Domingo 7 de Noviembre de 2004 _________Pbro. Rogelio Narváez Martínez

LOS LAZOS QUE TRASCIENDEN

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado quemuere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”.

Jesús les dijo “En esta vida, hombres y mujeres se casan pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos sino de vivos, pues para él todos viven”.

Momento 2

Momento 3

1.- Muy queridos amigos (as):

El día de hoy en nuestra liturgia han entrado en escena una pareja de siete hermanos, dos grupos de siete hijos, dos contingentes de siete vástagos, dos agrupaciones de siete descendientes, dos equipos de siete consanguíneos,... los cuales serán de gran utilidad para ilustrar nuestra mente en torno a un único tema: La fe en la resurrección de los muertos.

“En aquellos días, arrestaron a siete hermanos junto con su madre...”

“Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuáles se casó y murió sin dejar hijos...”

2.- Dos historias parecidas pero distintas, la primera de ellas entresacada del marco de la misma historia de una familia piadosa, y la segunda entresacada de la nutrida imaginación de aquellos que con sus preguntas buscaban los argumentos necesarios para dar muerte al mismo Señor de la Vida.

Ambas historias aparecen conmovedoramente narradas por las situaciones de infortunio que se nos refieren, una de ellas nos es ofrecida por la pluma del cronista sagrado, y la otra por la boca de aquellos que pedirán la cricifixión del cordero sin mancha.

Las dos historias nos muestran esos desaguisados humanos que están sazonados por el ingrediente del dolor y de aquella condición juzgada, en lo sólo humano, como una tragedia: por un lado la patética historia hipotética narrada por la casta sacerdotal, y por el otro esa historia real que nos refiere el segundo libro de los Macabeos.


3.- Los saduceos se han triturado los sesos y han exprimido sus neuronas con el único fin de presentar una historia lo más dolorosamente posible con el único fin de acabar sin piedad con la vida del Nazareno, mientras que Antioco IV Epífanes con su malicia ha buscado utilizar la violencia para conmover el corazón de aquellos hermanos y de aquella madre con el único fin de conseguir unos fines muy lejanos de la fidelidad a Dios y con ello expresar su hegemonía.

En las dos historias existe una trampa: en la primera de ellas ya se ha arrestado a los hermanos y en la segunda se busca arrestar a Jesús de Nazareth, en la primera historia se busca librar a aquellos jóvenes de la muerte a cambio de la complicidad en la idolatría, en la segunda historia se busca hacer caer a Jesús a toda costa, manipulando incluso a Moisés y la ley divina hasta conseguir acusar al Galileo de blasfemia.

4.- ¿Cuál situación resultará ser más trágica?

El texto del segundo libro de los Macabeos es un caso real, y representa un ejemplo luminoso de la fe de aquellos jóvenes en el más allá y en el Dios de la vida.

En el Evangelio, por el contrario, el caso aparentemente es ficticio, aunque las intenciones de destrucción son más reales de lo que podemos sospechar. Se trata de un asunto paradógico, por un lado el vertiginoso vuelo de la imaginación de los saduceos en esas noches de insomnio utilizadas para maquinar la muerte del Rabino, como le llaman, y para ello utilizan un pretexto doctrinal: la fe en la vida después de la muerte.

5.- Y allí se encuentran gravitando, en el hermético espacio de aquella cárcel y en el espacioso hermetismo de aquellos caminos y de aquellas mentes, estos dos relatos en los que se nos habla de una invitación a la fidelidad: aquellos jóvenes fueron fieles a Dios ante las pretensiones de Antíoco IV Epífanes. Dios, por su parte, es presentado como aquel que es fiel no abandonando al hombre al final del curso de la vida, puesto que Él es un Dios de vivos y no un Dios de muertos.

No obstante la doctrina plenificada en el Evangelio, nos presenta una fe más que de una aceptación incomprensible, una fe de asimilación de contenidos depositada en una realidad totalmente nueva: los creyentes en la resurrección de los fieles difuntos esperamos una transfiguración no una sola reproducción de lo que aquí estamos viendo.

6.- La Palabra de Dios nos ha señalado que la vida eterna,... que la vida verdadera que nos es ofrecida no es simplemente una prolongación, después de la muerte biológica, de una existencia terrena como esta de la cual ahora estamos gozando tú y yo ahora.

El Señor Jesús, el Verbo de Dios encarnado, nos ha explicado cómo será aquello que seremos en la vida eterna, poniendo frente a nuestros ojos dos imágenes: seremos como los ángeles..., seremos hijos de Dios...

7.- La existencia de una nueva relación en la vida de los cristianos, todos lo hemos aprendido desde que eramos niños, y así nos lo ha enseñado el Señor. Y todos nosotros, independientemente del lazo que nos pueda unir a unos con otros aquí en la tierra, sabemos que poseemos otro lazo común que ha brotado de nuestro bautismo: somos hijos de un Padre común, y entre nosotros todos somos hermanos.

Así los padres y los hijos, así los esposos entre sí y los abuelos y los nietos, todos somos hijos del mismo Padre y entre nosotros vivimos una relación de fraternidad.

8.- Mi madre y mi padre, fueron quienes nos enseñaron a llamarle Padre a quién ellos reconocían y reconocen como Padre, y nos enseñaron a llamarle Madre a quién ellos reconocieron y reconocen como Madre.

Mis padres, no podían ni siquiera imaginar que sus hijos, a quienes ellos han amado, pudieran tardar meses después de nacidos sin recibir el más grande regalo que podían ofrecernos: el ser hijos de Dios.

El bautizarnos no era, como lo cuestiona un cantante que pretende sobrevolar en los aires de la novedad y hacerse pasar por un intelectual, un imponer sin consultar una religión. Era por el contrario, el más grande de los obsequios, y la más alta preocupación porque recibiéramos de Dios la gracia que santifica y que nos transforma, la gracia que nos cura y que nos eleva. ¡Ser hijos de Dios!, lo que Cristo es por naturaleza nosotros lo somos por la acción de la gracia bautismal.

Antes, en tiempo de mis padres y de tus padres, ni se pensaba tanto aquello que resultaba demasiado claro ni se desvirtuaba tanto lo bellamente virtuoso, las cosas eran tan inmediatas porque se veían y se sabían necesarias.

Hoy, en el tiempo presente, cada día nos vamos esperando más, ¡qué si los padrinos tienen que venir de fuera!, ¡qué si el clima tiene que cambiar!, ¡qué si los salones de eventos están saturados!, ¡qué si el espectáculo!, ¡qué la foto en la sección de sociales!,...

9.- Mis padres eran hijos de Dios por el regalo que les dieron mis abuelos, y ellos querían que sus hijos también fuéramos hijos de Dios. Una relación nueva se establecía en el sacramento y se manifestaba en la oración de aquellos que en casa eran padres y esposos, y de los que somos hijos y hermanos, todos nos reconocemos hermanos e hijos de Aquél a quien elevamos los ojos del alma y por quien palpitaba el corazón.

Era, es y será algo tan bello el rezar el Padre Nuestro todos juntos en los momentos inolvidables de mi vida familiar. Recuerdo las misas de Navidad y de año nuevo en acción de gracias al Dios de bondad por tantas bendiciones: mi padre, mi madre cuándo estaba físicamente con nosotros, ahí estábamos sus hijos, estamos los hermanos, estaban mis cuñados y mis cuñadas, y se encontraban mis 15 sobrinos, y todos decíamos a una voz: “Padre nuestro”.

Me resulta sumamente especial el ver a mis hermanos enseñar a mis sobrinos a rezar, dile: “Padre Nuestro, que estás en el cielo...”. Y con ello les dicen en el silencio de su ejemplo y en la elocuencia de la fe: “tú eres mi hijo, pero debes decirle “Padre nuestro” a quien yo le llamo “Padre nuestro”...

10.- Y es que, en la realidad, no es que desaparezcan nuestros vínculos de la vida cristiana, sino que el vínculo que nos mantendrá juntos cuando se rompan los de la sangre y la carne será aquel que ya es desde ahora nuestro distintivo, tal y como ya lo reconocemos aquí en la tierra: todos somos y seremos hijos de un mismo Padre.

Tengo, no obstante, que decirte que hay un problema que encuentro en nuestro tiempo, y no es precisamente el de una estructura familiar que se pudiera romper en la eternidad, sino el de aquellas estructuras que se van rompiendo en la actualidad: hermanos que ya no nos tratamos como hermanos, esposos que ya no se respetan como esposos, padres que han dejado en el abandono a los hijos y los hijos que hemos dejado en el olvido a los padres.

11.- Dios es un Dios de vivos y no de muertos, nos lo dice el Maestro. Creer en el Dios de Jesucristo significa aceptar que estamos hechos para la vida, y que la vida consiste en el ser uno con él, sin que esta relación se interrumpa jamás.

Para Dios todos, absolutamente todos están vivos. Y es que Dios es la fuente y es el fin de nuestra vida. El creyente que vive con Él y por Él, después de que ha recibido de Dios el don de la existencia, será arrancado por Él mismo del dominio de la muerte. Es Dios quien nos ha sacado de la nada, y aquel que nos librará del abismo y del caos final.

Aspiramos a la vida eterna, y en esa vida que esperamos no se tratará de que siete hermanos se estén disputando una mujer. Se trata, más bien de un Dios que le arrebata victoriosamente a la muerte el tesoro más querido: sus hijos, sus hijas. Aquellos que han sido fieles en la vida y en el tiempo reciben la más alta expresión de la fidelidad en el Dios que les ofrece su propia vida en la eternidad.

 


NI FRACASO NI CASTIGO

“En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”.

1.- ¡La paz sea con ustedes!

Muy queridos amigos y amigas: ¡La paz sea con ustedes!

Este es el saludo del Señor resucitado, vencedor de la muerte:¡La paz sea con ustedes!

Queridos padres de familia, que han experimentado el dolor más intenso, y hasta hace poco desconocido y hoy todavía incompresible, al contemplar la repentina interrupción del camino de alguien a quien un día engendraron o concibieron, alguien a quien un día cargaron alegremente en sus brazos, de quien acariciaron su rostro y a quien han besado en su frente: ¡La paz sea con ustedes!

Estimados esposos cristianos, que han experimentado abruptamente la soledad y el abandono ante la dolorosa separación física del compañero de la vida, de aquel o de aquella con quien les unían lazos más grandes que los del afecto, de la sangre o de un documento: ¡La paz sea con ustedes!

Apreciables hijos de familia, que a pesar de nuestra vitalidad, como nunca hubiésemos imaginado, repentinamente nos hemos visto impotentes para llegar a evitar el ser invitados a contemplar el último acto de la última función, contemplar cómo el telón cae inevitablemente, asistir a la conclusión de la jornada y de la existencia temporal de quienes nos dieron la propia existencia y mucho más que la existencia: ¡La paz sea con ustedes!

Amados jovenes que, en un naciente corazón iluminado por la ilusión y necesitado de experimentar sólo el afecto, han conocido el ignoto dolor y han combatido ante la impotencia humana por la pérdida de aquellos que han llevado nuestra propia sangre: ¡La paz sea con ustedes!

2.- ¡La paz sea con ustedes! Es el saludo del Señor resucitado que nos dirige a todos y cada uno de nosotros.

¡La paz sea con ustedes! Fue el alegre y glorioso saludo que el dueño de la vida les dirigió en aquella mañana del primer día de la semana a sus apóstoles cuando estaban amedrentados y escondidos en el Cenáculo. ¡Sí!,... Después del Viernes Santo, posterior a la muerte más injusta, inexplicable e inaceptable que ha acontecido sobre la faz de la tierra; después de que el hombre le hizo violencia al Señor de todo y de todos, y que con el canto del martillo se rompió el silencio y la placidez de la creación, el Señor Resucitado está frente a ellos y saluda a sus discípulos diciendo. “¡La paz sea con ustedes!”.

Ellos no comprenden lo que sus ojos miran, la razón no asimila lo que contemplan y, ante el silencio de la incomprensión de los apóstoles, el Señor les muestra sus manos lastimadas, las palmas de sus santísimas manos perforadas por el hierro de los clavos. Allí estaban esas manos que acariciaron el rostro de los niños, que abrieron los ojos del ciego, que abrazaron misericordiosamente al pecador... Ahora, esas manos tienen grabada la huella de la violencia y del desatino humano,... y al mostrarles sus manos y solicitarles que acercaran las propias manos para palpar un costado horadado por la injusticia, les vuelve a repetir con tranquilidad: ¡La paz sea con ustedes!

Este es el saludo del Señor victorioso para cada uno de nosotros: ¡La paz sea con ustedes!

3.- Muy queridos amigos:

El Evangelio de este domingo, se encuentra providencialmente avecinado a la Solemnidad cristiana de los fieles difuntos, y es adecuado que cada uno de nosotros considere la identidad del mensaje de hoy y de la vivencia de ese día contemplado con ojos auténticamente cristianos. ¿Qué nos ha dicho a cada uno de nosotros ese día tan cercano? ¿Qué elemento de unión generó la reunión en nuestros templos y cuál evocación se transformó en convocación en nuestros campos santos?

4.- El día de los fieles difuntos, así como el día inolvidable en el que murieron biológicamente nuestros seres más queridos, fue, es y será para todos nosotros una celebración, puesto que creemos en el Dios de los vivos.

Te preguntarás: ¿cómo puede hablar el cura de celebración cuando se ha experimentado la ausencia y todavía no se aleja ese dolor que hace girones el alma?

Te quiero recordar que el día de la pascua cristiana de quienes amamos es para nosotros una celebración. Y es que los cristianos hemos recibido nuestra vida para buscar a Dios, la muerte la recibimos para encontrarlo y la eternidad nos es dada para poseerlo.

Cómo lo diría san Agustín en su elocuencia: “No teme perder a los que ama aquel que los ama en Aquel que no se pierde”

Todavía el día de hoy, la liturgia y la temática de la resurrección nos ofrecen el apoyo necesario como para que recordemos esa “celebración” del encuentro con Dios de nuestros seres más queridos, la Pascua cristiana de nuestros seres más amados.

5.- Para conseguir que nuestra fe no desfallezca cuando fallecen los que amamos, debemos tener cuidado para no separar la integridad del mensaje cristiano.

El Viernes Santo está íntimamente unido al Domingo de la Pascua, la Cruz se une estrechamente a la Resurrección, es por ello que la Cruz de Cristo tiene para nosotros un sentido que lo trasciende todo.

¿Qué puede ser el Viernes Santo sin el Domingo de Pascua? ¿Qué es la Cruz sin la Resurrección?

La Cruz sin la Resurrección, para los judíos no es más que un castigo. La Cruz sin la Resurrección para los apóstoles es sólo un fracaso. Unicamente en la medida en que la Cruz se une a la Resurrección, la Cruz se convierte en un mensaje de salvación para todos los hombres.

6.- En nuestra vida acontece lo mismo: ¿Qué ha sido el viernes santo de nuestros seres queridos sin el domingo de pascua? ¿Qué es el misterio de la cruz de aquellos a quienes amamos sin la esperanza de la resurrección?

Sin la esperanza de la resurrección, la cruz de los que amamos es un castigo y el viernes santo será visto como un fracaso. La resurrección cristiana es la que se encarga de transformarlo todo.

7.- La resurrección nos permite comprender que nuestra tumba no es más que la cuna y que el cementerio solamente es el dormitorio de nuestra eternidad. Los cristianos hemos comprendido que la muerte no es la última estación en el trayecto de nuestra vida, sino que en Cristo resucitado hemos asimilado la existencia de una estación que está más allá de la conclusión de nuestros días.

Para los que creemos en Jesucristo la vida se transforma no se acaba y cuando se disuelve nuestra morada terrenal el Señor nos prepara una habitación en la mansión eterna del cielo. La muerte no es mas que el inicio del nuevo día y el amanecer de nuestra esperanza. La muerte es como el despuntar de una luz para la eternidad.

¡Cristo ha resucitado! El árbol de la Cruz ha florecido y ahora posee frutos de eternidad que le convierten en el verdadero árbol de la vida, y que nos anuncia sonoramente el inicio de una primavera de gloria.

El domingo de pascua ha transformado nuestro viernes santo, la resurrección ha transignificado la cruz y... ha transfinalizado la muerte.

8.- San Agustín ha dicho que la muerte es el paso de la noche al día definitivo, en donde el Sol que nace de lo alto será contemplado en toda su majestad. San Juan Crisóstomo concibe la muerte como el dulce sueño que nos hace despertar a una nueva realidad, en donde la realidad supera totalmente lo que hayamos soñado en esta vida; también dice que es el fin del espectáculo en el teatro de la vida, dónde el telón se corre, se regresan las vestimentas y los guiones, ya no hay rey ni hay vasallo, no hay rico ni hay pobre, todos regresamos ante Dios. Bousset describe la muerte como la necesaria destrucción de un derruido edificio que permite levantar una nueva edificación, de tal manera que el inquilino que somos cada uno de nosotros pueda vivir en la eternidad. Es la muerte el transportarnos a la fiesta del Cielo, lo dice San José María Escrivá de Balaguer. No es otra cosa sino el tiempo de la cosecha, comentaba el Cardenal Newman: la buena semilla ha caído en la tierra y ha llegado el tiempo de recoger la mies, nos presentaremos ante Dios no con las manos vacías sino rebosantes de frutos. Santo Tomás de Aquino dice que la muerte es como cuando alguien recibe la noticia de que un hermano suyo ha sido ungido como Rey de un país lejano y que nosotros deseamos marchar, encontrarnos y vivir con Él, y para ello somos capaces de abandonar lo que tengamos que abandonar. La muerte no es el punto final sino un viaje que emprendemos hacia la eternidad, decía San Cipriano.

9.- Muy queridos amigos: ¡La paz sea con ustedes!

Este es el saludo del Señor resucitado a los apóstoles que se encuentran encerrados, atemorizados. Y al verlos sumergidos en la incomprensión, el Señor les muestra sus manos lastimadas por los hierros y les vuelve a decir: ¡La paz sea con ustedes!

Y, el Señor victorioso al mostrarles sus manos con las huellas de la sinrazón humana, al pedirles que acerquen su mano para tocar su costado, les está diciendo: ¡La paz sea contigo!,... yo se lo que es estar en el lugar en el que están ustedes; yo también sé lo que es el dolor; yo sé lo que es el abandono; yo sé lo que es la soledad; yo conozco lo que es la muerte; yo sé lo que es la injusticia; yo conozco el cansancio; yo sé lo que es estar en la cruz con el cielo entenebrecido, yo sé lo que es exclamar desde la cruz esa cuarta Palabra que tú posiblemente has pronunciado en variadas ocasiones: ¡Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado!

Yo también sé lo que es el dolor. ¡ La paz sea con ustedes!

Este es el saludo que Jesucristo resucitado dirige a cada uno de nosotros: ¡la paz sea con ustedes!


MUERTE QUE ES NO VIVIR

En aquel tiempo, Jesús les dijo a los saduceos: “En esta vida, hombres y mujeres se casan pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos sino de vivos, pues para él todos viven”.

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1.- Aunque con frecuencia las creaciones humanas sobreviven a sus autores, siempre estarán abocadas a la muerte, y su valor estará circunscrito por el tiempo y el espacio. Esto es constatable en la historia, así se llamen civilizaciones, imperios, reinos, empresas o negocios...

Aún aquellos hombres de la historia más ufanos, engreídos, soberbios, pedantes y orgullosos, un día han quedado sepultados en el laberinto del olvido bajo la arena del desierto o se encuentran, a lo sumo, como una referencia en los libros de la historia. También, han caído por su propio peso los gruesos muros y los antiguos sistemas que hasta hace poco tiempo se llegaron a considerar intocables, sólidos y perennes; ¿y los actuales?, los actuales también son transitorios. ¿Cuánto tiempo les durará la vida? Solamente Dios lo sabe.

La transitoriedad de las cosas terrenas era conocida, incluso por nuestros hermanos, que vivieron en esta amada tierra mucho antes de la llegada de los Españoles. Así reza uno de sus muchos y muy hermosos Cantares:

“ ¿Acaso de verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
Aunque sea oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”. (Ms. Cantares Mex., fol. 17r).

Y así reza también el refrán popular: “la muerte es cierta, la hora es incierta”.

Lo anteriormente referido, pudiera antojársete como apuntando hacia el absurdo, ésto sería así, sólo en el caso de que no fuera iluminado con el acontecimiento pascual de Cristo.

2.- La estancia histórica de Cristo, que ha compartido las situaciones humanas con nosotros, desde su nacimiento en este mundo, será la mejor garantía de que no hay nada de ingrato o de injusto en la existencia humana.

No obstante, será solamente la muerte y la resurrección de Jesucristo, lo que nos ofrecezca el testimonio y la garantía de que la existencia humana es buena, y de que todo en ella tiene un sentido.

El acontecimiento Pascual nos muestra cómo la vida y la muerte también se encuadran en el plan divino de la salvación, y cómo Dios sabe obtener el bien del mal, sabe como sacar vida verdadera de la muerte.

Si la Encarnación del Divino Verbo ha sido la entrada de Dios en la historia, entonces la muerte y la resurrección del Hijo de Dios, hecho hombre, es el ingreso del hombre a la metahistoria, es decir el acceso a aquellas realidades que están más allá del tiempo y del espacio.

3.- Y así lo comprendía Fray Luis de Granada cuando escribía:

“Para hablar de este misterio de nuestra redención, verdaderamente yo me hallo tan indigno, tan corto y tan atajado, que no sé por dónde comience, ni dónde acabe, ni qué deje, ni qué tome para decir.

Mayor gloria fue Dios morir por los hombres que nacer por los hombres.

Pues díganme ahora todos los entendimientos del mundo, ¿qué pecado pudo haber hecho mayor que el de la idolatría, sino la muerte injustísima del Hijo de Dios, y Señor de todo lo creado?

¡Porque, si siendo Dios, padeció, no por sí, sino por nosotros, cuán justo y cuán debido es que nosotros, que somos sus siervos, imitemos alegremente su muerte! Mas no se llame muerte, hija mía, perder la vida por Cristo, sino alegría y gozo, y deleite, y resplandor y luz, más dulce y más hermosa que ésta del sol”.

O, cómo también lo describía Francisco de Quevedo en su Soneto titulado: la Diligencia de la muerte:

Ya formidable y espantosa suena
Dentro del corazón el postrer día,
Y la última hora, negra y fría,
Se acerca, de temor y sombras llena.

Si agradable descanso, paz serena,
La muerte en traje de dolor envía,
Señas de su desdén de cortesía:
Más tiene de caricia que de pena.

¿Qué pretende el temor desacordado
de la que a rescatar piadosa viene
espíritu de miserias añudado?

Llegue rogada, pues mi bien previene;
Hálleme agradecido, no asustado;
Mi vida acabe y mi vivir ordene.

4.- Muy queridos amigos: En Cristo, hemos comprendido que la muerte no es el término del existir sino que se convierte en el paso, en la entrada y la liberación. La muerte es la salida de una condición y de un estado esclavizante para poder entrar en una situación de plenitud y de victoria.

Diría Santa Teresa de Ávila, que la muerte es solamente nuestra salida de una estancia de segunda para ingresar a la posada de la eternidad. La muerte, refiere, debe ser contemplada como esa alegría que obtenemos al dejar el hospital, aún con la nostalgia de los médicos y el recuerdo de las enfermeras con los que nos hemos familiarizado en el trato de la caridad.

Los cristianos no le tenemos miedo a la muerte, podemos decir que lo único que tememos, es que, después de esta vida y de esta muerte merezcamos la muerte segunda como la llama el Apocalipsis, se trata de esa muerte eterna de la que ya no existirá el regreso.

Todo lo anteriormente referido, le ha heredado a la Iglesia el verdadero conocimiento en torno al destino final del hombre. La muerte es vista con los ojos del resucitado. La salvación eterna se encuentra solamente en Cristo Jesús.

5.- No podemos desligar esta tercera reflexión de la que compartíamos en ese segundo segmento en el que hacíamos memoria de la comprensión que de la muerte tienen nuestros hermanos mayores en la fe: los Santos.

¿Sabes? De las distintas apreciaciones sobre la vida eterna de aquellos que vivieron la etapa adulta de la fe, en lo personal me agrada esa última lección de cristianismo que le da Santa Mónica a su hijo, san Agustín.

Están ambos residiendo en Hostia, un puerto cercano a la ciudad de Roma, y una noche, en que santa Mónica experimenta el dulce vuelo del angel de la hermana muerte sobre su tejado, le pide a su hijo Agustín que le ayude puesto que quiere caminar en la playa, y experimentar en sus pies descalzos la humedad de la arena que ha sido bañada por las olas.

Agustín se ha aprestado a cumplir la voluntad de su madre, pero esa noche percibe la notable dificultad que tiene su madre para desplazarse, su caminar es humanamente torpe aunque lleva una sonrisa en su rostro. Por primera ocasión, de manera consciente contempla Agustín a su madre desgastada por el peso de los años, y se da por enterado de que gran parte de su desgaste físico ha sido ocasionado por sus actitudes renuentes de la juventud. Llora en el silencio Agustín mientras que lleva a Santa Mónica del brazo. Ella voltea a mirarlo y gracias a la luz refleja de la luna mira aquellas lágrimas de arrepentimiento rodar por sus mejillas, es entonces que santa Mónica le dice a su hijo, unas palabras que su mismo hijo nos ha compartido en el libro de las Confesiones:

“ No llores si me amas, si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo.

Si pudieras oír el cántico de los ángeles y verme en medio de ellos.

Si pudieras ver los caminos, el horizonte y los senderos por los que ahora atravieso.

Si pudieras contemplar como yo, la belleza ante la cual las bellezas languidecen.

¡Créeme!, el día en que tu alma vuele hasta este cielo, al cual yo te he precedido.

El día en que la muerte venga a desatar los nudos como ha roto los que a mí me encadenaban.

Ese día me volverás a ver, y encontrarás en mi corazón tus ternuras aumentadas.

Me verás en la transfiguración, en éxtasis, feliz.

Ya no esperando la muerte sino avanzando juntos.

Pues te llevaré de la mano por senderos nuevos de la luz y de la vida.

¡Enjuga pues tu llanto, y no llores si me amas!”.

6.- Santa Mónica le estaba dando a su hijo la última lección sobre la doctrina de Cristo. Le explicaba el último artículo del credo que profesamos domingo a domingo: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”

¿No te has dado cuenta? Para los cristianos la muerte no puede ser un camino cortado sino una meta alcanzada.

7.- Las lágrimas, no obstante, no desaparecen tan fácilmente de nuestros ojos, resulta adecuado recordar que san Juan nos presenta a Jesús llorando cuando Lázaro murió, el Señor llora por el amigo y la gente mencionaba: ¡Mira cuanto le amaba!

Cristo nos ha mostrado que las lágrimas pueden ser sagradas. Nuestras lágrimas nunca constituirán un signo de debilidad, sino de fortaleza.

Nuestras lágrimas pueden transmitir con mayor elocuencia que mil estrofas juntas tres mensajes: un dolor indecible, un profundo arrepentimiento y un amor inefable.

No obstante, debemos cuidar que si bien nuestras lágrimas pudieran expresar el dolor del corazón, jamás deberán expresar ni la falta de fe ni la falta de esperanza.

8.- Quiero decirte una cosa: La muerte para los cristianos no es algo que nos sucede sino Alguien que sale a nuestro encuentro.

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