Domingo 25 de Diciembre de 2005_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

EL VERBO SE HA ENCARNADO

En el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Ya en el principio él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia por él y sin él nada empezó de cuanto existe. Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él y, sin embargo, el mundo no lo conoció.

Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre, sino que nacieron de Dios.

Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Juan el Bautista dio testimonio de él, clamando; “A este me refería cuando dije: “El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo”.

De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado”.

Momento 2

Momento 3

Momento 4 Momento 5

1.- Muy queridos amigos:

La Navidad es la fiesta del Verbo encarnado, es decir, la Solemnidad de la manifestación del Dios que se ha revelado como el Dios con nosotros. Se trata del anuncio de la buena noticia del nacimiento del Hijo de Dios que se hace universal en el momento en el cual el Espíritu de Dios, utilizando un lenguaje ordinario, se torna diferente para comunicarse con hombres diferentes.

Tú sabes bien que la redención es universal en la mente y en el Espíritu de Dios, pero cómo también esa universalidad tuvo un principio y ese principio fue Israel como el pueblo elegido por Dios, para que, a partir de su realidad concreta, humana e histórica, pudiera alcanzar esa dimensión que por ser divina es universal y que por ser plenamente humana alcanza también a todos los pueblos, razas, culturas y religiones.

2.- Y así celebramos hoy el misterio de un Dios que se ha manifestado a unos pastores a través del mensaje de un ángel, y ellos se dirigen llenos de alegría cantando y exaltando a Dios para encontrarse con Él en el portal de Belén. Pero también les ha hablado a los magos de oriente en su propio idioma para hacerles saber sobre el nacimiento del Verbo de Dios.

Los pastores hebreos que estaban en los campos era gente sencilla y hasta ruda pero que supo encontrarse con el salvador cuando vino al mundo, mientras que otros miembros notables del pueblo hebreo aunque conocían a la perfección el lugar en donde tenía que nacer el Cristo no tuvieron la desenvoltura como para ir al encuentro de Aquel que trajo la salvación a todos los hombres.

Los magos por su parte eran personas que buscaron la síntesis de pensamiento y de cultura en el estudio del firmamento y en el pensamiento de los astros. Se trata de astrónomos. Eran los hombres de ciencia de su tiempo. Ellos son los que inventaron las constelaciones como agrupamientos que tenían un cierto orden y una coherencia entre sí; estudiaron los movimientos de todos los cuerpos estelares y comprendieron el lugar que ocupaba la tierra dentro del universo y el ser humano en la tierra.

Los magos, aún con el desarrollo de su ciencia, no podían dejar a un lado su corazón humano y supieron pasar de la observación a la contemplación. Ellos buscaban en las estrellas la respuesta a todas las interrogantes humanas. Para ellos, Dios hablaba a través de las estrellas. Por medio de las estrellas, el Espíritu de Dios les hizo conocer la verdad. Se trata de las mismas estrellas que brillaban sobre el suelo de Israel pero nadie comprendió su significado; sin embargo, quien llegó a comprender su significado no se quedó en las estrellas sino que a través de ellas supieron llegar al Sol que nace de lo alto.

3.- Te fijas como Dios, poco a poco, fue encontrando el lenguaje para hacer llegar la misma verdad a las diferentes naciones, pueblos y culturas. Porque la verdad es siempre la misma para todos y en todas partes, aunque algunos la nieguen: tanto aquellos que son llamados los “suyos” como aquellos que son identificados como los de “el mundo” en el Evangelio de esta fiesta de Navidad.

El mensaje de Dios es el mismo para los pastores y para los magos aunque cambie la forma de expresarse; porque es necesario hacerse entender. No es suficiente hablar, sino que es necesario que se nos entienda. Y lo que Dios busca es ser entendido. Y esa búsqueda del entendimiento tiene dos grandes raíces en el corazón del hombre: por un lado el amor a la verdad y por otro lado el amor a quien te oye. Porque si no amamos la verdad y no amamos a quien nos oye, o si nos falta alguno de estos dos elementos, no hay comprensión ni comunión en la verdad. Esto es lo que Dios trata de hacernos comprender el día de hoy.

4.- Y así Dios ha hablado a los hombres: a los Persas que son dualistas Dios supo explicarles las cosas de un modo comprensible para ellos. A los Griegos dados a la metafísica y a los estudios filosóficos, hubo de hablarles en lenguaje filosófico; a los romanos que eran un pueblo de temperamento práctico, que supieron inventar en la ley un sistema de unificación de los pueblos como nunca se había dado en la historia, también el Espíritu de Dios encontró la forma de comunicarse con ellos,...

Con Israel fue distinto, aunque no podamos negar que Dios les habló por la creación como lo atestigua bellamente el Salmo 8: “Señor Dios nuestro que admirable es tu nombre en toda la tierra. Cuando contemplo el cielo, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?...”; no obstante Dios quiso hablarles por medio de la revelación, en sus profetas, muchas veces y de muchas maneras.

Más allá de la supremacía de la revelación sobrenatural, tenemos que agradecer a Dios el hecho de haberse manifestado a todo hombre. Porque cada civilización ha buscado la verdad y el entendimiento, su realización personal como seres humanos y las normas honestas y justas para establecer sus relaciones entre sí. Así lo ha querido Dios. Con todos dialoga Dios Nuestro Señor con la misma verdad y con el mismo amor.

5.- Y este es el quehacer del cristianismo y del cristiano. Ser cristianos significa que como personas no tengamos en nuestra forma de ser ni la barrera, ni la incomprensión, ni el prejuicio, sino que, por el contrario, como herederos de la Palabra que ha puesto su tienda entre nosotros nos abramos en amor y en verdad a la comunicación de amor con el prójimo.

La Navidad es la fiesta en que celebramos el afán de Dios por darse a entender a todos, y en este día deberíamos examinar severamente nuestras vidas en relación con nuestros semejantes. Esas barreras que tal vez de una manera insensible, pero no por eso ineficaz, hemos ido levantando alrededor de nosotros. Barreras de tremenda y dolorosa incomunicación con nuestros semejantes. Barreras que no son más que proyección del egoísmo de quien no quiere comunicar y que va continuamente empobreciéndose precisamente por no saber comunicar, con una arrogancia de quien sólo se oye a sí mismo y de quien no tiene en la vida más afán que el de imponer sus puntos de vista ¡Que duro es para nosotros tenerlo que admitir, pero qué bueno si Dios Nuestro Señor nos lo hace ver el día de hoy y nos hace comprender que esas barreras tienen que ser abatidas!

Y es que, no puede ser que por proyectar nuestras personalísimas maneras de pensar, estemos cerrándonos a la comprensión de quien nos quiere y de quien nos necesita, creando barreras entre las generaciones, creando barreras entre los esposos o entre personas de distinta religión o de distinta confesión cristiana.

6.- No cabe en el cristiano tal actitud, porque nosotros nos inspiramos en ese Espíritu de Dios que habló por los ángeles con quien habla con los ángeles, que habló por las estrellas con quien habla con las estrellas, que habló por las leyes con quien habla con de leyes, que habló de filosofía con quien se entiende con la filosofía. Que habló con todos los pueblos y con todas las culturas, movido por un solo afán; comunicar con amor la verdad y hacerse entender, porque solamente comunicando con amor la verdad logramos verdadero entendimiento, y eso que vale por Dios de la misma manera vale para nosotros que somos sus hijos.

Si no encontramos barreras de incomunicación, podemos darle gracias a Dios infinitamente por habérnoslo permitido. Si encontramos silencios pesados y culpables en el diálogo familiar, si rechazamos a los demás con una actitud de prejuicio que es absolutamente incompatible con nuestra fe cristiana, si tenemos alguno de estos síntomas, hemos de pedirle a Dios Nuestro Señor que nos dé, una vez más, su Espíritu. Espíritu de amor y de verdad que sabe hacerse entender por todos porque está abierto a entender a todos, que sabe respetar y que en el respeto aprende y que aprendiendo comunica y que comunicando, une la verdad con el amor.

7.- Esta es nuestra misión en la vida. En este mundo en el que somos testigos todos los días de esos diálogos de arrogancia y desorden de gentes que no son capaces de bajar de su pedestal; de naciones que no ven más allá de su propio, cerrado, egoísmo; de personas que no entienden que el bien de los demás es el bien propio. Y que el bien propio que pisotea el de los demás se pudre en las manos de quien lo tiene, porque no hay nadie que pueda beneficiarse a costa del sufrimiento y del mal de los demás.

Manifestémonos, abrámonos de capa a toda la riqueza interior que Dios ha puesto en nosotros. Pongamos al servicio de los demás lo poquito que sabemos al comunicarlo a todos se multiplicará el ciento por uno. Recibe de los demás lo que te dan con alegría porque ese recibir de los demás nos hace fecundos y sabios como nunca podrá hacerse fecunda y sabia la reflexión solitaria acerca de ti mismo. Que sea entonces la riqueza interior en el Espíritu de Dios la que, extendiéndose por todas partes a nuestro alrededor, nos haga sentir cristianos, hombres de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Que dialoga con el joven y con el anciano, que dialoga con el judío y con el protestante, que dialoga con todo hombre de buena voluntad y que, al mismo tiempo que lleva toda la firmeza de sus convicciones y toda la solidez de sus principios, aporta a la vida y al mundo toda la inmensidad de su fe. Así viviremos nuestra dimensión de cristianos en medio del mundo y Cristo, Dios y Hombre verdadero, que al hacerse hombre se hace todos los hombres, está con nosotros y permanece con todos los hombres de amor, de verdad y de buena voluntad.
Muy querido amigo: Te comparto dos reflexiones del año pasado sobre esta fiesta de la Navidad y dos cuentos de dos insignes escritores.

 

LA NAVIDAD NO ES UNA FECHA SINO UN INICIO.

1.- Acerca de la Navidad Cristiana pareciera ser que todo mundo tenemos una opinión cualificada. Todos hablamos de tal manera que parecemos verdaderos expertos sobre este difícil tema que encierra uno de los tres grandes misterios de la vida cristiana.

Podríamos decir que al escuchar tantos y tantos consejos, programas, opiniones y debates se podrían distinguir seis tipos de Navidades. No es que haya varias expresiones de una realidad tan sagrada, lo que pasa es que son cada vez más los que se han apropiado de este misterio divino.

2.- Por un lado aparecemos aquellos que vivimos una Navidad llamémosle Folklórica. Se trata de aquellos que pugnamos por los villancicos, que coleccionamos y exhibimos nacimientos, que hacemos exposiciones de las piñatas a lo largo de la historia, que tenemos un verdadero museo con diferentes imágenes o pinturas del nacimiento del Salvador. Entre los folklóricos estamos aquellos que tenemos colección de discos antiguos con cánticos de Navidad... y hasta los presumimos.

Hay otros que vivimos la Navidad emotiva: aquellos que nos recreamos en los recuerdos. Aquellos que vivimos de las imágenes del pasado, o que sensibilizados pasajeramente aprovechamos este tiempo para hacer una obra de misericordia tratando de compensar un año vivido en el egoísmo.

Otros, parece ser que cada vez más personas, vivimos la Navidad de los snobistas. Se trata de nuevas formas de evadir la vida cristiana copiando modelos ajenos a nuestra propia vida. Es lamentable que, en algunos círculos, se planee vivir la Navidad lejos de la propia familia, se piensa en una playa, en un crucero, en un salón de eventos, en un elegante hotel o en un restaurante. Esto parece ser que se está difundiendo más aprisa de lo que pensamos. En otras capas de la sociedad se piensa en un rodeo, en una diskoteque, en un “antro” como hoy se llaman las cantinas, se vive el misterio de Dios en la embriaguez. La Navidad ha dejado de ser cristiana, o mejor dicho, parece ser que nuestra sociedad ha dejado de ser cristiana.

Otros vivimos la Navidad de los intelectuales: se trata de aquellos que vivimos en el discurso y en las discusiones, proponemos un análisis y una comparación entre las religiones. Solicitamos que se consideren los estudios sobre la sociología y la religiosidad del judaísmo contemporáneo al nacimiento de Jesucristo. Se trata de aquellos que perdemos nuestra vida discutiendo sobre el análisis filológico de la Palabra Katalyma. Proponemos una crítica textual y un análisis pragmaliguístíco del Evangelio de san Lucas, y nos vamos a dormir sin ofrecer un abrazo.

No puede faltar la Navidad de los consumistas. Se trata de aquellos que hemos convertido esta fiesta en un pujante mercado. Todos los detalles son cuidados o son inventados. Nuevas necesidades se implementan cada año. En este mercado todo se vende con motivos navideños: servilletas, tenedores, manteles, ropa, toallas,... Un sinfín de cosas llenan nuestra largas listas de adquisiciones: la cena, el árbol, la sidra o el vino, la corona, las luces, la bota, la chimenea, la piñata, los regalos...

3.- Finalmente tenemos que considerar el rostro de la verdadera Navidad, llamémosle la Navidad cristiana.

El Misterio de la Navidad es la celebración del nacimiento temporal del Hijo Eterno del Padre. Es la manifestación visible en la historia, de Aquel que es la Palabra, y que ha venido a todos nosotros desde ese momento precioso de la Anunciación del Arcángel Gabriel y de la Concepción Virginal en María Santísima, por obra y gracia del Espíritu Santo.

La Navidad es el misterio de la presencia de Dios hecho hombre en nuestro mundo. La Vida del Hijo del Padre Eterno será un hacer presente el amor de Dios en medio de las condiciones humanas concretas de su tiempo, de su espacio y de su gente. Allí vivía Dios en su plenitud.

La celebración de la fiesta de la Navidad es para cada uno de nosotros la renovación gozosa del misterio del Nacimiento del Hijo de Dios en el Mundo, en su Iglesia y en cada uno de los Bautizados.

La alegría de estas fiestas debe ser manifiesta, y es que celebramos la real y verdadera presencia de Dios en este mundo, en su nacimiento, lo cual nos aseguró para siempre la confianza de que Dios no es un sueño del hombre ni mucho menos una pasión inútil.

Con la Navidad, se ha iniciado la búsqueda definitiva y apasionante de Dios. Ya no se trata del hombre que busca a Dios sino del Dios que anda en búsqueda del hombre, del Dios que no se ha resignado a la lejanía.

Si el pecado y la perdición de la humanidad habían tenido su consistencia en la pretensión del querer “ser como dioses”, ahora Dios les está ofreciendo la salvación a todos los hombres, precisamente al querer Dios hacerse hombre, como cada uno de nosotros. En la Navidad Dios se convierte en el Emmanuel, el “Dios con nosotros”.

4.- No obstante, todo lo anteriormente referido, quisiera cuestionarte y cuestionarme en este momento... ¿Qué es lo que celebramos en la Navidad: una fecha o el inicio de una historia?
Hoy se libran discusiones sin sentido, en los areópagos de la modernidad, de parte de aquellos que intelectualizan la Navidad y hasta en algunos que nos profesamos cristianos: que si esta fecha es la histórica o que si fue en otra, que si el apacentamiento nocturno de los rebaños de parte de aquellos pastores exigiría que la Navidad se ubicara en otros meses mucho menos fríos, que si se toman en cuenta el registro histórico de los censos romanos, que si consideramos los Ciclos Litúrgicos del servicio en el Templo cuando Zacarías y el clan o la familia a la que pertenecía, estaban programados para ejercer el culto sagrado...

Hablando de fechas o de calendarios, todos podemos disentir, ya que existen varias formas, por no decir muchas, de computar el tiempo aún en nuestro naciente siglo XXI. Bastaría solamente que pensáramos en la realidad del Oriente y la del Occidente.

El mismo concepto de tiempo es tan variado: podemos decir que existe el tiempo cronológico, el psicológico, el biológico, el historiológico o historiográfico, el kairós como tiempo de salvación, el tiempo litúrgico...

Las discusiones pueden continuar en el laberinto conceptual de aquellos que se sienten sabios y entendidos. Y tendría que decirte que, en lo personal, a mí no me importa la fecha, me importa que el Hijo de Dios nos ha nacido... Si fue en Diciembre o en Abril,... es lo de menos.

5.- Y es que la Navidad no es en realidad una fecha, sino que debe ser ante todo y sobre todo un inicio. La Navidad es el inicio de toda la historia para nosotros los cristianos. Se trata del vértice del tiempo de la salvación para todos los hombres.

Esta Navidad del 2005 debiera ser también el inicio de una historia nueva en tu vida y en mi vida. De no ser así, seguirá siendo una simple fecha en el calendario de nuestra existencia.

¿Qué es la Navidad? ¿Una fecha o el inicio de una historia nueva?

Nuestra vida se va entretejiendo de fechas y de pequeñas historias. Las pequeñas historias van teniendo sentido en torno al día en que se les dio inicio. Y las fechas van teniendo sentido en cuanto que una nueva historia ha empezado, o una historia se ha transformado.

Una fecha por sí misma no tiene sentido, es un dato frío, un número, una forma de organizar, se trata de una convencionalidad. Una fecha tendrá siempre su importancia por la historia del día siguiente, por lo que se inicia.

¡Fíjate! Como algunos nos vamos acordando perfectamente de las fechas, pero nos olvidamos de la historia que se inició en ese día del calendario. Con la fecha se ponen en orden las cosas. El inicio, por el contrario, debiera poner en orden nuestra vida.

Refiriéndonos solamente a una fecha, decimos con ello lo que ha ocurrido. Pero colocándonos en la perspectiva de un inicio, debemos ser conscientes de aquello que ha nacido para nosotros.

6.- La Navidad interpretada como una simple fecha es algo tan antiguo y que puede ser tan poco atractivo, aunque nos afanemos por hacer cosas nuevas. De lo anterior, se desprende el que algunos, en los días más santos de nuestra vida, estén viviendo en inhumanas soledades y en terribles amarguras.

Viviéndola como inicio, la Navidad aparece de verdad por lo que es: la más grande “buena nueva” que ha escuchado el hombre sobre la tierra; el anuncio de un evangelio; la “noticia nueva” que se nos ha traído al mundo.

Dios nos invita para que revisemos no las fechas sino las historias. Hoy debemos pensar no en las celebraciones sino que debemos escrutar el significado de estas celebraciones.

¿La Navidad es para mi persona una fecha o realmente significa mi historia propia y verdaderamente cristiana, significa el inicio de la auténtica historia de la humanidad?

7.- El acontecimiento de la Navidad tiene, sin lugar a dudas, su importancia en el magnifico acontecimiento del nacimiento del Señor, se trata del Dios que se hizo hombre. En la Navidad ha aparecido el Misterio de la Salvación para todos los hombres.

El festejo de la Navidad tiene su grandeza en cuanto que Dios pueda provocar un verdadero cambio en nuestra vida.

Yo mismo debo ser capaz de quitar los odios, los resentimientos, las iras y la soberbia. Soy yo quien debo ofrecerle la palabra amable a todo aquel que me rodea, la sonrisa amigable a los tristes y la mano generosa a quien lo solicite.

Si cada día puede ser un nuevo inicio del resto de nuestros días. ¡Cuánto más debiera ser para nosotros un día tan especial, como lo es la celebración de la Navidad Cristiana!

8.- La verdadera Navidad empieza un día después, es decir, “el día 26 de Diciembre”. Será ese día cuando sabremos si esta Navidad fue solamente una fecha o realmente ha sido el inicio de una historia nueva en mi vida cristiana. ¡Sería muy triste el constatar el día de mañana, que la verdadera Navidad no ha dado inicio en mi vida!

 

NACIMIENTO DEL DIOS CERCANO.

Por aquellos días, se promulgó un edicto de César Augusto, que ordenaba un censo de todo el Imperio. Todos iban a empadronarse, cada uno a su propia ciudad; así es que también José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada Belén, para empadr4onarse, juntamente con María, su esposa que estaba encinta.

Mientras estaban ahí, le llegó a María el tiempo de dar a luz y tuvo a su Hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.”

1.- Muy queridos amigos, gracias por concedernos el honor y la fineza de su atención:

Podemos decir que la Navidad ha llegado y, quizá casi todos nosotros nos estemos ufanando de que al parecer no nos falta nada, o nos falta muy poco, de todo aquello que tenemos que preparar. Sin embargo, resulta lamentable el constatar que si bien no nos falta nada, es muy posible que nos esté faltando Alguien. Lo más entristecedor es el encontrarnos con que es Dios quien está faltando en nuestra casa y en nuestra vida.

Nos preocupamos tanto por lo material que no nos ocupamos de lo esencial

Hoy, quiero invitarte para que releas el Evangelio de la noche de Navidad, y constatemos que en esas líneas evangélicas nos encontramos con la ternura, con las evocaciones dulces y con los suaves pensamientos.

2.- Y, no obstante, en esos textos nos encontraremos también con el cuestionamiento, y la molestia que se genera de la autorevisión, que está más allá de un necio sentimentalismo.

Y es que Dios condena una Navidad hinchada de retórica, llena de papeles multicolores y de conmociones baratas.

A Dios parece no agradarle nuestra propuesta de Navidad, poco o nada cristiana, cursi y muchas veces ficticia. Le hemos inyectado toneladas de sentimentalismos, de folklore, de pacotilla variada y de mal gusto. Nuestra Navidad parece ser más un pretexto que una celebración cristiana.

Francamente, hemos deshecho la Navidad. Hemos saboteado su sencillez. Nuestra rica Navidad se ha impuesto y ha empobrecido a la Navidad verdadera.

La fiesta de la Navidad nos recuerda que a Dios le agrada la sencillez, y esto lo meditábamos desde hace dos domingos cuando contemplábamos el semblante de san Juan el Bautista, y lo podemos constatar este cuarto domingo de Adviento, en que aparece el rostro precioso de la Virgen María en diálogo profundo y piadoso con el mensajero celestial.

Sin embargo, la sencillez de Dios no es comprendida por el hombre. El padre José Luis Martín Descalzo lo dice con una bella y poética soltura:

El mundo no comprendía
Que Dios fuera tan sencillo
Y corrió con sus guirnaldas,
Sus diademas, sus anillos,
A camuflar a este Dios
Que sólo quería ser niño.
Belén, Belén era un gran escándalo
Que ponía al hombre en ridículo.
Si Dios se hubiera encarnado
En un notario, en un químico,
Un carabinero, un buzo,
Un almirante, un obispo,
Un guardia o un farmacéutico,
El mundo habría comprendido.
¿Más cómo reconocer
en un bebé al Infinito?
Así, si todas las puertas
Se cerraron cuando Él vino
Y si la historia acabó
Con un final menos digno,
La culpa, la culpa la tuvo el cielo
Por andar con acertijos.

3.- Cristo nació en un establo, y no en un Belén de chocolate o de luces intermitentes. Pero su nacimiento es solamente el prólogo de una vida que fue abnegada por la entrega a los demás a lo largo de su existencia hasta la donación total, vacío de sí mismo, en el árbol de la cruz.

Contemplar al Señor Jesús en Belén debe llevarnos al aprendizaje del estilo de vida de quien ha elegido ser niño y que nos enseña que el ingreso al Reino pasa inequívocamente por el camino de la infancia, del querer ser niños. Es por ello que, en primer lugar, al mirar el Pesebre debemos pensar sí realmente vivimos la infancia espiritual, el abandono filial.

Otro aspecto digno de meditarse, a la luz del nacimiento de Jesús en Belén, es el realismo incuestionable de su humanidad. El Hijo de Dios se hizo hombre en verdad, esto contra cualquier doctrina de ayer y de hoy que pretenda hacernos pensar que Jesucristo se disfrazó de hombre, sin que llegara a experimentar el sabor agridulce de una auténtica naturaleza humana, como la tuya y como la mía.

El entronque real del Hijo de Dios con nuestra humanidad nos obliga a pensar en el interés que Dios tiene en el hombre, lo cual nos debe llevar a secundarlo todos nosotros que nos apellidamos cristianos.

Así mismo, el nacimiento temporal del Hijo de Dios nos lleva a ser más y mejores hombres, ya que Jesús es el modelo humano, al constituirse por derecho propio en el único ejemplar de la raza humana sin pecado y ser el máximo revelador de la plena dimensión religiosa del hombre.

Jesucristo ha venido a traernos la perfección de la plenitud de la revelación. El cristianismo no está destinado a coronar las insuficiencias de las antiguas religiones dándoles el toque que les faltaba. Jesucristo no viene a terminar edificios inacabados, sino que ha venido a construir un nuevo Templo del Espíritu Santo. Las piedras que utiliza somos los mismos hombres purificados con su nacimiento.

4.- Y se preguntarán ustedes, después de que les he estado mareando con tantas palabras. ¿Cuál es nuestro papel en una verdadera Navidad cristiana?

En el concierto de la actualidad, en la común lucha por una humanidad mejor, el cristianismo debe tener una aportación específica: ofrecer un humanismo del amor y de la trascendencia, nuestra contribución se sitúa en la línea de la máxima exigencia y del ideal. Este es el factor cristiano: amor y trascendencia. Nuestro peligro será la perdida del realismo en la desconexión que nos lleva a ser simplemente unos ilusos idealistas.

Navidad quiere decir precisamente esto: una sonrisa divina se ha posado sobre nuestras miserias, que constituye el motivo más fundado de esperanza y es indicio de una posibilidad nueva ofrecida a todos por la paciencia de Dios.

Dios no muestra un rostro airado, ni la cara regada por las lágrimas de la desilusión, sino que nos ofrece un don de paz ofrecido por Áquel que es el más fuerte y que, resultando victorioso a través del amor, puede dictar las condiciones de paz. Es más, ha puesto una sola condición: dejarse amar.

5.- Querido amigo:

Muchos usamos, durante este tiempo santo, el mecanismo de la compensación. Al sentirnos mal a causa de nuestras muchas deficiencias durante el año que casi estamos por terminar, empezamos a compensar nuestras carencias con atenciones, regalos..., momentáneos y fugaces.

Navidad no es tiempo de compensar, sino de revisar, de convertirnos y empezar a hacer lo que tenemos que hacer.

Debemos cuidar que nuestros regalos no sean compensaciones de lo que en justicia debimos haber hecho durante todo el año.

6.- Se preguntarán ustedes: ¿Y Quién está necesitado del amor cristiano? Eduardo Galeano escribe en el Libro de los abrazos la siguiente anécdota:

“Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de la Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo un última recorrida por las salas, viendo si estaba todo en orden; y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos como de nube: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba sólo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó, y el niño le rozó con la mano: Vos decidle a... –susurró el niño- Vos, decidle a alguien que yo estoy aquí.

Ese niño está enfermo, está marcado por la muerte; peor aún, está solo. Completamente solo. Y es Nochebuena, y él lo sabe. Nota las primeras sombras que anuncian el comienzo de la noche sagrada. En esto, oye pasos en el pasillo y sale con la esperanza de encontrar compañía en la fiesta de todos. Es tímido y delicado y no quiere molestar a nadie. Sólo un ligero tacto de su mano infantil, un débil murmullo, una súplica inocente. Por favor, dígale... dígale a alguien. No importa a quién. No importa dónde. Basta con que le diga a alguien que yo estoy aquí. La gente aún tiene corazón y quizá vendrá. No van a dejar a un niño sólo en la noche en que nace Jesús. Solo y con la muerte en su rostro. Solo en el banquillo del hospital de niños. Solo mientras los cohetes festivos explotan en el cielo. El niño está enfermo, y su enfermedad se llama soledad. La enfermedad de la raza humana.

7.- Amigos: ¡es Navidad! Y yo sé que aquel que predica de Jesús no puede ser un aguafiestas, un amargado y un cenizo, sino todo lo contrario, alguien comprometido con la fiesta de la vida, un amante de una vida que no admite ni comprende la degradación del hombre entrampado en el placer que solamente conduce a la soledad y al hastío.

No obstante, el que predica a Cristo tiene que recordar, si es preciso a gritos, dónde está la verdadera vida en medio de una sociedad opulenta pero que ha olvidado su destino y su lugar, puesto que se ha olvidado de los hombres y están olvidando que son hombres.

¡Les deseo a todos ustedes, a sus familias y demás seres queridos una Felíz y muy cristiana Navidad!

 


LA NIÑA DE LOS FÓSFOROS

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.
Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa; volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos. Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!
Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; más la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.
Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.
-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios".
Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.
-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame contigo! ¡Cuándo se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!
Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.
-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.
Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.

Hans Christian Andersen

 

CUENTO DE NAVIDAD.

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, ¿qué podemos hacer?
-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
-¿Qué...? -preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un poco -dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero... -empezó a decir la madre.
-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo.
-Está oscuro.
-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

FIN.
Ray Bradbury.


 

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