1.-
Muy querido (a) amigo (a):
Permíteme un paréntesis antes de
iniciar nuestra reflexión, quizá esto no es lo deseable
pero puede ser aprovechable y sumamente útil.
La primera obra que leí de Fedor Mijailovich
Dostoievsky, fue la de Pobres Gentes, y aunque
es un escritor ruso del siglo XIX, al leerla me pareció una
narración impregnada del sabor amargo y crudo del existencialismo.
Era tan impactante leerla, como lo podía ser el leer La
Peste de Albert Camus o La Nausea de Jean
Paul Sartre. Mi juicio de adolescente sobre Dostoievsky fue el de
ubicarle como una persona patética, al menos en sus escritos.
Y, sin embargo, hubo otro texto que me hizo cambiar
rotundamente mi apreciación sobre su persona. En el desenlace
de su vida, después de la prisión, del destierro,
los trabajos forzados en la Siberia, sus crisis epilépticas
y demás penalidades, se dispuso a afrontar cristianamente
el final... Su hija describe así la muerte de su padre: “...Al
darse cuenta de que su vida llegaba a su fin, tomó mis manos
entre las suyas y pidió a mi madre que leyera el texto escrito
que más le gusta a mi padre: el capítulo 15 de san
Lucas. El, próximo a la muerte, escuchaba la historia con
los ojos cerrados. Luego dijo: “Hijos, no olvidéis
nunca lo que habéis escuchado. Confiad siempre en Dios y
no dudéis nunca de su perdón. Yo os amo muchísimo,
pero mi amor no es nada comparado con el infinito amor de Dios.
Y si tenéis la desgracia de obrar el mal en vuestra vida,
no desconfiéis de Él. Sois hijos suyos. Él
se regocijará de vuestro arrepentimiento como se regocijó
de la vuelta del hijo pródigo”. Tras estas palabras,
murió mi padre. Era el 9 de febrero de 1881”.
2.- Se trata
del texto escrito más bello..., según palabras de
Dostoievsky.
Y ¿sabes? Aunque muchos referimos el texto
evangélico del día de hoy, para hablar de los diferentes
tipos de pecado, de los estragos que provoca el pecado, de la fragilidad,
del egoísmo, del fariseísmo o de la conversión;
en realidad el Señor Jesús nos presenta en la Parábola
del Hijo Pródigo, un tema más importante: la temática
sobre la BONDAD DE DIOS.
Al meditar sobre la parábola del Hijo pródigo, más
que hablar sobre el hijo pródigo o sobre el hermano egoísta
hay que hablar sobre el Padre misericordioso. Y es que, me tienes
que perdonar, pero en la vuelta del Hijo Pródigo no hay mérito
alguno: vuelve porque tiene hambre. El acento de la parábola
recae sobre LA ALEGRIA POR EL PERDIDO
QUE HA SIDO ENCONTRADO: recibe abrazos, besos, calzado,
vestido, un anillo en su mano y se sacrifica un ternero...
En la parábola, sin duda, es importante
el momento en que regresa el hijo, pero más importante es
la apertura del Padre. Sobresaliente, es también el caminar
del Hijo hacia la Casa del Padre, pero más importante es
el movimiento del Padre hacia el Hijo: cuando el Hijo camina, el
Padre corre.
3.- Y, sin
embargo, se subraya el respeto de Dios por la libertad del hombre,
aún a costa del dolor que provoca la pérdida de alguien
a quien amamos. Ante Dios, siempre hará falta que el hijo
manifieste un cambio, que el hombre dé el primer paso, para
que entonces Él nos colme de sus afectos.
Y, sabemos, que es aquí en donde aparece
la conflictividad ya conocida: aunque el Padre no prefiere a uno
sobre el otro, sino a los dos, la universalidad se revela conflictiva
por la actitud del hermano mayor.
Es triste hablar de alguien con quien te pueden
unir lazos tan fuertes y tan sagrados, como los pueden ser los de
la sangre, o lazos equiparables o superiores a ellos, y llegue el
momento en que le señales como si fuera un extraño:
“Ese hijo tuyo”. Es lamentable que ya no se hable de
mi hermano, y mejor se diga: “Tu hijo”.
4.- Y, entonces
el tema de la parábola toca otro derrotero que es importante
en la vida del hombre, y sobre todo en nuestra comprensión
cristiana: se inicia ese juego que ejecutamos en torno a las lejanías
y las cercanías.
El Evangelio nos presenta a un hijo menor que se
ha alejado de su casa. Pero, no basta la distancia física,
existen otro tipo de distancias en la vida. Tenemos al hijo mayor
que también está “lejano”, aunque jamás
haya dejado la casa, ni las obligaciones diarias. Su fidelidad es
puramente formal; es obediente pero en la formalidad, está
privado de la alegría y del amor. Está tan “cercano”
al Padre y tan “lejano” de Él: su corazón
se manifiesta mezquino, rencoroso, incapaz de aceptar al hermano
que se ha equivocado.
Los que nos apreciamos como “cercanos”
tenemos el riesgo de convertirnos en los lejanos más irrecuperables:
los que somos irreprensibles en nuestra conducta, que frecuentamos
la casa del Padre, pero que nos estacionamos en ella; ya que rechazamos
con desdén abandonar los rígidos esquemas de un código
de comportamiento formal, y nos negamos a entrar en la lógica
descabellada de la misericordia.
Ante Dios, el verdadero alejamiento es el de aquellos
que permanecemos sin dar el paso decisivo: superar el umbral de
la observancia exterior y penetrar en el centro de la casa: allí
en donde late el corazón de un Padre, y en dónde se
da la experiencia sublime de gustar el perdón.
5.- ¿Qué
es lo que le escandaliza más al hermano mayor? ¿Las
malas compañías del hermano? ¿O la nueva “mala”
compañía del Padre?... ¿La debilidad del hermano?
¿O la debilidad del Padre?
En realidad, lo que sí es escandalizable
es su egoísmo, su soberbia, el orgullo, el ser jactancioso,
la mezquindad, la pedantería, el fariseísmo y la hipocresía,...
el creerse a sí mismo, que lo merece todo y, por ello despreciar
al hermano por su fragilidad y enjuiciar “la fragilidad”
que brota del amor del Padre.
El hijo mayor, dice el padre Louis Evely, no ha
cometido faltas graves, pero tiene el más grande pecado que
puede haber en el corazón humano: “el vivir sin amor”.
Se trata de un calculador, un burócrata de la virtud. Su
perfección es diplomática, sin alma, sin creatividad.
Y es aquí en donde sobreviene nuestra peor distancia para
con Dios: no la distancia geográfica, ni tan siquiera la
de esa fragilidad a la que somos propensos todos, sino aquella distancia
que marca el egoísmo para con el Padre que ama y para con
el hermano que necesita de nuestro amor. El peor pecado que puede
el hombre cometer, no es otro que el pecado de la ausencia de amor.
6.- Hoy, el Señor Jesús nos muestra
el verdadero rostro de Dios y su “incurable enfermedad”
frente al pecador arrepentido. Y es quizá la oportunidad
de comprender el mensaje central de este texto: la invitación
a la conversión.
La conversión es necesaria, ya que nunca
estamos donde Él está. Nos falta mucho. El Señor
piensa, mira y ama de forma distinta a la nuestra. Necesitamos cambiar
de corazón, cambiar de pensamientos y cambiar de sentimientos.
La incondicionalidad e ilimitación del amor
que el Padre bondadoso nos ofrece, reclamará el seguimiento
incondicional como única respuesta al amor incondicional.
¿Ahora entiendes otro aspecto más del por qué
el Señor pide que le prefiramos a Él sobre nuestros
padres, hermanos,...? El amor con amor se paga y el amor incondicional
y aboluto sólo se puede pagar con amor incondicional y absoluto.
EL
HERMANO MEZQUINO.
“En aquel tiempo, se
acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo.
Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí:
“Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús
les dijo entonces ésta parábola: “un hombre
tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre
dame la parte de la herencia que me corresponde.”
1.- Muy
querido (a) amiga (a):
Extraña actitud entraña el corazón
de tantos hombres, los cuales nos sentimos superiores a los demás,
pero todavía es más extraña y nociva la actitud
de aquellos hombres religiosos que nos juzgamos buenos, a costa
del desprecio de los hermanos.
Los hombres, tal parece que no hemos comprendido
la realidad sobre la salvación que nos trajo Jesucristo,
la cual por ser divina, tiene alcances universales. Los seres humanos
no hemos comprendido que Dios ama a todos los hombres y, que espera
algún día tenernos reunidos como su familia, en torno
a la mesa del banquete eterno.
2.- Sin embargo, estos hombres
de todos los tiempos y de todas las religiones, entre los cuales
estamos tú y yo, hemos estado luchando contra esa gran tentación
que amenaza al hombre religioso: la reducción del particularismo.
Los hombres nos hemos encargado pretensiosamente de decidir por
Dios sobre los que son salvos, y con ello de segregar y proscribir
al hermano.
Somos los hombres, los que hemos fraccionado esta
tierra que Dios nos dio. Nos hemos dado a la tarea de crear esas
líneas imaginarias que marcan las fronteras en la geografía
de este mundo. Todo esto es comprensible, y hasta cierto punto aceptable.
Nuestra verdadera complicación radica, en un hecho: no hemos
alcanzado a comprender que en la geografía de Dios no existen
los confines y que para Él no hay lugares limítrofes.
En la geografía del divino Creador no se han diseñado
distancias y, por tanto, para Él no existen los distantes.
Sin embargo, nosotros mismos nos hemos encargado
de separar a la humanidad por colores, por raza, por cultura, por
economías y por ideologías. Los hombres hemos fabricado
los ghettos, las alambradas y los muros. Casi todos los hombres,
despreciamos a los que son distintos, y le hemos querido llamar
pureza a nuestro racismo y al desprecio por el hermano le hemos
llamado patriotismo.
3.- Este domingo, a la luz
del Evangelio y de nuestra vida cotidiana, tenemos que reconocer,
con verdadera vergüenza, que la frontera más dolorosa
y la más intransitable que existe suele ser la frontera religiosa;
al mismo tiempo, hace apenas diez días hemos vuelto a constatar
dolorosamente como las guerras más despiadadas y las injusticias
más incomprensibles han sido, son y serán las que
emprendemos los hombres en el “supuesto” nombre de Dios.
El que los hombres nos sintamos distintos no entraña
pecado alguno, pero sí el sentirnos superiores a los demás,
y más aún, trasladar nuestro afán de superioridad
al plano moral y religioso despreciando, desacreditando, condenando,
y muchas veces, atacando a los que no piensan como yo, o que no
pertenecen a mi exclusivo círculo. A esto, se le llama fundamentalismo.
¡No te engañes! El fundamentalismo no es fé
auténtica, puesto que, si la fe ilumina nuestro entendimiento,
el fundamentalismo provoca el oscurecimiento de la razón.
4.- El hombre fundamentalista,
llega a mirar a los enemigos propios como si fueran enemigos de
Dios; es por ello que el Señor Jesús, en su sabiduría
y amor, nos ha pedido amar a los enemigos y rezar por ellos. El
Señor Jesucristo, bien sabe que en el momento en que rezo
por alguien, ése alguien, por quien elevo una plegaria, ha
dejado de ser mi enemigo.
Los cristianos tenemos que ser coherentes con la
fe que profesamos. Nosotros debemos luchar contra la hipocresía
de nuestros fariseísmos.
Se trata de la falsedad, porque en nuestra visión
de la vida nosotros siempre somos los héroes y los otros
son los villanos, nosotros somos los buenos y los otros son los
malos.
Muchos predicadores parecemos esos niños
que juegan a policías y ladrones, en donde nosotros seremos
siempre los guardianes del orden y los demás son los que
delinquen. En el guión de la trama que nosotros mismos hemos
redactado, nosotros seremos siempre los santos y los otros serán
los pecadores. Nosotros somos Abel y los otros son los Caínes.
5.- Pero, ¿Quién
es realmente bueno y quién es auténticamente malo
en la vida?
Un padre tiene dos hijos y el menor le pide la
parte de su herencia, y va y malgasta sus bienes de forma disoluta.
El otro permanece en casa, al parecer fielmente. Termina la parábola
y ¿Quién fue el bueno y quién fue el malo?
El Evangelio nos muestra el rostro de un Dios que
no se deja engañar y que no se suele precipitar en los juicios,
ni mucho menos en sus decisiones.
El Padre del Evangelio tiene sólo una preocupación:
que la bondad y maldad de un hijo se juzgue no sólo con criterios
humanos.
El Evangelio de hoy nos dice que el Padre sabe
esperar mirando siempre a la puerta, y que no tiene prisa, puesto
que Él conoce bien los procesos y, sabe bien que la diferencia
inequívoca se tendrá solamente al final. La prisa
de Dios sólo se manifestará cuando nos muestra su
debilidad: el amor con el que sale corriendo al encuentro del Hijo
que se alejó de la Casa paterna. La operación de Dios
se llama paciencia. Esta es la principal estrategia del divino redentor:
paciencia.
6.- ¿Quién
es bueno y quién es malo en los campos de Dios?
Al inicio de la historia o en el transcurso de la misma, el hombre
puede equivocarse. Dios prefiere esperar a que termine nuestra película
de la vida, a que se desarrolle también la escena final y,
aparezcan ya los créditos en la pantalla de la existencia,
para que entonces no haya margen de error.
7.- Esta parábola de
la Misericordia, tiene tanto eco a lo largo y ancho del Evangelio.
¿Te acuerdas? Un Padre tenía dos
hijos y le manda a uno trabajar y dice que sí va pero no
fue, el otro le dice que no al principio, pero sí lo hace.
¿Quién resultó ser el bueno y quién
el malo al final?
¡Haz un poco de memoria!: En la parábola
llamada del Buen Samaritano, en donde al ver a un hombre herido,
ni el sacerdote ni el levita se detienen a ayudarle, y el único
que se detiene a hacer una obra de misericordia es un “mal
llamado” apestoso Samaritano. Sí, fue un Samaritano,
a quién los judíos del tiempo de Jesús, le
llamaban “perro”, por ser considerado un mestizo, el
cual se comportó como prójimo del hombre mal herido
en el camino. ¿Quién es bueno y quién es malo
al final de la historia?
¡Oye! Por favor: ¿Puedes hacer otro
esfuerzo? En el templo, frente al altar de Dios hay un virtuoso
y presuntuoso fariseo y, a la distancia, un publicano que ante Dios
ni siquiera levanta la cabeza y solamente alcanza a reconocerse
como un "pecador", y a pedirle incesantemente perdón.
Dice el Señor que el publicano bajó justificado y
el fariseo no. ¿Quién es realmente bueno y quién
es malo?
8.- La historia parece no
terminar, sí es que no perdemos la memoria: Una mujer es
sorprendida en flagrante adulterio y sus acusadores tienen ya las
piedras en sus manos para lapidarla. Jesús escruta, interroga,
va directo a lo esencial y luego le deja al hombre decidir y actuar:
“el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
¿Quién resultó ser el malo en la historia?
Y la verdad que Dios nos enseña, continúa
interminablemente. Las historias son insistentes y, con ello, se
vuelven contundentes:
Concluyamos, de una buena vez, sin que con ello
silenciemos la elocuencia de Dios: Jesús va a comer a la
casa de Simón el fariseo y, una mujer de mala vida se cuela
en la reunión y se sienta a sus pies, está llorando
y con su llanto lava los pies del Maestro. El virtuoso fariseo ciertamente
no se imaginaba tan inesperada e incómoda visita en su casa
y emite su juicio de la descalificación ajena y de la autocalificación
hipócrita. ¿Te acuerdas del Evangelio? ¿Quién
fue el bueno y quién terminó siendo el malo?
9.- ¿Quién
es el Hijo bueno y quién es el Hijo malo? ¡Dios
no tiene prisa! Él sabe, que solamente al final de la historia
las buenas obras, se ubicarán muy por encima de nuestras
solas apariencias y ciegas confesiones de fe. El Señor sabe
que no basta con una buena reputación ni tan sólo
con palabrerías. Cristo sabe que no basta con que el hombre
le llame “Señor, Señor” para que entre
al Reino de los cielos, sino que hace falta ponerse a trabajar y
no despreciar al hermano.
10.- Aquellos
que citan tantas ocasiones, al tocar las puertas de las casas, el
texto de Romanos 10, 9-10
diciéndote que “basta que
tú confieses con tu boca y que creas con tu corazón
que Jesús es el Señor y tú serás salvo”,
tienen que hacer un gran esfuerzo de memoria para recordar lo que
dice, no el Apóstol Santiago en el capítulo 2, versículo
14 al 19 de su Carta sino, el mismo Jesucristo en el Evangelio de
san Mateo capítulo 7, versículos 21 al 28: “No
todo el que me diga: Señor, Señor, entrará
en el Reino de los Cielos”.
Pero, dejemos a un lado lo polémico y dirijámonos
hacia la afirmación de Dios. El Evangelio del día
de hoy, nos invita a reconocer que todos ante Dios podemos tener
un cambio. Que ante Dios, sea cual fuere nuestra forma de vida,
seguimos siendo personas y que todos merecemos respeto y una nueva
oportunidad. Dios tiene siempre un nuevo boceto para la historia
del hombre.
11.- Cuando
aquellos que te rodean piensen que tu vida se te ha ido de las manos,
Dios tendrá preparado siempre un nuevo proyecto.
Cuando juzgamos, o somos engreídos o somos
injustos. Dios tiene criterios dispares a los de los hombres. Solamente
Dios conoce el desenlace de la trama de la vida. Hoy, aparece un
Dios paciente, un Dios que ve el corazón, un Dios que sabe
dar nuevas oportunidades al hombre.
Debemos acercarnos a Dios con humildad, apertura,
sencillez y confianza... Jesús se aleja cuando no los hay.
El hombre humilde es el hombre de la verdad, el hombre recto, el
hombre coherente. El hombre soberbio es el que inventa, el que exagera,
el que se olvida de Dios y del hermano y solamente piensa en sí
mismo, y en sus exclusivismos salvíficos, ¡despojándole
a Dios de su papel!
EL
HERMANO FRAGIL.
Jesús les
dijo entonces ésta parábola: “un hombre tenía
dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre dame
la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les
repartió los bienes. Pocos días después el
hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país
lejano donde malgastó su herencia viviendo de una manera
disoluta.
1.-
Todos somos hijos de Dios y, siendo hijos, somos también
herederos. La herencia es una promesa de bienes incalculables y
de felicidad sin límites, pero podemos marcharnos lejos de
la casa paterna y malbaratar los bienes viviendo de modo indigno
a nuestra condición de hijos amados de Dios.
Esta es la vida del cristiano, mientras peregrina
sobre la tierra, puede disponer de su vida; puede luchar por ser
santo o puede convertirse en pecador alejándose de la casa
de Dios. Y esta es nuestra historia,... el hombre al examinar su
corazón, comprueba esa tendencia hacia el mal y experimenta
la división de su interior.
2.- Afirmará John Steinbeck:
"Todos los pecados de los hombres son intentos de querer llegar
al amor por una vereda".
Todo acto de egoísmo nos encierra, y todo
mirar hacia arriba nos eleva y nos comunica con los deseos profundos
de nuestro ser. El pecado es dejarse arrastrar por cualquier cosa
que acabe en mí y sea sólo para mí.
Pecado no suele ser en su primera expresión
maldad, en ocasiones es desatención, descuido,.. la maldad
vendrá después como una consecuencia de no poder resistir
a las exigencias continuas de una manera de vivir en la que sólo
importo yo y lo que me gusta. Luego, ya no me preocupa lo que pueda
ocurrir a los demás y no me importa hacer el mal a los demás,
por conseguir mis caprichos.
El pecado es un error que pagamos, pero también
pagamos una vida que no tiene fuerzas para ofrecerse y sacrificarse
en aras de la construcción común de esta creación.
El pecado del hombre comienza en la ignorancia, en la comodismo
de no querer saber ni aceptar todo tipo de exigencia en nuestra
vida.
Y el pecado suele convertirse en la tragedia del
cristiano. En pocos momentos llega a negar a Dios y se niega a sí
mismo. Y contempla como en un momento su vida se va sumergiendo
por una alcantarilla, su vida honrada, su vocación,... las
esperanzas que Dios, sus seres queridos y él mismo habían
puesto en su propia persona.
Repentinamente su pasado, su futuro y su presente
se viene estrepitosamente hacia abajo.
Y aquel que un día, al salir de la casa
de su Padre, se las prometió muy felices fuera de los límites
de la finca, pronto comienza a sentir necesidad. Y es que fuera
de Dios el hombre es un ser solitario y hambriento. La satisfacción
le dura poco y se acaba pronto, y el pecado jamás produce
felicidad.
Viene luego la soledad y le pérdida de la
dignidad. Fuera de Dios es imposible la felicidad verdadera y duradera.
3.- Y es entonces que las
pasiones se manifiestan y no dejan al hombre pensar ni decidir adecuadamente.
Los instintos establecen su reino y no dejan a la voluntad actuar.
Y así podríamos hablar el día de hoy de la
tiranía del placer que se manifiesta con muy variadas máscaras:
la droga, el alcohol, la erotismo, la sexualidad...
El hombre entonces quiere ser autónomo y
no le permite a Dios ingresar a ciertos campos de su existencia,
quiere vivir sus propias leyes. Se le olvida al hombre que: "Dios
siempre perdona, el hombre a veces perdona, pero la naturaleza nunca
perdona". En serio: ¡No hay nada como llevar una vida
ordenada!
El placer llega a esclavizar y le empuja al hombre
a pensar que solamente lo que le atrae es real,... y sale del marco
de la realidad. Para aquel que vive envuelto en los placeres, ni
la familia es real, ni siquiera Dios es real.
¡Fíjate! como algunos populares cantantes
han pasado de la fama al anonimato en los años recientes,
envueltos y vinculados en las drogas y los alcoholes.
Pierre Lefevre en su libro: "La
Vida enseña", comenta el caso del célebre
cantante Luciano Duval, y su vida sumergida en el infierno del alcoholismo:
"El alcohol era más que una necesidad
física, era también una necesidad psíquica.
Durante dos meses, después de mi primera curación
de desintoxicación, no había tomado una sola gota
de alcohol. Más tarde, fuí invitado a la boda de uno
de mis sobrinos. Todos festejaban en grande. Mi sobrino me pidió
que brindara junto con ellos con una copa de champaña.
Dentro de mi cerebro se desarrolló una
contienda: una copa, una sola copa no es nada. "No puedo aislarme
de los otros", dije dentro de mí. Y después de
una breve ansiedad respondí que brindaría gustoso
con ellos.
Al día siguiente, bebí dos vasos
de vino tinto en la comida y cuatro en la cena. E, inexorablemente,
todo comenzó desde el principio: desesperación, verguenza...
me encontraba enclaustrado en un gigantesco mecanismo. Me sentía
adisgusto conmigo mismo, ya no tenía ni la excusa de la ignorancia:
sabía que, si comenzaba de nuevo, no sería capaz de
detenerme. Había perdido la libertad ante el alcohol. Finalmente,
no había nada más que la muerte”.
Duval había perdido toda esperanza en los
hombres, pero seguía creyendo en Cristo. Y su esperanza no
fue defraudada, logró nuevamente liberarse de la esclavitud
del alcoholismo.
4.- ¿Cuántos
de nosotros necesitamos de una reacción de esta índole
para salir de esa monotonía en la que estamos viviendo?
El médico ante una persona inconciente le
aplica estímulos y espera que esto provoque una reacción
en la persona. Espera una reacción. Decir que alguien no
reacciona significa la muerte.
A veces algunos necesitamos una bofetada simplemente
y otros un poco de agua fría que detone el torrente sanguíneo,
otros un poco de luz para que se dilate la pupila, pero otros,...
necesitamos electrochoques, una descarga eléctrica a la altura
del corazón para poder reaccionar. Y otros lamentablemente,
ni siquiera esto nos ayuda a regresar.
5.- Y menciona el Evangelio:
Pero aquel hombre, volviéndose... Así se anuncia toda
conversión, todo arrepentimiento: volviendo en sí,
haciendo un examen de conciencia que abarca desde que salió
de la casa paterna hasta la lamentable situación en la que
ahora se encuentra.
Si el pecado se justifica o se ignora, el arrepentimiento
es imposible y con ello la conversión. Para hacer examen
de su propia vida es necesario ponerse frente a las propias acciones
con valentía y sinceridad, sin intentar falsas justificaciones,
llamando a cada cosa por su nombre.
Sólo entonces viene la esperanza se recuperar
lo que se había perdido, de vivir y ser como antes, y de
salir de la situación en la que ahora nos encontramos.
Y después de la reflexión tiene que
venir la acción. Ahora ya sólo falta emprender el
viaje de regreso. La conversión pide ruptura con el pasado
y retorno a Dios.
Y el Padre sale al encuentro del hijo. Se siente
conmovido y,... le extraña. Corre a su encuentro y le prodiga
todas las muestras de amor paterno.
6.- Esta actitud misericordiosa
de Dios debe ser siempre para el hombre el más poderoso motivo
para el arrepentimiento, aunque hayamos caído muy bajo. Antes
de que nosotros alcemos la mano pidiendo ayuda, ya ha tenido Él
la suya tendiente para ayudarnos a levantar y para que sigamos adelante.
Cuando el hombre camina, Dios sale corriendo. Por muy grande que
sea la miseria del hombre la misericordia de Dios siempre será
mayor.
La túnica más rica le constituirá
en un huésped de honor, el anillo le devolverán la
dignidad perdida, las sandalias le declararán hombre libre.
Los pecadores del Nuevo Testamento (al igual que
nosotros), estaban buscando el amor, pero se equivocaron de lugar.
Entonces Jesús entró en su vida. Él les enseñó,
amándolos, en qué consiste realmente el amor.
7.- Muy querido (a) amigo
(a):
En realidad, la parábola
del Hijo Pródigo nos presenta los dos pecados que suelen
existir en los distintos hombre que formamos la familia de Dios:
la soberbia y la fragilidad. Por un lado el
frágil, el débil, la flaqueza, el que fácilmente
se deslumbra ante las vanalidades de la vida, el que no mira más
que las cosas y ya no es capaz de discernir, precisamente porque
al estar deslumbrado no puede mirar bien hasta que la pupila regrese
a su posición original, hasta que las aguas regresen a su
cauce, hasta que las cosas regresen a la normalidad.
Por otro lado está el soberbio, el orgulloso,
el jactancioso, el pedante, el fariseo, el hipócrita, el
que cree que lo merece todo. Se trata del hombre que se presenta
ante Dios como autosuficiente, que cree no necesitar a Dios ni a
su hermano. El hombre que confía en sus propias fuerzas.
Definitivamente el orgulloso se sentirá
en la familia de Dios como si fuera “el hijo mayor”,
el que debiera escuchar de Dios que está agradecido con él
por lo que hace; mientras que el frágil se experimenta siempre
como el “hijo menor” en la familia de Dios, el que no
merece nada, el que al experimentar sus flaquezas, debiera estar
en esa casa como si fuera uno de los servidores. Pero resulta que
Dios lo recibe como Hijo y Dios le va a prodigar toda clase de bienes,
feliz porque el hijo regresa a la casa, porque está vivo,
porque le ha encontrado.
8.-
La fidelidad no es solamente el permanecer, sino el aceptar cotidianamente
las novedades y la lógica paradógica y las desconcertantes
iniciativas del Padre. No es suficiente no abandonar la casa. Es
necesario, estar realmente allí, con un corazón dilatado
por la bondad, por el perdón, y no entumecido por la mezquindad
y por el mal humor.
Tanto el hijo menor como el mayor prefieren las
cosas a las personas. Ambos miran al Padre con interés, como
si fuera una institución financiera: para uno ha sido un
crédito, para el otro se convierte en débito, pero
ambos olvidan el amor mutuo que el Padre les recuerda.
Los hijos de la familia de Dios tenemos uno de
los dos pecados de la parábola. Algunos la fragilidad y otros
la soberbia. Pero, resulta increíble que nuestra vida coincide
con la verdad que el Evangelio proclama: es más fácil
que alguien se convierta un día del pecado de fragilidad
que del pecado de soberbia. Ambos hijos están llamados a
la conversión.
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