| 1.-
Muy queridos amigos (as):
¿Cuántas
veces el ser humano ha pretendido que Dios se le asemeje, muy lejos
de que sea él el que se fuere asemejando a Aquel que posee
la perfección? ¿Cuántas veces hemos querido
que el Evangelio se amolde a nuestra forma de vida, lejos de que
sea nuestra vida la que se amoldare al Evangelio?
2.-
Jesucristo es Rey de Reyes, Rey del universo, Rey de la Paz y así
lo profesamos, lo proclamamos y lo celebramos en este día
litúrgico.
Pero,
acaso te has preguntado alguna vez: ¿En dónde están
los fundamentos y la identidad del Reinado de Cristo?
Te
invito para que reflexionemos sobre ello.
3.-El
primer elemento y el más importante, tenemos que decir: el
que Cristo sea Rey tiene sus fundamentos más profundos en
su propia identidad divina, su ser el Verbo de Dios e Hijo eterno
del Padre de la bondad.
Para
Jesucristo no resultan necesarios, y puedo decir que hasta se llegan
a convertir en estorbos, todos esos simulacros de poder y de esplendor
con los que se rodeó en otros tiempos la monarquía,
con toda su pompa y su majestad, con toda su soberbia y su vanagloria,
con todo su engreimiento y su efímera hegemonía; sino
que su reinado es algo mucho más radical, algo más
sólido y mucho más firme ya en sí mismo, precisamente
por la identidad de Cristo Jesús: es el Dios verdadero
de Dios verdadero.
4.-
Pero además tenemos que subrayar un segundo elemento, que
aún cuando es menos esencial, no deja de ser importante como
para que podamos comprender mejor en que consiste su reinado:
Jesucristo nos ha enseñado que su reinado no es de este mundo,
su majestad no consiste en un sólo proclamar leyes y poner
gravámenes sobre las espaldas de los súbditos, tal
como lo han hecho y lo hacen los reyes de la tierra, sin que ellos
sean capaces de tocarlas ni siquiera con la punta de un dedo.
5.-
Podríamos decir que a ese primer reinado que le toca a Jesús
en su propio ser y en su propia identidad, sigue el segundo reinado
que es el de la identificación de Cristo con todo lo que
Él mismo enseña.
Jesucristo
ha ido paso a paso durante su vida e incluso durante el ofrecimiento
de su muerte, legislando con su testimonio y con su ejemplo, de
tal manera que Cristo con la congruencia entre el decir y el hacer
ha alcanzado otra de las manifestaciones de la autoridad, para que
así pueda enseñar y orientar a los hombres por el
camino de unos mandamientos, que Él mismo ha vivido antes
de exigirlos.
Acuérdate
del estribillo que recorre los Evangelios: “La
gente se admiraba de su doctrina porque hablaba como quien tiene
autoridad y no como los escribas.” Jesucristo
enseña con la autoridad del que enseña lo que ha vivido
en la primera persona del singular.
¡Date
cuenta! El Evangelio de este día nos muestra cómo
el reinado de Cristo es distinto del que comúnmente se ejerce
sobre la faz de la tierra.
Y
es así como tenemos que comprender que, cuando nos presentemos
ante Él, Él no nos va a juzgar en base a esos criterios
que se promulgan y que no son vividos, como hacen las autoridades
en el mundo, sino que juzgará a las naciones y a los hombres
en base a su propia experiencia y a su propio testimonio.
Es
así como podemos y debemos decir que el reinado de Jesucristo
tiene sí su fundamento en el ser, pero que Él ha querido
que tuviera su consistencia en su quehacer.
6.-
Sí una enseñanza tuviéramos que elegir para
este primer segmento de reflexión, considero que no puede
ser otra, sino el ir aclarando para así pedirle a Dios que
nos ayude a comprender que no debemos divorciar nuestro ser del
quehacer, así como nuestro quehacer de nuestro ser.
Algunos
vamos enfatizando y presumiendo nuestro ser pero hemos olvidado
nuestro quehacer, algunos otros cumplimos con algunos o muchos de
nuestros quehaceres, pero nos vamos olvidando de nuestro ser. Las
dos situaciones son verdaderamente lamentables.
Apliquémoslo
a nuestra vida, para que así lo comprendamos.
En
primer lugar, gran parte de nuestros problemas consisten en esa
búsqueda de algunos de nosotros, que nos conformamos con
el ser: Muchos nos conformamos con lo que hemos recibido, aquello
con lo que se nos ha constituido y hemos olvidamos el obrar coherente
con lo anterior.
Muchos
se conforman con haber engendrado, no pocos nos conformamos con
habernos ordenado sacerdotes, otros con haberse casado o con la
consagración en una hermosa liturgia. Pero..., no manifestamos
en la vida lo que somos. Nuestro ser va muriendo por esa inconsistencia
que provoca la ausencia de nuestro quehacer.
7.-
Pero también hay otros que nos hemos conformado con el quehacer
y nos hemos olvidado del ser. Aquellos que nos conformamos con la
sola manifestación de acciones olvidando las propias convicciones
y, muchas veces hasta la propia identidad.
Cumplimos
con la realización de algunas acciones, de una parte o casi
la totalidad de nuestros quehaceres, pero nos olvidamos del ser.
¿No lo entiendes? Te lo explico entonces de otra manera:
¿Ser padre significa solamente proveer un hogar? ¿Ser
padre significa solamente llenar una alacena? ¿Ser padre
se identifica con el sólo pagar una colegiatura o saldar
los servicios de una casa? Te fijas, como el cumplir
con los quehaceres se puede hacer al margen de la conciencia y la
coherencia con el ser. Y, es que, hoy abundamos aquellos que damos
cosas pero que no nos damos a nosotros mismos, que cumplimos con
lo superficial pero que no ofrecemos nuestra donación.
8.-
Hoy el Evangelio nos enseña en el rostro de Cristo que es
capaz del ofrecimiento de la propia vida el rostro del Rey, el rostro
de la autoridad, y una clara manifestación de lo que significa
el unir en la vida nuestro ser con nuestro quehacer, y ¿sabes
qué? Esto tiene su desenlace en la cruz.
Jesucristo
es Rey porque es el Hijo eterno del Padre, pero su reinado también
hace relación a aquel que es coherente entre lo que dice
y lo que hace, Aquel que legisla con su propio comportamiento.
9.-
Un último ejemplo te podrá ayudar en este momento:
Muchas personas en este domingo le hemos puesto a Cristo una corona
como esas coronas de los reyes de la tierra, un manto púrpura
como el de los príncipes, un cetro en su mano como aquellos
que comandan humanamente, y todo eso lo hacemos, según nosotros,
para favorecer en nuestro propio juicio una imagen de Cristo Rey.
¡Qué absurdo!, queremos que Cristo sea Rey conforme
a la imagen humana y mezquina del Reinado.
¿Sabes
una cosa? Para mí no existe
imagen más hermosa de Cristo Rey, que la imagen de Cristo
crucificado. ¿Por qué? Porque nos
muestra abiertamente a Aquel que está sobre todos y sobre
todo, enseñándonos con el ejemplo de su vida. A la
autoridad natural de Aquél que es el Hijo eterno del Padre,
le agregamos la autoridad de Aquel que nos ha amado hasta dar su
vida por nosotros. La Cruz no es una imagen que pudiera envilecer
sino una imagen que engrandece en toda la proporción posible
a Aquel que ya era grande por sí mismo.
10.-Te
lo explico con esta otra imagen: Me tocó ver a mi
madre muchísimas veces en su lecho de enfermedad, ella tenía
una autoridad natural innegable: me dio la vida y muchísimo
más que la vida. Lo anterior, me hacía verla con todo
el respeto que se merecía. Pero el llegar a contemplarla
en su lecho de enfermedad, me llevaba a ver a aquella que poseía
la autoridad de la coherencia, aquella que estaba en su cruz de
enfermedad a causa de su desgaste amoroso por mí, por mis
hermanos y por mi padre. Clavada en la cruz de la dependencia, flagelada
con el látigo de los continuos dolores, con sus manos llagadas
por sus quehaceres y sus pies perforados por los deberes, con su
frente punzada por las espinas del tiempo y del cansancio.
La
veía, en cierta manera, incomodarse cargando una cruz muy
difícil de llevar, ¿quieres saber cuál? En
sus últimos momentos, ya no podía valerse por sí
misma para sus necesidades personales... Pero siempre la pude ver
con una sonrisa, en la cuál lo decía todo: le alegraba
vernos bien aunque ella se hubiera consumido con los años
y con esas huellas imborrables que como fiel dama de compañía
vienen de la mano del tiempo. Al verla en su lecho de enfermedad
veía a aquella a quien he considerado una reina por que me
dio la existencia, pero sobre todo veía en esa cama de hospital
a aquella que obtuvo la más grande autoridad, la autoridad
de ese amor inmenso que nos obsequió, motivo por el cual
se fue consumiendo en sus noches y sus días.
11.-
¿Entiendes ahora porque te digo que la imagen más
bella de Cristo Rey es la imagen de Jesucristo crucificado? Su ser
que sobrepasa todo lo que podamos pensar se unió a su quehacer
que ha sobrepasado todo lo que podíamos esperar.
Yo
no me avergüenzo de Cristo crucificado, todo lo contrario,
me siento orgulloso de Él. Sé que ha resucitado, sé
que está glorificado..., pero su cruz me recuerda la autoridad
de Aquel que muere porque ama. ¡Lástima que hoy en
día haya tantos enemigos de la cruz de Cristo! Y que se burlan
de que haya un Cristo crucificado en nuestra casas y templos.
10.-
¿Quieres un consejo? No le pongas a Cristo una corona de
oro, ni un manto de púrpura, ni un cetro, ni lo sientes en
un trono. Él no los necesita. -¡Es
que quiero que parezca un Rey!- Él es Rey por lo que
es y por lo que ha hecho. ¿Porqué mejor, en lugar
de que hagamos a Cristo tal y como son nuestros reyes, nuestros
reyes no se hacen tal y como es Cristo?
AUTORIDAD
Y AUTORITARIOS.
“Cuando Jesús estaba
ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo:
“A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él
es el Mesías de Dios, el elegido”
También
los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a
él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si
tú éres el rey de los judíos, sálvate
a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero
en griego, latín y hebreo, que decía: “Este
es el rey de los judíos”
1.- Repentinamente
se encuentran frente a frente aquellos que gobernaban Israel y el
Rey que vino a enseñarnos la bondad de un reinado que se
extiende desde la eternidad. Ellos le hacen muecas y Él les
ofrecerá el perdón. Frente a frente a están
el autoritario y el que es autoridad.
¿Por
qué jugar con las palabras? ¿autoritario y autoridad?
¿Qué diferencia existe?
2.-
Muy queridos amigos:
Resulta
verdaderamente lamentable el que cada vez seamos tantos los que
vamos confundiendo las virtudes con los vicios. ¡En realidad!
Pocas confusiones son tan deplorables y, al mismo tiempo, gozan
de tanta difusión.
Somos
tantos, por ejemplo los que confundimos la pobreza con la miseria,
los que identificamos la humildad con la humillación, los
que consideramos como si fueren lo mismo la servicialidad y el servilismo,
aquellos que catalogamos como si fueren idénticas la fe y
el fanatismo, los que no distinguimos entre el ser autoridad con
el ser autoritario... Lo anterior, nos puede explicar la génesis
de muchas de esas críticas desplegadas contra el cristianismo,
al cual le han llegado a llamar “opio”, locura y necedad.
3.-
Pero vayamos por partes. Distingamos las virtudes de los vicios,
y no confundamos aquello que envilece con lo que puede hacernos
verdaderamente cristianos.
La
pobreza, sin lugar a dudas, es una virtud cristiana,
se trata de la libertad de aquel que se sabe lugarteniente y no
siervo de la creación. Es la capacidad de colocar a Dios
como el supremo y verdadero valor de la vida y percibir el dinero
y todos los recursos materiales como beneficios que vienen de su
mano providente. La virtud de la pobreza nos llevará a agradecer
a Dios por lo que tenemos y a confiar en Dios durante los períodos
de carencias... La miseria, por su parte, entendida como el despojo
o como un nivel de vida infrahumano, ni es virtuosa, ni es evangélica,
ni puede ser digna del hombre.
La
humildad es también una virtud, un don muy
necesario en nuestro tiempo, se trata de esa justa valoración
de sí mismo y de los demás. La vivencia de la humildad
nos llevará a no sentirnos ni superiores ni inferiores en
relación con el semejante. Vivir la humildad nos dará
la capacidad de comprender que todos necesitamos del prójimo
así como ellos necesitan de nosotros... La humillación,
es todo lo contrario, el que nos degraden, el que se rían
de nosotros, el que nos pisotéen, el que nos exhiban o el
que nos avergüencen es inhumano y, por lo tanto, anticristiano,
es muy contrario al Evangelio.
La
servicialidad es virtuosa aquí y en cualquier
parte, se trata de esa solicitud que podamos tener ante las necesidades
que el prójimo padece, se trata de la ayuda y del apoyo que
brindamos a aquellos con los que nos topamos en el camino de la
vida y que requieren de nosotros... El servilismo, por otra parte,
es algo vil y rastrero, es pusilanimidad y mediocridad, es muy contrario
a la dignidad del hombre, se trata de un antivalor, no puede ser
virtuoso, ni cristiano, ni evangélico.
El
ofrecer el perdón al que nos ofende y nos
pide una disculpa será un ejercicio que nos acerque a Dios
en nuestra vida, pero el aceptar la injusticia no puede ser ni virtud,
ni un valor ni mucho menos cristiano. Fíjate como Jesucristo
nos enseña a poner la otra mejilla cuando el hermano nos
ofende, pero cuando injustamente le golpea el soldado en su mejilla,
él le pregunta: Si he ofendido en algo, díme en que
ha sido, pero si no, ¿por qué me golpeas?
Y
así la fe se tiene que distinguir del fanatismo,
puesto que si la fe como virtud teologal es una luz divina en el
entendimiento humano, el fanatismo es una antivirtud que oscurece
el pensamiento y se convierte en fuente de la barbarie.
4.-
Pero vayamos al tema que el día de hoy nos ocupa: distinguir
entre el ser de la autoridad y el proceder del autoritario...
La
autoridad en su recto ejercicio es evangélica, no se trata
de un sentirnos superiores a los demás, sino de un servicio
que Dios nos ha delegado a algunas personas en la vida. Se trata
de esas facultades que se nos han comisionado... El autoritario,
a diferencia de lo anterior, es el déspota y el arbitrario,
es el abusivo que llega hasta la enfermedad de poder. La recta autoridad
es virtuosa en lo humano, en lo cristiano y en lo evangélico,
pero el autoritarismo siempre será inhumano, anticristiano
y contrario al evangelio.
No
debemos confundir más las virtudes con los vicios.
¿Qué es ser autoridad y que es ser autoritario? En
nuestro tiempo las amenazas y otro tipo de coacciones siguen utilizándose
como recurso persuasivo de parte de las autoridades hacia aquellos
a los que servimos. En nuestro tiempo los títulos y las dignidades
se han ido adhiriendo a la piel como respaldo muchas veces, a una
autoridad que no corresponde a la persona que la ejerce. Capitalicemos
la Solemnidad de Cristo Rey para revisar nuestro ejercicio de la
autoridad,... ¿O lo confundimos con el ser autoritarios?
¿Las
Autoridades y los autoritarios?...
parecen tan cercanos los conceptos, pero son tan lejanas las realidades.
5.-
Revisemos los contrastes: El que es autoridad habla, y
sabe que hay momentos en los que es mejor callar y escuchar la voz
del hermano o la de la conciencia, el autoritario es el que grita.
El que es autoridad pide, el autoritario se la pasa exigiendo. El
que es autoridad convence, el autoritario impone. El que es autoridad
ama, el que es autoritario pide ser amado. El que es autoridad espera
siempre y cuando ve que el otro regresa, sale de sí mismo
y corre al encuentro, el autoritario cierra la puerta y las ventanas,
y espera que le toquen el timbre y se niega a abrir hasta que le
ofrezcan una disculpa...
¿Quiéres
conocer cuál es la diferencia más clara entre el que
es autoridad y el autoritario? Te invito a que recrees
la imagen del Evangelio de este domingo: imagina a Jesucristo frente
a aquellas autoridades que hacen muecas, ahora te pido que contemples
esa cruz que tienes en tu habitación...
La
máxima diferencia entre el que es autoridad y el autoritario
se ubica en el viernes santo: el que es autoridad muere en la Cruz,
mientras que el autoritario pide crucifixiones y se encarga de levantar
la cruz.
Sigue
contemplando por un momento al crucificado,...
Los
azotes, los clavos, la corona, la lanzada y la cruz no acabaron
con él. La victoria de Cristo ha traspasa los clavos. Los
clavos de la cruz hacen inconsistente el poder dominante del mundo
y nos muestran la virtud de la autoridad divina.
6.-
Como cristiano no debo arrodillarme ante ´los señores´
que mandan poner clavos, no es ante los crucificadores, sino ante
el crucificado que ha traspasado los clavos. Es ante Él,
ante quien tiene sentido mi postración, mi adoración
y mi obediencia.
Pero,
muchos cristianos pareciéramos querer seguir los pasos de
los autoritarios y no los de aquel que tiene autoridad...
7.-
Los reyes y guerreros de éste mundo, sus Cuerpos y sus Imperios
se encuentran bajo la tierra. Incluso muchos de sus cuerpos yacen
en el anonimato de los caminos, del desierto, de una isla o de la
mar, ni siquiera sabemos en donde están enterrados.
Todos ellos pensaron en su tiempo que sus Reinos nunca terminarían,
que serían eternos, y hasta augustos y sacros se llegaron
a proclamar.
Pero,
¡no te confundas!,
el Reino de Cristo no es de este mundo, y no obstante sólo
Él nos puede abrir la puerta del paraíso, si somos
capaces de aprovechar la última gota de aceite en nuestra
lámpara y los últimos granos de arena que resbalan
por el embudo de nuestro reloj.
Celso,
Juliano el apóstata, Augusto Comte, Friedrich Nietzche, Ludwig
Feuerbach, Karl Marx pretendieron pasar a Jesús a los datos
muertos de los libros de la historia.
Mis
queridos Juliano, Comte, Nietzche, Feuerbach, Marx: son ustedes
los que han pasado a la Historia, y Jesucristo sigue vivo ayer,
ahora y siempre. Él es el Alfa y la Omega, es el principio
y el fin, es el primogénito y el pleroma. Su Reino trasciende,
el Universo entero le pertenece.
8.-
Todo lo que nace de abajo es transitorio, inconsistente, limitado,
condenado a la muerte. De abajo nace el desorden, la prepotencia,
el mal, las tiranías de todo género, la violencia,
la injusticia, la codicia y los egoísmos.
Lo
que nace de arriba es eterno, victorioso, glorioso y universal.
De arriba nace la bondad, el amor, la justicia y la verdad. La entrega
desinteresada, la fidelidad, la compasión, la vida y la paciencia
vienen de Dios.
Sobre
la tierra nada hay que sea definitivo, siempre, ahora y luego, la
vida verdadera será un encuentro con la luz y una transformación
de lo caduco.
9.-
Pero... ¿Cómo podremos obtener la vida verdadera que
traspasa lo espacio-temporal? ¿Cómo podemos tener
parte en ese Reino del que nos quiere hacer partícipe Aquél
que es el Rey eterno?
Si
tu éres padre de familia y has hecho lo que debías
haber hecho, alégrate. Si tú eres sacerdote y has
hecho lo que debías haber hecho, alégrate. Dios ve
lo secreto y Dios que ve lo secreto te recompensará. Y es
en su recompensa que está nuestra victoria. Sin lugar a dudas,
ejercer cristianamente la autoridad es de las realidades más
difíciles.
Te
invito a que fomentes la oración, y que no tengas miedo a
postarte ante la imagen del crucificado, que sin duda tiene autoridad
por su resurrección, pero la tiene también por su
ofrenda en el calvario.
Orar
significará aprender a postrarnos ante Aquel que tiene la
autoridad absoluta, y que nos recuerda que nuestra supuesta autoridad
no es más que una delegación de la que a Él
le corresponde. Todo esto nos ayudará a que no seamos poseedores
abusivos y olvidadizos de los dones de Dios. Se trata de aclarar
nuestros pensamientos.
LA
VERDAD QUE ACOMPAÑA AL SERVICIO.
“Uno
de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole:
“Si tú eres el Mesías, sálvata a ti mismo
y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni
siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros
justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste
ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús:
“Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate
de mí”. Jesús le respondió: “Yo
te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.
1.- Muy queridos radioescuchas:
El
Evangelio de este domingo, y toda nuestra vida cristiana, nos invitan
a considerar nuestra vida sin protagonismos, sin exigencias, sin
pretensiones de dominio ni arrogancias. No hay quien se salve, ni
puede conocer lo que es vivir desde la creencia de sentirse superior,
distinto, desde la postura de mirar un poco, o un mucho, por encima
del hombro al hermano que se acerca a nosotros, a aquellos a los
que nos hemos acercado o a aquellos a quienes Dios un día
nos ha acercado.
Cristo
nos invita a vivir el reinado del servicio. Saber que la autoridad
se encuentra en la entrega y que, entre nosotros no debe ser como
entre los jefes de las naciones que, al mismo tiempo que esclavizan
exigen el reconocimiento de sus súbditos.
Aquí,
en la vida auténticamente cristiana, el
que quiera ser el más importante debe ser el último
y el servidor de todos.
Pero
debemos recuperar algunos elementos propios del servicio plenamente
cristiano.
Y
es que todo el mundo reconoce que para vivir es necesario dar, participar,
colaborar, sentirse útil, etc... Sin embargo hay quienes
sirven para recibir a cambio, para recibir dinero o gratificación,
mientras que hay otros que sirven sin esperar ni exigir, sin pretensiones
ni de dominio ni de poder.
Dar
sin esperar es la verdadera forma de vivir amando. Amor que es el
orígen y el fin de la vida, que quiere decir dar sin pretender
que el resultado o el final sea lo que espero, al menos no el final
inmediato pero sí el eterno.
2.-
Las desgracias y las penas de los que damos para recibir en este
mundo, empiezan cuando la respuesta es desagradecida, cuando vemos
a los hijos, los amigos, el esposo,... en definitiva cuando aquellos
que más queremos no son como queremos ni responden a lo que
esperamos. Porque sin darnos cuenta, muchos de nosotros
hemos ido dando con la intención de recibir, para conseguir
que sean o vivan como mejor creemos o como nosotros queremos. Los
sufrimientos se van originando por la respuesta libre de los que
más queremos, porque ni los comprendemos ni podemos sufrir
su propia desgracia.
Los
que dan para ser vistos, para recibir la respuesta a la que tienen
derecho, para recibir el premio, los que dan con exigencias de reconocimiento,
ya han recibido su paga aquí en la tierra; pero es que además,
la postura de exigencias siempre crea distanciamiento y soledad.
Nadie se acerca al que nos va a exigir pleitesía o va a esperar
algún pago por los favores, nos acercamos a quien nos ama
sin esperar, sin reclamar, y sin que nos venga a pedir cuentas:
“Después de todo lo que
hicimos por ustedes,... ¡ése es su agradecimiento!,
¡qué malagradecidos!”, dicen
muchas veces algunos padres.
El
agradecimiento o es de corazón o es una imposición
que repele tener que darlo. Uno se siente amado cuando sabe que
no le van a pasar factura, cuando sabe que es libre, cuando no siente
la pretensión o la exigencia de ese amor que no es más
que una necesidad cubierta de dominio, compañía, o
deseos personales. ¡Una forma maquillada del autoritarismo!
De ese autoritarismo del que hablábamos ampliamente.
3.-
Y es que no entendemos que Nuestra vida es un proceso de crecimiento:
Se empieza exigiendo al nacer, se pasa a dar para recibir, y se
descubre la plenitud dando sin esperar.' Digámoslo de otra
manera: el hombre al nacer nace con sus manos cerradas y al morir
lo hace con las manos abiertas. Entendamos que el proceso de una
vida que se desarrolla entre la estancia en el vientre materno y
el regreso al vientre de la tierra, estriba en ese aprender a abrir
las manos, y es esto lo que nos sacará de nuevo del reposo
mortal para ingresar al goce de la eternidad.
La
verdadera esclavitud del hombre es una cadena que le ata a la respuesta
esperada, parece que la vida no tiene sentido si no recibimos la
respuesta deseada, la gratitud o el servicio merecidos. El hombre
ha de aprender a dejar a los otros la misma libertad que exige para
sí. Dominar es cuestión de poder, servir es cuestión
de amor. Otra vez la diferencia entre la autoridad y el autoritario.
Pero entendamos que ¡Esto es lo verdaderamente cristiano!
El
instinto da para recibir, el verdadero amor no pide respuesta esperada.
Y frente a la pasión instintiva, el hombre puede reconocer
que hay un camino más profundo, el que da porque ama el bien,
porque pone en manos de Aquél que es la Vida la respuesta
adecuada a su desprendimiento oculto, y espera la recompensa sin
pretenderla ni buscarla, y mucho menos exigirla.
Cuando
se da esperando recibir a cambio. Se desea, se busca, se obtiene,
y cuando no es posible sufrimos o hacemos sufrir. Cuando no se recibe,
creemos que son malagradecidos, que no merecían lo que hicimos
por ellos. Si lo que hicimos fue para ellos, son ellos los que darán
la respuesta que puedan, no la que nosotros queremos o esperábamos.
¡Fíjate
cómo muchos miembros del pueblo de Cristo vamos juzgando
con los criterios del mundo y no con los criterios del Rey del Mundo!
Nuestro
mundo se ha convertido en un gran negocio en el que queremos comprar
nuestra felicidad y la de los demás dando dinero, regalos,
amor, servicio, a cambio de objetos, personas o agradecimiento.
Con dinero comprarmos cosas, pero el amor, el respeto y el agradecimiento
que esperamos los da Jesucristo a quienes son capaces de amar sin
exigencia.
4.-
A diferencia de lo anterior, nada que se hace por amor desinteresado
puede resultar inútil. La recompensa que puede dar este mundo
a los que considera benefactores es oropel que puede engañar
nuestros sentidos, pero es mucho más profunda la respuesta
de Dios a todos aquellos que son capaces de amar sin pretensiones
de agradecimiento.
Todos
sabemos que la alegría consiste en dar más que en
recibir, pero parece que este mundo nos ha acostumbrado a dar para
conseguir, a dar para escuchar un gracias, a dar para decidir sobre
la vida de los demás. No se comprende que es más provechoso
dar por amor. Todo dolor desaparecerá cuando dejemos en libertad
a los otros para que nos quieran como quieren o pueden, para que
nos den lo que quieran, porque entonces recibimos el amor que es
vida, y recibiremos la Vida de Aquel que es el Amor verdadero. Es
la forma de dar sin ser vistos, es la forma de dar lo mejor que
tenemos.
5.-
Muy queridos amigos:
Jesucristo
murió como consecuencia de haber vivido el amor con libertad
y solidaridad, un amor que se convirtió en donación,
donación que más que dar objetos se convierte en el
darnos a nosotros mismos.
Es
por ello que el Gólgota se convierte en el lugar más
sagrado, en primer lugar porque la cruz se ha convertido en el árbol
de la vida, porque el sepulcro de Cristo se convirtió en
la cuna de la glorificación, pero también desde otro
aspecto que hoy quiero señalar: Jesús ofreció
en su oración todo lo que vivió en el Gólgota:
“perdónales porque no saben lo que hacen” y
desde allí ofreció la vida verdadera: “hoy estarás
conmigo en el paraíso”.
De
la misma manera en que Jesús ora desde el Gólgota,
nosotros también debemos orar desde nuestro propio Gólgota.
6.-
Hermanos muy amados:
Concluiremos
en esta semana un año litúrgico e iniciaremos el próximo
domingo con el Adviento, como camino que nos prepara para la Navidad.
El
Evangelio nos muestra a Cristo que ha llegado al final de los días
de su vida entre nosotros, y nos invita a que pensemos en la dignidad
que debe tener nuestro propio fin.
No
le tengamos miedo al fin de la jornada, tengamos miedo a que no
hagamos algo en nuestra jornada. No nos atemoricemos de cruzar la
meta, tengamos pavor de habernos pasado la vida arrastrando los
pies y en la mediocridad. ¡A eso si debemos tenerle miedo!
Santa
Teresa de Ávila expresa que al final de nuestra vida seremos
juzgamos por el amor, por la caridad.
¿Pero
que es la caridad? Se trata de un amor sobrenatural,
infundido en nosotros por el Espíritu Santo (cfr. Rom. 5,5).
La caridad, que tiene su raíz en la palabra latina carus:
algo de gran valor, es la única virtud que permanece hasta
el más allá (cfr. 1Cor 13,8) y que conforme lo que
nos dice el Evangelio nos puede permitir acceder al más allá.
La
caridad no es sólo la primera de las virtudes, sino que es
un orden distinto, superior. En este orden de lo definitivo, las
demás virtudes valen únicamente en cuanto que nos
ayudan al incremento de la caridad o están informadas por
ella, ya que ésta nos configura en el modo de ser del mismo
Dios y nos hace participar de su propia riqueza y felicidad, similarmente
a como, por el amor a otra persona, hacemos de su felicidad o de
su dolor, nuestra propia riqueza.
7.-
Hay que aprender a dar el paso del deseo al amor, el paso del instinto
al servicio en el dar.
El
hombre puede tener la seguridad de que nuestro final será
el paso y la consecuencia de lo que hayamos hecho en el presente,
y a esto no debemos tenerle miedo, a nuestro egoísmo sí
hay que tenerle miedo.
Si
un embrión pudiera tener conciencia de elección, evitaría
abandonar el conocido lugar en el que se va desarrollando y en el
que sólo está recibiendo, porque no ve otra realidad.
La
placenta del hombre es este mundo y no quiere salir de él
porque desconoce la realidad total, porque no puede ver más
allá de sus límites, pero si desarrolla ahora sus
capacidades más profundas en el amor manifiesto, a través
del amor sincero obtendrá una fuerza que es la esperanza,
con esa fuerza podrá vivir cada acontecimiento, aún
aquellos que le pudieran resulta difíciles o negativos, no
como un obstáculo, sino como sucesos que van construyendo
su futuro. Un futuro de eternidad que se nos ofrece en nuestra cruz,
al reconocer nuestros errores y la bondad que Dios ha tenido para
con nosotros... Nos dirá el Señor: “Hoy
estarás conmigo en el paraíso”. ¡Te
deseo que así sea.
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