1.-
Muy querido (a) amigo (a):
La fe
para el cristiano es una virtud teologal por la que creemos en algo
confiados en quien nos lo manifiesta. No obstante la fe más
que creer en algo es creer en alguien, más aún, te
voy a decir algo más radical, la fe más que creer
en alguien es creerle a alguien.
¿Qué
es pues la fe? La fe cristiana no es tan sólo
la adhesión a unos contenidos memorizables sino que la fe
es, ante todo, adhesión a la Persona Divina que ha venido
a nosotros y que nos revela las verdades de la eternidad.
La fe es una actitud fundamental
en la vida del cristiano, no es tan sólo un creer en Jesucristo
sino también un creerle a Jesucristo.
2.-
¿Te has preguntado qué es lo que le pide al cristianismo
el mundo de hoy? ¿Conocer textos bíblicos que se repitan
de memoria causando la estupefacción de propios y extraños?
¿Celebraciones litúrgicas y asambleas en donde todos
nos la pasamos horas y horas escuchando mensajes repetitivos, y
todos diciendo: Sí, Señor. La Gloria a Jesucristo,
Las murallas han caído...? o ¿qué nos bajemos
de la nube del misticismo... para curar al que sufre en el camino
de la vida? ¿qué es lo que prefiere el mundo? ¡Claro
que orar y alabar son importantes pero,... ¡ojalá!
que no se separaran de nuestra conducta en lo cotidiano.
3.-
Te quería comentar cómo aconteció la reconversión
de Don Salvador Espriu, ¿quién es Salvador Espriu?
Bueno es un poeta y dramaturgo catalán quien murió
en 1985, célebre autor de obras como la del Doctor Rip, La
Horas, la Piel del Toro...
Cuando Don Salvador en aquel 27 de Diciembre de
1984, salió de una clínica de Barcelona, y en la que
poco después volvería para ya no salir con vida de
ella, manifestó a la prensa que le preguntó sobre
que era lo más importante en la vida, y él respondió:
“La bondad”.
“Me he considerado un hombre pesimista,
que ve en cada esquina un holocausto atómico. Pero después
de ser tratado con tanta bondad por unas monjas llenas de fe en
Dios en este centro hospitalario, yo no apostaría por la
indefectibilidad de la destrucción atómica. Me doy
cuenta de que hay maldad y cretinismo, pero que a mi alrededor también
hay bondad y consideración. Para mí la bondad es la
cualidad superior del espíritu. Para mí la inteligencia
tiene que estar al servicio de la bondad.”
¿Qué te parece? ¡Un hombre
que regresa a la fe en Cristo gracias a la fe convertida en praxis
de unas religiosas en el silencio de un hospital!
4.-
Para la Sagrada Escritura, la fe es la fuente de toda la vida religiosa.
Al designio que ha realizado Dios en el tiempo, debemos los hombres
responderle con la fe.
Pero, recuerda que la fe tendrá, a lo largo
de la travesía de nuestra vida, esas pruebas que servirán
para que se fortalezca. El mismo pescador que le pide a Jesús
que aumente su fe, será llamado “hombre de poca
fe” cuando en altamar empieza a hundirse en las aguas
que bullen a sus pies.
¡Siempre he considerado que una fe sin crisis
es una fe infantil, que una fe en crisis es una fe adolescente;
pero que tener una fe a pesar de nuestras crisis es realmente una
fe adulta!
Las crisis forman parte de la verdadera fe. Sin
las crisis la fe no madura, no puede crecer. La verdadera fe en
Dios, será esa nuestra capacidad de afirmarnos y abandonarnos
durante las crisis de la vida.
Los momentos difíciles no hay que inventarlos.
Las crisis y las tentaciones de la fe se dan en la vida de todos:
el aparente silencio de Dios, la persistencia del mal, la impopularidad
de la misma fe, nuestras frustraciones de todos los días,
los cansancios, la pérdida de un ser querido, una enfermedad
que nos agrede... Ahí es donde la fe se consolida o se derrama,
pues la llevamos en vasos de barro. Dice San Agustín:
¿De qué te sirve creer
con la voz en Áquel que niegas por las obras?
5.-
Es bueno que comprendamos que, lo importante en nuestra vida será
mantenernos siempre fieles a Dios y, entender que, así como
en un matrimonio cristiano se espera que el amor puro de una persona
se manifieste en la prosperidad y en la adversidad, en la salud
y en la enfermedad, en los momentos buenos y en los momentos difíciles;
de la misma manera, en nuestra vida cristiana y en la estrecha relación
con el Señor, al que amamos y que nos ama, debemos aprender
a mantenernos fieles, en la salud y en la enfermedad, en la abundancia
y en la escasez, en los días intensamente iluminados y las
noches profundamente oscuras, cuando la vida nos favorezca y aún
en los momentos de dificultad, en los días gratos y en los
que aparentan ser ingratos.
¡Compréndelo! Tu
que contemplas la vida de los esposos, sabes y estás convencido
de que: Estar con quien se dice que se quiere cuando la vida te
sonríe, estar con quien uno dice que ama cuando se está
en plenitud de vigor, estar con la persona amada cuando tienes algunos
billetes en los bolsillos, ¡eso es relativamente fácil!
Pero..., estar con quien dices querer cuando la vida parece haberte
volteado la cara, estar con quien dices amar cuando se presenta
la enfermedad y cuando nuestra humanidad experimenta las huellas
del tiempo, estar con la persona amada cuando no se tiene una sola
moneda en el bolsillo, será allí cuando al amor se
le llama fidelidad y, será entonces, cuando el amor se manifiesta
en toda su pureza.
6.-
De la
misma manera, nuestra relación con Dios debiera proclamar
la fe en Él, no sólo en el triunfo sino también
en el escándalo, no tan sólo en la aceptación
sino también en el rechazo, no tan sólo en el aprecio
sino también en el desprecio
Recuerda que, cuando el Señor Jesús
multiplicaba los peces y los panes, había demasiada gente
en su entorno; cuando curaba a las personas, la gente se le agolpaba;
cuando repartía bienes a los hombres la gente le salía
al encuentro; pero cuando sobreviene el dolor, la condena, el desprecio,
el aparente fracaso, el sufrimiento y la muerte, la gente se dispersa,
huye y le niega.
7.-
La verdadera vida cristiana
se presenta ante cada uno de nosotros como un mandato, como una
promesa y como un anuncio. A esta triple comunicación de
Dios, los hombres debemos responder con la obediencia, con la confianza
y con la fe. Obedecer los mandatos que Dios nos da en la vida, Confiar
en las promesas que nos comunica y Creer en los anuncios que Él
nos ha dado, sabiendo que Dios siempre será fiel a lo que
nos pide.
Para los cristianos
vivir es creer, es decir, dar crédito, aceptar,
esperar lo que no se ve todavía y darle tiempo al tiempo,
para que se nos vaya descubriendo.
En las decisiones más importantes de nuestra
existencia, la razón nos ayuda, pero nunca basta. Los cálculos
más reflexivos han de complementarse avalados por la fe.
Esta virtud será siempre la garantía de alcanzar lo
que uno sueña. Es aquí en donde la fe fortalecerá
nuestras convicciones y encauzará nuestra emociones.
8.-
Hoy, Jesucristo en el Evangelio nos invita
a tener una fe del tamaño del grano de mostaza y entonces
todas las situaciones que nos parezcan desproporcionadas podrá
ser dominadas.
Y es que la vida no cambia en la cercanía
con Dios, quienes cambiamos somos nosotros y se nos capacita para
vivir la existencia de una forma distinta. La
fe cristiana nos dice que la muerte no es el final; para
el creyente la enfermedad y el dolor adquieren matices salvíficos;
para el cristiano es en el medio de las dificultades en donde surge
el brillo de la fe.
9.-
Nosotros, hemos aprendido que Dios no quiere el dolor, la muerte,
la enfermedad, la soledad y el abandono, de tal manera que lo mismo
que nos hace sufrir a nosotros, fue lo mismo que hizo sufrir a Cristo.
Comprendemos ahora, que no debemos poner un signo de interrogación
a aquellas situaciones en las que Dios le ha puesto un punto final.
10.-
¡Querido padre de familia!
Hoy, es el tiempo necesario para educar en la fe
a la familia. Pero recuerda que tu hijo necesitará siempre
de la palabra y del ejemplo de la fe cristiana. De no presentarse
los colores cristianos en el óleo de la vida de tus hijos
sobrevendrán otras tonalidades indeseadas a ocupar esa superficie
del suave lienzo. El católico inglés Gilbert
Keith Chesterton decía: “Desde
que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean
en nada. Ahora creen en todo”. Y algunos,
llegan a creer en cada barbaridad: en alambritos, en piedritas,
en los astros...
¿Sabes? Como sacerdote he llegado a tener
una convicción: El hombre que puede sobreponerse a cualquier
adversidad que las eventualidades y la incertidumbre de la vida
le depare, no es precisamente el que halla crecido significativamente
en lo físico, ni el que se haya erguido académicamente
y tenga en sus paredes una gran cantidad de diplomas. Estoy convencido
de que el hombre que puede sobreponerse a cualquier tormenta de
la vida será aquel que tenga a Dios en su corazón,
el hombre de fe.
Es muy cierto que el progreso humano, que pueden
obtener tus seres queridos en las aulas, les hará mirar siempre
hacia-adelante; sin embargo es solamente la fe la que les ayudará
a mirar hacia-arriba, sobre todo en esos momentos en que al mirar
hacia-adelante no les sirva para nada, puesto que no alcanzan a
ver nada.
Nosotros somos conscientes de que las desgracias,
las dificultades y las adversidades son para los bautizados como
ese momento en que se prueba el oro en el crisol y como esa oportunidad
en que se puede demostrar la solidez de nuestras construcciones.
Las dificultades para el cristiano son como la roca para el mar:
el momento adecuado para mostrar toda la majestuosidad de una fe
del tamaño de un grano de mostaza.
Aquel que tiene fe,
sabe luchar y no se desespera ante las situaciones contrarias, y
es así como llega a madurar y se hace fuerte.
AUMENTAR
LO PEQUEÑO EN LA VIDA.
“En
aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos
la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran
fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza,
podrían decir a ese árbol frondoso: “Arráncate
de raíz y plántate en el mar”, y los obedecería.
1.-
Muy querido (a) amigo (a):
Hay un refrán español que dice: “Aquellos
polvos que trajeron estos lodos”.
¡Oye! ¿Te has dado cuenta como este
mundo en el que vivimos es un mundo cuantificante, en el cual el
uso de las matemáticas se utiliza como criterio valorante?
Pareciera no existir otra respuesta en la existencia que esta: la
cantidad como única actitud ante la realidad de la vida.
¿Cuál es el origen de las matemáticas,
sino precisamente ese deseo de ubicar al individuo dentro de la
multiplicidad del universo y del mundo? ¿Y el origen de la
geometría? Sino precisamente esa relación numérica
que se da entre las cosas.
Las cantidades las utilizamos para medir el trabajo,
el esfuerzo, la fatiga, los logros y también los fracasos.
Es parte de nuestra visión de la vida.
Y hoy precisamente el Señor subraya la importancia
de la calidad sobre esa necesidad que tiene el hombre de cantidades.
2.-
¡Señor, aumenta nuestra fe!
Le dicen los Apóstoles a Jesús, y el Señor
subraya el valor que llega a tener una fe sincera aunque fuere tan
pequeña como un grano de mostaza.
El Señor ha manifestado que para Él
tiene mayor interés la calidad que la cantidad. Él
no se deja impresionar por los volúmenes. Ni siquiera por
los largos rezos, ni por los rostros alargados por el sacrificio,
ni por esos signos religiosos agrandados, como lo fueron las filacterias
de su tiempo, y lo son hoy en día los crucifijos al cuello
de algunos y las faldas largas en otros.
El Señor Jesús no se deja impresionar
por las apariencias de los hombres, sino que Él conoce aquello
que existe en un órgano del tamaño del puño
de nuestra mano, pero que resulta esencial en nuestra vida, ha subrayado
la importancia que tiene un poco de sal en la sazón de un
mundo desaguisado, de un poco de luz en la tenebrosa habitación
del cosmos, de un poco de levadura en la masa con la que se elabora
el pan del ser humano, de una semilla en los campos del tiempo,
de un pequeño grano de mostaza para que se generen árboles
en los que aniden las aves del cielo, y de un poco de aceite como
para que se tenga siempre encendida la llama de la fe en un mundo
que repentinamente se ve cobijado por la medianoche de nuestra historia.
Al Señor le agrada más el óbolo
en la pequeña ofrenda de una viuda pobre que ofrece todo
lo que tenía para vivir, aún sobre ese abundante y
sonante dinero que cae en las alcancias del templo, y que ofrece
aquel que da de lo que le sobra a Aquel que nos lo ha dado todo
y que se ha dado a sí mismo. El Señor sabe bien, y
así lo ha mostrado, que mucho más importante que aquello
que se nos da es el amor con el que se nos da.
3.- Son
las pequeñas cosas las que Dios tiene en justo aprecio,...
pequeñas cosas que el hombre ha olvidado, y con ello el hombre
se ha olvidado también de vivir.
Y te podrás dar cuenta de que, hoy en día,
en que nuestro mundo parece estar cansado, que los jóvenes
desilusionados no encuentran el sentido de la vida, que muchos de
nuestros padres en la incomprensión experimentan la fatiga,
que muchos esposos en la frustración se manifiestan turbados
o desorientados. ¡Hoy!, ¡hoy!,
¡hoy!,.... hoy nos hace falta un poco de sal
para darle sentido a la vida, nos falta un poco de luz para recorrer
nuestro camino, nos hace falta un poco de fe aunque fuere como una
semilla de mostaza como para que transforme el mundo entero.
¿No te has dado cuenta cómo unas
pocas notas embellecen una melodía? ¿No te has fijado
cómo una pocas palabras manifiestan el sentimiento más
sublime? ¿No has visto cómo un poco de agua sacia
al sediento y un poco de pan al hambriento? ¿Quisieras ignorar
que un poco de tiempo para escuchar o, al menos, acompañar
a alguien, permite que la persona descanse en su corazón?
¿No has observado cómo unas pocas semillas consiguen
una cosecha para alimentar a un pueblo? ¿Te fijas cómo
un poco de levadura fermenta toda la masa?
Pequeñas cosas,
son tan insignificantes que todos las hemos descuidado.
4.- Ya
los antiguos lo percibían y enseñaban. Escribía
el poeta Ovidio que una gota de agua es capaz de horadar la roca,
no tanto por su fuerza o por su volúmen, sino por su persistencia.
En nuestra cultura, existen cientos de historias que resaltan la
importancia de las pequeñas cosas: esa puerta que al estar
cerrada impide que se ingrese a una casa, el documento sin firmar
que no permite alcanzar el negocio de la vida; se cuenta que el
mismo Edison perdió una patente por un decimal mal colocado.
¿Quién no leyó en la infancia aquella narración
que habla sobre la batalla perdida por la falta de un clavo en la
herradura de un caballo?
Aquellos que colindan con mis pocos años:
¿Díganme si nunca se pusieron
sentimentales al escuchar aquella canción titulada: “Detalles”?
¿Quién de ustedes siendo mi contemporáneo no
se acuerda de la certeza de cierta canción titulada: “Aquellas
pequeñas cosas”?
Y es que no existen cosas pequeñas cuando
se trata de la vida: o se está verdaderamente vivo o la muerte
inicia con su proceso de disfunción, y pronto de defunción.
En nuestra vida todo, absolutamente todo es sumamente importante.
¡Date cuenta! Para un cirujano
no hay pequeñas cosas: el menor error es cuestión
de vida o de muerte. Para un abogado no existen pequeñas
cosas: la más vaga confusión le puede costar la libertad
a su cliente. Para un ingeniero no existen pequeñeces: un
error de cálculo puede ser fatal para una familia,... o para
una población.
Decía el elocuente Demóstenes que
“los grandes sucesos dependen
de los incidentes pequeños”.
5.-
En la vida ordinaria, ¡Sé cuidadoso
con las pequeñas cosas!
Son las pequeñas
cosas las que hemos olvidado los hijos, quienes somos muy buenos
para exigir, pero no somos capaces de colaborar.
Y así es todo en nuestra vida: Todo incide
y por ello debemos tener cuidado en lo que se decide. Las pequeñas
cosas nos construyen o nos destruyen. La polilla es tan diminuta
y en apariencia es insignificante, pero en una noche puede consumir
la más significativa enciclopedia.
Son las pequeñas cosas las que hacen felices
o desdichadas a las personas. Las más grandes cualidades
nacen en nosotros siendo pequeñas cosas y,... los más
grandes vicios así empiezan también, con esas “cosillas”
que desatendemos. De la misma manera en que una gran construcción
se inicia con pequeños bloques, así un gran incendio
se inicia con una pequeña chispa.
Vivir no es sólo un oficio, es un
verdadero arte. Y este arte de nuestra vida tiene su consistencia
en ésa nuestra capacidad que desarrollemos como para que
no desatendamos ni lo pequeño ni lo grande. Pero, para ello
hay que pedirle a Dios su sabiduría: Resulta extraño
ver cuántos matrimonios no comprenden que, cediendo uno en
las cosas pequeñas, uno podrá triunfar en las grandes.
¡Cuán ignorantes somos en el arte de vivir!
6.-
¡Compréndelo! Todo lo que hagamos
tendrá su trascendencia en nosotros, o en los demás.
Y no podemos seguir viviendo como si las cosas no tuvieran importancia,
toda acción u omisión es como esa piedra lanzada al
agua que va generando ondas de movimiento escalonadas. Pensar que
nuestras obras no trascienden o no comprometen nuestra vida es como
sí tú y yo nos sentáramos a elaborar una tesis
para negar la existencia de nuestra sombra corporal. ¡Bueno!,
sí se puede,... de dos maneras y de una tercera. De dos maneras
siendo luz o viviendo en la oscuridad, y de una tercera en una ausencia
que niega la presencia, y esto no es otra cosa que la más
lamentable de las muertes.
Solamente cuando lleguemos a comprender que las
grandes consecuencias provienen de las cosas insignificantes, tendremos
la claridad suficiente para llegar a comprender la importancia de
las cosas pequeñas.
Todavía danzan en mi mente aquellas imágenes
de aquellas lozas que se cayeron hace algunos años en el
teatro de la ciudad. Errores en el cálculo, pequeñeces
insignificantes. Y lo peor de todo es que, luego culpamos a Dios,
de aquello que Él mismo nos está invitando a cambiar.
“¡Ya estaba de Dios!” Cuidado,
no culpemos a Dios de nuestras negligencias ni de nuestra superficialidad.
Son pequeñas cosas,... fracciones de segundo
los que ocasionan los accidentes y la muerte en las personas. Cada
día se generan noticias que sacuden nuestra vida: se trata
de una falta de revisión en el sistema de frenos, de sólo
una copita de más, o de esas pequeñeces que provocan
los ojos ciegos de los que debieran regular la leyes de alcoholes
y de circulación de vehículos pesados en áreas
de residentes. ¡Qué lamentable cuando los guardianes
del tráfico están sólo parados con sus motocicletas
encendidas sobre la parte alta de los pasos a desnivel viendo hacia
abajo a quien le pueden quitar dinero lejos de hacer una labor verdaderamente
preventiva en el tránsito de nuestras ciudades! ¡Pequeñas
cosas!
Pidámosle a Dios: Qué comprendamos
que en nuestra vida y en nuestras relaciones sociales, es necesario
llamar a las cosas por su nombre, afirmar convicciones y principios
con firmeza. No ceder, ni doblegarnos ante las presiones de una
sociedad corrompida y egoísta como es la que nos ha tocado
vivir.
No hay cosas pequeñas.
Y concluyo este momento con una breve referencia a una de las películas
que en los últimos años me han mantenido al filo de
la butaca: "Apolo XIII". Una tragedia
de la aeronáutica norteamericana y mundial cuya sede se ubicaba
en un simple error en la construcción de la nave. Un alambre
insignificante, un alambre que se colocó en el exterior de
la nave y que no era lo suficientemente resistente como para soportar
las condiciones físicas del espacio sideral. Son vagatelas,
son pequeñeces, son minucias.
Seamos firmes en la sabiduría de Dios y
comprendamos que Dios bendice al hombre que sabe la trascendencia
de sus palabras, de sus juicios, de sus decisiones y de su conducta.
Dios bendice al hombre que sabe de la trascendencia de las pequeñas
cosas.
LA
PEQUEÑEZ QUE DESTRUYE.
¿Quién
de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los
rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: “Entra
enseguida y ponte a comer? ¿No le dirá más
bien: “Prepárame de comer y disponte a servirme, para
que to coma y beba; después comerás y beberás
tú? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido
con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?
Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo
que se les mandó, digan: “No somos más que siervos,
sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”.
1.-
Muy queridos amigos:
En el primer segmento hablábamos sobre la
importancia de las cosas pequeñas y te citaba el refrán
español que dice: "Aquellos polvos trajeron estos lodos."
El mismo sentido, y hasta un increíble parentezco tiene un
proverbio japonés que dice: “Hasta
el polvo, cuando se amontona, se convierte en montaña.”
No nos quedemos en discusiones sobre pequeñeces que no trascienden
y asumamos en ambos refranes la verdadera importancia que tienen
tantas cosas que trascienden y que son juzgadas como pequeñeces.
Y es que, en el Evangelio del día de hoy,
no nos debe dejar dormir y nos debe verdaderamente sorprender el
cómo una cosa tan insignificante como es el grano de mostaza,
y con ello un poco de fe, pueda ser el detonante de realidades,
que se puedan antojar como desbordantes en sus dimensiones ¿Cómo
una cosa tan pequeña puede tener tanta trascendencia?
Y, sin embargo, aquí es en donde precisamente
entra uno de los sentidos de la enseñanza de nuestra parábola.
2.- La
enfermedad de nuestros tiempos, como en el fondo bien pudo haberlo
sido de todos los tiempos y de todas las generaciones, es esa incapacidad
para comprender la trascendencia de lo que decimos, de lo que hacemos,
así como de lo que no decimos o de lo que dejamos de hacer.
Así por ejemplo, hay ocasiones en que nos
debe sorprender la facilidad con la cual algunas personas tomamos
las decisiones en nuestra vida; la superficialidad sobre la cual
basamos los juicios de una enorme trascendencia; la frivolidad verdaderamente
delictuosa, culpable, con la cual comprometemos definitivamente
los valores y los principios de la convivencia humana y cristiana,
sin los cuales ni hay futuro inmediato, ni puede haber eternidad,
ni podemos vivir en el presente.
El Evangelio nos hace una llamada a todos nosotros
para que seamos profundos, para que seamos responsables, para que
seamos capaces de comprender la trascendencia de lo que estamos
diciendo y de lo que estamos haciendo.
3.- En ocasiones,
llega a tal grado nuestra inconsciencia y nuestra desfachatez que
no sabemos ni siquiera pagar las consecuencia de nuestras frivolidades
y la llegamos a emprender violentamente contra Dios. Y no hay más
culpable que nuestra propia enfermedad, nuestra propia frivolidad
y nuestro ser superficiales en esos criterios, que en ocasiones
va postergando lo que realmente es importante.
Hace algunos años leía un artículo
de un hombre llamado John Aspi y que se titulaba simple y llanamente:
“Hablar con el muchacho”.
4.- Él
lo narra con palabras parecidas: Llegué
a la casa cansado pero satisfecho por los logros obtenidos. Al fin
me iban a reconocer mi impecable trayectoria laboral y, esto, sin
duda, iba a ser un detonante para la posición económica
de mi familia. Pensaba, que, sin lugar a dudas, mi esposa se iba
a llenar de felicidad.
Y al llegar a la casa me
recibió mi esposa con una mala noticia: Los maestros se quejaban
de mi hijo: faltaba a clases, fracasaba una y otra vez en los exámenes,
se mostraba irrespetuoso. Además, gastaba más dinero
del que convenía a un chico de su edad. Y aquellas compañías...
-“Habla con el muchacho”-
me dijo ella, preocupada por aquella situación.
-Pero, después lo
hago-, decía yo en mi interior... La mujer exagera, así
son ellas, le dan tanta importancia a las superficialidades... Tengo
muchas cosas en el trabajo, no debo quedarme atrás, se acerca
esa excelente oportunidad de ascenso. Las juntas de la empresa no
pueden esperar.
-“Otro día lo
haré, hay más tiempo que vida”-, pensé
en mis adentros.
Pero para tranquilizar a
mi mujer que parecía estar desesperada lo anote en mi agenda,
como todo lo que era importante: “Ha-blar con el mu-cha-cho”.
Ya está listo, ¡vamos a dormir!
Se fue pasando el tiempo
y nunca hablé con el muchacho. Y un día el tiempo
se vino encima repentina o, mejor dicho, en su ritmo normal.
Una tarde regresé
a la casa, con la espalda encorvada por el peso del sufrimiento
y la vergüenza, entré en su cuarto y ví sus cosas.
Ya no tenía que trabajar, me habían jubilado prematuramente.
Todas las cosas de mi casa me parecían extrañas, como
extraño había sido siempre mi hijo para mi. Quizá
pude decir alguna vez que tenía un hijo, pero mi hijo no
pudo decir jamás que tuvo un padre.
Y ahora, la cárcel,
la acusación probada de andar en cosas de drogas y de automóviles
robados, y la fotografía en el periódico, y las conversaciones
que solamente cesaban cuando yo llegaba al círculo de mis
amigos.
Sentí de pronto la
ausencia del hijo, que ahora llevaba como una herida en la mitad
del pecho. Molesto le reclamaba a Dios, mi desventura... “¿Por
qué Dios es injusto?”, gritaba desde mi interior.
Yo, que trabajé toda
la vida por mi familia, que me fatigé a horas y deshoras,
que siempre llevé las mejores cosas a mi casa, que les ofrecí
los mejores regalos a mis seres queridos y, ahora Dios me pagaba
de esa manera...¡Sin duda, aquello era injusto! Pensaba en
mis adentros: otras personas que se portan mal en la vida les suele
ir mejor. ¿Por qué a mí?
Pensando en esto, me puso
a revolver papeles viejos en busca de una fotografía que
me diera al menos la imagen de un día pasado en la familia,
felizmente. Pero, no encontré nada. Sin embargo en mi pobre
baúl de los recuerdos, me encontré una vieja agenda
que tenía un doblez en una de las hojas, y en ella una inscripción
borrosa por el paso de los años que se fueron y que nunca
han de volver: “Ha-blar con el mu-cha-cho”.
5.- Querido
amigo: ¿No te has dado cuenta? Todo en nuestra vida trasciende,
tanto lo que cometemos como lo que omitimos.
A la luz del Evangelio, que es lo más importante,
recordemos el día de hoy que todo acto humano, todo lo que
nosotros hacemos en la tierra, se refleja en el cielo y hasta la
eternidad. No hay dicho, ni sentimiento, ni pensamiento del hombre,
que no llegue hasta la presencia de Dios y por aquí, podemos
empezar a comprender también que no hay dicho, ni juicio,
ni palabras del hombre que no tengan trascendencia a su alrededor.
Así mismo, no hay decision, palabra o juicio del hombre que
no tenga su trascendencia hacia el futuro.
Comprender esto es ser prudentes, es ser responsables
y ser sabios, con esa sabiduría que empieza por comprender
esta realidad como presupuesto y punto de partida para alcanzar
la sabiduría de Dios.
No podemos seguir actuando como actuamos, por motivos
tan frívolos, tan miopes, tan superficiales como son los
motivos que están en la base de muchas de las cosas que suceden
a nuestro alrededor.
6.- ¿Cómo
no comprender que hay ciertas opiniones irreflexivas que están
minando los fundamentos mismos del futuro?
¡Tánto!, que si nosotros empezamos
a considerarlo atentamente, nos damos cuenta de que si nos empeñamos
en destruir esos fundamentos no hay futuro para nadie.
¡Con cuánta
frivolidad se habla de cosas trascendentes como si fueran pequeñeces!
El aborto. Ah, pero es que si la mujer fue violada...
Un momento, ¿quién es el enemigo, el inocente o el
violador? ¡No comprendo! ¿Por qué siempre tienen
que pagar los inocentes las culpas de los demás? ¿Cómo
no comprender que estamos comprometiendo el mísmisimo respeto
por la vida? ¿Cómo van a vivir las generaciones futuras
sin respeto por la existencia? O qué, ¿la solución
está, como siempre, que la cuerda se rompa por lo más
delgado? ¿Qué? ¿Vamos a resolver nuestros problemas
destruyendo al inocente? ¿Cuándo vamos a salir de
esa mentalidad que pretende resolver las contiendas humanas por
la violencia? O resolver con delitos y con infamia las situaciones
que se han creado simplemente por la inmoralidad y la superficialidad
de nuestras acciones.
¡Qué cosa tan pequeña!
¿Qué le aportas al mundo? Se trata de un grano de
mostaza que puede contener bondad o maldad. ¡Mide las consecuencias
de tus actos!
7.- ¡Con
cuánta frivolidad se habla de cosas trascendentes! Las personas,
hoy en día, no quieren vivir un noviazgo limpio. No quieren
una relación sentimental sin tomarse anticipos, que ofenden
a Dios, dejan sabor a hiel y ceniza y marchitan el amor. ¡No
debieran olvidar que todos los anticipos cobran intereses redoblados!
¡Son cosas
tan pequeñas! Tú conoces cuáles
son las ocasiones próximas de destrucción: ¡Huye!
Los paseos en coche y muy entrada la noche, ¡qué digo
la noche,... la madrugada!, la soledad y el aislamiento, esa punta
de lanza que es el alcohol y que disminuye todas
las defensas. Todo eso lo conoces mejor que yo: ¡lucha!, y
si algún día te ves en un traspiés, reacciona,
no sigas por la pendiente. ¡Para!
¡Con cuánta frivolidad se habla de
cosas trascendentes! Hoy se quieren imitar esos devastadores ejemplos
que nos ofrecen los medios. Si tal artista es madre soltera,
parece que esto se convierte automáticamente en un criterio
de conducta. Ya están próximos en llegar los huérfanos
clínicos.
Se trata no de madres solteras sino de madres solteronas.
A una persona que en su soltería no renunció al valor
de la vida, hay que apoyarla. Pero, no podemos estar de acuerdo
con aquellas mujeres para las cuales los hijos se convierten en
artículos que se adquieren. Es demasiado egoísmo.
¡Es que no quiero quedarme sola! Y ¿qué pasará
cuando él o ella se queden sólos? Para eso existen
las familias, ¡forma una como Dios manda!
"Aquellos polvos trajeron estos lodos."
“Hasta el polvo, cuando se amontona, se convierte en montaña.”
¿quién lo dijo primero? ¿El español
o el japonés? ¡Eso es lo de menos!, pero te ofrezco
un buen aconsejo: “que dimensiones tus decisiones
y tus omisiones”
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