| 1.-
Muy queridos amigos:
Hoy, es ya el segundo domingo del
Adviento, la Navidad se acerca y es por ello que, en no pocos de
nosotros, toda clase de objetos y preparativos empiezan a saturar
nuestras mentes y a desgastar nuestros bolsillos.
Lo más importante será
el no perder los elementos verdaderamente cristianos de un tiempo
tan grande como el que estamos por celebrar, y al cual nos estamos
preparando. Es por ello que en lo litúrgico, poco a poco
se harán presentes aquellos personajes que son indispensables
para nuestra celebración cristiana. El cuadro de escena progresivamente
se irá llenando por aquellos grandes invitados a la fiesta
cristiana de la Navidad.
2.- La semana pasada apareció
Isaías, y hoy aparece San Juan Bautista, presentado como
la voz que clama en el desierto.
Juan es el hijo de Zacarías
e Isabel, que saltó en el vientre materno al escuchar el
saludo de la Virgen María, y que fue reconocido por Jesucristo
como el hombre más grande de los anteriores al Reino. Él
es el precursor anunciado por los profetas, aquel que prepara el
camino,...
Juan Bautista es un hombre bueno,
íntegro, honesto, sencillo, valiente, libre, crítico
y consecuente con su predicación.
Es justo que le ofrezcamos su lugar preponderante, sin que por ello
olvidemos a Aquel que le ha querido llamar a su ministerio.
San Juan Bautista, así como
todos nosotros, es, sobre todo y ante todo, un instrumento al servicio
de Dios: Juan es la Voz que clama en el desierto.
Resulta adecuado el que recuperemos
algunos elementos que son propios del servicio que le ofrecemos
a Dios.
3.- El ser instrumentos
de Dios exige tres convicciones: En
primer lugar, la consciencia de que Dios es el factor importante,
Él es la sustancia, el contenido, lo primordial y el esencial.
En segundo lugar, caer en la cuenta
de que nosotros somos como el vehículo, es
decir, el medio por el cual se ofrece ese factor divino: la Buena
Nueva de Dios en nuestras palabras, su presencia en nuestra compañía
que consuela y fortalece al necesitado, la traducción concreta
de su amor en nuestras propias acciones. Y en tercer lugar, también
es fundamental el ser conscientes
del rostro de aquellos que son los destinatarios del contenido de
nuestra vida cristiana y de la vocación que hemos recibido.
En primer lugar, necesitamos resaltar
la importancia de Dios. Si el Bautista es la voz que clama, no debemos
perder de vista a Jesucristo, aquel que es la Palabra. Responde:
¿Qué es más importante
la voz o la palabra?
Una cosa es el simple fonema, lo
puramente pronunciado, y otra cosa es la comunicación de
sí: la Palabra. La voz no es más que uno de los posibles
vehículos con los que cuenta Aquel que es la Palabra para
comunicarse.
En lo humano, todos lo percibimos:
Comunicarse es algo que trasciende el puro acto material de emitir
una voz,... de hecho también puede hacerse de otras maneras:
la palabra también se comunica con gestos, con acciones,
con la mirada, a través de la escritura, y aún por
los silencios; sin olvidar el así llamado, lenguaje paraverbal.
4.- ¿Quién
puede olvidar aquel documental estelarizado por Kirk Douglas y Rachel
Welch que obtuvo el Oscar de la Academia en 1980, titulado: “LA
GRAVEDAD ES MI ENEMIGA”? En él se narraba
la historia del joven Mark Hickks, quien siendo niño al caer
de un árbol se golpeó la columna vertebral y quedó
parapléjico. Mark gustaba del dibujo, pero ahora estaba imposibilitado
para hacerlo con las manos. Él nunca se dio por vencido y
aprendió a dibujar y a pintar con los dientes, lo hacía
con tal perfección, que llegó a desarrollar una gran
fuerza en sus músculos maxilares. ¿Puedes
darte cuenta como un vehículo puede ser reemplazado por otro,
cuando uno quiere? Lo importante no es el medio
sino el contenido.
¿Quién podría
olvidar aquella hermosa carta que escribiera la Dra. Sondra Diamond
al Dr. Campbell, médico catedrático de la Universidad
de Yale, en el NewsWeek? En la misiva que Sondra le dictó
a su madre, le pedía al Dr. Cambell el que no utilizara el
calificativo “vegetal” para referirse a los niños
que tienen una malformación congénita. Le decía:
“Le puedo apostar todos los sacos de fertilizante del mundo
a que no puede usted imaginar que una “vegetal” es quien
le está enviando esta carta, y que esa persona a la que usted
llama vegetal ha llegado a sacar un Doctorado en Psicología,
que doy asesorías y que escribo en el diario de mi ciudad.
Es cierto, que necesito de la ayuda de mi madre, pero me considero
una persona como usted y todos los que están leyendo esta
nota”. La Palabra tiene muchos vehículos a su disposición.
¿Quién puede olvidar
que San Pablo durante su cautiverio en Roma, se convirtió
en un apóstol prolífico en su predicación y
pudo llegar a tantos lugares remotos? La Palabra de Dios no se encadena,
y aún cuando la voz no pudiera clamar en los desiertos, lo
hará la Palabra escrita. En la prisión surgió
gran parte del Epistolario Paulino que ahora leemos y meditamos
en nuestras liturgias. Más
importante que el conductor es lo que se conduce.
¿Quién puede olvidar
a San Francisco de Asís, acompañado del hermano León,
y predicando elocuentemente con el silencio? Solamente habían
caminado sumergidos en el sigilo por las calles de un pueblo, y
al regresar al convento el hermano León le recuerda que habían
salido del Convento a predicar. Francisco le contesta: “Ya
lo hemos hecho, hermano León”. San Francisco sabe que
el testimonio es uno de los mejores vehículos para la predicación.
Se trata de la voz más convincente, persuasiva y expedita
con la que cuenta la Palabra. El mismo les decía a los monjes,
¿te acuerdas? “Prediquen
siempre el Evangelio, aunque en ocasiones usen las palabras”.
5.- Lo importante no es
la tubería sino el agua, no es el cable sino la energía,
no es el florero sino las flores, no es el vestido sino la persona,
no es el vehículo sino el pasajero,.... más importante
que la Voz es la Palabra.
Y el olvido de lo anterior ha traído
grandes problemas en el cristianismo.
Muchos de los predicadores nos preocupamos
tanto por el uso del altavoz, de los recursos técnicos, electrónicos
y cibernéticos, y nos hemos olvidado que lo verdaderamente
importe es la fidelidad a Aquel que es la Palabra, ya que esto es
lo que le puede dar autenticidad a lo que pronunciamos. Nos fiamos
tanto de la tecnología de punta que nos hemos olvidado de
la oración y de nuestra consciente preparación. Nos
preocupamos y obsesionamos tanto por los “medios” a
utilizar, que hemos descuidamos la sustancia, los contenidos y el
mensaje. ¡Nos hemos olvidado de Dios!
Somos tantos los que al predicar
nos la pasamos hablando de nosotros mismos que vamos silenciando
la Palabra de Dios. Nos preocupa la postura, el énfasis,
el traje utilizado, el chascarrillo referido. La predicación
se convierte en una actuación que espera con ansia la retroalimentación
del aplauso o de los gestos, del saludo o de la felicitación.
Nos hemos convertido en los profesionistas de nuestra palabra, que
hemos olvidado que el estilo de nuestra vida debería hablar
por sí solo.
6.- Cada uno de nosotros
somos una voz que clama, pero el importante es Aquel que es la Palabra.
¡No le debemos tener miedo
a predicar en el desierto! El desierto suele ser el vacío
que se extiende en nuestro entorno. Y nuestra predicación
más que en los auditorios, debería ser precisamente
y sólo en el desierto, ya que es en el desierto por donde
pasa Dios. El desierto es el lugar de las grandes noticias y es
también el lugar del encuentro decisivo.
¿Cuál
es el contenido de nuestra predicación?
¿Te has fijado, qué
tantas cosas podemos hacer con nuestra voz? Podemos clamar, aclamar,
reclamar, proclamar, declamar, hablar, decir, llamar, ordenar, enseñar,
instruir, corregir, acusar, jurar, bendecir, maldecir, ofender,
cantar, celebrar, alborozarse, confesar, rezar, gritar, quejarse,
murmurar,... y otras muchas acciones más. ¿Cuál
es mi predica?
Hoy en día nuestra voz suele
decir un sinfín de palabras que se convierten en un verdadero
opio. Lejos de que nuestras palabras estimulen, parece que sólo
se dedican a degradar, enardecer, ofender, desorientar, destruir
y mentir.
7.- El Señor nos
invita para que nos demos cuenta sobre la trascendencia que tiene
todo lo que decimos y todo lo que hacemos. Y es que no
hay palabra, ni sentimiento, ni pensamiento del hombre, que no tenga
trascendencia a su alrededor. Como no existe decisión, palabra
o juicio del hombre que no tenga trascendencia hacia el futuro.
Comprender esto es ser prudente, es ser responsables y ser sabios.
Si nuestra superficialidad y nuestra
frivolidad han traído todo el daño que conocemos,
entonces será en la medida en que haya firmeza y solidez
en las palabras que son clamadas por nuestra voz, como podrá
redimirse gran parte del mundo en el que vivimos.
Recordemos todos los cristianos
que la palabra recta es la que procede de la capacidad de escucha,
la que se dice a tiempo, la que se piensa serenamente y con dominio,
la que es ponderada y amable, la que brota de un piadoso temor de
Dios.
Recordemos los que hemos sido constituidos
en predicadores, que la Palabra precisa y necesaria para nuestro
pueblo viene de Dios y no puede ser suplantada por ninguna otra.
¿De qué sirve un vehículo
último modelo si el Divino pasajero se ha bajado y ha preferido
caminar por el desierto?
RELACIONES
EN EL ANONIMATO.
“En aquel tiempo, comenzó
Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: “Arrepiéntanse,
porque el Reino de los cielos está cerca”. Juan es
aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: “Una
voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen
sus senderos”.
Juan usaba una túnica de
pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero,
y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre.
1.- En una sociedad como
la nuestra, en donde las relaciones humanas se han ido haciendo,
a fuerza de abundantes, cada día más complejas y difíciles,
el nombre de una persona parece que ya no significa nada.
¡Fíjate qué
difícil nos resulta a todos el recordar el nombre de una
persona que te ha sido presentada!, y cuántas veces nos lamentamos
de que ya nos la han presentado en dos o en tres ocasiones, y no
se nos queda el nombre, por más que queremos.
Y es que los nombres nos dice muy
poco: en realidad no dice nada en sí mismo, y esto no solamente
porque los nombres se repiten y los apellidos también, sino,
sobre todo, porque una persona no se suele identificar ya con su
patronímico ni con su gentilicio, sino que aquello que le
identifica suele ser su aportación que ofrece a la sociedad.
Un día en tu vida que tengas
pocas ocupaciones, dedícate a revisar el Directorio Telefónico
y te podrás encontrar con páginas completas de algunos
apellidos: Martínez, González, Garza, García,
Pérez, Villarreal, Hernández... Te podrás encontrar
incluso con la información de muchas personas que hasta llevan
el mismo nombre y los mismos apellidos.
2.- Te preguntarás:
Entonces, ¿qué elementos pertenecientes a una persona
pueden ser considerados como propios? ¿qué es aquello
que nos es útil para identificarle?
Estarás de acuerdo conmigo,
en que si bien frecuentemente se nos puede escapar el nombre de
una persona, no se nos escapan las aptitudes, como tampoco se nos
olvida su profesión o su servicio, su aportación a
la comunidad. Son muchas las ocasiones en que no recordamos el nombre
del médico, pero no nos olvidamos de lo que hizo: ¿Cómo
se llama el doctor, el que trató bien a mamá? ¿Cómo
se llama? ¿Cómo se llama? Y así en todos los
campos: ¿Cómo se llama el mecánico? ¿el
que hace el trabajo bien? ¿Cómo se llama?... ¿Cómo
se llama el abogado? ¿el que sí es honesto? ¿Cómo
se llama?... ¿Cómo se llama el padrecito que fue a
ver a papá cuando estaba enfermo? ¿Cómo se
llama?
Y esto es lo que realmente se nos
va quedando de las personas que tratamos en la vida, porque esto
es lo que realmente identifica al hombre. No el cómo se llama,
sino lo que hace; y tanto más será definida su identidad
cuanto mayor significado tenga para la sociedad esa aportación,
ese trabajo, ese servicio, por muy sencillo que nos parezca.
Hoy, el Evangelio nos presenta al
Precursor. El cual es definido como "la
voz que clama en el desierto, enderezad los caminos del Señor
y allanad sus senderos". ¿Qué
mejor identicación podría haber tenido?
En la misión que él
tiene dentro de la redención es dónde él se
identifica realmente y esa identidad de Juan el Bautista, fuerte
y firme, quedará para siempre estampada en la historia de
la Salvación cuando, de entre una multitud, él sea
el que señale a Aquel que viene detrás de él
y de quién no se siente digno ni de desatar las correas de
sus sandalias.
3.- Querido amigo:
Ahora es el momento de la aplicación
práctica: Este Evangelio ¿qué
significa para nosotros? Pues mira, yo pienso que
es tiempo de que cada uno de nosotros tiene que preguntarse: Y yo,
¿quién soy? Cómo se define mi personalidad,
cómo me ubico en medio de la sociedad, en medio de la Iglesia,
entre mis semejantes y en la presencia de Dios nuestro Señor?
Y hay que reconocer que esta definición
de personalidad e identidad es una de las luchas más duras
que tiene que librar un hombre y una mujer a lo largo de su vida.
Y qué duro será para
muchos de nosotros, el llegar a un momento de la existencia en que
por no hacer nada resulta que no somos nadie. Qué difícil
es llegar a un momento en el cual el reconocimiento de la inutilidad
de nuestra propia vida nos hace perder hasta el sentido de nuestra
misma identidad. Se trata de esas terribles crisis por las cuales
podemos atravesar y por las cuales hemos atravesado todos nosotros.
Piensa en esas crisis en medio de
las cuales andamos buscando una identidad por caminos equivocados,
para toparnos en la pared, para lastimarnos y para herirnos y volver
otra vez a buscar en otra forma o en otra parte, en una crisis existencial
de gran sufrimiento, porque es la crisis más dura que puede
afrontar el hombre. El comprender que no se es nadie porque no se
hace nada por los demás.
Fíjate cómo nuestra
ubicación viene junto con la identidad, en el momento en
que nosotros descubrimos todo lo que podemos hacer por los demás
y empezamos a hacerlo, brota de nuestro ser todo ese potencial inmenso
que Dios ha puesto en nosotros: nuestros talentos. Cuando ponemos
todo lo que somos al servicio de nuestros semejantes, viene la paz
en el corazón y en la paz, el camino hacia la madurez y hacia
la plenitud en lo humano y en lo cristiano.
Fíjate como también
al poner todo nuestro ser en las manos de Dios para la salvación
de los demás, encontramos nuestra identidad plena, en conciencia
y delante de Dios, y podemos decir también nosotros: "yo
soy la voz que clama en el desierto".
4.- ¿Quiénes
somos? Ojala pudiéramos decir con soltura y con
conciencia: yo soy lo que hago por los demás, yo soy el que
anuncio, yo soy el que curo a los enfermos, yo soy el que enseño
a los ignorantes, yo soy una legítima autoridad sobre mí
mismo, yo soy el que busca la aplicación de la justicia,
yo soy el que sirve, yo soy el que acompaña al solitario,
yo soy el que comparte con el hambriento, yo soy el que lucho por
el necesitado. Ese "yo soy" que es el dominio, que es
el control de nuestra vida, es finalmente nuestra verdadera personalidad.
El día de hoy, debemos preguntarnos:
¿Quién soy yo?
Y es que Dios nos pide que nos ubiquemos,
porque Él quiere necesitarnos, y hay bastante dentro de nosotros
que todavía no ha sido puesto al servicio de los demás
y al servicio de Dios, para la salvación de todos.
Cada uno todavía estamos
tratanto de saber quién somos. Y no se vale respondernos
a nosotros mismos en esa forma superficial y materialista en la
que ni eres lo que hicieron tus padres, ni eres lo que tienes.
Porque lo que tus padres hicieron
es loable y amable pero tú éres el que debe construir
el propio camino. Hoy nuestro país adolece por los artificios
de los prestanombres, pero no te quedes solamente en los problemas
por todos conocidos, me refiero a una clase de prestanombres que
convierten a las personas en mediocres imitaciones y en consumidores
de frutos que no han sembrado. Existen tantos padres que han sido
eminentes profesionistas y que van legando su prestigio a sus hijos.
No creo que exista un mal en ello, si el hijo realmente es competente,
el problema lo encuentro cuando alguien navega en una barca ajena
y cuando no conoce bien los artificios para conducirla a un buen
puerto. El problema lo encuentro cuando el hijo quiere vivir de
las rentas de lo que el padre alcanzó en la vida y se convierte
en un embrión que camina, el nombre de su padre se convierte
en su placenta y no alcanza nunca a desarrollarse.
¡Y es que mi padre es mi padre y yo soy yo! Lo que mi padre
ha hecho es realmente de admirarse, pero a mí me toca ahora
emprender mi camino.
5.- El hombre no es lo que
los padres hicieron, ni tampoco es lo que tiene, porque hoy mismo
nos ha tocado descubrir la fugacidad de los bienes materiales. En
realidad, tú y yo somos lo que hacemos.
“Juanes”
existieron muchísimos en tiempo del Señor, como los
existen el día de hoy en grandes cantidades, pero Juan
el Bautista es uno sólo, y lo es por ser "el bautista",
el que bautiza, el que prepara el camino, el que clama y proclama,
la voz que grita en el desierto, el hombre coherente, aquel que
fue libre y crítico ante las situaciones de injusticia.
“Marías”
también existieron muchísimas en tiempos del Señor
como las existen hoy en nuestros tiempos, pero María
de Nazareth, solamente hay una. Y lo es, sin duda,
por lo que Dios hizo por ella, pero también por lo que ella
hizo con el don de Dios.
María de Nazareth es la que
escucha, la que ora, la que medita, la que pronuncia un “sí”
que transforma al mundo entero, ella es la esclava del Señor
y la que presurosa sirve a la pariente necesitada, la que se encuentra
con el Arcángel de Dios y la que sale al encuentro de aquella
prima anciana, ella es la que cuida con amor el fruto del vientre,
la que con dignidad sale de su tierra en el cumplimiento de su misión,
la que solícita vela por el matrimonio necesitado del buen
vino, la que permanece fiel desde la cuna hasta la tumba, desde
el pesebre hasta la cruz, aquella que no falla en la esperanza aún
en medio de la oscuridad del viernes santo.
6.- Y ¿tú
quién eres? Y ¿yo quien soy?
“Padres
Rogelio” pueden existir muchos,
“Rogelios Narváez” los puede
haber en gran cantidad. Pero yo, en lo personal, me defino por lo
que yo hago, por mi aportación. Tú me identificas
por lo que te ofrezco, por mis servicios, por mi consagración.
Mi nombre va muy unido a lo que yo hago, y así mi nombre
puede adquirir un valor en tu recuerdo. Y es aquello que sirviendo
a Dios te ofrezco, lo que me identificará en tu vida y en
tu pensamiento. Y aquello con lo que me presentaré un día
ante el Señor.
En este adviento, Dios nos está
permitiendo iniciar con una nueva oportunidad para el cambio, nos
permite empezar otra vez con nuestro caminar. Lo que reflexionamos
en este domingo no tiene como finalidad el que nos desalentemos,
sino el que nos convirtamos y, que seamos capaces de empezar a aprovechar
los momentos que Dios nos está brindando.
Que este adviento sea entonces una
búsqueda apasionada de esa identidad nuestra, porque en el
momento en que cada uno de nosotros se encuentra a sí mismo,
en ese momento se desencadena toda la riqueza interior, y todos
los que nos rodean resultan beneficiados.
Ayudemos también a quien
no acaba de ubicarse, para que, encontrándose a sí
mismo, pueda ser feliz, realizando sus tareas y poniendo a multiplicar
los talentos que Dios le ha dado.
“He
aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a
preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: “Preparen
el camino del Señor, enderecen sus senderos”.
LA
AUSTERIDAD QUE NOS ENRIQUECE.
“Juan
usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un
cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel
silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén,
de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán;
confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.
1.- San Juan Bautista, el precursor, el profeta austero
anunciaba al pueblo de Dios que ya se acercaba inminentemente la
hora de Dios, y que era necesario prepararse al gran acontecimiento
con un cambio radical de vida y de costumbres.
El
contemplar esta imagen ascética en el horizonte de la historia
de la salvación debe conducirnos a percibir la grandeza de
una vida vivida en la sencillez.
Y
es que a Dios le gusta la austeridad, y esto nos lo recuerda la
fiesta de la Navidad que está cada vez más cercana
en su celebración.
¿Sabes?
Quizá no se haya escrito nunca una paradoja tan grande como
ésta: por un lado, la soberanía del Señor,
y por la otra, su necesidad. ¡Eso es la Navidad! En Jesucristo
se combina la divinidad con la dependencia, la posesión de
todas las cosas con el despojo del existir, la riqueza total con
la pobreza.
Se
trata del Hijo de Dios que ha pedido prestado un pesebre para nacer,
será Él el que pida una barca prestada para desde
allí predicar el Reino, es el mismo que toma prestado de
aquel joven unos cuantos panes de cebada y unos peces para multiplicarlos
y así saciar a la multitud. Es Cristo quien pide un asno
prestado para entrar a Jerusalém, la razón que deben
dar para explicar es que: “el Señor tiene necesidad
de ello”. Es el mismo que necesita prestada esa habitación
en lo alto para instituir el Sagrado Banquete de la Eucaristía,
es el mismo que les había dicho a sus apóstoles que
no tenía donde reclinar la cabeza.
Al
final, la historia terminará con el mismo tenor de austeridad
y con la misma paradoja: habrá necesidad de que se pida un
sepulcro vacío para que descanse Aquel que es el dueño
del Universo entero. Será desde allí, desde un sepulcro
prestado, en donde se realice el acontecimiento que nos salva a
todos los hombres: la resurrección del Hijo eterno del Padre.
2.-
Muy queridos amigos:
Son
muchas las veces, en que Dios se permite tomar las cosas de los
hombres para así recordarnos que todo procede de Él
y que todo le pertenece, y que aún así Él gusta
de la sencillez.
Y
es la austeridad, un valor que debemos cultivar en esta fiesta cristiana
de la Navidad.
Date
cuenta de que vivimos en un mundo excesivamente consumista. En este
mundo todo parece ser intercambiable por una monedas, todo puede
darse en trueque a cambio de unos centavos. En nuestro universo-mundo,
una figura como la del Bautista nos puede parecer exacerbada, prohibitiva,
y hasta propia de un manicomio o confundirse con un poseso.
Y
es precisamente, mediante la grandeza de la sencillez en el precursor,
en donde el Señor nos invita a desapegarnos de todo aquello
que va saciando nuestro vientre y bolsillos, pero que va dejando
el corazón y el alma empobrecidos.
¿No
te has dado cuenta? Es mucho mayor la pobreza que genera la inconsciencia
que la que es causada por la falta de dinero. Las mujeres y los
hombres de nuestro tiempo van caminando por el mundo sin advertir
la belleza, la bondad y las gloria de Dios circundante.
Sus
almas son las pobres. Y el Señor nos dice que más
vale ser pobre del bolsillo que menesteroso del alma.
3.-
Este tema de la austeridad y la cercanía con la Navidad me
ha hecho recordar un libro de Geraldine Brooks titulado: El Universo
en un Jardín. En él narraba su asombro ante el consumismo
en que se había sumergido su hijo Nathaniel.
”
Me asombra la gran cantidad de bienes materiales que mi pequeño
ya ha consumido. Tiene cinco años y ya descompuso una podadora
de césped amarilla, un triciclo de manillar rojo, un señor
papa con protuberancias marrón y verdes. Las cosas le duran
hasta que el microcircuito se estropea o el plástico se haga
añicos.
Los
juguetes modernos no le dejan lugar a la imaginación: ahora
son los microcircuitos los que piensan; los personajes de dibujos
animados ya vienen con todo y diálogos solo basta aplastar
un botón, y toda muñeca arrastra tras de sí
un séquito de accesorios que comprar”.
Ella
narra que cuando era niña en Australia, era llavada por su
madre a recorrer la finca, allí en donde cada planta y cada
piedra tenían una historia para contar. Una lagartija que
se asoleaba sobre un ladrillo era el héroe en un cuento de
dragones. Los hongos de forma quebrada eran la escalinata de una
hada, que conducía hasta un reino secreto. Las margaritas
tenían caras y las azaleas eran los vestidos de noche para
que la margarita fuera de baile con un príncipe.
En
el otoño las hojas caídas les permitían jugar
a la tienda de los sombreros. No hacía falta gastar para
jugar a estos juegos. Lo único que se necesitaba era la dedicación
de su madre. Dice ella: Si examino los costosos regalos que recibe
Nathaniel, parece que toda su gracia reside en que no necesitan
la intervención de los padres, y parece ser que para eso
los compramos.
Algunos
juguetes tienen alegres voces automáticas que hablan al pulsar
un botón: “Escoge un amigo para ir a la tienda”,
invitándolo a elegir entre sapos y ratones antropomorfos.
Todavía
recuerda Geraldine aquellas invitaciones que le hacía su
madre: “Vamos de compras. En el jardín hay un árbol
donde se venden sombreros elegantes”,... y se la pasaban largas
horas escogiendo entre las hojas de los árboles el sombrero
más bello.
Termina
Geraldine con una reflexión:
“¿Me pregunto si todas las cosas que le he dado a mi
hijo no le habrán quitado algo?”
4.-
Esta Navidad, Dios nos está invitando para que cultivemos
el valor de la austeridad. La austeridad no es el arte de decir
que no a las cosas; es el arte de decir que sí. Educar a
la familia en la austeridad no es una negación, sino una
afirmación:
-
La austeridad es decir que sí a la CREATIVIDAD
y a la IMAGINACION
que dejamos despertar.
-
La austeridad es decir que sí a la ILUSION de no ahogarnos
dándoles a las personas más de lo que necesitan.
-
La austeridad es decir que sí a su MADUREZ,
pues no hemos llenado su corazón de necesidades absurdas
e inútiles.
-
La austeridad es decir que sí a su FELICIDAD,
pues la felicidad no se consigue con cosas, sino que sale de dentro,
del alma.
-
La austeridad es decir que sí a la CAPACIDAD
DE VALERSE POR SI MISMOS, sin necesidad de depender
de los padres.
-
La austeridad es decir que sí a la LIBERTAD,
a esa capacidad para hacer lo que se debe hacer y no dejarse llevar
por el “gusto”, por las
“ganas”, o por la “moda”
y todo lo que anuncian en las televisores.
-
Austeridad es decir que sí a DIOS,
que es Padre de todos y nos pide amor, entrega y servicio a los
demás.
5.-
¿Sabes? Te quiero compartir que en la Navidad del año
2000, mientras pasaba algunas noches en el hospital junto al lecho
de enfermedad de mi madre, pensaba en algún regalo que pudiera
ofrecerles a mi padre y a mi madre, cuando logrará salir
del hospital. Aprovechaba algunos de sus momentos de sueño
para leer algunas publicaciones. Leía la Biblia, algunos
libros de teología, documentos que tenía que revisar
sobre el Sínodo Diocesano y también leía algunas
revistas. Leí una publicación navideña del
Selecciones del Reader´s Digest de ese año 2000.
Devoraba
los artículos, y entre aquellos temas me encontré
con uno que me dejaba un mensaje que en ese momento estaba necesitando.
Una mujer llamada Chiquita Woodard hablaba de “Los
Regalos que alegran el corazón” e iniciaba
con una frase que inmediatamente jaló mi atención:
“No es necesario regalar algo caro para alegrar un corazón.
Regalar es un acto de bondad, no una competencia para ver quién
gasta más”.
Recomendaba
cosas interesantes como el regalarle a los niños que les
gustan las gomas de mascar un paquete de 500, o a las niñas
que les gustan listones para el cabello, uno de cada color. Recomendaba
a las mujeres regalarles a sus maridos que tiene como hobbie el
cuidar su automóvil, una cubeta con accesorios de limpieza
y un vale de “servicios y cuidados especiales para el coche”.
Recomendaba regalarle a los esposos que gustan de la parrilla, un
muestrario de cortes selectos o de salsas exóticas para las
carnes, o bien si el esposo gusta de algún deporte o tiene
un equipo favorito el regalarle boletos para algún evento
deportivo importante en el que se incluyera un segundo boleto para
su amigo inseparable que le acompaña al estadio. A los maridos
les recomendaba regalar cosas que no se enchufaran, e independientemente
de lo que regalara que le escribieran una carta a la esposa en la
que narraran la felicidad que tenían por haberse casado con
ella, y las razones que tienen para amarle. Aconsejaba a los que
tienen kilómetros o millas acumuladas en los programas de
viajero frecuente, el que ayudaran a que alguien se pudiera ir de
viaje.
Todos
los consejos me parecían sensatos y los leía con interés...,
mientras leía los artículos me le quedaba mirando
a mi madre en su lecho de enfermedad, y pensaba en el mejor regalo
para ella. Al hablar de las personas mayores, Chiquita aconsejaba
regalarles fotografías de las generaciones y álbumes
o marcos para las fotografías, y decía que si se le
regalaban algún artículo que necesitara baterías,
las incluyéramos, si se les regalaban algunas jaulas o comederos
para las aves se incluyeran raciones de alimento. Y concluía
el artículo con una frase que me quedó grabada: Sin
tener lugar a dudas, el mejor regalo es uno que no nos cuesta monetariamente.
El tiempo es un bien escaso en estos días, que puede ser
el regalo más valioso de todos.
6.-
¡Cuánta razón hay en lo anterior! Y,
si no lo quieres creer, fíjate como en los cuartos de los
ancianos, en los hospitales y en muchas casas, así como en
muchas hogares de reposo, abundan los alimentos, incluso los prohibidos,
y algunos aparatos sofisticados, pero
faltan las palabras de aliento, los gestos silenciosos y la presencia
del cariño tan necesaria.
A Dios le agrada la gente austera,
la Virgen María de quien hablaremos el próximo domingo
nos lo recordará. Al final de cuentas, la Navidad no es más
que la fiesta del Dios que quiso ser menesteroso.
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