Domingo 2 de Enero de 2005_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez
SORPRESAS DE UNA PÁGINA MARAVILLOSA.
“
Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos
del rey Herodes. Unos magos de Oriente llegaron a Jerusalém
y preguntaron: “¿Dónde está el rey
de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su
estrella y hemos venido a adorarlo
Al enterarse
de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén
con él. Convocó entonces a los Sumos Secerdotes
y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde
tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron:
“En Belén de Judá, porque así lo ha
escrito el profeta: Y tú Belén de Judá, no
eres en manera alguna la menor de las ciudades ilustres de Judá,
pues de ti saldrá un jefe, que será pastor de mi
pueblo, Israel”
Entonces Herodes
llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el
tiempo en que se les había aparecido la estrella y los
mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan
a averiguar cuidadosamente qué hay sobre ese niño,
y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también
vaya a adorarlo”.
Después
de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto
la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos,
hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al
ver de nuevo la estrella se llenaron de inmensa alegría.
Entraron en la casa y vieron al niño con María,
su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo
sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos
durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron
a su tierra por otro camino”.
Esta
página del Evangelio de san Mateo está tan llena de
viveza y de colorido, que bien nos daría pie para escribir
un hermoso y maravilloso cuento, digno de figurar en el catálogo
de los best-sellers de evasión, como esos que hay tantos
en nuestros días.
En
el pasaje hay unos personajes enigmáticos,
llamémosle misteriosos, como en los cuentos
de hadas; hay un largo viaje que ha estimulado la fantasía
de muchos literatos antiguos y modernos; una estrella extraordinaria,
y muy especial, en el firmamento que aparece, desaparece y vuelve
a aparecer; un momento de suspenso en la interrupción, la
búsqueda, el cuestionamiento, el reinicio, el hallazgo y
el regreso por otros caminos; los propios que se han vuelto extraños
y los lejanos que se hacen cercanos; un rey cruel con planes maquiavélicos
cuyos proyectos se ven frustrados en cuanto al objetivo inmediato;
unos regalos fabulosos que exigen nuestra reflexión: oro,
incienso y mirra y, al final, un desenlace feliz. Parece que no
faltan detalles, como para que todos estos elementos conviertan
el texto escrito en un libro que se agote de inmediato en los estantes
de las librerías.
2.-
Pero,... si realizamos una lectura atenta, y si somos capaces de
escuchar el mensaje de Dios, nos vamos a encontrar con que esta
página del Evangelio, puede ser todo lo que nosotros queramos,
pero nunca será una página tranquilizadora
para los tibios. Esta no es una página de
un libro de evasión de los que están tan de moda.
Más bien, esta es una de esas pocas páginas que nos
debieran incomodar humana y cristianamente a cualquiera de nosotros,
se trata de una página molesta
y que debiera quitarnos la tranquilidad que acompaña nuestras
mediocridades.
Para
que podamos darnos cuenta de esto, bastaría que examináramos
despacio este viaje en sus aspectos más realistas, quitándole
ese barniz novelezco, con el que generalmente tendemos a encubrirlo,
disfrazarlo y anularlo.
Este
episodio del Evangelio, nos muestra el primer encuentro del Dios
encarnado con el hombre y, está plagado de muchas sorprendentes
y desconcertantes sorpresas, ya que nos muestra la calidez de la
actitud que tiene Dios hacia el hombre y esa frialdad en la actitud
que tiene el hombre hacia Dios.
En
esta reflexión más que el ofrecerle a Dios tres dones
le pediremos tres regalos para con ello convertir nuestra vida en
el mejor de los obsequios.
3.-
La primera sorpresa que nos sale al encuentro es el camino mismo.
Los magos contemplaron una estrella. Ellos siguieron su llamada.
Pero la estrella no les fue acompañando paso a paso, solucionándoles
todos los problemas, todas las dificultades del camino.
El
viaje que ellos emprenden desde el mismo principio aparece con aires
de una incómoda aventura, a la que se arriesgan afrontando
con decisión todas las dudas y circunstancias imprevisibles,
tal vez duras, que pudieran presentarse.Y esta es la primer gran
enseñanza.
Una
de nuestras tentaciones en la vida cristiana es precisamente la
de buscar ansiosamente los caminos seguros, derechos, perfectamente
pavimentados; todos queremos una especie de autopista con todos
los señalamientos para el espíritu. Queremos que existan
todos los indicadores necesarios, hasta para los más mínimos
detalles.
Queremos
que nuestra vida tenga semáforos conectados directamente
con la Providencia de Dios, que nos ofrezcan, momento a momento,
sin posibilidad de equivocarnos, la luz verde del camino abierto,
seguro y sin peligros, o que nos impongan sin remedio una luz roja
y una pluma como barrera para que hagamos el alto total en el momento
del riesgo real.
Si
no se puede lo del semáforo queremos que haya en el camino
algunos teléfonos con línea directa, de tal manera
que cualquier duda en el recorrido pueda aclararse inmediatamente
con el mismísimo Dios; exigimos una respuesta
exacta, segura y sin complicaciones de todo género de problemas.
Queremos que nuestro cristianismo sea una máquina de respuestas
prefabricadas, a la que se le haga funcionar apretando simplemente
un botoncito.
Nos
gusta, el que los caminos tengan una iluminación perfecta,
con vieletas de energía solar y con algunos otros de los
últimos adelantos. Queremos que todo esté claro. Todo
exacto. Todo matemático. Todo perfectamente lógico.
Pero
el cristianismo no es una clase de matemáticas. Y su geografía
es un poco o un mucho extraña, casi siempre insegura, si
es que le juzgamos con nuestros criterios.
La
vida cristiana no es una almohada mullida sobre la que podamos fácilmente
conciliar nuestros sueños dorados, en ocasiones nos pide
caminar a oscuras y no pocas en tinieblas, e incluso nosotros tenemor
que iluminar a los demás, aún cuando nuestra alma
esté sumergida en la más negra de las noches.
Aceptemos
nuestro camino, como los magos, aún en los momentos en que
nuestra estrella se nos pierde en el horizonte. Aceptemos que nuestro
camino suele ser un camino incómodo, lleno de dificultades
y de sorpresas. La vida cristiana le pertenece a aquellos que no
le tienen miedo a salir de su confortable habitación para
encontrarse con el Dios que ha salido de la majestad perteneciente
a su gloria para así plantar su tienda entre nosotros.
Pidámosle
a Dios el primer regalo: aprender a caminar a oscuras, saber correr
el riesgo, no claudicar a la aventura cristiana por los momentos
de dramatismo que podamos vivir.
Nos
podemos romper la cabeza para reencontrar el camino. No importa.
Los mártires, muchos al menos, entraron al cielo... sin cabeza.
4.-
Hay una segunda sorpresa: la de los téoricos en las cosas
de Dios.
Cuando
los magos llegaron a Jerusalén, creyeron que había
terminado su camino. Allí estaba el rey, estaban los sacerdotes,
estaban los doctores de la ley, que debían saber todo referente
al niño. Pero, ¡Qué sorpresa!
Los
escribas y los sacerdotes dieron a los magos una respuesta teórica,
todo lo exacta que se quiera; pero una respuesta terriblemente fría.
Ellos saben donde está, pero ellos no asomarán ni
siquiera la nariz.
Tremenda
paradoja: los elementos inanimados han cumplido con su función
de señalizar el camino hacia Dios, y el hombre que con su
ciencia conoce, pero que en su consciencia no tiena apertura para
el misterio de Dios.
Hoy,
el mundo espera de los cristianos una respuesta vital, no entiende
las respuestas puramente teóricas, por sabias que éstas
parezcan.
Resulta
fácil poner indicadores en la carretera que señalicen
un sitio en el que nunca hemos estado. Es cómodo hablar de
una geografía que no hemos visitado, sobre todo cuando estamos
en el confort de nuestros palacios.
Es
contradictorio, el que construyamos poéticas piezas oratorias
sobre un pesebre, sin que conozcamos lo que es un pesebre, pero
más aún mientras vivimos en el ambiente holgado de
nuestra casa o de nuestra habitación, con los cristales empañados
por nuestra elucubraciones místicas y por la calefacción
de nuestro espíritu burgués, que le impide a nuestros
ojos meterse dentro de la triste realidad que por todas partes nos
rodea, y quizá en lugares y en personas más cercanas
de lo que pensamos.
Los
cristianos debemos pedirle al Señor
el segundo regalo: hablar mucho menos y hacer mucho más,
siendo fieles a nuestra misión de ser signos, conociendo
más sobre Dios y viviendo aún más lo que predicamos.
De esta manera seremos especialistas en cristianismo, no por que
vomitemos textos bíblicos a diestra y siniestra sino porque
nuestra vida se puede convertir en el mejor referente de nuestra
fe.
5.-
Y llega la tercera sorpresa: ¿los regalos son suficientes?
¿Se
habrán dado cuenta los magos de que sus dones eran enormemente
desproporcionados con la verdadera grandeza del Niño? ¿Podrían
bastar el incienso, el oro y la mirra para corresponder a su amor
infinito? ¿Qué don se puede ofrecer a quién
se hizo Don? Esta es indudablemente la más dolorosa de las
sorpresas... la pequeñez del don respecto al destinatario.
Tiene
san Ambrosio de Milán una frase de esas que nos hacen cortar
la respiración: “Dios
no mira tanto lo que le damos, cuanto lo que nos reservamos para
nosotros”.
Siendo
las cosas así, quién esté satisfecho con sus
dones ofrecidos a Dios que dé un paso al frente. ¿Cuál
es el tercer regalo que tú le pides a Dios? Te dejo para
que tu lo pienses.
6.-
Cada una de estas tres sorpresas debieran intranquilizarnos y quitarnos
el sueño. Esta escena de los magos provoca más remordimientos
que poesía.
No
te resulta extraño que Dios haya tardado cuatro mil años
en preparar al pueblo elegido, enviándoles señales
y profetas que les mantuvieran en el deseo de la espera. ¿Y
qué sucede cuando llega el Mesías?. La primera adoración
solemne y oficial la hace la gente que no pertenece a su pueblo,
la hacen los gentiles.
¡Que
no nos suceda la mismo! Con gran pompa hemos llegado al quinto año
del tercer milenio del cristianismo. Los cristianos hemos sido favorecidos
generosamente por Dios, por su gracia abundante, Él nos ha
rodeado de su bondad, y quizá un día alguien llegue
de tierras lejanas a preguntarnos sobre este Niño que se
encuentra en brazos de su Madre.
Y
nosotros tal vez, avergonzados, tendremos que confesar que sabemos
donde está, pero que “realmente nunca nos hemos encontrado
con Él, que nunca hemos estado en la gruta”.
Y
llegarán ellos, los extraños, muchísimo antes
que nosotros.
Y
la verdad es que ellos no volverán a nosotros, porque ellos
al haberse encontrado realmente con Dios tomarán otros caminos
muy distintos a los que nosotros recorremos, caminos que no son
los nuestros, el encuentro con Dios les dirá por sí
mismo que vayan por otros caminos en donde nosotros no estamos,
y es por eso que ni siquiera vendrán para contarnos de la
gran sorpresa que les esperaba en Belén, porque aunque tú
y yo conozcamos de memoria todos los textos de los profetas y todos
los demás libros bíblicos seguimos
encerrados en la placidez de nuestros palacios construidos con la
cantera del egoísmo, el mármol de la soberbia y las
maderas de la hipocresía.
LA SALVACIÓN
UNIVERSAL.
“ Jesús nació en Belén
de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de Oriente
llegaron a Jerusalém y preguntaron: “¿Dónde
está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque
vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo.
1.-
Muy queridos
amigos:
Al
celebrar la Solemnidad de la Epifanía, Dios nos muestra que
la salvación de Jesucristo por ser divina es universal, que
ante Él no existen las fronteras, y nos lanza la invitación
para que salgamos de nuestra comodidad, para que enfrentemos y superemos
los riesgos y para que vivamos verdaderamente el cristianismo. Dios
quiere que no seamos sólo unos teóricos de la ley,
y que nos convirtamos a la generosidad.
2.-
El Evangelio de este domingo nos muestra a la gente notable de Oriente,
perteneciente a las naciones paganas, que han venido a adorar a
Jesús, el rey de los judíos. Mientras que
Herodes, los pontífices y los letrados del pueblo hebreo,
conociendo las profecías que señalaban a Belén
como la cuna del Mesías, no dieron un paso hacia él;
al contrario.
Ahí
empieza el contraste entre la postura ante Cristo de los representantes
oficiales del poder y de la religión del pueblo elegido,
que no creen, que se rebelan, que acabarán tejiendo la muerte
de Cristo; y la actitud de los paganos, que en realidad están
más cerca, más dispuestos a acoger a Cristo, y que
Dios les abre su reino y encuentran la salvación.
En
este primer pasaje de la vida del Señor, comienza el fin
y la ruptura del particularismo de Israel, la superación
por Cristo de sus formas, ritos, religión y privilegios.
Con enorme escándalo esos “privilegiados”, se
rasgarán las vestiduras cuando vean a Cristo hablar y comer
con los paganos, con los “pecadores”...
Cristo
ha venido por todos y para todos, así que nada de restricciones,
divisiones, individualismos, sectarismos, distinciones discriminatorias,
particularismos ideológicos, sentimentales y políticos,
ni regionalismos...
3.-
Nuestra fiesta nos recuerda que para Dios no existen las fronteras.
¿Recuerdas?
Al principio, Dios le dió la tierra al hombre, y el hombre
la ha fraccionado. El hombre ha inventado las fronteras, esos límites
territoriales, que en muchas ocasiones no son mas que líneas
imaginarias, pero que marcan fuertes distancias entre los hombres.
Hoy,
en la Epifanía de Dios, en su manifestación, Dios
nos enseña que en su geografía no existen los confines,
que en su trazo de nuestro territorio no existen las distancias,
y que por lo tanto para él no existen los distantes.
4.- El ser humano es el que se ha encargado de separar a
los hombres por colores, por raza, por cultura y por economías.
Y
fue así, como el hombre se
ha encargado de crear los ghettos, las alambradas y los muros. Es
el hombre el que peca de xenofobia, a su racismo le llama “pureza”,
al desprecio por el hermano lo llama nacionalismo y al asesinato
del prójimo le ha llamado patriotismo.
¿Ya
te has dado cuenta? En un sinfín de ocasiones la frontera
más dolorosa y avergonzante es la religiosa, la de aquellos
que despreciamos a los hijos de Dios en el nombre de Dios. Y se
puede llegar a la aberración de matar al mismo Dios en el
nombre de Dios... ¿No lo crees? Entonces, dirige la mirada
hacia la cruz.
5.-
¡Mira!, a Dios no le molesta el particularismo, lo que le
molesta es la exclusión que hacemos de los otros.
La elección de Dios está ordenada al servicio. A los
cristianos nos ha llegado la elección por Jesucristo, pero
Jesucristo se ha hecho con su muerte y resurrección, el centro
de una comunidad que rompe los límites del espacio y del
tiempo,... y del color de la piel.
Y
es que la Palabra de Dios debe extenderse a todas las naciones;
es cierto que se concentra en el cristianismo, pero en orden a su
universalización.
El
Evangelio debe predicarse a toda creatura. La Iglesia será
infiel a la Palabra de Dios, en el momento en que olvide las dimensiones
de universalidad.
Resulta
claro en muchos, que nos decimos cristianos, la poca comprensión
que se tiene del mensaje de Jesucristo, al querer reducir el Reino
de Dios a un pequeño grupo de predestinados. ¡Nada
hay más aberrante que esto!
6.-
Jesucristo, en su epifanía, nos invita a la universalidad.
¿Somos
verdaderamente universales? Pensémoslo bien
y no nos engañemos, por que ser universales –católicos-
tal como Cristo nos quiere exige mucha renuncia a sí mismos
en ideas y actitudes, en costumbres y adhesiones, en identificaciones
y en numerosas dimensiones que constituyen nuestro concreto vivir.
Pensémoslo: ¿somos verdaderamente
universales, hombres sin fronteras, dominados por el amor universal
sin límites? Si no lo somos, no somos cristianos.
Los
egoísmos crean las divisiones, las distancias, las rupturas
y los enfrentamientos. Se despedaza a la humanidad en bloques. ¿Cuándo
alcanzaremos esa integración entre diversidad y unidad que
exige la universalidad en el amor sin límites que Cristo
quiere para su Iglesia y para la humanidad?
7.-
Vivimos en el nuevo lustro, década, siglo y milenio que pretende
llamarse del hombre universal, cósmico e interplanetario
y vivimos divididos, fragmentados, enfrentados y desintegrados.
El
amor de Cristo hace universal al hombre. Profunda y anchamente universal.
El Espíritu de Cristo ha hecho decididamente universal a
la Iglesia de Cristo. ¿Habremos de concluir que no hemos
asimilado el amor de Cristo los cristianos y que la Iglesia no se
deja conducir enteramente por el Espíritu de Cristo?
La
división y los ataques se dan incluso en el interior del
cristianismo. ¿A quién creerle? Yo sé que a
Jesucristo, pero somos tantos los que lo predicamos con los labios
y que nos damos de puñetazos al aire libre o de patadas bajo
la mesa.
8.-
Cuenta una leyenda antigua, la historia de un hombre sumamente acaudalado,
que valoraba como su más grande tesoro un anillo de oro que
le había vendido un anciano en su juventud, y que le comunicaba
inmediatamente a su poseedor tres dones:el
amor, la justicia y la bondad. Efectivamente este hombre era afectuoso,
justo y bondadoso.
Este
hombre tenía tres hijos, y su gran dilema era, ¿a
quién le iba a heredar esta prenda tan preciosa?
Ya
entrado en años y con la enfermedad a cuestas, en una noche
de oración encontró la respuesta.
Al
siguiente día mandó llamar a un orfebre genial, y
le encargó, en secreto, una tarea: hacer dos anillos idénticos
al que él tenía. Aquel orfebre era sumamente hábil,
el mejor de la comarca, y realizó la encomienda con la mayor
eficacia. Al regresar le entregó el anillo auténtico,
y otros dos similares que hasta se veían avejentados, de
tal manera que no se distinguían el uno de los otros.
El
hombre fue llamando, a su lecho de enfermedad, a cada uno de sus
tres hijos por separado, y a cada uno de ellos le dijo: “Aquí
tienes mi más preciada joya, un anillo que te convertirá
en un hombre amoroso, justo y bondadoso. Te pido que no se lo muestres
a nadie, hasta que yo muera”. Y así cada uno de los
tres hijos recibió y después guardó su propia
argolla.
Al
poco tiempo el padre murió, y el día de su sepultura,
cada uno de los hijos traía en el dedo anular de su mano
izquierda un anillo idéntico.
Al
siguiente día de la muerte de aquel hombre, se inició
la discusión sobre cuál de los tres anillos era el
auténtico. El conflicto llegó a mayores, y solicitaron
la participación de un viejo y sabio juez, al cual le contaron
el dilema en el que se encontraban: ¿Cuál de las tres
sortijas era el anillo genuino que le daba automáticamente
a su poseedor el amor, la justicia y la bondad?
El
juez después de cansarse con las discusiones de aquellos
tres hombres egoístas e inmaduros, les pidió silencio
y dictó su veredicto: “Váyanse a sus casas,
y puesto que dicen que la argolla auténtica que les heredó
su padre les concede a sus poseedores el amor, la justicia y la
bondad, aquel que viva el amor, la justicia y la bondad es el que
tiene el anillo verdadero”.
9.-
Muy querido amigo:
No
quiero caer en un mediocre irenismo, ni en un engañoso e
ingenuo ecumenismo falso y adormilado.
Yo
soy el primero en confesar que Jesucristo no es un camino más
sino el Único Camino, que el Señor no es una verdad
más de las que se han predicado en el mundo sino que Él
es la Verdad absoluta, y que Jesucristo no es una opción
más de vida sino que en Él está la Vida verdadera,...
pero yo soy el primero que debo vivir lo que creo, enseño
y celebro.
Detrás
de nuestras muchas discusiones y ataques entre cristianos. ¿Quién
tiene el anillo auténtico? Creo firmemente que en
la Iglesia católica subsiste el depósito de Aquel
que es el Camino, la Verdad y la Vida,... pero creo también
en lo siguiente: Hace falta vivir
el amor, la justicia y la bondad.
10.-
Ya no son estos los días de vivir separados. Nuestra
fiesta del día de hoy nos dice que todo el universo está
llamado a una comunión grande y solemne. Ni la Iglesia ni
el mundo puede convertirse en un agregado de átomos, de células
o de mónadas. Somos un organismo.
Entendamos
que ser cristianos es tener la capacidad de que nuestro corazón
se ponga a latir a un ritmo cósmico. Desgraciadamente este
corazón que llamamos cristiano, ni siquiera ha aprendido
a latir a un ritmo humano...
Para
que nuestro mundo sea verdaderamente cristiano, es preciso que un
día seamos por lo menos humanidad.
El
cristianismo debiera ser, para todos nosotros los bautizados, esa
aventura colectiva de la humanidad en la que hay un lugar para cada
una de las aventuras particulares.
11.-
¿Y los gentiles? ¿Son evangelizados los gentiles de
hoy? ¿Son atendidos e incluidos por la Iglesia en el cuerpo
de Cristo? Pero, ¿no existen en todas partes los alejados,
los marginados, los olvidados por la Iglesia, por los cristianos?
Abundan. ¿No debemos ir también a ellos, e incluso,
a ellos ante todo?
Quizá
muchos cercanos se han vuelto lejanos a causa de nuestra impertinencia.
Si no lo crees, entonces un día, sólo un día
en lugar de dedicarte a pasar lista de los presentes toma la lista
de los ausentes...
El
redescubrimiento y el cumplimiento de la misión de ir a los
gentiles, daría hoy a la Iglesia una vitalidad que está
necesitando; una vitalidad insospechada, porque hoy como siempre,
los que están fuera y lejos pueden ser los más disponibles
a la fe.
LUZ,
ALEGRÍA Y REGALOS.
“Y
lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para
ellos en la posada”.
1.-
Más tarde
el Señor nos dirá: “Llamad
y se os abrirá”. Pero para su madre, que entonces
le llevaba en su seno bendito, las puertas permanecen cerradas y
los hombres dentro, apostados detrás de la fortaleza de su
egoísmo, dispuestos a no ceder ni un palmo de terreno.
Para
él no había sitio. Tiene que ir a nacer fuera de la
ciudad. Fuera de la ciudad morirá también.
Interiormente
todos nos hemos sublevado contra aquellos miserables que le han
cerrado las puertas a un Dios que viene a nacer con nosotros.
Pero,...
¿no será una falsa indignación la nuestra,
un cómodo subterfugio?
Porque
seamos sinceros, nosotros en realidad nos portamos mucho peor. Claro
que hemos adquirido un mayor nivel social y nos repugna el hecho
de dejarlo abandonado fuera de la puerta. Somos gente con más
educación. No somos como aquellos villanos tan egoístas.
¡No!
No le hemos dejamos físicamente fuera. Pero sospechamos el
peligro, nos damos cuenta que para nuestros egoísmos su presencia
puede ser poco grata, advertimos que nos puede molestar y que tal
vez tengamos que defendernos de él, o, por lo menos, de algunas
de sus enseñanzas.
Somos
muy educados y no le hemos dejado fuera. Pero con nuestros muy finos
modales, valiéndonos de nuestros sumamente exquisitos conocimientos
diplomáticos, llegaremos a conseguir que su presencia nos
resulte “innocua”. ¿Qué
quiere decir innocua? Inofensiva, inerte, inocente.
2.-
Y, así hemos inutilizado la Navidad. Nuestra actitud ha sido
más detestable que la de aquellos que le dejaron a la puerta.
¿Por qué?
Cristo
es quien nos ha traído la luz. Pero nos dimos cuenta de que
su luz nos molesta; es indiscreta, se cuela por todos los rincones,
descubre nuestras miserias y limitaciones, nuestros egoísmos
y mezquindades.
Nos
hemos dado cuenta de que la luz de Cristo no es ornamental sino
funcional. Su luz no es un adorno, sino que compromete. Exige cambios
dolorosos en nuestra existencia y esto no nos agrada.
Es
una luz provocativa, que para muchos puede llegar a ser fastidiosa.
Y nosotros, lejos de dejarnos “arrollar” por esa luz
maravillosa, lejos de rendirnos ante ella, decidimos hacerle competencia,
oponiendo nuestros pequeños y ridículos farolillos
de color.
Y
como señal de nuestro infantilismo, nos cubrimos los ojos,
para defendernos de esa luz que llenó con su resplandor la
cueva de Belén.
Queremos
neutralizar la luz con las manos pegadas a nuestros ojos.
Y
no queremos darnos cuenta del Dios que piensa en el hombre con amor,
que ha bajado hasta el hombre, que se acerca hasta el hombre, ¡Qué
se hace hombre! Un Dios que se hace caminante para recorrer junto
a nosotros el mismo camino, compartiendo nuestras penas y miserias;
nuestras lágrimas, angustias y esperanzas. Un Dios que viene
a traernos la salvación. A todos. Un Dios que se revela como
misericordioso.
3.-
Este mensaje debería iluminar nuestra vida y llenarnos de
alegría.
Alegría,
porque el anuncio le da al hombre una nueva posibilidad que podría
parecer una locura. “Dios se ha hecho hombre para que el hombre
pueda encontrarse con Dios”. Pensándolo bien, habría
que volverse locos. Pero,... ¡Locos
de alegría!
Pero
no es así. Despreciamos la alegría de Dios. Cristo
nos ha traído una felicidad que traspasa nuestros horizontes
terrenos. Y le consideramos un intruso, un aguafiestas, un enemigo
de nuestra alegría. Como si Cristo viniera a robarnos la
tierra o a envenenar esos codiciados manjares terrenos en los que
hundimos a diario nuestros dientes y nuestras uñas.
¿La
alegría de Dios? Que nos deje en paz saboreando nuestras
ridículas alegrías humanas, plácidamente atrincherados
en la lóbrega guarida de nuestro egoísmo...
4.-
Sobre este egoísmo, quisiera hoy compartirte uno de los mensajes
más lamentablemente ciertos y disfrutablemente dolorosos.
Se
trata de un mensaje contenido en un libro que en el año de
1974 hizo su aparición. Fue escrito por Gerda Klein y se
titula: La Rosa Azul. A continuación te comparto una visión
rápida sobre el contenido del mismo:
“Jenny
es una niña, una chiquilla encantadora de ojos castaños
y de cabellos también color castaño oscuro.
Si
los cabellos se le vienen sobre los ojos, los aparta a un lado,
pero no se lleva la mano directamente a la frente como cualquier
otra niña.
En
vez de ellos, hace revolotear la mano como una flor al abrir sus
pétalos. Y luego aparta los cabellos que le cubren los ojos.
Y
es que ¿saben? Jenny es diferente. ¿Diferente? Sí,
diferente de la mayoría de las niñas.
Porque
sin duda no todos hemos de ser iguales, de pensar igual, o de obrar
de igual modo, ni tener igual aspecto.
A
mis ojos, Jenny es como una rosa azul. ¿Cómo una rosa
azul?
¿Alguien
ha visto alguna vez una rosa azul? Hay, claro, rosas blancas y rosas
de color rosa; hay rosas amarillas y, por supuesto, a montones,
rosas rojas. Pero ¿rosas azules?
Todo
buen jardinero quisiera cultivar una rosa azul. Sólo por
verla, muchedumbres enteras vendrían de lejos. Sería
una rosa singular, diferente y bellísima.
También
Jenny es diferente. Por eso a su lado, semeja una rosa azul.
Cuando
Jenny vino del hospital a casa era una muñequita de color
de rosa, con su carita tierna y redondeada, que lloraba más
que otros niños.
¿Por
qué? Porque tal vez veía otras sombras que le amedrentaban.
Percibía quizá sonidos que eran extraños para
ella. Ya un poco mayorcita, Jenny estaba siempre al lado de su madre
y se abrazaba a ella con fuerza.
Les
diré: cuando un gatito pierde la cola, se le afina el oído,
según cuentan. Es verdad que la cola les ayuda a correr más
de prisa, pero un gato sin cola oye mejor y percibe las pisadas,
más pronto que otros gatos.
Cierta
gente ignora que tal gato tiene un oído finísimo:
sólo sabe que le falta la cola. No faltan niños crueles
que al mirarlo hacen mofa diciendo: “¡Ese gato no tiene
cola! ¿Ese gato es un rabón!”
Jenny
corría a veces en busca de su madre y la abrazaba con fuerza
sin más ni más. Al menos, sin razón aparente.
Y
así acabamos comprendiendo que Jenny vivía en un mundo
diferente, en cierta forma para nosotros desconocido. Empezamos
a creer que habitaba en un mundo en el cual quizá nosotros
no nos sintiéramos como en el propio. Tal vez, el ir a él
equivaldría de algún modo a emprender un viaje a otro
planeta.
Podría
decirse que Jenny se halla detrás de un biombo, un biombo
invisible para nosotros. Tal vez esté pintado de hermosos
colores. Es posible que estos colores la distraigan y que a veces
le impidan prestarnos atención cuando le hablamos. O quizá
sea que escucha una música que no alcanzamos a oír.
Se asegura que los peces usan un lenguaje y una música que
sólo ellos perciben y que las olas les traen. Una música
que no podemos oír porque el oído humano no es bastante
sutil.
Así
pues, Jenny quizá perciba sonidos no oídos por nosotros.
Tal vez por eso, de pronto, suele dar un salto y entregarse a su
danza desgarbada.
En
ocasiones, me figuro que Jenny es como un pájaro, un pajarillo
de alas muy pequeñas. Para un ave así, el volar es
muy difícil: le exige más fuerza, mayor trabajo, más
tiempo. Para el ave de alas normales, volar es natural, más
el pájaro alicorto ha de esforzarse más para aprender.
En cierto modo, tiene que ser más listo.
Y
por tanto, debemos aprender cuánto ha logrado Jenny luego
que aprende algo.
Más
existe otra Jenny. Esa Jenny que, cuando sopla el viento, alguna
tarde del tormentoso invierno, se está en su mecedora, a
solas, meciéndose, arrullando a su muñeca en brazos.
Se siente conturbada y perpleja, y murmura despacio:
“Mamita,
Sally dice que soy retrasada. ¿Qué quiere decir con
eso, mamita? ¿Retrasada? ¡Retrasada!, repiten los niños
y se ríen”.
“¿Por
qué ríen, mamita? ¿qué significa retrasada?”
Muchas
cosas hay que Jenny no puede comprender. Y hay muchas cosas que
otras personas no entienden al tratarse de Jenny: que Jenny es como
un gatito sin cola; que es otra la música que llega a sus
oídos; que Jenny es como un pajarillo alicorto y que por
ello requiere mayor protección.
Jenny
es como una rosa azul, delicada y exquisita. Y siendo tan pocas
las rosas de color azul, sabemos muy poco de ellas.
Sólo
sabemos que son muy pocas en el jardín de Dios, que hay que
cuidarlas con mayor celo. Y amarlas más aún.”
5.-
Amigos: La fiesta de la Navidad ya vivida, la de la Sagrada Familia
celebrada, la de la Maternidad Divina tan cercana y la fiesta de
la Epifanía que hoy celebramos con gran júbilo, nos
hablan del Dios que nos ha traído sus dones, o mejor dicho,
Él mismo se ha hecho don. El don por excelencia.
Y
muchos nos engolosinamos ridiculamente acariciando esos paquetes
con nuestros insignificantes regalos.
El
Señor nos invita para que vivamos la Navidad convirtiéndonos
en luz para los demás. Cristo quiere que nos convirtamos
en alegría para los hombres, que seamos testigos de la alegría
cristiana al llevar un mensaje de salvación y no de condenación.
Jesucristo nos pide que seamos nosotros mismos un regalo, un don
para los demás. Que hagamos de nuestra vida una entrega sin
reservas. Para todos.
Porque
el cristiano ha de sentirse deudor de todos sus semejantes, especialmente
de las rosas azules
que están en el jardín de Dios.