Domingo
3 de Julio de 2005_________Pbro. Rogelio
Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
TRES TIPOS DE CANSANCIO.
“En
aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy
gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has
revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así
te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las
cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie
conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar.
Vengan a mí, todos los
que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los
aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí,
que soy manso y humilde de corazón y encontrarán
descanso, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”.
¿Alguna
vez se han sentido cansados en la vida? ¿Saben si alguna
persona querida se siente cansada? ¿Hay alguna situación
que convierta la belleza de la vida en una carga exhaustiva para
alguien?
Al
lanzarnos el Evangelio del día de hoy una invitación
para que aquellos que están cansados y fatigados se acerquen
al Señor, no pude más que pensar, en aquellos factores
que comúnmente nos provocan cansancio en nuestra propia vida.
2.-
Sé que son muchas las situaciones que detonan cansancio en
la vida de las personas, pero el día de hoy, hablaré
sólo de tres de las situaciones que nos acarrean fatiga:
las cargas prematuras, las cargas excesivas y la falta de motivación.
3.-
El primer elemento que puede y suele causar cansancio en el corazón
de las personas es el de la llegada repentina de las así
llamadas cargas prematuras. Se trata de pesos que quizá,
a juicio de cualquier persona, no sean excesivos, pero que no corresponden
a la edad o a la etapa que vive la persona.
¿Te
puedes imaginar a un niño que ante la ausencia de su padre,
ya sea por que ha muerto, o por que les ha abandonado o por que
él es un desobligado, haya tenido que asumir un rol o un
papel al frente del hogar, para apoyar a su madre en la responsabilidad
ante sus hermanos?
Este
niño que asume cargas y responsabilidades que no coinciden
con su tierna edad, irá acumulando cansancios, tanto por
aquello que se le ha pedido, como por las etapas de su vida que
no ha vivido, y que jamás podrá vivir, salvo con el
riesgo de vivir esas fatídicas regresiones.
Decía
Piaget: “No
se le pueden pedir peras al peral en flor”.
Y la verdad es que hay tantos perales endebles a los que se les
ha forzado a dar unos frutos que no les correspondían o para
los que no estaban capacitados.
¿Cuántos
niños hay así entre nosotros? Son demasiados. ¡Más
de los que te imaginas! Y sin duda, caminan cansados por esas cargas
prematuras que súbitamente les asaltaron y que ¡no
hubo de otra!, sino el asumirlas y el dar la cara por los que han
retirado la cara. Muchos de nuestros niños mal llamados “de
la calle”, se encuentran en esta situación.
4.-
El segundo tipo de cansancios es aquel que es provocado por las
cargas excesivas. Y Se trata aquí, ya no de la antelación
de responsabilidades, sino de aquellos que bien pueden ser personas
maduras y que su edad pudiera ser la adecuada como para asumir una
responsabilidad. Sin embargo, sobre sus hombros se han descargado
no una, sino dos o más responsabilidades, hasta llegar al
exceso y con ello detonar el cansancio.
Se
trata de aquellos que bien pueden ser sumamente competentes en las
cualidades que Dios les ha dado y en los talentos que han sabido
cultivar; sin embargo, bien sea por la necesidad o por la falta
de jerarquización o por las pretensiones de vanagloria o
por las aspiraciones de la propia o ajena codicia, llegan a tener
varios trabajos por realizar.
Esta
carga excesiva, tarde o temprano, o más temprano que tarde
se encarga de cobrar su factura y entonces provoca cansancio y agobio
en la vida de las personas.
5.-
Aunque pudiera no ser autoprovocado sino sólo y dolorosamente
padecido, tenemos que decir que también se incluye en los
cansancios provocados por las cargas excesivas el que experimentan
aquellas personas que tienen que sacar adelante una realidad en
la que el contrato originalmente fue diseñado para dos y
rubricado por dos personas.
Se
trata de aquellos que se subieron a la barca de la vida en la que
iban a ir acompañados por el esposo o por la esposa, y que
de pronto se han quedado solos al frente de la tripulación.
Sin
duda, en esta situación se encuentran aquellos que han enviudado
mientras los hijos todavía son pequeños; sin embargo
hoy quisiera referirme a aquellos que repentinamente han visto,
que cuando la barca se encuentra sumergida en la furia de la tormenta,
alguien de pronto se ha tirado por la borda o se ha subido a la
balsa de emergencia y se ha marchado, y le ha dejado abandonado
o abandonada al frente de una situación apremiante y de una
tripulación al borde del naufragio.
Se
trata de aquellos que habiendo tenido un día un cónyuge,
este no comprendió que la labor del ser esposos y cónyuges
era precisamente el llevar los dos compartidamente el mismo yugo,
es decir, la misma responsabilidad, la misma tarea, un mismo quehacer.
Entre los cónyuges uno apoya al otro, y cuando uno se siente
cansado, se siente seguro porque sabe que el otro estará
listo, para sacar adelante el trabajo delegado por Dios.
Se
trata de aquellos, que habiendo recibido en el día del matrimonio
un consorte, es decir, a aquel que contigo viviría la misma
suerte. Aquel o aquella, tu consorte, que estaría contigo
en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad,
en los días gratos y en los días ingratos, en los
momentos fastos y en los nefastos, en esos episodios intensamente
iluminados y en los profundamente oscurecidos; de pronto te das
cuenta, de que en el preciso momento en que la vida presenta el
rostro difícil, él o ella han claudicado, han renunciado,
se han alejado de tu vida.
Es
aquí en donde sobreviene la más terrible de las fatigas.
Sin
duda, también la carga es excesiva, para todos aquellos que
tienen que hacer el papel de padre y madre en un hogar en donde
el otro emprendió la, más que graciosa, vergonzosa
huída.
Y
sobreviene un desgaste adicional que provoca un cansancio, ante
el trabajo que suele tornarse en algunos momentos precisos como
excesivo y desalentador.
5.-
Finalmente viene el tercer tipo de cansancios.
Quizá
el cansancio más devastador y el más injusto de todos,
es aquel que se genera ante la falta
de motivación, ante la ausencia de estímulos
en la vida.
Se
trata del cansancio que viven aquellas personas, que quizá
en esta ocasión ni sobrellevan cargas prematuras, ni tampoco
se enfrentan a cargas excesivas. Podríamos hablar de los
quehaceres ordinarios, de lo que cada uno realiza en la vida y que
pertenece al así llamado campo de la rutina.
Se
trata del padre de familia que tiene que trabajar, y que lo hace
con convicción y con gusto, sabiendo que el fruto de su trabajo
es necesario para que sus hijos tengan alimento, vestido, casa y
educación.
Él
no suele desfallecer, en sus esfuerzos, aún cuando tenga
que vivir esos periodos de la vida, en que el desgaste se vuelve
intenso. Pero bien entiende que los hijos tienen que sacar una carrera.
Muchos padres de familia, se esfuerzan para que el hijo estudie
en un buen colegio, en ocasiones realiza jornadas especiales para
que los hijos puedan desplazarse a otros lugares, para que los hijos
vistan bien, que nada les falte, con la finalidad de que vayan progresando
en la vida y que les sea más favorecedora.
-¡Es
que ellos cumplen con su responsabilidad!-, tienes razón
los hijos al decirlo.
Pero,...
lo verdaderamente lamentable suele ser esa falta de correspondencia
en la vida. Los hijos no tienen la educación para agradecer
lo que se recibe, ellos se han acostumbrado a verle partir al trabajo
por la mañana, ellos no saben las penurias que enfrenta.
La palabra “gracias” no existe en el vocabulario de
muchos hijos de familia. Más aún, las exigencias están
al orden del día. Y el cansancio puede sobrevenir ante la
falta de esas palabras y de esos gestos gratificantes, y que son
tan necesarios en la vida.
Ella,
como madre de familia se desvive, todo lo tiene en orden, se preocupa
por tener el alimento en el momento oportuno, la ropa siempre está
limpia y planchada. Ella guisa, remienda, cura, cuida, se desvela,
se desmañana, vive noches de insomnio, asiste a juntas del
colegio, le acompaña al catecismo,... y muy frecuentemente
tiene que trabajar algunas horas o hasta jornadas completas fuera
de la casa. Pero, nadie es capaz de decirle gracias y no pocas veces,
sale regañada, al principio por el esposo, y cuando los hijos
crecen, también por los hijos que reproducen los patrones
de conducta que aparentemente les convienen. Y, en esta vida, el
cansancio suele venir acompañado del desaliento, de la tristeza
y de la lamentable experiencia de la incomprensión.
6.-
Hoy, nos dice el Señor: “Vengan
a mí, todos los que están fatigados y agobiados por
la carga, y yo los aliviaré”.
Sin
lugar a dudas, uno sabe que la solución a estos cansancios,
está en nosotros, tanto los que los padecemos como los que
los provocamos.
Una
gran parte de la solución está en esa nuestra capacidad
de asumir nuestras responsabilidades, para no dejar a la deriva
a aquellos que caminan junto a nosotros o detrás de nosotros.
Aquí
es importante también reconocer y ofrecer nuestro agradecimiento,
acompañado de la manifestación de afecto, para con
aquellos a los que injustamente privamos del estimulo de nuestras
palabras y acciones.
6.-
Pero, nosotros bien sabemos que hay cansancios en nuestra vida que
solamente encuentran su solución en el Señor, y que
todo tipo de desgastes, en la realidad, pueden ser iluminados solamente
por Él.
El
Señor nos dice que vayamos a Él, porque su yugo es
suave y su carga es ligera y bien podríamos cuestionar:
¿Cómo puede hablarnos el Señor de cargar un
yugo cuando Él mismo reconoce y menciona que venimos cansados,
fatigados y agobiados por la carga?¿Acaso
aparte del cansancio que me hace complicada la existencia tengo
que soportar otra coyunda?
Y,
es precisamente esa la respuesta que el hombre no termina de comprender.
Todos sabemos que el yugo es llevado por dos personas y, si el Señor
nos invita a tomar su yugo, no es porque Él quiera cargarnos
con otros pesos más sobre nuestros hombros cansados, sino
porque Él quiere llevar el peso de nuestras angustias sobre
sus hombros, junto conmigo y contigo.
El
yugo es siempre llevado por dos, y el Señor quiere
llevar el yugo de nuestros cansancios. Es, solamente entonces que
el yugo se vuelve suave y nuestra carga se vuelve ligera.
SÍSIFO:
EL HOMBRE SIN DESCANSO.
“
En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy
gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado
a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido
bien.
Vengan
a mí, todos los que están fatigados y agobiados por
la carga, y yo los aliviaré.
1.-
Muy queridos amigos:
Antes
de irnos al corte, hablábamos sobre tres distintos tipos
de cansancios: el de las cargas prematuras, el de las cargas excesivas
y el de la falta de motivación.
No
obstante, quisiera el día de hoy referirme a un cuarto
tipo de cansancio: se trata
de aquel que se genera en el egoísmo de aquellas personas
que no han aprendido a jerarquizar los valores de la vida. Se trata
de aquellos que nunca verán saciada su ambición de
tener, de almacenar y de presumir.
2.-
Se trata de todos esos nuevos esclavos que se sienten sabios y entendidos
y que no han llegado a comprender la sabiduría que brota
de la gente que no se ha olvidado de la virtud de la sencillez.
No se trata de otra esclavitud sino de aquella que trae puesto el
disfraz de bella dama de compañía de nuestras codicias,
envidias y avaricias.
Diría
Mahatma Gandhi que: “Las
cadenas de oro son mucho peores que las de hierro”.
Ya
lo había dicho, con la misma elocuencia Rogerio Bacon:
“El dinero es un buen siervo
pero es un pésimo amo”.
Acaso
¿Vivimos nuevas esclavitudes?
La
verdad es que parecemos aquel legendario Sísifo,
que en la mitología griega fue condenado por los dioses a
hacer rodar sin cesar una roca hasta la cumbre de una montaña,
desde donde volvía a caer siempre por su propio peso y así
toda la vida ininterrumpidamente.
3.-
¿Qué es un esclavo? Aunque te pueda provocar
molestia e indignación, para aquellos que esclavizan y para
aquellos que se dejan esclavizar: un esclavo puede definirse como
“un instrumento animado”.
Y,
estos seres animados que están insertos en un engranaje de
producción, han dejado de ser hombres para convertirse en
instrumentos de sus empresas.
Muchos
ejecutivos, profesionistas egresados de nuestras magnificientes
casas de estudio, se han convertido en un “objeto
útil”, y hasta poseen un valor comercial:
ellos son materia de compra, de inversión, de intercambio,
de venta y hasta de desecho; ellos son un instrumento que se adquiere,
que se posee, que se perfecciona y que se explota. El sujeto, la
persona, el ser humano se ve degradado. Se trata de actitudes atrofiadas
en la humanidad, posesivas en lo colectivo, explotadoras en lo particular
y destructoras en lo familiar.
Al
tratar a las personas como instrumentos o como cosas les degradamos,
y al dejarse tratar de esa manera se manifiesta que se ha perdido
la propia dignidad.
Friedrich
Nietzsche en su libro: “La Gaya Ciencia”
acusa a un hombre que ha perdido el equilibrio y la dimensión
de su ser humano:
“
Hay un salvajismo de indios en la manera en que los norteamericanos
aspiran al dinero: y su frenesí por el trabajo comienza a
contaminar a la vieja Europa. Nos da vergüenza entregarse al
descanso, la reflexión dilatada nos provoca remordimientos.
Pensamos con el reloj en la mano, desayunamos con los ojos fijos
en la cotización de la bolsa”.
¿Sabías
tú que uno de los indicadores del inicio de la moderna era
industrial no fue otro sino el momento en que solemnemente las campanas
del reloj del pueblo de Nüremberg en el siglo XVI empezaron
a percutir cada quince minutos? Que,... ¿para qué?.
Para señalizar los horarios laborales. ¡Este es el
así llamado: “hombre moderno”!
Hoy
el hombre vive esclavizado por el trabajo, y ya no tiene tiempo
ni para tener un respiro. Muchos hombres piensan que el mundo se
acaba el día que ellos falten a laborar porque se van a ir
de vacaciones con sus familias, ellos piensan que la empresa sufrirá
mucho el día en que ellos no asistan.
Y
se equivocan: al menos este mundo no se acabará precisamente
cuando tú no vayas a trabajar, ni la empresa va a extrañarte
mucho cuando un día ya no vayas definitivamente, porque ellos
mismos un día sin tocarse el corazón prescindirán
de tus servicios, pero quien sí te extraña ahora es
tu familia y a quien un día tu extrañarás es
a tu familia. ¡Quizá demasiado tarde! Espero que no
sea así,...
4.-
Recuerdo aquella narración del maestro León Tolstoi
titulada “¿Cuánta tierra necesita el hombre?”,
en la cual, con ese genio sarcástico de nuestro querido Tolstoi,
dibujaba excelentemente en la alegoría de ese opúsculo
al hombre de su tiempo y de nuestro tiempo:
“Pakhom,
el aldeano ruso, está firmemente convencido de que alcanzará
la felicidad cuando posea tantas tierras como las que abarcan las
vastas posesiones de su vecino. Aunque posee una familia y lo necesario
para vivir, todos los días se asoma por la ventana y su mirada
se pierde en el vasto horizonte sin llegar a percibir el límite
de las posesiones de su envidiado vecino.
Llega
un día en que el vecino le ofrece tantas tierras como él
mismo pueda alcanzar a recorrer a la máxima velocidad y sin
detenerse, desde el inicio del día hasta la puesta del sol.
Pakhom sacrifica sus posesiones a fin de dirigirse hasta el remoto
lugar en donde le han ofrecido iniciar con esa generosa oferta.
Después de incontables penalidades, llega y se prepara sin
conciliar el sueño para su gran oportunidad al día
siguiente. Se fija un punto de partida. Pakhom al escuchar el disparo
sale como si fuera él mismo un tiro a la hora del alba. Corriendo
bajo el sol de la mañana, no mira ni a derecha ni a izquierda;
febril corre bajo la luz cegadora, y el calor ardiente. Sin detenerse
a comer o a descansar, continúa su recorrido agobiante y
abrumador. Y cuando el sol se pone, tambaleándose, completa
su recorrido. ¡Victoria! ¡Éxito! ¡Ha realizado
el sueño de toda su vida!
Y
cuando aquel hombre le dice que volteé a mirar todas sus
posesiones, Pakhom voltea y cae muerto. Es entonces que tiene toda
la tierra que necesita: dos metros cuadrados”.
5.-
¿Te gustó o te incomodó? Ese
es el genio de la ironía que tiene Tolstoi, y en realidad
esa es la ironía de los hombres de nuestro tiempo.
El
hombre actual no sabe parar, no sabe hacer un alto, no sabe darse
un respiro. Los hombres no hemos aprendido a discernir
sobre lo que nos es estrictamente necesario. Y un día, cuando
hemos recorrido y acumulado aquello que tanto tiempo ambicionamos,
nos damos cuenta de que hemos caído desfallecidos.
Cuando
un día, el hombre, tiene el dinero que siempre quiso tener
en una cuenta bancaria, se da cuenta de que la vida se le ha ido,
que la familia ya no se encuentra a su lado, que aquellos que realmente
le amaban ya se han marchado, cansados ellos mismos por sus tantas
y frecuentes ausencias o aceptando que para él ellos nunca
fueron importantes.
Los
hombres, hemos hipotecado nuestra propia vida, al dejar en el rincón
del olvido las diferentes dimensiones que componen nuestro existir.
Hemos renunciado a la sabiduría que proviene de Dios, quien,
nos invita a tener en Él nuestro discernimiento de la vida.
6.-
La vida tiene momentos de tensión y de distensión,
de preocupación y de ocupación, de atención
y de relajación.
Sin
embargo, el hombre no puede vivir manteniendo la tensión
de una continua exigencia, so pena o corriendo el riesgo de cansarse
y abandonarlo.
Hasta
la tierra necesita su año sabático, el cuerpo y también
el alma necesitan del descanso, pero el hombre se siente una máquina,
y olvida que también la maquinaria necesita mantenimiento.
Nuestra
historia es la historia de esos esclavos acostumbrados a sus yugos
y a sus cadenas, y que desprecian la libertad.
Este
es el elemento arrastrado por el trabajo humano más desconocido
en la actualidad: Hoy el hombre no sabe descansar.
Los
hombres hemos olvidado que nuestra vocación es la de ser
“señores” y no “esclavos” de las
cosas. ¡Qué lástima que algunos, lejos de humanizar
la materia, hemos materializado lo humano!
7.-
Y así, somos tantos los que con el afán de ganarnos
la vida no tenemos tiempo para vivir.
En
la vida, somos demasiados los que hipotecamos la salud a costa de
despojar a nuestros cuerpos de las horas de descanso. Nos estamos
enfilando hacia la autodestrucción.
Hipotecamos
nuestra vida, a costa de tener mayores alcances
en nuestras ambiciones laborales. Pensamos en nuestros logros siguientes,
sin imaginar que el mayor logro es el vivir otro día junto
a las personas que amamos y que verdaderamente nos aman, con la
bendición de Dios.
Hipotecamos
la familia. El tiempo y las atenciones que les corresponden
a ellos han entrado a las arcas laborales como garantía hipotecaria
para firmar el siguiente contrato comercial.
Hipotecamos
la vida para adquirir formas de sobrevivencia suntuosas y perfumadas,
pero que nos despojan de la capacidad de una verdadera vida digna.
EL
DESCANSO EN EL SEÑOR.
“
En aquel tiempo, Jesús exclamó: “Vengan a mí,
todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y
yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de
mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán
descanso, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera”..
1.- Quiero aprovechar este fabuloso medio, para invitar a todos
los miembros de nuestra Iglesia de Monterrey a manifestarle a Dios
nuestra gratitud por la designación de Mons. Alfonso Cortés
Contreras como Obispo Auxiliar de nuestra querida Arquidiócesis
de Monterrey y, al mismo tiempo invitarles, ya desde ahora, a elevar
una plegaria por él, por nuestro Arzobispo y demás
Obispos.
2.-
“Vengan a mí, todos los que están fatigados
y agobiados por la carga, y yo los aliviaré”.
Queridos
amigos: Hay una referencia que no puedo ignorar en este domingo.
Este
texto, nos ha sido propuesto sabiamente por la Santa Madre Iglesia,
en la celebración litúrgica de la exequias cristianas.
Se
trata de ese momento en el que, cómo nos lo expresa el ritual
completo de los sacramentos: la comunidad cristiana celebra la muerte
con esperanza. El creyente, contra toda evidencia, muere confiado
al igual que su Maestro: “En tus manos encomiendo mi espíritu”
(Lc 23,46).
3.-
Hablemos sobre este tema de la muerte en referencia a este texto
del Evangelio.
A
pesar de su mutismo, la muerte suele ser sumamente elocuente, es
mucho más que un dato, es un hecho que hace surgir legítimas
preguntas sobre el ser y el quehacer del hombre.
De
esta manera, somos alegremente conscientes de que la vida cristiana
es contemplada como ese camino al que hemos sido enviados, y que
tiene su meta en la eternidad.
4.-
Sólo que en el trayecto de la existencia, el cristiano,
quien se sabe peregrino en esta tierra y que tienen su morada en
la eternidad, enfrenta una serie de eventos que llevan la envoltura
de la incertidumbre humana.
La
vida se convierte en el trayecto y, al mismo tiempo, en la oportunidad
que nos abre las puertas de la vida eterna.
Esta
vida tiene sus pruebas, las cuales nos ofrecen esa ocasión
de actuar con fortaleza y constancia, ejercitando la generosidad,
la fe y la paciencia.
Sin
embargo, las pruebas constituyen, en cierto modo, un peligro remoto
de pecado si no se tienen actitudes cristianas. Así por ejemplo,
una grave enfermedad puede constituir la ocasión de no aceptar
la voluntad de Dios e inducir al alma a la desesperación.
Nuestra
vida tiene diferentes tipos de pruebas: hay pruebas físicas
como el dolor y la enfermedad; hay pruebas psíquicas como
las angustias, los temores, los miedos; y hay pruebas espirituales,
las cuales pueden ser externas como los fracasos y las desilusiones,
o bien pruebas espirituales internas como lo son la aridez de la
noche oscura en la vida espiritual.
Los
cristianos sabemos que no se puede elegir a Cristo separándolo
de la cruz y, que solamente llegaremos al domingo de pascua después
de asumir nuestro viernes santo.
5.-
Sin embargo, nuestra fidelidad en la vida cristiana suele ir acompañada
del cansancio humano, al cual la Iglesia quiere referir cuando a
los fieles difuntos les dice:“Vengan
a mí, todos los que están fatigados y agobiados por
la carga, y yo los aliviaré”.
El
Señor Jesucristo es contemplado como el Buen Pastor que lleva
sobre sus hombros a sus ovejas cansadas, pero que se han mantenido
fieles hasta el final, a pesar de tantas pruebas experimentadas
en la vida.
Es
el Señor el que les introduce sobre sus hombros al Reino
en el que existen verdes prados de eternidad, después de
pasar por las cañadas oscuras de la muerte.
6.-
De esta manera, la Iglesia nos invita para que en medio del enigma
y la realidad tremenda de la muerte, se celebre la fe en el Dios
que nos salva. El Dios de Jesucristo a quien se le ha dado
crédito, no es un Dios de muertos sino de vivos. Él,
fuente de la vida que se nos escapa, es la meta del hombre que confía
en Él.
En
el corazón de la muerte, la Iglesia proclama su esperanza
en la resurrección. Mientras toda imaginación fracasa
y se siente limitada ante la realidad de la muerte, la Iglesia afirma
que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz. La
muerte corporal será vencida.
El
“¡Descanse en paz!” que pronunciamos
o que imploramos, en nuestros seres queridos no es tan sólo
una referencia a la negación de los trajines de esta vida,
sino la afirmación rotunda del gozo de haber llegado a la
vida verdadera, en el que la perseverancia, a pesar de los cansancios
de la vida, se convierte en el boleto de entrada para la fiesta
interminable con Aquel, en quien encontramos verdadero descanso.
7.-
Los creyentes aceptamos la muerte.- Pero confiamos en la
victoria del hombre sobre ella. Quien se haya enraizado y construido
en la vida, no será desarraigado ni destruido en la muerte.
Creer
en Dios es también esperar en el amor que nos tiene. Dios
sostiene la vida de los muertos y cumple la intuición del
mundo nuevo, ofreciéndonos una existencia en el amor, la
entrega y la comunión sin límites.
La
muerte no es, para el cristiano, el término sino que se convierte
en un paso. La muerte es el tránsito. La muerte se vuelve
liberación para entrar en una situación de plenitud
y de victoria. La muerte es el momento en el que se inicia nuestra
Pascua verdadera.
La
muerte no es, en modo alguno, la última estación en
el tranvía de la vida, los cristianos sabemos que hay otra
estación.
Los
bautizados sabemos que el sepulcro, es en la realidad la cuna de
la nueva vida y que el panteón no es más que un dormitorio
en donde la vida se alista para gozar del día sin ocaso.
Al
tomarnos Cristo en sus brazos, sabemos que la muerte es el momento
en que el Calendario de la vida verdadera, en realidad empieza su
curso. Y que la muerte como Pascua del cristiano se convierte en
la aurora de una realidad totalmente nueva, en el primer día
del gozo de la nueva creación. Se trata del amanecer de la
esperanza y de los primeros momentos de un nuevo día en la
eternidad.
Los
cristianos, al día siguiente de la muerte de un ser querido,
le debemos llamar eternidad, y al tiempo en que celebramos la muerte
debemos contemplarlo como el nacimiento definitivo de quien amamos.
Para
nuestros seres queridos que gozan de Cristo, la verdadera primavera
ha llegado, porque en Jesucristo, el árbol de la cruz ha
florecido y tiene ahora frutos, por lo que se ha convertido en el
verdadero árbol de la vida.
8.-
Hermanos muy queridos: la resurrección no es un absurdo,
lo absurdo es la sola muerte y la falta de esperanza en la eternidad.
Lo absurdo es nuestra falta de vida.
Lo
absurdo es la terquedad de quienes, diciéndose cristianos,
se empecinan en creer que después de la muerte no hay vida,
y con ello anulan la resurrección de Cristo.
Lo
absurdo, es esa forma de enseñar de quienes nos visitan,
y que predican un número reducido de redimidos, y a los demás
los envían a una especie de jardín terreno.
No
aceptes el que le pongan limitaciones a la obra de Cristo, ni cambies
la eternidad por temporalidades, aunque sean muy bellas cuando te
las platiquen. No cambies la vida verdadera por esos remedos de
felicidad.
La
resurrección no es el retorno a una vida mortal. No se trata,
solamente de un fenómeno de regeneración celular.
9.-
En Cristo, comprendemos que la muerte no es el término del
existir sino que se convierte en liberación. La muerte es
la salida de un estado esclavizante para poder entrar en una situación
de plenitud y de victoria.
Los
hijos de la Iglesia han adquirido en Cristo, el verdadero conocimiento
en torno al destino final del hombre. La muerte es vista con los
ojos del resucitado. La salvación eterna se encuentra solamente
en Cristo Jesús.
Es
por ello que la muerte ha sido vista por nuestros hermanos mayores
en la fe, los Santos, de una forma distinta. Le llamaron la hermana,
la amiga, el final de la espera, la salida del hotel de segunda...
La muerte ya no puede ser vista como el enemigo.
Para
los cristianos, la Resurrección es una “transformación
gloriosa”, cosa que no sucede con el sólo
volver a la vida. No es un hecho obvio sino inaudito y definitivo.
La Resurrección es el dominio sobre la muerte, se trata de
una palabra que aclara una vida desconocida.
10.-
Nuestra fe cristiana en la Resurrección, no se basa solamente
en el destino humano sino en la promesa divina. La Resurrección
que esperamos es el futuro de los creyentes, no la meta final de
la humanidad.
Esperamos
un futuro nuevo, no la reiteración del presente terreno ni
el retorno a un pasado original. No se trata de reciclajes o reencarnaciones,
sino de transformación gloriosa a imagen de Cristo.
11.-
Los cristianos no podemos hablar de la muerte sin referir la Resurrección.
“Vengan
a mí, todos los que están fatigados y agobiados por
la carga, y yo los aliviaré”. Se lee solemnemente en
la fiesta del encuentro definitivo del cristiano con su Señor,
y es que sabemos que donde está el Pastor también
estará su rebaño, que allí en donde está
Aquel que es la Cabeza esperamos estar aquellos que formamos su
cuerpo místico.
Es
por ello que los funerales serán siempre una celebración
en la que se festeja “el misterio pascual” y en la que
se proclama la esperanza.
La
muerte será siempre un desafío que nos dice constantemente
que no perdamos el tiempo.