| Jesucristo
fundó la Iglesia para salvarnos
Jesucristo
vino a la tierra para redimirnos y darnos la vida divina. Con objeto
de continuar en la tierra, hasta el fin de los tiempos, su tarea
redentora y conducir a todos los hombres a la salvación,
fundó la Iglesia.
Jesucristo,
aunque pudo salvarnos de modo exclusivamente interno e individual,
prefirió crear una sociedad visible que fuera depositaria
de sus enseñanzas y de los medios de salvación con
que quiso dotar a los hombres.
Convenía
a la naturaleza humana - a un tiempo material y espiritual - que
la salvación llegara a través de una sociedad visible:
así recibimos los dones espirituales por medio de las realidades
visibles, al modo de nuestra composición material y espiritual.
Para
eso eligió el Señor a San Pedro y a los demás
Apóstoles: para que gobernaran la Iglesia y transmitieran
los poderes a sus sucesores, el Papa y los Obispos. Estos poderes
son:
- Enseñar
con autoridad la doctrina de Jesucristo
- Santificar
con los sacramentos y los otros medios
- Gobernar
mediante leyes que obligan en conciencia.
La
Iglesia tiene un doble fin en la tierra:
- Un
fin último: La gloria de Dios
- Un
fin próximo: La salvación de las almas.
Jesucristo
dio a la Iglesia el poder de promulgar leyes
Cristo
Concedió efectivamente a su Iglesia el poder de gobernar,
y envió a los apóstoles y a sus sucesores por todo
el mundo para que predicaran el Evangelio, bautizaran y enseñaran
a guardar todo lo que Él había mandado:
"El
que a vosotros oye, a mí me oye" (LC 10,16); "Como
me envió mi Padre, así os envió yo a vosotros"
(Jn. 20,21).
En
virtud de esta autoridad, la Iglesia puede dictar leyes y normas.
La Iglesia tiene el derecho y la obligación de fijar a los
fieles todas las prescripciones que considere oportunas, por un
doble motivo:
- 1.
Por haber recibido de Cristo el mandato de conducir a los hombres
a la vida eterna,
siendo depositaria e intérprete de la revelación
divina. Al imponer los preceptos, la
Iglesia pretende asegurar el cumplimiento de los mandatos de
Dios y las enseñanzas del Evangelio.
- 2.
Por la misión que Dios le confió, la Iglesia,
como sociedad perfecta, ha menester
prescribir las normas precisas para la consecución de
su tarea.
Así
pues, al imponer las leyes, la Iglesia no pretende sino asegurar
mejor el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de
los consejos que el Señor nos da a través del Evangelio.
De hecho, las leyes de la Iglesia lo que hacen generalmente es determinar
el tiempo y el modo de cumplirlos. De lo anterior se desprenden
dos consideraciones:
- Los
mandamientos de la Iglesia son una muestra de cariño
porque, al dictar estas normas, busca únicamente ayudar
a cumplir las obligaciones del cristiano.
-
Al incumplir uno de estos mandamientos de la Iglesia, no sólo
se cumple una ley meramente eclesiástica, sino que se
quebranta una ley divina concretada en esa ley eclesiástica.
De ahí que quebrantar uno de esos mandamientos en materia
grave, sea siempre pecado mortal.
Por
ejemplo, dejar de cumplir el mandamiento de la Iglesia que ordena
comulgar al menos una vez al año supone indiferencia con
Jesucristo, y por tanto carencia de amor: este incumplimiento es
en realidad señal de haber ya quebrantado -al menos en este
aspecto- el primer mandamiento de la Ley de Dios que prescribe amarlo
sobre todas las cosas.
Entre
los mandamientos de la ley divina y los mandamientos de la Iglesia
hay, sin embargo, algunas diferencias:
Los
mandamientos de la ley de Dios obligan a todos los hombres,
puesto que Dios mismo los dejó grabados en su conciencia;
los de la Iglesia obligan sólo a quines forman parte de
ella.
Los mandamientos divinos son inmutables, pues están
basados en la naturaleza humana, que no cambia; las leyes eclesiásticas
pueden cambiar
Los mandamientos de la Ley de Dios no pueden ser dispensados;
los de la Iglesia dejan de obligar por grave incómodo
o por dispensa de la autoridad eclesiástica.
Los
mandamientos de la Iglesia son muchos - en realidad lo son todas
las prescripciones del Código de Derecho Canónico
-, pero aquí vamos a estudiar los cinco principales que afectan
a todos los fieles.
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