Domingo 25 de Diciembre de 2005_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
EL VERBO SE HA ENCARNADO
En
el principio ya existía aquel que es la Palabra, y aquel
que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Ya en el principio
él estaba con Dios. Todas las cosas vinieron a la existencia
por él y sin él nada empezó de cuanto existe.
Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La
luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron.
Hubo
un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino
como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran
por medio de él y, sin embargo, el mundo no lo conoció.
Vino
a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que
lo recibieron les concedió poder llegar a ser hijos de
Dios, a los que creen en su nombre, los cuales no nacieron de
la sangre, ni del deseo de la carne, ni por voluntad del hombre,
sino que nacieron de Dios.
Y
aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros.
Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito
del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan
el Bautista dio testimonio de él, clamando; “A este
me refería cuando dije: “El que viene después
de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía
antes que yo”.
De
su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia. Porque la
ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia
y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto
jamás. El Hijo unigénito, que está en el
seno del Padre, es quien lo ha revelado”.
La
Navidad es la fiesta del Verbo encarnado, es decir, la Solemnidad
de la manifestación del Dios que se ha revelado como el Dios
con nosotros. Se trata del anuncio de la buena noticia del nacimiento
del Hijo de Dios que se hace universal en el momento en el cual
el Espíritu de Dios, utilizando un lenguaje ordinario, se
torna diferente para comunicarse con hombres diferentes.
Tú
sabes bien que la redención es universal en la mente y en
el Espíritu de Dios, pero cómo también esa
universalidad tuvo un principio y ese principio fue Israel como
el pueblo elegido por Dios, para que, a partir de su realidad concreta,
humana e histórica, pudiera alcanzar esa dimensión
que por ser divina es universal y que por ser plenamente humana
alcanza también a todos los pueblos, razas, culturas y religiones.
2.-
Y así celebramos hoy el misterio de un Dios que se ha manifestado
a unos pastores a través del mensaje de un ángel,
y ellos se dirigen llenos de alegría cantando y exaltando
a Dios para encontrarse con Él en el portal de Belén.
Pero también les ha hablado a los magos de oriente en su
propio idioma para hacerles saber sobre el nacimiento del Verbo
de Dios.
Los
pastores hebreos que estaban en los campos era gente sencilla y
hasta ruda pero que supo encontrarse con el salvador cuando vino
al mundo, mientras que otros miembros notables del pueblo hebreo
aunque conocían a la perfección el lugar en donde
tenía que nacer el Cristo no tuvieron la desenvoltura como
para ir al encuentro de Aquel que trajo la salvación a todos
los hombres.
Los
magos por su parte eran personas que buscaron la síntesis
de pensamiento y de cultura en el estudio del firmamento y en el
pensamiento de los astros. Se trata de astrónomos. Eran los
hombres de ciencia de su tiempo. Ellos son los que inventaron las
constelaciones como agrupamientos que tenían un cierto orden
y una coherencia entre sí; estudiaron los movimientos de
todos los cuerpos estelares y comprendieron el lugar que ocupaba
la tierra dentro del universo y el ser humano en la tierra.
Los
magos, aún con el desarrollo de su ciencia, no podían
dejar a un lado su corazón humano y supieron pasar de la
observación a la contemplación. Ellos buscaban en
las estrellas la respuesta a todas las interrogantes humanas. Para
ellos, Dios hablaba a través de las estrellas. Por medio
de las estrellas, el Espíritu de Dios les hizo conocer la
verdad. Se trata de las mismas estrellas que brillaban sobre el
suelo de Israel pero nadie comprendió su significado; sin
embargo, quien llegó a comprender su significado no se quedó
en las estrellas sino que a través de ellas supieron llegar
al Sol que nace de lo alto.
3.-
Te fijas como Dios, poco a poco, fue encontrando el lenguaje para
hacer llegar la misma verdad a las diferentes naciones, pueblos
y culturas. Porque la verdad es siempre la misma para todos y en
todas partes, aunque algunos la nieguen: tanto aquellos que son
llamados los “suyos” como aquellos que son identificados
como los de “el mundo” en el Evangelio de esta fiesta
de Navidad.
El
mensaje de Dios es el mismo para los pastores y para los magos aunque
cambie la forma de expresarse; porque es necesario hacerse entender.
No es suficiente hablar, sino que es necesario que se nos entienda.
Y lo que Dios busca es ser entendido. Y esa búsqueda del
entendimiento tiene dos grandes raíces en el corazón
del hombre: por un lado el amor a la verdad y por otro lado el amor
a quien te oye. Porque si no amamos la verdad y no amamos a quien
nos oye, o si nos falta alguno de estos dos elementos, no hay comprensión
ni comunión en la verdad. Esto es lo que Dios trata de hacernos
comprender el día de hoy.
4.-
Y así Dios ha hablado a los hombres: a los Persas que son
dualistas Dios supo explicarles las cosas de un modo comprensible
para ellos. A los Griegos dados a la metafísica y a los estudios
filosóficos, hubo de hablarles en lenguaje filosófico;
a los romanos que eran un pueblo de temperamento práctico,
que supieron inventar en la ley un sistema de unificación
de los pueblos como nunca se había dado en la historia, también
el Espíritu de Dios encontró la forma de comunicarse
con ellos,...
Con
Israel fue distinto, aunque no podamos negar que Dios les habló
por la creación como lo atestigua bellamente el Salmo 8:
“Señor Dios nuestro que
admirable es tu nombre en toda la tierra. Cuando contemplo el cielo,
la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el
hombre para que de él te acuerdes?...”;
no obstante Dios quiso hablarles por medio de la revelación,
en sus profetas, muchas veces y de muchas maneras.
Más
allá de la supremacía de la revelación sobrenatural,
tenemos que agradecer a Dios el hecho de haberse manifestado a todo
hombre. Porque cada civilización ha buscado la verdad y el
entendimiento, su realización personal como seres humanos
y las normas honestas y justas para establecer sus relaciones entre
sí. Así lo ha querido Dios. Con todos dialoga Dios
Nuestro Señor con la misma verdad y con el mismo amor.
5.-
Y este es el quehacer del cristianismo y del cristiano. Ser cristianos
significa que como personas no tengamos en nuestra forma de ser
ni la barrera, ni la incomprensión, ni el prejuicio, sino
que, por el contrario, como herederos de la Palabra que ha puesto
su tienda entre nosotros nos abramos en amor y en verdad a la comunicación
de amor con el prójimo.
La
Navidad es la fiesta en que celebramos el afán de Dios por
darse a entender a todos, y en este día deberíamos
examinar severamente nuestras vidas en relación con nuestros
semejantes. Esas barreras que tal vez de una manera insensible,
pero no por eso ineficaz, hemos ido levantando alrededor de nosotros.
Barreras de tremenda y dolorosa incomunicación con nuestros
semejantes. Barreras que no son más que proyección
del egoísmo de quien no quiere comunicar y que va continuamente
empobreciéndose precisamente por no saber comunicar, con
una arrogancia de quien sólo se oye a sí mismo y de
quien no tiene en la vida más afán que el de imponer
sus puntos de vista ¡Que duro es para nosotros tenerlo que
admitir, pero qué bueno si Dios Nuestro Señor nos
lo hace ver el día de hoy y nos hace comprender que esas
barreras tienen que ser abatidas!
Y
es que, no puede ser que por proyectar nuestras personalísimas
maneras de pensar, estemos cerrándonos a la comprensión
de quien nos quiere y de quien nos necesita, creando barreras entre
las generaciones, creando barreras entre los esposos o entre personas
de distinta religión o de distinta confesión cristiana.
6.-
No cabe en el cristiano tal actitud, porque nosotros nos inspiramos
en ese Espíritu de Dios que habló por los ángeles
con quien habla con los ángeles, que habló por las
estrellas con quien habla con las estrellas, que habló por
las leyes con quien habla con de leyes, que habló de filosofía
con quien se entiende con la filosofía. Que habló
con todos los pueblos y con todas las culturas, movido por un solo
afán; comunicar con amor la verdad y hacerse entender, porque
solamente comunicando con amor la verdad logramos verdadero entendimiento,
y eso que vale por Dios de la misma manera vale para nosotros que
somos sus hijos.
Si
no encontramos barreras de incomunicación, podemos darle
gracias a Dios infinitamente por habérnoslo permitido. Si
encontramos silencios pesados y culpables en el diálogo familiar,
si rechazamos a los demás con una actitud de prejuicio que
es absolutamente incompatible con nuestra fe cristiana, si tenemos
alguno de estos síntomas, hemos de pedirle a Dios Nuestro
Señor que nos dé, una vez más, su Espíritu.
Espíritu de amor y de verdad que sabe hacerse entender por
todos porque está abierto a entender a todos, que sabe respetar
y que en el respeto aprende y que aprendiendo comunica y que comunicando,
une la verdad con el amor.
7.-
Esta es nuestra misión en la vida. En este mundo
en el que somos testigos todos los días de esos diálogos
de arrogancia y desorden de gentes que no son capaces de bajar de
su pedestal; de naciones que no ven más allá de su
propio, cerrado, egoísmo; de personas que no entienden que
el bien de los demás es el bien propio. Y que el bien propio
que pisotea el de los demás se pudre en las manos de quien
lo tiene, porque no hay nadie que pueda beneficiarse a costa del
sufrimiento y del mal de los demás.
Manifestémonos,
abrámonos de capa a toda la riqueza interior que Dios ha
puesto en nosotros. Pongamos al servicio de los demás lo
poquito que sabemos al comunicarlo a todos se multiplicará
el ciento por uno. Recibe de los demás lo que te dan con
alegría porque ese recibir de los demás nos hace fecundos
y sabios como nunca podrá hacerse fecunda y sabia la reflexión
solitaria acerca de ti mismo. Que sea entonces la riqueza interior
en el Espíritu de Dios la que, extendiéndose por todas
partes a nuestro alrededor, nos haga sentir cristianos, hombres
de nuestro tiempo y de todos los tiempos. Que dialoga con el joven
y con el anciano, que dialoga con el judío y con el protestante,
que dialoga con todo hombre de buena voluntad y que, al mismo tiempo
que lleva toda la firmeza de sus convicciones y toda la solidez
de sus principios, aporta a la vida y al mundo toda la inmensidad
de su fe. Así viviremos nuestra dimensión de cristianos
en medio del mundo y Cristo, Dios y Hombre verdadero, que al hacerse
hombre se hace todos los hombres, está con nosotros y permanece
con todos los hombres de amor, de verdad y de buena voluntad. Muy querido amigo:Te
comparto dos reflexiones del año pasado sobre esta fiesta
de la Navidad y dos cuentos de dos insignes escritores.
LA
NAVIDAD NO ES UNA FECHA SINO UN INICIO.
1.-
Acerca de la Navidad Cristiana pareciera ser que todo mundo tenemos
una opinión cualificada. Todos hablamos de tal manera que
parecemos verdaderos expertos sobre este difícil tema que
encierra uno de los tres grandes misterios de la vida cristiana.
Podríamos
decir que al escuchar tantos y tantos consejos, programas, opiniones
y debates se podrían distinguir seis tipos de Navidades.
No es que haya varias expresiones de una realidad tan sagrada, lo
que pasa es que son cada vez más los que se han apropiado
de este misterio divino.
2.-
Por un lado aparecemos aquellos que vivimos una Navidad llamémosle
Folklórica. Se trata de aquellos que pugnamos por los villancicos,
que coleccionamos y exhibimos nacimientos, que hacemos exposiciones
de las piñatas a lo largo de la historia, que tenemos un
verdadero museo con diferentes imágenes o pinturas del nacimiento
del Salvador. Entre los folklóricos estamos aquellos que
tenemos colección de discos antiguos con cánticos
de Navidad... y hasta los presumimos.
Hay
otros que vivimos la Navidad emotiva: aquellos que nos recreamos
en los recuerdos. Aquellos que vivimos de las imágenes del
pasado, o que sensibilizados pasajeramente aprovechamos este tiempo
para hacer una obra de misericordia tratando de compensar un año
vivido en el egoísmo.
Otros,
parece ser que cada vez más personas, vivimos la Navidad
de los snobistas. Se trata de nuevas formas de evadir la vida cristiana
copiando modelos ajenos a nuestra propia vida. Es lamentable que,
en algunos círculos, se planee vivir la Navidad lejos de
la propia familia, se piensa en una playa, en un crucero, en un
salón de eventos, en un elegante hotel o en un restaurante.
Esto parece ser que se está difundiendo más aprisa
de lo que pensamos. En otras capas de la sociedad se piensa en un
rodeo, en una diskoteque, en un “antro”
como hoy se llaman las cantinas, se vive el misterio
de Dios en la embriaguez. La Navidad ha dejado de ser cristiana,
o mejor dicho, parece ser que nuestra sociedad ha dejado de ser
cristiana.
Otros
vivimos la Navidad de los intelectuales: se trata de aquellos que
vivimos en el discurso y en las discusiones, proponemos un análisis
y una comparación entre las religiones. Solicitamos que se
consideren los estudios sobre la sociología y la religiosidad
del judaísmo contemporáneo al nacimiento de Jesucristo.
Se trata de aquellos que perdemos nuestra vida discutiendo sobre
el análisis filológico de la Palabra Katalyma. Proponemos
una crítica textual y un análisis pragmaliguístíco
del Evangelio de san Lucas, y nos vamos a dormir sin ofrecer un
abrazo.
No
puede faltar la Navidad de los consumistas. Se trata de aquellos
que hemos convertido esta fiesta en un pujante mercado. Todos los
detalles son cuidados o son inventados. Nuevas necesidades se implementan
cada año. En este mercado todo se vende con motivos navideños:
servilletas, tenedores, manteles, ropa, toallas,... Un sinfín
de cosas llenan nuestra largas listas de adquisiciones: la cena,
el árbol, la sidra o el vino, la corona, las luces, la bota,
la chimenea, la piñata, los regalos...
3.-
Finalmente tenemos que considerar el rostro de la verdadera Navidad,
llamémosle la Navidad cristiana.
El
Misterio de la Navidad es la celebración
del nacimiento temporal del Hijo Eterno del Padre. Es la manifestación
visible en la historia, de Aquel que es la Palabra, y que ha venido
a todos nosotros desde ese momento precioso de la Anunciación
del Arcángel Gabriel y de la Concepción Virginal en
María Santísima, por obra y gracia del Espíritu
Santo.
La
Navidad es el misterio de la presencia de Dios hecho hombre en nuestro
mundo. La Vida del Hijo del Padre Eterno será un hacer presente
el amor de Dios en medio de las condiciones humanas concretas de
su tiempo, de su espacio y de su gente. Allí vivía
Dios en su plenitud.
La
celebración de la fiesta de la Navidad es para cada uno de
nosotros la renovación gozosa del misterio del Nacimiento
del Hijo de Dios en el Mundo, en su Iglesia y en cada uno de los
Bautizados.
La
alegría de estas fiestas debe ser manifiesta, y es que celebramos
la real y verdadera presencia de Dios en este mundo, en su nacimiento,
lo cual nos aseguró para siempre la confianza de que Dios
no es un sueño del hombre ni mucho menos una pasión
inútil.
Con
la Navidad, se ha iniciado la búsqueda definitiva y apasionante
de Dios. Ya no se trata del hombre que busca a Dios sino del Dios
que anda en búsqueda del hombre, del Dios que no se ha resignado
a la lejanía.
Si
el pecado y la perdición de la humanidad habían tenido
su consistencia en la pretensión del querer “ser como
dioses”, ahora Dios les está ofreciendo la salvación
a todos los hombres, precisamente al querer Dios hacerse hombre,
como cada uno de nosotros. En la Navidad Dios se convierte en el
Emmanuel, el “Dios con nosotros”.
4.-
No obstante, todo lo anteriormente referido, quisiera cuestionarte
y cuestionarme en este momento... ¿Qué
es lo que celebramos en la Navidad: una fecha o el inicio de una
historia?
Hoy se libran discusiones sin sentido, en los areópagos de
la modernidad, de parte de aquellos que intelectualizan la Navidad
y hasta en algunos que nos profesamos cristianos: que si esta fecha
es la histórica o que si fue en otra, que si el apacentamiento
nocturno de los rebaños de parte de aquellos pastores exigiría
que la Navidad se ubicara en otros meses mucho menos fríos,
que si se toman en cuenta el registro histórico de los censos
romanos, que si consideramos los Ciclos Litúrgicos del servicio
en el Templo cuando Zacarías y el clan o la familia a la
que pertenecía, estaban programados para ejercer el culto
sagrado...
Hablando
de fechas o de calendarios, todos podemos disentir, ya que existen
varias formas, por no decir muchas, de computar el tiempo aún
en nuestro naciente siglo XXI. Bastaría solamente que pensáramos
en la realidad del Oriente y la del Occidente.
El
mismo concepto de tiempo es tan variado: podemos decir que existe
el tiempo cronológico, el psicológico, el biológico,
el historiológico o historiográfico, el kairós
como tiempo de salvación, el tiempo litúrgico...
Las
discusiones pueden continuar en el laberinto conceptual de aquellos
que se sienten sabios y entendidos. Y tendría que decirte
que, en lo personal, a mí no me importa la fecha, me importa
que el Hijo de Dios nos ha nacido... Si fue en Diciembre o en Abril,...
es lo de menos.
5.-
Y es que la Navidad no es en realidad una fecha, sino que
debe ser ante todo y sobre todo un inicio. La Navidad es el inicio
de toda la historia para nosotros los cristianos. Se trata del vértice
del tiempo de la salvación para todos los hombres.
Esta
Navidad del 2005 debiera ser también el inicio de una historia
nueva en tu vida y en mi vida. De no ser así, seguirá
siendo una simple fecha en el calendario de nuestra existencia.
¿Qué
es la Navidad? ¿Una fecha o el inicio de una historia nueva?
Nuestra
vida se va entretejiendo de fechas y de pequeñas historias.
Las pequeñas historias van teniendo sentido en torno al día
en que se les dio inicio. Y las fechas van teniendo sentido en cuanto
que una nueva historia ha empezado, o una historia se ha transformado.
Una
fecha por sí misma no tiene sentido, es un dato frío,
un número, una forma de organizar, se trata de una convencionalidad.
Una fecha tendrá siempre su importancia por la historia del
día siguiente, por lo que se inicia.
¡Fíjate!
Como algunos nos vamos acordando perfectamente de las fechas, pero
nos olvidamos de la historia que se inició en ese día
del calendario. Con la fecha se ponen en orden las cosas. El inicio,
por el contrario, debiera poner en orden nuestra vida.
Refiriéndonos
solamente a una fecha, decimos con ello lo que ha ocurrido. Pero
colocándonos en la perspectiva de un inicio, debemos ser
conscientes de aquello que ha nacido para nosotros.
6.-
La Navidad interpretada como una simple fecha es algo tan antiguo
y que puede ser tan poco atractivo, aunque nos afanemos por hacer
cosas nuevas. De lo anterior, se desprende el que algunos, en los
días más santos de nuestra vida, estén viviendo
en inhumanas soledades y en terribles amarguras.
Viviéndola
como inicio, la Navidad aparece de verdad por lo que es: la más
grande “buena nueva” que ha escuchado el hombre sobre
la tierra; el anuncio de un evangelio; la “noticia nueva”
que se nos ha traído al mundo.
Dios
nos invita para que revisemos no las fechas sino las historias.
Hoy debemos pensar no en las celebraciones sino que debemos escrutar
el significado de estas celebraciones.
¿La
Navidad es para mi persona una fecha o realmente significa mi historia
propia y verdaderamente cristiana, significa el inicio de la auténtica
historia de la humanidad?
7.-
El acontecimiento de la Navidad tiene, sin lugar a dudas, su importancia
en el magnifico acontecimiento del nacimiento del Señor,
se trata del Dios que se hizo hombre. En la Navidad ha aparecido
el Misterio de la Salvación para todos los hombres.
El
festejo de la Navidad tiene su grandeza en cuanto que Dios pueda
provocar un verdadero cambio en nuestra vida.
Yo
mismo debo ser capaz de quitar los odios, los resentimientos, las
iras y la soberbia. Soy yo quien debo ofrecerle la palabra amable
a todo aquel que me rodea, la sonrisa amigable a los tristes y la
mano generosa a quien lo solicite.
Si
cada día puede ser un nuevo inicio del resto de nuestros
días. ¡Cuánto más debiera ser para nosotros
un día tan especial, como lo es la celebración de
la Navidad Cristiana!
8.-
La verdadera Navidad empieza un día después, es decir,
“el día 26 de Diciembre”. Será ese día
cuando sabremos si esta Navidad fue solamente una fecha o realmente
ha sido el inicio de una historia nueva en mi vida cristiana. ¡Sería
muy triste el constatar el día de mañana, que la verdadera
Navidad no ha dado inicio en mi vida!
NACIMIENTO
DEL DIOS CERCANO.
Por
aquellos días, se promulgó un edicto de César
Augusto, que ordenaba un censo de todo el Imperio. Todos iban a
empadronarse, cada uno a su propia ciudad; así es que también
José, perteneciente a la casa y familia de David, se dirigió
desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, llamada
Belén, para empadr4onarse, juntamente con María, su
esposa que estaba encinta.
Mientras
estaban ahí, le llegó a María el tiempo de
dar a luz y tuvo a su Hijo primogénito; lo envolvió
en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no hubo
lugar para ellos en la posada.”
1.-
Muy queridos amigos, gracias por concedernos el honor y la fineza
de su atención:
Podemos
decir que la Navidad ha llegado y, quizá casi todos nosotros
nos estemos ufanando de que al parecer no nos falta nada, o nos
falta muy poco, de todo aquello que tenemos que preparar. Sin embargo,
resulta lamentable el constatar que si bien no nos falta nada, es
muy posible que nos esté faltando Alguien. Lo más
entristecedor es el encontrarnos con que es Dios quien está
faltando en nuestra casa y en nuestra vida.
Nos
preocupamos tanto por lo material que no nos ocupamos de lo esencial
Hoy,
quiero invitarte para que releas el Evangelio de la noche de Navidad,
y constatemos que en esas líneas evangélicas nos encontramos
con la ternura, con las evocaciones dulces y con los suaves pensamientos.
2.-
Y, no obstante, en esos textos nos encontraremos también
con el cuestionamiento, y la molestia que se genera de la autorevisión,
que está más allá de un necio sentimentalismo.
Y
es que Dios condena una Navidad hinchada de retórica, llena
de papeles multicolores y de conmociones baratas.
A
Dios parece no agradarle nuestra propuesta de Navidad, poco o nada
cristiana, cursi y muchas veces ficticia. Le hemos inyectado toneladas
de sentimentalismos, de folklore, de pacotilla variada y de mal
gusto. Nuestra Navidad parece ser más un pretexto que una
celebración cristiana.
Francamente,
hemos deshecho la Navidad. Hemos saboteado su sencillez. Nuestra
rica Navidad se ha impuesto y ha empobrecido a la Navidad verdadera.
La
fiesta de la Navidad nos recuerda que a Dios le agrada la sencillez,
y esto lo meditábamos desde hace dos domingos cuando contemplábamos
el semblante de san Juan el Bautista, y lo podemos constatar este
cuarto domingo de Adviento, en que aparece el rostro precioso de
la Virgen María en diálogo profundo y piadoso con
el mensajero celestial.
Sin
embargo, la sencillez de Dios no es comprendida por el hombre. El
padre José Luis Martín Descalzo lo dice con una bella
y poética soltura:
El
mundo no comprendía
Que Dios fuera tan sencillo
Y corrió con sus guirnaldas,
Sus diademas, sus anillos,
A camuflar a este Dios
Que sólo quería ser niño.
Belén, Belén era un gran escándalo
Que ponía al hombre en ridículo.
Si Dios se hubiera encarnado
En un notario, en un químico,
Un carabinero, un buzo,
Un almirante, un obispo,
Un guardia o un farmacéutico,
El mundo habría comprendido.
¿Más cómo reconocer
en un bebé al Infinito?
Así, si todas las puertas
Se cerraron cuando Él vino
Y si la historia acabó
Con un final menos digno,
La culpa, la culpa la tuvo el cielo
Por andar con acertijos.
3.-
Cristo nació en un establo, y no en un Belén de chocolate
o de luces intermitentes. Pero su nacimiento es solamente el prólogo
de una vida que fue abnegada por la entrega a los demás a
lo largo de su existencia hasta la donación total, vacío
de sí mismo, en el árbol de la cruz.
Contemplar
al Señor Jesús en Belén debe llevarnos al aprendizaje
del estilo de vida de quien ha elegido ser niño y que nos
enseña que el ingreso al Reino pasa inequívocamente
por el camino de la infancia, del querer ser niños. Es por
ello que, en primer lugar, al mirar el Pesebre debemos pensar sí
realmente vivimos la infancia espiritual, el abandono filial.
Otro
aspecto digno de meditarse, a la luz del nacimiento de Jesús
en Belén, es el realismo incuestionable de su humanidad.
El Hijo de Dios se hizo hombre en verdad, esto contra cualquier
doctrina de ayer y de hoy que pretenda hacernos pensar que Jesucristo
se disfrazó de hombre, sin que llegara a experimentar el
sabor agridulce de una auténtica naturaleza humana, como
la tuya y como la mía.
El
entronque real del Hijo de Dios con nuestra humanidad nos obliga
a pensar en el interés que Dios tiene en el hombre, lo cual
nos debe llevar a secundarlo todos nosotros que nos apellidamos
cristianos.
Así
mismo, el nacimiento temporal del Hijo de Dios nos lleva a ser más
y mejores hombres, ya que Jesús es el modelo humano, al constituirse
por derecho propio en el único ejemplar de la raza humana
sin pecado y ser el máximo revelador de la plena dimensión
religiosa del hombre.
Jesucristo
ha venido a traernos la perfección de la plenitud de la revelación.
El cristianismo no está destinado a coronar las insuficiencias
de las antiguas religiones dándoles el toque que les faltaba.
Jesucristo no viene a terminar edificios inacabados, sino que ha
venido a construir un nuevo Templo del Espíritu Santo. Las
piedras que utiliza somos los mismos hombres purificados con su
nacimiento.
4.-
Y se preguntarán ustedes, después de que les he estado
mareando con tantas palabras. ¿Cuál es nuestro papel
en una verdadera Navidad cristiana?
En
el concierto de la actualidad, en la común lucha por una
humanidad mejor, el cristianismo debe tener una aportación
específica: ofrecer un humanismo del amor y de la trascendencia,
nuestra contribución se sitúa en la línea de
la máxima exigencia y del ideal. Este es el factor cristiano:
amor y trascendencia. Nuestro peligro será la perdida del
realismo en la desconexión que nos lleva a ser simplemente
unos ilusos idealistas.
Navidad
quiere decir precisamente esto: una sonrisa divina se ha posado
sobre nuestras miserias, que constituye el motivo más fundado
de esperanza y es indicio de una posibilidad nueva ofrecida a todos
por la paciencia de Dios.
Dios
no muestra un rostro airado, ni la cara regada por las lágrimas
de la desilusión, sino que nos ofrece un don de paz ofrecido
por Áquel que es el más fuerte y que, resultando victorioso
a través del amor, puede dictar las condiciones de paz. Es
más, ha puesto una sola condición: dejarse amar.
5.-
Querido amigo:
Muchos
usamos, durante este tiempo santo, el mecanismo de la compensación.
Al sentirnos mal a causa de nuestras muchas deficiencias durante
el año que casi estamos por terminar, empezamos a compensar
nuestras carencias con atenciones, regalos..., momentáneos
y fugaces.
Navidad
no es tiempo de compensar, sino de revisar, de convertirnos y empezar
a hacer lo que tenemos que hacer.
Debemos
cuidar que nuestros regalos no sean compensaciones de lo que en
justicia debimos haber hecho durante todo el año.
6.-
Se preguntarán ustedes: ¿Y
Quién está necesitado del amor cristiano?
Eduardo Galeano escribe en el Libro de los abrazos la siguiente
anécdota:
“Fernando
Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas
de la Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban
sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar
el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo
esperaban para festejar. Hizo un última recorrida por las
salas, viendo si estaba todo en orden; y en eso estaba cuando sintió
que unos pasos lo seguían. Unos pasos como de nube: se volvió
y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás.
En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba
sólo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la
muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían
permiso. Fernando se acercó, y el niño le rozó
con la mano: Vos decidle a... –susurró el niño-
Vos, decidle a alguien que yo estoy aquí.
Ese
niño está enfermo, está marcado por la muerte;
peor aún, está solo. Completamente solo. Y es Nochebuena,
y él lo sabe. Nota las primeras sombras que anuncian el comienzo
de la noche sagrada. En esto, oye pasos en el pasillo y sale con
la esperanza de encontrar compañía en la fiesta de
todos. Es tímido y delicado y no quiere molestar a nadie.
Sólo un ligero tacto de su mano infantil, un débil
murmullo, una súplica inocente. Por favor, dígale...
dígale a alguien. No importa a quién. No importa dónde.
Basta con que le diga a alguien que yo estoy aquí. La gente
aún tiene corazón y quizá vendrá. No
van a dejar a un niño sólo en la noche en que nace
Jesús. Solo y con la muerte en su rostro. Solo en el banquillo
del hospital de niños. Solo mientras los cohetes festivos
explotan en el cielo. El niño está enfermo, y su enfermedad
se llama soledad. La enfermedad de la raza humana.
7.-
Amigos: ¡es Navidad! Y yo sé que aquel que predica
de Jesús no puede ser un aguafiestas, un amargado y un cenizo,
sino todo lo contrario, alguien comprometido con la fiesta de la
vida, un amante de una vida que no admite ni comprende la degradación
del hombre entrampado en el placer que solamente conduce a la soledad
y al hastío.
No
obstante, el que predica a Cristo tiene que recordar, si es preciso
a gritos, dónde está la verdadera vida en medio de
una sociedad opulenta pero que ha olvidado su destino y su lugar,
puesto que se ha olvidado de los hombres y están olvidando
que son hombres.
¡Les
deseo a todos ustedes, a sus familias y demás seres queridos
una Felíz y muy cristiana Navidad!
LA NIÑA DE LOS FÓSFOROS
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y
la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena.
En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña
pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa;
pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas
enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la
niña las perdió al apresurarse a
atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban
en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos
desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en
el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos
y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal
día: ningún comprador se había presentado,
y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un
céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy
mísero aspecto. ¡Pobre niña!
Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que
le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba
en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de
las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas
partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba
la infeliz niña.
Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón
entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía
sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa;
volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda.
Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa
hacía también mucho frío. Vivían bajo
el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las
mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos.
Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto
placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si
se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared
y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo
alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama
clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con
su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña
que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con
bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía
el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan
bien!
Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió
sus piececillos para calentarlos también; más la llama
se apagó: ya no le quedaba a la niña
en la mano más que un pedacito de cerilla. Frotó otra,
que ardió y brilló como la primera; y allí
donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente
como una gasa. La niña creyó ver
una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco
mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un
pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh
sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión
de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor
y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus
piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante
sí más que la pared impenetrable y fría.
Encendió un nuevo fósforo. Creyó
entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento:
era más rico y mayor que todos los que había visto
en aquellos días en el escaparate de los más ricos
comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores
y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña.
Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo
se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió
entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó
trazando una línea de fuego en el cielo.
-Esto quiere decir que alguien ha muerto- pensó la niña;
porque su abuelita, que era la única que había sido
buena para ella, pero que ya no existía, le había
dicho muchas veces: "Cuando cae una estrella, es que un alma
sube hasta el trono de Dios".
Todavía frotó la niña otro
fósforo en la pared, y creyó ver
una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con
un aspecto sublime y radiante.
-¡Abuelita!- gritó la niña-. ¡Llévame
contigo! ¡Cuándo se apague el fósforo,
sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás
como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso
nacimiento!
Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque
quería conservar la ilusión de que veía a su
abuelita, y los fósforos esparcieron una
claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido
tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el
brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan
elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía
hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la
niña entre las dos casas, con las mejillas rojas
y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío
en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado
allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había
ardido por completo.
-¡Ha querido calentarse la pobrecita!- dijo alguien.
Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto,
ni en medio de qué resplandor había entrado con su
anciana abuela en el reino de los cielos.
Hans Christian Andersen
CUENTO
DE NAVIDAD.
El
día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se
dirigían a la estación de naves espaciales, el padre
y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño
realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban
que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los
obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso
máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas,
sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa
fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando
éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
-¿Qué haremos?
-Nada, ¿qué podemos hacer?
-¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de
Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar.
El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.
-¿Qué...? -preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio
oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás
la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar
donde no había tiempo, donde no había meses, ni años,
ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día".
Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes
neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
-Quiero mirar por el ojo de buey.
-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.
-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
-Espera un poco -dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un
lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos
y en el árbol con sus velas blancas que había tenido
que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una
idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz
y maravilloso.
-Hijo mío -dijo-, dentro de medía hora será
Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de
algún modo el niño lo olvidaría. El rostro
del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré
un árbol? Me lo prometieron.
-Sí, sí. todo eso y mucho más -dijo el padre.
-Pero... -empezó a decir la madre.
-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y más,
mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó,
sonreía.
-Ya es casi la hora.
-¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos:
un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento
insensible.
-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está
mi regalo?
-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño
de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa.
La madre los seguía.
-No entiendo.
-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina.
El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código.
La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se
oyó un murmullo de voces.
-Entra, hijo.
-Está oscuro.
-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente
estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de
vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por
dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño
se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre
y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la
oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó
lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio
del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente
mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor
de cien mil millones de maravillosas velas blancas.