Domingo 10 de Abril de 2005_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
INTERPRETAR
LOS HECHOS
El mismo día de la resurrección,
iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús,
situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban
todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían,
Jesús se les acercó y comenzó a caminar con
ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados
y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De
qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"
Uno de ellos, llamado Cleofás,
le respondió: "¿Eres tú el único
forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en
Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué
cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el
nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante
Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y
nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte,
y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él sería
el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días
desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres
de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada
al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que
se les habían aparecido unos ángeles, que les dijeron
que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron
al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres,
pero a él no lo vieron".
Entonces Jesús les dijo:
"¡Qué insensatos son ustedes y qué duros
de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas!
¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera
todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando
por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó
todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se
dirigían, él hizo como que iba más lejos;
pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con
nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y
entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa,
tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió
y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron,
pero él se les desapareció. Y ellos se decían
el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón
ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba
las Escrituras!" .
Se levantaron inmediatamente
y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a
los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De
veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón".
Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino
y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Aparece,
hoy en la escena del Evangelio, la presentación de la Historia
de Dios explicada por el mismo resucitado. Ha acontecido que su
realización ha sido bastante distinta y muy distante a la
historia tal y como pensaban los discípulos que iba a suceder.
De
esta manera, la primera invitación que nos dirige el Señor
en este día es para que pensemos, en la muy frecuente no
adecuación, del proyecto de Dios con nuestros proyectos.
Y
es que son demasiadas las ocasiones en que nuestro egoísmo
nos hace pensar al revés, ya que nos apegamos a nuestras
ideas y a nuestro entendimiento, el cual las más de las veces
se encuentra embotado. Nuestro esfuerzo por comprender las cosas
a nuestra manera subsiste, generalmente, queriendo que el plan de
Dios coincida con el nuestro.
Se
trata de un pecado de este y de todos los tiempos:
la pretensión del hombre de querer que el Evangelio se adecúe
a nuestra vida, y no que nuestra vida se adecúe al Evangelio.
2.-
En estas circunstancias de nuestras pretensiones, siempre nos hará
falta que Dios camine a nuestro lado y que Él mismo venga
a explicarnos detenidamente su plan de salvación en nuestra
propia vida. Solamente así, nosotros podremos comprender
sus insondables misterios, los cuales se siguen manifestando en
nuestra existencia, aún a costa de no coincidir con nuestros
bocetos, y de provocar molestias en muchos de nosotros.
3.-
La tentación de los discípulos de Emaús, de
los apóstoles, de santo Tomás el así llamado
incrédulo, de las mujeres, y la de todos nosotros, así
como sucedió con Judas Iscariote, consiste en esa osadía
de exigirle a Dios que su pensamiento coincida con nuestros pensamientos,
querer que la realidad y voluntad divinas se adecúen a nuestra
estructura mental, y con ello a la sinrazón de muchos de
nuestros pensamientos.
Ojalá
que nosotros le demos la oportunidad a Dios, para que nos haga comprender
esa su sabiduría que supera nuestra razón humana,
y sobretodo, que nosotros no nos precipitemos, como lo hizo Judas
Iscariote, a querer obtener lo que pretendemos aún a costa
de entregar a nuestro Maestro.
¡Nosotros
esperábamos que las cosas sucedieran de esta manera!...
4.-
Cuando era niño recuerdo que la catequista, que nos preparaba
para recibir la Sagrada Comunión, nos enseñaba con
una pedagogía bastante elaborada. Entre sus muchos
recursos recuerdo que solía sentarse con nosotros en la banqueta
y contarnos algunas narraciones con las que nos abría el
entendimiento para que así captáramos las profundidades
de las enseñanzas de Dios.
Su
método fue siempre eficaz. En lo personal, recuerdo con muy
especial afecto algunas de aquellas narraciones.
5.-
En una ocasión nos contó que... “En
lo alto de una montaña nacieron tres pinos, los cuales en
tanto que iban creciendo platicaban amenamente, de forma especial
durante las apacibles noches iluminadas por el reflejo de la luna.
Una
de esas noches, cuando todavía estaba tierna su consistencia
y su existencia, el tema de su charla versó sobre las expectativas
que tenían hacia el futuro. ¿Qué iban a ser
de grandes? Cada uno de ellos expresaba sonriente y animadamente
sus ilusiones.
Decía
el primero de ellos: cuando llegue a la edad mayor, yo quiero que
mi madera sea útil para construir el aposento de un Rey.
¡Sí! Mi más grande anhelo es residir en un palacio
rodeado de oro, con aromas y fragancias exóticas, y que mis
finas maderas se conviertan a través del trabajo de un artista,
en el majestuoso lecho en el que descanse algún Rey poderoso
de las naciones.
Mientras
tanto, el segundo de los pinos, a la luz de las estrellas que lucían
en todo lo alto manifestaba sus deseos hacia el futuro aparentemente
lejano: Pues yo me quiero convertir en un navío que surque
las aguas de las mares-océanos más importantes del
mundo. Quiero convertirme en una gran embarcación que acalle
en los grandes puertos del mundo, que pueda conocer todas las geografías
y todas las gentes posibles, y que mi tripulación esté
compuesta por las gentes más afamadas de la tierra: grandes
conquistadores, aventureros o colonizadores.
Finalmente,
el tercero de los pinos, pensaba que estaba guardando posiblemente
la mejor de las sorpresas en cuanto a anhelos se refiere, de tal
manera que cuando le tocó su turno: exclamó con solemnidad:
pues yo siempre he soñado en que mis maderas sean utilizadas
para construir un púlpito desde el cual los más grandes
oradores del mundo expresen los mejores y más memorables
discursos, quiero ser una tribuna para que los hombres más
persuasivos del mundo expresen algunos mensajes bastante bien estudiados
como para que queden para la posteridad, pienso en esos magníficos
filósofos, que dicen que existen en la Grecia o en la Roma
Imperial. ¡Qué gran honor, para mí convertirme
en el podium de hombres elocuentes!
Y
así,... soñaban aquellos tres pinos que dirigían
hacia el cielo las puntas de sus ramas, así como sus ilusiones
y plegarias. El primero quería ser un aposento real, el segundo
quería ser un gran navío y el tercero, nada más
y nada menos, que quería ser un púlpito para la sabiduría
de los hombres.
Y
al pasar el tiempo, fueron creciendo, y con su crecimiento llegó
el tiempo oportuno en que el leñador cumpliera con sus labores.
Una tarde del Otoño, se confundió con la melodía
del bosque el golpeteo del acero. Cada aseste del hacha se perdía
en el horizonte entre los cantos de las aves, los silbidos del viento
y el movimiento de las hojas. Y los tres pinos fueron a dar al aserradero,
confundiéndose entre tantos y tantos maderos que habían
sido talados con antelación y que estaban esperando un comprador.
Y,
poco a poco, fueron llegando diferentes hombres provenientes de
diversas provincias a aquel aserradero a comprar la madera que necesitaban.
El
primero de los pinos fue comprado, junto con otros muchos más,
por un hombre de Belén que, sin duda era el que tenía
más prisa, puesto que necesitaba la madera suficiente, con
la cual poder elaborar algunos de los muebles de su casa, y para
hacer un poco más grande el establo, ya que aquel censo al
que habían sido convocados todos los israelitas, le iba a
llenar las habitaciones de su posada y, además necesitaría
de más pasto para alimentar a las vacas que le proveían
de leche, a los burros que rentaría para los traslados, y
al buey que utilizaría en la próxima temporada en
que se barbechara la tierra. Y así sucedió con el
primero de los pinos que terminó, casi en su totalidad, colocado
como un contenedor de la paja de aquel establo en las afueras de
Belén.
El
segundo de los pinos fue comprado por un hombre de Cafarnaum, un
hombre llamado Juan, el cual tenía como oficio el ser pescador.
Sus ahorros de tantos años, al fin le habían dado
la posibilidad de fabricar una barca que les heredaría a
sus hijos, los cuales aunque eran pequeños, sin lugar a dudas
seguirían con el oficio que aquel Padre tenía. ¡Claro
que sí! Simón y Andrés serían pescadores
al igual que su padre, ¡No faltaba más!, puesto que
el Lago de Cafarnaum era lo suficientemente generoso como para que
pudieran vivir cuando él ya no estuviera a su lado. Y de
esta manera el segundo pino terminó convertido en una modesta
barca que durante muchos años iba a surcar aquel lago de
Galilea hacia Genesaret, de Genesaret hacia Cafarnaum y de Cafarnaum
otra vez hacia Galilea.
Por
último, el tercero de los pinos fue comprado por algunos
soldados romanos, puesto que el emperador César Augusto había
decretado que las diferentes provincias se proveyeran de las cruces
suficientes como para que se mantuviera un mejor orden en el imperio,
ya que los zelotas y los sicarios, estaban provocando demasiadas
revueltas en los caminos y en las montañas. Y así,
aquel tercer pino se convirtió en un patíbulo más
que iba a ser almacenado esperando que algún sedicioso fuera
condenado a muerte, y allí permaneció durante muchos
años esperando a sus ajusticiados.
6.-
Queridos amigos:
Recuerdo
que todos los niños escuchábamos atentamente sentados
en la banqueta y con la cara entre las manos. Todos teníamos
los ojos inmensamente abierto esperando el desenlace. Y aquella
catequista tranquilamente después de darle un sorbo a un
vaso de agua, concluyó:
“Queridos
niños: ustedes pensarán que aquellos pinitos cuando
crecieron no cumplieron con sus ideales y anhelos, y que Dios no
les escucho en sus deseos, pero están equivocados”.
“Y
esto es lo más importante de todo: Dios siempre escucha nuestra
oración y lo que Él nos da supera en mucho lo que
nosotros le estamos pidiendo.
“Resulta
que, el primer pino no llegó a ser el aposento de un rey
con corona de oro y diamantes, pero ese pino que terminó
convertido en la madera que contenía la paja de un establo,
fue muy útil para aquella noche de la navidad en que San
José y la Virgen María no encontraron posada para
que naciera el Hijo de Dios, y de esa manera aquel pino que esperaba
ser el lecho de un rey, se convirtió en una cuna para recostar
al Niño Dios, el Rey del Cielo y del Universo que quiso nacer
en ese establo.
“Ustedes
piensan que el segundo pino tampoco obtuvo lo que le pedía
a Dios en sus oraciones, pero ustedes se equivocan. ¿Se acuerdan
que le pedía ser una gran embarcación y conocer los
mares oceanos y terminó siendo la barca para unos pescadores
de un lago? Pues, en la realidad aquella barca fue la embarcación
más importante que ha existido en la historia, puesto que
fue en esa barca en donde el Señor nos concedió las
pescas milagrosas, en esa barca llamó a Simón, a quien
llamó Pedro y a Andrés su hermano; y desde allí
predicó muchas veces a la gente cuando ellos estaban en la
costa, y esa barca es imagen de nuestra Iglesia.
“Y
¿Qué piensan sobre el tercero de los pinos? ¿El
que quería ser un púlpito para los filósofos?
Pareciera que le fue mal al pobre, puesto que lejos de ser un púlpito
terminó siendo una cruz para castigar a los malhechores,
pero en la realidad, ese tercer pino se convirtió en el púlpito
más hermoso que ha existido, no fue un púlpito para
grandes discursos de sabios del mundo, pero esa cruz se convirtió
en el púlpito más importante de la historia, puesto
que desde allí se nos ha dado el más bello de los
mensajes en la entrega generosa del Hijo de Dios, y desde esa cruz
se pronunciaron las siete palabras más hermosas en los mismísimos
labios de Cristo”.
7.-
Gentil amigo:
Todavía
resuena el eco en mis tímpanos:
“
Queridos niños, nunca se les olvide: cuando piensen que las
cosas no han salido como ustedes las pidieron, quiero que recuerden
que Dios tendrá siempre un proyecto mejor del que ustedes
han pensado. Recuerden: Dios no se equivoca”.
“Nosotros
esperábamos que Dios actuara así”... ¡Pero
resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!
Necesitamos
pedirle a Dios que nos explique cada una de las escenas difíciles
de nuestra vida para que así las comprendamos con la luz
cristiana.
DIOS
PONE, SOBRE ESPINAS, ROSAS DE CONFORMIDAD.
El mismo día de la resurrección,
iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús,
situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban
todo lo que había sucedido.
Mientras conversaban y discutían,
Jesús se les acercó y comenzó a caminar con
ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados
y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De
qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"
Uno de ellos, llamado Cleofás,
le respondió: "¿Eres tú el único
forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?"
Él les preguntó: "¿Qué cosa?"
Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que
era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo
el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo
entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros
esperábamos que él sería el libertador de Israel,
y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas
sucedieron.
1.-
“Nosotros esperábamos que”... ¡Pero resulta
que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!
La
historia de los tres pinitos que compartíamos en el segmento
anterior, me hizo recordar mi propio camino vocacional que en algún
momento anterior, ya te había compartido en parte.
Mi
historia vocacional está fuertemente vinculada con la presencia
del bienaventurado Papa Juan Pablo II en nuestra Patria.
Tu
recordarás que la primera visita de Su Santidad fue aquel
día 31 del mes de Enero de 1979.
Un
servidor junto con millones de católicos vivimos una alegría
de Dios muy especial.
Yo
estaba en el segundo año de la secundaria, y fue en aquel
júbilo que rebosaba en el corazón al contemplar a
aquel hombre fiel a Jesucristo, en donde surgió la inquietud
del sacerdocio.
Recuerdo
que tuve que esparar a concluir los estudios secundarios, y de esa
manera al terminar los estudios en la Secundaria Federal # 33 “Profesor
Emeterio Lozano”, pude ingresar al Seminario, esto después
de realizar aquel proceso vocacional.
2.-
Todavía recuerdo en la memoria aquella tarde de mi ingreso
al seminario, recuerdo a mis padres y a mis hermanos y hermanas
que me fueron a dejar aquel domingo 17 de agosto de 1980.
Cuando
ingresé al Seminario, mi familia vivía en el Segundo
Sector del Infonavit Constituyentes de Queretaro II, mi padre trabajaba
en la Fundidora y éramos 7 hermanos. Él siempre trabajó
con honestidad y nos ofreció todo lo que estaba a su alcance.
Él cooperaba con lo que se podía para ayudar al Seminario,
y puedo decir que en los momentos en que no se pudo aportar alguna
mensualidad, el Seminario jamás hizo distinciones entre aquellos
que daban colegiatura y los que no lo podíamos hacer. Esta
es sólo una de las razones por las que quiero mucho a nuestro
seminario.
Fueron
11 años de mi formación, los últimos cinco
en la Universidad Pontificia de México, aunque ya al décimo
año había terminado mis estudios que marca el Derecho
Canónico para poder recibir el Ministerio Sagrado.
3.-
Recuerdo bastante bien que en aquel año 1990,
Dios nos tenía reservada una grata sorpresa: regresaba Juan
Pablo II a México, y surgió entonces una estupenda
noticia: “Todos los jóvenes que ese año nos
ordenáramos sacerdotes ibamos a recibir el Orden Sagrado
de manos del Papa”, la fecha ya estaba fijada: el miércoles
09 de Mayo de 1990 en la Ciudad de Durango.
Aquella
noticia me llenó de alegría: Si bien lo había
deseado, jamás lo hubiera podido imaginar como algo posible,
el que Dios me concediera un regalo tan especial. Y en el mes de
Enero de 1990 iniciamos con los preparativos y las invitaciones.
Pensaba en mis adentros: ¡Durango, ahí te voy! La arquidiócesis
de Monterrey había registrado los nombres de 8 de sus alumnos
para ser Ordenados por Su Santidad, entre los cuales estaba un servidor.
Sin
embargo, iniciando el mes de Febrero, surgió una nueva información:
“Éramos demasiados los que estábamos apuntados,
y no era posible que todos nos ordenáramos en Durango con
el Papa”. Fue así que la Comisión organizadora
tomó la decisión de reducir a la mitad todas las listas
de los candidatos que cada Diócesis había registrado.
Monterrey que había separado ocho lugares iba a contar con
cuatro espacios.
En
aquel entonces, un servidor y otro compañero estábamos
estudiando en la Universidad Pontificia de México. De tal
manera que de los 6 que estaban en Monterrey iban a quedar 3, y
de los dos que habíamos ido a estudiar una especialización
a México iba a quedar 1.
La
noticia me cayó como un balde de agua fría. Sin embargo,
en mi mente y mi corazón se guardaba la confianza de que
fuera yo el afortunado. Recuerdo aquella tarde en que puestos de
acuerdo fuímos a la oficina del Padre Carlos Junco, y tal
y como lo hicieron los apóstoles al elegir a Matías,
hicimos una oración pidiéndole a Dios que se hiciera
su voluntad y que nos diera conformidad en el resultado. Fue entonces
que el padre Junco lanzó la moneda al aire. Yo había
elegido águila y mi compañero había escogido
cara. Fueron instantes que parecieron eternos ese tiempo en que
veíamos dar giros a aquella moneda en el aire, y después
de caer en el suelo dio varios tumbos hasta que después de
girar como si fuera sobre un eje, cayo una superficie hacia el suelo
y otra hacia arriba.
4.-
El resultado... ¿quieres saberlo?, te lo cuento
en el otro segmento... No ¡No te creas! Cayo cara y el aguila
estaba contra el suelo ¡El elegido era
mi compañero!
Humanamente
me sentía muy triste, aquella noche experimentaba en mi corazón
una serie de sentimientos realmente extraños. Hasta cierto
punto yo pensaba que era injusto, y también pensaba en como
decirle a mis padres, a mis hermanos y hermanas, a mis parientes
y amigos, que siempre no iba a ser ordenado por el Papa.
Al
fin llame por teléfono a mis padres que no iba a ser ordenado
por el Santo Padre y recuerdo que mi madre me dijo: ¡Dios
sabe lo que es mejor para nosotros y Él no se equivoca! Mi
madre me estaba dando una bella lección de cristianismo a
su hijo ya próximo a ordenarse.
A
los pocos días, el P. Miguel Angel Alba Díaz, entonces
Rector de nuestro Seminario y ahora Obispo de la Paz, Baja California,
me llamó desde la ciudad de Monterrey a la Ciudad de México,
y me dijo que el Señor Arzobispo quería que los que
no nos ibamos a ordenar con el Papa, nos ordenáramos antes
de su venida, para que así pudiéramos concelebrar
con él cuando estuviera el día jueves 10 de mayo en
la ciudad de Monterrey. La fecha que fue elegida por el arzobispo
era el Domingo de la Pascua de Resurrección de ese año
1990 que caería en el 15 de Abril.
Le
agradecí educadamente la noticia, -pero en realidad sentía
aquello como cuando le dan a uno un reintegro en lugar del premio
mayor-.
Los
preparativos se aceleraron todavía más y por fin llegó
la fecha indicada. No puedo olvidar aquel 15 de Abril de 1990, Domingo
de Resurrección, entramos a la santa Iglesia Catedral a las
10:00 A.M. y salimos hacia las 12:30 del mediodía. Cuando
salí revestido con mi ornamento sacerdotal, el sol brillaba
intensamente en el meridiano.
Recuerdo
que mi madre me dio entonces un abrazo prolongado y lloraba, a su
lado estaba mi padre con rostro alegre y lágrimas de felicidad.
Y
en ese momento mi madre me dijo algo que no puedo, ni quiero olvidar
jamás: “Rogelio, jamás pense que Dios me iba
a dar este regalo”.
Yo
le dije, que sin duda el sacerdocio que Dios me confiaba era un
gran regalo para mí, para mi familia, para mi parroquia...
Pero
ella me interrumpió diciendo: “No, Rogelio, me refiero
a otra cosa: “Jamás pensé que Dios me iba a
permitir que tú te ordenaras sacerdote el mismísimo
día en que tu padre y yo nos casamos. Hoy tú papá
y yo cumplimos 35 años de casados”.
5.-
Fue entonces cuando comprendí la sabiduría de Dios,
en esos designios que los hombres no somos capaces de comprender
sino hasta que Él nos abre el entendimiento.
Nosotros
esperábamos que Dios actuara así... ¡Pero resulta
que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!
LA
ENCINA Y EL CIPRÉS SON DE DIOS.
Entonces
Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes
y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado
por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías
padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando
por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó
todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya
cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como
que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate
con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer".
Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa,
tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió
y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron,
pero él se les desapareció. Y ellos se decían
el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón
ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba
las Escrituras!".
1.- “Nosotros esperábamos que Dios actuara así”...
¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma
que no entendemos!
En
las relaciones personales también sucede esto con mayor frecuencia
de lo que solemos pensar.
Nosotros
esperábamos que el esposo,
que la esposa, que los hijos, que el amigo, que la novia actuara
de esta manera y nos aguantaran todo, pero las cosas han resultado
muy distintas...
2.-
Te quería comentar que cuando estudiaba la Filosofía
en el Seminario de Monterrey hubo una frase de Friedrich Nietzsche
que cuando la leí por primera vez no la comprendí:“En los matrimonios infelices
no es el amor lo que falta, sino la amistad.”
Ahora,
a mis 15 años de ordenado sacerdote y a mis 39 años
de edad, con el paso del tiempo y con un ministerio a favor de los
hombres, en lo que se refiere a Dios, he podido percibir la verdad
sobre tantas situaciones humanas ensombrecidas por el pecado original
y me he dado cuenta de la razón que tenía aquel hombre,
que al final de su vida llegó a salir del recto juicio: :
“En los matrimonios infelices no es el amor lo que falta,
sino la amistad.”
3.-
Para entender lo anterior tenemos que recordar algunas cualidades
acerca de la amistad.
La
amistad es una relación profundamente humana que brota de
la posibilidad de encontrarse entre seres personales, con inteligencia,
con sentimientos, con emociones y con libertad. En esencia, podemos
decir que la amistad no puede ser solamente un afecto, sino una
relación social que, sin lugar a dudas, supone un afecto.
Lo más importante es la relación, ya que el amor en
muchas ocasiones no exige la reciprocidad, es decir, la correspondencia,
y la amistad sí exige la correspondencia. Te lo explico con
un ejemplo: un sentimiento tan noble como lo es el amor paterno
no exige la reciprocidad, tal como acontece en el caso de muchos
padres que aman aún sin ser correspondidos, en cambio, estrictamente
no puede haber amistad sin correspondencia.
La
amistad es más una relación social que un afecto.
Y
es en el ámbito de la relación interpersonal en donde
se inicia la demolición del edificio de los matrimonios.
4.-
Hace algunos años leí una obra de Barbara Silverstone
titulada: “El amor que lastima”
En donde ella manifestaba como el pedir disculpas es el arte indispensable
que exige un verdadero propósito de cambio en las actitudes
de los que pedimos disculpa.
Barbara
cuenta que ella se casó profundamente enamorada y que al
casarse no conocía una doble manía que tenía
su esposo. De esto se dio cuenta en la primera oportunidad en que
como esposos fueron a una reunión de amigos, a una reunión
social. La primera de las manías: él se permitía
en público hacer comentarios despectivos sobre ella, la ridiculizaba,
le lastimaba; en medio de los amigos llegaba a contar hasta situaciones
de la intimidad provocando la risa de todos los invitados: él
se convertía en el alma de la fiesta y ella en el hazmerreír
de la reunión. Al regresar a la casa ella iba sumergida en
el dolor y al bajar del carro él simplemente le dijo: ¡Vamos!,
no hagas papeles, no fue para tanto.
La
cruda moral asaltaba su corazón y no le permitía conciliar
el sueño. Y entonces sobrevenía la segunda manía:
al día siguiente, invariablemente le traía un ramo
de rosas con una glosa en una tarjeta: “Discúlpame,
por haberte ofendido la noche de anoche. Te amo”. El mismo
quiso poner aquellas rosas en un florero y las puso sobre el buró
que estaba orientado hacia el lugar en el que ella descansaba en
el lecho matrimonial. Esto le devolvió la paz en su corazón.
Sin
embargo las cosas no quedaron allí, los problemas siguieron.
Una ocasión aislada no hubiera tenido gran problema, ni siquiera
dos, pero que cada reunión social, su esposo se hiciera pasar
el gracioso a costa de ella, se convirtió en una lastimosa
situación.
Y
llegó el día en que ella se cansó y antes de
irse a casa de su madre, tomó en sus manos cada uno de los
tallos de aquel bouquet de rosas, y acto seguido con sus dedos índice
y pulgar de la mano derecha iba empujando cada espina hasta cortarlas
y al hacerlo sus dedos empezaban a sangrar, las espinas ensangrentadas
las iba poniendo sobre la funda de la almohada en el lecho matrimonial.
Así lo hizo hasta que terminó con el último
de los tallos. Al concluir aquella tarea la superficie de la almohada
estaba llena de espinas y de la sangre de sus dedos. Antes de marcharse
a la casa de su madre, Barbara escribió un texto en el reverso
de la tarjeta que solía acompañar aquel ramo de rosas:
“Cuando me ofendes delante de las personas me lastimas más
de lo que estas espinas han lastimado mis dedos”.
5.-
“En los matrimonios infelices no es el amor lo que falta,
sino la amistad”. ¡Cuánta razón
tienen estas palabras! Y es que, en lo personal, he llegado a conocer
a personas que se aman profundamente pero que se lastiman. Él
está locamente enamorado de ella pero la ofende y le falta
el respeto en cada ocasión que puede. Se trata de amores
tormentosos, puesto que sus relaciones interpersonales son deficientes.
Considero
oportuno el que comprendamos que cuando la Palabra de Dios menciona
que en el matrimonio se forma una sola cosa, que ya no son dos sino
uno sólo, no refiere la Palabra de Dios la sobreposición
del Yo sobre el Tú, no se trata de Yo que ha asesinado al
tú. El ser una sola cosa refiere el nacimiento de un “nosotros”,
compuesto por el yo y el tú, en donde el yo y el tú
son importantes. El matrimonio no
es un empobrecimiento sino un enriquecimiento, no es resta sino
suma. Y aquí la amistad entendida como relación interpersonal
madura es también importante: para ella algo es muy importante
y para él no lo es tanto, para él algo es muy importante
y para ella no lo es.
6.-
Nosotros esperábamos que... pero,...
Esta
tentación la hacemos extensiva a las personas que nos rodean,
ya que, no tan sólo queremos meter a Dios, sino también
al prójimo, a nuestras coordenadas intelectuales.
Somos
tantos los que solamente aceptamos a los que dan con nuestra medida,
es entonces que les llenamos de nuestros favores y atenciones, en
apariencia, son favorecidos pero en realidad se pierden en el manipuleo
y el chantaje de nuestro mundo de oropel.
Es
ésta nuestra obstinación: queremos encuadrar las personas
y las situaciones a nuestra liberalidad. Estas pretensiones hacen
desaparecer al otro o que les absorbamos al arrastrarlos hacia nuestro
centro de gravedad.
Emulamos
aquéllo que los científicos han querido llamar como
“agujeros negros”. Somos semejantes
a aquellos lugares en donde nada, ni siquiera la luz, puede escapar
de éstos, debido a la enorme fuerza gravitatoria y que, por
otra parte, cualquier objeto o sujeto que se acercase serían
igualmente atrapados por su enorme poder de succión.
Date
cuenta de que cada uno de nosotros, en el plano de las relaciones,
somos como satélites los unos de los otros y que entre nosotros
debe haber una equidistancia que pueda mantener un estado de salud
en nuestra relación. Nuestra vida para que sea digna debe
convertirse en un contínuo girar dentro de una delicada geometría
de nuestras esferas celestes.
¿No
te has dado cuenta de que aún las órbitas de los planetas
suelen ser elípticas; a veces más cerca y a veces
más lejanos, pero nunca en la misma distancia? Los
cuerpos celestes conocen sus leyes y adivinan sus mutuos talantes,
con los cuales se acercan o se alejan según las estaciones,
la masa y la velocidad, y así se mantienen los cielos con
el juego siempre distinto y siempre igual de sus miríadas
de galaxias.
Se
trata de la sabiduría de Dios
aplicada al Cosmos, que bien debiera inspirar nuestra
propia astronomía relacional.
7.-
Es aquí en dónde, hoy debemos pedirle a Dios que nos
ayude a salir de nuestro egoísmo estrechista, ya que este
nos incapacita para entender las cosas que no resultan de acuerdo
al “script” que hemos ambicionado, o a los pretextos
de nuestra inmadurez.
Y
es aquí en donde también debemos
pedirle a Dios la virtud de la paciencia para con nosotros mismos
y con los demás; paciencia ante lo más importante
y ante lo intrascendente; ante las rachas subidas de dificultades,
y para afrontar los pesares cotidianos; cuando el clima frustre
nuestros planes; ante la fatiga del cuerpo, o la del alma; en el
fracaso ante el deber o el fracaso del prójimo ante nosotros;
con aquéllos que se encuentran por debajo y por encima de
nosotros, y para con nuestros iguales; también hay que tenerles
paciencia a quienes nos aman, y a quienes no nos quieren.
Pidámosle
paciencia a Dios ante las pequeñas penas y ante el martirio,
y sobre todo, pidámosle que nos haga entender que, aunque
las cosas no sucedieron como las esperábamos, salieron de
acuerdo a sus planes, y éstos superan en mucho a los nuestros.