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La misma llamada vivida
en la adversidad
LOS
FIELES DE CRISTO
Todos los bautizados son Iglesia
La verdad de
que todos los bautizados son Iglesia ha permanecido olvidada durante
mucho tiempo, por lo que se ha tendido a identificar erróneamente
a la Iglesia con los presbíteros, los obispos y el Papa.
Es necesario,
pues, renovar la conciencia de que todos los que han recibido la
gracia de creer en Cristo y están bautizados, forman parte
del nuevo Pueblo de Dios en el que todos tienen la misma dignidad
y participan de idéntica libertad de hijos de Dios, el amor
se vive como ley suprema, la misión evangelizadora es realizada
como tarea común y todos reciben la llamada a la santidad,
es decir, a vivir en unión con Dios.
Los Cristianos,
en virtud de los sacramentos de la iniciación Bautismo, Confirmación
y Eucaristía participan de:
- La función
profética de Jesucristo. Cuando anuncian, dan testimonio
y proclaman la Palabra de Dios que han acogido en su interior.
- El sacerdocio
de Cristo. Cuando ofrecen toda su vida, con sus alegrías
y tristezas, gozos y trabajos, unidos en la oblación de
Cristo en el sacramento de la Eucaristía.
- La realeza
del Señor Jesús. Al promover los valores y actitudes
del Reino de Dios, esforzándose por hacer presentes la
justicia, la paz y el amor mediante el servicio a los pobres,
desvalidos y marginados.
Diversidad de
carismas, servicios y ministerios
Jerarquía, Laicos, Vida Consagrada.
El Espíritu derramado sobre todos los cristianos en el sacramento
del Bautismo, suscita diferentes estados de vida, múltiples
formas de servicio, diversas maneras de realizar la común
pertenencia a la Iglesia. Los dones que el Espíritu otorga
son para la edificación de la comunidad cristiana, por lo
que nadie puede apropiarse de la gracia recibida, sino que debe
ponerla al servicio de la Iglesia para que fructifique en ella.
Para expresar
esta realidad se emplean tres términos:
Carisma: es el don gratuito que el Espíritu de Dios
otorga a una persona para llevar a cabo una actividad o realizar
una forma de vida, que sirva para la edificación de la Iglesia
el bien de la sociedad.
Servicio: es la acción que, fundamentada en el carisma
recibido, se desarrolla a favor de la comunidad cristiana y de las
personas con las que se comparte la vida. Este servicio puede realizarse
de forma ocasional, espontáneamente, o de una manera más
institucionalizada y estable
Ministerio: es el servicio que, debido a su importancia en
la vida de la comunidad cristiana, y la estabilidad que requiere
su ejercicio, precisa que sea el responsable de la Iglesia particular
quien envíe en un acto público a las personas que
han de desempeñarlo. Existen dos tipos de ministerios:
Los laicales o instituidos, que actualmente se reducen a
dos: acolitado y lectorado
Los ordenados, que se profundizaran posteriormente, e incluyen
al episcopado, presbiterado y diaconado
Los
Laicos
Entre sus miembros
y como distintos de quienes han recibido el Orden Sagrado y de los
religiosos, están los laicos, a quienes no hay que concebir
sólo negativamente por su distinción respecto a los
otros carismas.
El Concilio
presentó la inserción de los laicos en las realidades
temporales y terrenas, o sea, su secularidad no como un simple dato
sociológico, sino como el modo existencial según el
cual viven con plenitud su vocación cristiana.
"A los laicos les corresponde, por propia vocación,
tratar de obtener el reino de Dios gestionando asuntos temporales
y ordenándolos según Dios" (Conc. Vat. II LG
30).
Ellos son los
protagonistas principales y directos de la transformación
del mundo, desde los valores del Evangelio. Su compromiso es:
- La promoción
de la dignidad de la persona
- La defensa
de la vida humana.
- La construcción
de una sociedad mas justa y solidaria
- La evangelización
de la cultura.
Por lo que los
laicos, en cuando consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu
Santo, son instruidos para que en ellos se produzcan siempre los
más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus
obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y
familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo
si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la
vida, si se sufren pacientemente, se convierten en "hostias
espirituales", aceptables a Dios por Jesucristo.
Los sagrados
pastores conocen muy bien la importancia de la contribución
de los laicos al bien de toda la Iglesia, pues saben que ellos no
fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda
la misión salvífica de la Iglesia. Hoy, los laicos
prestan su colaboración en la vida litúrgica de la
Iglesia y desempeñan determinados servicios de caridad, evangelización,
catequesis y administración de las parroquias e instituciones
católicas.
Una
Iglesia Jerárquica, Ministerios ordenados
Con un poco
de espíritu de observación percibimos hoy que la Iglesia
católica, de la que somos parte por el bautismo, presenta
una organización perfecta. En ella diversos miembros ocupan
un puesto determinado y todo marcha dentro de un buen orden.
Hay una jerarquía
que queremos traducir por un orden de servicios dentro de la Iglesia.
No es un orden de escalafón, a no ser por querer servir más.
No es cuestión de mandar o gobernar al estilo humano, sino
de entregarse en un servicio que es de menor a mayor número
de cristianos.
Como ya apuntaba a comienzos del siglo II San Ignacio de Antioquia,
se reconocen en la Iglesia tres ministerios, que constituyen la
llamada jerarquía de la Iglesia
Obispos.
Preside la Iglesia Particular
Presbíteros. Colaboradores inmediatos del Obispo
Diáconos. Desempeñan determinadas funciones
litúrgicas y se ocupan sobre todo del servicio de la caridad.
Los ministerios
ordenados confieren una participación especial en el ministerio
de Jesucristo, Sumo Sacerdote y Mediador único entre Dios
y los hombres. Por esta razón, al ordenado se le confiere
la potestad para actuar, en el ejercicio de su misión "En
la persona de Cristo", cabeza de la Iglesia. Además,
tiene una participación especial en la función sacerdotal,
profética y pastoral de Jesucristo. Recibe, por tanto, un
triple ministerio:
- Es enviado
a predicar y enseñar
- A presidir
la celebración de los sacramentos en nombre de Jesús
- Guiar al
Pueblo de Dios que le es confiado.
Estos ministerios
suponen una misión. Del mismo modo que Jesús recibe
su misión del Padre, así la transmite a sus discípulos
(Cfr. Jn. 20,21; 17,18), no pudiendo ningún individuo ni
comunidad anunciarse a sí mismo el Evangelio y auto-otorgarse
esa gracia. De aquí se sigue que el poder del ministerio
ordenado no procede del encargo que hace la Iglesia a una persona
concreta, sino del mismo Jesucristo, que envía a un cristiano
para que ejerza el ministerio en su nombre, en su propia persona.
Los
Obispos, sucesores de los Apóstoles
"La
plenitud del ministerio ordenado, corresponde a los Obispos que
por institución divina han sucedido a los apóstoles
como pastores de la Iglesia esta misión divina ha de durar
hasta el fin de los siglos (Mt. 28,20), puesto que el Evangelio
que ellos deben transmitir en todo tiempo es el principio de la
vida de la Iglesia. Por lo cual en esta sociedad jerárquicamente
organizada, tuvieron cuidado de establecer sucesores". (LG20)
Ellos son los
pastores de la Iglesia, elegidos para edificar y servir a todo el
Pueblo de Dios mediante la predicación de la Palabra y la
enseñanza del mensaje revelado, la celebración de
los sacramentos, especialmente la Eucaristía y el ejercicio
de la dirección y el gobierno de la Iglesia.
Leemos en la
Lumen Gentium 20: "Por ello, este sagrado Sínodo
enseña que los obispos han sucedido, por institución
divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo
que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia,
desprecia a Cristo y a quien lo envió".
No es posible
enumerar aquí los obispos santos que han sido guías
y forjadores de sus Iglesias en los tiempos antiguos y en todas
las épocas sucesivas. Pensemos, por ejemplo, en el celo apostólico
de San Ignacio de Antioquia, en la sabiduría doctrinal de
San Ambrosio y de San Agustín, en el empeño de San
Carlos Borromeo por la auténtica reforma de la Iglesia, en
el magisterio espiritual y la lucha de San Francisco de Sales por
la conservación de la fe católica; en la dedicación
de San Alfonso María de Ligorio a la santificación
del pueblo y a la dirección de las almas, en la irreprochable
fidelidad de San Antonio María Gianelli al Evangelio y a
la Iglesia.
A cada obispo se le confía una porción del Pueblo
de Dios que se llama Iglesia particular o Diócesis, que está
constituida por diversas comunidades cristianas, denominadas parroquias,
y por otras instituciones y asociaciones cristianas.
En cada diócesis, el obispo es el principio y fundamento
visible de la unidad entre los miembros del Pueblo de Dios que forman
esa Iglesia particular, al tiempo que la mantiene en comunión
con la Iglesia Universal.
Los obispos
están unidos entre sí por un especial vínculo
de comunión. Así como Pedro y los demás apóstoles
formaban un grupo, al que llamamos Colegio Apostólico. De
un modo semejante el sucesor de Pedro, el Papa, y los demás
obispos forman el Colegio Episcopal, que sucede al Colegio de los
Apóstoles. El Papa, sucesor de Pedro, es la cabeza del Colegio
Episcopal. Este colegio no tiene autoridad en la Iglesia si actúa
separado de su cabeza, sin embargo, unido a ella, asistido por el
Espíritu Santo, ejerce su autoridad pastoral sobre toda la
Iglesia.
El Colegio en cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y
la universalidad del pueblo de Dios y en cuanto agrupado bajo una
sola cabeza, la unidad de la grey de Cristo. En unión con
el sucesor de Pedro, todo el colegio de los obispos ejercita la
suprema autoridad en la Iglesia Universal. Según la Lumen
Gentium "la potestad suprema sobre la Iglesia universal
que posee este colegio se ejercita de modo solemne en el Concilio
Ecuménico", pero añade que es prerrogativa
del Romano Pontífice convocar estos concilios, presidirlos
y confirmarlos. Un Concilio no puede ser verdaderamente ecuménico,
si no ha sido confirmado o aceptado por el Romano Pontífice.
Le faltaría el sello de la unidad garantizada por el sucesor
de Pedro.
El Papa, Sucesor
de San Pedro, Obispo de Roma
Tiene su ministerio propio, permaneciendo viva en él la función
que el Señor encomendó singularmente a Pedro: ser
roca en la que se apoya el edificio de la Iglesia, portador de las
llaves de la misma y pastor de todo su rebaño. El Concilio
Vaticano II, enseña que el Obispo de Roma, como Vicario de
Cristo, tiene potestad suprema y universal sobre toda la Iglesia
(LG,22). Esta potestad, tiene carácter ministerial (ministerium=servicio).
Los Presbíteros
Son colaboradores
y consejeros de los obispos con los que participan, en diversos
grados, del ministerio de los apóstoles y del único
sacerdocio de Jesucristo. Prestan su cooperación a los obispos
ayudándoles a predicar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos
y realizar su misión pastoral de gobierno.
"Los
presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado,
y en el ejercicio de su potestad, dependen de los Obispos, con todo
están unidos con ellos el honor del sacerdocio y en virtud
del sacramento del orden. Han sido consagrados como verdaderos sacerdotes
del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, sumo y eterno
sacerdote" ( Cfr. Heb 5,1-10; 7,24). (Conc. Vat. II LG 28)
Todos los presbíteros,
a través de su ministerio, tienden a un mismo fin, hacer
presente la única Iglesia de Cristo en los diversos campos
de la actividad pastoral de una diócesis, de forma particular
en las parroquias.
El conjunto
de los presbíteros de una diócesis, unidos a su obispo,
forman el presbiterio. Ningún presbítero puede cumplir
su ministerio aislada o individualmente, sino unido a sus hermanos
de presbiterio y bajo la dirección de los obispos.
Los
Diáconos
En un grado
inferior de la jerarquía, están los diáconos,
que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio,
sino en orden al ministerio llevan a cabo ministerios necesarios
para el bien de la Iglesia, diferentes del ministerio sacerdotal.
Cooperan con los obispos y presbíteros en el ministerio de
predicar la Palabra de Dios y en la misión de fomentar la
comunión fraterna y la ayuda mutua en los miembros de la
comunidad cristiana, cuidando con particular atención a los
hermanos más necesitados.
Ya en los libros
del Nuevo Testamento se atestigua la presencia de ministros, los
diáconos, basta recordar la primera carta a Timoteo enumeran
las cualidades que deben poseer los diáconos, y recomienda
probarlos antes de encomendarles sus funciones: Deben tener una
conducta digna y honrada, ser fieles en el matrimonio, educar bien
a sus hijos, dirigir bien su casa y guardar "el misterio
de la fe con una conciencia pura" (Cfr. Tm. 3, 8-13)
Es oficio propio
del diácono:
- La administración
solemne del Bautismo
- Asistir en
nombre de la Iglesia y bendecir matrimonios
- Conservar
y distribuir la Eucaristía
- Llevar el
viático a los moribundos
- Leer la Sagrada
Escritura a los fieles.
Los
carismas: La Vida Consagrada
Ya hemos dicho
que el Espíritu Santo santifica y dirige al Pueblo de Dios
no sólo por el ministerio jerárquico, sino mediante
gracias y dones muy diversos que distribuye entre los cristianos
para el bien común de todo el Cuerpo de Cristo. Por medio
de estos dones que llamamos Carismas, el Espíritu Santo inspira
y dispone a los creyentes para que, siguiendo caminos muy variados
y a través de múltiples acciones, contribuyan a edificar
y renovar constantemente la única Iglesia de Cristo.
Existe también
un estado de vida que, aunque no pertenezca a la estructura jerárquica,
si pertenece, sin embargo, a la vida y santidad de la Iglesia.
Es la "Vida Consagrada" que se caracteriza por
la profesión de los consejos evangélicos en un estado
de vida estable y reconocido por la Iglesia. Los que asumen libremente
este estado se comprometen a practicar la castidad en el celibato
por el Reino, la pobreza y la obediencia, como forma de vivir su
vocación bautismal de modo más íntimo y radical.
Su vida ayuda a recordar a los demás cristianos, que viven
su vocación en el mundo y en el ejercicio de las tareas temporales,
su último destino, Jesucristo pobre, obediente y casto.
Entre las diversas
formas de vida consagrada, destaca en primer lugar la "vida
religiosa", nacida ya en los primeros siglos del cristianismo,
que se distingue por el aspecto cultual, la profesión pública
de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en
común y por el testimonio dado de la unión de Cristo
y la Iglesia.
El testimonio
de los religiosos es, en medio de todo el Pueblo de Dios, un estímulo
para que todos los demás miembros de la Iglesia cumplan esforzadamente
las exigencias de la vocación cristiana y el llamamiento
que todos han recibido para buscar la santidad, esto es, la unión
con Dios.
Por eso, la
consagración religiosa pertenece sin duda alguna, a la vida
y santidad de la Iglesia y ocupa en ella un lugar insustituible.
(LG44)
Los Institutos Seculares
Otra forma de
vida consagrada es la que representan los "institutos seculares"
sacerdotes y seglares, profesan los tres consejos evangélicos
- castidad, pobreza y obediencia - pero obligándose a vivirlos
en el mundo. Esto los caracteriza y distingue de los religiosos.
Dichos cristianos son los miembros de los llamados Institutos Seculares.
Su modo propio de consagrarse enteramente a Dios es reconocido por
la Iglesia. Los miembros de estos Institutos han de permanecer en
el mundo y, a partir de su inserción en el mundo, llevan
a cabo su apostolado peculiar.
Existen también
las llamadas "sociedades de vida apostólica",
cuyos miembros sin votos religiosos públicos, buscan
un fin apostólico específico y, llevando una vida
fraterna en común, aspiran a la perfección de la caridad
por la observancia de sus constituciones.
"La
vida consagrada imita mas de cerca y hace presente continuamente
en la Iglesia la forma de vida que escogió Jesús para
hacer la voluntad del Padre y que propuso a los discípulos
que le seguían. Por eso es un signo que debe atraer a todos
los cristianos a realizar mas plenamente su vocación y que
revela la superioridad del Reino y sus exigencias sobre todas las
realidades de este mundo". (Conc. Vat. II LG 43-47)
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