Domingo 10 de Abril de 2005_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

INTERPRETAR LOS HECHOS

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".

Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!" .

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Momento 2

Momento 3

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1.- Muy queridos amigos:

Aparece, hoy en la escena del Evangelio, la presentación de la Historia de Dios explicada por el mismo resucitado. Ha acontecido que su realización ha sido bastante distinta y muy distante a la historia tal y como pensaban los discípulos que iba a suceder.

De esta manera, la primera invitación que nos dirige el Señor en este día es para que pensemos, en la muy frecuente no adecuación, del proyecto de Dios con nuestros proyectos.

Y es que son demasiadas las ocasiones en que nuestro egoísmo nos hace pensar al revés, ya que nos apegamos a nuestras ideas y a nuestro entendimiento, el cual las más de las veces se encuentra embotado. Nuestro esfuerzo por comprender las cosas a nuestra manera subsiste, generalmente, queriendo que el plan de Dios coincida con el nuestro.

Se trata de un pecado de este y de todos los tiempos: la pretensión del hombre de querer que el Evangelio se adecúe a nuestra vida, y no que nuestra vida se adecúe al Evangelio.

2.- En estas circunstancias de nuestras pretensiones, siempre nos hará falta que Dios camine a nuestro lado y que Él mismo venga a explicarnos detenidamente su plan de salvación en nuestra propia vida. Solamente así, nosotros podremos comprender sus insondables misterios, los cuales se siguen manifestando en nuestra existencia, aún a costa de no coincidir con nuestros bocetos, y de provocar molestias en muchos de nosotros.

3.- La tentación de los discípulos de Emaús, de los apóstoles, de santo Tomás el así llamado incrédulo, de las mujeres, y la de todos nosotros, así como sucedió con Judas Iscariote, consiste en esa osadía de exigirle a Dios que su pensamiento coincida con nuestros pensamientos, querer que la realidad y voluntad divinas se adecúen a nuestra estructura mental, y con ello a la sinrazón de muchos de nuestros pensamientos.

Ojalá que nosotros le demos la oportunidad a Dios, para que nos haga comprender esa su sabiduría que supera nuestra razón humana, y sobretodo, que nosotros no nos precipitemos, como lo hizo Judas Iscariote, a querer obtener lo que pretendemos aún a costa de entregar a nuestro Maestro.

¡Nosotros esperábamos que las cosas sucedieran de esta manera!...

4.- Cuando era niño recuerdo que la catequista, que nos preparaba para recibir la Sagrada Comunión, nos enseñaba con una pedagogía bastante elaborada. Entre sus muchos recursos recuerdo que solía sentarse con nosotros en la banqueta y contarnos algunas narraciones con las que nos abría el entendimiento para que así captáramos las profundidades de las enseñanzas de Dios.

Su método fue siempre eficaz. En lo personal, recuerdo con muy especial afecto algunas de aquellas narraciones.

5.- En una ocasión nos contó que... “En lo alto de una montaña nacieron tres pinos, los cuales en tanto que iban creciendo platicaban amenamente, de forma especial durante las apacibles noches iluminadas por el reflejo de la luna.

Una de esas noches, cuando todavía estaba tierna su consistencia y su existencia, el tema de su charla versó sobre las expectativas que tenían hacia el futuro. ¿Qué iban a ser de grandes? Cada uno de ellos expresaba sonriente y animadamente sus ilusiones.

Decía el primero de ellos: cuando llegue a la edad mayor, yo quiero que mi madera sea útil para construir el aposento de un Rey. ¡Sí! Mi más grande anhelo es residir en un palacio rodeado de oro, con aromas y fragancias exóticas, y que mis finas maderas se conviertan a través del trabajo de un artista, en el majestuoso lecho en el que descanse algún Rey poderoso de las naciones.

Mientras tanto, el segundo de los pinos, a la luz de las estrellas que lucían en todo lo alto manifestaba sus deseos hacia el futuro aparentemente lejano: Pues yo me quiero convertir en un navío que surque las aguas de las mares-océanos más importantes del mundo. Quiero convertirme en una gran embarcación que acalle en los grandes puertos del mundo, que pueda conocer todas las geografías y todas las gentes posibles, y que mi tripulación esté compuesta por las gentes más afamadas de la tierra: grandes conquistadores, aventureros o colonizadores.

Finalmente, el tercero de los pinos, pensaba que estaba guardando posiblemente la mejor de las sorpresas en cuanto a anhelos se refiere, de tal manera que cuando le tocó su turno: exclamó con solemnidad: pues yo siempre he soñado en que mis maderas sean utilizadas para construir un púlpito desde el cual los más grandes oradores del mundo expresen los mejores y más memorables discursos, quiero ser una tribuna para que los hombres más persuasivos del mundo expresen algunos mensajes bastante bien estudiados como para que queden para la posteridad, pienso en esos magníficos filósofos, que dicen que existen en la Grecia o en la Roma Imperial. ¡Qué gran honor, para mí convertirme en el podium de hombres elocuentes!

Y así,... soñaban aquellos tres pinos que dirigían hacia el cielo las puntas de sus ramas, así como sus ilusiones y plegarias. El primero quería ser un aposento real, el segundo quería ser un gran navío y el tercero, nada más y nada menos, que quería ser un púlpito para la sabiduría de los hombres.

Y al pasar el tiempo, fueron creciendo, y con su crecimiento llegó el tiempo oportuno en que el leñador cumpliera con sus labores. Una tarde del Otoño, se confundió con la melodía del bosque el golpeteo del acero. Cada aseste del hacha se perdía en el horizonte entre los cantos de las aves, los silbidos del viento y el movimiento de las hojas. Y los tres pinos fueron a dar al aserradero, confundiéndose entre tantos y tantos maderos que habían sido talados con antelación y que estaban esperando un comprador.

Y, poco a poco, fueron llegando diferentes hombres provenientes de diversas provincias a aquel aserradero a comprar la madera que necesitaban.

El primero de los pinos fue comprado, junto con otros muchos más, por un hombre de Belén que, sin duda era el que tenía más prisa, puesto que necesitaba la madera suficiente, con la cual poder elaborar algunos de los muebles de su casa, y para hacer un poco más grande el establo, ya que aquel censo al que habían sido convocados todos los israelitas, le iba a llenar las habitaciones de su posada y, además necesitaría de más pasto para alimentar a las vacas que le proveían de leche, a los burros que rentaría para los traslados, y al buey que utilizaría en la próxima temporada en que se barbechara la tierra. Y así sucedió con el primero de los pinos que terminó, casi en su totalidad, colocado como un contenedor de la paja de aquel establo en las afueras de Belén.

El segundo de los pinos fue comprado por un hombre de Cafarnaum, un hombre llamado Juan, el cual tenía como oficio el ser pescador. Sus ahorros de tantos años, al fin le habían dado la posibilidad de fabricar una barca que les heredaría a sus hijos, los cuales aunque eran pequeños, sin lugar a dudas seguirían con el oficio que aquel Padre tenía. ¡Claro que sí! Simón y Andrés serían pescadores al igual que su padre, ¡No faltaba más!, puesto que el Lago de Cafarnaum era lo suficientemente generoso como para que pudieran vivir cuando él ya no estuviera a su lado. Y de esta manera el segundo pino terminó convertido en una modesta barca que durante muchos años iba a surcar aquel lago de Galilea hacia Genesaret, de Genesaret hacia Cafarnaum y de Cafarnaum otra vez hacia Galilea.

Por último, el tercero de los pinos fue comprado por algunos soldados romanos, puesto que el emperador César Augusto había decretado que las diferentes provincias se proveyeran de las cruces suficientes como para que se mantuviera un mejor orden en el imperio, ya que los zelotas y los sicarios, estaban provocando demasiadas revueltas en los caminos y en las montañas. Y así, aquel tercer pino se convirtió en un patíbulo más que iba a ser almacenado esperando que algún sedicioso fuera condenado a muerte, y allí permaneció durante muchos años esperando a sus ajusticiados.

6.- Queridos amigos:

Recuerdo que todos los niños escuchábamos atentamente sentados en la banqueta y con la cara entre las manos. Todos teníamos los ojos inmensamente abierto esperando el desenlace. Y aquella catequista tranquilamente después de darle un sorbo a un vaso de agua, concluyó:

“Queridos niños: ustedes pensarán que aquellos pinitos cuando crecieron no cumplieron con sus ideales y anhelos, y que Dios no les escucho en sus deseos, pero están equivocados”.

“Y esto es lo más importante de todo: Dios siempre escucha nuestra oración y lo que Él nos da supera en mucho lo que nosotros le estamos pidiendo.

“Resulta que, el primer pino no llegó a ser el aposento de un rey con corona de oro y diamantes, pero ese pino que terminó convertido en la madera que contenía la paja de un establo, fue muy útil para aquella noche de la navidad en que San José y la Virgen María no encontraron posada para que naciera el Hijo de Dios, y de esa manera aquel pino que esperaba ser el lecho de un rey, se convirtió en una cuna para recostar al Niño Dios, el Rey del Cielo y del Universo que quiso nacer en ese establo.

“Ustedes piensan que el segundo pino tampoco obtuvo lo que le pedía a Dios en sus oraciones, pero ustedes se equivocan. ¿Se acuerdan que le pedía ser una gran embarcación y conocer los mares oceanos y terminó siendo la barca para unos pescadores de un lago? Pues, en la realidad aquella barca fue la embarcación más importante que ha existido en la historia, puesto que fue en esa barca en donde el Señor nos concedió las pescas milagrosas, en esa barca llamó a Simón, a quien llamó Pedro y a Andrés su hermano; y desde allí predicó muchas veces a la gente cuando ellos estaban en la costa, y esa barca es imagen de nuestra Iglesia.

“Y ¿Qué piensan sobre el tercero de los pinos? ¿El que quería ser un púlpito para los filósofos? Pareciera que le fue mal al pobre, puesto que lejos de ser un púlpito terminó siendo una cruz para castigar a los malhechores, pero en la realidad, ese tercer pino se convirtió en el púlpito más hermoso que ha existido, no fue un púlpito para grandes discursos de sabios del mundo, pero esa cruz se convirtió en el púlpito más importante de la historia, puesto que desde allí se nos ha dado el más bello de los mensajes en la entrega generosa del Hijo de Dios, y desde esa cruz se pronunciaron las siete palabras más hermosas en los mismísimos labios de Cristo”.

7.- Gentil amigo:

Todavía resuena el eco en mis tímpanos:

“ Queridos niños, nunca se les olvide: cuando piensen que las cosas no han salido como ustedes las pidieron, quiero que recuerden que Dios tendrá siempre un proyecto mejor del que ustedes han pensado. Recuerden: Dios no se equivoca”.

“Nosotros esperábamos que Dios actuara así”... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

Necesitamos pedirle a Dios que nos explique cada una de las escenas difíciles de nuestra vida para que así las comprendamos con la luz cristiana.

 

 

DIOS PONE, SOBRE ESPINAS, ROSAS DE CONFORMIDAD.

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron.

1.- “Nosotros esperábamos que”... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

La historia de los tres pinitos que compartíamos en el segmento anterior, me hizo recordar mi propio camino vocacional que en algún momento anterior, ya te había compartido en parte.

Mi historia vocacional está fuertemente vinculada con la presencia del bienaventurado Papa Juan Pablo II en nuestra Patria.

Tu recordarás que la primera visita de Su Santidad fue aquel día 31 del mes de Enero de 1979.

Un servidor junto con millones de católicos vivimos una alegría de Dios muy especial.

Yo estaba en el segundo año de la secundaria, y fue en aquel júbilo que rebosaba en el corazón al contemplar a aquel hombre fiel a Jesucristo, en donde surgió la inquietud del sacerdocio.

Recuerdo que tuve que esparar a concluir los estudios secundarios, y de esa manera al terminar los estudios en la Secundaria Federal # 33 “Profesor Emeterio Lozano”, pude ingresar al Seminario, esto después de realizar aquel proceso vocacional.

2.- Todavía recuerdo en la memoria aquella tarde de mi ingreso al seminario, recuerdo a mis padres y a mis hermanos y hermanas que me fueron a dejar aquel domingo 17 de agosto de 1980.

Cuando ingresé al Seminario, mi familia vivía en el Segundo Sector del Infonavit Constituyentes de Queretaro II, mi padre trabajaba en la Fundidora y éramos 7 hermanos. Él siempre trabajó con honestidad y nos ofreció todo lo que estaba a su alcance. Él cooperaba con lo que se podía para ayudar al Seminario, y puedo decir que en los momentos en que no se pudo aportar alguna mensualidad, el Seminario jamás hizo distinciones entre aquellos que daban colegiatura y los que no lo podíamos hacer. Esta es sólo una de las razones por las que quiero mucho a nuestro seminario.

Fueron 11 años de mi formación, los últimos cinco en la Universidad Pontificia de México, aunque ya al décimo año había terminado mis estudios que marca el Derecho Canónico para poder recibir el Ministerio Sagrado.

3.- Recuerdo bastante bien que en aquel año 1990, Dios nos tenía reservada una grata sorpresa: regresaba Juan Pablo II a México, y surgió entonces una estupenda noticia: “Todos los jóvenes que ese año nos ordenáramos sacerdotes ibamos a recibir el Orden Sagrado de manos del Papa”, la fecha ya estaba fijada: el miércoles 09 de Mayo de 1990 en la Ciudad de Durango.

Aquella noticia me llenó de alegría: Si bien lo había deseado, jamás lo hubiera podido imaginar como algo posible, el que Dios me concediera un regalo tan especial. Y en el mes de Enero de 1990 iniciamos con los preparativos y las invitaciones. Pensaba en mis adentros: ¡Durango, ahí te voy! La arquidiócesis de Monterrey había registrado los nombres de 8 de sus alumnos para ser Ordenados por Su Santidad, entre los cuales estaba un servidor.

Sin embargo, iniciando el mes de Febrero, surgió una nueva información: “Éramos demasiados los que estábamos apuntados, y no era posible que todos nos ordenáramos en Durango con el Papa”. Fue así que la Comisión organizadora tomó la decisión de reducir a la mitad todas las listas de los candidatos que cada Diócesis había registrado. Monterrey que había separado ocho lugares iba a contar con cuatro espacios.

En aquel entonces, un servidor y otro compañero estábamos estudiando en la Universidad Pontificia de México. De tal manera que de los 6 que estaban en Monterrey iban a quedar 3, y de los dos que habíamos ido a estudiar una especialización a México iba a quedar 1.

La noticia me cayó como un balde de agua fría. Sin embargo, en mi mente y mi corazón se guardaba la confianza de que fuera yo el afortunado. Recuerdo aquella tarde en que puestos de acuerdo fuímos a la oficina del Padre Carlos Junco, y tal y como lo hicieron los apóstoles al elegir a Matías, hicimos una oración pidiéndole a Dios que se hiciera su voluntad y que nos diera conformidad en el resultado. Fue entonces que el padre Junco lanzó la moneda al aire. Yo había elegido águila y mi compañero había escogido cara. Fueron instantes que parecieron eternos ese tiempo en que veíamos dar giros a aquella moneda en el aire, y después de caer en el suelo dio varios tumbos hasta que después de girar como si fuera sobre un eje, cayo una superficie hacia el suelo y otra hacia arriba.

4.- El resultado... ¿quieres saberlo?, te lo cuento en el otro segmento... No ¡No te creas! Cayo cara y el aguila estaba contra el suelo ¡El elegido era mi compañero!

Humanamente me sentía muy triste, aquella noche experimentaba en mi corazón una serie de sentimientos realmente extraños. Hasta cierto punto yo pensaba que era injusto, y también pensaba en como decirle a mis padres, a mis hermanos y hermanas, a mis parientes y amigos, que siempre no iba a ser ordenado por el Papa.

Al fin llame por teléfono a mis padres que no iba a ser ordenado por el Santo Padre y recuerdo que mi madre me dijo: ¡Dios sabe lo que es mejor para nosotros y Él no se equivoca! Mi madre me estaba dando una bella lección de cristianismo a su hijo ya próximo a ordenarse.

A los pocos días, el P. Miguel Angel Alba Díaz, entonces Rector de nuestro Seminario y ahora Obispo de la Paz, Baja California, me llamó desde la ciudad de Monterrey a la Ciudad de México, y me dijo que el Señor Arzobispo quería que los que no nos ibamos a ordenar con el Papa, nos ordenáramos antes de su venida, para que así pudiéramos concelebrar con él cuando estuviera el día jueves 10 de mayo en la ciudad de Monterrey. La fecha que fue elegida por el arzobispo era el Domingo de la Pascua de Resurrección de ese año 1990 que caería en el 15 de Abril.

Le agradecí educadamente la noticia, -pero en realidad sentía aquello como cuando le dan a uno un reintegro en lugar del premio mayor-.

Los preparativos se aceleraron todavía más y por fin llegó la fecha indicada. No puedo olvidar aquel 15 de Abril de 1990, Domingo de Resurrección, entramos a la santa Iglesia Catedral a las 10:00 A.M. y salimos hacia las 12:30 del mediodía. Cuando salí revestido con mi ornamento sacerdotal, el sol brillaba intensamente en el meridiano.

Recuerdo que mi madre me dio entonces un abrazo prolongado y lloraba, a su lado estaba mi padre con rostro alegre y lágrimas de felicidad.

Y en ese momento mi madre me dijo algo que no puedo, ni quiero olvidar jamás: “Rogelio, jamás pense que Dios me iba a dar este regalo”.

Yo le dije, que sin duda el sacerdocio que Dios me confiaba era un gran regalo para mí, para mi familia, para mi parroquia...

Pero ella me interrumpió diciendo: “No, Rogelio, me refiero a otra cosa: “Jamás pensé que Dios me iba a permitir que tú te ordenaras sacerdote el mismísimo día en que tu padre y yo nos casamos. Hoy tú papá y yo cumplimos 35 años de casados”.

5.- Fue entonces cuando comprendí la sabiduría de Dios, en esos designios que los hombres no somos capaces de comprender sino hasta que Él nos abre el entendimiento.

Nosotros esperábamos que Dios actuara así... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

 


LA ENCINA Y EL CIPRÉS SON DE DIOS.

Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras!".


1.- “Nosotros esperábamos que Dios actuara así”... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

En las relaciones personales también sucede esto con mayor frecuencia de lo que solemos pensar.

Nosotros esperábamos que el esposo, que la esposa, que los hijos, que el amigo, que la novia actuara de esta manera y nos aguantaran todo, pero las cosas han resultado muy distintas...

2.- Te quería comentar que cuando estudiaba la Filosofía en el Seminario de Monterrey hubo una frase de Friedrich Nietzsche que cuando la leí por primera vez no la comprendí: “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falta, sino la amistad.”

Ahora, a mis 15 años de ordenado sacerdote y a mis 39 años de edad, con el paso del tiempo y con un ministerio a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, he podido percibir la verdad sobre tantas situaciones humanas ensombrecidas por el pecado original y me he dado cuenta de la razón que tenía aquel hombre, que al final de su vida llegó a salir del recto juicio: : “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falta, sino la amistad.”

3.- Para entender lo anterior tenemos que recordar algunas cualidades acerca de la amistad.

La amistad es una relación profundamente humana que brota de la posibilidad de encontrarse entre seres personales, con inteligencia, con sentimientos, con emociones y con libertad. En esencia, podemos decir que la amistad no puede ser solamente un afecto, sino una relación social que, sin lugar a dudas, supone un afecto. Lo más importante es la relación, ya que el amor en muchas ocasiones no exige la reciprocidad, es decir, la correspondencia, y la amistad sí exige la correspondencia. Te lo explico con un ejemplo: un sentimiento tan noble como lo es el amor paterno no exige la reciprocidad, tal como acontece en el caso de muchos padres que aman aún sin ser correspondidos, en cambio, estrictamente no puede haber amistad sin correspondencia.

La amistad es más una relación social que un afecto.

Y es en el ámbito de la relación interpersonal en donde se inicia la demolición del edificio de los matrimonios.

4.- Hace algunos años leí una obra de Barbara Silverstone titulada: “El amor que lastima” En donde ella manifestaba como el pedir disculpas es el arte indispensable que exige un verdadero propósito de cambio en las actitudes de los que pedimos disculpa.

Barbara cuenta que ella se casó profundamente enamorada y que al casarse no conocía una doble manía que tenía su esposo. De esto se dio cuenta en la primera oportunidad en que como esposos fueron a una reunión de amigos, a una reunión social. La primera de las manías: él se permitía en público hacer comentarios despectivos sobre ella, la ridiculizaba, le lastimaba; en medio de los amigos llegaba a contar hasta situaciones de la intimidad provocando la risa de todos los invitados: él se convertía en el alma de la fiesta y ella en el hazmerreír de la reunión. Al regresar a la casa ella iba sumergida en el dolor y al bajar del carro él simplemente le dijo: ¡Vamos!, no hagas papeles, no fue para tanto.

La cruda moral asaltaba su corazón y no le permitía conciliar el sueño. Y entonces sobrevenía la segunda manía: al día siguiente, invariablemente le traía un ramo de rosas con una glosa en una tarjeta: “Discúlpame, por haberte ofendido la noche de anoche. Te amo”. El mismo quiso poner aquellas rosas en un florero y las puso sobre el buró que estaba orientado hacia el lugar en el que ella descansaba en el lecho matrimonial. Esto le devolvió la paz en su corazón.

Sin embargo las cosas no quedaron allí, los problemas siguieron. Una ocasión aislada no hubiera tenido gran problema, ni siquiera dos, pero que cada reunión social, su esposo se hiciera pasar el gracioso a costa de ella, se convirtió en una lastimosa situación.

Y llegó el día en que ella se cansó y antes de irse a casa de su madre, tomó en sus manos cada uno de los tallos de aquel bouquet de rosas, y acto seguido con sus dedos índice y pulgar de la mano derecha iba empujando cada espina hasta cortarlas y al hacerlo sus dedos empezaban a sangrar, las espinas ensangrentadas las iba poniendo sobre la funda de la almohada en el lecho matrimonial. Así lo hizo hasta que terminó con el último de los tallos. Al concluir aquella tarea la superficie de la almohada estaba llena de espinas y de la sangre de sus dedos. Antes de marcharse a la casa de su madre, Barbara escribió un texto en el reverso de la tarjeta que solía acompañar aquel ramo de rosas: “Cuando me ofendes delante de las personas me lastimas más de lo que estas espinas han lastimado mis dedos”.

5.- “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falta, sino la amistad”. ¡Cuánta razón tienen estas palabras! Y es que, en lo personal, he llegado a conocer a personas que se aman profundamente pero que se lastiman. Él está locamente enamorado de ella pero la ofende y le falta el respeto en cada ocasión que puede. Se trata de amores tormentosos, puesto que sus relaciones interpersonales son deficientes.

Considero oportuno el que comprendamos que cuando la Palabra de Dios menciona que en el matrimonio se forma una sola cosa, que ya no son dos sino uno sólo, no refiere la Palabra de Dios la sobreposición del Yo sobre el Tú, no se trata de Yo que ha asesinado al tú. El ser una sola cosa refiere el nacimiento de un “nosotros”, compuesto por el yo y el tú, en donde el yo y el tú son importantes. El matrimonio no es un empobrecimiento sino un enriquecimiento, no es resta sino suma. Y aquí la amistad entendida como relación interpersonal madura es también importante: para ella algo es muy importante y para él no lo es tanto, para él algo es muy importante y para ella no lo es.

6.- Nosotros esperábamos que... pero,...

Esta tentación la hacemos extensiva a las personas que nos rodean, ya que, no tan sólo queremos meter a Dios, sino también al prójimo, a nuestras coordenadas intelectuales.

Somos tantos los que solamente aceptamos a los que dan con nuestra medida, es entonces que les llenamos de nuestros favores y atenciones, en apariencia, son favorecidos pero en realidad se pierden en el manipuleo y el chantaje de nuestro mundo de oropel.

Es ésta nuestra obstinación: queremos encuadrar las personas y las situaciones a nuestra liberalidad. Estas pretensiones hacen desaparecer al otro o que les absorbamos al arrastrarlos hacia nuestro centro de gravedad.

Emulamos aquéllo que los científicos han querido llamar como “agujeros negros”. Somos semejantes a aquellos lugares en donde nada, ni siquiera la luz, puede escapar de éstos, debido a la enorme fuerza gravitatoria y que, por otra parte, cualquier objeto o sujeto que se acercase serían igualmente atrapados por su enorme poder de succión.

Date cuenta de que cada uno de nosotros, en el plano de las relaciones, somos como satélites los unos de los otros y que entre nosotros debe haber una equidistancia que pueda mantener un estado de salud en nuestra relación. Nuestra vida para que sea digna debe convertirse en un contínuo girar dentro de una delicada geometría de nuestras esferas celestes.

¿No te has dado cuenta de que aún las órbitas de los planetas suelen ser elípticas; a veces más cerca y a veces más lejanos, pero nunca en la misma distancia? Los cuerpos celestes conocen sus leyes y adivinan sus mutuos talantes, con los cuales se acercan o se alejan según las estaciones, la masa y la velocidad, y así se mantienen los cielos con el juego siempre distinto y siempre igual de sus miríadas de galaxias.

Se trata de la sabiduría de Dios aplicada al Cosmos, que bien debiera inspirar nuestra propia astronomía relacional.

7.- Es aquí en dónde, hoy debemos pedirle a Dios que nos ayude a salir de nuestro egoísmo estrechista, ya que este nos incapacita para entender las cosas que no resultan de acuerdo al “script” que hemos ambicionado, o a los pretextos de nuestra inmadurez.

Y es aquí en donde también debemos pedirle a Dios la virtud de la paciencia para con nosotros mismos y con los demás; paciencia ante lo más importante y ante lo intrascendente; ante las rachas subidas de dificultades, y para afrontar los pesares cotidianos; cuando el clima frustre nuestros planes; ante la fatiga del cuerpo, o la del alma; en el fracaso ante el deber o el fracaso del prójimo ante nosotros; con aquéllos que se encuentran por debajo y por encima de nosotros, y para con nuestros iguales; también hay que tenerles paciencia a quienes nos aman, y a quienes no nos quieren.

Pidámosle paciencia a Dios ante las pequeñas penas y ante el martirio, y sobre todo, pidámosle que nos haga entender que, aunque las cosas no sucedieron como las esperábamos, salieron de acuerdo a sus planes, y éstos superan en mucho a los nuestros.



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