| Introducción. Decimos que es una oportunidad, porque la Iglesia
universal ha preparado una serie de celebraciones que nos ayudarán
a comprender y experimentar aún más el amor de Dios. Ningún católico
debe estar al margen de esta gran fiesta, es más, ninguna persona
de cualquier credo debe ignorar cuanto nos ama Dios, y de eso somos
responsables todos los bautizados: de que todos se enteren que "tanto
amó Dios al mundo, que envió a su único Hijo para que todo el que
crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Jn
3,16); y este grandioso hecho sucedió en la historia, hace dos mil
años. Por eso celebramos, por eso debemos de convencer a todo el mundo
de que el amor de Dios está presente entre los hombres.
Te conviene pues conocer todo lo referente al próximo
Jubileo del Año 2000; la siguiente información la sacamos de dos
fuentes principales: "Hacia el Tercer Milenio", Carta
Apostólica y, "El Gran Jubileo del Año 2000", Bula de
Convocación, ambas del Papa Juan Pablo II. Para conocer mejor el
tema puedes encontrar estos documentos en cualquier librería católica.
¿Qué
es un Jubileo? Desde
el Antiguo Testamento se celebran los jubileos (Cf. Ex 23, 10-11;
Lev 25, 1-28; Dt 15, 1-6). Era un tiempo dedicado de un modo particular
a Dios. Cada siete años se llamaba el "año sabático";
y cada cincuenta era el "año jubilar" más solemne-.
Como signo de fiesta se dejaba reposar la tierra, se liberaban los
esclavos, se perdonaban las deudas. El objetivo de celebrar un año
jubilar, era para devolver la igualdad entre todos los hijos de
Israel. El año jubilar debía servir para el restablecimiento de
la justicia social.
A partir del Nuevo Testamento, el
Jubileo adquiere su verdadero y pleno significado:
Jesús de Nazaret fue un día a la sinagoga de su
ciudad y se levantó para hacer una lectura (Cf. Lc 4,16-30) leyó,
del Profeta Isaías, el siguiente pasaje: "El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque él me consagró. Me envió a traer la
Buena Nueva a los pobres, a anunciar a los cautivos su libertad
y a los ciegos que pronto van a ver. A despedir libres a los oprimidos
y a proclamar el año de la gracia del Señor"
Y añadió: "Hoy se cumplen estas profecías que acaban de
escuchar".
Cuando San Pablo habla del nacimiento del Hijo
de Dios lo sitúa en "la plenitud de los tiempos". En realidad,
el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la
Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre: la Eternidad
ha entrado en el tiempo.
El tiempo, dimensión en la que se crea el mundo
y se desarrolla la historia humana, culmina en la "plenitud
de los tiempos" de la Encarnación y tiene su término en el
retorno glorioso del Hijo de Dios al final de los tiempos (Parusía).
En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una
dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno.
Todos los jubileos se refieren a este "tiempo"
del cumplimiento de las profecías y aluden a la misión mesiánica
de Cristo, venido como "consagrado con la unción" del
Espíritu Santo, como "enviado por el Padre". El Jubileo,
"año de gracia del Señor", es una característica de la
actividad de Jesús y no sólo la definición cronológica de un cierto
aniversario.
Objetivo
del Jubileo: Para
la Iglesia, el Jubileo es verdaderamente aquel "año de gracia",
año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año
de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones
y de penitencia sacramental y extrasacramental. Por eso la razón
de toda la preparación previa.
Los dos mil años del nacimiento de Cristo independientemente
de la exactitud del cálculo cronológico- representan un Jubileo
extraordinariamente grande no sólo para los cristianos, sino indirectamente
para toda la humanidad, dado el papel primordial que el cristianismo
ha jugado en estos dos milenios.
El término "jubileo" expresa alegría;
no sólo alegría interior, sino un jubileo que se manifiesta exteriormente,
ya que la venida de Dios es también un suceso exterior, visible,
audible y tangible, como lo recuerda San Juan (Cf. 1Jn 1,1). Esto
indica que la Iglesia se alegra por la salvación traída por Jesucristo.
Desde hace dos mil años, el tiempo está impregnado
de la presencia de Dios y de su acción salvífica. Con este espíritu
la Iglesia se alegra, da gracias y pide perdón, presentando súplicas
al Señor de la historia y de las conciencias humanas.
Una de las súplicas de la Iglesia es que prospere
la unidad entre todos los cristianos de las diversas confesiones
hasta alcanzar la plena comunión. Y, desde luego, la Iglesia espera
que, entre todos los discípulos de Cristo, unidos por el mismo Bautismo,
incorporados a la misma Iglesia Católica, se dé verdaderamente la
unidad, manifestada en la convivencia fraterna y solidaria entre
todos sus miembros.
El Año Jubilar, "año de gracia del Señor",
debiera tener los mismos signos de que Jesús habla al iniciar su
misión mesiánica: "el anuncio de la Buena Nueva a todos los
hombres", de lo que ahora somos responsables todos los cristianos.
Solamente conociéndolo y estando unidos al Señor,
a través de la oración y los sacramentos, los cristianos podemos
anunciar esa Buena Nueva que trae la "liberación a los oprimidos"
por el pecado y las ataduras de este mundo para vivir este Jubileo,
este Año de Gracia del Señor.
La
Preparación : La Iglesia
universal ha propuesto una preparación para celebrar el Jubileo 2000.
Consistió en tres años de reflexiones, estudios y vivencias, a cerca
del Misterio de Dios Trinidad, CENTRADO EN CRISTO, Hijo de Dios hecho
hombre, para:
- CONFIRMAR en los cristianos LA FE en el Dios revelado en Cristo,
- SOSTENER LA ESPERANZA prolongada en la vida eterna y
- VIVIFICAR LA CARIDAD comprometida activamente en el servicio
a los hermanos.
1997, JESUCRISTO.
Se dedicó a reflexionar en la Persona de Jesucristo. Para conocerlo
mejor fue necesario volver con renovado interés a la Sagrada Escritura,
dando un impulso fuerte a la catequesis. Se invitó a redescubrir
el Bautismo como fundamento de la existencia cristiana, para
fortalecer y confirmar la Fe y dar testimonio de ella.
María, colaboradora del milagro de la Encarnación,
no podía quedar al margen de esta preparación, fue contemplada durante
este año en el misterio de su Maternidad divina, como modelo de
fe y de seguimiento a Jesús.
1998, ESPÍRITU
SANTO. Se dedicó a conocer mejor al Espíritu Santo,
tercera Persona de la Santísima Trinidad, descubriendo que su presencia
santificadora acompaña siempre a la Iglesia, que mantiene firme
la virtud de la Esperanza, recibida en el Bautismo. Se valoró más
el sacramento de la Confirmación, en el que se nos dan de manera
especial los Siete Dones del Espíritu Santo y que nos capacita para
ser auténticos testigos de Cristo; y se contempló en María a la
mujer dócil a la voz del Espíritu.
Conscientes de estos regalos y de la presencia
constante del Espíritu Santo en la Iglesia, deseamos y buscamos
recuperar la unidad entre los cristianos, deseada por Jesucristo.
1999, EL PADRE.
Dedicado a la reflexión sobre Dios Padre, para recordar que
la vida del cristiano tiene una única meta: llegar a la Casa del
Padre Celestial; que Jesús nos lo revela y que el Espíritu Santo
nos hace posible asimilar este misterio.
Al valorar el gran Amor del Padre que envió a su
Hijo para enseñar al hombre el camino de regreso a casa, los cristianos
deseamos como el hijo pródigo- emprender ese camino por la
vía de la reconciliación, con el Padre y los hermanos. Se
vio el sacramento de la Confesión en su significado más profundo
para disponerse a celebrarlo intensamente, buscando una auténtica
conversión que libere al hombre del pecado y lo impulse a elegir
el bien, manifestado por los valores éticos que la sociedad actual
parece haber confundido y olvidado.
La intención final es hacer presente en el mundo
la virtud teologal de la caridad, manifestada en acciones concretas
como la promoción del hombre, sobre todo del pobre y del marginado.
María, la hija predilecta del Padre, nos enseña con su vida cómo
vivir esta virtud, al responder a Dios con disponibilidad plena,
desde la Encarnación hasta la Cruz.
La
Celebración : Después
de haber conocido y reflexionado a cerca del Amor de Dios Uno y
Trino, la celebración es, principalmente para la "glorificación
de la Santísima Trinidad", de la que todo procede y a la que
todo se dirige, en el mundo y en la historia. Este es el objetivo
de la preparación: desde Cristo y por Cristo, en el Espíritu
Santo, al Padre.
La Iglesia se dispone ahora a celebrar con Cristo
que, en el sacramento de la Eucaristía, continúa ofreciéndose
a la humanidad como fuente de vida divina. Es tiempo de profundizar
en lo que este sacramento significa, para no desaprovechar toda
la riqueza que el cristiano tiene a su alcance. El dos mil será
un año intensamente eucarístico. Sólo viviendo plenamente
la Eucaristía, el cristiano puede vivir su vocación a la santidad,
siendo "luz del mundo y sal de la tierra" y puede cumplir
la misión que Jesús encomendó a su Iglesia: "ir por
todo el mundo y enseñar el Evangelio". |
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