PASTORAL FAMILIAR

 

"La alianza matrimonial por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados"
(CIC 1055,1).

El binomio matrimonio - familia es inseparable en la doctrina cristiana: hablar de familia nos refiere automáticamente a la Institución del matrimonio y viceversa.

 

La familia en el Antiguo Testamento

La familia necesitada de la obra de Cristo La nueva familia en Cristo Magisterio de la Iglesia La Pastoral Familiar basada en la realidad eclesial
Los agentes de la Pastoral Familiar Los desafíos de la familia en América      

La familia en el Antiguo Testamento

Los dos relatos de la creación en el libro de Génesis (1,1-2; 4ª y 2, 4b-25) concluyen con una escena que funda la institución del matrimonio. Se llega a subrayar que el hombre creado a imagen de Dios para dominar la tierra y probarla es en realidad la pareja (Gen 1,26ss). El primer relato subraya la importancia de la sexualidad ordenada a la fecundidad (Gen 1,31) y el segundo relato subraya la ayuda mutua como la finalidad de la creación en la dualidad sexual (Gen 2,18). Digamos que la vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y la mujer, según salieron de la mano del Creador.

Sin embargo, el pecado original causará estragos en la humanidad naciente: el amor conyugal se degrada en dominio y deseo, la maternidad se ve ensombrecida por el temor al sufrimiento. La ruptura de las relaciones del hombre con Dios traerá como consecuencia la ruptura de las relaciones hombre - mujer. El hombre acusa a su mujer pese a que era "carne de su carne"

"Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado" (CIC, 1607).

A pesar de las consecuencias del pecado en la Institución familiar del Antiguo Testamento, subsisten algunos matrimonios dignos de ser admirados: hogares unidos por un amor profundo ( 1 Sam 1,8), fidelidades que duran libremente más allá de la muerte (Jdt 16,22). Existen enseñanzas verdaderamente sabias sobre el lugar de la mujer en el matrimonio. (Prov 31, 10-31).

Aún cuando podamos encontrar abundantes textos que hablen de la poligamia en el Antiguo Testamento, también son frecuentes los textos en los que se subraya el amor monogámico: Isaac (Gen 25, 19-28), José (Gen 41,50), Judit (Jdt 8, 2-8), los dos Tobías (Tob 11, 5-15) Ezequiel (Ez 24, 15-18) y Job (Job 2,9s). Después del exilio cantan los sabios la fidelidad para con la esposa de la juventud (Prov 5, 15-19) y hacen el elogio de la estabilidad conyugal (Eclo 36, 25ss).
En la época del Nuevo Testamento la monogamia será la regla corriente de los matrimonios judíos.


La fidelidad se va a presentar como un ideal y llega a exigírsele tanto a la mujer como al hombre. La práctica del adulterio fue duramente denunciada por los Profetas (Ez 18,6) aun cuando el culpable haya sido el mismo rey David (II Sam 12).

No podemos perder de vista que aun cuando se vea el matrimonio como una institución natural y regido por el derecho civil, nunca cae en el olvido la relación estrecha de los contrayentes con Dios: Dios los guía a la elección de la esposa (Gen 24, 42-52) es Dios quien los prepara (Tob 3,16), el matrimonio debe fundarse en la fe y en la oración (Tob 7,11; 8, 4-9).

La familia necesitada de la obra de Cristo

No obstante este encaminarse hacia un ideal el judaísmo con el pasar del tiempo y al alejarse de los orígenes, va perdiendo los ideales de esta institución natural y va endureciendo el corazón (Mt 19,8). El judaísmo contemporáneo del Nuevo Testamento admitirá la posibilidad del divorcio y los doctores de la Ley discutirán sobre las causas que pueden legitimarlo (Mt 19,3).

El Hijo eterno del Padre, que por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18-23) nació de una mujer, por su vida en Nazareth consagra la familia tal como había sido preparada por todo el Antiguo Testamento. El mismo Hijo eterno del Padre, regresa esta institución a su grandeza original al afirmar el carácter absoluto del matrimonio y su indisolubilidad (Mt 19, 1-9).
Lo anterior nos abre a la inteligencia de que sólo es digno del hombre aquel amor que es total y sin concesiones.

La Iglesia le ha dado una gran importancia a la presencia de Cristo en las bodas de Caná, en donde realiza su primer señal con ocasión de un banquete de bodas (Jn 2, 1-11). Se trata del nuevo umbral de la nueva creación.

Sus exigencias de regresar a la perfección original no excluyen sus actitudes de misericordia con los hombres pecadores, incluyendo los adúlteros (Lc 7,37; Jn 4,18; Mt 21,31s). El Señor acoge, no para aprobar su conducta, sino para invitarlos a la conversión y concederles el perdón subrayando el valor del ideal traicionado. (Jn 8,11).

La nueva familia en Cristo

De esta manera el cristiano comprenderá en el matrimonio un valor religioso sacramental: el matrimonio es "un gran misterio y se relaciona a Cristo y su Iglesia" (Ef 5,32). Ya en el Antiguo Testamento se enfatizaba la relación esponsal entre Dios y su pueblo (Os 1-3; Is 54,62; Cant 1, 12-17); el Nuevo Pueblo subraya ahora la relación esponsal entre Cristo y su nuevo pueblo: La Iglesia.
Los esposos cristianos deben imitar la regla viva de la relación entre Cristo y su Iglesia (Ef 5, 21-33). El matrimonio es transfigurado por el misterio de Cristo y la Iglesia.

Magisterio de la Iglesia

Una doctrina que parte de la Sagrada Escritura es la que sustenta la iglesia a lo largo de su historia y en nuestros días:

"La íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias, se establece sobre la alianza del matrimonio...un vínculo sagrado...no depende del arbitrio humano. El mismo Dios es el autor del matrimonio" (Gaudium et spes, 48,1).

La Iglesia ve en la comunidad conyugal y familiar la posibilidad de la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana.

En salvaguarda de la institución familiar la Iglesia ha heredado del Señor y conserva celosamente una doctrina sobre el matrimonio en la que sobresalen sus propiedades: la unicidad y la indisolubilidad, sus fines: la procreación y la ayuda mutua. Se trata de defender el matrimonio y esto nos lleva a la defensa de la familia.

"Muéstrale a tu mujer que aprecias mucho vivir con ella y por ella prefieres quedarte en casa que andar por la calle. Prefiérela a todos tus amigos e incluso a los hijos que te ha dado; ama a éstos por razón de ella" (San Juan Crisóstomo).

La familia es considerada la célula primera y vital de la sociedad, pero al mismo tiempo debe reconocer su propia insuficiencia para lograr una vida plenamente humana y percibe la necesidad de una comunidad más amplia.

La familia cristiana debe ser la primera escuela de las virtudes morales y sociales. Es considerada al mismo tiempo, escuela del más rico humanismo.

"El matrimonio está instituido por Dios para el bien de la prole, no solo para engendrarla - esto es posible hacerlo fuera del matrimonio -, sino también para conducirla al estado perfecto".

Ante una realidad familiar cada vez mas lastimada en nuestros días urge que dentro del mismo apostolado familiar surja la ayuda a los novios a prepararse mejor para el matrimonio.

La Pastoral Familiar basada en la realidad eclesial

La Iglesia para cumplir su servicio, debe esforzarse por conocer el contexto socio - cultural dentro del cual viven los matrimonios y las familias, con el fin de que las orientaciones que ha de dar, sean a la luz de la Palabra de Dios, y del magisterio, respuestas a la realidad concreta en que viven las familias.

Debe también ser una pastoral que refleje la naturaleza de la Iglesia, comunión y participación, planificada más sobre estructuras eclesiales, que sobre agentes particulares, lo cual exige unidad en la diversidad, mayor diálogo y sentido de comunión y participación, y mayor coordinación episcopal y en comisiones nacionales, regionales, diocesanas y parroquiales.


Y más que una pastoral especializada, o un sector de la pastoral, es una pastoral que se hace presente como sustrato de todas las demás acciones pastorales. Es una pastoral primaria y unificadora, es decir básica y específica, en el sentido de que, según sea la realidad familiar, así quedarán condicionadas las demás pastorales.
Por esto, la Pastoral Familiar debe integrarse dentro de la pastoral orgánica y en el ámbito de la pastoral de conjunto, debiendo formar parte insustituible de todas las estructuras pastorales, por ejemplo, la pequeña comunidad, la parroquia, el decanato, la diócesis, la región pastoral.

Los agentes de la Pastoral Familiar

Los agentes de Pastoral Familiar, son ante todo la misma familia, como objeto y sobre todo como sujeto de la pastoral familiar. Los otros agentes son principalmente el obispo como primer responsable en la diócesis. Debe dedicar atención, interés y tiempo, personas, recursos y sobre todo, apoyo personal a las familias, y a cuantos en las diversas estructuras diocesanas le ayudan en la pastoral de la familia.

Agentes muy importantes son los presbíteros, representantes y colaboradores de su obispo, y eventualmente los diáconos, a quienes haya encargado la pastoral familiar, son responsables de la familia, no sólo moral y litúrgicamente, sino personal y socialmente, comportándose como maestros, hermanos y pastores.

También son agentes de suma importancia los teólogos y expertos en problemas familiares, además de los religiosos y religiosas, quienes tienen gran posibilidad de desarrollar un amplio servicio a las familias.

Son de suma importancia los laicos especializados y todos aquellos que por su profesión, aportan su ciencia y experiencia para la formación y defensa de la familia, especialmente médicos, psicólogos, juristas, maestros, políticos, educadores, trabajadores sociales, etc. y todos los demás agentes laicos que se comprometen a vivir el Evangelio de la familia, y trabajan en comunión con sus pastores en este delicado campo de lo familiar.

Los desafíos de la familia en América

Son muchas las insidias que amenazan la solidez de la institución familiar en nuestra diócesis y en la mayor parte de los países de América, siendo, a la vez, desafíos para los cristianos. Se deben mencionar, entre otros, el aumento de los divorcios, la difusión del aborto, del infanticidio y de la mentalidad contraceptiva.

Ante esta situación hay que subrayar "que el fundamento de la vida humana es la relación nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es sacramental". O debe omitirse una seria preparación de los jóvenes antes del matrimonio, en la que se presente con claridad la doctrina católica, en el ámbito teológico, espiritual y antropológico, sobre este sacramento. No olvidemos la necesaria formación permanente aplicada a la familia cristiana.


Para que la familia cristiana sea verdaderamente "Iglesia doméstica", está llamada a ser el ámbito en que los padres transmiten la fe, pues ellos "deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo".

"A este respecto, se han de fomentar momentos de vida espiritual en común: la participación en la Eucaristía los días festivos, la práctica del sacramento de la reconciliación, la oración cotidiana en familia y obras concretas de caridad". (Ecclesia in América, 46).


 

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