario tener las riendas y darle de vez en cuando algún respiro, pero no soltar las riendas del todo bajo el cabezal, porque si no el animal te lanzará lejos. Así en la clase, hay que dejar un poquito de respiro, de vez en cuando un cuento a tiempo, algo que suavice; pero no dejar reír demasiado, dejando libre la hilaridad, son muy pocos los que con una sola señal traen todos al orden interrumpido.

Ensayar en bajar la voz cuando los niños comienzan a distraerse o charlar entre sí. De pronto todas las cabezas se fijan en el profesor y preguntan: ¿Pero qué pasa? ¿Qué querrá con esa voz suave y baja con que nos habla? Pues nada, sólo deseo que estén atentos. El catequista sabe que para hacer callar no hay que gritar, sino que se habla suavemente y se obtiene silencio.

Algunas veces el hablar suavemente no es suficiente: los niños están cansados. Entonces un hecho interesante, unos cuadros en colores, ponerse de pie un momento, una oracioncita, un cántico sencillo, o sea emplear los medios del método activo del que hablamos anteriormente, que ayudan también a la disciplina.

Cuando ha faltado a clase un niño, informarse del motivo, pasando por su casa. Cuando un niño no responde porque es corto, pedirle a alguno de su casa o a una persona vecina que le ayude. Si se presenta el caso de algún aluno incorregible y perturbador, entonces es necesario y oportuno el despedirlo de clase, pero por medio del Párroco.

 

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