La
espera del Mesías
Poco antes de nacer Jesús, muchos judíos, a pesar
de los desastres y de las injusticias sufridas, seguían confiando
en el Dios de la promesa; en el Mesías, el esperado del que
hablaba el profeta Isaías.
"Mirad
la joven esta encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá
por nombre Emmanuel" (Is. 7,14).
En
este ambiente de espera aparece Jesús de Nazaret, el Mesías,
el esperado.
Una
de las personas buenas y sencillas que confiaban plenamente en el
Dios de la promesa era una muchacha de Nazaret, en Galilea. Se llamaba
María. Era la mujer que iba a acoger en su seno nada menos
que al Hijo de Dios. Esta mujer es la Madre de Jesús.
Mesías.
Es una palabra hebrea que significa ungido, es decir, aquel sobre
cuya cabeza se ha derramado aceite como signo de elección.
Una persona elegida por Dios para un fin concreto. El pueblo de
Israel, en un principio, consideraba Mesías a su rey en aquel
momento (Saúl y David). Mas tarde, este título se
dará al rey esperado, al liberador, al que había de
salvar JESÚS DE NAZARET.
El
nacimiento de Jesús
Jesús fue hijo de su tiempo, nació
en una época concreta: En tiempos del rey Herodes I el Grande,
hacia el año 6 a.C. y en un lugar determinado: Belén
de Judea. Nació de una mujer, María, escogida por
Dios para ser su madre. Dios escogió también a José
para realizar las funciones de padre.
Poco antes de nacer Jesús, se produjo un acontecimiento histórico
que iba a tener influencia en su vida.
Este hecho fue la promulgación de un edicto,
por parte del emperador romano Octavio Cesar Augusto (año
7 a.C.), en el que se ordenaba el empadronamiento a todos los ciudadanos
que vivían en el imperio.
Por ello todos los ciudadanos tenían que ir a inscribir su
nombre ante los funcionarios romanos.
En Palestina era costumbre que se inscribieran,
no en el lugar donde vivían, sino en el lugar de donde provenía
su familia. José provenía de la familia del rey David,
y Belén era el pueblo de David. Por eso a José y a
su esposa María les tocaba ir a empadronarse a Belén.
Solo dos evangelistas hablan del nacimiento de
Jesús: Mateo y Lucas. Los dos quieren mostrar a los creyentes
que con el nacimiento de Jesús empieza algo importante en
la historia de la humanidad. Por eso al narrar el nacimiento, lo
expresan con términos que hablan de luz, de alegría,
de buena noticia…. Así nos lo transmiten cuando se les anuncia
a los pastores el nacimiento de Jesús.
Infancia
de Jesús
A los ocho días de nacer, Jesús fue circuncidado como
todo niño judío, tal como mandaba la Ley de Moisés.
La circuncisión tenía (y tiene para los judíos)
un sentido parecido al del Bautismo para los cristianos. Con la
circuncisión, los niños entraban oficialmente a formar
parte del pueblo de Israel y se les imponía el nombre.
Jesús
fue presentado en el templo de Jerusalén como estaba ordenado
en la ley de Moisés. Según la ley de Moisés,
el primer hijo de una madre judía, si era niño, debía
ser presentado en el Templo de Jerusalén para consagrarlo
a Dios. Como ofrenda debían llevar una oblación (sacrificio).
Esta
consistía en dos tórtolas o dos pichones si eran pobres
(Lc. 2,22-24).
Cuando era muy pequeño (dos años aproximadamente)
tuvo que huir con sus padres a Egipto, porque el rey Herodes le
buscaba para matarle por miedo a que le quitara su poder. Herodes
se asustó ante la posibilidad de que alguien pudiera arrebatarle
el trono y mandó matar a todos los niños varones menores
de dos años de Belén y sus alrededores.
Una
vez muerto Herodes, Jesús volvió con sus padres a
Galilea, donde vivió como un niño judío más.
Allí, bajo la mirada de José y María, iba creciendo,
aprendía muchas cosas y la gracia de Dios lo acompañaba
(Lc. 2,39-40).
Como
buenos judíos, los padres de Jesús peregrinaban al
Templo de Jerusalén todos los años para celebrar la
fiesta de la Pascua, cuando Jesús cumplió doce años,
se lo llevaron con ellos, iban con mucha gente de Nazaret.
Al acabar
la fiesta emprendieron todos el camino de regreso, José iba
con el grupo de hombres, como era la costumbre, y María con
el de las mujeres.
Después
de un día de camino se pararon para pasar la noche y se dieron
cuenta de que Jesús no estaba con ellos (Lc. 2,41-50). El
último dato de su infancia del cual nos hablan los Evangelios
es que después de estar con los doctores volvió con
sus padres a Nazaret. Allí, iba creciendo y formándose
como cualquier joven de su edad (Lc. 2,51-52).
Del
tiempo que va desde los doce a los treinta años de Jesús,
no tenemos ninguna noticia en especial, se supone que vivió
como un judío normal, compartiendo su vida con la gente sencilla
de su pueblo.
Jesús
y la llegada del Reino
Después de las pocas noticias de
la infancia, los Evangelios nos introducen en los años centrales
de su vida. Es entonces cuando se manifiesta con claridad la misión
de Jesús. Jesús mismo, en la sinagoga de Nazaret a
la que solía acudir los sábados como todo buen judío,
explica cual es su misión (Lc. 4,16-19).
Antes de comenzar esta misión,
quiere recibir el Bautismo de manos de Juan el Bautista, su primo,
que predicaba y bautizaba a orillas del río Jordán.
Juan Bautista era el profeta que predicaba la conversión,
el cambio interior. Lo hacía porque veía el mal que
existía en la sociedad de su tiempo, tanto entre jefes religiosos
que no cumplían la tarea de guiar al pueblo en la fidelidad
a Dios, como en las actitudes de injusticia que se daban en muchas
personas (Lc. 3,3-4).
Jesús como uno mas, se acercó
a bautizarse. Su Bautismo no era para cambiar de actitud de vida,
pues Jesús no tenía pecado. Era para confirmar la
misión que él venía a traer, la salvación
En el momento en que Juan bautizaba a
Jesús, se oyó la voz del Espíritu del Padre
que decía: "Este es mi Hijo querido, mi predilecto"
( Mt.3,17).
Ante esta experiencia de amor por parte del Padre, Jesús
se propuso la tarea de su vida: Hacer que el amor de Dios llegara
hasta la vida de los hombres y las mujeres, especialmente de los
pobres y de los que sufrían.
Para Jesús había llegado
la hora de empezar a construir el Reino de Dios, donde el amor,
la justicia y la fraternidad fuesen una realidad. Este Reino empieza
ya aquí en esta tierra: porque donde hay amor y fraternidad
esta Dios presente.
Jesús
y las tentaciones
Una vez bautizado, Jesús se retiró al desierto, lugar
de soledad, oración y ayuno, para reflexionar sobre su misión.
Allí se le acercó el demonio y le tentó.
Las tres tentaciones que sintió Jesús
son en realidad una sola, pues la pretensión continua del
tentador es hacer que Jesús reniegue de su condición
de Hijo obediente de Dios, manifestada ya en el bautismo. Es la
misma tentación que se repite al final de su vida en la cruz
(Mt. 27,40-43) y que atraviesa toda la existencia de Jesús,
la de un mesianismo fácil y triunfalista..
Jesús venció las tentaciones y no
hizo caso de las propuestas del demonio porque estaba convencido
de que la fuerza del amor es suficiente para vivir. Con esta fuerza
Jesús empezó a construir el Reino de Dios.
Jesús quería servir a Dios y hacer su voluntad, que
no era otra que anunciar el Reino de Dios. En este Reino, el amor
y la justicia eran los ejes fundamentales.
Con esta actitud Jesús comenzó su
misión pública. Empezó a recorrer los caminos
de Palestina haciendo el bien a todos, enseñando, curando,
perdonando y denunciando.
Jesús
y el anuncio del Reino
Con la fuerza del Espíritu, Jesús
volvió a Galilea y su fama se extendió por toda la
comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos hablaban de Él.
Galilea era una región de paso en la que vivían muchos
extranjeros, sobre todo griegos. Aquí empieza Jesús
su actuación pública, proclamando la llegada del Reino
de Dios. En este Reino, el amor es posible si existe un cambio de
vida. Jesús anuncia el Reino de Dios a través de su
vida, de sus palabras y de las curaciones y de los milagros.
A través de su vida:
Jesús manifiesta que el Reino de Dios es amor, y lo hace
con actitudes y obras concretas:
-
Se acerca a los pobres, a las clases más
desfavorecidas de la sociedad( Lc. 18, 35-43).
-
Se relaciona con los pecadores y necesitados,
sin importarle las críticas que pueda sufrir por ello
(Lc. 5,29-32).
-
Acoge con sencillez a los niños, aunque
a los demás no les parezca bien (Lc. 18,15-16).
-
Si es necesario, se salta el cumplimiento
de la Ley de Moisés, con el fin de salvar y ayudar a
las personas. Jesús cumple con la Ley, pero no es un
esclavo de ella. Para él, la persona es más importante
que la ley, hacer el bien a los otros está siempre por
encima de cualquier norma, por sagrada que ésta sea (Lc.
6, 6-11).
A través de su palabra:
Las palabras de Jesús se dirigen siempre a la necesidad de
vivir como verdaderos hermanos, a la vivencia del amor. Confirma
así lo que había demostrado en su vida.
-
Unas veces, transmite su mensaje mediante
ejemplos (parábolas) sacadas de escenas de la vida cotidiana.
Así en la parábola del samaritano, Jesús
nos enseña que nuestro prójimo es aquel que necesita
de nosotros, de nuestra ayuda, sea cual sea su ideología,
su procedencia, su raza, sea rico o pobre…. pues Dios es bueno
con todos los hombres y mujeres (Lc. 10,25-37).
-
Otras veces anima a los creyentes a vivir
amando a los demás, a cumplir el gran mandamiento del
amor (Jn. 13,34-35).
-
Anima también a amar incluso a nuestros
enemigos, a aquellos que nos molestan, que nos fastidian.
-
Anima a perdonar tantas veces como sea necesario,
es decir, siempre (Mt. 18, 21-22).
-
Finalmente nos anuncia que seremos juzgados
según hayamos amado a nuestros semejantes (Mt. 25,31-32).
A través de curaciones y milagros:
Jesús no sólo habla, sino actúa.
Allí donde encuentra mal, pone bien: los ciegos ven, los
cojos andan, los enfermos sanan (Lc. 7,18-19).
Esta manera de actuar de Jesús es una forma mas de anunciar
el Reino de Dios, pues el bien, la bondad y el amor que Dios tiene
hacia la humanidad se estaban haciendo presentes.
Las curaciones y los milagros son señales
que el Reino de Dios esta llegando. Desde este punto de vista debe
leerse cualquiera de los milagros:
-
Multiplicación de los panes y los peces
(Jn. 6,1-15).
-
Curaciones de ciegos, leprosos, paralíticos….
(Mc. 8,22-26).
La religiosidad
de Jesús
En unidades anteriores hemos visto que el pueblo de Israel era profundamente
religioso, creía en un Dios que salva y perdona. Jesús
como judío que era, también creía en un Dios
misericordioso y nos lo muestra a través de las siguientes
parábolas:
-
El hijo pródigo. Dios es como aquel
padre que no se cansa de esperar el regreso del hijo que se
fue de la casa. Cuando éste vuelve a casa lo acoge con
gran alegría, a pesar de su mal comportamiento (Lc. 11-32).
-
La oveja perdida. Dios es el pastor que, habiendo
perdido una oveja, va en su busca; una vez hallada, la recoge
con cariño y cuida de ella (Lc. 15,1-7).
-
La bondad y la misericordia de Dios quedan
patentes en el texto del Evangelio (Mt. 5,45).
-
Jesús también deja constancia
de que Dios es su Padre. Son muchas las veces que nos habla
de ello el Evangelio.
- Cuando agradece a Dios el haberse revelado a los sencillos,
a los pobres (Mt .11, 25-27).
- Cuando manifiesta que como el Padre le ama, él ama
a los hombres y las mujeres (Jn. 15, 9.16).
- Cuando ve el final de su vida, se dirige a Dios y le encomienda
a sus discípulos (Jn. 17, 1-3).
- Jesús tiene un contacto continuo con Dios, su Padre.
En muchas ocasiones reza y habla con él:
- Antes de elegir a sus discípulos pasa la noche en oración
con su Padre (Lc. 6, 12-13).
- En el Huerto de los Olivos, cuando es traicionado y detenido
para ser juzgado, encomienda su vida a Dios (Lc. 22,42).
Momentos antes de morir encomienda su vida al Padre (Lc. 23,46).
Jesús
y el conflicto con el poder
La vida de Jesús no fue fácil. En la sociedad en la
que le tocó vivir todo estaba rígidamente establecido:
-
Los ricos y los poderosos tenían privilegios
que nadie se atrevía a discutir. Afirmaban que Dios les
había bendecido con sus dones.
-
Los romanos ostentaban el poder político
y militar, los samaritanos eran considerados herejes y estaban
mal vistos por el resto de los judíos.
-
Los pobres y enfermos sufrían toda
clase de privaciones y las mujeres eran consideradas seres inferiores.
La vida de aquella sociedad estaba muy reglamentada.
Nadie podía saltarse las normas. Especialmente las referentes
al reposo del sábado como día festivo, la pureza legal
y al ayuno. La tradición farisea exageraba tanto el cumplimiento
de la Ley, que la había convertido en algo inhumano.
Jesús no se movía por perjuicios
sociales. El Reino de Dios exige el cumplimiento del mandamiento
del amor como tarea fundamental. Por eso, lo que a él le
movía era sentirse querido por el Padre del cielo y transmitir
este amor a la humanidad. Si para transmitir su amor a una persona
tenía que saltarse alguna de las normas que imponía
la sociedad, se la saltaba. Esta libertad de acción sorprendía
a todos.
A los que ayudaba y curaba les parecía
una manera de actuar maravillosa. Y decían: Todo lo hace
bien. A los que se beneficiaban de aquella sociedad injusta les
sorprendía e indignaba. Y reaccionaban diciendo: ¿Qué
se ha creído éste? ¿Por qué actúa
de este modo?
Conflictos e incomprensiones:
Los Evangelios dicen que Jesús tuvo grandes
amigos. Su manera de actuar también le trajo enemistad e
incomprensión, que le llevaron a la muerte. Pero una vida
llena de amor como la de Jesús no podía desembocar
en la muerte, sino en la vida para siempre.
Si analizamos el principal conflicto que tuvo
Jesús, el conflicto con los escribas y fariseos, comprenderemos
mejor por qué lo mataron y quienes tuvieron más interés
en acabar con él.
Los escribas y fariseos eran los encargados de
vigilar el estricto cumplimiento de la Ley y de las normas por parte
del pueblo. Por tanto, era lógico que desaprobaran el comportamiento
de Jesús, quién actuaba libremente frente a las normas,
cuando éstas iban en contra de la persona.
-
Cuando Jesús cura en sábado,
los escribas y fariseos, en lugar de alegrarse con la curación
de la persona, buscan el modo de acusar a Jesús para
acabar con él (Lc. 6,11).
-
Cuando no entienden sus palabras y éstas
les parecen blasfemia, quieren apedrearle (Jn. 10, 31-33).
Fueron muchas las veces que quisieron detener
a Jesús y acabar con él. Pero la definitiva, la que
les llevó a tomar la determinación de matarle fue
el hecho de devolverle la vida a su amigo Lázaro, el hermano
de Marta y de María.
Algunos testigos de la resurrección de
Lázaro contaron lo que había hecho Jesús. Entonces
los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron al Sanedrín
que, como ha hemos visto, estaba compuesto por los principales jefes
del pueblo. Estos se dieron cuenta de que, si esto se sabía,
todo el pueblo creería en él y le seguirían,
por tanto, ellos perderían el poder. Por eso, después
de mucho discutir, decidieron condenarlo a muerte
(Jn. 11, 46-50. 57).
A través de los conflictos e incomprensiones
que Jesús padeció por ser consecuente con su misión,
podemos comprender por que le mataron y por que su huella sigue
viva hoy. En realidad, la muerte de Jesús fue una consecuencia
de su forma de vida. Una vida de entrega y de compromiso, de anuncio
del Reino y de denuncia de todo lo que iba en contra del Reino no
podía pasar desapercibida a aquellos para los que el poder
y el tener eran la clave de su vida.
Hoy día existen muchas personas que siguen
la huella de Jesús y que como Él, entregan su vida
desinteresadamente para bien de los demás. Pero al igual
que Jesús, estas personas, muchas veces no son valoradas
ni comprendidas, e incluso mueren por los demás.
El hombre
más extraordinario
"Tiene entre treinta y cuarenta años. Es un obrero robusto,
capaz de sufrir noches de vigilia, largas jornadas de camino bajo
el sol. Su presencia y su mirar seducen.
Es un artesano que no se paga de palabras sino
que quiere actos. No es un intelectual, porque no ha frecuentados
las escuelas, pero sus conocimientos son profundos y amplios, animados
de una viva imaginación: sabe presentar las escenas de la
vida cotidiana, los oficios, las fiestas, las estaciones del año….comprende
a las gentes por instinto, porque su sensibilidad, que es viva,
abre los corazones a las necesidades de los demás.
No vive como los demás ha dejado su trabajo
profesional para cumplir una misión itinerante. Entonces,
¿de qué vive?. De la hospitalidad de los amigos. Aunque
es verdad que con un régimen frugal es suficiente, no desdeña
la ocasión de hacer honor a quien le invita. Y esta vida
ruda es la que propone a sus compañeros. No está casado,
pero no rehuye a las mujeres. Las trata cortésmente. Libre
de todo lazo se pone a disposición de todos, para servirles,
para amarles y hacerles amar. Los que sufren en el alma y en el
cuerpo son los que más atraen su bondad. Es sencillo con
todo el mundo, hombre de pueblo y al mismo tiempo un gran señor.
No esta vinculado a ninguna clase social, a pesar
de sus preferencias hacia los pobres. Guarda una gran independencia
con los que solicitan; familia, amigos, adversarios, autoridades
religiosas y civiles, opinión pública. No hace política
no se mezcla en negocios. Cumple su misión con una impresionante
autoridad. Tranquilo seguro de su mismo, domina y construye su destino.
Sabe actuar con paciencia, progresar y adaptarse.
Afronta con lucidez y valentía la incomprensión,
la envidia, el odio. Nadie le asusta. Dice la verdad guste o no
guste. Le causan horror los hipócritas y los orgullosos.
Con toda paciencia corrige los errores de sus amigos.
Admira la fe y la generosidad de los humildes,
anima la confianza que le dan sus compañeros, pero sin adularlos
nunca. Les confía sus designios, les asocia a su misión.
Su grandeza intriga, pero no aplasta.
Su amor libera.
Este retrato es rigurosamente histórico.
Este hombre es auténtico
Se llama JESÚS"
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Manual
de Formación Bíblica
2003-2004
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