| LA
NAVIDAD NO ES UNA FECHA SINO UN INICIO.
1.-
Muy queridos amigos:
Acerca
de la Navidad Cristiana que en esta semana celebraremos pareciera
ser que todo mundo tenemos una opinión cualificada. Todos hablamos
de tal manera que parecemos eruditos expertos sobre este difícil
tema que encierra uno de los tres grandes misterios de la vida cristiana.
Podríamos
decir que al escuchar tantos y tantos consejos, programas, opiniones
y debates en la radio, la prensa y en la televisión se
podrían distinguir seis tipos de Navidades.
No
es que haya varias expresiones de una realidad tan sagrada, lo que
pasa es que son cada vez más los que se han apropiado de este misterio
divino.
2.-
Por un lado aparecemos los que vivimos
una Navidad llamémosle Folklórica. Se trata de aquellos
que pugnamos por los villancicos, que coleccionamos y exhibimos
nacimientos, que hacemos exposiciones de las piñatas a lo largo
de la historia, que tenemos un verdadero museo con diferentes imágenes
o pinturas del nacimiento del Salvador Divino. Entre los folklóricos
estamos aquellos que tenemos colección de discos antiguos con cánticos
de Navidad... y que hasta los presumimos.
Hay otros que vivimos la Navidad emotiva:
aquellos que nos recreamos en los recuerdos. Aquellos que vivimos
de las imágenes del pasado, o que sensibilizados pasajeramente aprovechamos
este tiempo para hacer una obra de misericordia tratando de compensar
un año vivido en el más absoluto egoísmo.
Otros, parece ser que cada vez más personas,
vivimos la Navidad de los snobistas. Se trata de nuevas
formas de evadir la vida cristiana copiando modelos ajenos a nuestra
propia vida y nuestra cultura. Es lamentable que, en algunos círculos,
se planee vivir una Navidad lejos de la propia familia, se piensa
en una playa, en un crucero, en un salón de eventos, en un elegante
hotel o en un restaurant. En otros círculos se piensa en un rodeo,
en una diskoteque, en un “antro” como hoy se les llama a las cantinas,...
y se vive el misterio de Dios en la embriaguez transpirando
humores etílicos. La Navidad ha dejado de ser cristiana, o mejor
dicho, parece ser que un gran sector de nuestra sociedad ha dejado
de ser cristiano.
Otros vivimos la Navidad de los intelectuales:
se trata de aquellos que vivimos en el discurso y en las discusiones,
proponemos un análisis y una comparación entre las religiones. Solicitamos
que se consideren los estudios sobre la sociología y la religiosidad
del judaísmo contemporáneo a nuestro Señor y sus propuestas actuales
en torno al nacimiento de Jesucristo. Se trata de aquellos que perdemos
nuestra vida discutiendo en nuestros pizarrones inteligentes sobre
el análisis filológico de la Palabra Katalyma. Proponemos una crítica
textual y un análisis pragmaliguístíco sobre el Evangelio de san
Lucas,... y la noche santa nos vamos a dormir sin ofrecer ni recibir
un solo abrazo.
No nos puede faltar la Navidad de los consumistas.
Se trata de aquellos que hemos convertido esta fiesta en un pujante
mercado. Todos los detalles son cuidados o son inventados. Nuevas
necesidades se están implementando cada año. En este mercado todo
se vende con motivos navideños: servilletas, tenedores, manteles,
ropa, toallas,... Un sinfín de cosas llenan nuestra largas listas
de adquisiciones: la cena, el árbol, la sidra o el vino, la corona,
las luces, la bota, la chimenea, la piñata, los regalos, la contratación
del santoclós...
3.-
Finalmente, y este es nuestro propósito, tenemos
que considerar el rostro de la verdadera Navidad, llamémosle la
Navidad cristiana.
El Misterio de la Navidad es la celebración
del nacimiento temporal del Hijo Eterno del Padre. Se
trata de la manifestación visible en la historia, de Aquel que es
la Palabra, y que ha venido a todos nosotros desde ese momento precioso
de la Anunciación del Arcángel Gabriel y de la Concepción Virginal
en María Santísima, por obra y gracia del Espíritu Santo, tal y
como se lo ha explicado el Ángel a san José.
La Navidad es el misterio de la presencia
de Dios hecho hombre en nuestro mundo. La Vida del Hijo
del Padre Eterno será un hacer presente el amor de Dios en medio
de las condiciones humanas concretas de su tiempo, de su espacio
y de su gente. Allí vivía Dios en su plenitud.
La
celebración de la fiesta de la Navidad es para cada uno de nosotros
la renovación gozosa del misterio del Nacimiento del Hijo de Dios
en el Mundo, en su Iglesia y en cada uno de los Bautizados.
La
alegría de estas fiestas debe ser manifiesta, y es que celebramos
la real y verdadera presencia de Dios en este mundo, en su nacimiento,
lo cual nos aseguró para siempre la confianza de que Dios no es
un sueño del hombre ni mucho menos una pasión inútil.
Con
la Navidad, se ha iniciado la búsqueda definitiva y apasionante
de Dios. Ya no se trata del hombre que busca a Dios sino del Dios
que anda en búsqueda del hombre, del Dios que no se ha resignado
a la lejanía.
Si el pecado y la perdición de la humanidad
habían tenido su consistencia en la pretensión del querer “ser como
dioses”, ahora Dios les está ofreciendo la salvación
a todos los hombres, precisamente al querer Dios hacerse hombre,
como cada uno de nosotros. En la Navidad
Dios se convierte en el Emmanuel, el “Dios con nosotros”.
4.-
No obstante, todo lo anteriormente referido, quisiera
cuestionarte y cuestionarme en este momento... ¿Qué es lo que celebramos
en la Navidad: una fecha o el inicio de una historia?
Hoy
se libran discusiones sin sentido, en los areópagos de la modernidad,
de parte de aquellos que intelectualizan la Navidad y hasta en algunos
que nos profesamos cristianos: que si esta fecha es la histórica
o que si fue en otra, que si el apacentamiento nocturno de los rebaños
de parte de aquellos pastores exigiría que la Navidad se ubicara
en otros meses mucho menos fríos, que si se toma en cuenta el registro
histórico de los censos romanos, que si consideramos los Ciclos
Litúrgicos del servicio en el Templo cuando Zacarías y el clan o
la familia a la que pertenecía, estaban programados para ejercer
el culto sagrado...
Hablando
de fechas o de calendarios, todos podemos disentir, ya que existen
varias formas, por no decir muchas, de computar el tiempo aún en
nuestro naciente siglo XXI. Bastaría solamente que pensáramos en
la realidad del Oriente y la del Occidente.
El
mismo concepto de tiempo es tan variado: podemos decir que
existe el tiempo cronológico, el psicológico, el biológico, el historiológico
o historiográfico, el kairós como tiempo de salvación, el tiempo
litúrgico...
Las
discusiones pueden continuar en el laberinto conceptual de aquellos
que se sienten sabios y entendidos. Y tendría que decirte que, en
lo personal, a mí no me importa la fecha, me importa que el Hijo
de Dios nos ha nacido... Si fue en Diciembre o en Abril,... ¡es
lo de menos!
5.-
Y es que la Navidad no es en realidad una fecha,
sino que debe ser ante todo y sobre todo un inicio. La Navidad
es el inicio de toda la historia para nosotros los cristianos. Se
trata del vértice del tiempo de la salvación para todos los hombres.
Esta
Navidad del 2004 debiera ser también el inicio de una historia nueva
en tu vida y en mi vida. De no ser así, seguirá siendo una simple
fecha en el calendario de nuestra existencia.
¿Qué es la Navidad? ¿Una fecha o
el inicio de una historia nueva?
Nuestra
vida se entreteje de fechas y de historias. Las historias tienen
sentido en torno al día en que se les dio inicio. Y las fechas tienen
sentido en cuanto que una nueva historia ha empezado o se ha transformado.
Una
fecha por sí misma no tiene sentido, es un dato frío, un número,
una forma de organizar, se trata de una convencionalidad. Una fecha
tendrá siempre su importancia por la historia del día siguiente,
por lo que se inicia.
¡Fíjate!
Como algunos nos vamos acordando perfectamente de las fechas, pero
nos olvidamos de la historia que se inició en ese día del calendario.
Con la fecha se ponen en orden las cosas. El inicio, por el contrario,
debiera poner en orden nuestra vida.
Refiriéndonos solamente a una fecha, decimos con ello lo que ha
ocurrido. Pero colocándonos en la perspectiva de un inicio, debemos
ser conscientes de aquello que ha nacido para nosotros.
6.-
La Navidad interpretada como una simple fecha es
algo tan antiguo y que puede ser tan poco atractivo, aunque nos
afanemos por hacer cosas nuevas. De lo anterior, se desprende el
que algunos, en los días más santos de nuestra vida, estén viviendo
en inhumanas soledades y en terribles amarguras.
Viviéndola como inicio, la Navidad aparece de verdad por lo que
es: la más grande “buena nueva” que ha escuchado el hombre sobre
la tierra; el anuncio de un evangelio; la “noticia nueva” que se
nos ha traído al mundo.
Dios
nos invita para que revisemos no las fechas sino las historias.
Hoy debemos pensar no en las celebraciones sino que debemos escrutar
el significado de estas celebraciones.
¿La
Navidad es para mi persona una fecha o realmente significa mi historia
propia y verdaderamente cristiana, significa el inicio de la auténtica
historia de la humanidad?
7.-
El acontecimiento de la Navidad tiene, sin lugar
a dudas, su importancia en el magnifico acontecimiento del nacimiento
del Señor, se trata del Dios que se hizo hombre. En la Navidad ha
aparecido el Misterio de la Salvación para todos los hombres.
El
festejo de la Navidad tiene su grandeza en cuanto que Dios pueda
provocar un verdadero cambio en nuestra vida.
Yo
mismo debo ser capaz de quitar los odios, los resentimientos, las
iras y la soberbia. Soy yo quien debo ofrecerle la palabra amable
a todo aquel que me rodea, la sonrisa amigable a los tristes y la
mano generosa a quien lo solicite.
Si
cada día puede ser un nuevo inicio del resto de nuestros días. ¡Cuánto
más debiera ser para nosotros un día tan especial, como lo es la
celebración de la Navidad Cristiana!
8.-
La verdadera Navidad empieza un día después,
es decir, “el día 26 de Diciembre”. Será ese día cuando
sabremos si esta Navidad fue solamente una fecha o realmente ha
sido el inicio de una historia nueva en mi vida cristiana. ¡Sería
muy triste el constatar al día siguiente, que la verdadera Navidad
no ha dado inicio en mi vida!
NACIMIENTO
DEL DIOS CERCANO.
1.-
Muy queridos amigos:
Podemos
decir que la Navidad prácticamente ha llegado y, quizá casi todos
nosotros nos estemos ufanando de que al parecer no nos falta nada,
o nos falta muy poco, de todo aquello que tenemos que preparar.
Sin embargo, resulta lamentable el constatar que si bien no nos
falta nada, es muy posible que nos esté faltando Alguien. Lo más
entristecedor es el encontrarnos con que es Dios quien está faltando
en nuestra casa y en nuestra vida.
Nos preocupamos tanto por lo material
que no nos ocupamos de lo esencial
Hoy,
quiero invitarte para que releas el Evangelio, y constatemos que
en esas líneas evangélicas nos encontramos con la ternura, con las
evocaciones dulces y con los suaves pensamientos.
2.-
Y, no obstante, en este texto nos encontraremos también
con el cuestionamiento, y la molestia que se genera de la autorevisión,
que está más allá de un necio sentimentalismo.
Y
es que Dios condena una Navidad hinchada de retórica, llena de papeles
multicolores y de conmociones baratas.
A
Dios parece no agradarle nuestra propuesta de Navidad, poco o nada
cristiana, cursi y muchas veces ficticia. Le hemos inyectado toneladas
de sentimentalismos, de folklore, de pacotilla variada y de muy
mal gusto. La Navidad parece ser más un pretexto que una celebración
cristiana.
Francamente, hemos deshecho la Navidad. Hemos saboteado su sencillez.
Nuestra rica Navidad se ha impuesto y ha empobrecido a la Navidad
verdadera.
La
fiesta de la Navidad nos recuerda que a Dios le agrada la sencillez,
y esto lo meditábamos desde hace dos domingos cuando contemplábamos
el semblante de san Juan el Bautista, y lo podemos constatar este
cuarto domingo de Adviento, en que san Mateo nos permite acordarnos
de san José estrechamente ligado a la Virgen Santa, su esposa.
Sin
embargo, la sencillez de Dios no es comprendida por el hombre. El
padre José Luis Martín Descalzo lo dice con una bella y poética
soltura:
El
mundo no comprendía
Que
Dios fuera tan sencillo
Y
corrió con sus guirnaldas,
Sus
diademas, sus anillos,
A
camuflar a este Dios
Que
sólo quería ser niño.
Belén,
Belén era un gran escándalo
Que
ponía al hombre en ridículo.
Si
Dios se hubiera encarnado
En
un notario, en un químico,
Un
carabinero, un buzo,
Un
almirante, un obispo,
Un
guardia o un farmacéutico,
El
mundo habría comprendido.
¿Más
cómo reconocer
en
un bebé al Infinito?
Así,
si todas las puertas
Se
cerraron cuando Él vino
Y
si la historia acabó
Con
un final menos digno,
La
culpa, la culpa la tuvo el cielo
Por
andar con acertijos.
3.-
Cristo nace en un establo, y no en un Belén de
chocolate o de luces intermitentes. Pero su nacimiento es solamente
el prólogo de una vida que fue abnegada por la entrega a los demás
a lo largo de su existencia hasta la donación total, vacío de sí
mismo, en el árbol de la cruz.
Contemplar al Señor Jesús en Belén debe llevarnos al aprendizaje
del estilo de vida de quien ha elegido ser niño y que nos enseña
que el ingreso al Reino pasa inequívocamente por el camino de la
infancia, del querer ser niños. Es por ello que, en primer lugar,
al mirar el Pesebre debemos pensar sí realmente vivimos la infancia
espiritual, nuestro abandono filial.
Otro
aspecto digno de meditarse, a la luz del nacimiento de Jesús en
Belén, es el realismo incuestionable de su humanidad. El Hijo de
Dios se hizo hombre en verdad, esto contra cualquier doctrina de
ayer y de hoy que pretenda hacernos pensar que Jesucristo se disfrazó
de hombre, sin que llegara a experimentar el sabor agridulce de
una auténtica naturaleza humana, como la tuya y como la mía.
El
entronque real del Hijo de Dios con nuestra humanidad nos obliga
a pensar en el interés que Dios tiene en el hombre, lo cual nos
debe llevar a secundarlo, todos nosotros que llevamos el dulce apellido
de cristianos.
Así
mismo, el nacimiento temporal del Hijo de Dios nos lleva a ser más
y mejores hombres, ya que Jesús es el modelo humano, al constituirse
por derecho propio en el único ejemplar de la raza humana sin pecado
y ser el máximo revelador de la plena dimensión religiosa del hombre.
Jesucristo ha venido a traernos la perfección
de la plenitud de la revelación. El cristianismo no está
destinado a coronar las insuficiencias de las antiguas religiones
dándoles el toque que les faltaba. Jesucristo no viene a terminar
edificios inacabados, sino que ha venido a construir un nuevo Templo
del Espíritu Santo. Las piedras que utiliza somos los mismos hombres
purificados con su nacimiento.
4.-
Y se preguntarán ustedes, después de que les
he estado mareando con tantas palabras.
¿Cuál es nuestro papel en una verdadera Navidad cristiana?
En
el concierto de la actualidad, en la común lucha por una humanidad
mejor, el cristianismo debe tener una aportación específica: ofrecer
un humanismo del amor y de la trascendencia, nuestra contribución
se sitúa en la línea de la máxima exigencia y del ideal. Este es
el factor cristiano: amor y trascendencia. Nuestro peligro será
la perdida del realismo en la desconexión que nos lleva a ser simplemente
unos ilusos idealistas.
Navidad
quiere decir precisamente esto: una sonrisa divina se ha posado
sobre nuestras miserias, que constituye el motivo más fundado de
esperanza y es indicio de una posibilidad nueva ofrecida a todos
por la paciencia de Dios.
Dios
no nos muestra un rostro airado, ni la cara regada por las lágrimas
de la desilusión, sino que nos ofrece un don de paz ofrecido por
Áquel que es el más fuerte y que, resultando victorioso a través
del amor, puede dictar las condiciones de paz. Es más, Él pone una
sola condición: dejarse amar.
5.-
Querido amigo:
Muchos usamos, durante este tiempo
santo, el mecanismo de la compensación. Al sentirnos mal a causa
de nuestras muchas deficiencias durante el año que casi estamos
por terminar, empezamos a compensar nuestras carencias y ausencias
con atenciones, regalos..., momentáneos y fugaces.
Navidad no es tiempo de compensar,
sino de revisar, de convertirnos y empezar a hacer lo que tenemos
que hacer.
Debemos
cuidar que nuestros regalos no sean compensaciones de lo que en
justicia debimos haber hecho durante todo el año.
6.-
Se preguntarán ustedes: ¿Y Quién está necesitado
del amor cristiano? Eduardo Galeano escribe en el Libro de los abrazos
la siguiente anécdota:
“Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En
vísperas de la Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya
estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales
a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa
lo esperaban para festejar. Hizo un última recorrida por las salas,
viendo si estaba todo en orden; y en eso estaba cuando sintió que
unos pasos lo seguían. Unos pasos como de nube: se volvió y descubrió
que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció.
Era un niño que estaba sólo. Fernando reconoció su cara ya marcada
por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó, y el niño le rozó con la mano: “Vos decidle
a...” –susurró el niño- “Vos, decidle a alguien que yo estoy aquí.”
Ese
niño está enfermo, está marcado por la muerte; peor aún, está solo.
Completamente solo. Y es Nochebuena, y él lo sabe. Nota las primeras
sombras que anuncian el comienzo de la noche sagrada. En esto, oye
pasos en el pasillo y ha salido con la esperanza de encontrar compañía
en la fiesta de todos. Es tímido y delicado y no quiere molestar
a nadie. Sólo un ligero tacto de su mano infantil, un débil murmullo,
una súplica inocente. “Por favor, dígale... dígale a alguien”. “No
importa a quién”. “No importa dónde”. “Basta con que le diga a alguien
que yo estoy aquí. La gente aún tiene corazón y quizá vendrá. No
van a dejar a un niño sólo en la noche en que nace Jesús. Solo y
con la muerte en su rostro. Solo en el banquillo del hospital de
niños. Solo mientras los cohetes festivos explotan en el cielo”.
El niño está enfermo, y su enfermedad se llama soledad. La enfermedad
de la raza humana. “Vos decidle,... decidle a alguien que yo estoy
aquí, a quien sea.”
7.-
Amigos: ¡es Navidad! Y yo sé que aquel que predica de Jesús no puede
ser un aguafiestas, un amargado y un cenizo, sino todo lo contrario,
alguien comprometido con la fiesta de la vida, un amante de una
vida que no admite ni comprende la degradación del hombre entrampado
en el placer que solamente conduce a la soledad y al hastío.
No
obstante, el que predica a Cristo tiene que recordar, si es preciso
a gritos, dónde está la verdadera vida en medio de una sociedad
opulenta pero que ha olvidado su destino y su lugar, puesto que
se ha olvidado de los hombres y están olvidando que son hombres.
¡Les
deseo a todos ustedes, a sus familias y demás seres queridos una
Felíz y muy cristiana Navidad!
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