CREO EN JESUCRISTO


"Cuando llegó la plenitud de los tiempos" -es decir el tiempo del cumplimiento de las promesas mesiánicas - Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, y para que recibiéramos el ser hijos por adopción (Gal 4,4s) Dios envió a su propio Hijo en una carne semejante a la carne pecadora (Rom. 8,3).

"Dios amó al mundo hasta el extremo de entregarlo a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga una vida eterna"

(Jn 3,16)

 

Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios

Jesús es el Mesías (el Cristo)

Jesús es el Señor

Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre

El significado de la muerte de Jesús

La resurrección de Jesús

       
Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios
Ser el Hijo Único de Dios es lo central en la persona de Jesús. La filiación divina es su identidad personal. Por eso, antes de aparecer en su realidad débil, pobre y mortal de hombre, ya estaba Jesús precisamente como el Hijo único de Dios, desde la eternidad en el seno del Padre. (Cfr. Jn 1, 1. 14. 18; 17,5; 2 Cor 8,9; Flp 2, 6-11)

Al Hijo Eterno de Dios, hecho hombre, despojado de su rango, débil sometido al sufrimiento y a la muerte, Dios lo ha constituido, por la resurrección de entre los muertos, en el rango del Hijo poderoso.
Durante su existencia mortal, no dejó de ser Jesús el Hijo Único y Eterno de Dios. En el comienzo de su vida pública, en su Bautismo por Juan, y en su Transfiguración, la voz del Padre designa a Jesús como su "Hijo amado" (Mt 3, 17; 17,5). "Padre" era sencillamente el título que Jesús daba a Dios.

En la oración, Jesús se dirige a Dios en una forma inmediata, llena de familiaridad y confianza, con las invocaciones "Padre" o "Padre mío".

Jesús es la imagen del Padre

Jesús hace presente a Dios Padre y su Reino en este mundo. Jesús puede decir con toda verdad "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta" (Jn 5,19) "El Padre y yo somos uno" (Jn 10,30) y "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn 14,10)
Jesús, el Hijo, revela el amor del Padre, entregándose total e incondicionalmente a Él en amor y obediencia.

Jesús es el Mesías (el Cristo)

Los cristianos confesamos que Jesús es el Cristo. Muy pronto las dos palabras de esta confesión de fe "Jesús" y Cristo", se fundieron en una. Jesucristo, con la que desde los tiempos del Nuevo Testamento venimos nombrando a Jesús.
Jesús quiere decir en hebreo "Dios salva". En su nombre está su identidad y su misión. En efecto, a lo largo de todo el Antiguo Testamento se repite la promesa de que Dios mismo, en persona, salvará definitivamente a su pueblo y a toda la humanidad.


Mesías quiere decir "ungido". En Israel eran ungidos en nombre de Dios los elegidos los consagrados por el Señor para ejercer una misión señalada en su pueblo. Eran ungidos los reyes y los sacerdotes. Muy excepcionalmente lo eran los profetas.
Jesús no fue ungido o consagrado en una ceremonia, con aceite como otros elegidos de Israel. Su unción y consagración eterna fue manifestada en los comienzos de su ministerio público. En su Bautismo por Juan, cuando "Dios lo ungió con el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10,38), para presentarlo a Israel. Así Jesús es el Mesías prometido, el Ungido por excelencia.

Jesús tuvo conciencia de ser el Ungido de Dios, el Mesías, pero recibió y aceptó este título de otros con reservas y no permitió su divulgación. Para el desempeño de su misión, Jesús renuncia al poder político y a toda violencia e ignora el nacionalismo propio de ese tiempo, pues el Reinado de Dios que él representa, está abierto a todas las gentes.

Jesús es un Mesías muy diferente del soñado por gran parte del judaísmo de su tiempo. Su mesianismo es el propio del Hijo Único de Dios que, en su amor y obediencia filiales al Padre, siguió el camino trazado por Dios hasta su muerte de cruz.

Jesús es el Señor

Esta es una de las más importantes confesiones de fe cristiana. Pablo resume el mensaje de la fe de este modo:

"Porque si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás" (Rm 10,9).

En el Antiguo Testamento se le llamaba a Dios, Yahvé, este nombre se traduce al griego por "Kyrios", que en castellano significa "Señor". A Jesús le pertenece el mismo honor, alabanza, gloria y poder que a Dios Padre.

"Ante Jesús, Resucitado y Exaltado, doblan su rodilla en adoración y le proclaman Señor todos los seres (Fil 2, 9-11; Is 45,23). Nadie que ponga su confianza en el Señor, quedará decepcionado. Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará".

Jesucristo, único Señor de los cristianos

En un mundo, en que tantos poderes reclaman de los hombres sometimiento, los cristianos reconocemos un único Señor, Jesucristo, mediador de la creación y de nuestra salvación, así como creemos en un solo Dios Padre, principio y fin de todos los seres. (Cfr 1 Cor 8,6).

Pablo les dice a los cristianos:

"Todo os pertenece, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro; todo es vuestro; pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios" (Cfr. 1 Cor 3,22).

Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre
"Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen"

Misterio de la Encarnación.

La Anunciación a María inaugura "la plenitud de los tiempos", es decir, el cumplimiento de las promesas y de los preparativos. María es invitada a concebir a Aquel en quien habitará "corporalmente la plenitud de la divinidad" (Col. 2,9).
La misión del Espíritu Santo está siempre unida y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra divina.

Juan, en el Prólogo de su Evangelio del Hijo Único de Dios a quien llama ahí mismo el Verbo, confiesa:

"Y el Verbo se hizo carne, y acampó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14)

El misterio de la Encarnación es central en la fe cristiana, la caracteriza y la distingue de cualquier otro credo religioso. La Encarnación es un acontecimiento que tuvo lugar en un tiempo determinado de la historia, pero su origen está absolutamente más allá de todo el universo.
Ha sucedido una única vez y para siempre. Dios: se ha unido a través de su Hijo definitivamente con el hombre y con su creación. Dios no dejará de ser nunca "Dios con nosotros".

El Verbo se encarnó para:

  • Que nosotros conociéramos así el amor de Dios ( 1 Jn 4,9
  • Para ser nuestro modelo de santidad (Mt 11,29; Jn 14,6)
  • Para hacernos partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4)


En el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos confesando:

"Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvaciónbajo del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre".

Esta expresión de fe nos presenta a Cristo como verdadero Dios Hijo del Padre y, al mismo tiempo, como verdadero Hombre, Hijo de María Virgen. Debemos preguntarnos qué significa verdadero Dios y verdadero Hombre: Esta es una realidad que se desvela ante los ojos de nuestra fe mediante la autorrevelación de Dios en Jesucristo y dado que ésta -como cualquier otra verdad revelada- sólo se puede acoger rectamente mediante la fe.

Jesucristo hablaba a menudo de sí, utilizando el apelativo de "Hijo del Hombre" (Mt 16,28; Mc 2,28). Dicho título estaba vinculado a la tradición mesiánica del Antiguo Testamento, en efecto, deseaba que sus discípulos y los que le escuchaban llegasen por sí solos al descubrimiento de que "El Hijo del Hombre" era al mismo tiempo el verdadero Hijo de Dios. De ello tenemos una demostración muy significativa en la profesión de Simón Pedro, a la que Jesús confirma su testimonio llamándolo:

"Bienaventurado tú, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre" (Mt 16,17) Es el Padre, el que da testimonio del Hijo, porque sólo Él conoce al Hijo (Cfr. Mt 11,27).

Esta pues claro, que si bien Jesús hablaba de sí mismo sobre todo como del "Hijo del Hombre", sin embargo, todo el conjunto de lo que hacía y enseñaba daba testimonio de que Él era el Hijo de Dios en el sentido literal de la palabra: Es decir, que era una sola cosa con el Padre y por tanto: también Él era Dios, como el Padre.

Veamos algunas afirmaciones de Cristo relativas a este tema:

  • · "YO SOY" en contextos muy significativos.
  • "antes que Abraham naciese, YO SOY" (Jn. 8,58)
  • "Si no creyeres que YO SOY, moriréis en vuestros pecados" (Jn 8,24)
  • "Cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre, entonces, conoceréis que YO SOY" (Jn 8,28)
  • "Yo y el Padre somos una misma cosa" (Jn 10,30).

Ante Cristo, Verbo de Dios encarnado, unámonos también a Pedro y repitamos con la misma elevación de fe:

"Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16).

JESUCRISTO "PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO.


El significado de la muerte de Jesús

Dios entregó a su propio Hijo

La voluntad del Padre sostuvo, animó e impulsó totalmente la vida de Jesús. Esto no quiere decir que quienes entregaron a Jesús lo hicieron sin iniciativa y responsabilidad propia, como si hubieran estado movidos por los hilos de un guiñol para ejecutar un drama trazado previamente por Dios.
La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés. "Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios" (Hch 2,23).

Dios ha permitido, en quienes llevaron a la muerte a Jesús, acciones inspiradas por su ceguera, el endurecimiento de su corazón, su miedo a una desestabilización por un eventual movimiento mesiánico, etc. Para realizar su designio de salvación

Hay en el Nuevo Testamento una expresión muy importante "entregar". Acción en la que coinciden todos los protagonistas de la Pasión del Señor:

  • Judas entrega a Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo
  • Estos lo entregan a Pilato
  • Pilato lo entregó a los soldados
  • Pero es Dios quien domina y dirige: Él entrega a su propio Hijo
  • Y el Hijo, obediente al designio del Padre y por amor a los hombres, se entrega a sí mismo.

En la cruz, Jesús consuma su sacrificio

La cruz es el único sacrificio de Cristo "Único mediador entre Dios y los hombres". Todo lo que Jesús enseñó e hizo durante su vida mortal, en la cruz llega al culmen de la verdad y la santidad. Recordemos las palabras que Jesús pronunció y que constituyen su mensaje supremo y definitivo.

  • "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,24).
    Jesús no solo perdona, sino que pide el perdón del Padre para los que lo han entregado a la muerte, y por lo tanto también para todos nosotros.
  • "En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43)
    Se diría que en este texto de San Lucas, está documentada la primera canonización de la historia, realizada por Jesús a favor de un malhechor que se dirige a Él en aquel momento tan dramático. Esto muestra que los hombres pueden obtener gracias a la cruz de Cristo, el perdón de todas las culpas, y también de toda una vida malvada, que pueden obtenerlo también en el último instante, si se rinden a la gracia del Redentor que los convierte y los salva.

  • "Mujer ahí tienes a tu hijo, ... "Ahí tienes a tu Madre"
    Un acto de ternura y piedad filial. Jesús no quiere que su Madre se quede sola. Jesús quiere dar a María una descendencia mucho más numerosa, quiere instituir una maternidad que abarque a todos sus seguidores y discípulos de entonces y de todos los tiempos. Una maternidad espiritual.
  • "Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado" (Mc 15, 34)
    Aquel silencio de Dios pesa sobre el que muere como la pena más gravosa. Pero Jesús sabía que con esta fase de su inmolación, que llegó hasta las fibras más íntimas de su corazón, completaba la obra de la Redención que era el fin de su sacrificio por la reparación de los pecados.
  • "Tengo sed" ( Jn 19,28)
    La sed de la cruz, en boca de Cristo moribundo, es la última expresión de deseo del bautismo que tenía que recibir, para abrirnos a todos nosotros la fuente del agua que sacia y salva verdaderamente.
  • "Todo está cumplido...Padre en tus manos pongo mi Espíritu" (Jn 19,30).
    Fueron sus últimas palabras. Manifiestan su conciencia de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado al mundo. (Cfr. Jn 17,4)

Muerto por nuestros pecados según las escrituras

Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores, vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Jn 1,29-36). Manifestó así que Jesús es a su vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes. Y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua.
La muerte Redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente. Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente.
Toda la vida de Cristo expresa su misión "servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45)

El Hijo se hizo hombre para salvarnos del pecado y de la muerte eterna. La Sagrada Escritura ensalza la generosidad de Dios y el derroche de su gracia: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia y el don de Dios. Mientras el salario que ofrece el pecado es la muerte, Dios nos ofrece como regalo la vida eterna por Jesucristo.

El sentido y valor de la muerte de Jesús.

Cristo, modelo del amor perfecto, que alcanza su cúlmen en la cruz. La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en el amor, que Él ha constituido además en mandamiento principal del Evangelio: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento" (Mt 22,37).

Como sabemos, a este mandamiento Jesús une un segundo semejante al primero; el del amor al prójimo y Él se propone como ejemplo de este amor:

"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a los otros. Que como yo os he amado, así os améis vosotros los unos a los otros" (Jn 13,34).

San Pablo subraya en otros textos que el culmen de este amor es el sacrificio de la cruz: "Cristo os ha amado y se ha ofrecido a vosotros, ofreciéndose a Dios como sacrificio"..."Haceos, pues, imitadores de Dios..., caminad en la caridad" (Ef 5,1-2)

El amor con que Jesús nos ha amado, es humilde y tiene carácter de servicio. "El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc 10,45).
A la luz de este modelo de humilde disponibilidad que llega hasta el servicio definitivo de la cruz, Jesús puede dirigir a los discípulos la siguiente invitación: "Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29).

Jesucristo fué sepultado

La muerte de Cristo fue una verdadera muerte, en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. De Cristo se puede decir a la vez:

"Fue arrancado de la tierra de los vivos (Is 53,8); y mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el infierno ni permitirás que tu santo experimente la corrupción" (Hch 2, 26-27).

La Resurrección de Jesús "al tercer día" era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día.

El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida.

"Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva"

"Jesucristo, descendió a los infiernos"

Con esta afirmación del Símbolo bautismal, confesamos que Jesús no sólo murió, sino también estuvo muerto. Como en su existencia terrena fue Jesús solidario con los vivos, "en los infiernos" lo fue con los muertos, y que por su muerte a favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo "señor de la muerte" (Hb 2,14).

Dejando a un lado las imágenes con las que se representaba el infierno "lugar de los muertos" "Scheol"
Y la "existencia" miserable de las "almas" en Él, la miseria propiamente dicha de estas almas, consiste en que están separadas de Dios y viven esa lejanía y abandono de Dios


Así lo describen algunos Salmos (Cfr Sal 6,6; 88,11-13; 115,17) al descender al lugar de los muertos, Jesús ha cargado con todo el abandono, con toda la soledad y con todo lo absurdo de la muerte. Y al mismo tiempo, ha introducido la salvación de Dios allí donde cesa la comunicación y se cortan los caminos. Jesús descendió al abismo como Salvador, proclamando la buena noticia hasta a los muertos (1 Pe 4,6).

La Tradición de la Iglesia, afirma en este pasaje del símbolo, que Jesucristo, con su descenso al lugar de los muertos, liberó a los espíritus de quienes carecían de la visión de Dios, pero que desde el comienzo de la historia, tanto en Israel como en los otros pueblos, habían caminado en justicia y santidad y los introdujo en la gloria de su Padre (Cfr. Pe 3, 18-19)

Desde su Resurrección Cristo tiene en su poder las llaves de la muerte y del abismo (Cfr Ap 1,18) y ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en los cielos, en la tierra y en los abismos (Cfr. Fil 2,10)


La Resurrección de Jesús
"Al tercer día resucitoó de entre los muertos"

El primer y más antiguo testimonio escrito sobre la Resurrección de Cristo se encuentra en la Primera carta de San Pablo a los Corintios (hacia la Pascua del año 57 d.C.)
"Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucito al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a mas de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en último lugar a mí como un abortivo" ( 1 Cor 15, 3-8 ).

Como se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección, debe notarse que San Pablo no habla sólo de la Resurrección ocurrida el tercer día "según las Escrituras", sino que al mismo tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían todavía entre ellos.

RELATOS DE LAS APARICIONES DEL RESUCITADO

El sepulcro de Jesús abierto y vacío.

La Profesión de Fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos que Jesucristo "Al tercer día resucito de entre los muertos", se basa en los textos evangélicos que, a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera predicación de los Apóstoles. De estas fuentes resulta que la Fe en la Resurrección es, desde el comienzo, una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real y no en un mito o en una idea inventada por los Apóstoles o producida por la comunidad.

"¿Por qué buscar entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado" (Lc 24,5-6).

El sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección.

Los relatos de las apariciones

María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado, fueron las primeras en encontrar al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles.

Jesús se aparece enseguida a ellos, primero a Pedro, después a los doce. Pedro llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama:
"¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24,34)

SENTIDO SALVÍFICO DE LA RESURRECCIÓN

Todo el Nuevo Testamento afirma, explícitamente, la Resurrección del Señor: en este punto no hay discrepancia ni vacilaciones. No hay fe cristiana sin la fe en la Resurrección de Jesús que no sólo es comienzo, sino contenido fundamental y fundamento de nuestra fe.

Según San Pablo, Jesucristo se ha revelado como "Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por su Resurrección de entre los muertos (Rom 1,4) y Él transmite a los hombres esta santidad porque "fue entregado por nuestros pecados y fue resucitado para nuestra justificación" (Rom 4,25).

Respecto a esta doctrina podemos poner de relieve toda su verdad y belleza. Ante todo, podemos decir ciertamente que Cristo resucitado es principio y fuente de una vida nueva para todos los hombres.
Y esto aparece también en la maravillosa plegaria de Jesús, la víspera de su pasión, que Juan nos refiere con estas palabras:

"Padre...glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado" (Hn 17, 1-2).

Es decir: tendréis parte en mi vida, la cual se revelará después de la Resurrección. Pero la mirada de Jesús se extiende a un radio de amplitud universal. Les dice: "No ruego por éstos (mis discípulos), sino también por aquellos, que por medio de su palabra, creerán en mí..." (Jn 17,20).

La Resurrección de Cristo -y, más aún, el Cristo Resucitado- es finalmente principio y fuente de nuestra futura Resurrección. El mismo Jesús habló de ello al anunciar la institución de la Eucaristía como sacramento de la vida eterna, de la Resurrección futura:
"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día" (Jn 6,54).

En espera de esa trascendente plenitud final, Cristo Resucitado vive en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación en el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación divina. Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas:

"Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo que vive en mí., la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20).

Esta certeza debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida.

"Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos" ( 2 Tm 2,8): Esta afirmación del Apóstol nos da la clave de la esperanza en la verdadera vida en el tiempo y en la eternidad.

"JESUCRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS PADRE TODOPODEROSO"

Según los Hechos de los Apóstoles, Jesús fue llevado al cielo (Hch 1,2) en el Monte de los Olivos (Hch 1,12): efectivamente, desde allí los Apóstoles volvieron a Jerusalén después de la Ascensión. Pero antes que esto sucediese, Jesús les dio las últimas instrucciones, por ejemplo: "Les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la promesa del Padre" (Hch 1,4).
Esta promesa del Padre consistía en la venida del Espíritu Santo "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos" (Hch 1,8). Y fue entonces cuando "Dicho esto, fue levantado en presencia de ellos y una nube le ocultó a sus ojos"

El Monte de los Olivos, que ya había sido el lugar de la agonía de Jesús en Getsemaní, es, por tanto, el último punto de contacto entre el Resucitado y el pequeño grupo de discípulos en el momento de la Ascensión.

Esta última etapa permanece estrechamente unida a la primera, es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación. Sólo el que salió del Padre puede volver al Padre. "Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre" (Jn 3,13). Dejada a sus fuerzas naturales, la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre", a la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir este acceso al hombre. "Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,32).
La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo.

Cristo desde entonces está sentado a la derecha del Padre. Lo había predicho Jesús:
"Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre y venir entre las nubes del cielo" (Mc 14,62). "El Hijo de Dios estará sentado a la diestra del poder de Dios" (Lc 22,69).

"Por derecha entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos, como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada"

Sentarse a la derecha del Padre significa la inauguración del Reino del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta Daniel respecto al Hijo del Hombre:

"A Él se le dio imperio, honor y reino y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7,14).

A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá fin"

"DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS Y SU REINO NO TENDRÁ FIN"

Siguiendo a los profetas y a Juan Bautista. Jesús anunció en su predicación el juicio del último Día. Entonces se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos mas pequeños, a mi me lo hicisteis." (Mt. 25,40).

Cristo es el Señor de la Vida Eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo.
Adquirió este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado "Todo a juicio al Hijo" (Jn 5,22). Pues bien, el Hijo no ha venido a juzgar sino a salvar y para dar la vida que hay en Él.
Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya así mismo. Es retribuido según sus obras y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor.

Cristo reina ya mediante la Iglesia

"Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos" (Rm 14,9). Jesucristo es el Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación" porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas" (Ef 1, 20-22).

Como Señor, Cristo es también cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo.
"Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo" ( Ef 1,22).

Los Hechos nos dicen que Cristo "se ha adquirido" la Iglesia "con su sangre" (Hch 20,28; 1 Cor 6,20). También Jesús cuando al irse al Padre decía a los discípulos "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).

La Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II en el No. 45 dice:

"El Señor es el fin de la historia humana, el punto focal de los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, la alegría de todos los corazones, la plenitud de sus aspiraciones."

Podemos resumir diciendo que Cristo es el Señor de la Historia. En Él la historia del hombre, y puede decirse de toda la creación, encuentra su cumplimiento trascendente. Es una concepción que encuentra su fundamento en la carta a los Efesios en donde se describe el eterno designio de Dios para realizarlo en la plenitud de los tiempos:
"Haced que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra"( Ef 1,10)

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