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"Es
necesario pensar en el futuro que nos espera".
Poniendo la mirada fija en esta expresión del Santo Padre,
logramos recoger cuál es la luz y la enseñanza que
Juan Pablo II quiere ofrecer hoy, a nosotros, la Iglesia de Cristo.
La
mirada del Papa, en efecto, se dirige a la iglesia y al empeño
que ella está llamada a asumir, con el fin de permanecer
en la fidelidad a la misión recibida, a través de
los Apóstoles, de Cristo.
La
Carta se articula en cuatro capítulos, con un único
hilo conductor: Cristo
El
encuentro con Cristo
1. "Duc
in altum" (Lc 5,4): palabra que resuena también
hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado,
a vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al
futuro: "Jesucristo es el mismo, ayer; hoy y siempre"
"Cantad al Señor porque es bueno, porque es eterna su
misericordia".
2. El Papa quiere
compartir su canto de alabanza por la celebración del Jubileo
que pensó como una convocatoria providencial en la cual la
Iglesia, treinta y cinco años después del Concilio
Ecuménico Vaticano II, se interrogaría su renovación,
para asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora.
3. Es sobre
todo necesario pensar en el futuro que nos espera. Por ello, es
el momento de que cada Iglesia, reflexionando en el período
amplio de tiempo que va desde el Concilio Vaticano II al Gran Jubileo,
analice su fervor y recupere un nuevo impulso. Es este objetivo
de la Carta Apostólica.
El
Encuentro con Cristo, herencia del Gran Jubileo
4. El Año
Jubilar se ha movido y vivido como un "único e ininterrumpido
canto de alabanza a la Trinidad", como camino de reconciliación
y como signo de genuina esperanza para quienes miran a Cristo y
a su Iglesia.
5.
La plenitud de los tiempos: La coincidencia del Jubileo con
la entrada en un nuevo milenio, ha favorecido la percepción
del misterio de Cristo, en el gran horizonte de la historia de la
salvación.
6. Purificación de la memoria:
Año Santo fuertemente caracterizado por la petición
de perdón, para contemplar con mirada más pura el
misterio.
7.
Los testigos de la fe: hemos dado gloria al Señor
por todo lo que ha obrado en el tiempo, concediendo una gran multitud
de santos y de mártires.
8.
Iglesia peregrina: Mirando a los peregrinos, no se puede
sino callar y adorar, confiando humildemente en la acción
misteriosa de Dios y cantar su amor infinito.
9.
Los jóvenes: han sido para Roma y la Iglesia, un don
especial del Espíritu de Dios… El Papa les pide una opción
radical de fe y vida, llamándonos a una tarea estupenda:
hacerse centinelas de la mañana, en esta aurora del nuevo
milenio.
10. Peregrinos
de diversas clases: niños, trabajadores, familias presos,
mundo del espectáculo….
11.
Congreso Eucarístico Internacional:
Si la Eucaristía es el sacrificio de Cristo que se
hace presente entre nosotros, ¿cómo podía su
presencia real no ser el centro del Año Santo dedicado a
la encarnación del Verbo? Y…. ¿cómo podía
faltar, al lado del recuerdo del nacimiento del Hijo, el de la Madre?.
A su solicitud materna el Papa ha confiado la vida de los hombres
y mujeres del nuevo milenio.
12.
La dimensión Ecuménica: ¿Qué
mejor ocasión para animar el camino hacia la plena comunión
que la celebración común del nacimiento de Cristo?
13. La
peregrinación en Tierra Santa: momento de fraternidad
y de paz, uno de los dones más bellos del Jubileo.
14.
La deuda internacional: el Jubileo ha sido también
un gran acontecimiento de caridad. El Papa ha llamado repetidamente
a una mayor y comprometida atención a los problemas de pobreza
en el mundo.
15.
Un nuevo dinamismo: de entre todas estas experiencias sobresalientes
del
Jubileo, el núcleo esencial que nos deja se concretiza en
la contemplación del
rostro de Cristo. Ahora hay que mirar al futuro: En la causa del
Reino no hay
tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por
la pereza. Es mucho lo
que nos espera y tenemos que emprender una eficaz programación
pastoral
postjubilar.
Un Rostro para contemplar
16. "Queremos
ver a Jesús". Los hombres de nuestro tiempo, quizás
inconscientemente, piden a los creyentes no sólo "hablar"
de Cristo, sino en cierto modo hacérselo "ver".
Pero nuestro testimonio sería enormemente deficiente si no
fuésemos los primeros "contempladores de su rostro".
17. El
testimonio de los Evangelios: La contemplación del
rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de Él dice
la Escritura, por la cual, teniéndola como fundamento, nos
abrimos a la acción del Espíritu que es el origen
de aquellos escritos y, a la vez al testimonio de los Apóstoles
que vieron con sus ojos, escucharon con sus oídos, tocaron
con sus manos a Cristo, la Palabra de Vida.
18. Los Evangelios
no son una biografía completa. Pero de ellos emerge el rostro
del Nazareno con un fundamento histórico seguro, ellos terminan
mostrando al Nazareno victorioso sobre la muerte… y de Él
reciben el mandato de anunciar el Evangelio a "todas las
gentes" (Mt 28,19)
19. El
camino de la fe: pero…. Aunque Cristo se viese y se tocase
su cuerpo, sólo la fe podía franquear el misterio
de aquel rostro…. Sólo la fe profesada por Pedro, y con él
por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón,
yendo a la profundidad del misterio "Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16).
20. A la contemplación
plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras
fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo
la experiencia del silencio y de la oración ofrecen el horizonte
adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento
más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio…:
"Y la Palabra se hizo carne…".
21. La
profundidad del misterio: La Palabra y la carne, la gloria
divina y su morada entre los hombres. ¡ En la unión
íntima e inseparable de estas dos polaridades está
la identidad de Cristo….Jesús es verdadero Dios y verdadero
hombre!
22. De frente
al racionalismo y a otros contextos históricos, hay que afirmar
que la fe de la Iglesia es esencial e irrenunciable afirmar que
realmente la Palabra "se hizo carne" y asumió
todas las características del ser humano, excepto el pecado
( "kenosis" un despojarse)
23. En Cristo,
Dios nos ha bendecido y ha hecho brillar su rostro sobre nosotros.
Al mismo tiempo, Dios y hombre como es, Cristo nos revela también
el auténtico rostro del hombre: manifiesta plenamente el
hombre al propio hombre. Jesús es el hombre nuevo que llama
a participar de su vida divina a la humanidad redimida.
24. Rostro
del Hijo: No hay duda de que ya en su existencia terrena
Jesús tenía conciencia de su identidad de Hijo de
dios… y ni siquiera el drama de la pasión y muerte afectará
su serena seguridad de ser el Hijo del Padre celestial.
25. Rostro
doliente: La contemplación del rostro de Cristo nos
lleva a acercarnos al aspecto más paradójico de su
misterio, como se ve en la hora extrema de la Cruz… El Padre parece
no escuchar la voz del Hijo. Para devolver al hombre el rostro del
Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro
del hombre, sino cargarse incluso del "rostro"
del pecado.
26. El grito
de Jesús en la Cruz no delata la angustia de un desesperado,
sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el
amor para la salvación de todos. Mientras se identifica con
nuestro pecado, "abandonado" por el Padre, él
se "abandona" en las manos del Padre.
27. Muchas veces
los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús
en la Cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor.
28. Rostro
del Resucitado: La contemplación del rostro de Cristo
no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él
es el Resucitado!. Si no fuese así, vana sería nuestra
predicación y nuestra fe. Acontecimiento que la Iglesia vive
como si hubiera sucedido hoy. Y, ella, animada por esta experiencia,
retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio
del Tercer Milenio: "Él es el mismo ayer, hoy y siempre"
(Hb 13,8)
Caminar desde Cristo
29. "Yo
estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo"
(Mt 28,20). Certeza de la cual debemos sacar un renovado impulso
en la vida cristiana, haciendo que sea, además, la fuerza
inspiradora de nuestro camino. Hoy nos planteamos la pregunta dirigida
a Pedro en Jerusalén: "¿Qué hemos de
hacer, hermanos?"(Hch 2,37). No será una fórmula
mágica quien nos salve, pero sí una Persona y la certeza
que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!. El programa
es el mismo: Cristo, que no cambia al variar los tiempos y las culturas,
aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero
diálogo y una comunicación eficaz. Pero es necesario
que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las
condiciones de cada comunidad. Ahora no estamos ante una meta inmediata,
sino ante el mayor y no menos comprometedor horizonte de la pastoral
ordinaria. En las Iglesias locales es donde se pueden establecer
indicaciones programáticas concretas -objetivos y métodos
de trabajo, de formación y valorización de los agentes
y la búsqueda de medios necesarios - que permiten que el
anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades
e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos
en la sociedad y en la cultura. Hay que señalar (las Iglesias
particulares), las etapas del camino futuro, sintonizando con las
demás iglesias. Nos espera una apasionante tarea de renacimiento
pastoral. Obra que implica a todos. Se dan algunas prioridades pastorales:
30.
La santidad: Es la perspectiva en la que debe situarse el
camino pastoral. Hacer hincapié en la santidad más
que nunca una urgencia pastoral (Ver capítulo V de la Constitución
dogmática Lumen gentium, dedicado a la "vocación
universal a la santidad"). Descubrir a la Iglesia como
"misterio", es decir, como pueblo "congregado
en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo",
lleva a descubrir también su "santidad",
entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél
que por excelencia es el "tres veces Santo"… "Todos
los cristianos, de cualquier clase o condición, están
llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección
del amor".
31. ¿Se
puede programar la santidad? ¿Qué puede significar
esta palabra en la lógica de un plan pastoral?. Se trata
de una opción llena de consecuencias. Significa expresar
la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada
en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo
y la inhabitación de su Espíritu, sería un
contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según
la ética minimalista y una religiosidad superficial. La santidad
no es para algunos, sino para todos. Los caminos de la santidad
son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno.
Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción
este objetivo. La vida entera de la comunidad eclesial y de las
familias cristianas debe ir en esta dirección, proponiendo
al mismo tiempo una adecuada pedagogía de la santidad.
32.
La oración: Es necesario un cristianismo que se distinga
ante todo en el arte de la oración. Aprender la lógica
trinitaria de la oración cristiana, viviéndola plenamente
ante todo en la liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial, pero
también en la experiencia personal, es el secreto de un cristianismo
realmente vital.
33. Hoy se detecta
una difusa exigencia de espiritualidad que en gran parte se manifiesta
en una renovada necesidad de orar. Y… nuestras comunidades cristianas
tienen que llegar a ser auténticas "escuelas de oración"
donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición
de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza,
adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto
hasta el arrebato del corazón. Que no aparta del compromiso
en la historia.
34. Los fieles
llamados a una especial consagración están llamados
de manera particular a la oración. Pero se equivoca quien
piense que el común de los cristianos se puede conformar
con una oración superficial, incapaz de llenar su vida ("cristianos
mediocres", cristianos con riesgo"). Hace falta que
la educación en la oración se convierta en un punto
determinante de toda programación pastoral.
35. La
Eucaristía dominical: el mayor empeño se ha
de poner en la liturgia, "cumbre a la cual tiende la actividad
de la iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su
fuerza". Hay que dar particular realce a la Eucaristía
dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de
la fe, día del Señor Resucitado (centro del misterio
del tiempo) y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la
semana.
36. La participación
en la Eucaristía debe ser, para el bautizado, el centro del
domingo. Testimonio. Antídoto contra la dispersión.
Lugar privilegiado del anuncio y cultivo constante de la comunión.
37.
El Sacramento de la Reconciliación: es necesario proponer,
con renovada valentía pastoral, de manera convincente y eficaz,
la práctica de este sacramento. Afrontar la crisis del "sentido
del pecado", sobre todo, hacer descubrir a Cristo como
"mysterium pietatis". Es necesario que los Pastores
tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo
y valorizarlo.
38.
Primacía de la gracia: Una tentación: pensar
que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar.
Ciertamente, pero sin olvidar que, sin Cristo, "nada podemos
hacer". Por ello: oración, que nos hace vivir en
esta verdad. Nos recuerda la primacía de Cristo y, en relación
a Él, la primacía de la vida interior y de la santidad.
39. Escucha
de la palabra: Esto sólo se puede concebir a partir
de una renovada escucha de la Palabra de Dios
40. Anuncio
de la Palabra: Una prioridad para la Iglesia al comienzo
del nuevo milenio: alimentarnos de la Palabra para ser "servidores
de la Palabra" en el compromiso de la evangelización.
Sigue siendo actual y necesaria una "nueva evangelización":
hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes,
dejándonos impregnar por el ardor de la predicación
apostólica después de Pentecostés. Hemos de
revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo que exclamaba:
"Ay de mí si no predicara el Evangelio" (
1 Co 9,16).
Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción
misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos "especialistas",
sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos
los miembros del Pueblo de Dios.
Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo
para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico
que sea vivido, como "compromiso cotidiano de las comunidades
y de los grupos cristianos".
Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino
siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas
en las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que
no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean
purificados y llevados a plenitud.
El cristianismo del Tercer Milenio, debe responder cada vez mejor
a esta exigencia de inculturación…. La propuesta de Cristo
se ha de hacer a todos con confianza. Se ha de dirigir a los adultos,
a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin esconder
nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico….,
en particular en la pastoral juvenil. Los jóvenes, han ofrecido
un testimonio consolador de generosa disponibilidad.
41. Nos ayude
y oriente en esta acción misionera confiada, emprendedora
y creativa, el ejemplo de los mártires que con su ejemplo
nos han señalado y casi "allanado" el camino del
futuro. A nosotros nos toca, con la gracia de Dios, seguir sus huellas.
Testigos
del Amor
42. Si hemos
contemplado el rostro de Cristo, nuestra programación pastoral
se inspirará en el "mandamiento nuevo".
Indispensable un decidido empeño programático en la
comunión, en la caridad.
43.
Espiritualidad de comunión: el gran desafío:
hacer de la Iglesia "la casa y la escuela de la comunión".
Promoviendo, ante todo, a todos los niveles, "una espiritualidad
de la comunión". Sin un camino de espiritualidad,
de poco servirán los instrumentos externos de la comunión.
Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión
más que sus modos de expresión y crecimiento.
44. Para ello,
como lo enseña el Con. Vat. II, hay que valorar y desarrollar:
los servicios específicos de la comunión: el ministerio
petrino y la colegialidad episcopal; la Curia romana, Sínodos
y Conferencias Episcopales.
45. Obispos,
presbíteros, y diáconos; Pastores y Pueblo de Dios;
clero y religiosos; asociaciones y movimientos eclesiales; consejos
presbiterales y pastorales…. Pero es la espiritualidad de la comunión
quien da un alma a la estructura institucional.
46. Variedad
de vocaciones: La unidad de la Iglesia no es uniformidad,
sino integración orgánica de las legítimas
diversidades. Se requiere ayudar a tomar conciencia a todos para
que florezcan los ministerios instituidos o reconocidos; promover
las vocaciones al sacerdocio y a la vida de especial consagración…
Descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos…
promover las diversas realidades de asociación que actúen
en plena sintonía eclesial y en obediencia a las directrices
de los Pastores.
47. Especial
atención también a la pastoral de la familia. Sin
ceder a las presiones de una cierta cultura bastante extendida.
48. El campo
ecuménico: la oración de Jesús en el cenáculo
-"como tú en mi y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros" (Jn 17,21), es a la vez revelación
e invocación.
49. Apostar
por la caridad: a partir de la comunión intraeclesial,
la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, hacia
la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano.
Opción preferencial por los pobres.
50. Son muchas
en nuestro tiempo las necesidades que interpelan la sensibilidad
cristiana. El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente,
hoy, con
las nuevas pobrezas. Es la hora de una nueva "imaginación
de la caridad" que
promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas,
sino la capacidad
de hacerse cercanos y solidarios con quien se sufre, para que el
gesto de ayuda
sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno.
Por eso
tenemos que actuar de tal manera que los pobres, en cada comunidad
cristiana, se
sientan como en su casa.
51. Retos
actuales: el desequilibrio ecológico; problemas de
la paz; vilipendio de los derechos humanos fundamentales; defensa
del respeto a la vida de cada ser humano; ética en las nuevas
potencialidades de la ciencia…
52. Con un estilo
específicamente cristiano: son los laicos los responsables,
iluminados por la doctrina social de la Iglesia…. Rechazando la
tentación de una espiritualidad oculta e individualista.
53. Un
signo concreto: destinar el sobrante del Jubileo a fines
caritativos….
54. Diálogo
y Misión: Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren
a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos
el maravilloso y exigente cometido de ser su "reflejo"…
55. En esta
perspectiva se coloca el gran desafío del diálogo
interreligioso….
56. Diálogo
que no puede basarse en la indiferencia religiosa, sino dando pleno
testimonio de la esperanza que está en nosotros… sin temer
que pueda constituir una ofensa a la identidad del otro lo que,
en cambio, es anuncio gozoso de un don para todos, que se propone
a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno… La Iglesia,
por tanto, no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los
pueblos, y una tarea prioritaria de la misión Ad gentes sigue
siendo anunciar a Cristo, "Camino Verdad y Vida"
(Jn 14,6), en el cual los hombres encuentran la salvación.
El diálogo interreligioso "tampoco puede sustituir
al anuncio, de todos modos, aquél sigue orientándose
hacia el anuncio". Por otra parte, el deber misionero no
nos impide entablar el diálogo íntimamente dispuestos
a la escucha... Esta actitud de apertura, y también de atento
discernimiento respecto a las otras religiones, la inauguró
el Concilio. A nosotros nos corresponde seguir con gran fidelidad
sus enseñanzas y sus indicaciones.
57. A
la luz del Concilio: Cuánta riqueza nos dio el Concilio
Vaticano II, por eso el Papa ha pedido a la Iglesia que se interrogase
sobre la acogida del Concilio. ¿Se ha hecho?. A medida que
pasan los años, aquellos textos no pierden su valor ni su
esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos
y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio,
dentro de la Tradición de la Iglesia. Después de concluir
el Jubileo el Papa siente más que nunca el deber de indicar
el Concilio como "la gran gracia de la que la Iglesia se
ha beneficiado en el siglo XX". Con el Concilio se nos
ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino
del siglo que comienza.
Conclusión
"Duc
in altum"
58. Un nuevo
milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en
el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo… El
Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a
ponernos en camino: "Id pues y haced discípulos a
todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). El mandato
misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos
a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos,
para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu,
que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir
animados por la esperanza "que no defrauda" (Rm
5,5). Nuestra andadura, al principio de este nuevo siglo, debe hacerse
más rápida al recorrer los senderos del mundo… Cada
domingo Cristo Resucitado nos convoca de nuevo como en el Cenáculo,
donde el atardecer del día "primero de la semana"
(Jn 20,19) se presentó a los suyos para "exhalar"
sobre de ellos el don vivificante del Espíritu e iniciarlos
en la gran aventura de la evangelización… En este camino
nos acompaña la Santísima Virgen María "Estrella
de la Nueva Evangelización".
59. Si nuestra
peregrinación ha sido auténtica debe como desentumecer
nuestras piernas para el camino que nos espera. Tenemos que imitar
la intrepidez del apóstol Pablo: "Lanzándome
hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para
alcanzar el premio que Dios me llama desde lo alto, en Cristo Jesús"
(Flp 13,14). Al mismo tiempo, hemos de imitar la contemplación
de María, la cual, después de la peregrinación
a la ciudad santa de Jerusalén, volvió a su casa de
Nazareth meditando en su corazón el misterio de su Hijo (Lc
2,51). Jesús resucitado, el cual nos acompaña en nuestro
camino, dejándose reconocer como a los discípulos
de Meaux "al partir el pan" (Lc 24,30), nos encuentre
vigilantes y preparados para reconocer su rostro y correr hacia
nuestros hermanos, para llevarles el gran anuncio: "¡Hemos
visto al Señor!" (Jn 20,25)
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