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Los
milagros de Jesús como signo de su divinidad
Estos prodigios
y señales como los definió Pedro de forma muy específica
el día de Pentecostés, pertenecen con seguridad al
contenido integral de los Evangelios como testimonios de Cristo,
que provienen de testigos oculares, y también son confirmados
en muchos casos por sus adversarios.
Por ejemplo,
es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros
realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran
atribuirlos al poder del "demonio". En efecto,
decían: "Está poseído de Beelcebul,
y por virtud del príncipe de los demonios echa a los demonios"
(Mc 3,22) Y es conocida la respuesta de Jesús: "Si
pues, Satanás se levanta contra sí mismo y se divide,
no puede sostenerse, sino que ha llegar a su fin (Mc 3, 26).
Es elocuente
también la circunstancia de que los adversarios observaban
a Jesús para ver si curaba en sábado o para poderlo
acusar así de violación de la ley del Antiguo Testamento.
Esto sucedió, por ejemplo, en el caso del hombre que tenía
una mano seca (cfr. Mc 3, 1-2).
Los Evangelios
Sinópticos narran muchos acontecimientos en particular; pero
a veces usan también formulas generalizadoras. Así
por ejemplo en el Evangelio de Marcos: "Curó a muchos
pacientes de diversas enfermedades y echó a muchos demonios"
(1,34)
"curando en el pueblo toda enfermedad y dolencia" (Mt
4,23); Salía de él una virtud que sanaba a todos"
(Lc 6,19).
En el Evangelio
de San Juan no se encuentran formas semejantes, sino más
bien la descripción detallada de siete acontecimientos que
el Evangelista llama "señales"
(y no milagros). Con esa expresión él quiere indicar
lo que es más esencial en esos hechos: la demostración
de la acción de Dios en persona, presente en Cristo, mientras
que la palabra "milagro" indica más bien
el aspecto "extraordinario" que tienen esos acontecimientos
a los ojos de quienes los han visto u oyen hablar de ellos.
Sin embargo,
también Juan, antes de concluir su Evangelio, nos dice que
"muchas otras señales hizo Jesús en presencia
de sus discípulos que no están presentes en este libro"
(Jn 20,30). Y da la razón de la elección que ha
hecho: "Estas han sido escritas para que creáis que
Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo
tengáis vida en su nombre" (Jn 20,31).
Niña,
a tí te lo digo, levántate
Si observamos
atentamente los "milagros, prodigios y señales",
constatamos que Jesús al obrar estos milagros actúo
en nombre propio, convencido de su poder divino, y al mismo tiempo,
de la más íntima unión con el Padre.
Cuando respondiendo
a las súplicas de un leproso, que le dice: "Si quieres
puedes limpiarme", Él, en su humanidad enternecido,
pronuncia una palabra de orden que en un caso como aquél
corresponde a Dios, no a un simple hombre: "Quiero, sé
limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó
limpio" (cfr Mc 1, 40-42).
En el caso del paralítico que fue bajado por un agujero realizado
en el techo de la casa: "Yo te digo
levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa"
Y también
en el caso de la hija de Jairo leemos que Él tomándola
de la mano le dijo: "Talitha kumi, que quiere decir: Niña,
a ti te lo digo levántate. Y al instante se levantó
la niño y echo a andar" (Mc 5, 41-42).
En el caso del joven muerto de Naím: "Joven, a ti
te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó
a hablar" (Lc 7, 14-15).
Una atención
particular merece la resurrección de Lázaro, descrita
detalladamente por Juan. "Jesús alzando los ojos
al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo
se que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea
lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto,
gritó con fuerte voz: Lázaro, sal fuera. Y salió
el muerto" (Jn 11, 41-44)
Los Evangelios
muestran con diversos milagros cómo el poder divino que
actúa en Jesucristo se extiende más allá del
mundo humano y se manifiesta como poder de dominio también
sobre las fuerzas de la naturaleza. Es significativo el caso de
la tempestad calmada: "Se levantó una fuerte vendaval",
los apóstoles - pescadores asustados despiertan a Jesús
que estaba durmiendo en la barca. Él "despertando,
mandó al viento y dijo al mar: calla, enmudece. Y se aquietó
el viento y se hizo completa calma
Y sobrecogidos de gran
temor, se decían unos a otros: ¿Quién será
éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?" (cfr.
Mc 4, 37-41)
En este orden
de acontecimientos entran también las pescas milagrosas realizadas
por la palabra de Jesús, (cfr. Lc 5, 4-6).
El primer signo realizado en Caná de Galilea, donde Jesús
ordenó a los criados llenar las tinajas de agua y llevar
después el agua convertida en vino al maestresala (cfr. Jn
2, 7-9).
En estos casos
actúan los hombres, pero está claro que el efecto
extraordinario de la acción proviene de Aquel que les ha
dado la orden de actuar y que obra con su misterioso poder divino.
Mediante
los signos - milagros Cristo revela su poder salvador
Un texto de
San Agustín nos ofrece la clave interpretativa de los milagros
de Cristo como señales de su poder salvífico:
"El haberse hecho hombre por nosotros ha contribuido más
a nuestra salvación que los milagros que ha realizado en
medio de nosotros; el haber curado las enfermedades el alma es más
importante que el haber curado las enfermedades del cuerpo destinado
a morir".
Es lo que se
revela en modo particular en la curación del paralítico
de Cafarnaúm. Las personas que lo llevaban, no logrando entrar
por la puerta en la casa donde Jesús estaba enseñando,
bajaron al enfermo a través de un agujero abierto en el techo,
de manera que el pobrecillo vino a encontrarse a los pies del Maestro.
"Viendo
Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: "Hijo,
tus pecados te son perdonados". Estas palabras suscitan
en algunos de los presentes la sospecha de blasfemia: "Blasfema,
¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo
Dios?". Casi en respuesta a los que habían pensado
así Jesús se dirige a los presentes con estas palabras:
"¿qué es más fácil, decir al
paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate,
toma tu camilla y vete?. Pues para que veáis que el Hijo
del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -
se dirige al paralítico -, yo te digo; levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa. El se levantó y, tomando
luego la camilla, salió a la vista de todos" Se marchó
a casa glorificando a Dios"
Jesús
mismo explica que realiza esta señal para manifestar que
ha venido como salvador del mundo, que tiene como misión
principal librar al hombre del mal espiritual, el mal que separa
al hombre de Dios e impide la salvación.
Con la misma
clave se puede explicar esta categoría especial de los milagros
de Cristo que es "arrojar los demonios" "Sal espíritu
inmundo, de ese hombre" exige Jesús, según el
Evangelio de Marcos, cuando encontró a un endemoniado en
la región de los gerasenos (Mc 5,8).
Jesús
da a conocer claramente esta misión suya de librar al hombre
del mal y, antes que nada, del pecado, mal espiritual. Es una misión
que comporta y explica su lucha con el espíritu maligno que
es el primer autor del mal en la historia del hombre.
"Veía yo a Satanás caer del cielo como un
rayo. Yo os he dado poder para andar
sobre todo poder enemigo
y nada os dañará" ( Lc 10, 18-19)
Y según Marcos, Jesús después de haber constituido
a los Doce, les manda "a predicar, con poder de expulsar
a los demonios" (Mc 3, 14-15).
Así se
manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre
el autor del pecado. El nombre de Jesús que somete también
a los demonios, significa Salvador. Sin embargo, esta potencia
salvífica alcanzará su cumplimiento definitivo en
el sacrificio de la Cruz. La cruz sellará la victoria
total sobre satanás y sobre el pecado, porque éste
es el designio del Padre, que su Hijo Unigénito realiza haciéndose
hombre: Vencer en la debilidad, y alcanzar la gloria de la resurrección
y de la vida a través de la humillación de la cruz.
También en este hecho paradójico resplandece su poder
divino, que puede justamente llamarse la "potencia de la
cruz".
Los
milagros de Jesús, como "signos salvíficos"
En los Evangelios,
los milagros de Cristo son presentados como signos del Reino de
Dios, que ha irrumpido en la historia del hombre y del mundo.
"Mas si yo arrojo a los demonios con el Espíritu
de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios"
(Mt 12,28).
Hablando de
la primera señal realizada en Caná de Galilea, el
Evangelista Juan hace notar que, a través de ella, Jesús
manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos.
La señal sirve para poner de relieve toda la economía
divina de la alianza y de la gracia que en los libros del Antiguo
Testamento y del Nuevo Testamento se expresa a menudo con la imagen
del matrimonio. El milagro de Caná de Galilea, por tanto,
podría estar en relación con la parábola del
banquete de bodas, que un rey preparó para su hijo y con
el "Reino de los Cielos" escatológico que
es semejante precisamente a un banquete.
Como una señal
de la economía salvífica se presta a ser leído,
aún con mayor claridad, el milagro de la multiplicación
de los panes. Juan enlaza un poco más adelante con el discurso
que tuvo Jesús el día siguiente, en el cual insiste
sobre la necesidad de procurarse "el alimento que permanece
hasta la vida eterna" y habla de Sí mismo como el
Pan verdadero que "da vida al mundo".
Está claro el preanuncio de la pasión y muerte salvífica,
no sin referencia y preparación de la Eucaristía que
había de instituirse el día antes de su pasión,
como sacramento - pan de vida eterna (Jn 6, 52-28).
A su vez, la
tempestad clamada en el lago de Genesaret puede releerse como
"señal de una presencia constante de Cristo en la "barca"
de la Iglesia, que muchas veces, en el discurrir de la historia,
está sometida a la furia de los vientos en los momentos de
tempestad.
En este, como
en otros episodios, se ve la voluntad de Jesús de inculcar
a los apóstoles y discípulos la fe en su propia presencia
operante y protectora, incluso en los momentos más tempestuosos.
Jesús que va hacia los discípulos caminando sobre
las aguas, ofrece otra señal de su presencia, y asegura
una vigilancia constante sobre sus discípulos y su Iglesia.
"Soy yo, no temáis"
Las pescas milagrosas
son para los apóstoles y para la Iglesia las "señales"
de la fecundidad de su misión, si se mantienen profundamente
unidas al poder salvífico de Cristo, Lucas inserta en la
narración el hecho de Simón Pedro que se arroja a
los pies de Jesús exclamando "Señor apártate
de mí que soy hombre pecador" (Lc 5,8), y la respuesta
de Jesús es: "No temas, en adelante vas a ser pescador
de hombres". (Lc 5,10).
Se puede decir
que los milagros de Cristo, manifestación de la omnipotencia
divina respecto de la creación, que se revela en su poder
mesiánico sobre hombres y cosas, son, al mismo tiempo, las
"señales", mediante las cuales se revela
la obra divina de su salvación, la economía salvífica
que con Cristo se introduce y se realiza de manera definitiva en
la historia del hombre y se inscribe así en este mundo visible,
que es también obra divina. La gente como los apóstoles
en el lago, viendo los milagros de Cristo, se pregunta: "¿Quién
será este, que hasta el viento y el mar le obedecen?"
(Mc 4,41), mediante estas "señales",
queda preparada para acoger la salvación que Dios ofrece
al hombre en su Hijo.
Los
milagros de Cristo como manifestación del amor misericordioso.
Los milagros
narrados en los Evangelios, son también la revelación
del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre
que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación,
el perdón, la piedad.
Jesús
los realiza para superar toda clase de mal existente en el mundo:
el mal físico, el mal moral, es decir, el pecado, y finalmente,
a aquel que es "padre del pecado" en la historia
del hombre: a satanás.
Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para
castigar a nadie, ni siquiera a los que eran culpables.
El detalle relacionado
con el arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní.
Pedro se había aprestado a defender al Maestro con la espada,
e incluso "hirió a un siervo del pontífice,
cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Malco"
(Jn 18,10). Pero Jesús le prohibió empuñar
la espada. Es más "tocándole la oreja, lo
curó" (Lc 22,51).
Es esto una
confirmación de que Jesús no se sirve de la facultad
de obrar milagros para su propia defensa. Todo lo que Él
hace, lo hace en estrecha unión con el Padre. Lo hace
con motivo del Reino de Dios y de la salvación del hombre.
Lo hace por amor.
Es necesario
notar la infinitud en el amor, como lo demuestran los milagros encuadrados
en la economía de la Encarnación y en la Redención,
"signos" del amor misericordioso por el que Dios
ha enviado al mundo a su Hijo para que todo el que crea en El no
perezca, generoso con nosotros hasta la muerte.
Que a un
amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud,
traducida en un testimonio coherente de los hechos.
El
milagro como llamada a la fe
En los Evangelios
encontramos una serie de textos en los que la llamada a la fe
aparece como un coeficiente indispensable y sistemático de
los milagros de Cristo.
Es necesario nombrar las páginas concernientes a la Madre
de Cristo con su comportamiento en Caná de Galilea, y aún
antes - y sobre todo - en el momento de la Anunciación. Se
podría decir que precisamente aquí se encuentra el
punto culminante de su adhesión a la fe, que hallará
su confirmación en las palabras de Isabel durante la Visitación:
"Dichosa la que ha creído que se cumplirá
lo que se le ha dicho de parte del Señor" (Lc 1,45)
Sí María ha creído como ninguna otra persona,
porque estaba convencida de que "para Dios hada hay imposible".
(Lc 1,37).
Y en Caná
de Galilea su fe anticipó en cierto sentido la hora de la
revelación de Cristo. Por su intercesión se cumplió
aquel primer milagro signo, gracias al cual los discípulos
de Jesús "creyeron en él" (Jn 2,11).
Esta llamada
a la fe se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo, que
había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús
le dice: "No temas, ten solo fe".
Cuando el padre del epiléptico pide la curación de
su hijo, diciendo: "Pero si algo puedes, ayúdanos
"
Jesús le responde: "¡Si puedes! Todo es
posible al que cree". Tiene lugar entonces el hermoso acto
de fe en Cristo de aquel hombre probado: "¡Creo! Ayuda
a mi incredulidad" (cfr. Mc 9, 22-24). Recordemos, finalmente,
el coloquio bien conocido de Jesús con Marta antes de la
resurrección de Lázaro: "Yo soy la resurrección
y la vida
¿Crees esto?
Sí, Señor,
creo
" (cfr Jn 11, 25-27).
Jesús
subraya más de una vez que los milagros que Él realiza
están vinculados a la fe. "Tu fe te ha curado"
dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacia doce
años y que, acercándose por detrás le había
tocado el borde de su manto, quedando sana (Mt 9, 20-22).
Palabras semejantes
pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la
salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando:
"¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!"
Jesús le responde "Anda tu fe te ha salvado".
(Mc. 10, 46-52).
El milagro es
un "signo" del poder y del amor de Dios que salvan
al hombre en Cristo. Pero precisamente por esto es al mismo tiempo
una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario
del milagro sea a los testigos del mismo.
Esto vale para
los mismos apóstoles desde el primer signo en Caná
de Galilea que fue entonces cuando "creyeron en Él".
Cuando más tarde, tiene lugar la multiplicación de
los panes cerca de Cafarnaúm, con la que está unido
el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar
que "desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron
y ya no se seguían", porque no estaban en condiciones
de acoger un lenguaje que les parecía demasiado "duro".
Entonces Jesús preguntó a los Doce: "¿Queréis
iros vosotros también?". Respondió Pedro:
"Señor, ¿a quién iríamos?. Tú
tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y
sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (cfr. Jn 6, 66-69).
Así pues, el principio de la fe es fundamental en la relación
con Cristo, ya como condición para obtener un milagro, ya
como fin por el que el milagro se ha realizado.
Los milagros como signos del orden sobrenatural
San Agustín interpreta los milagros como signos del poder
y del amor salvífico y como estímulos para elevarse
al reino de las cosas celestes:
"Los milagros que hizo Nuestro Señor Jesucristo -
escribe - son obras divinas que enseñan a la mente humana
a elevarse por encima de las cosas visibles, para comprender lo
que Dios es"
La verdad sobre
la creación es la verdad primera y fundamental de nuestra
fe. Sin embargo, no es la única, ni la suprema. La creación
- particularmente la criatura humana llamada a la existencia en
el mundo visible - está abierta a un destino eterno, que
ha sido revelado de manera plena en Jesucristo. También en
la obra de la creación se encuentra completada por la obra
de la salvación. Y la salvación significa una creación
nueva.(cfr. 2 Cor 5, 17) una "creación de nuevo",
una creación a medida del designio originario del Creador,
un restablecimiento de lo que Dios había hecho y que en la
historia del hombre había sufrido el desconcierto y la "corrupción"
como consecuencia del pecado.
Los milagros
de Cristo entran en el proyecto de la "creación nueva"
y están, pues, vinculados al orden de la salvación.
Son signos salvíficos que llaman a la conversión y
a la fe, y en esta línea, a la renovación del mundo.
Se puede decir que la Encarnación es el "milagro
de los milagros", el milagro radical y permanente del orden
nuevo de la creación. La entrada de Dios en la dimensión
de la creación se verifica en la realidad de la Encarnación
de manera única y a los ojos de la fe, llega a ser signo
incomparablemente superior a todos los demás milagros. Hacen
repetir a los creyentes lo que escribe el evangelista Juan al final
del prólogo sobre la Encarnación: "Y hemos
visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre lleno
de gracia y de verdad" (Jn 1,14)
Si la Encarnación
es el signo fundamental al que se refieren todos los signos que
dan testimonio a los discípulos y a la humanidad de que ha
llegado el Reino de Dios, hay también un signo último
y definitivo, al que alude Jesús haciendo referencia
al Profeta Jonás: "Porque, como estuvo Jonás
en el vientre del cetáceo tres días y tres noches,
así estará el Hijo del hombre tres días y tres
noches en el corazón de la tierra" (Mt 12, 40):
es el signo de la Resurrección. Que según San Pablo,
es el fundamento de nuestra fe (cfr 1 Cor 15, 12-19).
Después
de la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés,
los milagros realizados por Cristo se prolongan a través
de los apóstoles y después a través de los
santos que suceden de generación en generación. Los
Hechos de los Apóstoles, nos ofrecen numerosos testimonios
de los milagros realizados en el nombre de Jesucristo por parte
de Pedro, de Esteban de Pablo.
Este poder salvífico
del Dios - Hombre, se manifiesta también cuando los milagros
- signos, se realizan por intercesión de los hombres, de
los santos, de los devotos, así como el primer "signo"
en Caná de Galilea se realizó por la intercesión
de la Madre de Cristo.
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