Creo en Jesucristo, Hijo
único de Dios
Ser el Hijo Único de Dios es lo central en
la persona de Jesús. La filiación divina es su identidad
personal. Por eso, antes de aparecer en su realidad débil,
pobre y mortal de hombre, ya estaba Jesús precisamente como
el Hijo único de Dios, desde la eternidad en el seno del
Padre. (Cfr. Jn 1, 1. 14. 18; 17,5; 2 Cor 8,9; Flp 2, 6-11)
Al
Hijo Eterno de Dios, hecho hombre, despojado de su rango, débil
sometido al sufrimiento y a la muerte, Dios lo ha constituido, por
la resurrección de entre los muertos, en el rango del Hijo
poderoso.
Durante su existencia mortal, no dejó de ser Jesús
el Hijo Único y Eterno de Dios. En el comienzo de su vida
pública, en su Bautismo por Juan, y en su Transfiguración,
la voz del Padre designa a Jesús como su "Hijo amado"
(Mt 3, 17; 17,5). "Padre" era sencillamente el título
que Jesús daba a Dios.
En
la oración, Jesús se dirige a Dios en una forma inmediata,
llena de familiaridad y confianza, con las invocaciones "Padre"
o "Padre mío".
Jesús
es la imagen del Padre
Jesús
hace presente a Dios Padre y su Reino en este mundo. Jesús
puede decir con toda verdad "El Hijo no puede hacer nada
por su cuenta" (Jn 5,19) "El Padre y yo somos uno"
(Jn 10,30) y "Quien me ve a mí, ve al Padre" (Jn
14,10)
Jesús, el Hijo, revela el amor del Padre, entregándose
total e incondicionalmente a Él en amor y obediencia.
Jesús
es el Mesías (el Cristo)
Los
cristianos confesamos que Jesús es el Cristo. Muy pronto
las dos palabras de esta confesión de fe "Jesús"
y Cristo", se fundieron en una. Jesucristo, con la que
desde los tiempos del Nuevo Testamento venimos nombrando a Jesús.
Jesús quiere decir en hebreo "Dios salva".
En su nombre está su identidad y su misión. En efecto,
a lo largo de todo el Antiguo Testamento se repite la promesa de
que Dios mismo, en persona, salvará definitivamente a su
pueblo y a toda la humanidad.
Mesías quiere decir "ungido". En Israel
eran ungidos en nombre de Dios los elegidos los consagrados por
el Señor para ejercer una misión señalada en
su pueblo. Eran ungidos los reyes y los sacerdotes. Muy excepcionalmente
lo eran los profetas.
Jesús no fue ungido o consagrado en una ceremonia, con aceite
como otros elegidos de Israel. Su unción y consagración
eterna fue manifestada en los comienzos de su ministerio público.
En su Bautismo por Juan, cuando "Dios lo ungió con
el Espíritu Santo y con poder" (Hch 10,38), para
presentarlo a Israel. Así Jesús es el Mesías
prometido, el Ungido por excelencia.
Jesús
tuvo conciencia de ser el Ungido de Dios, el Mesías, pero
recibió y aceptó este título de otros con reservas
y no permitió su divulgación. Para el desempeño
de su misión, Jesús renuncia al poder político
y a toda violencia e ignora el nacionalismo propio de ese tiempo,
pues el Reinado de Dios que él representa, está abierto
a todas las gentes.
Jesús
es un Mesías muy diferente del soñado por gran parte
del judaísmo de su tiempo. Su mesianismo es el propio del
Hijo Único de Dios que, en su amor y obediencia filiales
al Padre, siguió el camino trazado por Dios hasta su muerte
de cruz.
Jesús
es el Señor
Esta
es una de las más importantes confesiones de fe cristiana.
Pablo resume el mensaje de la fe de este modo:
"Porque
si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees
con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos,
te salvarás" (Rm 10,9).
En
el Antiguo Testamento se le llamaba a Dios, Yahvé, este nombre
se traduce al griego por "Kyrios", que en castellano
significa "Señor". A Jesús le pertenece
el mismo honor, alabanza, gloria y poder que a Dios Padre.
"Ante
Jesús, Resucitado y Exaltado, doblan su rodilla en adoración
y le proclaman Señor todos los seres (Fil 2, 9-11; Is 45,23).
Nadie que ponga su confianza en el Señor, quedará
decepcionado. Todo el que invoque el nombre del Señor, se
salvará".
Jesucristo,
único Señor de los cristianos
En
un mundo, en que tantos poderes reclaman de los hombres sometimiento,
los cristianos reconocemos un único Señor, Jesucristo,
mediador de la creación y de nuestra salvación, así
como creemos en un solo Dios Padre, principio y fin de todos los
seres. (Cfr 1 Cor 8,6).
Pablo
les dice a los cristianos:
"Todo
os pertenece, el mundo, la vida, la muerte, lo presente y lo futuro;
todo es vuestro; pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios"
(Cfr. 1 Cor 3,22).
Jesús
es verdadero Dios y verdadero hombre
"Concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació
de Santa María Virgen"
Misterio
de la Encarnación.
La
Anunciación a María inaugura "la plenitud
de los tiempos", es decir, el cumplimiento de las promesas
y de los preparativos. María es invitada a concebir a Aquel
en quien habitará "corporalmente la plenitud de la
divinidad" (Col. 2,9).
La misión del Espíritu Santo está siempre unida
y ordenada a la del Hijo. El Espíritu Santo fue enviado para
santificar el seno de la Virgen María y fecundarla por obra
divina.
Juan,
en el Prólogo de su Evangelio del Hijo Único de Dios
a quien llama ahí mismo el Verbo, confiesa:
"Y
el Verbo se hizo carne, y acampó entre nosotros; y hemos
visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,14)
El
misterio de la Encarnación es central en la fe cristiana,
la caracteriza y la distingue de cualquier otro credo religioso.
La Encarnación es un acontecimiento que tuvo lugar en un
tiempo determinado de la historia, pero su origen está absolutamente
más allá de todo el universo.
Ha sucedido una única vez y para siempre. Dios: se ha unido
a través de su Hijo definitivamente con el hombre y con su
creación. Dios no dejará de ser nunca "Dios
con nosotros".
El
Verbo se encarnó para:
- Que nosotros
conociéramos así el amor de Dios ( 1 Jn 4,9
- Para ser
nuestro modelo de santidad (Mt 11,29; Jn 14,6)
- Para hacernos
partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4)
En el Credo Niceno-Constantinopolitano respondemos confesando:
"Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvaciónbajo
del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó
de María la Virgen y se hizo hombre".
Esta
expresión de fe nos presenta a Cristo como verdadero Dios
Hijo del Padre y, al mismo tiempo, como verdadero Hombre, Hijo de
María Virgen. Debemos preguntarnos qué significa verdadero
Dios y verdadero Hombre: Esta es una realidad que se desvela ante
los ojos de nuestra fe mediante la autorrevelación de Dios
en Jesucristo y dado que ésta -como cualquier otra verdad
revelada- sólo se puede acoger rectamente mediante la fe.
Jesucristo
hablaba a menudo de sí, utilizando el apelativo de "Hijo
del Hombre" (Mt 16,28; Mc 2,28). Dicho título estaba
vinculado a la tradición mesiánica del Antiguo Testamento,
en efecto, deseaba que sus discípulos y los que le escuchaban
llegasen por sí solos al descubrimiento de que "El
Hijo del Hombre" era al mismo tiempo el verdadero Hijo
de Dios. De ello tenemos una demostración muy significativa
en la profesión de Simón Pedro, a la que Jesús
confirma su testimonio llamándolo:
"Bienaventurado tú, porque no es la carne ni la sangre
quien esto te ha revelado, sino mi Padre" (Mt 16,17) Es el
Padre, el que da testimonio del Hijo, porque sólo Él
conoce al Hijo (Cfr. Mt 11,27).
Esta
pues claro, que si bien Jesús hablaba de sí mismo
sobre todo como del "Hijo del Hombre", sin embargo,
todo el conjunto de lo que hacía y enseñaba daba testimonio
de que Él era el Hijo de Dios en el sentido literal de la
palabra: Es decir, que era una sola cosa con el Padre y por tanto:
también Él era Dios, como el Padre.
Veamos
algunas afirmaciones de Cristo relativas a este tema:
- ·
"YO SOY" en contextos muy significativos.
- "antes
que Abraham naciese, YO SOY" (Jn. 8,58)
-
"Si no creyeres que YO SOY, moriréis en vuestros
pecados" (Jn 8,24)
-
"Cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre, entonces,
conoceréis que YO SOY" (Jn 8,28)
-
"Yo y el Padre somos una misma cosa" (Jn 10,30).
Ante
Cristo, Verbo de Dios encarnado, unámonos también
a Pedro y repitamos con la misma elevación de fe:
"Tu
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16).
JESUCRISTO
"PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,
FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO.
El
significado de la muerte de Jesús
Dios
entregó a su propio Hijo
La
voluntad del Padre sostuvo, animó e impulsó totalmente
la vida de Jesús. Esto no quiere decir que quienes entregaron
a Jesús lo hicieron sin iniciativa y responsabilidad propia,
como si hubieran estado movidos por los hilos de un guiñol
para ejecutar un drama trazado previamente por Dios.
La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una
desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al
misterio del designio de Dios, como lo explica San Pedro a los judíos
de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés.
"Fue entregado según el determinado designio y previo
conocimiento de Dios" (Hch 2,23).
Dios
ha permitido, en quienes llevaron a la muerte a Jesús, acciones
inspiradas por su ceguera, el endurecimiento de su corazón,
su miedo a una desestabilización por un eventual movimiento
mesiánico, etc. Para realizar su designio de salvación
Hay
en el Nuevo Testamento una expresión muy importante "entregar".
Acción en la que coinciden todos los protagonistas de
la Pasión del Señor:
- Judas entrega
a Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo
- Estos lo
entregan a Pilato
- Pilato
lo entregó a los soldados
- Pero es
Dios quien domina y dirige: Él entrega a su propio Hijo
- Y el Hijo,
obediente al designio del Padre y por amor a los hombres, se
entrega a sí mismo.
En
la cruz, Jesús consuma su sacrificio
La
cruz es el único sacrificio de Cristo "Único
mediador entre Dios y los hombres". Todo lo que Jesús
enseñó e hizo durante su vida mortal, en la cruz llega
al culmen de la verdad y la santidad. Recordemos las palabras que
Jesús pronunció y que constituyen su mensaje supremo
y definitivo.
- "Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,24).
Jesús no solo perdona, sino que pide el perdón
del Padre para los que lo han entregado a la muerte, y por lo
tanto también para todos nosotros.
- "En
verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso"
(Lc 23,43)
Se diría que en este texto de San Lucas, está
documentada la primera canonización de la historia, realizada
por Jesús a favor de un malhechor que se dirige a Él
en aquel momento tan dramático. Esto muestra que los
hombres pueden obtener gracias a la cruz de Cristo, el perdón
de todas las culpas, y también de toda una vida malvada,
que pueden obtenerlo también en el último instante,
si se rinden a la gracia del Redentor que los convierte y los
salva.
- "Mujer
ahí tienes a tu hijo, ... "Ahí tienes a tu
Madre"
Un acto de ternura y piedad filial. Jesús no quiere que
su Madre se quede sola. Jesús quiere dar a María
una descendencia mucho más numerosa, quiere instituir
una maternidad que abarque a todos sus seguidores y discípulos
de entonces y de todos los tiempos. Una maternidad espiritual.
- "Dios
mío, Dios mío, porque me has abandonado"
(Mc 15, 34)
Aquel silencio de Dios pesa sobre el que muere como la pena
más gravosa. Pero Jesús sabía que con esta
fase de su inmolación, que llegó hasta las fibras
más íntimas de su corazón, completaba la
obra de la Redención que era el fin de su sacrificio
por la reparación de los pecados.
- "Tengo
sed" ( Jn 19,28)
La sed de la cruz, en boca de Cristo moribundo, es la última
expresión de deseo del bautismo que tenía que
recibir, para abrirnos a todos nosotros la fuente del agua que
sacia y salva verdaderamente.
- "Todo
está cumplido...Padre en tus manos pongo mi Espíritu"
(Jn 19,30).
Fueron sus últimas palabras. Manifiestan su conciencia
de haber cumplido hasta el final la obra para la que fue enviado
al mundo. (Cfr. Jn 17,4)
Muerto
por nuestros pecados según las escrituras
Juan
Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía
de los pecadores, vio y señaló a Jesús como
el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo"
(Jn 1,29-36). Manifestó así que Jesús es
a su vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero
y carga con el pecado de las multitudes. Y el cordero pascual símbolo
de la redención de Israel cuando celebró la primera
Pascua.
La muerte Redentora de Jesús cumple, en particular, la profecía
del Siervo doliente. Jesús mismo presentó el sentido
de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente.
Toda la vida de Cristo expresa su misión "servir
y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45)
El
Hijo se hizo hombre para salvarnos del pecado y de la muerte eterna.
La Sagrada Escritura ensalza la generosidad de Dios y el derroche
de su gracia: Donde abundó el pecado, sobreabundó
la gracia y el don de Dios. Mientras el salario que ofrece el pecado
es la muerte, Dios nos ofrece como regalo la vida eterna por Jesucristo.
El
sentido y valor de la muerte de Jesús.
Cristo,
modelo del amor perfecto, que alcanza su cúlmen en la cruz.
La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en
el amor, que Él ha constituido además en mandamiento
principal del Evangelio: "Amarás al Señor
tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda
tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento" (Mt 22,37).
Como
sabemos, a este mandamiento Jesús une un segundo semejante
al primero; el del amor al prójimo y Él se propone
como ejemplo de este amor:
"Os
doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a los otros.
Que como yo os he amado, así os améis vosotros los
unos a los otros" (Jn 13,34).
San
Pablo subraya en otros textos que el culmen de este amor es el sacrificio
de la cruz: "Cristo os ha amado y se ha ofrecido a vosotros,
ofreciéndose a Dios como sacrificio"..."Haceos,
pues, imitadores de Dios..., caminad en la caridad" (Ef 5,1-2)
El
amor con que Jesús nos ha amado, es humilde y tiene carácter
de servicio. "El hijo del hombre no ha venido a ser servido,
sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mc
10,45).
A la luz de este modelo de humilde disponibilidad que llega hasta
el servicio definitivo de la cruz, Jesús puede dirigir a
los discípulos la siguiente invitación: "Tomad
mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y
humilde de corazón" (Mt 11,29).
Jesucristo
fué sepultado
La
muerte de Cristo fue una verdadera muerte, en cuanto que puso fin
a su existencia humana terrena. De Cristo se puede decir a la vez:
"Fue
arrancado de la tierra de los vivos (Is 53,8); y mi carne reposará
en la esperanza de que no abandonarás mi alma en el infierno
ni permitirás que tu santo experimente la corrupción"
(Hch 2, 26-27).
La
Resurrección de Jesús "al tercer día"
era el signo de ello, también porque se suponía que
la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día.
El
Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa
eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado
con Cristo para una nueva vida.
"Fuimos,
pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin
de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos
por medio de la gloria del Padre, así también nosotros
vivamos una vida nueva"
"Jesucristo,
descendió a los infiernos"
Con esta afirmación del Símbolo bautismal, confesamos
que Jesús no sólo murió, sino también
estuvo muerto. Como en su existencia terrena fue Jesús solidario
con los vivos, "en los infiernos" lo fue con los
muertos, y que por su muerte a favor nuestro, ha vencido a la muerte
y al diablo "señor de la muerte" (Hb 2,14).
Dejando
a un lado las imágenes con las que se representaba el infierno
"lugar de los muertos" "Scheol"
Y la "existencia" miserable de las "almas"
en Él, la miseria propiamente dicha de estas almas, consiste
en que están separadas de Dios y viven esa lejanía
y abandono de Dios
Así lo describen algunos Salmos (Cfr Sal 6,6; 88,11-13; 115,17)
al descender al lugar de los muertos, Jesús ha cargado con
todo el abandono, con toda la soledad y con todo lo absurdo de la
muerte. Y al mismo tiempo, ha introducido la salvación de
Dios allí donde cesa la comunicación y se cortan los
caminos. Jesús descendió al abismo como Salvador,
proclamando la buena noticia hasta a los muertos (1 Pe 4,6).
La Tradición de la Iglesia, afirma en este pasaje del símbolo,
que Jesucristo, con su descenso al lugar de los muertos, liberó
a los espíritus de quienes carecían de la visión
de Dios, pero que desde el comienzo de la historia, tanto en Israel
como en los otros pueblos, habían caminado en justicia y
santidad y los introdujo en la gloria de su Padre (Cfr. Pe 3, 18-19)
Desde
su Resurrección Cristo tiene en su poder las llaves de la
muerte y del abismo (Cfr Ap 1,18) y ante el nombre de Jesús
toda rodilla se dobla en los cielos, en la tierra y en los abismos
(Cfr. Fil 2,10)
La
Resurrección de Jesús
"Al
tercer día resucitoó de entre los muertos"
El
primer y más antiguo testimonio escrito sobre la Resurrección
de Cristo se encuentra en la Primera carta de San Pablo a los Corintios
(hacia la Pascua del año 57 d.C.)
"Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi
vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados,
según las Escrituras; que fue sepultado y que resucito al
tercer día, según las Escrituras; que se apareció
a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a
mas de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía
la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció
a Santiago; más tarde a todos los Apóstoles. Y en
último lugar a mí como un abortivo" ( 1 Cor 15,
3-8 ).
Como
se ve, el Apóstol habla aquí de la tradición
viva de la Resurrección, debe notarse que San Pablo no habla
sólo de la Resurrección ocurrida el tercer día
"según las Escrituras", sino que al mismo
tiempo recurre a los testigos a los que Cristo se apareció
personalmente. Es un signo, entre otros, de que la fe de la primera
comunidad, se basa en el testimonio de hombres concretos, conocidos
por los cristianos y que en gran parte vivían todavía
entre ellos.
RELATOS
DE LAS APARICIONES DEL RESUCITADO
El
sepulcro de Jesús abierto y vacío.
La
Profesión de Fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos
que Jesucristo "Al tercer día resucito de entre los
muertos", se basa en los textos evangélicos que,
a su vez, nos transmiten y hacen conocer la primera predicación
de los Apóstoles. De estas fuentes resulta que la Fe en la
Resurrección es, desde el comienzo, una convicción
basada en un hecho, en un acontecimiento real y no en un mito o
en una idea inventada por los Apóstoles o producida por la
comunidad.
"¿Por
qué buscar entre los muertos al que está vivo? No
está aquí, ha resucitado" (Lc 24,5-6).
El
sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial.
Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para
el reconocimiento del hecho de la Resurrección.
Los
relatos de las apariciones
María
Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo
de Jesús enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo
por la llegada del Sábado, fueron las primeras en encontrar
al Resucitado. Así las mujeres fueron las primeras mensajeras
de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles.
Jesús se aparece enseguida a ellos, primero a Pedro, después
a los doce. Pedro llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve
por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio
es sobre el que la comunidad exclama:
"¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado
y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24,34)
SENTIDO
SALVÍFICO DE LA RESURRECCIÓN
Todo
el Nuevo Testamento afirma, explícitamente, la Resurrección
del Señor: en este punto no hay discrepancia ni vacilaciones.
No hay fe cristiana sin la fe en la Resurrección de Jesús
que no sólo es comienzo, sino contenido fundamental y fundamento
de nuestra fe.
Según
San Pablo, Jesucristo se ha revelado como "Hijo de Dios
con poder, según el espíritu de santidad, por su Resurrección
de entre los muertos (Rom 1,4) y Él transmite a los hombres
esta santidad porque "fue entregado por nuestros pecados y
fue resucitado para nuestra justificación" (Rom 4,25).
Respecto
a esta doctrina podemos poner de relieve toda su verdad y belleza.
Ante todo, podemos decir ciertamente que Cristo resucitado es principio
y fuente de una vida nueva para todos los hombres.
Y esto aparece también en la maravillosa plegaria de Jesús,
la víspera de su pasión, que Juan nos refiere con
estas palabras:
"Padre...glorifica
a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti. Y que según
el poder que le has dado sobre toda carne, dé también
vida eterna a todos los que tú le has dado" (Hn 17,
1-2).
Es
decir: tendréis parte en mi vida, la cual se revelará
después de la Resurrección. Pero la mirada de Jesús
se extiende a un radio de amplitud universal. Les dice: "No
ruego por éstos (mis discípulos), sino también
por aquellos, que por medio de su palabra, creerán en mí..."
(Jn 17,20).
La
Resurrección de Cristo -y, más aún, el Cristo
Resucitado- es finalmente principio y fuente de nuestra futura Resurrección.
El mismo Jesús habló de ello al anunciar la institución
de la Eucaristía como sacramento de la vida eterna, de la
Resurrección futura:
"El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna
y yo lo resucitaré el último día" (Jn
6,54).
En
espera de esa trascendente plenitud final, Cristo Resucitado vive
en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente
de santificación en el Espíritu Santo, fuente de la
vida divina y de la filiación divina. Esa certeza le hace
decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas:
"Con
Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo que vive
en mí., la vida que vivo al presente en la carne, la vivo
en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó
a sí mismo por mí" (Gal 2,20).
Esta
certeza debe sostener a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos
de esta vida.
"Acuérdate
de Jesucristo, resucitado de entre los muertos" ( 2 Tm 2,8):
Esta afirmación del Apóstol nos da la clave de la
esperanza en la verdadera vida en el tiempo y en la eternidad.
"JESUCRISTO
SUBIÓ A LOS CIELOS, Y ESTA SENTADO A LA DERECHA DE DIOS PADRE
TODOPODEROSO"
Según
los Hechos de los Apóstoles, Jesús fue llevado al
cielo (Hch 1,2) en el Monte de los Olivos (Hch 1,12): efectivamente,
desde allí los Apóstoles volvieron a Jerusalén
después de la Ascensión. Pero antes que esto sucediese,
Jesús les dio las últimas instrucciones, por ejemplo:
"Les mandó que no se ausentasen de Jerusalén,
sino que aguardasen la promesa del Padre" (Hch 1,4).
Esta promesa del Padre consistía en la venida del Espíritu
Santo "Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo
que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos"
(Hch 1,8). Y fue entonces cuando "Dicho esto, fue levantado
en presencia de ellos y una nube le ocultó a sus ojos"
El
Monte de los Olivos, que ya había sido el lugar de la agonía
de Jesús en Getsemaní, es, por tanto, el último
punto de contacto entre el Resucitado y el pequeño grupo
de discípulos en el momento de la Ascensión.
Esta
última etapa permanece estrechamente unida a la primera,
es decir, a la bajada desde el cielo realizada en la Encarnación.
Sólo el que salió del Padre puede volver al Padre.
"Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo,
el Hijo del hombre" (Jn 3,13). Dejada a sus fuerzas naturales,
la humanidad no tiene acceso a la "Casa del Padre", a
la vida y a la felicidad de Dios. Sólo Cristo ha podido abrir
este acceso al hombre. "Cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,32).
La elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación
en la Ascensión al cielo.
Cristo
desde entonces está sentado a la derecha del Padre. Lo había
predicho Jesús:
"Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del
Padre y venir entre las nubes del cielo" (Mc 14,62). "El
Hijo de Dios estará sentado a la diestra del poder de Dios"
(Lc 22,69).
"Por
derecha entendemos la gloria y el honor de la divinidad, donde el
que existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos,
como Dios y consubstancial al Padre, está sentado corporalmente
después de que se encarnó y de que su carne fue glorificada"
Sentarse
a la derecha del Padre significa la inauguración del Reino
del Mesías, cumpliéndose la visión del profeta
Daniel respecto al Hijo del Hombre:
"A
Él se le dio imperio, honor y reino y todos los pueblos,
naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno,
que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás"
(Dn 7,14).
A partir de este momento, los Apóstoles se convirtieron en
los testigos del "Reino que no tendrá fin"
"DESDE
ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR A VIVOS Y MUERTOS Y SU REINO NO
TENDRÁ FIN"
Siguiendo
a los profetas y a Juan Bautista. Jesús anunció en
su predicación el juicio del último Día. Entonces
se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto
de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad
culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud
con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo
de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último
día: "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos
mas pequeños, a mi me lo hicisteis." (Mt. 25,40).
Cristo
es el Señor de la Vida Eterna. El pleno derecho de juzgar
definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece
a Cristo como Redentor del mundo.
Adquirió este derecho por su Cruz. El Padre también
ha entregado "Todo a juicio al Hijo" (Jn 5,22).
Pues bien, el Hijo no ha venido a juzgar sino a salvar y para dar
la vida que hay en Él.
Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno
se juzga ya así mismo. Es retribuido según sus obras
y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu
de amor.
Cristo
reina ya mediante la Iglesia
"Cristo
murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor
de muertos y vivos" (Rm 14,9). Jesucristo es el Señor:
posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está "por
encima de todo principado, potestad, virtud, dominación"
porque el Padre "bajo sus pies sometió todas las cosas"
(Ef 1, 20-22).
Como
Señor, Cristo es también cabeza de la Iglesia que
es su Cuerpo.
"Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó
Cabeza suprema de la Iglesia que es su Cuerpo, la Plenitud del que
lo llena todo en todo" ( Ef 1,22).
Los
Hechos nos dicen que Cristo "se ha adquirido" la Iglesia
"con su sangre" (Hch 20,28; 1 Cor 6,20). También
Jesús cuando al irse al Padre decía a los discípulos
"Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo" (Mt 28,20).
La
Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II en el No. 45 dice:
"El
Señor es el fin de la historia humana, el punto focal de
los deseos de la historia y de la civilización, el centro
del género humano, la alegría de todos los corazones,
la plenitud de sus aspiraciones."
Podemos
resumir diciendo que Cristo es el Señor de la Historia. En
Él la historia del hombre, y puede decirse de toda la creación,
encuentra su cumplimiento trascendente. Es una concepción
que encuentra su fundamento en la carta a los Efesios en donde se
describe el eterno designio de Dios para realizarlo en la plenitud
de los tiempos:
"Haced que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está
en los cielos y lo que está en la tierra"( Ef 1,10) |
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