LOS FIELES DE CRISTO

 

Los fieles de Cristo

¿Quiénes son los miembros del Pueblo de Dios? ¿Cómo se incorporan? ¿Cuál es su tarea? "Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo Por el Bautismo, se integran en el Pueblo de Dios y, hechos partícipes a su modo por esta razón, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo; cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó a cumplir a la Iglesia en el mundo" (CIC 871)

 

 
     

La misma llamada vivida en la diversidad

Los Laicos Una Iglesia Jerárquica, Ministerios ordenados Los Obispos, sucesores de los Apóstoles Los Presbíteros
Los Diáconos Los carismas: La Vida Consagrada Los Institutos Seculares

La misma llamada vivida en la adversidad

LOS FIELES DE CRISTO
Todos los bautizados son Iglesia

La verdad de que todos los bautizados son Iglesia ha permanecido olvidada durante mucho tiempo, por lo que se ha tendido a identificar erróneamente a la Iglesia con los presbíteros, los obispos y el Papa.

Es necesario, pues, renovar la conciencia de que todos los que han recibido la gracia de creer en Cristo y están bautizados, forman parte del nuevo Pueblo de Dios en el que todos tienen la misma dignidad y participan de idéntica libertad de hijos de Dios, el amor se vive como ley suprema, la misión evangelizadora es realizada como tarea común y todos reciben la llamada a la santidad, es decir, a vivir en unión con Dios.

Los Cristianos, en virtud de los sacramentos de la iniciación Bautismo, Confirmación y Eucaristía participan de:

  • La función profética de Jesucristo. Cuando anuncian, dan testimonio y proclaman la Palabra de Dios que han acogido en su interior.
  • El sacerdocio de Cristo. Cuando ofrecen toda su vida, con sus alegrías y tristezas, gozos y trabajos, unidos en la oblación de Cristo en el sacramento de la Eucaristía.
  • La realeza del Señor Jesús. Al promover los valores y actitudes del Reino de Dios, esforzándose por hacer presentes la justicia, la paz y el amor mediante el servicio a los pobres, desvalidos y marginados.

Diversidad de carismas, servicios y ministerios
Jerarquía, Laicos, Vida Consagrada.

El Espíritu derramado sobre todos los cristianos en el sacramento del Bautismo, suscita diferentes estados de vida, múltiples formas de servicio, diversas maneras de realizar la común pertenencia a la Iglesia. Los dones que el Espíritu otorga son para la edificación de la comunidad cristiana, por lo que nadie puede apropiarse de la gracia recibida, sino que debe ponerla al servicio de la Iglesia para que fructifique en ella.

Para expresar esta realidad se emplean tres términos:
Carisma: es el don gratuito que el Espíritu de Dios otorga a una persona para llevar a cabo una actividad o realizar una forma de vida, que sirva para la edificación de la Iglesia el bien de la sociedad.
Servicio: es la acción que, fundamentada en el carisma recibido, se desarrolla a favor de la comunidad cristiana y de las personas con las que se comparte la vida. Este servicio puede realizarse de forma ocasional, espontáneamente, o de una manera más institucionalizada y estable
Ministerio: es el servicio que, debido a su importancia en la vida de la comunidad cristiana, y la estabilidad que requiere su ejercicio, precisa que sea el responsable de la Iglesia particular quien envíe en un acto público a las personas que han de desempeñarlo. Existen dos tipos de ministerios:
Los laicales o instituidos, que actualmente se reducen a dos: acolitado y lectorado
Los ordenados, que se profundizaran posteriormente, e incluyen al episcopado, presbiterado y diaconado

Los Laicos

Entre sus miembros y como distintos de quienes han recibido el Orden Sagrado y de los religiosos, están los laicos, a quienes no hay que concebir sólo negativamente por su distinción respecto a los otros carismas.

El Concilio presentó la inserción de los laicos en las realidades temporales y terrenas, o sea, su secularidad no como un simple dato sociológico, sino como el modo existencial según el cual viven con plenitud su vocación cristiana.
"A los laicos les corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando asuntos temporales y ordenándolos según Dios" (Conc. Vat. II LG 30).

Ellos son los protagonistas principales y directos de la transformación del mundo, desde los valores del Evangelio. Su compromiso es:

  • La promoción de la dignidad de la persona
  • La defensa de la vida humana.
  • La construcción de una sociedad mas justa y solidaria
  • La evangelización de la cultura.

Por lo que los laicos, en cuando consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son instruidos para que en ellos se produzcan siempre los más abundantes frutos del Espíritu. Pues todas sus obras, preces y proyectos apostólicos, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y del cuerpo si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida, si se sufren pacientemente, se convierten en "hostias espirituales", aceptables a Dios por Jesucristo.

Los sagrados pastores conocen muy bien la importancia de la contribución de los laicos al bien de toda la Iglesia, pues saben que ellos no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia. Hoy, los laicos prestan su colaboración en la vida litúrgica de la Iglesia y desempeñan determinados servicios de caridad, evangelización, catequesis y administración de las parroquias e instituciones católicas.

Una Iglesia Jerárquica, Ministerios ordenados

Con un poco de espíritu de observación percibimos hoy que la Iglesia católica, de la que somos parte por el bautismo, presenta una organización perfecta. En ella diversos miembros ocupan un puesto determinado y todo marcha dentro de un buen orden.

Hay una jerarquía que queremos traducir por un orden de servicios dentro de la Iglesia. No es un orden de escalafón, a no ser por querer servir más. No es cuestión de mandar o gobernar al estilo humano, sino de entregarse en un servicio que es de menor a mayor número de cristianos.
Como ya apuntaba a comienzos del siglo II San Ignacio de Antioquia, se reconocen en la Iglesia tres ministerios, que constituyen la llamada jerarquía de la Iglesia

Obispos. Preside la Iglesia Particular
Presbíteros. Colaboradores inmediatos del Obispo
Diáconos. Desempeñan determinadas funciones litúrgicas y se ocupan sobre todo del servicio de la caridad.

Los ministerios ordenados confieren una participación especial en el ministerio de Jesucristo, Sumo Sacerdote y Mediador único entre Dios y los hombres. Por esta razón, al ordenado se le confiere la potestad para actuar, en el ejercicio de su misión "En la persona de Cristo", cabeza de la Iglesia. Además, tiene una participación especial en la función sacerdotal, profética y pastoral de Jesucristo. Recibe, por tanto, un triple ministerio:

  • Es enviado a predicar y enseñar
  • A presidir la celebración de los sacramentos en nombre de Jesús
  • Guiar al Pueblo de Dios que le es confiado.

Estos ministerios suponen una misión. Del mismo modo que Jesús recibe su misión del Padre, así la transmite a sus discípulos (Cfr. Jn. 20,21; 17,18), no pudiendo ningún individuo ni comunidad anunciarse a sí mismo el Evangelio y auto-otorgarse esa gracia. De aquí se sigue que el poder del ministerio ordenado no procede del encargo que hace la Iglesia a una persona concreta, sino del mismo Jesucristo, que envía a un cristiano para que ejerza el ministerio en su nombre, en su propia persona.

Los Obispos, sucesores de los Apóstoles

"La plenitud del ministerio ordenado, corresponde a los Obispos que por institución divina han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia esta misión divina ha de durar hasta el fin de los siglos (Mt. 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben transmitir en todo tiempo es el principio de la vida de la Iglesia. Por lo cual en esta sociedad jerárquicamente organizada, tuvieron cuidado de establecer sucesores". (LG20)

Ellos son los pastores de la Iglesia, elegidos para edificar y servir a todo el Pueblo de Dios mediante la predicación de la Palabra y la enseñanza del mensaje revelado, la celebración de los sacramentos, especialmente la Eucaristía y el ejercicio de la dirección y el gobierno de la Iglesia.

Leemos en la Lumen Gentium 20: "Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien lo envió".

No es posible enumerar aquí los obispos santos que han sido guías y forjadores de sus Iglesias en los tiempos antiguos y en todas las épocas sucesivas. Pensemos, por ejemplo, en el celo apostólico de San Ignacio de Antioquia, en la sabiduría doctrinal de San Ambrosio y de San Agustín, en el empeño de San Carlos Borromeo por la auténtica reforma de la Iglesia, en el magisterio espiritual y la lucha de San Francisco de Sales por la conservación de la fe católica; en la dedicación de San Alfonso María de Ligorio a la santificación del pueblo y a la dirección de las almas, en la irreprochable fidelidad de San Antonio María Gianelli al Evangelio y a la Iglesia.
A cada obispo se le confía una porción del Pueblo de Dios que se llama Iglesia particular o Diócesis, que está constituida por diversas comunidades cristianas, denominadas parroquias, y por otras instituciones y asociaciones cristianas.
En cada diócesis, el obispo es el principio y fundamento visible de la unidad entre los miembros del Pueblo de Dios que forman esa Iglesia particular, al tiempo que la mantiene en comunión con la Iglesia Universal.

Los obispos están unidos entre sí por un especial vínculo de comunión. Así como Pedro y los demás apóstoles formaban un grupo, al que llamamos Colegio Apostólico. De un modo semejante el sucesor de Pedro, el Papa, y los demás obispos forman el Colegio Episcopal, que sucede al Colegio de los Apóstoles. El Papa, sucesor de Pedro, es la cabeza del Colegio Episcopal. Este colegio no tiene autoridad en la Iglesia si actúa separado de su cabeza, sin embargo, unido a ella, asistido por el Espíritu Santo, ejerce su autoridad pastoral sobre toda la Iglesia.
El Colegio en cuanto compuesto de muchos, expresa la variedad y la universalidad del pueblo de Dios y en cuanto agrupado bajo una sola cabeza, la unidad de la grey de Cristo. En unión con el sucesor de Pedro, todo el colegio de los obispos ejercita la suprema autoridad en la Iglesia Universal. Según la Lumen Gentium "la potestad suprema sobre la Iglesia universal que posee este colegio se ejercita de modo solemne en el Concilio Ecuménico", pero añade que es prerrogativa del Romano Pontífice convocar estos concilios, presidirlos y confirmarlos. Un Concilio no puede ser verdaderamente ecuménico, si no ha sido confirmado o aceptado por el Romano Pontífice. Le faltaría el sello de la unidad garantizada por el sucesor de Pedro.

El Papa, Sucesor de San Pedro, Obispo de Roma
Tiene su ministerio propio, permaneciendo viva en él la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro: ser roca en la que se apoya el edificio de la Iglesia, portador de las llaves de la misma y pastor de todo su rebaño. El Concilio Vaticano II, enseña que el Obispo de Roma, como Vicario de Cristo, tiene potestad suprema y universal sobre toda la Iglesia (LG,22). Esta potestad, tiene carácter ministerial (ministerium=servicio).

Los Presbíteros

Son colaboradores y consejeros de los obispos con los que participan, en diversos grados, del ministerio de los apóstoles y del único sacerdocio de Jesucristo. Prestan su cooperación a los obispos ayudándoles a predicar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos y realizar su misión pastoral de gobierno.

"Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado, y en el ejercicio de su potestad, dependen de los Obispos, con todo están unidos con ellos el honor del sacerdocio y en virtud del sacramento del orden. Han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, según la imagen de Cristo, sumo y eterno sacerdote" ( Cfr. Heb 5,1-10; 7,24). (Conc. Vat. II LG 28)

Todos los presbíteros, a través de su ministerio, tienden a un mismo fin, hacer presente la única Iglesia de Cristo en los diversos campos de la actividad pastoral de una diócesis, de forma particular en las parroquias.

El conjunto de los presbíteros de una diócesis, unidos a su obispo, forman el presbiterio. Ningún presbítero puede cumplir su ministerio aislada o individualmente, sino unido a sus hermanos de presbiterio y bajo la dirección de los obispos.

Los Diáconos

En un grado inferior de la jerarquía, están los diáconos, que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio llevan a cabo ministerios necesarios para el bien de la Iglesia, diferentes del ministerio sacerdotal. Cooperan con los obispos y presbíteros en el ministerio de predicar la Palabra de Dios y en la misión de fomentar la comunión fraterna y la ayuda mutua en los miembros de la comunidad cristiana, cuidando con particular atención a los hermanos más necesitados.

Ya en los libros del Nuevo Testamento se atestigua la presencia de ministros, los diáconos, basta recordar la primera carta a Timoteo enumeran las cualidades que deben poseer los diáconos, y recomienda probarlos antes de encomendarles sus funciones: Deben tener una conducta digna y honrada, ser fieles en el matrimonio, educar bien a sus hijos, dirigir bien su casa y guardar "el misterio de la fe con una conciencia pura" (Cfr. Tm. 3, 8-13)

Es oficio propio del diácono:

  • La administración solemne del Bautismo
  • Asistir en nombre de la Iglesia y bendecir matrimonios
  • Conservar y distribuir la Eucaristía
  • Llevar el viático a los moribundos
  • Leer la Sagrada Escritura a los fieles.

Los carismas: La Vida Consagrada

Ya hemos dicho que el Espíritu Santo santifica y dirige al Pueblo de Dios no sólo por el ministerio jerárquico, sino mediante gracias y dones muy diversos que distribuye entre los cristianos para el bien común de todo el Cuerpo de Cristo. Por medio de estos dones que llamamos Carismas, el Espíritu Santo inspira y dispone a los creyentes para que, siguiendo caminos muy variados y a través de múltiples acciones, contribuyan a edificar y renovar constantemente la única Iglesia de Cristo.

Existe también un estado de vida que, aunque no pertenezca a la estructura jerárquica, si pertenece, sin embargo, a la vida y santidad de la Iglesia.
Es la "Vida Consagrada" que se caracteriza por la profesión de los consejos evangélicos en un estado de vida estable y reconocido por la Iglesia. Los que asumen libremente este estado se comprometen a practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia, como forma de vivir su vocación bautismal de modo más íntimo y radical. Su vida ayuda a recordar a los demás cristianos, que viven su vocación en el mundo y en el ejercicio de las tareas temporales, su último destino, Jesucristo pobre, obediente y casto.

Entre las diversas formas de vida consagrada, destaca en primer lugar la "vida religiosa", nacida ya en los primeros siglos del cristianismo, que se distingue por el aspecto cultual, la profesión pública de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común y por el testimonio dado de la unión de Cristo y la Iglesia.

El testimonio de los religiosos es, en medio de todo el Pueblo de Dios, un estímulo para que todos los demás miembros de la Iglesia cumplan esforzadamente las exigencias de la vocación cristiana y el llamamiento que todos han recibido para buscar la santidad, esto es, la unión con Dios.

Por eso, la consagración religiosa pertenece sin duda alguna, a la vida y santidad de la Iglesia y ocupa en ella un lugar insustituible. (LG44)

Los Institutos Seculares

Otra forma de vida consagrada es la que representan los "institutos seculares" sacerdotes y seglares, profesan los tres consejos evangélicos - castidad, pobreza y obediencia - pero obligándose a vivirlos en el mundo. Esto los caracteriza y distingue de los religiosos. Dichos cristianos son los miembros de los llamados Institutos Seculares.
Su modo propio de consagrarse enteramente a Dios es reconocido por la Iglesia. Los miembros de estos Institutos han de permanecer en el mundo y, a partir de su inserción en el mundo, llevan a cabo su apostolado peculiar.

Existen también las llamadas "sociedades de vida apostólica", cuyos miembros sin votos religiosos públicos, buscan un fin apostólico específico y, llevando una vida fraterna en común, aspiran a la perfección de la caridad por la observancia de sus constituciones.

"La vida consagrada imita mas de cerca y hace presente continuamente en la Iglesia la forma de vida que escogió Jesús para hacer la voluntad del Padre y que propuso a los discípulos que le seguían. Por eso es un signo que debe atraer a todos los cristianos a realizar mas plenamente su vocación y que revela la superioridad del Reino y sus exigencias sobre todas las realidades de este mundo". (Conc. Vat. II LG 43-47)

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