MILAGROS DE JESÚS

El día de Pentecostés, después de haber recibido la luz y el poder del Espíritu Santo, Pedro da un franco y valiente testimonio de Cristo crucificado y resucitado: "Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales.. a éste …. Después de fijarlo en la cruz le disteis muerte. Al cual Dios lo resucitó después de soltar las ataduras de la muerte"

(Hch 2, 22-24).

 

Los milagros de Jesús como signo de su divinidad

Niña, a tí te lo digo, levántate Mediante los signos-milagros Cristo revela su poder salvador Los milagros de Jesús como "signos salvíficos" Los milagros de Cristo como manifestación del amor misericordioso

El milagro como llamada a la fe

Los milagros como signo del orden sobrenatural    

Los milagros de Jesús como signo de su divinidad

Estos prodigios y señales como los definió Pedro de forma muy específica el día de Pentecostés, pertenecen con seguridad al contenido integral de los Evangelios como testimonios de Cristo, que provienen de testigos oculares, y también son confirmados en muchos casos por sus adversarios.

Por ejemplo, es muy significativo que estos últimos no negaran los milagros realizados por Jesús, sino que más bien pretendieran atribuirlos al poder del "demonio". En efecto, decían: "Está poseído de Beelcebul, y por virtud del príncipe de los demonios echa a los demonios" (Mc 3,22) Y es conocida la respuesta de Jesús: "Si pues, Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede sostenerse, sino que ha llegar a su fin (Mc 3, 26).

Es elocuente también la circunstancia de que los adversarios observaban a Jesús para ver si curaba en sábado o para poderlo acusar así de violación de la ley del Antiguo Testamento. Esto sucedió, por ejemplo, en el caso del hombre que tenía
una mano seca (cfr. Mc 3, 1-2).

Los Evangelios Sinópticos narran muchos acontecimientos en particular; pero a veces usan también formulas generalizadoras. Así por ejemplo en el Evangelio de Marcos: "Curó a muchos pacientes de diversas enfermedades y echó a muchos demonios" (1,34)
"curando en el pueblo toda enfermedad y dolencia" (Mt 4,23); Salía de él una virtud que sanaba a todos" (Lc 6,19).

En el Evangelio de San Juan no se encuentran formas semejantes, sino más bien la descripción detallada de siete acontecimientos que el Evangelista llama "señales"
(y no milagros). Con esa expresión él quiere indicar lo que es más esencial en esos hechos: la demostración de la acción de Dios en persona, presente en Cristo, mientras que la palabra "milagro" indica más bien el aspecto "extraordinario" que tienen esos acontecimientos a los ojos de quienes los han visto u oyen hablar de ellos.

Sin embargo, también Juan, antes de concluir su Evangelio, nos dice que "muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están presentes en este libro" (Jn 20,30). Y da la razón de la elección que ha hecho: "Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20,31).


Niña, a tí te lo digo, levántate

Si observamos atentamente los "milagros, prodigios y señales", constatamos que Jesús al obrar estos milagros actúo en nombre propio, convencido de su poder divino, y al mismo tiempo, de la más íntima unión con el Padre.

Cuando respondiendo a las súplicas de un leproso, que le dice: "Si quieres puedes limpiarme", Él, en su humanidad enternecido, pronuncia una palabra de orden que en un caso como aquél corresponde a Dios, no a un simple hombre: "Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio" (cfr Mc 1, 40-42).
En el caso del paralítico que fue bajado por un agujero realizado en el techo de la casa: "Yo te digo… levántate, toma tu camilla y vete a tu casa"

Y también en el caso de la hija de Jairo leemos que Él tomándola de la mano le dijo: "Talitha kumi, que quiere decir: Niña, a ti te lo digo levántate. Y al instante se levantó la niño y echo a andar" (Mc 5, 41-42).
En el caso del joven muerto de Naím: "Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar" (Lc 7, 14-15).

Una atención particular merece la resurrección de Lázaro, descrita detalladamente por Juan. "Jesús alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo se que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto, gritó con fuerte voz: Lázaro, sal fuera. Y salió el muerto" (Jn 11, 41-44)

Los Evangelios muestran con diversos milagros cómo el poder divino que actúa en Jesucristo se extiende más allá del mundo humano y se manifiesta como poder de dominio también sobre las fuerzas de la naturaleza. Es significativo el caso de la tempestad calmada: "Se levantó una fuerte vendaval", los apóstoles - pescadores asustados despiertan a Jesús que estaba durmiendo en la barca. Él "despertando, mandó al viento y dijo al mar: calla, enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa calma… Y sobrecogidos de gran temor, se decían unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?" (cfr. Mc 4, 37-41)

En este orden de acontecimientos entran también las pescas milagrosas realizadas por la palabra de Jesús, (cfr. Lc 5, 4-6).
El primer signo realizado en Caná de Galilea, donde Jesús ordenó a los criados llenar las tinajas de agua y llevar después el agua convertida en vino al maestresala (cfr. Jn 2, 7-9).

En estos casos actúan los hombres, pero está claro que el efecto extraordinario de la acción proviene de Aquel que les ha dado la orden de actuar y que obra con su misterioso poder divino.


Mediante los signos - milagros Cristo revela su poder salvador

Un texto de San Agustín nos ofrece la clave interpretativa de los milagros de Cristo como señales de su poder salvífico:
"El haberse hecho hombre por nosotros ha contribuido más a nuestra salvación que los milagros que ha realizado en medio de nosotros; el haber curado las enfermedades el alma es más importante que el haber curado las enfermedades del cuerpo destinado a morir".

Es lo que se revela en modo particular en la curación del paralítico de Cafarnaúm. Las personas que lo llevaban, no logrando entrar por la puerta en la casa donde Jesús estaba enseñando, bajaron al enfermo a través de un agujero abierto en el techo, de manera que el pobrecillo vino a encontrarse a los pies del Maestro.

"Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados". Estas palabras suscitan en algunos de los presentes la sospecha de blasfemia: "Blasfema, ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?". Casi en respuesta a los que habían pensado así Jesús se dirige a los presentes con estas palabras: "¿qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle: levántate, toma tu camilla y vete?. Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados - se dirige al paralítico -, yo te digo; levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. El se levantó y, tomando luego la camilla, salió a la vista de todos" Se marchó a casa glorificando a Dios"

Jesús mismo explica que realiza esta señal para manifestar que ha venido como salvador del mundo, que tiene como misión principal librar al hombre del mal espiritual, el mal que separa al hombre de Dios e impide la salvación.

Con la misma clave se puede explicar esta categoría especial de los milagros de Cristo que es "arrojar los demonios" "Sal espíritu inmundo, de ese hombre" exige Jesús, según el Evangelio de Marcos, cuando encontró a un endemoniado en la región de los gerasenos (Mc 5,8).

Jesús da a conocer claramente esta misión suya de librar al hombre del mal y, antes que nada, del pecado, mal espiritual. Es una misión que comporta y explica su lucha con el espíritu maligno que es el primer autor del mal en la historia del hombre.
"Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo. Yo os he dado poder para andar… sobre todo poder enemigo y nada os dañará" ( Lc 10, 18-19)
Y según Marcos, Jesús después de haber constituido a los Doce, les manda "a predicar, con poder de expulsar a los demonios" (Mc 3, 14-15).

Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús que somete también a los demonios, significa Salvador. Sin embargo, esta potencia salvífica alcanzará su cumplimiento definitivo en el sacrificio de la Cruz. La cruz sellará la victoria total sobre satanás y sobre el pecado, porque éste es el designio del Padre, que su Hijo Unigénito realiza haciéndose hombre: Vencer en la debilidad, y alcanzar la gloria de la resurrección y de la vida a través de la humillación de la cruz. También en este hecho paradójico resplandece su poder divino, que puede justamente llamarse la "potencia de la cruz".


Los milagros de Jesús, como "signos salvíficos"

En los Evangelios, los milagros de Cristo son presentados como signos del Reino de Dios, que ha irrumpido en la historia del hombre y del mundo.
"Mas si yo arrojo a los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12,28).

Hablando de la primera señal realizada en Caná de Galilea, el Evangelista Juan hace notar que, a través de ella, Jesús manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos. La señal sirve para poner de relieve toda la economía divina de la alianza y de la gracia que en los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento se expresa a menudo con la imagen del matrimonio. El milagro de Caná de Galilea, por tanto, podría estar en relación con la parábola del banquete de bodas, que un rey preparó para su hijo y con el "Reino de los Cielos" escatológico que es semejante precisamente a un banquete.

Como una señal de la economía salvífica se presta a ser leído, aún con mayor claridad, el milagro de la multiplicación de los panes. Juan enlaza un poco más adelante con el discurso que tuvo Jesús el día siguiente, en el cual insiste sobre la necesidad de procurarse "el alimento que permanece hasta la vida eterna" y habla de Sí mismo como el Pan verdadero que "da vida al mundo".
Está claro el preanuncio de la pasión y muerte salvífica, no sin referencia y preparación de la Eucaristía que había de instituirse el día antes de su pasión, como sacramento - pan de vida eterna (Jn 6, 52-28).

A su vez, la tempestad clamada en el lago de Genesaret puede releerse como "señal de una presencia constante de Cristo en la "barca" de la Iglesia, que muchas veces, en el discurrir de la historia, está sometida a la furia de los vientos en los momentos de tempestad.

En este, como en otros episodios, se ve la voluntad de Jesús de inculcar a los apóstoles y discípulos la fe en su propia presencia operante y protectora, incluso en los momentos más tempestuosos.
Jesús que va hacia los discípulos caminando sobre las aguas, ofrece otra señal de su presencia, y asegura una vigilancia constante sobre sus discípulos y su Iglesia. "Soy yo, no temáis"

Las pescas milagrosas son para los apóstoles y para la Iglesia las "señales" de la fecundidad de su misión, si se mantienen profundamente unidas al poder salvífico de Cristo, Lucas inserta en la narración el hecho de Simón Pedro que se arroja a los pies de Jesús exclamando "Señor apártate de mí que soy hombre pecador" (Lc 5,8), y la respuesta de Jesús es: "No temas, en adelante vas a ser pescador de hombres". (Lc 5,10).

Se puede decir que los milagros de Cristo, manifestación de la omnipotencia divina respecto de la creación, que se revela en su poder mesiánico sobre hombres y cosas, son, al mismo tiempo, las "señales", mediante las cuales se revela la obra divina de su salvación, la economía salvífica que con Cristo se introduce y se realiza de manera definitiva en la historia del hombre y se inscribe así en este mundo visible, que es también obra divina. La gente como los apóstoles en el lago, viendo los milagros de Cristo, se pregunta: "¿Quién será este, que hasta el viento y el mar le obedecen?" (Mc 4,41), mediante estas "señales", queda preparada para acoger la salvación que Dios ofrece al hombre en su Hijo.

Los milagros de Cristo como manifestación del amor misericordioso.

Los milagros narrados en los Evangelios, son también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación, el perdón, la piedad.

Jesús los realiza para superar toda clase de mal existente en el mundo: el mal físico, el mal moral, es decir, el pecado, y finalmente, a aquel que es "padre del pecado" en la historia del hombre: a satanás.
Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para castigar a nadie, ni siquiera a los que eran culpables.

El detalle relacionado con el arresto de Jesús en el huerto de Getsemaní. Pedro se había aprestado a defender al Maestro con la espada, e incluso "hirió a un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este siervo se llamaba Malco" (Jn 18,10). Pero Jesús le prohibió empuñar la espada. Es más "tocándole la oreja, lo curó" (Lc 22,51).

Es esto una confirmación de que Jesús no se sirve de la facultad de obrar milagros para su propia defensa. Todo lo que Él hace, lo hace en estrecha unión con el Padre. Lo hace con motivo del Reino de Dios y de la salvación del hombre. Lo hace por amor.

Es necesario notar la infinitud en el amor, como lo demuestran los milagros encuadrados en la economía de la Encarnación y en la Redención, "signos" del amor misericordioso por el que Dios ha enviado al mundo a su Hijo para que todo el que crea en El no perezca, generoso con nosotros hasta la muerte.

Que a un amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud, traducida en un testimonio coherente de los hechos.

El milagro como llamada a la fe

En los Evangelios encontramos una serie de textos en los que la llamada a la fe aparece como un coeficiente indispensable y sistemático de los milagros de Cristo.
Es necesario nombrar las páginas concernientes a la Madre de Cristo con su comportamiento en Caná de Galilea, y aún antes - y sobre todo - en el momento de la Anunciación. Se podría decir que precisamente aquí se encuentra el punto culminante de su adhesión a la fe, que hallará su confirmación en las palabras de Isabel durante la Visitación: "Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor" (Lc 1,45) Sí María ha creído como ninguna otra persona, porque estaba convencida de que "para Dios hada hay imposible". (Lc 1,37).

Y en Caná de Galilea su fe anticipó en cierto sentido la hora de la revelación de Cristo. Por su intercesión se cumplió aquel primer milagro signo, gracias al cual los discípulos de Jesús "creyeron en él" (Jn 2,11).

Esta llamada a la fe se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo, que había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús le dice: "No temas, ten solo fe".
Cuando el padre del epiléptico pide la curación de su hijo, diciendo: "Pero si algo puedes, ayúdanos…" Jesús le responde: "¡Si puedes! Todo es posible al que cree". Tiene lugar entonces el hermoso acto de fe en Cristo de aquel hombre probado: "¡Creo! Ayuda a mi incredulidad" (cfr. Mc 9, 22-24). Recordemos, finalmente, el coloquio bien conocido de Jesús con Marta antes de la resurrección de Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?… Sí, Señor, creo…" (cfr Jn 11, 25-27).

Jesús subraya más de una vez que los milagros que Él realiza están vinculados a la fe. "Tu fe te ha curado" dice a la mujer que padecía hemorragias desde hacia doce años y que, acercándose por detrás le había tocado el borde de su manto, quedando sana (Mt 9, 20-22).

Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo, que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda gritando: "¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!" Jesús le responde "Anda tu fe te ha salvado". (Mc. 10, 46-52).

El milagro es un "signo" del poder y del amor de Dios que salvan al hombre en Cristo. Pero precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea a los testigos del mismo.

Esto vale para los mismos apóstoles desde el primer signo en Caná de Galilea que fue entonces cuando "creyeron en Él". Cuando más tarde, tiene lugar la multiplicación de los panes cerca de Cafarnaúm, con la que está unido el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que "desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no se seguían", porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía demasiado "duro". Entonces Jesús preguntó a los Doce: "¿Queréis iros vosotros también?". Respondió Pedro: "Señor, ¿a quién iríamos?. Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios" (cfr. Jn 6, 66-69). Así pues, el principio de la fe es fundamental en la relación con Cristo, ya como condición para obtener un milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado.

Los milagros como signos del orden sobrenatural

San Agustín interpreta los milagros como signos del poder y del amor salvífico y como estímulos para elevarse al reino de las cosas celestes:
"Los milagros que hizo Nuestro Señor Jesucristo - escribe - son obras divinas que enseñan a la mente humana a elevarse por encima de las cosas visibles, para comprender lo que Dios es"

La verdad sobre la creación es la verdad primera y fundamental de nuestra fe. Sin embargo, no es la única, ni la suprema. La creación - particularmente la criatura humana llamada a la existencia en el mundo visible - está abierta a un destino eterno, que ha sido revelado de manera plena en Jesucristo. También en la obra de la creación se encuentra completada por la obra de la salvación. Y la salvación significa una creación nueva.(cfr. 2 Cor 5, 17) una "creación de nuevo", una creación a medida del designio originario del Creador, un restablecimiento de lo que Dios había hecho y que en la historia del hombre había sufrido el desconcierto y la "corrupción" como consecuencia del pecado.

Los milagros de Cristo entran en el proyecto de la "creación nueva" y están, pues, vinculados al orden de la salvación. Son signos salvíficos que llaman a la conversión y a la fe, y en esta línea, a la renovación del mundo.
Se puede decir que la Encarnación es el "milagro de los milagros", el milagro radical y permanente del orden nuevo de la creación. La entrada de Dios en la dimensión de la creación se verifica en la realidad de la Encarnación de manera única y a los ojos de la fe, llega a ser signo incomparablemente superior a todos los demás milagros. Hacen repetir a los creyentes lo que escribe el evangelista Juan al final del prólogo sobre la Encarnación: "Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14)

Si la Encarnación es el signo fundamental al que se refieren todos los signos que dan testimonio a los discípulos y a la humanidad de que ha llegado el Reino de Dios, hay también un signo último y definitivo, al que alude Jesús haciendo referencia al Profeta Jonás: "Porque, como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra" (Mt 12, 40): es el signo de la Resurrección. Que según San Pablo, es el fundamento de nuestra fe (cfr 1 Cor 15, 12-19).

Después de la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés, los milagros realizados por Cristo se prolongan a través de los apóstoles y después a través de los santos que suceden de generación en generación. Los Hechos de los Apóstoles, nos ofrecen numerosos testimonios de los milagros realizados en el nombre de Jesucristo por parte de Pedro, de Esteban de Pablo.

Este poder salvífico del Dios - Hombre, se manifiesta también cuando los milagros - signos, se realizan por intercesión de los hombres, de los santos, de los devotos, así como el primer "signo" en Caná de Galilea se realizó por la intercesión de la Madre de Cristo.




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