| 1.-
Muy queridos amigos (as):
A toda luz, a todos nos resulta evidente que nuestra realización
humana será inseparable de la posesión de ciertos
bienes que nos permiten cubrir nuestras distintas necesidades básicas,...
no obstante, en ningún caso nuestra realización humana
se puede reducir solamente a ello,... no se puede empobrecer al
hombre queriendo que sea, consista o se construya en sólo
un conjunto de bienes.
Y es esta la apreciación y la invitación que la Iglesia,
en su liturgia, nos hará extensiva durante este Adviento
naciente, el cual como río de aguas caudalosas tendrá
la desembocadura de su cauce en la mar de una Navidad auténticamente
cristiana. Navidad dirigida a reconocer la majestuosidad del Dios
de la vida que ha querido compartir la sencillez de nuestra condición
humana. Para lograr lo anterior, se nos invitará a que también
nosotros salgamos, tanto de nuestra comodidad como de esos apresuramientos
que están consumiendo nuestra vida, en orden a que vayamos
en búsqueda del Dios que le da sentido a nuestra existencia
y a todo lo que humanamente hacemos con honestidad.
2.- Efectivamente, todos los cristianos recibimos, ya desde
el día de hoy, un llamado para que superemos nuestros movimientos
primarios, que nos sobrepongamos a esa nuestra simple orientación
instintiva hacia un mundo terreno, temporal y experimental, para
que así nos dispongamos a desarrollar nuestra apertura hacia
los bienes superiores, los que trascienden,... especialmente a Dios,
el Bien Supremo del cual se participa toda bondad.
Se nos hace una advertencia concreta para que no dejemos que nuestros
sentidos se entorpezcan, y que con ellos se entorpezca nuestra mente,
nuestros afectos y nuestra misma vida cristiana, y que atrofiándose
nuestra vida perdamos la destreza, y no poseamos ni la agilidad
ni la motivación para buscar vivir en el mejor de nuestros
días nuestra propia Navidad con el Dios que ha rasgado los
cielos para conseguir venir Él a nosotros e ir nosotros a
donde Él.
¿Torpeza de los sentidos?
Pareciera una exageración y no es así del todo.
3.- Dos son las direcciones en las que nuestros sentidos
se entorpecen el día de hoy, como en los tiempos antiguos
y en todos los tiempos: algunos de nosotros los atrofiamos por nuestra
apatía y algunos otros a causa de los excesos.
En nuestra apatía, somos tantos los que sufrimos, y hacemos
sufrir a muchos, a causa de la irresponsabilidad. Nuestras cualidades
se van atrofiando junto con la vida y la propia conciencia; y cuando
se atrofia la conciencia porque no queremos estar despiertos, porque
preferimos estar adormilados, porque tenemos miedo de aceptar nuestra
vocación a la eternidad no tenemos más remedio que
arrastrarnos y mendigar en una vida que ya no es verdadera vida.
Y un día mendigaremos en esta vida que se nos dé un
poco de salud, un poco de paz, un poco de amor y un poco de comprensión.
Lo más lamentable de todo, será cuando llegue el día
que debería ser el “mejor” de nuestros días,
y que entonces mendiguemos la eternidad, después de habernos
pasado el tiempo eximiéndonos de nuestros propios compromisos
existenciales.
4.- Y la apatía, no es más que el primero
de nuestros caminos a la perdición, ya que existe una segunda
vía que pareciera ser una autopista hacia nuestro propio
fracaso y condenación...
El exceso, es el segundo factor que nos atrofia. Hoy se entorpecen
nuestros sentidos en el placer, el hastío, la embriaguez
y la repugnancia. Se trata de una vida que todo lo permite y que
se ha olvidado del valor de la austeridad y del orden. El consumismo,
el materialismo, el hedonismo, el relativismo y el libertinaje se
han convertido en la expresión constante y sonante del aprisionamiento
esclavizante de nuestra sed de trascendencia en el sólo abrevadero
de lo temporal.
El atractivo inmediato y efímero de esta sociedad de consumo
nos ha impulsado a renunciar al esfuerzo de buscar y de vivir los
valores espirituales y religiosos, que si bien tardan en conseguirse,
poseen la permanencia en esta vida y se convierten en nuestra llave
para abrir la puerta de la eternidad. Y así, resulta constatable
que nuestra visión hedonista de la sexualidad la ha reducido
a ser un simple bien de consumo. De la misma manera, nuestra experiencia
desviada de la libertad ha hecho que concedamos un asentimiento
ciego a nuestros instintos.
Hoy en día, en el embotamiento
de nuestra mente, hemos renunciado al crecimiento, a la paz del
corazón y a nuestra vocación de trascendencia.
Hoy, nos hemos dejado engañar con los argumentos más
infantiles. A primera vista, parece que sólo es bueno aquello
que no nos duele, que sólo hay que buscar lo que nos es agradable;...
se nos ha convencido de que es malo renunciar cuando se ofrece y
decir que no, cuando se podría decir que sí, que todo
sacrificio es malo y que todo placer es bueno.
Nos han embaucado después de que hemos permitido que se nos
mintiera. Todos, al parecer, hemos caído en la trampa que
provoca el barniz de lo material y el oropel del consumismo. En
el afán de ganarnos la “vida” no hemos tenido
tiempo para vivir y no tenemos tiempo para Aquél que es la
misma Vida.
5.- ¡Ah!, tal pareciera que este cura, el día
de hoy al amanecer lo primero que hizo fue ponerse las gafas del
pesimismo. Y la verdad, es que las realidades no pueden ni aceptarse
con afirmaciones gratuitas ni negarse con descalificaciones gratuitas.
¿Qué te parece si mejor le dejamos un espacio a la
afirmación de una descalificación que Mario Benedeti
hizo al periódico El País hace diez años, exactamente
el 28 de Marzo de 1994?: “El anhelado bienestar sólo
se compone de bienes y disfrutes materiales, y su obligado surtidor
es el mercado de consumo; nadie menciona, ni por equivocación,
el bienestar de la conciencia, la salud y los estados de ánimo,
la necesidad del descanso, la recompensa del goce”, y
yo podría agregarle, ¿quién
incluye nuestra dimensión espiritual en el ideal del bienestar?
Ojalá, que pensarás bien las cosas antes de que te
ubicarás en un posicionamiento, y ojalá que cambiarás
de posicionamiento antes de que las situaciones sean irreversibles.
6.- ¡Hagamos un alto en la vida! ¡Tenemos que
darnos el tiempo para tener un respiro! ¿Qué es el
Adviento sino un tiempo para detenernos, y un tiempo para que en
la conversión volvamos a empezar, siendo capaces de corregir
nuestra existencia?
Vamos a darnos un poco de tiempo para que hagamos un alto, te lo
enseña el Señor, yo te lo comunico y te lo agradecerá
más de uno, aparte de aquel que miras en el espejo cada mañana.
¡No dejes que tu imagen en el espejo emprenda la mudanza antes
de que hagas un alto en tu vida! ¡No dejes que tu imagen se
desvanezca en el espejo de tu familia! ¡Haz algo! ¿Cuándo?
Ahora...
La verdad es que, yo no sé a dónde vamos tan de prisa,
pero el apresuramiento ya se nos ha hecho costumbre, nuestra vida
se mueve por la inercia y ha dejado de ser una reflexión.
Nos diría José Narosky: “Quien
apura su vida, sólo apura su muerte”.
Y la peor Muerte sobrevendrá después de que se acabe
esta pseudo-vida vivida en el auntoengaño.
Lamentablemente, no nos damos cuenta de que nuestros auntoengaños
se convertirán en autodestrucción. Somos tantos, los
que nos sentimos dueños de la existencia; los que creemos
que tenemos nuestra vida, el tiempo, las cosas y las personas compradas.
7.- La invitación del Evangelio no es otra, sino
a que nos mantengamos despiertos y a que asumamos nuestras responsabilidades.
Se nos invita para que dejemos de hacer las cosas, porque así
se han hecho desde tiempos de Noé y desde antes del diluvio.
Velen y estén preparados, porque
no saben qué día vendrá si Señor.
Se trata de,... ¡que no estemos adormilados por el desgano,
ni vivamos sedados por los enervantes del consumismo!
La vigilancia debe ser una actitud del cristiano en cada momento.
Porque cuando sin querer nos descuidamos, casi sin darnos cuenta,
ya no tenemos presente el por qué de nuestra vida.
Vigilar significa que, en lo espiritual, nunca podremos descansar
creyendo que ya hemos llegado, que ya estamos bien.
La atención ha de ser constante, pues el contagio, el mal
se infiltra cuando bajamos la guardia. El mal está siempre
ahí, por siempre atento y se apodera de nosotros cuando nos
confiamos. Y ése es el peligro constante, no que aceptemos
el mal, sino que se apodera poco a poco cuando los hombres no estamos
vigilantes.
Debemos renunciar a lo fácil como norma, al éxito
como fin, al podium como situación.
8.- ¿Qué hacer para mantenernos despiertos?
Quizá, tendríamos que visitar los panteones, los hospitales,
los reclusorios, los psiquiátricos, los asilos, los orfelinatos,...
si lo hacemos nos ayudará a reflexionar en muchas cosas y
a encontrarle un poco de sentido a lo que hacemos.
Al Señor, solamente se le puede esperar en el estupor de
la vigilancia, con las puertas abiertas de par en par, manos trabajadoras,
ojos liberados de la pesantez, y corazón finalmente curado
de la dureza que provocan nuestra apatía y nuestros excesos.
No dejemos que nuestros sentidos se atrofien. No debemos vivir de
las ilusiones, porque luego vienen las desilusiones desgarradoras.
El cristiano tiene dos alternativas:
vivir solamente el instante o trascender
en la historia para llegar hasta la eternidad. Y tú, ¿qué
eliges?
CAMBIAR
LAS ESPADAS EN ARADOS.
1.-
Hermanos muy queridos:
Quiero
hacer algo inusual en relación a nuestros tres segmentos
de reflexión que comparto domingo a domingo contigo. Quiero
leer y meditar sobre un texto de la primera lectura tomado del libro
del profeta Isaías, y es que, este hijo de Amós es
uno de los personajes necesarísimos en el adviento de la
humanidad, y en el adviento de todo cristiano: se trata del profeta
que nos anuncia el nacimiento del Hijo de Dios:
“Él
será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos
numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas
podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya
no se adistrarán para la guerra.”
Y, es
que, junto con el anuncio de la venida del Salvador de todas las
naciones se nos invita a que nos dejemos transformar por Él,...
transformación que en el ambiente de nuestro adviento litúrgico
y de nuestro adviento existencial no tiene otro nombre sino el de
conversión.
2.-
La Liturgia de la Palabra en el día de hoy, nos invita a
reconocer que todos ante Dios podemos tener un cambio.
Nos menciona que ante Dios, sea cual fuere nuestra forma de vida,
todos seguimos siendo personas, y que cada uno de sus hijos somos
merecedores de respeto y de una nueva oportunidad.
Entendemos
por conversión en el sentido más directo: “Hacer
de una cosa o persona algo distinto, y así, se convierte
la materia en los procesos de industrialización, se convierte
una moneda de una denominación en otra que nos es de utilidad,
se convierte información de imagen en códigos de lectura
cuando escaneamos algo,... entre otras muchas aplicaciones”.
Ahora
bien, desde el enfoque cristiano la conversión se entiende
como: “Aquella acción
por la que alguien que no conocía a Cristo se vuelve hacia
Él, o por la que quien se separó de Él, por
el pecado, retorna a su amistad.”
3.-
Tenemos que entender que la conversión es una acción
constante, y más aún, permanente de nuestra vida,
puesto que la conversión significa crecimiento, y debemos
ser conscientes de que en el momento en que una persona deja de
crecer se inicia el proceso de la muerte.
Y, la
verdad, es que muchos presumimos de nuestra conversión o
de la conversión de otra persona, como si fuere un acto único
y aislado en la trama de nuestra historia.
En
ocasiones, me dicen algunas personas:“Mire, ese es
un convertido...” Y no pocas veces les pregunto inmediatamente:
-¿Cuántas veces?-.
Para
muchos cristianos, quizá más para los que caemos frecuentemente
en la hipocresía, la conversión representa un fenómeno
excepcional, glamoroso y clamoroso, del que son protagonistas individuos
que pasan de las tinieblas del error a la luz de la verdad, que
se transladan de una conducta perversa a una vida “ejemplar”,
de pecadores a “impecables”, de pertenecer a la Babilonia
a formar parte del “grupo de los que son salvos”...,
tendríamos que revisar con la lectura real del Evangelio
los niveles de sangre farisaica que circula en nuestras venas,...
pero eso es otro tema.
Ellos
y nosotros parecemos no sospechar que la conversión es un
deber fundamental y habitual en la vida de todo cristiano, y que
esto se debe inscribir en el registro de lo cotidiano. La conversión
cristiana debe ser un empeño de cada día, un empeño
que suele ser fatigoso y, en no pocas ocasiones, doloroso.
4.-
Y la verdad tiene que ser dicha: la conversión frecuente
es necesaria, ya que nunca estamos totalmente donde Jesús
está. Nos falta mucho. El Señor piensa “distinto”
que nosotros. El Señor ama “distinto” que nosotros.
El Señor mira “distinto” que nosotros.
Nuestros sentimientos son distintos a sus sentimientos, lo mismo
que nuestros pensamientos de sus pensamientos. Nuestra lógica
es distinta a la lógica de Dios. Es por ello, que necesitamos
constantemente de conversión. Necesitamos cambiar el corazón,
cambiar los pensamientos y cambiar los sentimientos.
5.-
¡Necesitamos cambiar! Y es que hoy, tú y yo, nos vamos
dando cuenta como progresivamente va invadiendo a nuestra ciudad
un espíritu navideño. Las calles de la ciudad
se preparan, se preparan los comercios, se preparan los colegios
y muchos lugares de trabajo, se preparan los medios de comunicación,
se preparan las casas y, ¡resulta lamentable decirlo!, lo
único que no vemos que se prepare son las personas, nuestro
corazón no se prepara.
Nosotros
cristianos, ¿cómo vamos
a decirle a Dios que estamos felices porque viene sino hay cambios
en nosotros? Posiblemente hay mucho que cambiar,
egoísmos, envidias y rencores. Estos son los estorbos que
impiden el paso del Señor. En el interior de cada cristiano
deben ser derruidos los obstáculos.
Tenemos
necesidad de una conversión constante y que sea sincera,
convertir nuestro trato con los demás, con las personas que
nos rodean. El hombre que sabe y conoce cuál es su destino,
necesita conocer también que es lo que le puede servir para
la vida eterna, y qué es lo que le puede impedir la consecución
del logro de tan sublime fin.
En esto
consiste nuestra preparación para navidad. ¡En esto
consiste el Adviento! Ante todo, en que empecemos de una vez a ser
tan cordialmente buenos, por amor de Dios, con nuestro prójimo,
que arranquemos de raíz todo disgusto y malhumor, toda envidia
y todo rencor.
6.-
Y todos necesitamos de la conversión. Tanto los
que inician su vida cristiana como un día sucedió
con san Agustín quien nos cuenta, como en sus años
no cristianos, la sociedad de su tiempo le empujaba junto con el
conjunto de sus amigos a la depravación. Eran los finales
del siglo IV, él se convirtió en el 381 y él
mismo en sus Confesiones nos narra esos esfuerzos que realizaba
en su juventud para tratar de sobresalir, a cualquier costo: “Yo
estaba avergonzado entre los otros jóvenes de que mi depravación
no había llegado a un extremo igual a la de ellos; yo les
oía hablar alardeando de sus hazañas, y cuanto más
indignas y despreciables eran tanto más las pregonaban; así
que me dediqué de lleno a las mismas hazañas, no sólo
por el placer que encerraba el hecho en sí, sino por la complacencia
de poder luego alardear”.
Te das
cuenta como necesiamos de la conversión,... Jesucristo quiere
liberar al hombre. Jesús nos invita a que abandonemos la
orientación a las cosas para orientarnos al Creador. La conversión
es un gesto fundamental que comporta no sólo dejar un tipo
de actividad para dedicarnos a otra, sino orientar la vida y el
corazón a una persona que nos trata como personas: Dios nuestro
Señor.
¡Vamos!
Si hasta alguien tan poco cristiano como lo fue Aldoux Huxley en
su prólogo a “Un mundo feliz”
refiere la necesidad de cambio en las personas: “El
remordimiento crónico es un sentimiento sumamente indeseable.
Si has obrado mal, arrepiéntete, resarce las consecuencias
lo mejor que puedas, y dedícate a corregir tu conducta. Por
ningún concepto caviles sobre tu error. Revolcarse en el
lodo no es la mejor manera de limpiarse”.
7.-
La conversión la necesitamos todos, y una bella descripción
de ella se manifiesta en la necesidad de cambiar las espadas en
arados y las lanzas en podaderas. En lo material no se
trata de cosas distintas pero en lo sustancial sí. Se trata
de un mismo material utilizado de forma distinta: no para destruir
sino para construir, no para herir sino para curar, no para golpear
sino para acariciar, no para dejar sino para tomar,...
Y es
que nosotros mismos podemos constatar como un médico con
la misma ciencia puede preservar la vida o dar la muerte, una enfermera
con su técnica puede asistir a un parto o ser comprada para
apoyar un aborto, un abogado con los mismos conocimientos puede
liberar al inocente o arruinarlo de por vida,... ¡Espadas
o arados con el mismo material!
8.-
Conversión es hacer cosas nuevas con las cosas antiguas,
y es que estos vicios son de antes y son de ahora, y lo señala
Jacques Barzun quien escribió en un pequeño texto
titulado “Profesionales
sin profesionalismo” los vicios de los virtuosos:
los médicos han dejado de ser los buenos samaritanos de la
humanidad y ahora son vistos como buscadores de fortuna, a menudo
de dudosa capacidad, que encubren unos a otros sus equivocaciones
homicidas.
Los
abogados, ahora defensores de los derechos privados y civiles, se
les ve actualmente como individuos negligentes y estafadores que
engañan deliberadamente al público por medio de un
lenguaje concebido, aprendido y utilizado para confundir.
Los maestros
perdieron su eficacia por la ineficacia en la enseñanza y
por los abusos en torno a la niñez.
Los ingenieros
físicos y químicos se volvieron sospechosos tras la
bomba atómica de Hiroshima y el actual manipuleo de la vida.
El periodista
cuando maneja las noticias con la presentación parcial de
la verdad, el sensacionalismo, el silencio supresor, los vacíos
sugerentes, los rumores sin base, el engaño, los muestreos
insuficientes, la generalización de hechos parciales, el
manipuleo de la información, la vulneración de la
intimidad personal, la deformación de los valores, el interés
mezquino y las realidades existenciales solamente frivolas.
Los últimos
en ser censurados -menciona- por el público, son los austeros
e insondables contadores, que ahora aparecen como especialistas
en tergiversación, maestros en el arte de “cocinar”
los libros.
Nos menciona
que hay indicios de la paulatina degradación de las profesiones
a nivel del comercio y de los oficios comunes.
Y menciona
que el problema es la muerte del concepto profesión si no
se recobra la fuerza mental y moral. Las luces de las profesiones
se han convertido en fogatas que están incendiado al mundo
entero y que dan muerte a la dignidad misma del hombre.
9.-
¡Cambiar las espadas en arados! Sé que nuestro problema
es juzgar a una profesión por sus peores ejemplos. Sin embargo,
es adecuado que comprendamos que hace falta que se regeneren moral
e intelectualmente para que no se pierda el respeto y la confianza
en nuestro mundo.
¿Sabes?
En la obra “Becket o el honor de Dios”,
de Jean Anouilh, hay una escena en la que Enrique II, Rey de Inglaterra
acusa a Tomás Becket de no amar nada. Becket responde al
Rey: “Yo amo una sola cosa, mi príncipe.
Y de ello estoy seguro: hacer bien lo que tengo que hacer.”
¡Ojalá
que esto se lo digamos un día al Príncipe de Paz y
Rey de la Gloria!
BARCOS
CON RUMBO.
“Velen,
pues, y estén preparados, porque no saben qué día
va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de
familia supiera a qué hora va venir el ladrón, estaría
vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en
su casa. También ustedes estén preparados, porque
a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”.
1.- Dice un refrán popular:
¡PARA EL BARCO QUE ZARPA SIN RUMBO, TODOS LOS VIENTOS LE SON
CONTRARIOS!
2.-
Muy queridos amigos (as):
En
este primer domingo de adviento en que el Evangelio nos dice: “¡Velen
y estén preparados!” Debemos preguntarnos:
¿Estar preparados para qué?
¿Qué hacemos mal? ¿Qué cosas hacemos
en la vida y de lo cual nos podemos arrepentir? ¿Vigilar,
qué? ¿Cómo vivimos para no llorar cuando sea
demasiado tarde?
Adviento,
significa: “venida”. Y este tiempo litúrgico
compuesto por cuatro semanas, nos prepara progresivamente para la
celebración litúrgica de la primera venida de Cristo,
el próximo 25 de diciembre, y nos debe preparar en actitudes
concretas para que un día vivamos nuestra propia Navidad
en la eternidad.
Digamos
que existe un adviento litúrgico que consta de cuatro semanas
y un adviento existencial, del que ni tú ni yo sabemos si
estamos viviendo apenas nuestro primer domingo o si ya vivenciamos
un cuarto domingo, muy próximo a nuestro nacimiento en la
inmortalidad.
Y
de esta manera, Dios a través de su Palabra de este tiempo
litúrgico nos va a presentar algunos elementos que son fundamentales,
en orden a que preparemos nuestro adviento existencial, y con ello
el litúrgico.
3.-
El adviento es un tiempo de conversión, un tiempo para ingresar
a nuestro interior, en orden a detectar tanto aquellos elementos
nocivos en nuestra vida así como aquellos elementos positivos
que no han sido suficientemente fortalecidos.
El
adviento es un tiempo para que hagamos un alto en la existencia,
y así una vez revisado el marco de la vida, nos dispongamos
a continuar por el buen camino, o bien seamos capaces de retomar
ese camino que hemos abandonado. Y, es que, nuestro problema en
la actualidad radica en ser como esas barcas que zarpan sin rumbo
por el camino de la vida.
4.-
¡Fíjate! Como la solución de casi todos nuestros
problemas nace cuando somos capaces de admitir nuestros errores,
cuando miramos hacia adentro con sinceridad.
Se
ha dicho con frecuencia que, "Un alcohólico no puede
ser ayudado mientras que él no se reconozca enfermo.",
y así se dice de cualquier adicción y padecimiento.
De
la misma manera, en nuestra relación con Dios: los hombres
no podemos recibir la vida que Dios nos ofrece si no se la pedimos.
Pero cualquiera de nosotros no se la puede pedir si no está
dispuesto a reconocer sus errores, aceptando que esta nuestra vida
no es vida verdadera.
Y
reconocer nuestros errores supone la valentía de mirar despacio
hacia el interior de nuestra conciencia, para ver así cómo
se está viviendo nuestra vida, cuáles son esos valores,
dónde están nuestros ídolos.
Es
la vigilancia, la reflexión y la atención sobre lo
que hacemos, lo que nos lleva necesariamente a la claridad para
ver dónde está el error. Sólo después
podremos pedir el nacimiento de Dios en nuestro corazón.
Cuando
somos capaces de reconocer y aceptar nuestro egoísmo en nuestros
actos, cuando no tenemos miedo de aceptar nuestros errores, cuando
aceptamos una conciencia en claridad, es entonces que se empieza
a vivir.
5.-
Mi vida no es vida verdadera, mientras no pueda llegar al núcleo
del problema que está en mí; en tanto yo no sea capaz
de aceptar mi historia y sus inconvenientes con claridad y sin miedo;
mientras no sea capaz de arrepentirme y de vivir purificándome
de los lastres que sin querer he ido aceptando. Se dice que: “No
será posible vivir feliz en el presente a menos que el pasado
se haya 'limpiado' y así nuestro futuro sea brillante y prometedor".
El
Evangelio de este domingo nos invita a que dejemos nuestra pasividad
en la vida, y a que nos convirtamos en verdaderos hombres comprometidos
con nuestra vida y con nuestra historia. Que dejemos de ser reactores
y que nos convirtamos en los actores de ese trozo de trama que Dios
nos ha confiado.
6.-
¡Vigilar y estar preparados!, nos dice el Señor, y
es que las cosas más bellas de la vida se pueden escapar,
se pueden perder si vivimos en la somnolencia.
La
vigilancia debe ser una actitud del cristiano en cada momento, pero
de una manera especial deben tenerla los recién-casados,
aquellos que han cambiado su vida y que deben asimilar su situación:
han pasado de ser sujetos pasivos y se han convertido en los responsables
de una familia, como hijos de familia eran excelentes ejecutores
de un instrumento musical en la gran orquesta familiar, pero ahora
se han convertido en directores de la propia orquesta, con batuta
compartida y tocando, en muchas ocasiones, un concierto de piano
a cuatro manos. No se deben sorprender al encontrar dificultades
en el inicio, en el transcurso, y aún cuando los espisodios
de la trama familiar apuntan hacia el final.
Es
más, a lo largo de la vida ésta será la palabra
clave: vigilar, estar alertas. Porque cuando sin querer nos descuidamos,
casi sin darnos cuenta, ya no tenemos presente el porqué
de tantos desvelos y preocupaciones. Bastaría una sola pregunta
en esos momentos para solucionar cualquier problema: ¿lo
que hago o dejo de hacer queda en mí, o tiene proyección
y vida?
7.-
Uno de los peores males que puede vivir un matrimonio es el ingresar
en el limbo de la rutina, el adquirir la membresía del club
de la costumbre. La monotonía,
es decir, ese estar escuchando todo en un mismo tono sin esas variantes
que reflejan el don de la vida, o ese estar viendo siempre un mismo
tono de color en nuestro horizonte sin la amplia gama de matices
que nos ofrece Dios, es la peor de las polillas en los matrimonios.
Gilbert
Keith Chesterton, en su obra titulada: “El Superviviente”,
nos hace referencia a su propia historia y a la necesaria historia
de cualquier persona, al hablarnos de un marido que, para conservar
siempre vivo el amor hacia su esposa, se preocupa de seducir y reconquistar
todos los días a su amada, pensando en mil estratagemas,
con la novedad que le ofrecen todos los factores diferentes que
tiene su amplia y enamorada imaginación: en ocasiones llega
a casa con un sombrero de bombín, en otras utiliza unas gafas
nuevas, algunos días llega con un bastón, en otras
ocasiones lleva un obsequio de dulces, o chocolates o un ramo de
flores; todo lo hace con una sola finalidad: no permitir que su
matrimonio muera. Y así es presentado el sobreviviente del
matrimonio en la modernidad.
8.-
La mujer debería cuidar también todos aquellos detalles
que, ella bien sabe, le han sido atractivos a su esposo desde el
tiempo del noviazgo.
Y
pudiera resultar contradictorio o por lo menos imcomprensibler el
sólo hecho de pensar que, quizá uno de los momentos
que provocan mayor crisis en el matrimonio es precisamente ese momento
en que, como regalo de Dios, se asume el segundo papel en la trama
del matrimonio: cuando ya no tan sólo son esposos, y empiezan
a ser padres, en el momento que el amor de donación se convierte
en un amor fecundo al recibir a aquellos que llevan tu misma sangre.
Y
es que por cuidar a algunos nos olvidamos de los otros. La relación
vertical con los descendientes hace que se olviden o que se descuide
la relación horizontal con el cónyuge. Los casados
deben ser conscientes de que el ser padres no los exime de las responsabilidades
que tienen como esposos. Más aún deben ser conscientes
de que la mejor forma de que puedan ser buenos padres parte del
hecho de que sigan siendo excelentes esposos.
Resulta
lamentable el que la atracción marital decline en muchas
ocasiones cuando llegan los hijos.
Louise
May Alcott en su novela "Mujercitas",
narra la vida de un matrimonio normal: John y Meg están felices
después de casados, todo corre viento en popa. La vida en
el matrimonio parece ser una prolongación durante esos primeros
años de las mieles del noviazgo.
El
cambio sobrevino, después de que aquella esposa llamada Meg
se embarazó y dió a luz gemelos, casi sin darse cuenta,
ella y su esposo John se fueron apartando progresivamente. Con el
paso del tiempo, la distancia se volvió costumbre, John muy
rara vez platicaba con su esposa por las noches y empieza a pasar
el tiempo en casa de una pareja joven de amigos, sin hijos. Ella,
de pronto, se encuentra sumergida en la incomprensión, se
siente hecha una matrona, desaliñada, descuidada, abandonada,...
Y un día va a visitar a Marmee, su madre, para quejarse,
la sabia Marmee gentilmente le recuerda que en lo que ella percibe,
John todavía la quiere mucho y que él también
la necesita, pero que ella sin percibirlo se ha abocado tanto al
cuidado de los hijos que se ha olvidado por completo del cuidado
del esposo, y que si ella quiere que las cosas se recuperen debe
aprender a seguir siendo tan buena esposa así como ha sido
una buena madre.
9.-
¡Vigilar y estar preparados!
Nuestra
vida cristiana es ofrecimiento, lucha, violencia, claridad, purificación.
En una palabra la vida cristiana es conversión. ¡Esto
es lo propio!
Lo
totalmente otro, lo que no nos pertenece, es la tentación
que se apodera, que engaña y que mata. Sólo se vive
en el ofrecimiento y en el esfuerzo. Porque el que da la vida es
Dios, y no podremos entrar al Reino mientras no seamos capaces de
reconocer nuestros errores y cambiar.
Cada
uno tiene los suyos, cada uno sabe por dónde entró
el demonio del egoísmo, del dominio, de la pereza. ¡Pídele
a Dios el don de la conversión que nos prepare para la celebración
litúrgica de la Navidad!
Pero,
sobre todo, pidamos a Dios que nos prepare para cuando celebremos
nuestra propia Navidad en la contemplación de su divino rostro.
¡Nadie sabe ni el día
ni la hora! Hay que estar preparados.
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