Domingo 12 de Septiembre de 2004 _________Pbro. Rogelio Narváez Martínez

EL PADRE BONDADOSO

“ En aquel tiempo se acercaban a Jesús todos los publicanos y los pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos.” Entonces les dijo esta parábola.

“¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se le perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo. Porque he hallado la oveja que se me había perdido.” Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

“O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra?Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido.” Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.”

También les dijo esta parábola: “un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre dame la parte de la hacienda que me corresponde.” Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgasto su hacienda viviendo como un libertino.

“Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las agarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.” Y, levantándose, partió hacia su padre.

“Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado. Matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.

“Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: “Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque lo ha recobrado sano.” Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”

“Pero él le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido encontrado.”

Lc. 15, 1-32

Momento 2

Momento 3

1.- Muy querido (a) amigo (a):

Permíteme un paréntesis antes de iniciar nuestra reflexión, quizá esto no es lo deseable pero puede ser aprovechable y sumamente útil.

La primera obra que leí de Fedor Mijailovich Dostoievsky, fue la de Pobres Gentes, y aunque es un escritor ruso del siglo XIX, al leerla me pareció una narración impregnada del sabor amargo y crudo del existencialismo. Era tan impactante leerla, como lo podía ser el leer La Peste de Albert Camus o La Nausea de Jean Paul Sartre. Mi juicio de adolescente sobre Dostoievsky fue el de ubicarle como una persona patética, al menos en sus escritos.

Y, sin embargo, hubo otro texto que me hizo cambiar rotundamente mi apreciación sobre su persona. En el desenlace de su vida, después de la prisión, del destierro, los trabajos forzados en la Siberia, sus crisis epilépticas y demás penalidades, se dispuso a afrontar cristianamente el final... Su hija describe así la muerte de su padre: “...Al darse cuenta de que su vida llegaba a su fin, tomó mis manos entre las suyas y pidió a mi madre que leyera el texto escrito que más le gusta a mi padre: el capítulo 15 de san Lucas. El, próximo a la muerte, escuchaba la historia con los ojos cerrados. Luego dijo: “Hijos, no olvidéis nunca lo que habéis escuchado. Confiad siempre en Dios y no dudéis nunca de su perdón. Yo os amo muchísimo, pero mi amor no es nada comparado con el infinito amor de Dios. Y si tenéis la desgracia de obrar el mal en vuestra vida, no desconfiéis de Él. Sois hijos suyos. Él se regocijará de vuestro arrepentimiento como se regocijó de la vuelta del hijo pródigo”. Tras estas palabras, murió mi padre. Era el 9 de febrero de 1881”.

2.- Se trata del texto escrito más bello..., según palabras de Dostoievsky.

Y ¿sabes? Aunque muchos referimos el texto evangélico del día de hoy, para hablar de los diferentes tipos de pecado, de los estragos que provoca el pecado, de la fragilidad, del egoísmo, del fariseísmo o de la conversión; en realidad el Señor Jesús nos presenta en la Parábola del Hijo Pródigo, un tema más importante: la temática sobre la BONDAD DE DIOS.
Al meditar sobre la parábola del Hijo pródigo, más que hablar sobre el hijo pródigo o sobre el hermano egoísta hay que hablar sobre el Padre misericordioso. Y es que, me tienes que perdonar, pero en la vuelta del Hijo Pródigo no hay mérito alguno: vuelve porque tiene hambre. El acento de la parábola recae sobre LA ALEGRIA POR EL PERDIDO QUE HA SIDO ENCONTRADO: recibe abrazos, besos, calzado, vestido, un anillo en su mano y se sacrifica un ternero...

En la parábola, sin duda, es importante el momento en que regresa el hijo, pero más importante es la apertura del Padre. Sobresaliente, es también el caminar del Hijo hacia la Casa del Padre, pero más importante es el movimiento del Padre hacia el Hijo: cuando el Hijo camina, el Padre corre.

3.- Y, sin embargo, se subraya el respeto de Dios por la libertad del hombre, aún a costa del dolor que provoca la pérdida de alguien a quien amamos. Ante Dios, siempre hará falta que el hijo manifieste un cambio, que el hombre dé el primer paso, para que entonces Él nos colme de sus afectos.

Y, sabemos, que es aquí en donde aparece la conflictividad ya conocida: aunque el Padre no prefiere a uno sobre el otro, sino a los dos, la universalidad se revela conflictiva por la actitud del hermano mayor.

Es triste hablar de alguien con quien te pueden unir lazos tan fuertes y tan sagrados, como los pueden ser los de la sangre, o lazos equiparables o superiores a ellos, y llegue el momento en que le señales como si fuera un extraño: “Ese hijo tuyo”. Es lamentable que ya no se hable de mi hermano, y mejor se diga: “Tu hijo”.

4.- Y, entonces el tema de la parábola toca otro derrotero que es importante en la vida del hombre, y sobre todo en nuestra comprensión cristiana: se inicia ese juego que ejecutamos en torno a las lejanías y las cercanías.

El Evangelio nos presenta a un hijo menor que se ha alejado de su casa. Pero, no basta la distancia física, existen otro tipo de distancias en la vida. Tenemos al hijo mayor que también está “lejano”, aunque jamás haya dejado la casa, ni las obligaciones diarias. Su fidelidad es puramente formal; es obediente pero en la formalidad, está privado de la alegría y del amor. Está tan “cercano” al Padre y tan “lejano” de Él: su corazón se manifiesta mezquino, rencoroso, incapaz de aceptar al hermano que se ha equivocado.

Los que nos apreciamos como “cercanos” tenemos el riesgo de convertirnos en los lejanos más irrecuperables: los que somos irreprensibles en nuestra conducta, que frecuentamos la casa del Padre, pero que nos estacionamos en ella; ya que rechazamos con desdén abandonar los rígidos esquemas de un código de comportamiento formal, y nos negamos a entrar en la lógica descabellada de la misericordia.

Ante Dios, el verdadero alejamiento es el de aquellos que permanecemos sin dar el paso decisivo: superar el umbral de la observancia exterior y penetrar en el centro de la casa: allí en donde late el corazón de un Padre, y en dónde se da la experiencia sublime de gustar el perdón.

5.- ¿Qué es lo que le escandaliza más al hermano mayor? ¿Las malas compañías del hermano? ¿O la nueva “mala” compañía del Padre?... ¿La debilidad del hermano? ¿O la debilidad del Padre?

En realidad, lo que sí es escandalizable es su egoísmo, su soberbia, el orgullo, el ser jactancioso, la mezquindad, la pedantería, el fariseísmo y la hipocresía,... el creerse a sí mismo, que lo merece todo y, por ello despreciar al hermano por su fragilidad y enjuiciar “la fragilidad” que brota del amor del Padre.

El hijo mayor, dice el padre Louis Evely, no ha cometido faltas graves, pero tiene el más grande pecado que puede haber en el corazón humano: “el vivir sin amor”. Se trata de un calculador, un burócrata de la virtud. Su perfección es diplomática, sin alma, sin creatividad. Y es aquí en donde sobreviene nuestra peor distancia para con Dios: no la distancia geográfica, ni tan siquiera la de esa fragilidad a la que somos propensos todos, sino aquella distancia que marca el egoísmo para con el Padre que ama y para con el hermano que necesita de nuestro amor. El peor pecado que puede el hombre cometer, no es otro que el pecado de la ausencia de amor.

6.- Hoy, el Señor Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios y su “incurable enfermedad” frente al pecador arrepentido. Y es quizá la oportunidad de comprender el mensaje central de este texto: la invitación a la conversión.

La conversión es necesaria, ya que nunca estamos donde Él está. Nos falta mucho. El Señor piensa, mira y ama de forma distinta a la nuestra. Necesitamos cambiar de corazón, cambiar de pensamientos y cambiar de sentimientos.

La incondicionalidad e ilimitación del amor que el Padre bondadoso nos ofrece, reclamará el seguimiento incondicional como única respuesta al amor incondicional. ¿Ahora entiendes otro aspecto más del por qué el Señor pide que le prefiramos a Él sobre nuestros padres, hermanos,...? El amor con amor se paga y el amor incondicional y aboluto sólo se puede pagar con amor incondicional y absoluto.


 

 

EL HERMANO MEZQUINO.

“En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces ésta parábola: “un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre dame la parte de la herencia que me corresponde.”

1.- Muy querido (a) amiga (a):

Extraña actitud entraña el corazón de tantos hombres, los cuales nos sentimos superiores a los demás, pero todavía es más extraña y nociva la actitud de aquellos hombres religiosos que nos juzgamos buenos, a costa del desprecio de los hermanos.

Los hombres, tal parece que no hemos comprendido la realidad sobre la salvación que nos trajo Jesucristo, la cual por ser divina, tiene alcances universales. Los seres humanos no hemos comprendido que Dios ama a todos los hombres y, que espera algún día tenernos reunidos como su familia, en torno a la mesa del banquete eterno.



2.- Sin embargo, estos hombres de todos los tiempos y de todas las religiones, entre los cuales estamos tú y yo, hemos estado luchando contra esa gran tentación que amenaza al hombre religioso: la reducción del particularismo. Los hombres nos hemos encargado pretensiosamente de decidir por Dios sobre los que son salvos, y con ello de segregar y proscribir al hermano.

Somos los hombres, los que hemos fraccionado esta tierra que Dios nos dio. Nos hemos dado a la tarea de crear esas líneas imaginarias que marcan las fronteras en la geografía de este mundo. Todo esto es comprensible, y hasta cierto punto aceptable. Nuestra verdadera complicación radica, en un hecho: no hemos alcanzado a comprender que en la geografía de Dios no existen los confines y que para Él no hay lugares limítrofes. En la geografía del divino Creador no se han diseñado distancias y, por tanto, para Él no existen los distantes.

Sin embargo, nosotros mismos nos hemos encargado de separar a la humanidad por colores, por raza, por cultura, por economías y por ideologías. Los hombres hemos fabricado los ghettos, las alambradas y los muros. Casi todos los hombres, despreciamos a los que son distintos, y le hemos querido llamar pureza a nuestro racismo y al desprecio por el hermano le hemos llamado patriotismo.



3.- Este domingo, a la luz del Evangelio y de nuestra vida cotidiana, tenemos que reconocer, con verdadera vergüenza, que la frontera más dolorosa y la más intransitable que existe suele ser la frontera religiosa; al mismo tiempo, hace apenas diez días hemos vuelto a constatar dolorosamente como las guerras más despiadadas y las injusticias más incomprensibles han sido, son y serán las que emprendemos los hombres en el “supuesto” nombre de Dios.

El que los hombres nos sintamos distintos no entraña pecado alguno, pero sí el sentirnos superiores a los demás, y más aún, trasladar nuestro afán de superioridad al plano moral y religioso despreciando, desacreditando, condenando, y muchas veces, atacando a los que no piensan como yo, o que no pertenecen a mi exclusivo círculo. A esto, se le llama fundamentalismo. ¡No te engañes! El fundamentalismo no es fé auténtica, puesto que, si la fe ilumina nuestro entendimiento, el fundamentalismo provoca el oscurecimiento de la razón.



4.- El hombre fundamentalista, llega a mirar a los enemigos propios como si fueran enemigos de Dios; es por ello que el Señor Jesús, en su sabiduría y amor, nos ha pedido amar a los enemigos y rezar por ellos. El Señor Jesucristo, bien sabe que en el momento en que rezo por alguien, ése alguien, por quien elevo una plegaria, ha dejado de ser mi enemigo.

Los cristianos tenemos que ser coherentes con la fe que profesamos. Nosotros debemos luchar contra la hipocresía de nuestros fariseísmos.

Se trata de la falsedad, porque en nuestra visión de la vida nosotros siempre somos los héroes y los otros son los villanos, nosotros somos los buenos y los otros son los malos.

Muchos predicadores parecemos esos niños que juegan a policías y ladrones, en donde nosotros seremos siempre los guardianes del orden y los demás son los que delinquen. En el guión de la trama que nosotros mismos hemos redactado, nosotros seremos siempre los santos y los otros serán los pecadores. Nosotros somos Abel y los otros son los Caínes.



5.- Pero, ¿Quién es realmente bueno y quién es auténticamente malo en la vida?

Un padre tiene dos hijos y el menor le pide la parte de su herencia, y va y malgasta sus bienes de forma disoluta. El otro permanece en casa, al parecer fielmente. Termina la parábola y ¿Quién fue el bueno y quién fue el malo?

El Evangelio nos muestra el rostro de un Dios que no se deja engañar y que no se suele precipitar en los juicios, ni mucho menos en sus decisiones.

El Padre del Evangelio tiene sólo una preocupación: que la bondad y maldad de un hijo se juzgue no sólo con criterios humanos.

El Evangelio de hoy nos dice que el Padre sabe esperar mirando siempre a la puerta, y que no tiene prisa, puesto que Él conoce bien los procesos y, sabe bien que la diferencia inequívoca se tendrá solamente al final. La prisa de Dios sólo se manifestará cuando nos muestra su debilidad: el amor con el que sale corriendo al encuentro del Hijo que se alejó de la Casa paterna. La operación de Dios se llama paciencia. Esta es la principal estrategia del divino redentor: paciencia.



6.- ¿Quién es bueno y quién es malo en los campos de Dios? Al inicio de la historia o en el transcurso de la misma, el hombre puede equivocarse. Dios prefiere esperar a que termine nuestra película de la vida, a que se desarrolle también la escena final y, aparezcan ya los créditos en la pantalla de la existencia, para que entonces no haya margen de error.

7.- Esta parábola de la Misericordia, tiene tanto eco a lo largo y ancho del Evangelio.

¿Te acuerdas? Un Padre tenía dos hijos y le manda a uno trabajar y dice que sí va pero no fue, el otro le dice que no al principio, pero sí lo hace. ¿Quién resultó ser el bueno y quién el malo al final?

¡Haz un poco de memoria!: En la parábola llamada del Buen Samaritano, en donde al ver a un hombre herido, ni el sacerdote ni el levita se detienen a ayudarle, y el único que se detiene a hacer una obra de misericordia es un “mal llamado” apestoso Samaritano. Sí, fue un Samaritano, a quién los judíos del tiempo de Jesús, le llamaban “perro”, por ser considerado un mestizo, el cual se comportó como prójimo del hombre mal herido en el camino. ¿Quién es bueno y quién es malo al final de la historia?

¡Oye! Por favor: ¿Puedes hacer otro esfuerzo? En el templo, frente al altar de Dios hay un virtuoso y presuntuoso fariseo y, a la distancia, un publicano que ante Dios ni siquiera levanta la cabeza y solamente alcanza a reconocerse como un "pecador", y a pedirle incesantemente perdón. Dice el Señor que el publicano bajó justificado y el fariseo no. ¿Quién es realmente bueno y quién es malo?



8.- La historia parece no terminar, sí es que no perdemos la memoria: Una mujer es sorprendida en flagrante adulterio y sus acusadores tienen ya las piedras en sus manos para lapidarla. Jesús escruta, interroga, va directo a lo esencial y luego le deja al hombre decidir y actuar: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. ¿Quién resultó ser el malo en la historia?

Y la verdad que Dios nos enseña, continúa interminablemente. Las historias son insistentes y, con ello, se vuelven contundentes:

Concluyamos, de una buena vez, sin que con ello silenciemos la elocuencia de Dios: Jesús va a comer a la casa de Simón el fariseo y, una mujer de mala vida se cuela en la reunión y se sienta a sus pies, está llorando y con su llanto lava los pies del Maestro. El virtuoso fariseo ciertamente no se imaginaba tan inesperada e incómoda visita en su casa y emite su juicio de la descalificación ajena y de la autocalificación hipócrita. ¿Te acuerdas del Evangelio? ¿Quién fue el bueno y quién terminó siendo el malo?



9.- ¿Quién es el Hijo bueno y quién es el Hijo malo? ¡Dios no tiene prisa! Él sabe, que solamente al final de la historia las buenas obras, se ubicarán muy por encima de nuestras solas apariencias y ciegas confesiones de fe. El Señor sabe que no basta con una buena reputación ni tan sólo con palabrerías. Cristo sabe que no basta con que el hombre le llame “Señor, Señor” para que entre al Reino de los cielos, sino que hace falta ponerse a trabajar y no despreciar al hermano.

 

10.- Aquellos que citan tantas ocasiones, al tocar las puertas de las casas, el texto de Romanos 10, 9-10 diciéndote que “basta que tú confieses con tu boca y que creas con tu corazón que Jesús es el Señor y tú serás salvo”, tienen que hacer un gran esfuerzo de memoria para recordar lo que dice, no el Apóstol Santiago en el capítulo 2, versículo 14 al 19 de su Carta sino, el mismo Jesucristo en el Evangelio de san Mateo capítulo 7, versículos 21 al 28: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos”.

Pero, dejemos a un lado lo polémico y dirijámonos hacia la afirmación de Dios. El Evangelio del día de hoy, nos invita a reconocer que todos ante Dios podemos tener un cambio. Que ante Dios, sea cual fuere nuestra forma de vida, seguimos siendo personas y que todos merecemos respeto y una nueva oportunidad. Dios tiene siempre un nuevo boceto para la historia del hombre.

11.- Cuando aquellos que te rodean piensen que tu vida se te ha ido de las manos, Dios tendrá preparado siempre un nuevo proyecto.

Cuando juzgamos, o somos engreídos o somos injustos. Dios tiene criterios dispares a los de los hombres. Solamente Dios conoce el desenlace de la trama de la vida. Hoy, aparece un Dios paciente, un Dios que ve el corazón, un Dios que sabe dar nuevas oportunidades al hombre.

Debemos acercarnos a Dios con humildad, apertura, sencillez y confianza... Jesús se aleja cuando no los hay. El hombre humilde es el hombre de la verdad, el hombre recto, el hombre coherente. El hombre soberbio es el que inventa, el que exagera, el que se olvida de Dios y del hermano y solamente piensa en sí mismo, y en sus exclusivismos salvíficos, ¡despojándole a Dios de su papel!


 

EL HERMANO FRAGIL.

Jesús les dijo entonces ésta parábola: “un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: “Padre dame la parte de la herencia que me corresponde.” Y él les repartió los bienes. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su herencia viviendo de una manera disoluta.

1.- Todos somos hijos de Dios y, siendo hijos, somos también herederos. La herencia es una promesa de bienes incalculables y de felicidad sin límites, pero podemos marcharnos lejos de la casa paterna y malbaratar los bienes viviendo de modo indigno a nuestra condición de hijos amados de Dios.

Esta es la vida del cristiano, mientras peregrina sobre la tierra, puede disponer de su vida; puede luchar por ser santo o puede convertirse en pecador alejándose de la casa de Dios. Y esta es nuestra historia,... el hombre al examinar su corazón, comprueba esa tendencia hacia el mal y experimenta la división de su interior.



2.- Afirmará John Steinbeck: "Todos los pecados de los hombres son intentos de querer llegar al amor por una vereda".

Todo acto de egoísmo nos encierra, y todo mirar hacia arriba nos eleva y nos comunica con los deseos profundos de nuestro ser. El pecado es dejarse arrastrar por cualquier cosa que acabe en mí y sea sólo para mí.

Pecado no suele ser en su primera expresión maldad, en ocasiones es desatención, descuido,.. la maldad vendrá después como una consecuencia de no poder resistir a las exigencias continuas de una manera de vivir en la que sólo importo yo y lo que me gusta. Luego, ya no me preocupa lo que pueda ocurrir a los demás y no me importa hacer el mal a los demás, por conseguir mis caprichos.

El pecado es un error que pagamos, pero también pagamos una vida que no tiene fuerzas para ofrecerse y sacrificarse en aras de la construcción común de esta creación. El pecado del hombre comienza en la ignorancia, en la comodismo de no querer saber ni aceptar todo tipo de exigencia en nuestra vida.

Y el pecado suele convertirse en la tragedia del cristiano. En pocos momentos llega a negar a Dios y se niega a sí mismo. Y contempla como en un momento su vida se va sumergiendo por una alcantarilla, su vida honrada, su vocación,... las esperanzas que Dios, sus seres queridos y él mismo habían puesto en su propia persona.

Repentinamente su pasado, su futuro y su presente se viene estrepitosamente hacia abajo.

Y aquel que un día, al salir de la casa de su Padre, se las prometió muy felices fuera de los límites de la finca, pronto comienza a sentir necesidad. Y es que fuera de Dios el hombre es un ser solitario y hambriento. La satisfacción le dura poco y se acaba pronto, y el pecado jamás produce felicidad.

Viene luego la soledad y le pérdida de la dignidad. Fuera de Dios es imposible la felicidad verdadera y duradera.



3.- Y es entonces que las pasiones se manifiestan y no dejan al hombre pensar ni decidir adecuadamente. Los instintos establecen su reino y no dejan a la voluntad actuar. Y así podríamos hablar el día de hoy de la tiranía del placer que se manifiesta con muy variadas máscaras: la droga, el alcohol, la erotismo, la sexualidad...

El hombre entonces quiere ser autónomo y no le permite a Dios ingresar a ciertos campos de su existencia, quiere vivir sus propias leyes. Se le olvida al hombre que: "Dios siempre perdona, el hombre a veces perdona, pero la naturaleza nunca perdona". En serio: ¡No hay nada como llevar una vida ordenada!

El placer llega a esclavizar y le empuja al hombre a pensar que solamente lo que le atrae es real,... y sale del marco de la realidad. Para aquel que vive envuelto en los placeres, ni la familia es real, ni siquiera Dios es real.

¡Fíjate! como algunos populares cantantes han pasado de la fama al anonimato en los años recientes, envueltos y vinculados en las drogas y los alcoholes.

Pierre Lefevre en su libro: "La Vida enseña", comenta el caso del célebre cantante Luciano Duval, y su vida sumergida en el infierno del alcoholismo:

"El alcohol era más que una necesidad física, era también una necesidad psíquica. Durante dos meses, después de mi primera curación de desintoxicación, no había tomado una sola gota de alcohol. Más tarde, fuí invitado a la boda de uno de mis sobrinos. Todos festejaban en grande. Mi sobrino me pidió que brindara junto con ellos con una copa de champaña.

Dentro de mi cerebro se desarrolló una contienda: una copa, una sola copa no es nada. "No puedo aislarme de los otros", dije dentro de mí. Y después de una breve ansiedad respondí que brindaría gustoso con ellos.

Al día siguiente, bebí dos vasos de vino tinto en la comida y cuatro en la cena. E, inexorablemente, todo comenzó desde el principio: desesperación, verguenza... me encontraba enclaustrado en un gigantesco mecanismo. Me sentía adisgusto conmigo mismo, ya no tenía ni la excusa de la ignorancia: sabía que, si comenzaba de nuevo, no sería capaz de detenerme. Había perdido la libertad ante el alcohol. Finalmente, no había nada más que la muerte”.

Duval había perdido toda esperanza en los hombres, pero seguía creyendo en Cristo. Y su esperanza no fue defraudada, logró nuevamente liberarse de la esclavitud del alcoholismo.



4.- ¿Cuántos de nosotros necesitamos de una reacción de esta índole para salir de esa monotonía en la que estamos viviendo?

El médico ante una persona inconciente le aplica estímulos y espera que esto provoque una reacción en la persona. Espera una reacción. Decir que alguien no reacciona significa la muerte.

A veces algunos necesitamos una bofetada simplemente y otros un poco de agua fría que detone el torrente sanguíneo, otros un poco de luz para que se dilate la pupila, pero otros,... necesitamos electrochoques, una descarga eléctrica a la altura del corazón para poder reaccionar. Y otros lamentablemente, ni siquiera esto nos ayuda a regresar.



5.- Y menciona el Evangelio: Pero aquel hombre, volviéndose... Así se anuncia toda conversión, todo arrepentimiento: volviendo en sí, haciendo un examen de conciencia que abarca desde que salió de la casa paterna hasta la lamentable situación en la que ahora se encuentra.

Si el pecado se justifica o se ignora, el arrepentimiento es imposible y con ello la conversión. Para hacer examen de su propia vida es necesario ponerse frente a las propias acciones con valentía y sinceridad, sin intentar falsas justificaciones, llamando a cada cosa por su nombre.

Sólo entonces viene la esperanza se recuperar lo que se había perdido, de vivir y ser como antes, y de salir de la situación en la que ahora nos encontramos.

Y después de la reflexión tiene que venir la acción. Ahora ya sólo falta emprender el viaje de regreso. La conversión pide ruptura con el pasado y retorno a Dios.

Y el Padre sale al encuentro del hijo. Se siente conmovido y,... le extraña. Corre a su encuentro y le prodiga todas las muestras de amor paterno.


6.- Esta actitud misericordiosa de Dios debe ser siempre para el hombre el más poderoso motivo para el arrepentimiento, aunque hayamos caído muy bajo. Antes de que nosotros alcemos la mano pidiendo ayuda, ya ha tenido Él la suya tendiente para ayudarnos a levantar y para que sigamos adelante. Cuando el hombre camina, Dios sale corriendo. Por muy grande que sea la miseria del hombre la misericordia de Dios siempre será mayor.

La túnica más rica le constituirá en un huésped de honor, el anillo le devolverán la dignidad perdida, las sandalias le declararán hombre libre.

Los pecadores del Nuevo Testamento (al igual que nosotros), estaban buscando el amor, pero se equivocaron de lugar. Entonces Jesús entró en su vida. Él les enseñó, amándolos, en qué consiste realmente el amor.



7.- Muy querido (a) amigo (a):

En realidad, la parábola del Hijo Pródigo nos presenta los dos pecados que suelen existir en los distintos hombre que formamos la familia de Dios: la soberbia y la fragilidad. Por un lado el frágil, el débil, la flaqueza, el que fácilmente se deslumbra ante las vanalidades de la vida, el que no mira más que las cosas y ya no es capaz de discernir, precisamente porque al estar deslumbrado no puede mirar bien hasta que la pupila regrese a su posición original, hasta que las aguas regresen a su cauce, hasta que las cosas regresen a la normalidad.

Por otro lado está el soberbio, el orgulloso, el jactancioso, el pedante, el fariseo, el hipócrita, el que cree que lo merece todo. Se trata del hombre que se presenta ante Dios como autosuficiente, que cree no necesitar a Dios ni a su hermano. El hombre que confía en sus propias fuerzas.

Definitivamente el orgulloso se sentirá en la familia de Dios como si fuera “el hijo mayor”, el que debiera escuchar de Dios que está agradecido con él por lo que hace; mientras que el frágil se experimenta siempre como el “hijo menor” en la familia de Dios, el que no merece nada, el que al experimentar sus flaquezas, debiera estar en esa casa como si fuera uno de los servidores. Pero resulta que Dios lo recibe como Hijo y Dios le va a prodigar toda clase de bienes, feliz porque el hijo regresa a la casa, porque está vivo, porque le ha encontrado.

8.- La fidelidad no es solamente el permanecer, sino el aceptar cotidianamente las novedades y la lógica paradógica y las desconcertantes iniciativas del Padre. No es suficiente no abandonar la casa. Es necesario, estar realmente allí, con un corazón dilatado por la bondad, por el perdón, y no entumecido por la mezquindad y por el mal humor.

Tanto el hijo menor como el mayor prefieren las cosas a las personas. Ambos miran al Padre con interés, como si fuera una institución financiera: para uno ha sido un crédito, para el otro se convierte en débito, pero ambos olvidan el amor mutuo que el Padre les recuerda.

Los hijos de la familia de Dios tenemos uno de los dos pecados de la parábola. Algunos la fragilidad y otros la soberbia. Pero, resulta increíble que nuestra vida coincide con la verdad que el Evangelio proclama: es más fácil que alguien se convierta un día del pecado de fragilidad que del pecado de soberbia. Ambos hijos están llamados a la conversión.

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