1.-
Muy querido (a) amigo (a):
Decía Don Amado Nervo que
“la ausencia es el ingrediente que le devuelve al
amor el sabor que la costumbre le ha hecho perder”
y, ¡cuánta razón tenía este exseminarista!
Y es esta la constatación de cualquier hombre que se haya
dado aunque fuere un minuto para considerar con seriedad la vida.
En pocas palabras es la costumbre aquello que impide que valoremos
lo que hemos recibido y que, por ende, no agradezcamos los dones
que hemos recibido. Sobre la ingratitud continuaba en su reflexión
Don Amado Nervo, manifestando que es esta ausencia de gratitud lo
que provoca que el hombre llegue a la animalidad, y después
de la afirmación interrumpe para pedirles perdón a
los animales, puesto que las aves por lo menos nos alegran con sus
cantos y el perro mueve el rabo para manifestar gratitud.
2.-
¿Por qué iniciar la reflexión con esas
afirmaciones en torno a la gratitud o a su ausencia?
Por qué el día de hoy la Liturgia de la Palabra nos
ha presentado a dos personas que se han convertido a Dios, y por
que esto lo manifiestan a través de una noble actitud: la
gratitud.
3.-
Por un lado, la primera lectura nos presenta a Naamán, quien
se manifiesta no saber como agradecer el don de la salud que recibe
de Dios a través del profeta, mientras que, por el otro,
en el Evangelio aparece aquel Samaritano, uno entre diez que es
capaz de regresar a agradecerle a Jesús la salud del cuerpo
y, en esta correspondencia, recibe un regalo insospechado: la salud
del alma.
El día de hoy la Palabra
de Dios se encarga de hacer un elogio a favor de aquellos que son
capaces de agradecerle a Dios sus bondades.
Pero, vayamos por partes....
4.-
Hoy el Señor ha querido que nos encontraramos con una narración
propia de san Lucas, en la cual se nos narra que Jesús, en
el camino de ascenso hacia Jerusalén, se encuentra con diez
leprosos a lo lejos. En aquel grupo está incluido un samaritano,
a pesar de que en lo cotidiano no se trataban los judíos
y los samaritanos. La desgracia se ha encargado
de unirlos, como nos ocurre en tantas ocasiones en la vida, sobre
todo en la enfermedad,... Las enfermedades se dan a la tarea de
ubicarnos en esa nuestra verdadera proporción y se encargan
eficientemente de quitarnos, con más rapidez de lo que pensamos,
esas capas de falsa sobreestima y vanagloria con la que nos hemos
cobijado en la vida.
Y así sucedieron
las cosas con aquellos que están más unidos ahora de
lo que algún día pudieron imaginar, y a gritos –pues
están lejos- dirigen a Cristo esta oración llena de
respeto: “Jesús, Maestro,
ten piedad de nosotros”. ¿No te parece
bella la oración? ¡Qué importante que surja un
nosotros incluyente de cada uno y de todos, sobre todo en aquellos
que en un tiempo nos dimos la espalda!
5.-
El Señor les manda entonces ir a mostrarse a los sacerdotes,
tal y como estaba preceptuado en la ley, y ellos al ser obedientes
recibieron su curación.
Uno de ellos, sólo uno de
ellos –el samaritano- volvió atrás, hacia donde
estaba Jesús, con una única intención: darle
las gracias. Habiendo recibido una alta expresión
de bondad divina quiere expresar la bondad humana a través
de una acción que se emparenta con lo divino: la gratitud.
Y es esta virtud humana convertida
en actitud cristiana, la que Dios nos exhorta a cultivar en nuestra
vida en el reconocimiento y la valoración de sus bondades.
A Dios se le debe dar gracias siempre y en todas partes.
La ingratitud es una de
las causas del paganismo, mientras
que la gratitud es una de las expresiones de nuestra fe y de nuestra
piedad cristiana. Y así lo ha señalado
extrañamente Friedrich Nietzche: “Si
no has aprendido a bendecir, un día tendrás que aprender
a maldecir” ¡Qué lastima que
aquellos que nunca agradecimos a Dios por tantas bendiciones recibidas
un día le reclamemos en la ausencia de aquello a lo que nos
acostumbramos y que no fuimos capaces de agradecer!
La ingratitud suele ser una expresión
de la incredulidad. Y es que cuando nos falta la fe sobreviene la
negación de Dios como fuente de todos los bienes. En consecuencia
el hombre de poca fe da pocas gracias: todo le parece “natural”,
o algo a lo que tiene derecho. Normalmente quien no es agradecido
con Dios tampoco lo es con sus semejantes.
6.-
San Juan Crisóstomo ha señalado que la mejor custodia
de los beneficios recibidos consiste en tenerlos presentes siempre
y dar gracias constantemente por haberlos recibido.
“Es
ingrato el que niega el beneficio recibido; ingrato es quien lo
disimula; más ingrato quien no lo descubre y más ingrato
de todos quien se olvida de él”, escribía
un Séneca, que no tenía nada de cristiano. Ausonio,
otro autor, llamémosle de la antigüedad pagana, dice
que “no ha producido la tierra peor planta que la ingratitud”.
La gratitud nos mueve a reconocer
y corresponder a los favores recibidos. La mayor deuda de gratitud
la tenemos con Dios, y después de Dios con nuestros padres.
San Buenaventura señala tres
grados en la virtud de la gratitud. Un alto grado de la gratitud
consiste en ponderar y agradecer los bienes naturales del cuerpo;
en un segundo grado más alto se ponderan y agradecen los
dones naturales del alma; y, por último, el grado más
alto consiste en valorar y dar gracias con frecuencia por los dones
gratuitos y sobrenaturales del alma.
7.-
Como virtud humana, la gratitud constituye un eficaz vinculo entre
los hombres y revela con exactitud la calidad Interior de una persona:
“Es de bien nacidos el ser agradecidos”
nos dice la sabiduría popular. Si falta esta virtud se hace
dificultosa la convivencia humana.
El samaritano que fue a dar gracias
a Jesús se llevó un don más alto, todavía
mayor que la sola curación del cuerpo: la salvación
de su vida, manifestada en la fe y en la amistad con el Maestro.
El samaritano no tan solo recibió un don taumatúrgico
sino un don de salvación eterna, que es lo propio de la acción
de un maestro que ha venido a salvar lo que estaba perdido: “Levántate
– le dice Jesús-vete: que tu fe te ha salvado”.
Los nueve leprosos desagradecidos
se quedaron sin la mejor parte que les había reservado el
Señor. Porque “a quien humildemente se reconoce obligado
y agradecido por los beneficios –dice san Agustín-,
con razón se le prometen muchas más. Pues el que se
experimenta fiel en lo poco, con toda justicia será constituido
sobre lo mucho, así como, por el contrario, se hace indigno
de nuevos favores a los que ha recibido antes”.
8.-
El Señor Jesús, al curar a aquel leproso, le restituye
a la vida social, a su familia, y a la vida religiosa: Jesús
le ha ordenado presentarse ante el sacerdote, y con ello le hace
retornar al templo, ¡Bueno, en realidad, Dios le salió
al encuentro!.
9.-
¡Oye! ¿Te gustaría ser consciente aunque fuere
por un momento de nuestra lamentable inconsciencia? ¿Te gustaría
agradecerle a Dios el que pudieras convertirte de la ingratitud?
Entonces te recomiendo que leas un libro que un día leí
al hacer la antesala más importante de mi vida. Lo escribió
Borghim Dahl y se titula: “Puedo
ver”.
Este libro fue escrito por una mujer
que durante medio siglo estuvo prácticamente ciega. “Sólo
tenía un ojo”, escribe, “ y estaba
tan cubierto por gruesas cicatrices que sólo podía
ver a través de una pequeña abertura en la parte izquierda
de ese ojo. “Podía leer un libro únicamente
si lo sostenía cerca de mi rostro, y forzando mi único
ojo hacia la izquierda, hasta donde me era posible”.
Pero se rehusaba a que la compadecieran,
se rehusaba a que la consideraran como una persona “diferente”,
Cuando niña, quería jugar a la rayuela con los demás
niños, pero no podía ver las marcas, de manera que
cuando todos se iban a casa, ella se tiraba al suelo y se arrastraba
con el ojo muy cerca de las marcas. Memorizaba cada pedazo del terreno
en donde jugaban ella y sus amigos y muy pronto se convirtió
en una experta en los juegos en los que era necesario agudizar la
vista. Practicaba la lectura en su hogar, sosteniendo un libro de
letras grandes tan cerca de su ojo que las pestañas rozaban
las páginas. Obtuvo títulos en la Universidad: una
licenciatura en artes en la Universidad de Minnesota y un doctorado
en Artes en la Universidad de Columbia.
Empezó a enseñar en
la pequeña aldea de Twin Valley, en Minnesota, y ascendió
hasta convertirse en profesora de periodismo y literatura en la
Universidad Augustana en Sioux Falls, Dakota del Sur. Allí
impartió sus enseñanzas durante trece años,
dando conferencias en clubes femeninos y presentándose en
programas de radio para charlar sobre libros y autores. “En
lo más profundo de mi mente”, escribe, “siempre
estuvo al acecho el temor a una ceguera total. A fin de sobreponerme
a ello, adopté una actitud animosa y casi hilarante hacia
la vida”.
Después, en el año
de 1943, cuando tenía cincuenta y dos años de edad,
sucedió algo maravilloso, una posibilidad milagrosa que Dios
le obsequiaba: una intervención quirúrgica en la famosa
Clínica Mayo. Después de la cual ella podía
ver cuarenta veces más de lo que jamás había
visto.
Ante ella se abría un emocionante
mundo nuevo, pleno de bellezas. Ahora incluso encontraba emocionante
el lavar los platos en el fregadero de la cocina. “Empiezo
a jugar con la blanca espuma eponjosa”, escribe, “hundo
mis manos en ella y formo una pequeña bola de burbujas de
jabón. La sostengo contra la luz y en cada burbuja puedo
ver los brillantes colores de un arcoiris en miniatura”.
Mientras dirigía la mirada
a través de la ventana de la cocina, arriba del fregadero,
veía “revolotear las oscuras alas de los gorriones
que volaban a través de la densa nieve que caía”.
Encontraba tal éxtasis contemplando
las burbujas de jabón y los gorriones, que cerró su
libro con una palabras: “MI
amado Señor”, susurró, “Padre nuestro,
que estás en el cielo, te doy gracias porque puedo ver. Te
doy gracias.
Imagínese ¡dar gracias
a Dios porque puede lavar los platos y contemplar arcoiris en las
burbujas de jabón y a los gorriones volando entre la nieve!
10.-
Querido amigo:
Tú y yo deberíamos
sentirnos avergonzados de no valorar lo que tenemos, o de no agradecerlo.
Todos los días que Dios nos da hemos vivido en un mundo maravilloso,
mágico y pleno de belleza, pero hemos sido demasiado ciegos
como para verlo.
¡Ojalá que, antes de pensar en lo que no tienes, pienses
un poco en lo que sí tienes!... y que no agradeces.
EL
ABISMO EXISTENTE ENTRE EL SER Y EL ESTAR.
“En aquel tiempo, cuando
Jesús iba de camino a Jerusalén, pasó entre
Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron
al encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos
y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión
de nosotros”.
.
1.-
Muy queridos amigos:
Al encontrarme, en el horizonte
del Evangelio con el rostro, el cuerpo y la vida de estos hombres,
marcados por el terrible e inaplacable flagelo de la lepra, no he
podido arrancar de mi mente el poder reflexionar en este espacio
sobre una realidad muy humana y muy próxima a cualquiera
de nosotros: la enfermedad. No se trata solamente de una cercanía
relacional sino de una cercanía existencial. ¿Quién
de nosotros se ha librado, o tiene la seguridad de librarse de experimentar
la enfermedad?
2.-
Hoy vemos a diez leprosos que salen al encuentro del Señor
y que le suplican por su salud. Se trata de diez enfermos,
el Evangelio no nos especifica si estos hombres eran jóvenes
o ancianos, si eran ricos o pobres, si eran hombres o mujeres, si
tenían cultura o si eran hombres de sencilla ciencia, si
eran hijos únicos o si tenían hermanos,... en realidad
todas estas anotaciones resultan innecesarias, basta saber que eran
enfermos de lepra, y que su enfermedad se convierte en la única
referencia posible en la vida de estas personas.
3.- Te
quería comentar algo que quizá pueda resultarte de
interés: hace 18 años, mientras realizaba
mis estudios en la Universidad uno de mis maestros en la materia
de Moral de la Vida, un sacerdote que poseía el grado de
doctorado en Teología Moral, perteneciente a la Congregación
de los Misioneros del Espíritu Santo, nos presentaba a los
alumnos que le escuchábamos con avidez, que eran dos las
situaciones que empujaban al hombre irremediablemente a la soledad:
La enfermedad y la muerte.
Decía, este insigne maestro,
que la enfermedad nos hace experimentarnos dependientes de los demás
y que resulta imposible que alguien pueda llegar a tener una correcta
interpretación, desde fuera, de lo que está pasando
en la vida del enfermo, y que esto empuja a vivenciar la soledad.
Afirmaba también este maestro, que la muerte se vivía
desde la soledad.
4.- Pero,...
no desviemos en este momento nuestra mirada hacia otro lugar que
no sea el de la enfermedad.
En un primer momento, te invito
para que distingamos algunas de las distintas situaciones que son
llamadas con un mismo nombre: enfermedad.
Hay algunas enfermedades que son
transitorias y que se solucionan en un corto lapso de tiempo: por
ejemplo un dolor de muelas que se soluciona con un calmante o, a
lo mucho, con una extracción de la pieza, así también
algunos otros padecimientos que se solucionan con la extirpación
de un órgano afectado, así las amígdalas, la
vesícula biliar, la apéndice..., entre otras. En algunas
enfermedades se llegan a aplicar, hoy en día, esas cirugías
llamadas ambulatorias.
Hoy la industria de la salud nos
han fabricado nuevos sueros, antibióticos, se hacen transplantes,
se manipulan las células madres y van desapareciendo muchas
de las enfermedades llamadas endémicas...,
5.-
Sin embargo, hoy han hecho su aparición, de forma
arrolladora, otra clases de dolencias: así las enfermedades
de nervios, los cuadros depresivos y obsesivos, el histerismo, la
paranoia y todo tipo de psicopatías, el flagelo de la adicción
al alcohol y a las drogas...
Por más que pudiera escucharse anticuado,
nuestra vida sigue siendo un valle de lágrimas.
6.-
No obstante todo lo anterior, hoy quisiera invitarte para
que pensemos en aquellos enfermos así llamados crónicos
que viven sus padecimientos en la terminalidad: los cancerosos,
los seropositivos, los tuberculosos, los cardíacodeficientes,
los diabéticos, los renoinsuficientes, los leprosos; lo cual
les hace pasar a vivir un nuevo estado o una nueva etapa de su vida
comparable con la gestación, la infancia, la pubertad, la
juventud, la madurez... y la etapa de la enfermedad, ¡aunque
no lo creas!.
En la vida de nuestros enfermos
crónicos, se ven modificadas su personalidad, sus relaciones
consigo mismo, con los seres cercanos, con las amistades, con sus
compañeros de trabajo... con el mundo y con Dios.
En la realidad, el universo del
enfermo se estrecha, puesto que si antes podía decidir, ahora
tiene que ceder ante lo que se le ordena. Antes se experimentaba
invulnerable y ahora se sabe y se siente limitado.
Las coordenadas espacio-temporales
en la vida de los enfermos crónicos cambian en sus dimensiones.
En muchos de los casos ya no se puede asistir, ni a todos los lugares
de reunión ni a los destinos en que se quiere ir a vacacionar,
en algunos otros el universo se reduce a una habitación,
a una cama, a un sofá, a una silla de ruedas, a un cuarto
de baño, a un corredor o a una sala de estar. Son muchos
los que han visto que su horizonte se ha vuelto compacto, cuando
mucho se reduce a una ventana. En otras ocasiones, la enfermedad
va arrojando al hombre a un estado de postración o de parálisis
de sus fuerzas vitales.
En el nivel de comunicación
también se ve afectado el enfermo: Se siente, o le hacemos
sentir, tratado como si fuera un niño o como un débil
mental.
La salida al encuentro de la persona
que queremos se modifica y, ahora se ha cambiado por esa visita
ocasional de la persona que todavía nos quiere.
7.-
El estar enfermo tiene que concebirse como un modo de ser
particular que afecta a toda la persona en su manera de pensar,
de juzgar, de reaccionar, de comportarse y de relacionarse. No es
el hombre el que tiene una enfermedad sino la enfermedad la que
va posesionándose del enfermo.
Te lo explico de otra manera: una
cosa es el ser y otra el estar. Por ejemplo, un pordiosero más
que decir: “Yo soy pobre”,
tendría que decirnos “Yo estoy pobre”,
pero nuestros enfermos crónicos y terminales, más
que decir “Yo estoy enfermo”,
nos tendrían que decir: “Yo soy enfermo”.
La enfermedad, en estos casos, afecta más que a la esfera
del tener a la esfera de nuestro ser.
8.-
Y es aquí en donde ingresa la magnitud del mensaje
evangélico: Dios ha salido al encuentro del enfermo, y se
deja encontrar por ellos.
Hoy, el Evangelio nos muestra al
Dios que ha venido a nosotros y que ha salido a los caminos para
encontrarse con aquellos que han sido arrojados a los caminos, a
causa de sus enfermedades, o mejor dicho a causa de una enfermedad
de la humanidad, llamada egoísmo. Se trata del Dios de la
vida que ha salido del Templo de su infinita gloria para encontrarse
con aquellos que han sido expulsado de nuestros templos terrenales.
Lo primero que el Señor le pide a este próscrito del
lugar sagrado es que regrese al lugar sagrado.
Y, fijate como no es el enfermo
el que contagia a Jesús, sino que es Jesús quien limpia
las carnes del enfermo y quien le contagia de la necesidad de proclamar
la salvación a todos los hombres.
Jesucristo
tocó al enfermo sin ser contagiado por la lepra, pero sí
contagiado de misericordia en su corazón por la extrema necesidad
y por la fe del leproso. El leproso, por su parte,
se contagio de la pureza de Cristo y de un entusiasmo nuevo manifestado
en un anuncio gozoso a todos sobre su curación y sobre su
hallazgo. Se da un encuentro en un doble movimiento: el de la compasión
de Dios y el de la carencia del hombre. Y después del encuentro
viene la transformación y el entusiasmo.
9.-
Hay un trozo de una composición de Don Miguel de
Unamuno, que nos refiere la vigilancia, la atención
de Cristo y su preocupación a favor del hombre:
“Mientras
la tierra sueña solitaria,
Vela la luna blanca;
Vela el hombre desde su cruz,
Mientras los hombres sueñan;
Vela
el hombre sin sangre,
El hombre blanco
Como la luna de la noche negra;
Vela el hombre que dio toda su sangre
Porque las gentes sepan que son hombres.”
10.-
Muy queridos amigos: Jesucristo ha tenido compasión del hombre,
y esto no lo debemos olvidar en el cristianismo.
¿Sabías
que hay una diferencia muy marcada entre la ciencia y la religión?
La ciencia se preocupa de investigar y curar las distintas enfermedades.
La religión cristiana, debe contemplar y seguir a su Señor
que se ocupa, más que de una enfermedad, de curar a cada
enfermo.
La relación de Jesús
con la humanidad doliente no es un gesto de filantropía colectiva.
Para Él lo que cuenta es el individuo. Se trata de un amor
personal, en nada semejante al anonimato de muchos de nuestros grandes
hospitales donde cada paciente es un número despersonalizado.
No se admite comparación de la actitud de Jesús con
las preocupaciones de la ciencia frente al mal, por que la ciencia
estudia las enfermedades en enfermos que se convierten en casos
concretos y hasta en tesis de estudio para una facultad, pero la
solicitud de Jesús recae sobre el enfermo mismo quien es
mirado nuevamente como ser humano, y como hijo de Dios.
11.-
Y esta debe ser la actitud del cristiano. Quisiera
comentarte el ejemplo de un cristiano que imitó a Cristo,
a tal punto de ser considerado más que un filósofo,
un místico intelectual del siglo XX. Nada tan conmovedor
en este sentido como el testimonio de Emmanuel Mounier,
al comprobar que su primer hijo, como consecuencia de una encefalitis,
quedaría sumido para siempre en una misteriosa noche del
espíritu, y Mounier escribe en su epistolario su trato hacia
su hijo:
“No, no es posible que haya sido
una casualidad, un accidente... Ha llegado Alguien; era grande y
eso no es una desdicha... Sólo cabía guardar silencio
ante ese joven misterioso que poco a poco nos fue llenando de gozo...
Yo me acercaba a aquella camita sin voz, como a un altar de algún
lugar sagrado en el que Dios hablaba por un signo... Nunca había
conocido tan intensamente el espíritu de oración como
cuando mi mano decía cosas a aquella frente que no respondía
nada, cuando mis ojos se atrevían a fijarse en aquella mirada
distraída que llevaba lejos, muy lejos detrás de mí,
no sé que acto emparentado con la mirada que mira mejor que
una mirada. Un Misterio que no puede ser más que un Misterio
de bondad. ¿Habrá que llamarlo una gracia, una gracia
demasiado pesada? ¡Una Hostia viva entre nosotros, muda como
la hostia, radiante como ella!... Tantos inocentes desgarrados,
tantos inocentes aplastados, ese niño inmolado día
tras día era quizás nuestra presencia en medio del
horror de los tiempos... Desde la mañana hasta la noche,
no pensamos en ese mal como en algo que se nos quita, sino como
en algo que damos, para no desmerecer de ese pequeño Cristo
que está en medio de nosotros, para no dejarlo solo –
a él que tiene que arrastrarnos-, no dejarlo solo a él
trabajando con Cristo... No hay nada que se parezca tanto a Cristo
como el inocente que sufre”.
LAS
LEPRAS DEL ALMA.
“
Al ver a los leprosos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse
a los sacerdotes”. Mientras iban de camino, quedaron limpios
de la lepra.
Uno de ellos, al ver que estaba
curado, regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró
a los pies de Jesús y le dio gracias. Ése era un samaritano.
Entonces dijo Jesús: “¿No eran diez los que
quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?
¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera
para dar gloria a Dios?”
1.- Muy
queridos amigos:
San Lucas nos muestra a Dios y al
hombre asistir puntualmente a la cita. Aquel hombre, es posible
que desconozca la trascendencia, de que el deambular de sus pasos
sobre el polvo de aquellos caminos le hallan llevado a toparse con
el Nazareno, pero para Dios no existen las casualidades, y el encuentro
de salvación se realiza en el proyecto de Dios
2.- Se realiza el
encuentro entre la fe de un enfermo y la compasión del Hijo
de Dios, entre el poder de Dios y la indigencia humana.
3.- Y,...
hablando de indigencias, hoy bien podríamos hablar de otro
tipo de enfermedades que afectan, mucho más que al cuerpo
a nuestra alma, y para las cuales también necesitamos de
la acción salvadora de Cristo.
Lipovetsky, ya
había diagnosticado el cuadro patético de nuestro
tiempo, en su libro: “La era
del vacío”, en el cual nos narra el
contraste originado por los grandes adelantos de nuestra época
y las actitudes deterioradas de las personas: “Han desaparecido
los sordos, los ciegos, los lisiados, pero ha surgido la edad de
los que no quieren oír, de los que no quieren ver y de los
que no son capaces de caminar ni de esforzarse en la vida.”
4.- Muy queridos amigos:
Hoy, los hombres padecemos
de otros tipos de lepras, que provocan que nuestra vida se caiga
a trozos. La enfermedad física suele durar un tiempo, la
más dura es la enfermedad del alma, cuando perdemos la ilusión,
la esperanza y el sentido en nuestra propia vida.
5.- Hablemos de algunas
de nuestras modernas lepras:
Una primera enfermedad que marchita
la vida de muchos radica en ese impulso de querer
compararse con otros, considerando que son mejores
que ellos, conduciendo este pensamiento a una baja estima, que los
llena de mala envidia, de celos y de complejos.
La segunda de las enfermedades de
nuestro tiempo, como bien pudo haberlo sido de todos los tiempos
y generaciones, radica en la incapacidad
para comprender la trascendencia de lo que decimos y de lo que hacemos.
Hay ocasiones que hasta nos sorprende la facilidad con la cual las
personas toman sus decisiones; la superficialidad sobre la cual
basan sus juicios de enorme trascendencia; la frivolidad verdaderamente
delictuosa, culpable, con la cual comprometen definitivamente valores
y principios de convivencia humana sin los cuales ni hay futuro
ni podemos vivir.
Una tercera forma de lepra, la última
que te voy a mencionar en este día, se vive en nuestra familia,
y consiste en esa falta de cohesión
entre cada uno de los miembros que la formamos y que va provocando
que se vaya cayendo pieza por pieza. Se trata de
girones de carne en nuestra realidad familiar que se van desprendiendo
y nos mantienen mutilados.
Nuestra vida personal también
se va haciendo girones, sobre todo cuando no hay cohesión
entre cada uno de los momentos que vivimos en nuestra vida. La vida
no está hecha de una sola pieza, sino que por el contrario
se conforma de piezas de distintas formas y tamaños.
6.- Pero, terminemos
de una vez con nuestros diagnósticos, y pidámosle
al Señor que nos cure de nuestras lepras:
Pidámosle, en primer lugar,
que vivenciemos el amor: El rompecabezas de nuestra familia sólo
encontrará cohesión en la práctica del amor
entre cada uno de los miembros. La caridad es el pegamento que le
da cohesión a las distintas piezas de nuestra construcción.
Es cierto que Dios nos ha dado la
madera para nuestra vida y nos ofrece su ayuda para que edifiquemos
una catedral en el amor y la alabanza. En este proceso tengo que
aceptar mis responsabilidades: puedo usar la madera que me dieron
para hacer un escalón, que me ayude a subir, o, en caso contrario,
que me puede servir de tropiezo o para emprender la huida
Día tras día, Dios
me va dando nuevas piezas que se acomodan en un gigantesco rompecabezas
de mi vida. Algunas de esas piezas son punzantes y aflictivas. Otras
son grises e incoloras. Sólo Dios conoce toda la belleza
que es posible lograr cuando todas las piezas se hayan acomodado
en su lugar. Por mi parte, yo sólo conoceré toda esa
belleza cuando haya acomodado mi última pieza, que es la
pieza de mi muerte.
7.- Para curar esa
lepra que nos hace estarnos comparando continuamente con los demás,
debemos darnos cuenta que cada quien es tal cual es y que no hay
duplicados, nadie puede ser lo que no es genéticamente, nadie
puede ser sustituido, ni desechado, nadie puede pretender ser lo
que no es.
Es absurdo que el roble se compare
con el pino y que se autodestruya porque no puede ser tan alto como
él; es una locura que el majestuoso pino en vez de gozar
por su altura, se maltrate porque no puede dar uvas...
8.-
Pidámosle a Jesucristo que nos conceda la
medicina de su gracia para que curemos también la lepra de
la superficialidad, y que nos conceda el no tenerle miedo a afrontar
las cosas en la profundidad real de su situación. En muchas
ocasiones preferimos cerrar los ojos, preferimos cuidados paliativos
antes de enfrentar nuestras verdaderas enfermedades.
Es tan fácil buscar aliviar
una situación en lugar de buscar una verdadera cura de la
misma. Aliviar es rápido, para curar hace falta que afrontemos
nuestros problemas y que en muchas ocasiones a través de
un proceso verdaderamente doloroso podamos quedar curados de la
adversidad.
9.-
Te comparto una anédota que nos narra el abate Pierre,
fundador de la Congregación “Los traperos de Emaús”,
en su libro: "A pesar de todo..."
“Veo
a aquel joven y observo que, cuando le hablo, no presta atención
a nada de cuanto le digo; es tan desgraciado que sólo tiene
una idea en su mente: volver a intentar el suicidio. Y entonces,
sin reflexionar ni calcular verdaderamente impulsado por el Espíritu
Santo, hice todo lo opuesto a la beneficiencia.
Desde
hacía algún tiempo solían caer por nuestro
albergue de Emaús algunos amigos desesperados, sin cobijo,
gente que había sido expulsada de un barrio que había
sido modernizado.
Pues bien,
me encuentro al lado del suicida y le digo todo al revés
de lo que es la beneficiencia. "Eres desgraciado, terriblemente
desgraciado es atroz; no puedo hacer nada por tí, no me queda
dinero, no tengo más que deudas. Pero mira este es mi alojamiento
y ésta mi forma de vivir, trabajo de noche y los domingos
construyendo casas para las madres que lloran porque el padre se
marcha a la taberna, a perder su jornal...
Y le digo
también: "Ya estoy medio enfermo, agotado, no puedo
darte nada. Pero tú, puesto que deseas suicidarte, eres libre,
no tienes nada que te retenga ni te estorbe. ¿No querrías
echarme una mano para terminar una vivienda antes de suicidarte...?
Después harás lo que te plazca, pero ahora ¡ven
a ayudarme!
El hombre
desesperado, mi primer compañero, se vino. La primera comunidad
de Emaús, estuvo integrada por un cura enfermo y un suicida
inexperto. Al encontrarnos los dos, consideramos otro infortunio,
el de las familias sin techo, y nos dijimos uno al otro: "¿Qué
es lo que hay que hacer inmediatamente para sacarlas del apuro?"...
Pronto
va a hacer nueve años que murió mi primer compañero.
Estando
para morir me dijo: "Padre, nada de cuanto usted hubiera
podido darme entonces, me habría impedido intentar de nuevo
el suicidio. Pues tenía medios para vivir, pero me faltaban
motivos para seguir viviendo...
Y encontró
la razón para vivir: amar, cargarse de trabajos para que
los de otros fueran menos, amar... así podría uno
estar hablando hasta el día del juicio para explicar lo que
es amar. Pero una breve frase lo puede resumir. Amar es: que cuando
sufras tú, que eres el otro, me duela a mí...
Aquel
hombre había encontrado la razón de vivir, pero no
la encontró por sí sólo. Completamente solo
no era más que un hombre roto y acabado, encontró
la razón para vivir cuando encontró a otro hombre
que le dijo: "ayúdame a ayudar a otros, vamos
a hacerlo entre los dos; yo ya no puedo más, te necesito".
Yo no le dí nada, fuera del orgullo de sentirse necesario
para otros y de poder dar de él a su vez.
Para él
todo ha cambiado: descubrió que, diciéndome: "sí
vengo", sucedería muy pronto que le seguirían
por la calle los chavales y le diría una mujer: "Gracias,
señor usted nos ha salvado...".
El asesino,
el presidiario, el suicida inexperto, se convierte en alguien al
que la gente le dice: "¡Gracias!".
10.-
Al final de esta historia y de este espacio, sólo
unas interpelaciones:
¿No
somos nosotros de los que tienen medios para vivir, pero nos faltan
motivos para seguir viviendo?
¿Y no estará ahí la raíz más
profunda de nuestras depresiones, pesimismos y horas bajas?
¿No será ésta precisamente nuestra lepra?
"Y
encontró la razón para vivir: Amar,
cargarse de trabajos para que los otros fueran menos". ¿Hemos
hecho del amor nuestra razón de vivir? El amor a los demás:
a los de casa, a los vecinos, amigos, compañeros de trabajo,
a los necesitados que tenemos cerca de nosotros y a los de lejos...
11.-
Pidámosle a Jesucristo que nos reitegre a la comunidad, que
nos acerquemos a su Iglesia, cada quien a su parroquia, y que veamos
lo que podemos hacer por los demás. La razón para
vivir no la encontraremos sólos. Completamente sólos
no seremos más que hombres y mujeres rotos, destrozados,
piezas de un rompecabezas perdidos en el espacio.
Regresemos a nuestra familia: todos
tenemos a nuestro lado alguien que, en lugar de echarnos sermones,
nos está suplicando:
"Ayúdame a ayudar a otros". ¿Quién
es ese alguien para nosotros, cuál es su nombre?
Una palabra salida del fondo del
corazón: "¡Gracias!" puede
rehabilitar a cualquiera... El encontrarnos con Cristo, y al quedar
limpios de nuestra lepra, nos debe reintegrar a nuestra comunidad
y ayudarnos a percibir nuestra valía.
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