| 1.-
Muy queridos amigos (as):
El día de hoy en nuestra liturgia han entrado en escena una
pareja de siete hermanos, dos grupos de siete hijos, dos contingentes
de siete vástagos, dos agrupaciones de siete descendientes,
dos equipos de siete consanguíneos,... los cuales serán
de gran utilidad para ilustrar nuestra mente en torno a un único
tema: La fe en la resurrección de los muertos.
“En aquellos días, arrestaron a siete hermanos junto
con su madre...”
“Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuáles
se casó y murió sin dejar hijos...”
2.- Dos historias parecidas pero distintas, la
primera de ellas entresacada del marco de la misma historia de una
familia piadosa, y la segunda entresacada de la nutrida imaginación
de aquellos que con sus preguntas buscaban los argumentos necesarios
para dar muerte al mismo Señor de la Vida.
Ambas historias aparecen conmovedoramente narradas por las situaciones
de infortunio que se nos refieren, una de ellas nos es ofrecida
por la pluma del cronista sagrado, y la otra por la boca de aquellos
que pedirán la cricifixión del cordero sin mancha.
Las dos historias nos muestran esos desaguisados humanos que están
sazonados por el ingrediente del dolor y de aquella condición
juzgada, en lo sólo humano, como una tragedia: por un lado
la patética historia hipotética narrada por la casta
sacerdotal, y por el otro esa historia real que nos refiere el segundo
libro de los Macabeos.
3.- Los saduceos se han triturado los sesos y han exprimido
sus neuronas con el único fin de presentar una historia lo
más dolorosamente posible con el único fin de acabar
sin piedad con la vida del Nazareno, mientras que Antioco IV Epífanes
con su malicia ha buscado utilizar la violencia para conmover el
corazón de aquellos hermanos y de aquella madre con el único
fin de conseguir unos fines muy lejanos de la fidelidad a Dios y
con ello expresar su hegemonía.
En las dos historias existe una trampa:
en la primera de ellas ya se ha arrestado a los hermanos y en la
segunda se busca arrestar a Jesús de Nazareth, en la primera
historia se busca librar a aquellos jóvenes de la muerte
a cambio de la complicidad en la idolatría, en la segunda
historia se busca hacer caer a Jesús a toda costa, manipulando
incluso a Moisés y la ley divina hasta conseguir acusar al
Galileo de blasfemia.
4.- ¿Cuál situación resultará
ser más trágica?
El texto del segundo libro de los Macabeos es un caso real, y representa
un ejemplo luminoso de la fe de aquellos jóvenes en el más
allá y en el Dios de la vida.
En el Evangelio, por el contrario, el caso aparentemente es ficticio,
aunque las intenciones de destrucción son más reales
de lo que podemos sospechar. Se trata de un asunto paradógico,
por un lado el vertiginoso vuelo de la imaginación de los
saduceos en esas noches de insomnio utilizadas para maquinar la
muerte del Rabino, como le llaman, y para ello utilizan un pretexto
doctrinal: la fe en la vida después de la muerte.
5.- Y allí se encuentran gravitando, en el hermético
espacio de aquella cárcel y en el espacioso hermetismo de
aquellos caminos y de aquellas mentes, estos dos relatos en los
que se nos habla de una invitación a la fidelidad: aquellos
jóvenes fueron fieles a Dios ante las pretensiones de Antíoco
IV Epífanes. Dios, por su parte, es presentado como aquel
que es fiel no abandonando al hombre al final del curso de la vida,
puesto que Él es un Dios de vivos y no un Dios de muertos.
No obstante la doctrina plenificada en el Evangelio, nos presenta
una fe más que de una aceptación incomprensible, una
fe de asimilación de contenidos depositada en una realidad
totalmente nueva: los creyentes en la resurrección de los
fieles difuntos esperamos una transfiguración no una sola
reproducción de lo que aquí estamos viendo.
6.- La Palabra de Dios nos ha señalado que la vida
eterna,... que la vida verdadera que nos es ofrecida no es simplemente
una prolongación, después de la muerte biológica,
de una existencia terrena como esta de la cual ahora estamos gozando
tú y yo ahora.
El Señor Jesús, el Verbo de Dios encarnado, nos ha
explicado cómo será aquello que seremos en la vida
eterna, poniendo frente a nuestros ojos dos imágenes: seremos
como los ángeles..., seremos hijos de Dios...
7.- La existencia de una nueva relación en la vida
de los cristianos, todos lo hemos aprendido desde que eramos niños,
y así nos lo ha enseñado el Señor. Y todos
nosotros, independientemente del lazo que nos pueda unir a unos
con otros aquí en la tierra, sabemos que poseemos otro lazo
común que ha brotado de nuestro bautismo: somos hijos de
un Padre común, y entre nosotros todos somos hermanos.
Así los padres y los hijos, así los esposos entre
sí y los abuelos y los nietos, todos somos hijos del mismo
Padre y entre nosotros vivimos una relación de fraternidad.
8.- Mi madre y mi padre, fueron quienes nos enseñaron
a llamarle Padre a quién ellos reconocían y reconocen
como Padre, y nos enseñaron a llamarle Madre a quién
ellos reconocieron y reconocen como Madre.
Mis padres, no podían ni siquiera imaginar que sus hijos,
a quienes ellos han amado, pudieran tardar meses después
de nacidos sin recibir el más grande regalo que podían
ofrecernos: el ser hijos de Dios.
El bautizarnos no era, como lo cuestiona un cantante que pretende
sobrevolar en los aires de la novedad y hacerse pasar por un intelectual,
un imponer sin consultar una religión. Era por el contrario,
el más grande de los obsequios, y la más alta preocupación
porque recibiéramos de Dios la gracia que santifica y que
nos transforma, la gracia que nos cura y que nos eleva. ¡Ser
hijos de Dios!, lo que Cristo es por naturaleza nosotros lo somos
por la acción de la gracia bautismal.
Antes, en tiempo de mis padres y de tus padres, ni se pensaba tanto
aquello que resultaba demasiado claro ni se desvirtuaba tanto lo
bellamente virtuoso, las cosas eran tan inmediatas porque se veían
y se sabían necesarias.
Hoy, en el tiempo presente, cada día nos vamos esperando
más, ¡qué si los
padrinos tienen que venir de fuera!, ¡qué si el clima
tiene que cambiar!, ¡qué si los salones de eventos
están saturados!, ¡qué si el espectáculo!,
¡qué la foto en la sección de sociales!,...
9.- Mis padres eran hijos de Dios por el regalo que les
dieron mis abuelos, y ellos querían que sus hijos también
fuéramos hijos de Dios. Una relación nueva
se establecía en el sacramento y se manifestaba en la oración
de aquellos que en casa eran padres y esposos, y de los que somos
hijos y hermanos, todos nos reconocemos hermanos e hijos de Aquél
a quien elevamos los ojos del alma y por quien palpitaba el corazón.
Era, es y será algo tan bello
el rezar el Padre Nuestro todos juntos en los momentos inolvidables
de mi vida familiar. Recuerdo las misas de Navidad
y de año nuevo en acción de gracias al Dios de bondad
por tantas bendiciones: mi padre, mi madre cuándo estaba
físicamente con nosotros, ahí estábamos sus
hijos, estamos los hermanos, estaban mis cuñados y mis cuñadas,
y se encontraban mis 15 sobrinos, y todos decíamos a una
voz: “Padre nuestro”.
Me resulta sumamente especial el ver a mis hermanos enseñar
a mis sobrinos a rezar, dile: “Padre Nuestro, que estás
en el cielo...”. Y con ello les dicen en el silencio de su
ejemplo y en la elocuencia de la fe: “tú eres mi hijo,
pero debes decirle “Padre nuestro” a quien yo le llamo
“Padre nuestro”...
10.- Y es que, en la realidad, no es que desaparezcan nuestros
vínculos de la vida cristiana, sino que el vínculo
que nos mantendrá juntos cuando se rompan los de la sangre
y la carne será aquel que ya es desde ahora nuestro distintivo,
tal y como ya lo reconocemos aquí en la tierra: todos somos
y seremos hijos de un mismo Padre.
Tengo, no obstante, que decirte que hay un problema que encuentro
en nuestro tiempo, y no es precisamente el de una estructura familiar
que se pudiera romper en la eternidad, sino el de aquellas estructuras
que se van rompiendo en la actualidad: hermanos que ya no nos tratamos
como hermanos, esposos que ya no se respetan como esposos, padres
que han dejado en el abandono a los hijos y los hijos que hemos
dejado en el olvido a los padres.
11.- Dios es un Dios de vivos y no de muertos, nos lo dice
el Maestro. Creer en el Dios de Jesucristo significa aceptar que
estamos hechos para la vida, y que la vida consiste en el ser uno
con él, sin que esta relación se interrumpa jamás.
Para Dios todos, absolutamente todos están vivos. Y es que
Dios es la fuente y es el fin de nuestra vida. El creyente que vive
con Él y por Él, después de que ha recibido
de Dios el don de la existencia, será arrancado por Él
mismo del dominio de la muerte. Es Dios quien nos ha sacado de la
nada, y aquel que nos librará del abismo y del caos final.
Aspiramos a la vida eterna, y en esa vida que esperamos no se tratará
de que siete hermanos se estén disputando una mujer. Se trata,
más bien de un Dios que le arrebata victoriosamente a la
muerte el tesoro más querido: sus hijos, sus hijas. Aquellos
que han sido fieles en la vida y en el tiempo reciben la más
alta expresión de la fidelidad en el Dios que les ofrece
su propia vida en la eternidad.
NI
FRACASO NI CASTIGO
“En aquel tiempo, se acercaron
a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección
de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos
dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere
sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia
a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales
se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero
y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa
a la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de
cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete
estuvieron casados con ella?”.
1.-
¡La paz sea con ustedes!
Muy
queridos amigos y amigas: ¡La paz sea con ustedes!
Este
es el saludo del Señor resucitado, vencedor de la muerte:¡La
paz sea con ustedes!
Queridos
padres de familia, que han experimentado el dolor más intenso,
y hasta hace poco desconocido y hoy todavía incompresible,
al contemplar la repentina interrupción del camino de alguien
a quien un día engendraron o concibieron, alguien a quien
un día cargaron alegremente en sus brazos, de quien acariciaron
su rostro y a quien han besado en su frente: ¡La paz sea con
ustedes!
Estimados
esposos cristianos, que han experimentado abruptamente la soledad
y el abandono ante la dolorosa separación física del
compañero de la vida, de aquel o de aquella con quien les
unían lazos más grandes que los del afecto, de la
sangre o de un documento: ¡La paz sea con ustedes!
Apreciables
hijos de familia, que a pesar de nuestra vitalidad, como nunca hubiésemos
imaginado, repentinamente nos hemos visto impotentes para llegar
a evitar el ser invitados a contemplar el último acto de
la última función, contemplar cómo el telón
cae inevitablemente, asistir a la conclusión de la jornada
y de la existencia temporal de quienes nos dieron la propia existencia
y mucho más que la existencia: ¡La paz sea con ustedes!
Amados
jovenes que, en un naciente corazón iluminado por la ilusión
y necesitado de experimentar sólo el afecto, han conocido
el ignoto dolor y han combatido ante la impotencia humana por la
pérdida de aquellos que han llevado nuestra propia sangre:
¡La paz sea con ustedes!
2.-
¡La paz sea con ustedes! Es el saludo del Señor resucitado
que nos dirige a todos y cada uno de nosotros.
¡La
paz sea con ustedes! Fue el alegre y glorioso saludo que el dueño
de la vida les dirigió en aquella mañana del primer
día de la semana a sus apóstoles cuando estaban amedrentados
y escondidos en el Cenáculo. ¡Sí!,... Después
del Viernes Santo, posterior a la muerte más injusta, inexplicable
e inaceptable que ha acontecido sobre la faz de la tierra; después
de que el hombre le hizo violencia al Señor de todo y de
todos, y que con el canto del martillo se rompió el silencio
y la placidez de la creación, el Señor Resucitado
está frente a ellos y saluda a sus discípulos diciendo.
“¡La paz sea con ustedes!”.
Ellos
no comprenden lo que sus ojos miran, la razón no asimila
lo que contemplan y, ante el silencio de la incomprensión
de los apóstoles, el Señor les muestra sus manos lastimadas,
las palmas de sus santísimas manos perforadas por el hierro
de los clavos. Allí estaban esas manos que acariciaron el
rostro de los niños, que abrieron los ojos del ciego, que
abrazaron misericordiosamente al pecador... Ahora, esas manos tienen
grabada la huella de la violencia y del desatino humano,... y al
mostrarles sus manos y solicitarles que acercaran las propias manos
para palpar un costado horadado por la injusticia, les vuelve a
repetir con tranquilidad: ¡La paz sea con ustedes!
Este
es el saludo del Señor victorioso para cada uno de nosotros:
¡La paz sea con ustedes!
3.-
Muy queridos amigos:
El
Evangelio de este domingo, se encuentra providencialmente avecinado
a la Solemnidad cristiana de los fieles difuntos, y es adecuado
que cada uno de nosotros considere la identidad del mensaje de hoy
y de la vivencia de ese día contemplado con ojos auténticamente
cristianos. ¿Qué nos ha dicho a cada uno de nosotros
ese día tan cercano? ¿Qué elemento de unión
generó la reunión en nuestros templos y cuál
evocación se transformó en convocación en nuestros
campos santos?
4.-
El día de los fieles difuntos, así como el día
inolvidable en el que murieron biológicamente nuestros seres
más queridos, fue, es y será para todos nosotros una
celebración, puesto que creemos en el Dios de los vivos.
Te
preguntarás: ¿cómo
puede hablar el cura de celebración cuando se ha experimentado
la ausencia y todavía no se aleja ese dolor que hace girones
el alma?
Te
quiero recordar que el día de la pascua cristiana de quienes
amamos es para nosotros una celebración. Y es que los cristianos
hemos recibido nuestra vida para buscar a Dios, la muerte la recibimos
para encontrarlo y la eternidad nos es dada para poseerlo.
Cómo
lo diría san Agustín en su elocuencia: “No
teme perder a los que ama aquel que los ama en Aquel que no se pierde”
Todavía
el día de hoy, la liturgia y la temática de la resurrección
nos ofrecen el apoyo necesario como para que recordemos esa “celebración”
del encuentro con Dios de nuestros seres más queridos, la
Pascua cristiana de nuestros seres más amados.
5.-
Para conseguir que nuestra fe no desfallezca cuando fallecen los
que amamos, debemos tener cuidado para no separar la integridad
del mensaje cristiano.
El
Viernes Santo está íntimamente unido al Domingo de
la Pascua, la Cruz se une estrechamente a la Resurrección,
es por ello que la Cruz de Cristo tiene para nosotros un sentido
que lo trasciende todo.
¿Qué
puede ser el Viernes Santo sin el Domingo de Pascua?
¿Qué es la Cruz sin la Resurrección?
La
Cruz sin la Resurrección, para los judíos no es más
que un castigo. La Cruz sin la Resurrección para los apóstoles
es sólo un fracaso. Unicamente en la medida en que la Cruz
se une a la Resurrección, la Cruz se convierte en un mensaje
de salvación para todos los hombres.
6.-
En nuestra vida acontece lo mismo: ¿Qué ha sido el
viernes santo de nuestros seres queridos sin el domingo de pascua?
¿Qué es el misterio de la cruz de aquellos a quienes
amamos sin la esperanza de la resurrección?
Sin
la esperanza de la resurrección, la cruz de los que amamos
es un castigo y el viernes santo será visto como un fracaso.
La resurrección cristiana es la que se encarga de transformarlo
todo.
7.-
La resurrección nos permite comprender que nuestra tumba
no es más que la cuna y que el cementerio solamente es el
dormitorio de nuestra eternidad. Los cristianos hemos comprendido
que la muerte no es la última estación en el trayecto
de nuestra vida, sino que en Cristo resucitado hemos asimilado la
existencia de una estación que está más allá
de la conclusión de nuestros días.
Para
los que creemos en Jesucristo la vida se transforma no se acaba
y cuando se disuelve nuestra morada terrenal el Señor nos
prepara una habitación en la mansión eterna del cielo.
La muerte no es mas que el inicio
del nuevo día y el amanecer de nuestra esperanza.
La muerte es como el despuntar de una luz para la eternidad.
¡Cristo
ha resucitado! El árbol de la Cruz ha florecido y ahora posee
frutos de eternidad que le convierten en el verdadero árbol
de la vida, y que nos anuncia sonoramente el inicio de una primavera
de gloria.
El
domingo de pascua ha transformado nuestro viernes santo, la resurrección
ha transignificado la cruz y... ha transfinalizado la muerte.
8.-
San Agustín ha dicho que la muerte es el paso de la noche
al día definitivo, en donde el Sol que nace de lo alto será
contemplado en toda su majestad. San Juan Crisóstomo
concibe la muerte como el dulce sueño que nos hace despertar
a una nueva realidad, en donde la realidad supera totalmente lo
que hayamos soñado en esta vida; también dice que
es el fin del espectáculo en el teatro de la vida, dónde
el telón se corre, se regresan las vestimentas y los guiones,
ya no hay rey ni hay vasallo, no hay rico ni hay pobre, todos regresamos
ante Dios. Bousset describe la muerte como la necesaria destrucción
de un derruido edificio que permite levantar una nueva edificación,
de tal manera que el inquilino que somos cada uno de nosotros pueda
vivir en la eternidad. Es la muerte el transportarnos a la fiesta
del Cielo, lo dice San José María Escrivá de
Balaguer. No es otra cosa sino el tiempo de la cosecha, comentaba
el Cardenal Newman: la buena semilla ha caído en la tierra
y ha llegado el tiempo de recoger la mies, nos presentaremos ante
Dios no con las manos vacías sino rebosantes de frutos. Santo
Tomás de Aquino dice que la muerte es como cuando alguien
recibe la noticia de que un hermano suyo ha sido ungido como Rey
de un país lejano y que nosotros deseamos marchar, encontrarnos
y vivir con Él, y para ello somos capaces de abandonar lo
que tengamos que abandonar. La muerte
no es el punto final sino un viaje que emprendemos hacia la eternidad,
decía San Cipriano.
9.-
Muy queridos amigos: ¡La paz sea con ustedes!
Este
es el saludo del Señor resucitado a los apóstoles
que se encuentran encerrados, atemorizados. Y al verlos sumergidos
en la incomprensión, el Señor les muestra sus manos
lastimadas por los hierros y les vuelve a decir: ¡La paz sea
con ustedes!
Y,
el Señor victorioso al mostrarles sus manos con las huellas
de la sinrazón humana, al pedirles que acerquen su mano para
tocar su costado, les está diciendo: ¡La paz sea contigo!,...
yo se lo que es estar en el lugar en el que están ustedes;
yo también sé lo que es el dolor; yo sé lo
que es el abandono; yo sé lo que es la soledad; yo conozco
lo que es la muerte; yo sé lo que es la injusticia; yo conozco
el cansancio; yo sé lo que es estar en la cruz con el cielo
entenebrecido, yo sé lo que es exclamar desde la cruz esa
cuarta Palabra que tú posiblemente has pronunciado en variadas
ocasiones: ¡Dios mío, Dios mío, porque me has
abandonado!
Yo
también sé lo que es el dolor. ¡ La paz sea
con ustedes!
Este
es el saludo que Jesucristo resucitado dirige a cada uno de nosotros:
¡la paz sea con ustedes!
MUERTE
QUE ES NO VIVIR
En
aquel tiempo, Jesús les dijo a los saduceos: “En esta
vida, hombres y mujeres se casan pero en la vida futura, los que
sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los
muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque
serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él
los habrá resucitado.
Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en
el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham,
Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos
sino de vivos, pues para él todos viven”.
.
1.- Aunque con frecuencia las creaciones humanas sobreviven
a sus autores, siempre estarán abocadas a la muerte, y su
valor estará circunscrito por el tiempo y el espacio. Esto
es constatable en la historia, así se llamen civilizaciones,
imperios, reinos, empresas o negocios...
Aún
aquellos hombres de la historia más
ufanos, engreídos, soberbios, pedantes y orgullosos,
un día han quedado sepultados en el laberinto del olvido
bajo la arena del desierto o se encuentran, a lo sumo, como una
referencia en los libros de la historia. También, han caído
por su propio peso los gruesos muros y los antiguos sistemas que
hasta hace poco tiempo se llegaron a considerar intocables, sólidos
y perennes; ¿y los actuales?, los actuales también
son transitorios. ¿Cuánto
tiempo les durará la vida? Solamente Dios
lo sabe.
La
transitoriedad de las cosas terrenas era conocida, incluso por nuestros
hermanos, que vivieron en esta amada tierra mucho antes de la llegada
de los Españoles. Así reza uno de sus muchos y muy
hermosos Cantares:
“
¿Acaso de verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
Aunque sea oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”.
(Ms. Cantares Mex., fol. 17r).
Y
así reza también el refrán popular:
“la muerte es cierta, la hora es incierta”.
Lo
anteriormente referido, pudiera antojársete como apuntando
hacia el absurdo, ésto sería así, sólo
en el caso de que no fuera iluminado con el acontecimiento pascual
de Cristo.
2.-
La estancia histórica de Cristo, que ha compartido las situaciones
humanas con nosotros, desde su nacimiento en este mundo, será
la mejor garantía de que no hay nada de ingrato o de injusto
en la existencia humana.
No
obstante, será solamente la muerte y la resurrección
de Jesucristo, lo que nos ofrecezca el testimonio y la garantía
de que la existencia humana es buena, y de que todo en ella tiene
un sentido.
El
acontecimiento Pascual nos muestra cómo la vida y la muerte
también se encuadran en el plan divino de la salvación,
y cómo Dios sabe obtener el bien del mal, sabe como sacar
vida verdadera de la muerte.
Si
la Encarnación del Divino Verbo ha sido la entrada de Dios
en la historia, entonces la muerte y la resurrección del
Hijo de Dios, hecho hombre, es el ingreso del hombre a la metahistoria,
es decir el acceso a aquellas realidades que están más
allá del tiempo y del espacio.
3.-
Y así lo comprendía Fray Luis de Granada cuando escribía:
“Para
hablar de este misterio de nuestra redención, verdaderamente
yo me hallo tan indigno, tan corto y tan atajado, que no sé
por dónde comience, ni dónde acabe, ni qué
deje, ni qué tome para decir.
Mayor
gloria fue Dios morir por los hombres que nacer por los hombres.
Pues
díganme ahora todos los entendimientos del mundo, ¿qué
pecado pudo haber hecho mayor que el de la idolatría, sino
la muerte injustísima del Hijo de Dios, y Señor de
todo lo creado?
¡Porque,
si siendo Dios, padeció, no por sí, sino por nosotros,
cuán justo y cuán debido es que nosotros, que somos
sus siervos, imitemos alegremente su muerte! Mas no se llame muerte,
hija mía, perder la vida por Cristo, sino alegría
y gozo, y deleite, y resplandor y luz, más dulce y más
hermosa que ésta del sol”.
O,
cómo también lo describía Francisco de Quevedo
en su Soneto titulado: la Diligencia de la muerte:
Ya
formidable y espantosa suena
Dentro del corazón el postrer día,
Y la última hora, negra y fría,
Se acerca, de temor y sombras llena.
Si
agradable descanso, paz serena,
La muerte en traje de dolor envía,
Señas de su desdén de cortesía:
Más tiene de caricia que de pena.
¿Qué
pretende el temor desacordado
de la que a rescatar piadosa viene
espíritu de miserias añudado?
Llegue
rogada, pues mi bien previene;
Hálleme agradecido, no asustado;
Mi vida acabe y mi vivir ordene.
4.-
Muy queridos amigos: En Cristo, hemos comprendido que la
muerte no es el término del existir sino que se convierte
en el paso, en la entrada y la liberación. La muerte es la
salida de una condición y de un estado esclavizante para
poder entrar en una situación de plenitud y de victoria.
Diría
Santa Teresa de Ávila, que
la muerte es solamente nuestra salida de una estancia de segunda
para ingresar a la posada de la eternidad. La muerte,
refiere, debe ser contemplada como esa alegría que obtenemos
al dejar el hospital, aún con la nostalgia de los médicos
y el recuerdo de las enfermeras con los que nos hemos familiarizado
en el trato de la caridad.
Los
cristianos no le tenemos miedo a la muerte, podemos decir que lo
único que tememos, es que, después de esta vida y
de esta muerte merezcamos la muerte segunda como la llama el Apocalipsis,
se trata de esa muerte eterna de la que ya no existirá el
regreso.
Todo
lo anteriormente referido, le ha heredado a la Iglesia el verdadero
conocimiento en torno al destino final del hombre. La muerte es
vista con los ojos del resucitado. La salvación eterna se
encuentra solamente en Cristo Jesús.
5.-
No podemos desligar esta tercera reflexión de la que compartíamos
en ese segundo segmento en el que hacíamos memoria de la
comprensión que de la muerte tienen nuestros hermanos mayores
en la fe: los Santos.
¿Sabes?
De las distintas apreciaciones sobre la vida eterna de aquellos
que vivieron la etapa adulta de la fe, en lo personal me agrada
esa última lección de cristianismo que le da Santa
Mónica a su hijo, san Agustín.
Están
ambos residiendo en Hostia, un puerto cercano a la ciudad de Roma,
y una noche, en que santa Mónica experimenta el dulce vuelo
del angel de la hermana muerte sobre su tejado, le pide a su hijo
Agustín que le ayude puesto que quiere caminar en la playa,
y experimentar en sus pies descalzos la humedad de la arena que
ha sido bañada por las olas.
Agustín
se ha aprestado a cumplir la voluntad de su madre, pero esa noche
percibe la notable dificultad que tiene su madre para desplazarse,
su caminar es humanamente torpe aunque lleva una sonrisa en su rostro.
Por primera ocasión, de manera consciente contempla Agustín
a su madre desgastada por el peso de los años, y se da por
enterado de que gran parte de su desgaste físico ha sido
ocasionado por sus actitudes renuentes de la juventud. Llora en
el silencio Agustín mientras que lleva a Santa Mónica
del brazo. Ella voltea a mirarlo y gracias a la luz refleja de la
luna mira aquellas lágrimas de arrepentimiento rodar por
sus mejillas, es entonces que santa Mónica le dice a su hijo,
unas palabras que su mismo hijo nos ha compartido en el libro de
las Confesiones:
“
No llores si me amas, si conocieras el don de Dios y lo que es el
cielo.
Si
pudieras oír el cántico de los ángeles y verme
en medio de ellos.
Si
pudieras ver los caminos, el horizonte y los senderos por los que
ahora atravieso.
Si
pudieras contemplar como yo, la belleza ante la cual las bellezas
languidecen.
¡Créeme!,
el día en que tu alma vuele hasta este cielo, al cual yo
te he precedido.
El
día en que la muerte venga a desatar los nudos como ha roto
los que a mí me encadenaban.
Ese
día me volverás a ver, y encontrarás en mi
corazón tus ternuras aumentadas.
Me
verás en la transfiguración, en éxtasis, feliz.
Ya
no esperando la muerte sino avanzando juntos.
Pues
te llevaré de la mano por senderos nuevos de la luz y de
la vida.
¡Enjuga
pues tu llanto, y no llores si me amas!”.
6.-
Santa Mónica le estaba dando a su hijo la última lección
sobre la doctrina de Cristo. Le explicaba el último artículo
del credo que profesamos domingo a domingo: “Creo en la resurrección
de los muertos y en la vida del mundo futuro”
¿No
te has dado cuenta? Para los cristianos
la muerte no puede ser un camino cortado sino una meta alcanzada.
7.-
Las lágrimas, no obstante, no desaparecen tan fácilmente
de nuestros ojos, resulta adecuado recordar que san Juan nos presenta
a Jesús llorando cuando Lázaro murió, el Señor
llora por el amigo y la gente mencionaba:
¡Mira cuanto le amaba!
Cristo
nos ha mostrado que las lágrimas pueden ser sagradas. Nuestras
lágrimas nunca constituirán un signo de debilidad,
sino de fortaleza.
Nuestras
lágrimas pueden transmitir con mayor elocuencia que mil estrofas
juntas tres mensajes: un dolor indecible,
un profundo arrepentimiento y un amor inefable.
No
obstante, debemos cuidar que si bien nuestras lágrimas pudieran
expresar el dolor del corazón, jamás deberán
expresar ni la falta de fe ni la falta de esperanza.
8.-
Quiero decirte una cosa: La muerte para los
cristianos no es algo que nos sucede sino Alguien que sale a nuestro
encuentro.
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