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La
Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento
Persona humana:
sujeto social. Una de las primeras enseñanzas que nos hereda
la Palabra de Dios, es que la persona humana, varón y mujer,
ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Posee una dignidad
fundamental y está llamada al encuentro y al diálogo
por el amor.
La persona humana
como imagen de Dios es un sujeto social, pues está llamada
a relacionarse con sus semejantes y debe ser "guardián
de su hermano". La persona humana ha sido hecha dueña
y señora de la creación (Gen 1, 26-31; 2, 18-24; 4,
1-6; Ex 20,13).
El pecado: El
pecado aparece como la ruptura al proyecto de Dios, ya que rompe
la comunión y solidaridad entre Dios y la persona humana,
entre ésta y sus semejantes y con la creación (Gen
3, 1-7; 4, 1-6; 11, 1-9; Am 2, 6-7; Is. 5,8).
El pecado rompe también el proyecto de Dios que es un proyecto
de vida, por eso el pecado en sus múltiples manifestaciones,
destruye la imagen de Dios en el hombre y acarrea un proyecto de
muerte (Gen 9,6)
La alianza:
Dios se revela en la historia como solidario con su pueblo, pobre
y oprimido, para formar con ellos una alianza y librarlos de la
esclavitud (Gen 4, 9-10; Ex 3, 7-20; Dt. 10, 17-18).
Dios forma su pueblo en comunión con Él y con los
hermanos, santo y consagrado a Él, al servicio de los demás
pueblos, universal en un futuro y el que debe vivir la comunión
y la solidaridad, sobre todo con los más débiles.
Las mismas vocaciones individuales dentro del pueblo ( los profetas
o los jueces) son funcionales y tienen un sentido comunitario y
solidario (Gen 12,2; Ex 19, 3-6; Sal 80,2).
Los profetas:
Los profetas bíblicos son duros críticos de la sociedad
porque aspiran a construir una sociedad humana y digna del pueblo
de Dios, según el plan original del Dios de la Alianza. Para
ello anuncian una Nueva Alianza (Jer 31,32; Ez 36, 16-38; Is 55,3;
54, 1-10), al mismo tiempo que denuncian la injusticia de los ricos
y sus prácticas cultuales en las que divorcian la fe y la
vida. ( Am 5, 21-24; Is 1, 11-17; 58, 3-11; Mi 6, 6-8; Jer 7, 4-7).
En ellos, la justicia adquiere una importancia singular, equiparándose
a la santidad. Santo es el justo.
Nuevo
Testamento
En el Señor
Jesús. En el Nuevo Testamento aparece Jesucristo, el Hijo
eterno del Padre, como modelo de hombre. La encarnación del
Verbo eterno de Dios es un hecho histórico, único,
irrepetible. "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros" (Jn 1,14), es la imagen de Dios (Col 1, 15-18), el
nuevo hombre en el que la humanidad es recreada, el Segundo Adán
(I Cor 15,1ss), el primogénito entre muchos hermanos, el
que nos revela al Padre común de todos los hombres. (Mt 6,9;
Lc 11,2;)
Jesús
es también el modelo de la servicialidad y de la solidaridad,
pues en su encarnación quiso tomar la condición de
siervo (Fil 2, 6-11), en El se cumplen las profecías del
profeta Isaías sobre el "Siervo de Yahveh" (Is
42,53ss), su solidaridad se prolonga por toda la vida y culmina
con su muerte. Su servicio en la obra redentora lo realiza en orden
a la unidad y la reconciliación. (Mt 20,28; Lc 22,27; Fil
2,7).
A Jesús
se le descubre precisamente, en la solidaridad con los débiles
y marginados: Pasó su vida haciendo el bien y lo criticaban
por juntarse con gente de mala vida, condenó la conducta
de los fariseos que se creían buenos y eran injustos con
los demás ( Lc 19). Para los hombres (desde sus parientes
Mc 3,21) y las autoridades del tiempo de Jesús les fue incómodo
el mensaje de la Buena Nueva que anunciaba y, esto trajo como consecuencia
la muerte en la cruz (Mt 10,42; 25,31-46; Mc 9,37; Lc 10, 25-37;
11, 46; 19,10).
El Reino de
Dios. El mensaje de Jesús va más allá de cualquier
grupo o partido de su tiempo, predica el Reino de Dios que es un
valor absoluto, una victoria sobre el mal, de comienzos humildes
(Mt 13, 31) pero que quiere ser universal. Todos estamos llamados
a colaborar con Él y abarca toda nuestra vida. En este sentido,
el amor a la riqueza aparece en Jesús como un obstáculo
para el Reino.
El Reino de
Dios se va realizando en nuestra vida cuando cualquier persona o
comunidad independientemente de su procedencia (Mt 8, 11-12; 23,
13ss), lucha por la verdad, la justicia la paz y el amor. Sin duda
es importante la conversión para acceder al Reino de Dios
(Mt 4,17), pero es también importante el elemento fruitivo
de la vida cristiana (Mt 7,15-20; Gal 5, 16-26). Estos son los valores
del Reino de Dios que predicamos (Mc 12,34) y que exigen de nosotros
el estar íntimamente unidos a Cristo (Jn 15, 1-8)
El Reino de
Dios se hace presente, imperfecta pero realmente, ya desde aquí,
en las realidades económicas, políticas, religiosas,
educativas, familiares y recreativas. En el establecimiento definitivo
del derecho de los marginados, la realización plena de la
fraternidad entre los hombres, la reconciliación armoniosa
con toda la creación, y la comunión final con Dios
mismo, que será todo en todas las cosas. (Mt 25, 34).
La Iglesia nuevo
pueblo de Dios.
El nacimiento
de la Iglesia es ubicado por algunos teólogos en el inicio
de la predicación del Señor Jesús (Mc 1,15;
Mt 4,17) (L.G., 5,1), otros en la profesión de fe de San
Pedro y en el legado de las llaves del Reino de parte del Señor
Jesús a este apóstol (Mt 16,18), otros más
lo ubican en el momento posterior a la resurrección en el
que el Señor Jesús encarga al apóstol San Pedro
que la apacentara (Jn 21,17), algunos otros en la lanzada en la
cruz (Jn 19,34), otros en el mandato misionero (Mt 28, 18-20).
La gran mayoría
de los teólogos la ha ubicado en el advenimiento del Espíritu
Santo, colocado por san Juan en el mismo día de la resurrección
(Jn 20, 19-20) y en los Hechos de los Apóstoles cincuenta
días después, durante la fiesta judía de las
semanas o de las cosechas (Hch 2, 1-13; Cfr. Ex 23,14). La Iglesia,
nueva creación, no puede nacer sino del Espíritu,
del que tiene nacimiento todo lo que nace de Dios (Jn 3,5s).
Pentecostés es para los cristianos el momento en donde Cristo
santifica indefinidamente a su Iglesia (L.G. 4,1), es el momento
en donde se nace como pueblo de Dios, el nuevo Israel de Dios, pues
Dios ha sellado una nueva alianza en Jesús para formar un
nuevo pueblo. Iglesia y Espíritu son inseparables: la experiencia
del Espíritu se hace en la Iglesia y da acceso al misterio
de la Iglesia. (Cfr. 1 Cor 3,16; 12,7; Ef 2,22).
La Virgen María
mujer sencilla del pueblo y Madre de Dios, pasa a ser la Madre de
la Iglesia que nace, y le acompañará en medio de todas
las dificultades, llegando a ser la Virgen "estrella de la
primera y nueva evangelización" (Mt 26,28; Jn 19, 25-27;
Gal 6,16;
Rom 9, 6-8).
La Iglesia necesita
de una Pastoral Social efectiva, heredera de la misión profética
y del Siervo de Dios el Señor Jesús, capaz de hacer
presente los valores del Reino de Dios en las diversas estructuras
sociales, y en todas las circunstancias históricas de la
vida personal y comunitaria. Construir el Reino es, en definitiva
la misión de la misma Iglesia.
La
Iglesia como camino de la solidaridad
El Papa Juan
Pablo II, en la Exhortación apostólica postsinodal
La Iglesia en América, dedica el capítulo quinto a
la solidaridad como fruto de la comunión. La conciencia de
la comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a
su vez fruto de la conversión, lleva a servir al prójimo
en todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales, para
que en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo. Por eso, la
solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el misterio
de Dios uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto por
todos. Se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de
los otros, especialmente de los más necesitados.
"En verdad
os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt
25, 40. 45)...
"Partiendo
del Evangelio se ha de promover una cultura de la solidaridad que
incentive oportunas iniciativas de ayuda a los pobres y a los marginados"
(Ecclesia in América, 52).
¿Qué
es la Pastoral Social?
La pastoral
Socia l es definida por el Episcopado Mexicano de la siguiente manera:
"Entendemos
la Pastoral social como la acción orgánica de la Iglesia,
encaminada a inspirar y a animar las realidades temporales, difundiendo
la doctrina y formando la conciencia de los cristianos, promoviéndolos
y apoyándolos para que asuman con eficacia su responsabilidad
en las realidades temporales (familia, cultura, profesión,
economía, política, orden internacional), con objeto
de lograr que se establezcan estructuras sociales dignas de seres
humanos y propiciadoras de un desarrollo integral"
El Secretariado de Pastoral Social Diocesano está convencido
de lo siguiente: La Pastoral Social es la reflexión-acción
de todos los miembros de la Iglesia, para hacer presentes la verdad,
la justicia, la caridad evangélicas, en las relaciones y
estructuras básicas de la sociedad (familia, economía,
política, etc.) para el crecimiento del Reino de Dios.
Las actividades
de la Pastoral Social
La Pastoral
Social debe dedicarse a la asistencia social, a la promoción
humana y a la organización o transformación social.
Veamos algunas de sus características:
Asistencia social:
Su objetivo
es responder a una necesidad inmediata, concreta y real, su método
se basa en: Estudio socioeconómico, diagnóstico, seguimiento
o evolución del problema que pretendemos solucionar.
Algunas de sus
actividades son: reparto de despensas, bazares, asistencia médica,
campañas de higiene, visitas y ayuda a enfermos, visita y
ayuda a asilos de ancianos, visitas y ayuda a orfanatos, visitas
y ayuda a centros de readaptación social, comedores de pobres,
ayuda a indigentes, ayuda a niños de la calle, etc.
Se trata de
una parte de la praxis (práctica - acción) cristiana
que es realizada por tantos hermanos nuestros que, por amor a Dios,
se llegan a quitar un pan de la boca para alimentar al que tiene
más necesidad (Cfr. Mt 25, 31-46). No podemos negar que muchos
de los cristianos que realizan estas actividades invierten su dinero,
su tiempo y su mismo descanso para poder ayudar al que más
necesita, sin duda obtendrán su recompensa.
Promoción
humana:
Su objetivo
es el desarrollo de las personas y los grupos. Su método
consiste en: motivar a las personas para un mejor desarrollo, integrar
grupos a los que se entregan elementos pedagógicos para su
superación, evaluar el avance de las personas y de los grupos
en torno al objetivo que desea alcanzar.
Actividades:
becas para estudiantes, alfabetización, clases de primaria,
manualidades, corte y confección, instalación de talleres,
cajas de ahorro y préstamos, guarderías, círculos
de lectura, clubes deportivos.
Es significativa la labor que se realiza en este ámbito,
de parte de algunas instituciones con clara inspiración cristiana.
Se trata de elevar el nivel de vida de la persona a través
de nuevos valores adquiridos y agregados a la vida de las personas.
Organización
y transformación social:
Su objetivo
es promover la participación de los laicos, de todos los
niveles, en el cambio social de las estructuras que generan desigualdades,
impulsando su participación en grupos civiles de la comunidad;
ofrecerles capacitación para reconocer las causas de los
problemas estructurales y contribuir a una sociedad más justa
y equitativa.
Su método
consiste en un análisis de la realidad que parte de las necesidades
concretas e históricas de los grupos, aportando programas
de concientización, capacitación organización,
acción, etc., con una constante evaluación de los
programas implementados.
Las actividades
que promueve son entre otras: impulsar a los laicos a participar
en comités de derechos humanos, grupos ecológicos,
juntas de mejoras, asociaciones de padres de familia, redes por
la paz y la democracia, organizaciones independientes, movimientos
ciudadanos, etc.
La Pastoral
Social deberá asumir el anuncio de la Buena Nueva y de los
valores del reino, al mismo tiempo que debe denunciar proféticamente
las injusticias. Es necesario acompañar a nuestras comunidades
en su intento por vivir los valores del Reino. La función
profética exige valor y el ser complementada por un gran
testimonio personal y comunitario, de quienes deseen ser agentes
de la pastoral social.
Los
agentes de la Pastoral Social
Es el deber
y el derecho de cada cristiano el participar no solamente en la
acción social, sino también en la iluminación
de todos y cada uno de los niveles de esta acción:
"Incumbe
a las comunidades cristianas analizar con objetividad la situación
propia de su país, esclarecerla mediante la Palabra inalterable
del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de
juicio y directrices de acción.... y a estas comunidades
cristianas toca discernir....las opciones y los compromisos que
convienen asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas
y económicas que se considera de urgente necesidad a cada
caso"
Es la comunidad
diocesana la que puede encarnar la Doctrina Social de la Iglesia
en su propia comunidad. Le corresponde a toda la comunidad eclesial:
obispos, sacerdotes, religiosos y laicos el aplicar en sus circunstancias
concretas las consecuencias de su compromiso evangélico.
Dentro de la
comunidad cristiana el obispo es el ministro del esplendor de una
verdad capaz de iluminar los caminos. Es el obispo el que ejerciendo
su magisterio y educando en la fe a las personas y a las comunidades
a él confiadas, prepara a los fieles laicos, que, renovados
interiormente, transformarán al mundo con soluciones cristianas.
La Iglesia diocesana
ofrece una estructura y un Plan Orgánico de Pastoral que
busca ser efectivo y evaluable a través de la labor de los
secretariados y de los distintos niveles de organización
pastoral: zonas, decanatos y parroquias. Todos estos niveles deben
buscar la implantación de una efectiva pastoral social. Sin
embargo las zonas y los decanatos no lograrán tener una gran
incidencia si, desde las mismas parroquias, no se valora esta área
de la pastoral delegada en su responsabilidad a los párrocos.
En este campo
debe fomentarse la participación del joven en los quehaceres
pastorales, ya que es notoria la ausencia de aquellos, que por naturaleza
su corazón debieran incubar ilusiones y aspiraciones cristianas
de transformación. Para lo anterior es urgente y necesario
el formar en el apostolado ya desde el seno familiar.
La formación al apostolado debe comenzar desde la primera
educación de los niños, quienes, apenas sea posible,
han de iniciarse en este santo ejercicio. Cuídese con particular
empeño la formación apostólica de los adolescentes
y jóvenes, y su participación progresiva en las tareas
de apostolado; toda la familia y la vida común de la misma
sea una escuela de apostolado que disponga a sus miembros para la
presencia activa en la comunidad temporal y eclesial
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