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La
familia en el Antiguo Testamento
Los dos relatos
de la creación en el libro de Génesis (1,1-2; 4ª
y 2, 4b-25) concluyen con una escena que funda la institución
del matrimonio. Se llega a subrayar que el hombre creado a imagen
de Dios para dominar la tierra y probarla es en realidad la pareja
(Gen 1,26ss). El primer relato subraya la importancia de la sexualidad
ordenada a la fecundidad (Gen 1,31) y el segundo relato subraya
la ayuda mutua como la finalidad de la creación en la dualidad
sexual (Gen 2,18). Digamos que la vocación al matrimonio
se inscribe en la naturaleza misma del hombre y la mujer, según
salieron de la mano del Creador.
Sin embargo,
el pecado original causará estragos en la humanidad naciente:
el amor conyugal se degrada en dominio y deseo, la maternidad se
ve ensombrecida por el temor al sufrimiento. La ruptura de las relaciones
del hombre con Dios traerá como consecuencia la ruptura de
las relaciones hombre - mujer. El hombre acusa a su mujer pese a
que era "carne de su carne"
"Según
la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina
en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de
sus relaciones, sino en el pecado" (CIC, 1607).
A pesar de las
consecuencias del pecado en la Institución familiar del Antiguo
Testamento, subsisten algunos matrimonios dignos de ser admirados:
hogares unidos por un amor profundo ( 1 Sam 1,8), fidelidades que
duran libremente más allá de la muerte (Jdt 16,22).
Existen enseñanzas verdaderamente sabias sobre el lugar de
la mujer en el matrimonio. (Prov 31, 10-31).
Aún cuando
podamos encontrar abundantes textos que hablen de la poligamia en
el Antiguo Testamento, también son frecuentes los textos
en los que se subraya el amor monogámico: Isaac (Gen 25,
19-28), José (Gen 41,50), Judit (Jdt 8, 2-8), los dos Tobías
(Tob 11, 5-15) Ezequiel (Ez 24, 15-18) y Job (Job 2,9s). Después
del exilio cantan los sabios la fidelidad para con la esposa de
la juventud (Prov 5, 15-19) y hacen el elogio de la estabilidad
conyugal (Eclo 36, 25ss).
En la época del Nuevo Testamento la monogamia será
la regla corriente de los matrimonios judíos.
La fidelidad se va a presentar como un ideal y llega a exigírsele
tanto a la mujer como al hombre. La práctica del adulterio
fue duramente denunciada por los Profetas (Ez 18,6) aun cuando el
culpable haya sido el mismo rey David (II Sam 12).
No podemos perder
de vista que aun cuando se vea el matrimonio como una institución
natural y regido por el derecho civil, nunca cae en el olvido la
relación estrecha de los contrayentes con Dios: Dios los
guía a la elección de la esposa (Gen 24, 42-52) es
Dios quien los prepara (Tob 3,16), el matrimonio debe fundarse en
la fe y en la oración (Tob 7,11; 8, 4-9).
La
familia necesitada de la obra de Cristo
No obstante
este encaminarse hacia un ideal el judaísmo con el pasar
del tiempo y al alejarse de los orígenes, va perdiendo los
ideales de esta institución natural y va endureciendo el
corazón (Mt 19,8). El judaísmo contemporáneo
del Nuevo Testamento admitirá la posibilidad del divorcio
y los doctores de la Ley discutirán sobre las causas que
pueden legitimarlo (Mt 19,3).
El Hijo eterno
del Padre, que por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18-23)
nació de una mujer, por su vida en Nazareth consagra la familia
tal como había sido preparada por todo el Antiguo Testamento.
El mismo Hijo eterno del Padre, regresa esta institución
a su grandeza original al afirmar el carácter absoluto del
matrimonio y su indisolubilidad (Mt 19, 1-9).
Lo anterior nos abre a la inteligencia de que sólo es digno
del hombre aquel amor que es total y sin concesiones.
La Iglesia le
ha dado una gran importancia a la presencia de Cristo en las bodas
de Caná, en donde realiza su primer señal con ocasión
de un banquete de bodas (Jn 2, 1-11). Se trata del nuevo umbral
de la nueva creación.
Sus exigencias
de regresar a la perfección original no excluyen sus actitudes
de misericordia con los hombres pecadores, incluyendo los adúlteros
(Lc 7,37; Jn 4,18; Mt 21,31s). El Señor acoge, no para aprobar
su conducta, sino para invitarlos a la conversión y concederles
el perdón subrayando el valor del ideal traicionado. (Jn
8,11).
La
nueva familia en Cristo
De esta manera
el cristiano comprenderá en el matrimonio un valor religioso
sacramental: el matrimonio es "un gran misterio y se relaciona
a Cristo y su Iglesia" (Ef 5,32). Ya en el Antiguo Testamento
se enfatizaba la relación esponsal entre Dios y su pueblo
(Os 1-3; Is 54,62; Cant 1, 12-17); el Nuevo Pueblo subraya ahora
la relación esponsal entre Cristo y su nuevo pueblo: La Iglesia.
Los esposos cristianos deben imitar la regla viva de la relación
entre Cristo y su Iglesia (Ef 5, 21-33). El matrimonio es transfigurado
por el misterio de Cristo y la Iglesia.
Magisterio
de la Iglesia
Una doctrina
que parte de la Sagrada Escritura es la que sustenta la iglesia
a lo largo de su historia y en nuestros días:
"La
íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el
Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza
del matrimonio...un vínculo sagrado...no depende del arbitrio
humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (Gaudium
et spes, 48,1).
La Iglesia ve
en la comunidad conyugal y familiar la posibilidad de la salvación
de la persona y de la sociedad humana y cristiana.
En salvaguarda
de la institución familiar la Iglesia ha heredado del Señor
y conserva celosamente una doctrina sobre el matrimonio en la que
sobresalen sus propiedades: la unicidad y la indisolubilidad, sus
fines: la procreación y la ayuda mutua. Se trata de defender
el matrimonio y esto nos lleva a la defensa de la familia.
"Muéstrale
a tu mujer que aprecias mucho vivir con ella y por ella prefieres
quedarte en casa que andar por la calle. Prefiérela a todos
tus amigos e incluso a los hijos que te ha dado; ama a éstos
por razón de ella" (San Juan Crisóstomo).
La familia es
considerada la célula primera y vital de la sociedad, pero
al mismo tiempo debe reconocer su propia insuficiencia para lograr
una vida plenamente humana y percibe la necesidad de una comunidad
más amplia.
La familia cristiana
debe ser la primera escuela de las virtudes morales y sociales.
Es considerada al mismo tiempo, escuela del más rico humanismo.
"El
matrimonio está instituido por Dios para el bien de la prole,
no solo para engendrarla - esto es posible hacerlo fuera del matrimonio
-, sino también para conducirla al estado perfecto".
Ante una realidad
familiar cada vez mas lastimada en nuestros días urge que
dentro del mismo apostolado familiar surja la ayuda a los novios
a prepararse mejor para el matrimonio.
La
Pastoral Familiar basada en la realidad eclesial
La Iglesia para
cumplir su servicio, debe esforzarse por conocer el contexto socio
- cultural dentro del cual viven los matrimonios y las familias,
con el fin de que las orientaciones que ha de dar, sean a la luz
de la Palabra de Dios, y del magisterio, respuestas a la realidad
concreta en que viven las familias.
Debe también
ser una pastoral que refleje la naturaleza de la Iglesia, comunión
y participación, planificada más sobre estructuras
eclesiales, que sobre agentes particulares, lo cual exige unidad
en la diversidad, mayor diálogo y sentido de comunión
y participación, y mayor coordinación episcopal y
en comisiones nacionales, regionales, diocesanas y parroquiales.
Y más que una pastoral especializada, o un sector de la pastoral,
es una pastoral que se hace presente como sustrato de todas las
demás acciones pastorales. Es una pastoral primaria y unificadora,
es decir básica y específica, en el sentido de que,
según sea la realidad familiar, así quedarán
condicionadas las demás pastorales.
Por esto, la Pastoral Familiar debe integrarse dentro de la pastoral
orgánica y en el ámbito de la pastoral de conjunto,
debiendo formar parte insustituible de todas las estructuras pastorales,
por ejemplo, la pequeña comunidad, la parroquia, el decanato,
la diócesis, la región pastoral.
Los
agentes de la Pastoral Familiar
Los agentes
de Pastoral Familiar, son ante todo la misma familia, como objeto
y sobre todo como sujeto de la pastoral familiar. Los otros agentes
son principalmente el obispo como primer responsable en la diócesis.
Debe dedicar atención, interés y tiempo, personas,
recursos y sobre todo, apoyo personal a las familias, y a cuantos
en las diversas estructuras diocesanas le ayudan en la pastoral
de la familia.
Agentes muy
importantes son los presbíteros, representantes y colaboradores
de su obispo, y eventualmente los diáconos, a quienes haya
encargado la pastoral familiar, son responsables de la familia,
no sólo moral y litúrgicamente, sino personal y socialmente,
comportándose como maestros, hermanos y pastores.
También
son agentes de suma importancia los teólogos y expertos en
problemas familiares, además de los religiosos y religiosas,
quienes tienen gran posibilidad de desarrollar un amplio servicio
a las familias.
Son de suma
importancia los laicos especializados y todos aquellos que por su
profesión, aportan su ciencia y experiencia para la formación
y defensa de la familia, especialmente médicos, psicólogos,
juristas, maestros, políticos, educadores, trabajadores sociales,
etc. y todos los demás agentes laicos que se comprometen
a vivir el Evangelio de la familia, y trabajan en comunión
con sus pastores en este delicado campo de lo familiar.
Los
desafíos de la familia en América
Son muchas las
insidias que amenazan la solidez de la institución familiar
en nuestra diócesis y en la mayor parte de los países
de América, siendo, a la vez, desafíos para los cristianos.
Se deben mencionar, entre otros, el aumento de los divorcios, la
difusión del aborto, del infanticidio y de la mentalidad
contraceptiva.
Ante esta situación
hay que subrayar "que el fundamento de la vida humana es
la relación nupcial entre el marido y la esposa, la cual
entre los cristianos es sacramental". O debe omitirse una
seria preparación de los jóvenes antes del matrimonio,
en la que se presente con claridad la doctrina católica,
en el ámbito teológico, espiritual y antropológico,
sobre este sacramento. No olvidemos la necesaria formación
permanente aplicada a la familia cristiana.
Para que la familia cristiana sea verdaderamente "Iglesia
doméstica", está llamada a ser el ámbito
en que los padres transmiten la fe, pues ellos "deben ser para
sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra
y el ejemplo".
"A este
respecto, se han de fomentar momentos de vida espiritual en común:
la participación en la Eucaristía los días
festivos, la práctica del sacramento de la reconciliación,
la oración cotidiana en familia y obras concretas de caridad".
(Ecclesia in América, 46).
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