Domingo
12 de Junio de 2005_________Pbro. Rogelio
Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
CANDILES Y JUECES
“En
aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía
de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas
sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha
es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto al dueño
de la mies que envíe trabajdores a sus campos”.
Después, llamando a sus
doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus
impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los
doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado
Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan,
hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé: Tomás y Mateo,
el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y tadeo; Simón,
el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
A estos doce los envió
Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra
de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más
bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan
y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos.
Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los
muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido
este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente”.
Vayan
en busca de las ovejas perdidas de Israel... ¡Este imperativo
me ha dejado pensativo durante todos estos días!
Y
es que la gran mayoría de los cristianos solemos presumir
de habernos dado cuenta sobre las cosas que debemos hacer en la
vida, pero, la mayor parte de nosotros, no queremos aceptar que
adolecemos por no clarificar una adecuada jerarquización
sobre aquello que se marca como una prioridad en nuestra vida: las
ovejas perdidas de nuestro propio redil.
El
hacer memoria sobre la vida pública de nuestro Señor
nos podrá ser útil en nuestro discernimiento. Recuperemos
algunos elementos sobre su primer milagro y sobre su primera predicación
y esto nos abrirá el entendimiento.
2.-
¿Te acuerdas sobre aquella primera señal milagrosa
que realiza el Señor en su vida pública?
¿En
dónde te hubiera gustado que se iniciaran los milagros de
su vida pública? ¿En qué lugar te hubiera gustado
que realizara su primer hecho portentoso?
Si
el Señor hubiese pedido nuestra autorizada y cualificada
opinión, es posible, que muchos de nosotros hubiésemos
elegido un funeral, para que allí en medio del dolor humano
se manifestará como el único Señor de la Vida.
Otros,
quizá después de nuestro discernimiento hubiésemos
llegado a pensar que el mejor espacio para su primer milagro hubiese
sido en un hospital, para que allí en medio de las discapacidades
y de todo tipo de disfunciones se pudiese contemplar que Él
es el único que alivia el cuerpo y el alma.
No
faltará quien de nosotros hubiese pensado que el lugar excelente
para efectuar el primer signo de su divinidad sería el desierto,
para que así al convertir el Señor la aridez y la
desolación en un verde y promisorio prado, se manifestará
como Aquel que viene a recuperar la mañana de la creación
en aquel espacio que se tornó en cardos y espinas por culpa
de nuestro pecado.
Seremos
escasos, pero existimos algunos que pensamos que lo adecuado hubiese
sido la majestuosidad del Templo de Jerusalén, en una Liturgia
Solemne y frente al altar de los sacrificios, para que todo mundo
contemplara al Santo de los Santos que ha plantado su Tienda entre
nosotros.
Podríamos
engrosar nuestro elenco y, sin embargo, tenemos que comprender la
sabiduría de Dios.
3.-
¿Te acuerdas en dónde nos narra el Evangelista san
Juan, como el lugar en que se dió la inauguración
de la vida pública de Jesús y la primera de sus señales?
En el contexto de una fiesta de bodas.
La
vida pública de Jesucristo empieza con una fiesta de
matrimonio. La plenitud de la obra de la salvación
se ha iniciado en un ambiente familiar, en un clima doméstico,
en un espacio tan cotidiano y tan,... ¡rutinario! Se trata
del nacimiento de una familia que es santificada por la presencia
del Señor y por el primer milagro.
Y,
fue en ese momento, que la fiesta regresó al seno de la Familia
humana. Aquella fiesta que se perdió por culpa de este hombre
que después de la soberbia se escondía de la mirada
de Dios.
En
Canná de Galilea aquellas tinajas que durante tanto tiempo
sirvieron para que el hombre intentara infructuosamente purificar
sus culpas ante los ojos de Dios, se han convertido ahora en odres,
para que Dios nos enseñe que Él no es el Dios del
Temor sino el Dios del Amor. El Señor quiere misericordia
y no sacrificios. El agua de las abluciones judías ha sido
cambiado por el licor de la fiesta cristiana.
4.-
¡Oye!, ¿Y te acuerdas, en dónde fue la primera
de las predicaciones del Señor?
Yo
sé que ya lo sabes, pero... antes de que lo comentemos y
lo compartamos en la reflexión te quiero preguntar: ¿Qué
lugar te hubiera gustado?
¿En
qué lugar se podría dar la primer enseñanza?
¿Cuál es el sitio idóneo para ofrecer el primer
sermón?
Se
trata ahora de elegir al auditorio, que será el receptor
del primero de los mensajes de salvación pronunciados por
Aquel que es la Palabra y el Hijo eterno del Padre.
¿Qué
lugar te hubiera gustado para la primera homilía? ¿En
que localidad te hubiera agradado que se nos dieran las primeras
palabras de vida eterna?
Sin
lugar a dudas, algunos pensaríamos ahora en Ur de Caldea,
puesto que el Señor va a iniciar la formación del
Nuevo Pueblo Elegido.
¡Ah!
Ya sé,... estoy seguro, que algunos señalaríamos
el Mar Rojo, ya que, con el Señor Jesucristo se estaba iniciando
un nuevo éxodo en la salida de nuestro egipto espiritual
y que trajo beneficios para todos los hombres.
Estoy
seguro que otros podríamos pensar en el Monte Sinaí,
como el lugar elegido, puesto que ha sido Jesucristo el que ha perfeccionado
la ley y nos ha entregado su mandamiento nuevo.
No
pocos, pensaríamos también en el Templo de Jerusalém,
como el lugar indicado para la primer enseñanza de Aquel
que nos trae la Nueva Alianza en su Cuerpo y en su Sangre.
5.-
Y, sin embargo, otra vez tenemos que abrir bien los ojos para descubrir
el lugar elegido por Dios. ¿Qué lugar le
gustó a Jesús para iniciar su ministerio de enseñanza?
¿Cuál auditorio escogió para iniciar su predicación?
Se
trata de esa Sinagoga en Nazareth. Se trata, ni más ni menos,
que del pueblo de su infancia. Su auditorio está formado
por todos esos rostros de gente que le han visto crecer. Ellos son
las personas que le vieron en su niñez, en su juventud y
que le han visto convertirse en adulto. Se trata de sus vecinos,
de sus amigos, de sus compañeros del colegio, de la gente
que le conoce y le reconoce.
Y
en la realidad ha escogido el lugar más complicado, y el
público más exigente. Se trata de aquellos con los
que convivió no durante 3 años, sino a lo largo de
3 décadas.
Ellos
presumen conocer sus días y sus noches. Ellos han visto su
rostro en las alegrías y en las humanas incertidumbres. Ellos
le ubican en el barrio, le han visto cuando iba al brocal del pozo
a llevar el agua para su hogar, han frecuentado la misma Sinagoga,
han ido a su taller.
Le
conocen cuando en su infancia jugaba en sus parques. Se trata de
aquellos que compartían las mismas calles que andaba y desandaba
cargando los maderos para la carpintería. Le conocieron en
las aulas del colegio en las que aprendió el alefato, a contabilizar
las dracmas, los ases, a conocer las medidas de los odres y las
cánones para las longitudes.
Ellos
le han visto sudando en el trabajo. Su rostro les resulta familiar,
también desde su juventud, cuando al salir del taller traía
residuos de serrín en sus barbas y el polvo de la madera
en sus ropas. Ellos saben perfectamente que es “el hijo del
carpintero”.
Se
trata del auditorio que, hasta cierto punto, te conoce más
y que te exige más. Se trata de aquellos, que en muchas ocasiones,
se van acostumbrando a tu presencia. Aquellos que te conocen tanto,
y a los que les resulta demasiado difícil reconocer un cambio
en aquellos con quienes se han familiarizado en demasía.
¡Qué
difícil es predicar en Nazareth! Y, sin embargo es allí
en dónde se debe empezar a predicar.
6.-
Ahora, es el tiempo para que regresemos al Evangelio de este domingo
y para que revisemos nuestra jerarquía de prioridades.
¿En dónde debe empezar su predicación aquel
que ha sido enviado por el maestro?
Somos
muchos los que preferiríamos predicar en otras latitudes,
lo más lejanos de nuestra familia.
Si
nos dieran a escoger, elegiríamos ir a los mismos confines
de la tierra y, si fuera posible, hasta a otras Galaxias, pero evitaríamos
el ir con las ovejas perdidas de nuestro propio Israel.
Somos
tantos, incluyéndome yo mismo, los que evangelizamos a medio
mundo, pero que nos olvidamos de nuestras ovejas perdidas. Hemos
iluminado copiosamente las calles y hemos mantenido nuestras casas
en la más profunda oscuridad. Nos hemos convertido en los
jueces de otros tribunales, pero que en nuestra propia casa fallamos
al orientar.
Incongruentes
somos todos nosotros que somos tan “apostólicos”,
y que olvidamos que el apostolado
empieza en nuestra casa...
Es
más fácil colocar una carpa en un terreno desmontado
y poner unas bocinas monumentales y ponerse a predicar a los extraños,
que predicar a las ovejas perdidas de nuestro Israel.
El
Señor nos dice en este día, que en nuestro Israel
están los primeros destinatarios de nuestra predicación.
¡Oye! ¿Cómo están tus ovejas?
Allí
no hay margen de engaño. Son los que te conocen, los que
te han visto. Ellos saben si eres congruente o si no lo eres. Te
escucharán con atención o te reclamarán las
imprecisiones.
¿Es
difícil predicarles a las ovejas de Israel? Sin lugar a dudas,
es el auditorio más exigente. Pero allí es donde tenemos
que empezar.
MIES
Y SEGADORES
“En
aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía
de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas
sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha
es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto al dueño
de la mies que envíe trabajadores a sus campos”.
Después,
llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar
a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades
y dolencias.
Estos
son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos,
Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago
y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé:
Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y tadeo;
Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
A
estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los
cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten
a los muertos y echen fuera a los demonios.
1.-
Muy queridos amigos:
¡Roguemos
al dueño de la mies para que envíe operarios a sus
campos!
La
palabra “mies” pertenece a un lenguaje
tan preciso que suele ser desconocida no tan sólo para muchas
personas de las ciudades sino también por algunos que habitan
en los campos.
La
mies es el cereal maduro y es también el tiempo en el que
los sembradíos deben ser segados y los cultivos de granos
cosechados.
La
“Mies” es un campo trabajado y cuidado adecuadamente
que tiene la espiga en su punto para ser cortada, de tal manera
que la menor de las dilaciones pudiera ser fatal y provocaría
la ruina en un trabajo ya realizado durante largas y extenuantes
jornadas.
Lo
anterior nos ayuda a entender no tan sólo la riqueza que
tiene nuestra oración y la necesidad de las vocaciones, sino
también la urgencia que reviste tanto nuestra oración
como también la llegada de los trabajadores a los campos
de Dios.
2.-
Pero es Dios quien llama, por eso resulta necesario el rezarle a
Él para que nos envíe los operarios necesarios.
¡Hagamos
oración! El sacerdote no puede inventar su misión,
es LLAMADO. Su identidad y su misión nacen de una
vocación. Es Dios quien elige a los que Él quiere,
de tal manera que el sacerdocio sólo será posible
cuando el joven haya aprendido a escuchar la voz de Dios y cuando
nosotros hayamos aprendido a elevar nuestra voz a Dios.
La
vocación sacerdotal se fundamenta en una relación
dialogante. Pero se fundamenta, ante todo y sobre todo,
en una iniciativa de Jesús. En este punto es muy expresiva
la formulación del Evangelio de san Mateo que hemos leído:
Rueguen para que envíe trabajadores a sus campos.
No
existe el derecho al sacerdocio. Esta misión no
se puede elegir como si de un oficio o de una profesión se
tratase. Sólo se puede ser elegido y llamado por Él.
El sacerdocio no figura en la lista de los derechos humanos. Nadie
puede reclamar recibirlo. Jesús llama a los que Él
quiere. Hay derechos humanos que le competen a los hombres en razón
de la naturaleza que Dios le ha dado y a favor de los cuales deben
pronunciarse con tal determinación todos cuantos tienen fe
en el Creador. Pero hay también un derecho del Señor
sobre aquellos a quienes Él quiere para un ministerio especial.
Existe
una voluntad de Jesús sobre mi persona y sobre tu persona.
Tú y yo debemos adentrarnos en esta voluntad y debemos madurar
en ella. La voluntad de Dios es nuestro espacio vital. Nuestra vida
será tanto más plena, más colmada y libre,
cuanto más nos unifiquemos con esta voluntad, en la que estará
contenida la más profunda verdad de nuestro propio ser.
3.-
El Señor ha elegido, no por que sean los más elegibles,
a Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago
y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé:
Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Llamó a los que Él quiso y hoy debemos pedirle
en nuestra oración que siga enviando operarios a sus campos.
4.-
Hablar de la vocación sacerdotal nos enfrenta a tres características
que tiene el llamado que Jesús hace y la llegada de esos
operarios que Dios sigue enviando a este campo de trigo que ya tiene
el color del oro: la GRATUIDAD, LA
FUNCIONALIDAD Y LA INALTERABILIDAD EN EL LLAMADO DE DIOS.
5.-
Primero la gratuidad. Esto es lo primero que debemos comprender
y recordar siempre que pensamos en los candidatos al sacerdocio
y en la formación sacerdotal, es que han sido "tomados"
por Dios. Es cierto que ellos llaman o han llamado a las puertas
del sacerdocio de modo consciente y libre, pero en realidad no están
ahí por propia iniciativa: "Nadie se arroga tal dignidad,
sino el llamado por Dios" (Heb 5,4).
Debemos
reconocer en el fondo de nuestra vocación la total y gratuita
iniciativa de Dios. En cada uno de los que perciben la llamada al
sacerdocio se repite la historia de aquellos discípulos a
quienes Cristo ha llamado y a quienes les afirmará de modo
rotundo: "No son ustedes los que me han elegido a mí,
sino que soy yo el que les he elegido a ustedes" (Jn 15,16)
Recordemos
lo que dice el evangelio de san Mateo: "Llamando a
los doce discípulos,... Estos son los nombres de los doce".
Esta expresión acentúa, una vez más, que el
sacerdocio ha sido "creado" por Jesús.
No es el producto de la decisión de un aspirante, ni puede
tampoco establecerse en virtud de una decisión de la comunidad.
La comunidad tienen que pedirle a Dios, pero es Dios el que envía
a los trabajadores a sus campos. Nadie puede pronunciar como propias
aquellas palabras que solamente le pertenecen a Él: “Éste
es mi Cuerpo. Ésta es mi Sangre”. “Yo
perdono tus pecados”. No hay comunidad que pueda otorgar tales
poderes ni persona que deba usurparlos. Solamente Él puede
hacerlo. Precisamente esto es lo grande, lo enteramente consolador
y reconfortante: que aquí penetra en la historia algo que
supera todas nuestras capacidades.
Justamente
esta superación de toda nuestra capacidad personal es lo
que espera la historia siempre de nuevo, una y otra vez: la potestad
de perdonar, de cambiar el pasado; la potestad de invocar un amor
que es indestructible en cada celebración de la Santísima
Eucaristía.
6.-
En segundo lugar está la funcionalidad en el llamado:
Se trata de trabajadores para unos campos que ya necesitan del trabajo
conclusivo.
Cuando
Dios llama, llama para algo. Toda la historia de
la salvación habla de este misterioso modo de proceder divino:
aunque Dios realiza la parte más importante Él quiere
necesitar del hombre. Se trata de unos campos que el Hijo de Dios
ya ha trabajado y que necesitan ahora de esa última parte
de la jornada en la que los operarios cosechamos lo que no hemos
sembrado ni cultivado,... ¡así ha querido Dios proceder
en nuestra vida!
El
hombre recibe un llamado de parte de Dios en la gratuidad pero este
llamado tiene una función concreta. Dios llama a Abraham
para fundar un pueblo nuevo; llama a Moisés para liberar
a Israel de las manos de los Egipcios, llama a los profetas para
que sean heraldos de la verdad, testigos de la voluntad divina;
llama a la Virgen María para ser la Madre del Salvador. Ahora
Jesús de Nazareth, el Verbo encarnado, llama a unos cuantos
hombres para que estén con Él durante tres años
y al enviarlos les da el poder para expulsar a los espíritus
impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias en el hombre.
Las
funciones del sacerdote son dos: una en favor propio y otra en favor
del pueblo de Dios. En cuanto a una necesidad de la propia persona:
"Dios llama para que estén con Él"
y en cuanto a una necesidad en favor de la misma comunidad cristiana:
“Dios da el poder para expulsar a los espíritus impuros
y para curar enfermedades y dolencias”.
Sólo
el que está junto a Él puede ser enviado. Y sólo
el que se deja enviar, el que transmite su mensaje y su amor, está
a su lado. Los apóstoles son testigos de vista y oído
(cfr. Hch 1,21-26). Sólo quien conoce a Jesús, sólo
quien conoce sus palabras y sus hechos, quien ha experimentado en
la convivencia de largos días y noches, sólo éste
puede llevarle a los demás. Así es en nuestros días.
"Para que estuvieran con Él". Tal es el
componente primero y básico de la vocación sacerdotal.
Pero
también es importante el que se vaya a realizar la misión
a favor del necesitado. El texto del Evangelio de este domingo nos
menciona que el Señor les dotó de la potestad de expulsar
a los demonios y para que curaran las enfermedades y dolencias.
Después
del Concilio Vaticano II, ha surgido algunas veces la impresión
de que hay cosas por hacer más urgentes que la predicación
de la Palabra de Dios y la administración de los Sacramentos.
Hay quienes piensan que hay primero que crear otra sociedad, antes
de dedicar el tiempo a aquellas tareas. Tales opiniones se basan
en la ceguera espiritual que sólo es capaz de percibir los
valores materiales y olvida que el hombre necesita siempre la "totalidad",
quiere respuestas para el hambre del cuerpo y del alma. No pueden
dejarse a un lado los problemas del espíritu. Al contrario,
es su desplazamiento o su exclusión lo que provoca los otros
problemas y los hacer insolubles.
Nunca
es, por tanto, superfluo conducir a los hombres hacia el Dios vivo.
Por el contrario, Él es siempre el presupuesto básico
para despertar lo mejor de las fuerzas humanas, aquello sin lo que,
en definitiva, no pueden vivir. Cuanto más penetrados estemos
nosotros mismos de la presencia del Dios vivo, tanto más
podremos llevarla a los hombres y tanto mejor percibiremos que es
justamente este servicio genuinamente sacerdotal el que no ignora
la vida real, sino que hace "que tengan vida y la tengan
en abundancia" (Jn 10,10).
7.-
Y por último está la inalterabilidad del proyecto
de Dios. Cuando Dios elige, elige para siempre.
Se subraya enfáticamente la firmeza inamovible
del propósito divino. Yahweh compara la estabilidad del orden
de su elección con el orden de la creación. La inalterabilidad
no tiene su fundamento en la fidelidad del hombre sino en la fidelidad
de Dios. Podrá arrepentirse Judas, a quien se le llama el
traidor, y otros más, pero Dios no se arrepiente. En lo que
se refiere al llamado de Dios bien podríamos recordar las
palabras del Salmo 109: "Lo ha jurado Yahweh y no ha de retractarse;
Tú éres por siempre sacerdote, según el orden
de Melquisedec".
¡Pidamos
a Dios que envíe operarios a su mies!
SEÑOR
DANOS MUCHOS Y MUY SANTOS SACERDOTES
“En aquel tiempo, al ver
Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque
estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor y envió
a los doce con estas instrucciones: “No vayan a tierra de
paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien
en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen
por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los
leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen
fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo,
pues, gratuitamente”.
1.- El novio ha ascendido a los cielos y ha dejado a sus amigos
para que continuemos con su obra en la tierra, mientras que llega
ese precioso momento en que los amigos nos unamos con el esposo
en la dicha eterna.
Y
es este lapso de tiempo ubicado entre la separación del novio,
en su Ascensión gloriosa a los cielos, y nuestra llegada
hasta Él, en la fiesta de la Parusía, en que se va
realizando la misión de la Iglesia.
Se
trata de ese Nuevo Israel con quien se ha desposado Jesucristo,
el cual ha sido convertido en Pueblo Sacerdotal por la virtud de
la sangre de Jesucristo que le ha absuelto de sus pecados. Todos
los cristianos participamos del así llamado sacerdocio bautismal
o común.
Al
mismo tiempo, se trata de un Misterio del que le ha hecho partícipe
a su Esposa, la Iglesia, para ser el sacramento por excelencia,
instituido por Cristo, el Esposo, para perpetuar a través
de los tiempos su obra salvífica y aplicar los beneficios
de la redención a todos los hombres.
Más
el sacramento colectivo exige siempre los ministros que lo concreten
en cada tiempo y lugar, instrumentos personales cuya tarea sea construir
ese templo y cuerpo espirituales, para la santificación y
consagración de la humanidad y del mundo.
2.-
El ministerio sacerdotal de Cristo, Él lo ha querido prolongar
a través de la acción sacerdotal de los Apóstoles
y de sus sucesores.
Fíjate
como el llamamiento y la transmisión de funciones y poderes
es constatable en su vida. Sin embargo, el factor constitutivo del
ministerio sacerdotal de sus apóstoles está en la
voluntad del Resucitado, quien con su revelación, con el
envío y con la comunicación de sus poderes y del Espíritu
Santo, llamó a la vida a la Iglesia.
La
potestad del perdón, del hacer presente sacramentalmente
en la Eucaristía su sacrificio, del atar y del desatar, es
la participación, en toda la amplitud, de los poderes que
Cristo posee.
Hoy
en día, muchos hermanos separados se preguntan sobre las
facultades sacerdotales:
¿Cómo puede ser que un hombre perdone los pecados?
¿Cómo puede un hombre darnos a comer el Cuerpo de
Cristo?
Nuestros
hermanos separados dudan que Cristo a través del ministerio
sacerdotal transforme el pan consagrado en su cuerpo y el vino consagrado
en su sangre, ¿Cómo puede ser que un hombre haga esas
cosas?, y yo les pediría que me respondieran a la siguiente
pregunta: ¿ustedes creen que alguien a quien se le derrama
agua en su cabeza y se invoca el nombre de la Santísima Trinidad
es Hijo de Dios? Sin lugar a dudas responderan que “sí”,
y entonces con su mismo argumento yo les podría cuestionar:
Pero, ¿Cómo puede ser que un hombre tenga tanto poder
como para que haga de un hombre un hijo de Dios? Sé que su
respuesta inmediata será: “La Palabra de Dios lo dice”.
Entonces ¿porque diantre no le creen a la Palabra de Dios
que menciona este poder sacerdotal en la Iglesia? ¿Por qué
le creen a la Palabra de Dios solamente en aquellas cosas que les
conviene?
3.-
Dice san Juan 6,53-56:“En
verdad, en verdad os digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre
y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que
come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré
el último día. Porque mi carne es verdadera comida
y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
permenece en mí y yo en él.”
El
cristiano, que ha alcanzado la sabiduría que proviene de
Dios, puede afirmar junto con Santo Tomás acerca de la Eucaristía:
“No puedo explicar cómo es que un pan puede convertirse
en el Cuerpo de Cristo, sin embargo, le creo profundamente a Aquel
que lo ha dicho.”
4.-
Hoy que el Evangelio del Señor nos invita a pedirle al dueño
de la mies que envíe operarios a sus campos, quisiera invitarte
para que le pidamos a Dios muchos y muy santos sacerdotes, y a que
nos demos un espacio para meditar sobre la vocación sacerdotal.
Sin
sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia
fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia
y de su misión en la historia, ésto es, la obediencia
al mandato de Jesús ”Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes”. “Los pecados que ustedes perdonen
quedarán perdonados” y “Tomad y Comed esto es
mi Cuerpo, tomad y Bebed esto es mi sangre. Haced esto en conmemoración
mía”, o sea, el mandato de anunciar el Evangelio, de
perdonar sacramentalmente los pecados y de renovar cada día
el sacrificio de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por
la vida del mundo”. Leánlo una y otra vez y ya dejen
de manipular la Palabra de Dios, “Es que allí se está
refiriendo a su Palabra” Entonces ¿Por qué san
Pablo les dice a los Corintios en su Primera Carta, capítulo
10, versículo 27: “Por tanto, quien coma el pan o beba
la Copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo
y la Sangre del Señor”?
5.-
Hoy quiero agradecerle a Dios por mi sacerdocio, e invitar a los
jóvenes para que sean generosos en el llamado que Dios les
está dirigiendo.
Oremos
también por los sacerdotes de nuestras comunidades parroquiales
y de nuestro querido Seminario.
El
sacerdote ministerial necesita de las plegarias de aquellos que
tienen el sacerdocio bautismal. Se trata de un ser humano, un hombre
como los demás con carencias, con las grandezas y miserias
de todo hombre. El material humano esta repleto de posibilidades
y limitaciones. El sacerdote es un hombre como los demás;
participa de la grandeza del género humano, pero está
"también él envuelto en flaqueza" (Heb
5,2).
6.-
¡Ojalá que muchos jóvenes quieran responder
al llamado que el Señor quiere que le hagamos a través
de nuestra oración! El mundo está necesitado
de su generosidad. Se necesitan trabajadores para el campo del mundo.
Y
es que el hombre forma parte de esta historia de la salvación
en la que el proyecto de salvación que Dios tenía
para el hombre se ha visto entorpecido y dañado por la soberbia
del hombre. La imagen divina ha sido dañada, el hombre necesita
de un Salvador. Y Dios ha querido mandar la calma a través
de la esperanza fecundada por la fe: el hombre ha sido restaurado
en Cristo quien lo ha constituído en hijo de Dios por el
Espíritu Santo que hemos recibido. ¡Esto tiene que
anunciarse a todos los hombres!
Al
llamado de Dios, que brotará de nuestra oración, le
corresponde una respuesta. La declaración de amor de Dios
va a requerir una respuesta de amor por parte del elegido. Dios
al llamar respeta en su integridad al hombre. Dios habla claramente
pero no acosa ni violenta.
Dios
sugiere, crea inquietudes, prepara el alma del joven, llama suavemente,
en lo más profundo de la conciencia, pero quiere que el joven
responda con plena libertad y con amor auténtico. ¿Para
qué quiere Dios un sacerdote que le sigue obligatoriamente,
"profesionalmente", pero sin amor? Dios
no quiere operarios a la fuerza sino en el pleno ejercicio de su
libertad.
7.-
Reflexionemos sobre el sentido de esa llamada. El sacerdote
es puesto en favor de los hombres en las cosas que se refieren a
Dios. No se trata de un médico o de un sociólogo,
no se trata de un albañil o de un arquitecto, no se trata
de un político ni de un comerciante. Todos los oficios deberían
estar consagrados a Dios, pero el oficio sacerdotal es por naturaleza
dedicado a las cosa sagradas, ahí tiene su origen y ahí
tiene su destino.
Cuando
Dios llama a un hombre para trabajar en sus campos lo hace para
una misión específica, para pedir una colaboración
determinada en sus designios salvíficos.
El
sacerdote ha sido puesto por Dios en favor de los hombres. Pero
se trata de un servicio que tiene su propia identidad y especificidad
en las cosas que se refieren a Dios, y que se realiza especialmente
en el servicio a la obra de salvación.
8.-
La misión sacerdotal nace de la configuración del
ministro con Cristo en virtud del carácter sacerdotal que
conforma tanto su ser como su obrar. Pero no basta. A la
identidad sacramental con Cristo debe corresponder la identificación
vital, experiencial, espiritual del sacerdote con su Maestro. Y,
por otra parte, nunca realizará dignamente su misión
el sacerdote que no haya logrado parecerse vitalmente al Buen Pastor.
Por eso el Concilio Vaticano II "exhorta vehementemente a todos
los sacerdotes a que... se esfuercen por alcanzar una santidad cada
vez mayor, ya que la santidad misma de los presbíteros contribuye
en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio"
(PO 12). La autenticidad de su vida sacerdotal y la eficacia de
su ministerio dependen de su unión profunda con la Vid, sin
la cual "no pueden hacer nada" (cfr. Jn 15,15)
La
personalidad sacerdotal debe ser para los demás un signo
claro y límpido. Esta es la primera condición del
servicio pastoral de los sacerdotes. Los hombres, de entre los cuales
han sido elegidos y para los cuales han sido constituidos sacerdotes,
quieren, sobre todo, ver en ellos ese signo. Y tienen derecho a
ello.
Al
considerar la distancia que separa la realidad humana de quien ha
sido "tomado", y el ideal para el cual ha sido "puesto",
entenderemos bien la necesidad de "formarse" eficazmente,
y comprenderemos mejor la "forma" hacia la cual deberán
tender todos sus esfuerzos... "hasta que Cristo tome forma
definitiva en vosotros" (Gal 4,19).
¡Danos,
Señor, muchos y muy santos sacerdotes. ¡Envía,
Señor, operarios a tus campos!