REFLEXIONES CUARESMALES
LA EUCARISTÍA Luz y vida del Nuevo Milenio

 

 

Eucaristía y Comunidad conyugal y familiar

“La familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo, y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y la fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros” Gaudium et spes n. 48


....Gran misterio es este y yo lo refiero a Cristo y a su Iglesia... Efesios 5, 21-32

 

Objetivo

Reflexión

Conclusión

Quinta parte

 

Objetivo

Comprender que en la Eucaristía, el matrimonio y la familia están llamados a ser signo del amor de Cristo por su Iglesia y por lo tanto a ser “Iglesia doméstica” y servidores de la evangelización.

Reflexión

Matrimonio y Familia son fruto de la Eucaristía

En primer lugar, hay que afirmar que el matrimonio y la familia son fruto eucarístico o dicho de otro modo, son fruto de la Eucaristía, en cuanto que no puede haber verdadero matrimonio y familia cristianos sin la Eucaristía, lo mismo que no puede haber verdadera Iglesia sin Eucaristía.

La Eucaristía es el culmen de la iniciación cristiana y el culmen de la actividad y de la vida de la familia, lo mismo que lo es de la Iglesia (Cf. SC 10)
Puede decirse que si la Eucaristía en cuanto iniciación, es origen o raíz sacramental del matrimonio, en cuanto centro y culmen es sustento y renovación permanente de la alianza matrimonial.

Por eso la FAMILIAR CONSORTIO en el número 52, recordando al Vaticano II, dice que hay una relación especial entre la Eucaristía y el matrimonio.

“La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellados en la sangre de la cruz. Y en este sacrificio de la nueva y eterna alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal.

En cuanto representación del sacrificio del amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad.
Y en el don eucarístico de la caridad, la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su comunión y de su misión”

Esta verdad debe complementarse, considerando a la familia no sólo como beneficiaria de la Eucaristía, sino también como agente, iniciadora, participante y promotora de la Eucaristía, y ello en primer lugar con el ejemplo de la participación de los padres, con la colaboración en la primera iniciación de sus hijos a la Eucaristía (Primera comunión); con el acompañamiento y animación para una participación permanente; con la preparación a la eucaristía dominical y con la prolongación en una “existencia eucarística”.

Matrimonio y familia llamada a ser signo de la Eucaristía en la “Iglesia doméstica” y servidora de la evangelización.

Como consecuencia de esta verdad que hemos enunciado, encontramos que el matrimonio y la familia están llamadas a ser signo de la Eucaristía en la Iglesia doméstica y juntamente a ser servidora de la evangelización.

Enunciamos a continuación algunas de las tareas y actitudes del matrimonio y la familia como parte de su significado y participación en el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia:

La familia cristiana tiene como tarea insustituible el hacer crecer entre sus miembros no sólo la vida física, sino también la vida de Dios. Es en la familia donde cada uno de nosotros aprendió las primeras oraciones; es en la familia donde Dios se hizo presente en nuestras vidas. Pues la familia es el lugar del primer encuentro entre Dios y el hombre. Cómo no recordar, cada uno de nosotros, a nuestra madre enseñándonos a rezar, o a nuestro padre dándonos consejos de vida cristiana moral.

La familia es, por lo tanto, la primera edificadora del Reino de Dios en la tierra, pues es la que construye la fe en cada uno de sus miembros. La familia es, de esta manera, una verdadera escuela de fe y vida cristiana; la familia es una verdadera escuela de evangelización.

Como dice el Concilio Vaticano II: la familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestara a todos la presencia viva del Salvador del mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros. La principal misión de la familia es evangelizar. Y esto no significa ora cosa sino hacer capaz al hombre de recibir a Cristo y de escuchar su mensaje, para luego ponerlo por obra.

La familia es la que hace al hombre capaz de recibir a Cristo, no sólo porque, por medio del bautismo, los padres cristianos se preocupan de que sus hijos lleguen a ser hijos de Dios o, a través de la preparación para los sacramentos y de la catequesis, aprendan y reciban la iniciación de la fe cristiana, sino también, porque de manera importante, la vida de familia prepara el corazón del hombre y de la mujer que en ella viven para recibir a Dios.

Solamente un corazón bondadoso, un corazón abierto, un corazón capaz de compartir, es un corazón que puede recibir a Cristo; solamente un corazón que no le importa sacrificarse por los demás, es un corazón capaz de recibir a Cristo; solamente un corazón capaz de vencer el materialismo, el afán de usar a los demás para el propio provecho, es capaz de recibir a Cristo. ¿Y acaso no es la familia donde todos aprendemos de modo primario a recibir la bondad, a abrirnos a los demás, a compartir e, incluso a soportar el dolor por otros?

La familia es la que hace al hombre y a la mujer capaz de seguir el mensaje de Cristo, porque es en la familia donde se aprenden los comportamientos que nos van a regir durante la vida, o por lo menos, nuestros padres se esfuerzan, aún con sus debilidades, para que pongamos en práctica las grandes virtudes cristianas de las que nos habla hoy el apóstol Santiago: Los que tienen sabiduría que viene en Dios, son puros ante todo. Además son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros. La familia, con la convivencia diaria, con la palabra a veces bondadosa y, otras severa, pro sobre todo con el mutuo ejemplo, construye en los padres y en los hijos los hombres y las mujeres que serán luego testimonio de la vida cristiana en la sociedad.

¿Dónde se empieza a amar y defender la vida sino en la familia? ¿Dónde se comienza a respetar la persona del otro sino en la familia? ¿Dónde se vive en la práctica el amor y la entrega a los demás, la laboriosidad, sino en la familia? ¿En qué otro lugar vamos a aprender, mejor que en nuestras casas, el respeto que hay que dar al día del Señor cuando nuestros padres nos inculcan y nos dan ejemplo yendo a misa cada domingo? ¿Dónde vamos a empezar a leer la Palabra de Dios y a aplicar su significado en nuestra vida, sino a través de la preocupación de nuestros padres porque en la casa de todos conozcamos la Sagrada Escritura? ¿Y dónde vamos a aprender a decir en las penas y en los gozos: Ruega por nosotros pecadores, sino es de los labios llenos de tristeza o de alegría de nuestra familia?

Esta tarea tan hermosa es un deber primario de los padres y de las madres, que tienen la obligación no sólo de ellos mismos recibir el amor de Cristo, sino a convertir su hogar en una comunidad donde se hace presente la salvación que Cristo trae a través de hacer participe a su hogar de todo el amor que Él ha tenido por cada uno de ellos hasta morir en la cruz por su redención: la muerte y la resurrección de Cristo.

El misterio de amor y de entrega que es toda su vida, es el mensaje que de cada familia deben recibir todos sus miembros. Los esposos deben ayudarse entre sí a vivir la verdad del amor de Cristo por medio d la comprensión, del mutuo apoyo, de la entrega sacrificada de uno a otro. Y, al mismo tiempo, el padre y la madre deben ser para sus hijos una luz que les haga entender que, en medio de todas las circunstancias, aún difíciles de la vida, Dios los ama y está siempre con los brazos abiertos, dispuesto a darles su gracia y su perdón.

Pero juntamente con esto, los padres se convierten en verdaderos testigos de evangelización, cuando ellos son los primeros que viven e invitan a vivir a sus hijos la fe. Cuántas oportunidades nos ofrece el mundo de hoy de ser ejemplo de vida cristiana para los hijos y hacer que ellos, a su vez, lo sean en su ambiente.

Con todo esto, la familia se convierte, no sólo ella misma, en lugar donde el Evangelio de Cristo se conoce y se vive, sino también en fuente de nuevas familias cristianas, cuando los hijos al formar cada uno su propia familia, lleven a su nuevo hogar las semillas de fe que recibieron d sus padres.

Hagamos de cada una de nuestras familias el lugar donde Cristo es conocido, amado e imitado; hagamos de ellas el lugar desde donde Cristo puede ser conocido, amado y seguido, por otros muchos hombres y mujeres.

Conclusión


La realidad Eucarística de la comunidad conyugal y familiar, se presenta en resumen como un llamado permanente a significar y proyectar el amor de Cristo por su Iglesia.

La vida cristiana, vivida eucarísticamente por los fieles en el matrimonio-familia, se convierte así en un paradigma (modelo) de cualquier tipo de relación humana.

En la vida del pueblo de Dios, la familia educa a todos los fieles a concebir sus relaciones, según la dinámica nupcial del sacramento

Preguntas para profundizar

1. ¿Qué puedo hacer para que en mi familia y en mi comunidad se vivan más plenamente los frutos de la Eucaristía?
2. ¿Cómo puedo difundir en mi familia y en mi comunidad el significado de Iglesia doméstica?