CURSO
MARIOLOGÍA * MARIA MADRE DE DIOS
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Todos
los privilegios y todos los títulos, la gloria, los honores
de la santa Virgen María tienen su fundamento y justificación
en su privilegio central que es su maternidad divina, y sus privilegios
son o premisa o consecuencia de ese privilegio central, por ejemplo:
concebida sin la culpa original (inmaculada) porque iba a ser la
Madre de Dios, llevada a los cielos en cuerpo y alma (asunción)
porque es Madre de Dios, dispensadora de todas las gracias, porque
es Madre de Dios, siempre virgen (antes del parto, en el parto y
perpetuamente después del parto), etc..., por que es Madre
de Dios.
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Introducción
En
Cristo los privilegios y las perfecciones de la humanidad tienen
su razón y fundamento en la unión hipostática;
en la santa Virgen María tienen su razón y fundamento
en su unión espiritual y física con su Hijo Jesucristo.
Precisamente
por su íntima unión espiritual y física con
el Hijo, la Santa Virgen tiene un lugar singular y exclusivo en
el proyecto de la economía de la Redención...
El
Verbo eterno no tomó su naturaleza humana mediante una nueva
creación, sino por su generación humana. Siempre que
se habla de la Encarnación del Verbo, en la Sagrada Escritura
y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia, se habla a
la vez, de la "Mujer" de la cual tomó la humana
naturaleza. Porque el Verbo tuvo nacimiento terrenal de la Virgen
María, ella tiene personalmente una relación objetiva
en el designio divino de la Salvación; y por su relación
personal con el divino Redentor, ella está en el Credo: "nacido
de María la Virgen". Por su relación personal
con el Hijo Jesucristo, tenemos una doctrina mariológica
teológico-dogmática, cosa que no se da para ningún
otro santo; y ¿por qué? Sencillamente porque los demás
santos tienen, con respecto a nuestra salvación, una relación
no personal, sino meramente funcional.
Es
necesario, para una mejor comprensión, tener presente aquí
lo que usted estudió, es decir, los tres ordenes que existen
en el plan de Dios: el orden natural, el orden sobrenatural y el
orden hipostático, ¿qué significa esto? Significa
que una persona todavía no bautizada está a nivel
meramente natural, esto es, tiene solamente los dones debidos a
su naturaleza humana (inteligencia, voluntad, memoria, alma, una
cabeza, dos piernas, dos ojos, etc...), cuando recibe el sacramento
del Bautismo, entonces es elevado al orden sobrenatural porque se
le participa de la vida sobrenatural, la vida de la gracia, la vida
divina; somos partícipes de la naturaleza divina (Cf. 2 Pedro
1, 4), y entonces recibimos la filiación divina adoptiva
que es una modificación real intrínseca en fuerza
de la cual podemos hablar de una verdadera regeneración,
es decir, de un verdadero nacimiento a la vida divina (nacidos de
Dios <Cf. Jn 1, 13>), de una semejanza de naturaleza con Dios
y de una manera especial con la Persona divina del Hijo (hijos en
el Hijo). La santa Virgen María está en estos dos
ordenes por su naturaleza humana (orden natural) y por su plenitud
de gracia (orden sobrenatural) y de manera absoluta, pero ella por
su maternidad divina, por ser la verdadera Madre del Verbo divino
fue elevada al orden hipostático, claro está, de una
manera relativa, porque el orden hipostático absoluto es
exclusivamente de Cristo, porque solamente en El subsisten las dos
naturalezas (la humana y la divina) bajo la hipóstasis de
la única persona divina del Verbo; pero la santa Virgen es
verdadera Madre de esa única persona que tiene inseparablemente
las dos naturalezas, así que Ella tiene con el Verbo una
relación personal, objetiva, real, esencial (como ya dijimos);
Ella es Madre de esta única persona en la línea de
la naturaleza humana (la divina no puede tener madre), así
que Ella tiene con la persona del Verbo encarnado esa relación
intrínseca, directa e inevitable que existe entre una madre
y su propio hijo.
La
gracia santificante la eleva al orden sobrenatural otorgándole
la gracia de la adopción filial; la gracia de la maternidad
divina la eleva al orden hipostático con la finalidad de
suministrar al Verbo eterno la naturaleza humana y dar al mundo
el Salvador; esto da a María un lugar único e inaccesible
en el plan de la Redención; y una dignidad personal que ninguna
otra mujer podría alcanzar.
Solamente
la Santa Virgen puede estar a ese nivel; y por eso el estudio de
la mariología es un estudio teológico-dogmático.
María
Madre de Dios
En sentido verdadero y propio
Es de fe
Como
ya dijimos, en Cristo Jesús los privilegios y las perfecciones
de la humanidad tienen su razón y su origen en la unión
hipostática; también las grandezas de María
tienen su fundamento en esta unión, y le han sido concedidas
en fuerza de esa unión. Es por ello que ponemos al vértice
de la Mariología el privilegio que primero deriva de esa
unión, esto es, la Maternidad divina, luego se tratará
de los demás privilegios que de ése derivan o que
son premisas o consecuencia, privilegios de gracia (p. Ej.: su inmaculada
concepción), de honores (p. Ej.: su perpetua virginidad;
su culto de hiperdulía); de gloria (p. Ej.: su asunción
a los cielos en cuerpo y alma; reina de los Santos y de los Ángeles).
Así
que el privilegio primero, central y fundamental es ser verdadera
Madre de Dios; y en este hecho de la Maternidad divina se fundamentan
todos los privilegios de María.
Es
preciso notar y tenerlo bien presente que el nacimiento del Verbo
de una mujer y de una mujer virgen no debe ser considerado una necesidad
de parte de Dios; no hay motivos de estricta necesidad, porque no
se puede hablar de necesidad en las obras de Dios ad extra; fue,
pues, un acto libre de la divina sabiduría, por cuantos argumentos
de convivencia se pueden encontrar y aducir, y de facto, la tradición
de la Iglesia y la Escolástica los encontraron y los expusieron.
Sin embargo, podía Dios, es cierto, tomar carne, en la que
fuera mediador entre Dios y los hombres, de otra parte y no de la
estirpe de aquel Adán que con su pecado encadenó al
género humano, como antes creó al mismo Adán
sin precedencia de estirpe. Pudo, pues, crear un hombre de esta
o aquella manera, y en él vencer al vencedor del primer Adán;
pero Dios juzgó más conveniente...
En
pocas palabras, Dios habría podido salvar al mundo en tantas
maneras, su infinita sabiduría y su omnipotencia podía
encontrar muchos medios... de facto decreto que aconteciera así...
"Usted
sabe que el pecado es el único límite a la actividad
divina; y por ello, el Hijo de Dios no podía encarnarse siguiendo
un camino moralmente no bueno o con alguna mediación culpable".
Ninguna obra humana, y por ende de suyo finita, podía merecer
la Encarnación; nadie tenía mérito para exigirla
o poder para realizarla.
Por
tanto, cuando decimos que la Santa Virgen María "mereció
llevar" al Salvador del mundo. Por ejemplo, rezamos o cantamos
en nuestra Liturgia en lengua latina la Antífona Regina caeli:
"Regina caeli, laetare, allelluia/ quia quem meruisti portare,
allelluia/ resurrexit sicut dixit, allelluia..." (Alégrate,
o Reina del Cielo, porque ha resucitado Aquel a Quien tú
has merecido llevar en tu seno...), no es en el sentido que ella
haya merecido ex condigno (en estricta justicia) que el mismo Señor
de todos se encarnara, sino que en virtud de la gracia que le fue
dada obtuvo un tan alto grado de pureza y de santidad que fue juzgada
digna (de congruo) de poder ser la Madre de Dios.
Escritura
Jesús
fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació
de la Virgen María.
Isaías
profetizó: "Pues bien, el Señor mismo va a daros
una señal: He aquí que una doncella está encinta
y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel"
(7, 14); esta profecía se realizó en María
que habiendo concebido virginalmente, dio a luz a Jesús,
el Emmanuel, así atestigua san Mateo: "La generación
de Jesús fue de esta manera: Su madre, María, estaba
desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos,
se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su
marido José como era justo y no quería ponerla en
evidencia, resolvió repudiarla en secreto. Así lo
tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se
le apareció en sueños y le dijo: "José,
hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque
lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará
a luz un hijo, y tú le darás por nombre Jesús,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados".
Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo
del Señor por medio del profeta: Ved que la Virgen concebirá
y dará a luz, y le pondrán por nombre Emmanuel, que
traducido significa: Dios con nosotros" (1, 18-23).
"Por
lo pronto, tomamos aquí el texto de Isaías y de Mateo
para demostrar que María es la verdadera Madre de Jesús;
y por lo mismo tomamos los siguientes, luego a su debido tiempo
y lugar, los retomaremos para demostrar otros privilegios de María,
por ejemplo, su perpetua virginidad".
"Jacob
engendró a José, el esposo de María, de la
que nació Jesús, llamado Cristo" (Mt 1, 16).
El
Ángel dijo a María: "vas a concebir en el seno
y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús"
(Lc 1, 31).
"Al
llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se
hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación
adoptiva" (Gal. 4, 4-5).
En
el Evangelio María es llamada, ordinariamente, y repetidas
veces, "Madre de Jesús" o simplemente "Madre
suya" (de El) (Cf. p. ej.: Mt 1, 18; 2, 11; 13, 55; Mc ·,
31-32; 6, 3; Lc 2, 33-34. 48; Jn 2, 1; 19,26; Hch. 1, 14).
El
hecho de que Jesús no llame a María con el nombre
de "madre", sino de "mujer". "Jesús
le responde: ¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía
no ha llegado mi hora" (Jn 2, 4; ), "Jesús, viendo
a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice
a su madre: <<Mujer, ahí tienes a tu hijo.>>"
(19, 26), no es prueba de que El le niegue la cualidad de madre,
como algunos ( v. gr. Docetas) quisieran deducir citando el texto
de Mateo: "¿Quién es mi madre y quiénes
son mis hermanos?" (12, 48). Muy significativamente el mismo
san Juan en los dos textos citados, no dice "María",
sino que le da el glorioso título de "Madre de Jesús",
título con que los primeros cristianos veneraban a la santa
Virgen. Los dos textos (Caná y María a los pies de
la cruz) dicen el papel trascendente que tendrá "su
Madre" en la Iglesia. Cuando Jesús dice: "Todavía
no ha llegado mi hora" (Jn 2,4), se refiere no a la hora de
empezar a hacer milagros, pues efectivamente hace él los
milagros, sino se refiere a su muerte y glorificación; y
María está a un lado de su Hijo en la obra de la Redención.
Así que cuando Jesús, estando crucificado, se dirige
a su madre, llamándola "Mujer" y entregándola
al discípulo, no está hablando como individuo particular,
sino como Redentor universal, y entonces en el plano mesiánico
no la llama "madre" porque con eso expresaría simplemente
su piedad filial, sino que le dice "Mujer", porque estamos
en el plano mesiánico, y María, su Madre, está
en relación con la "Mujer" del Génesis (Cf.
Gn. 2-3). Cristo es el Nuevo Adán y María la Nueva
Eva, Madre de la humanidad redimida; y si sobre el Calvario es proclamada
madre de la humanidad redimida, en Caná es y actúa
como Madre solícita y poderosa intercesora en favor de sus
hijos, los creyentes, dispensadora de las gracias de su Hijo Dios.
Y
a propósito del texto de Mateo 12, 48, Jesús, a la
pregunta: "¿Quién es mi madre y quiénes
son mis hermanos?", Declara que su madre y sus hermanos son
todos los que cumplan la voluntad de su Padre celestial (Cf. vv.
49-50). Podemos citar algunos otros textos evangélicos.
En
pocas palabras decimos que a Jesús el Padre le encomendó
la misión de la Redención de la humanidad; El es el
Mesías, el Enviado del Padre, y todo lo hace y todo lo dice
conforme al plano y a la voluntad del Padre; ahora bien, El antepone
el plano mesiánico al plano humano en donde está su
madre y sus parientes en la línea humano-temporal; no niega
ni rechaza su parentesco, mucho menos a su madre, sino que podemos
decir que por razones pedagógicas, no quiere debilitar de
una manera u otra su misión divina con consideraciones de
parentesco; y quiere que todos entiendan esto. Como Mesías
depende solamente del padre celestial y se pone por encima de todo
afecto natural.
Además,
el Señor Jesús funda la familia sobrenatural cuyos
vínculos no son ya los de la sangre, sino los vínculos
de la fe y de amor. "A todos los que la recibieron (la Palabra)
les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre;
la cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo
de hombre, sino que nació de Dios" (Jn 1,12-13). "El
que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el
reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu,
es espíritu" (Jn3, 5-6).
"Tú
estás proclamando dichosa a mi madre terrenal, pero yo te
digo que ella es dichosa, ciertamente, por ser mi madre en el sentido
natural, histórico y fisiológico, pero es todavía
más dichosa por ser mi Madre en el sentido espiritual, porque
Ella, antes de ser mi madre terrenal y corporalmente, fue la humilde
esclava del Señor, creyó, escuchó la Palabra,
se abrió a la Palabra, la guardó en su corazón
y la vivió; hizo la voluntad de Dios. Dichosa porque ha creído
que se cumpliría todo lo dicho a Ella por el Señor"
(Cf. Lc 1, 38. 48; 2, 51).
Esta
claro, pues, que María es la verdadera madre de Jesús;
ahora bien, Jesús el verdadero y eterno Hijo del Padre, verdadero
Dios como el Padre y el Espíritu Santo. "En el principio
existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra
era Dios... Y la palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como
Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 1. 14).
Magisterio
La
verdad de la maternidad divina de María objetivamente profesada
por la Iglesia desde los Evangelios, como acabamos de ver, y expresada
por la misma en su Símbolo de los Apóstoles, cuya
primera formulación encontramos ya en la segunda mitad del
II siglo. "Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro
Señor, nacido de María Virgen". (Cf. Ds 10ss.)
El título formal de Madre de Dios (Qeot`koV - Dei Genetrix-
< la que dio a luz a Dios>) aparecerá más tarde,
como veremos en el párrafo de la tradición.
Al
negar Arrio la divinidad del Señor Jesús, consecuentemente
se negaba la maternidad divina de María; si Jesús
no era Dios, María no era madre de Dios. El Concilio de Nicea
(325) condenó la herejía arriana y definió
la divinidad del Señor Jesús. (Cf. DS 125-126).
A) Concilio de Éfeso (431, III ecuménico)
Nestorio afirmaba que en Cristo hay dos personas y que el Logos
habita en el hombre Jesús como en un templo, negaba así
la verdadera maternidad divina de María; Ella no sería
Madre de Dios, sino que sería madre de Cristo en quien Dios
habitó, sería portadora de Dios que estaba en el hombre
Jesús; entonces si el Verbo no nació de María,
Ella no es Madre de Dios, sino madre de un hombre (Vnqrwpot`koV,
"Cristot`koV").
Intervino
la Iglesia con el Concilio de Efeso , profesó y defendió
la verdad de la maternidad divina de María y condenó
la herejía nestoriana. "Si alguien no confiesa que el
Emmanuel sea verdadero Dios (Qeon einai katV alZqeian ton WmmanuZl)
y por consecuencia niega que la santa virgen sea madre de Dios (qeot`kon
<Dei genetricem> thn Vgian parqXnon)... sea anatema (Cf. DS
252).
"Porque
no decimos que la naturaleza del Verbo se hizo carne mediante una
transformación; ni que se transformó en un hombre
completo compuesto de alma y cuerpo. Lo que afirmamos más
bien es que el Verbo, habiendo unido personalmente (kaq bp`stasin
<según la hipóstasis>) consigo una carne animada
con un alma racional, es hombre de modo inefable e incomprensible
y fue llamado hijo del hombre. Y esto, no por voluntad o benevolencia
solamente, ni solamente por la asunción de un personaje (prosfpou).
Y que las naturalezas unidas en una auténtica unidad son
distintas; pero un solo Cristo e Hijo en las dos. No que se suprima
por la unión la diferencia de naturaleza, sino que el encuentro
de la divinidad con la humanidad en esta inefable y misteriosa unidad
nos ofrece un solo Señor y Cristo e Hijo...
Porque
no es que primero naciera de la santa Virgen un hombre corriente
y después descendiera sobre él el Verbo. Lo que decimos
es que unido desde el seno materno (a la naturaleza humana), se
sometió a un nacimiento carnal, como quiera que hacía
suyo el nacimiento de su propia carne... por eso ni dudaron (los
Santos Padres) en llamar madre de Dios a la santa Virgen (qeot`kon
eipein tºn Vgian parqXnon), no porque la naturaleza del Verbo
o su divinidad tomara de la santa Virgen el principio de su ser,
sino por que de ella se formó aquel sagrado cuerpo animado
de una alma racional y al que se unió personalmente (kaq
bp`stasin) el Logos que se dice engendrado según la carne"
.
En
el DS 250-251. El padre que más estruenamente defendió
contra Nestorio la divina maternidad de María y que tuvo
un papel de primer plano en el Concilio de Efeso, fue San Cirilo
de Alejandría. El pueblo de Efeso tenía un amor y
una devoción, y tan grandes, hacia la Virgen Madre de Dios
que cuando escuchó la sentencia pronunciada por los Padre
del Concilio, estallo en un inmenso júbilo, y los aclamó
con grande y alegre efusión de ánimo, acompañándolos
aquella noche con antorchas encendidas hasta sus moradas. También
el pueblo de Roma, cuando llegaron las decisiones del Concilio el
día de Navidad, celebró con grandes manifestaciones
de regocijo y universal alegría, los acuerdos relativos a
la Madre de Dios. Al parecer, fue en aquella ocasión cuando
se añadió a la salutación angélica del
Ave María, la segunda parte que empieza: Santa María,
Madre de Dios, ruega por nosotros... Un año antes del Concilio
de Efeso (Junio-Septiembre 431) el Pontífice Romano, Celestino
I (423-432), había ya condenado la herejía de Nestorio.
"En
la Encíclica Lux Veritatis el Papa Pío XI escribió
con ocasión del XV centenario del Concilio de Efeso que proclamó
la divina maternidad de María; recuerda el histórico
acontecimiento, explica brevemente el dogma afirmado por el Concilio:
la divina maternidad de María, repite que en María,
Madre de Dios y Madre nuestra está puesta la esperanza de
los individuos y de toda la Iglesia, e invoca su intercesión
para el regreso de los hermanos separados".
En
Jesucristo única es la Persona, y ésta es la divina,
y entonces todos deben reconocer y venerar a la Bienaventurada Virgen
María, como verdadera Madre de Dios.
B) Concilio de Calcedonia (451, IV ecuménico)
El Concilio de Calcedonia al expresar la dualidad de naturalezas
en Cristo en la unicidad de la Persona del Verbo encarnado, condenado
a los monofisitas y a los nestorianos, repite la verdad de la divina
maternidad de María.
"Siguiendo,
pues, a los santos Padres, enseñamos unánimemente
que hay que confesar a un solo Hijo y Señor nuestro Jesucristo:
perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente
Dios y verdaderamente hombre con alma racional y cuerpo; consustancial
con el Padre en cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros
en cuanto a la humanidad, en todo semejante a nosotros, excepto
en el pecado (Hb 4, 15); nacido del Padre (Xk tou patroV gennhqXnta
kata thn qe`thta) antes de todos los siglos según la divinidad;
y por nosotros y por nuestra salvación, nacido en los últimos
tiempos de María la Virgen, la Madre de Dios, según
la humanidad (ek MariaV thV parqXnou thV qeot`kou kata thn Vnqrwp`thta).
(Cf. DS 301).
Que se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo
único en dos naturalezas (en dbo fbsesin?? no? ek dbo fbsesin)
(en <en>, no ek <de>), sin confusión, sin cambio,
sin división, sin separación; la diferencia de naturalezas
en ningún modo queda suprimida por la unión, sino
que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas
y confluyen en un solo sujeto (pr`swpon? <personam>) y en
una sola persona (bp`stasin ?<subsistentiam>). No partido
o dividido en dos personas, sino que uno solo y el mismo, es Hijo
unigénito Dios Verbo, Señor Jesucristo, como ya de
antiguo lo enseñaron de él los profetas, como nos
lo ha enseñado el mismo Jesucristo y como nos lo ha transmitido
el símbolo de los Padres.
Habiendo, pues, redactado esta fórmula con toda exactitud
y esmero en todos sus detalles, definió el santo Concilio
ecuménico que a nadie sea lícito profesar otra fe
distinta, ni siquiera escribirla, componerla, sentirla o enseñarla
a los demás.
C) Concilio Constantinopolitano II ( Vº ecuménico, mayo-
junio 553)
El verbo de Dios se encarnó de la santa gloriosa Madre de
Dios y siempre Virgen María, y de ella nació (sarkwqXntoV
ek thV VgiaV end`xou qeot`kou kai aeiparqXnou MariaV, kai genehqXntoV
ex authV). La santa gloriosa siempre virgen (aeiparqXnon) María
es en sentido propio (kbriwV? <proprie>) y verdaderamente
(kata alºqeian? <vere>) Madre de Dios (qeot`kon ?<Dei
genitricem>); si alguien niega esto, queda excomulgado.
D) Concilio Lateranense (octubre 649, no ecuménico)
"Si alguno no confiesa, de acuerdo con los santos Padre, en
un sentido propio y verdadero (proprie et secundum veritatem), que
la santa y siempre virgen e inmaculada María es propia y
verdaderamente (specialiter et veraciter) Madre de Dios, como quiera
que propia y verdaderamente concibió sin semen, por obra
del Espíritu Santo, al mismo Dios-Verbo que nació
del Padre antes de todos los siglos; y que lo dio a luz sin corrupción,
permaneciendo su virginidad indisoluble, aun después del
parto, sea condenado.
E) Concilio Constantinopolitano III (VIº ecuménico,
noviembre 680- septiembre 681)
El Señor nuestro Jesucristo, nuestro verdadero Dios, engendrado
del Padre antes de todos los siglos, en los últimos tomó,
por obra del Espíritu Santo, nació, según la
humanidad, de la Virgen María (ek MariaV thV parqXnou) propia
y verdaderamente Madre de Dios (thV kuriwV kai kata alºqeian
qeot`kou ?<proprie et veraciter Dei genitrice>).
Después
del Concilio de Efeso y de Calcedonia el Magisterio repite la doctrina
de la divina maternidad de María, dándole mayor relieve
al subrayarla con terminología reforzadora. (LG 52).
F) Concilio Vaticano II (8 octubre de 1962 - diciembre de 1965,
ecuménico XXI)
Los
fieles, unidos a Cristo cabeza y en comunión con todos los
santos, "deben venerar también la memoria en primer
lugar de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro
Dios y Señor Jesucristo".
La
Virgen María, que al anuncio del ángel, recibió
al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo,
es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor.
Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos
de su Hijo, y unida a El con un vínculo estrecho e indisoluble,
está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser
Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario
del Espíritu Santo.
"María,
ensalzada, por gracia de Dios, después de su Hijo, por encima
de todos los ángeles, por ser madre santísima de Dios,
que tomó parte en los misterios de Cristo, es justamente
honrada por la Iglesia con un culto especial. Y, ciertamente, desde
los tiempos más antiguos, la Santísima Virgen es venerada
con el título de "Madre de Dios", a cuyo amparo
los fieles suplicantes se acogen en todos sus peligros y necesidades.
Por este motivo, principalmente a partir del Concilio de Efeso,
ha crecido maravillosamente el culto del pueblo de Dios hacia María
en veneración y en amor, en la invocación e imitación..."(L.
G. 66).
Tradición
La Regula Fidei católica es el Magisterio, la Escritura y
la Tradición. La Sagrada Escritura, que es el alma de la
Teología y la tradición constituyen el depósito
sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; y ésta
por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo,
lo escucha devotamente, lo custodia celosamente y lo explica fielmente.
"Las palabras de los Santos Padres atestiguan la presencia
viva de esta tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica
y a la vida de la Iglesia que cree y ora". Así que la
tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según
el plan prudente de Dios, están unidos y ligados, de modo
que ninguno puede subsistir sin los otros, porque están bajo
la acción del único Espíritu Santo, por quien
la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el
mundo entero. (Cf. D. V. 8. 10)
El
cristiano se nutre también fructuosamente del estudio de
los Santos Padres y Doctores y de los otros monumentos de la tradición,
cuya contribución a la transmisión fiel y al desarrollo
de cada una de las verdades de la revelación, hay que explicar
a las personas en la enseñanza de la teología dogmática.
(Cf. P. O. 19; O. T. 16)
La
Iglesia apela a la Tradición, cuyos testigos vivos son los
Santos Padres, como argumento fundamental, cuando se trata de dirimir
cuestiones de la fe, en nuestro caso, la divina maternidad de María.
"Siguiendo, pues, a los Santos Padres, enseñamos..."
(DS 301).
Cuando
San Cirilo de Alejandría contra Nestorio apelaba a la Tradición
diciendo que los Santos Padres no dudaron de llamar a la santa Virgen
Madre de Dios (qeot`kon eipein thn agian parqXnon? <sacram Virginem
Deiparam appellare>), objetivamente tenía razón,
en cuanto la verdad de la divina maternidad de María está
aceptada, profesada y defendida desde los principios; por ejemplo,
el término "theotókos", está ya en
germen en san Ignacio de Antioquia cuando dice que nuestro Dios
Jesucristo fue llevado por María en su seno... (S, Ignacio
de Antioquia, Carta a los Efesios 18,2).
Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. "Dios se mostró
hecho hombre". Cristo es la Palabra (l`goV) de Dios. "Antes
de los siglos estaba junto al Padre y se manifestó al fin
de los tiempos"; engendrado y no engendrado (gennhtoV kai VgXnnhtoV),
carnal y espiritual (sarkikoV kai pneumatik`V) que por nosotros
se hizo visible (di hmaV orat`V), impasible (VpaqºV) que por
nosotros se hizo pasible (di hmaV paqet`V) Hijo del hombre e hijo
de Dios (bioV Vnqrñpou kai bioV qeou ). En la carne hecho
Dios, en la muerte vida verdadera (en sarki gen`menoV qeoV, en qanVtç
zwh Vlhqinº). Murió y resucitó verdaderamente
clavado en favor nuestro en la carne (alhqwV... kaqhlomXnoV bper
hmwn en sarki) y levanta la bandera por los siglos por medio de
su resurrección (dia thV anastVsewV). Yo glorifico a Jesucristo
Dios (doxVzw Iesoun Xriston Qe`n) y permitidme ser imitador de la
pasión de mi Dios (tou pVqouV tou Qeou mou). Hijo de Dios
y de la Virgen María (ek MariaV kai ek qeou), antes pasible
y luego impasible (prwton paqhtoV kai t`te apaqºV), nuestro
Señor (IhsouV XristoV ` kbrioV ºmwn) hijo de Dios, nacido
verdaderamente de una Virgen (mioV Qeou...gegennhmXnoV alhqwV ek
parqXnou??)
Para
san Ignacio Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; su
cristología es clara; Dios verdadero y hombre verdadero y
Señor nuestro; el Hijo de Dios y Dios verdadero nació
verdaderamente de la Virgen María, (San Ignacio contra los
gnósticos docetas sostiene la realidad de la humanidad de
Jesús y para ello, usa el término "sárx"
(carne) para expresar que Cristo no era apariencia como andaban
diciendo los docetas), y entonces la Virgen María es verdadera
Madre de Dios, aunque no se usa el término formal "theot`kos".
También
en san Justino, encontramos objetivamente el término "theotokos".
El Hijo de Dios, que se llama Jesús, siendo Verbo del Padre,
se hizo hombre por designio de Dios Padre y nació de una
Virgen, y ésta Virgen es María. Jesucristo es eterno;
Hijo de Dios; preexistente como Dios; es Dios; nuestro Señor
y Maestro; es Dios y hay que adorarle; por designio del Padre nació
de la Virgen hecho carne; El es eterno aunque vino para nacer hombre
de la Virgen María; concebido por obra del Espíritu
Santo en seno virginal de María; nació en Belén
de María; crucificado y resucitado.
Cristo
es verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo de Dios e Hijo e María,
y entonces María es verdadera Madre de Dios.
Para
san Ireneo en la lucha contra los Gnósticos herejes profesa
y defiende que Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre; Hijo
único de Dios, Verbo del Padre, nuestro Señor uno
solo y el mismo; el Verbo de Dios se hizo carne; Hijo de Dios e
Hijo del hombre; el Verbo de Dios se hizo del hombre; como sólo
El tuvo aquella generación esclarecida que procede del Altísimo
Padre, así también sólo El tuvo aquella generación
singular procedente de la Virgen y esta Virgen, sin dejar de ser
virgen, dio a luz un Hijo, "Dios-con-nosotros"; el Verbo
de Dios con justo título ha recibido de María, todavía
virgen, esta generación que es la recapitulación de
Adán; el Hijo de Dios se hizo verdadero hombre recibiendo
la carne de María.
Está claro, pues, que también por san Ireneo la Virgen
María es verdadera Madre de Dios, aunque no encontramos el
término formal "theotokos".
Tertuliano
también para defender la realidad de la encarnación
del Verbo de Dios contra los Docetas, sostiene que el Verbo de Dios
nació de una Virgen.
La
norma de la fe es absolutamente una, sola, inmutable, irreformable:
creer en un solo Dios todopoderoso, creador del mundo, y en Jesucristo,
su Hijo nacido de la Virgen.
Este
divino rayo de luz, como había sido profetizado con anterioridad,
habiendo descendido a una virgen y habiéndose hecho carne
humana en su seno, nació, siendo a la vez hombre y Dios.
La señal del nacimiento sería nacer de un virgen hombre
y Dios, hijo del hombre e hijo de Dios.
Jesucristo,
el Hijo de Dios, nació de María Virgen por el Espíritu
Santo. "Te damos gracias, OH Dios, por tu Hijo bienamado, Jesucristo,
que nos enviaste en estos últimos tiempos como salvador,
redentor y mensajero de tu designio. El es tu Verbo inseparable,
por quien has creado todo, el cual, tu beneplácito, enviaste
desde el cielo en el seno de una virgen y, habiendo sido concebido,
se encarnó y manifestó como tu Hijo, nacido del Espíritu
Santo y de la Virgen". (Cf. HIPOLITO DE ROMA, Tradición
Apostólica, 4.21).
Pero
ya con Orígenes (+ 254/5) aparece el término formal
qeot`koV (Dei genetrix, Deipara <la que engendró a Dios>
y por lo tanto Mater Dei <Madre de Dios>), que se hará
famoso y común, sea en el Magisterio sea en la tradición.
(Se dice que fue Orígenes que acuñó y primero
usó el término qeot`koV; como quiera este término
ya existe y es de uso común en la segunda mitad del III siglo,
y nació en ambiente alejandrino).
El
Hijo unigénito de Dios, por razón de nuestros pecados,
ha bajado del cielo a la tierra, haciéndose hombre semejante
a nosotros en el padecer y naciendo de la Virgen María y
del Espíritu Santo. El hacerse hombre se realizó no
en apariencia o imaginariamente, sino con toda verdad. Cristo no
pasó por la Virgen, como por un canal, sino que verdaderamente
tomó carne de ella y en verdad fue por ella alimentado con
su leche; como nosotros comió y como nosotros bebió.
En efecto, si la encarnación hubiera sido una simple apariencia,
hubiera resultado también aparente la salvación. Dio
testimonio el Padre desde el cielo, y dio también el Espíritu
Santo... testificó el arcángel Gabriel al anunciar
a María; testificó la Virgen Madre de Dios.
En
el seno de María se hizo niño aquel (el Verbo) que
es igual al Padre desde la eternidad (ab aeterno). La Virgen María
es Madre de Dios (Dei Mater) sin perder su virginidad (servata virginitate).
En el útero de la Virgen María el Verbo se hizo perfecto
hombre permaneciendo perfecto Dios (remanens Deus perfectus).
Nuestro
Señor Jesucristo tomó verdadero cuerpo de la Madre
de Dios María (ek thV qeot`kou MariaV)?.
Si
nuestro Señor Jesucristo es Dios, es Madre de Dios la Virgen
María que lo dio a luz "Me extraña, en gran manera,
que haya alguien que tenga duda alguna de si la Santísima
Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. En efecto, si nuestro Señor
Jesucristo es Dios, ¿por qué razón la Santísima
Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta
es la fe que nos transmitieron los discípulos del Señor,
aunque no emplearon esta misma expresión.
La
Virgen María no ha engendrado una naturaleza abstracta, sin
subsistencia, sino una persona concreta, Jesucristo, el Hombre Dios,
porque el ser concebido por una mujer es una persona, la relación
de madre a hijo es relación de persona a persona. Yo le pregunto
a usted, Pedro, y usted es una persona, ¿quién es
su madre? Y me contesta indicándome a esa mujer, a esa persona,
doña María.
Ahora
bien, doña María engendró a una persona, un
yo, Pedro, y Pedro está compuesto de alma y cuerpo, su madre
proporcionó la materia, el cuerpo, no el alma que fue creada
e infundida por Dios en el primer instante de su concepción,
y así nació una persona humana; doña María
es verdadera madre de Pedro-persona, aunque no fue ella que "engendró"
su alma de él. Mi madre no me dio el alma, que fue creada
por Dios, ni me dio la personalidad que supone esta creación,
sin embargo, concibió y dio a luz a un hijo, a un hombre
entero, compuesto de alma y cuerpo, dio a luz a mi que soy una persona,
pues la persona subsiste en el compuesto humano.
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