Domingo 6 de Marzo de 2005_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

LA INDIGENCIA DE DIGNIDAD.

“En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?" Jesús respondió: "Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo".

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé" (que significa 'Enviado'). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: "¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?" Unos decían: 'Es el mismo". Otros: "No es él, sino que se le parece". Pero él decía: "Yo soy". Y le preguntaban: "Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?" Él les respondió: "El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: 'Ve a Siloé y lávate'. Entonces fui, me lavé y comencé a ver". Le preguntaron: "¿En dónde está él?" Les contestó: "No lo sé".

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: "Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo". Algunos de los fariseos comentaban: "Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?" Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?" Él les contestó: "Que es un profeta".

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: "¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?" Sus padres contestaron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo". Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: 'Ya tiene edad; pregúntenle a él'.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: "Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador". Contestó él: "Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo". Le preguntaron otra vez: "¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?" Les contestó: "Ya se lo dije a ustedes, y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?" Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: "Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene".

Replicó aquel hombre: "Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder". Le replicaron: "Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?" Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?" Él contestó: "¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?" Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es". Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús:" "Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos". Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: "¿Entonces también nosotros estamos ciegos?" Jesús les contestó: "Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado".

Momento 2

Momento 3

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1.-  Muy queridos amigos:

Nuevamente un encuentro especial. Al fin se han encontrado. Ambos han acudido puntuales a la cita. Los compromisos en las agendas aunque sean tan distintos les han hecho coincidir. El tiempo se ha tornado preciso y ha hecho que los dos se ubiquen en el espacio oportuno. No podía faltar alguno de estos dos invitados a un encuentro tan peculiar y tan esperado por ambos, aunque tendríamos que precisar que ambos tienen diferentes razones y muy distintas motivaciones.

El calendario se ha deshojado en el ritmo adecuado, y los días y los meses han transcurrido pacientemente ante la urgencia de aquello que en lo humano ha sido imprevisible y que en lo divino se ha vuelto Providencial. El reloj que nos señala la eternidad en Dios y el que marca la temporalidad en el hombre marcan desde la previsión divina y la necesidad humana la misma hora con sus manecillas. El Creador y la criatura han coincidido en aquel camino. Se han reunido, en la cercanía del mismo espacio, la fe de un enfermo y la compasión del médico divino. El hombre menesteroso y el Dios eterno se han dado cita en aquel camino. Contemplamos con toda claridad el encuentro entre el poder inagotable de Dios, marcado por el amor que nos tiene, y esa indigencia humana que a todos nos acompaña. Por fin, el Sol que nace de lo alto, cruzando por la amplitud del horizonte de la historia, se dirige prometedoramente hacia alguien que ha vivido su propia existencia sumergido en la más triste y profunda de las oscuridades.

2.- El “oficio” de aquel joven, o mejor dicho, el quehacer en su corta vida ha sido el de ser un limosnero. Sus pocos años han transcurrido en los mismos entrecruces de un camino sumergido en una noche interminable, sin poder contemplar la amplia gama de tonalidades que tiene la vida, y viviendo, o mejor dicho, sobreviviendo de las limosnas que le prodigaban aquellos que ya sea a fuerza o caritativamente se acercaban a él. Aquel joven estaba ciego, en aquel tiempo no le era posible laborar, el ganarse el pan con el sudor de su frente se tornaba imposible, no podía vestirse con su trabajo, su esfuerzo no le podía permitir tener su propia casa, más aún no le era factible ver el rostro de los que le socorrían, sólo conocía las voces y posiblemente sus sombras; no podía contemplar ni se imaginaba lo que era el cielo, las nubes, ni el horizonte, ni el sol, no conocía los rasgos de sus propios padres ni los de sus hermanos.

El joven había aprendido desde niño a hacer dos cosas a la perfección: gritar sonoramente y extender su mano menesterosa a la puerta de la entrada de aquel pueblo. Su existencia ha transcurrido en un gritar pidiendo y un pedir gritando, para sobrevivir de la limosna, de lo que a los demás les sobraba y le podían ofrecer.

3.- Y de pronto se acerca Él. Entre los murmullos distingue los comentarios: ahí viene ese Maestro que ha reunido un grupo de discípulos, ¡es el Galileo!, -algunos mencionan-, ¡que es el Mesías!, -dicen otros-, ¡el Hijo eterno de Dios!, -así se ha presentado-, y son muchos los que comentan que sus obras son portentosas.

La oportunidad resulta entonces magnífica e irrepetible, no se trata de un hombre rico ni de un distinguido prestidigitador; no se trata de un acaudalado hacendado ni de un sobresaliente taumaturgo; no se trata de un reconocido ministro ni de un poderoso gobernador; no es tan sólo uno de los soberanos más afamados de la tierra ni se trata de un glorioso militar.

Se trata, en la realidad, de alguien más grande que Salomón, más notable que Moisés, más importante que Jonás, más sobresaliente que el Templo y más noble que la Ley. Se trata de Dios mismo, quien viene a ofrecerse en sus dones ante Bartimeo. La oportunidad es ahora, no hay que desaprovecharla, es ¡ahora o nunca!

4.- Y cuando el Hijo de Dios, el Soberano de la Vida, el Rey y Señor de todo cuanto existe se acercó a él le ofrece la salud.

Se trata de un limosnero, tiene frente a sí una oportunidad como la envidiarían muchos. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué me quieres pedir? ¿Qué se te ofrece? ¿En qué te puedo ayudar?,... Tú sabes que lo puedo todo, díme ¿qué quieres de mí?... Y curiosamente el joven no le pide una vestidura elegante como la usó Salomón, no le pidió un banquete como los que tenía Epulón, no le pide ni oro ni plata como tenía en abundancia Zaqueo, sino que aceptó conformemente el don que le ofreció el Señor.

5.- ¿No te parece increíble lo que sucedió? Se trata de una oportunidad de ensueño y parece ser que no recurrió ni a los consejeros bursátiles ni a los analistas sobre situaciones, no se le ocurrió pedir asesoría a ningún colegio de consultores antes de dejar ir una de las mejores oportunidades en su vida, una situación que seguramente jamás se le volverá a presentar.

Por un momento, imagínate a ti mismo en aquel camino. ¿Aceptarías sólo lo que te ofrece el Señor o aprovecharías para pedirle algo? Y de pedirle algo, ¿Qué le pedirías tú al dueño de todo y de todos? ¿Cuál sería tu petición? ¿Qué ponderarías como lo más urgente?

Y sin embargo, esta es la verdadera enseñanza evangélica: No debemos ocuparnos en pedirle a Dios cosas superfluas. Revisemos con honestidad, cada uno, lo que nuestro tiempo nos ha hecho creer que es lo oportuno y necesario en el existir.

6.- No le pidas cosas a Dios. Pídele en lo profundo de tu oración que te conceda la capacidad de trabajar, que bendiga tu esfuerzo, que tu cuerpo esté bien, que tengas la salud del alma y del cuerpo; pero no esperes nunca que Él te haga las cosas o que te conceda las cosas ya hechas.

¿No te has dado cuenta? En el tiempo presente, abundamos en la iglesia aquellos que nos limitamos a pedirle a Dios algunos objetos, más allá del solicitarle y valorar sus verdaderos dones.

7.- Parece esto una verdadera epidemia. Los hombres queremos las cosas hechas, queremos sacarnos la lotería y chantajeamos a Dios, y esto provoca que la pereza haga presa de los niños y de nuestros jóvenes. Date una vuelta por la calle y te podrás dar cuenta de que abundan aquellos que en el inicio y en la plenitud del vigor, parecen preferir la mendicidad infértil sobre el esfuerzo y sobre el cansancio fructificante.

Resulta verdaderamente doloroso, que hoy en día nuestros jóvenes vayan perdiendo la dimensión de la dignidad y del autorespeto.

Recórdaba aquello que sutil y genialmente sugería José Joaquín Fernández de Lizardi en la obra del Periquillo Sarmiento, lo cual dejo a tu consideración:

“La mendicidad aleja la vergüenza y hace al hombre enemigo de la industria... El verdadero pobre es el imposibilitado de trabajar. Consentir que el hábil pida limosna, es quitar a aquél y al cuerpo nacional, el producto de su aplicación. Si se dirige mal la limosna, a favor del mendigo voluntario, degenera la caridad, reina de las virtudes, en protectora de los vicios.”

8.- Aunque tenemos la obligación de la caridad, no nos debemos engañar ni dejar que nos engañen. Una limosna que manifieste nuestra caridad se la debemos a cualquier persona, si no la necesita, debemos preferir que ellos cometan la injusticia y no nosotros, al prejuzgar o al negar un don que puede ser necesario para alguien. Sin embargo, siempre será mejor que lo poco o lo mucho que tú yo podamos compartir en la caridad realmente llegué a quienes verdaderamente lo están necesitando.

No tengo nada en contra de aquellos que mendigan en la vida, yo mismo he recibido la caridad cristiana en muchos más momentos de lo que te imaginas. Sin embargo, podemos ser culposamente ingenuos, si no somos capaces de discernir entre aquellos que efectivamente viven en la pobreza por no poder realmente trabajar, de aquellos que pudiendo ir en pos de algo prefieren no hacerlo, ni buscarlo ni esforzarse. Y la limosna se convierte en su “modus vivendi”. Prefieren que se les den las cosas ya hechas y simplemente puestas en sus manos.

9.- Aprendamos la lección del día de hoy y seamos verdaderamente hijos del piadoso temor de Dios.

Aprendamos y enseñemos a decirle al Señor: “No me des un pan, no me des un vestido, no me des dinero, no me des un viaje, no me des una joya, no me des una casa ni un automóvil”. Pidámosle desde el fondo del corazón: “Dame la vista, dame el habla, dame la escucha, dame las manos, dame los pies,... de lo demás, si tú me lo permites, me encargo yo”. “Sí tu me das lo que verdaderamente es útil en la vida, si tú me conservas la vida, con tu bendición yo conseguiré el pan, yo conseguiré el vestido, yo conseguiré la casa. Sabiendo que en la realidad, en tu misericordia, eres tú el que me lo has dado”.

Pidámosle al Señor que podamos ver,... lo que realmente es importante en la vida.


 

PASTORES Y NO CUSTODIOS DE PAJA.

“En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?" Jesús respondió: "Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo".

1.-Muy queridos amigos:

Jesucristo ha venido al mundo para reconstruir los corazones destrozados y para sanar las heridas del alma en los hombres, Él vino a donde nosotros para ofrecer el descanso a los que caminan fatigados y para brindar la salvación a este ser humano necesitado de la eternidad, para ello Él nos ha ofrecido el alimento de su Palabra y nos ha obsequiado la luz para nuestra vidas; Él mismo es el agua que sacia la sed del alma y el camino cierto para llegar a nuestro destino de eternidad.

Cristo supo cumplir perfectamente su misión entre nosotros, mientras estaba en el mundo como nos lo dice el día de hoy, y quiso preparar a su pueblo para que cuando físicamente no estuviera, en la asistencia del Espíritu Santo, continuara siendo una extensión de su presencia y un continuador de su misión.

Cristo, después de cumplir las obras de Dios, ha ascendido glorioso a los cielos, y para aquellos que amamos al Señor, su integración en la felicidad sin fin a la que nos dirige la cuaresma nos llena de alegría, sabiendo que su gozo y su victoria nada ni nadie las puede arrebatar ni menoscabar. Y al mismo tiempo, el destino de la cuaresma, nos hace recordar tanto nuestra propia misión en la tierra como el que nuestro verdadero destino es el encuentro con Jesús para vivir con Él eternamente.

2.- Recordemos que cuando Cristo desaparezca del escenario de la historia de los hombres, por la obra del Santo Espíritu aparecen en el escenario los cristianos. Y no es otra la función del cristiano sino el que seamos testigos del día, en las coordenadas del aquí y el ahora, de vivir una vida como la de Jesús y de que prediquemos su doctrina.

El ha querido que su Palabra no fuera silenciada durante su ausencia física sino que tuviera en la voz de sus discípulos el mejor de los instrumentos, Él ha dispuesto que su luz no se extinguiera en su ascensión gloriosa, sino que en las lámparas de sus apóstoles continuara brillando esa luz para iluminar el corazón de los hombres sumergidos en la oscuridad.

3.- Y es así, como esa obra de salvación que no ha terminado con la ascensión gloriosa de Cristo ha continuado con sus apóstoles, y si no terminó con la conclusión de los días de Cristo entre nosotros, mucho menos se terminaría cuando sus apóstoles concluyeran con sus propios días entre nosotros.

4.- Y esos apóstoles, Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Mateo,..., que batallaban al principio para comprender lo que el Maestro nos revelaba como hoy se nos menciona, han sido fieles y han continuado con su ministerio a través de sus sucesores, los Obispos, los cuales continúan predicando ininterrumpida y celosamente para iluminar con la luz de Cristo a nuestro mundo, y quienes en los sacerdotes de nuestras parroquias reciben el apoyo necesario para una misión que no se ha extinguido sino que, por el contrario, se ha extendido a lo largo de los siglos.

Bastaría que leyeras el capítulo primero del libro de los Hechos de los Apóstoles para que te dieras cuenta de que los Apóstoles, y no directamente Cristo, son quienes han elegido por la acción del Espíritu Santo un sucesor para el lugar que ocupaba Judas el Iscariote y que será ocupado por Matías, si quisiéras profundizar tendrías que leer las cartas a Tito y a Timoteo para darte cuenta de cómo ellos fueron puestos por el Espíritu Santo bajo la supervisión del Apóstol San Pablo como Obispos de Creta y de Éfeso.

Dios ha querido obsequiar a su pueblo con el don de su benevolencia en sus apóstoles y sus sucesores los Obispos. Un don que bien alcanzamos a comprender más que motivo de privilegios, ha sido y será una fuente de responsabilidades.

Han sido ellos quienes como el Apóstol san Pablo, también en diferentes momentos y circunstancias han experimentado esa impotencia propia de su humanidad, y se han percibido como “recipientes de barro”, y ha sido precisamente allí, sin duda, en donde se ha manifestado con toda claridad que la fuerza de su ministerio proviene de Dios y no de los hombres.

5.- Los Obispos están al frente de una Iglesia, que como nuevo Israel ha sido constituido como Pueblo Sacerdotal, del cual algunos de sus hijos hemos sido llamados a construir la comunidad desde el ejercicio de un sacerdocio ministerial.

Ambos sacerdocios, el común que le pertenece al Pueblo de Dios y el ministerial de aquellos que estamos al servicio del Pueblo de Dios, debemos recordar que el ejercicio sacerdotal de Cristo no puede ser considerado como desconectado del aspecto de la ofrenda existencial. La labor del sacerdote es la de continuar con la labor realizada por Cristo: ofrecer esa luz para los ojos de los nuevos ciegos.

6.- Hermanos muy queridos:

El día de hoy, en que celebramos el día del Seminario:

Quiero elevar a Dios una oración especial por el Papa Juan Pablo II, y por nuestros Obispos Don Francisco Robles Ortega, Don José y Don Gustavo, dirijo a Dios una plegaria para pedir por nuestros Obispos eméritos Don Adolfo, a quien le guardo una especial gratitud y afecto, y por don Alfonso.

Les invitó a elevar a Dios una oración por cada uno de nuestros Obispos, quienes han sido investidos con la túnica del Pastor. De forma especial oremos por Don Francisco Robles Ortega:

Oremos por aquel que ha sido Buen Pastor a imagen de Cristo y que le ofrece al rebaño de Cristo su jovialidad, su ecuanimidad, su buen ánimo, su nobleza y su magnanimidad.

Recemos por nuestro Obispo, quien participa de la plenitud del sacramento del orden, y que es principio y fundamento visible de la unidad en la Iglesia que le ha sido confiada a su servicio pastoral.

Dirijamos una plegaria por aquel que es presencia viva y actual de Cristo “Pastor y Obispo” de nuestras almas.

Rogemos al Señor por quien es ecónomo de la gracia del supremo Sacerdocio.

Hace falta que recemos por quien orienta todo su servicio de evangelización al servicio de la esperanza.

Pidámosle a Dios que fortalezca a quien debe amar más la salvación de las ovejas que su propia vida.

Se trata de pedirle a Dios por aquel que tiene la misión de guardar silencio con discreción y de hablar cuando sea útil, de tal manera que nunca diga lo que tiene que callar ni deje de decir aquello que debe manifestar.

Hoy, quiero pedirle a Dios por aquel que antes de querer ser amado por sus ovejas debe buscar ser amado por Dios, para que así, en la fidelidad del servicio a Dios no tema perder el afecto de los hombres.

Hoy, elevo una súplica por aquel que debe orar sin cesar y que debe buscar el ser ministro de la unidad.

Elevo mis intenciones a Dios por aquel que no debe ser centinela silencioso ni Mercenario que huya del lobo, sino un pastor en acecho, velando sobre el rebaño de Cristo.

Pido al Señor por aquel que debe vigilar que todo se haga con su autorización, pero que no debe hacer nada sin que él mismo se encargue de consultar a Dios.

Ruego por aquel que hoy se sabe cristiano y obispo, que sabe que el ser cristiano se le ha dado como don propio; y que el ser obispo, en cambio, lo ha recibido como don para el bien de su pueblo. Pido por aquel que en su condición de cristiano debe pensar en su propia salvación; y que en su condición de obispo debe ocuparse de la salvación de todo el rebaño.

Oro este día, por aquel que, tal como lo dice san Agustín, debe saberse que es pastor y no solamente un custodio de paja, un espantapájaros. Puesto que los espantapájaros han sido colocados para evitar que las aves se coman los granos, pero el pastor debe de guiar, predicar, corregir, reprender, dar la vida...

7.- Pero,... hoy te invito a orar también por los sacerdotes de nuestras parroquias, quienes ayudamos a nuestros Obispos, y a que le pidas a Dios que los clérigos lleguemos a comprender:

Que los pastores no debemos estar separados del rebaño, sino que formamos parte de él, sometidos a todas las exigencias de la vocación cristiana.

Que nuestro ministerio no nos autoriza a formar una casta aparte, sino que nos pone en comunión con todos.

Que lo sacerdotal de nuestra actividad no está única y sencillamente en las funciones y servicios, sino en nosotros mismos.

Que nuestra labor sólo podrá ser auténticamente sacerdotal si la realizamos con la dedicación de nuestra propia persona.

Que nuestra participación del pastoreo sacerdotal de Cristo está caracterizada y penetrada por la muerte en la cruz.

Que nuestro ministerio exige que nuestro vivir sea una vida dominada por Cristo como centro de gravedad de todas nuestras acciones.

Que nuestro testimonio de Cristo solamente podrá nacer de la profundidad de la unión con Él.

Que cuanto más nos desprendamos de nosotros mismos para dejar lugar a Cristo en nosotros, tanto más se hará Cristo visible, a través de nosotros en medio de la comunidad.

Que nuestro celibato debe ser una expresión de un servicio incondicional a la Iglesia caminando sin reservas tras las huellas de Cristo.

Que seamos conscientes de que nuestra opción celibataria por amor a Cristo, sólo será fruto de una decisión de fe y de una experiencia de la gracia de Dios.

Que nuestro ministerio sólo puede hallar su culminación allí en donde la Iglesia alcanza también su punto culminante: la celebración de la Santísima Eucaristía.

Que cuidemos de no reducir nuestro sacerdocio a los momentos de ejercicio cultual.

Que recordemos que gozamos de la amistad de Cristo porque nos ha revelado sus misterios y por el don de su entrega.




LA VOCACIÓN BROTA DE LA GENEROSIDAD.

1.- Muy queridos amigos

Hoy es día del seminario en nuestra arquidiócesis, envío a través de este medio una manifestación de gratitud a nuestros seminaristas que están en las diferentes parroquias, y junto con ello te invito para que después de pedir por nuestros obispos y presbíteros le pidamos a Dios que cuide a nuestro Seminario de Monterrey.

El día de hoy hablemos sobre la vocación sacerdotal,... en lo personal quisiera compartirte algunos episodios de mi propia vocación, estrechamente vinculada al ministerio de aquel por quien hemos estado pidiéndole a Dios le conceda la salud, Su Santidad Juan Pablo II.

Mi vocación y toda vocación debe ser vista como el encuentro de Dios, en su majestad y misterio, y el hombre que le responde con su generosidad.

2.- Mi propia historia inició hace 26 años. Habían pasado apenas dos semanas desde que el Papa Juan Pablo II, había pisado tierra regiomontana, un servidor siendo un adolescente de 13 años estaba por concluir el segundo año de los estudios secundarios, cuando en torno al festejo del amor y la amistad me cuestionaba sobre mi propia vida y sobre mi lugar en la Iglesia. Por un lado la posibilidad de formar una familia y junto con ello continuar mis estudios preparatorios y alguna carrera en la Universidad, o por el otro la opción del sacerdocio... El conflicto se vivía interiormente en torno a esa frontera que se iergue entre el santuario de los sentimientos y el templo de los pensamientos ¿cómo arrancar de mi corazón un noviazgo en ciernes que se vivía acompañado de la ilusión del adolescente?,... sin duda era algo tan desproporcionado como el querer detener los latidos del corazón humano y seguir viviendo. Pero,... la historia tenía un segundo invitado ¿cómo poder ahora expulsar de la mente esas imágenes de la posibilidad del sacerdocio que venían acompañadas por esa imponente sonrisa en el rostro del Pontífice que estuvo en nuestra propia tierra?,... se había convertido en un pensamiento inarrancable, y que poco a poco se iba sobreimponiendo a los sentimientos...

3.- ¡Quince días!, quince días habían transcurrido desde aquel día en que la fiesta cristiana había contagiado las calles de nuestra ciudad. Recuerdo con alegría aquella mañana en que al salir de la casa tuve que caminar desde el entrecruce de las calles Tapia y Juárez para caminar hasta el lecho del Río Santa Catarina. Los camiones no podían recorrer más calles puesto que los contingentes de fieles se convertían en cauces de agua que iban a alimentar aquel río de fe y devoción. Al llegar a la conclusión de la calle Juárez tuve que quedarme en la acera norte de la calle Constitución, hubiese querido cruzar la calle y descender al cauce del río, pero resultaba imposible. No obstante, el ambiente de fiesta contagiaba el alma y los cantos, alabanzas, rezos y oraciones se encargaron de darle sentido a la espera, junto a un servidor una persona con una muñeca,.., y continuaron los cantos, cuando en el sonido se escuchó el anuncio: El Papa Juan Pablo II está llegando a tierra regiomontana, recuerdo perfectamente aquel fenómeno físico, que quien vivió ese día no lo podrá negar: apenas mencionaron el aterrizaje de aquel avión en el que se conducía al peregrino de la fe, y aquel cielo que había permanecido grisáceo se abrió majestuoso para dejar pasar algunos rayos de sol que iluminaron el horizonte, el clamor de los fieles no se dejó esperar.

Y continuamos rezando, y el tiempo siguió su curso, hasta que se escuchó imponente el ruido que provoca el movimiento de la élice de un helicóptero, y con él el anuncio esperado: Juan Pablo II descenderá en un helipuerto acondicionado en un costado de la calle Constitución, los gritos, las porras, y el tiempo continúo con su curso, y de pronto el volúmen de los gritos aumentaba, y junto a mí aquella persona a quien veía amarrando aquella muñena en el borde de un palo de madera, hasta que de pronto apareció él subiendo la escalinata, a menos de cuatro metros iniciaba el ascenso aquel hombre que reflejaba en su rostro la paz que Jesucristo concede, su sonrisa dibujada en su rostro sonrosado... Sin que yo me diera cuenta, Dios me había permitido ubicarme en el más estratégico de los lugares, y de pronto aquel hombre levanta aquella muñeca atada de aquel madero, y él se detuvo a recibir el obsequió. Nuestro pueblo cantaba a Dios porque el sucesor de san Pedro estaba en nuestra tierra, y yo le miraba de frente,... y así fue como se dieron las cosas.

4.- Fue entonces cuando en el corazón, Dios permitió que naciera una inquietud, la posibilidad del sacerdocio, el deseo de servir a Cristo y de convertirme en un apóstol de su palabra de forma permanente, para buscar abrir los ojos del alma de aquellos que viven sumergidos en el mundo de sus propias tinieblas.

Y así pasaron aquellos quince días, y llegó aquel 14 de febrero de 1979, y con ello la decisión a terminar con un noviazgo, ¡de niños si tú quieres!, pero con ello se daba paso a algo importante: se inicio el ejercicio de la toma de las decisiones importantes en mi vida, y al elegir había que aprender a renunciar, y así tenía que ser sincero y decirle a quien me ofreció su corazón de niña que las cosas no deberían de continuar.

Y así fue como pasaron los meses, inicie un proceso vocacional y asistí a los retiros, y las decisiones se iban tomando en el silencio de la oración, sin comentarle a nadie, con un doble objetivo: para no crear falsas ilusiones en mis padres en el caso de que no fuera aceptado en el seminario, pero lo mismo era para no sentirme presionado en una decisión que tenía que tomar en lo personal.

Y al fin me dieron la carta de aceptación como alumno del Seminario, y con ella en la mano les dí la noticia a mis padres. Les pedí que me fueran a dejar en el Seminario aquel domingo 17 de agosto de 1980. Y se inició un recorrido de once años de formación, aunque a los diez años ya había cubierto los requisitos canónicos.

5.- A lo largo de esos diez años transcurrieron los estudios de las Humanidades y la Filosofía en nuestro Seminario, para los estudios teológicos fui enviado a estudiar a la Universidad Pontificia en México, allí viví los años del 1986 al 1990, y cuanto tenía mi cuarto año de estudios en aquella ciudad se acercaba mi ordenación sacerdotal.

Y entonces surgió otra noticia, Juan Pablo II regresaría a nuestra patria, una noticia adicional se hizo escuchar por entre los pasillos de los distintos seminarios de nuestra patria: aquellos que nos ordenáramos sacerdotes ese año podríamos recibir la ordenación de manos de Su Santidad.

La noticia se confirmó en aquel mes de Enero de 1990, e iniciamos nuestra preparación. Después de 11 años en que me había encontrado por primera ocasión con el Papa Juan Pablo II en la ciudad de Monterrey, ahora el peregrino de la fe regresaba y un servidor estaba en la posibilidad de recibir la ordenación en la ciudad de Durango. Monterrey había registrado 8 lugares, seis compañeros que estudiaban aquí en nuestra ciudad y dos que estudiábamos en la Universidad.

Los preparativos iban viento en popa, hasta que en el mes de Febrero de ese año 1990, otros rumores surgieron: éramos demasiados los que nos íbamos a ordenar y no era posible que se procediera. Los rumores se convirtieron en declaración y entonces se redujo la cifra a la mitad. De los seis que estaban en Monterrey quedarían tres y de los dos que estábamos en México solamente quedaría uno.

Recuerdo aquel día en que mi compañero Hugo Chávez y un servidor fuímos a la oficina del Padre Junco y le pedimos que nos ayudara en el discernimiento, él nos sugirió hacerlo como lo hicieron los apóstoles al elegir al Apóstol san Matías: un momento de oración y después de ello se lanzó la moneda al aire.

La moneda iba dando vueltas en el aire, y al caer al piso el afortunado fue: Hugo Chávez... Un servidor, quien tiene en muy alta estima al Papa que me había empujado en mi discernimiento vocacional, sentía que le caía encima un balde de agua fría.

Al notificarle al Rector, él me dijo que el señor Arzobispo quería que los que no nos íbamos a ordenar con el Santo Padre nos ordenáramos con anterioridad para que así cuando él estuviera en la ciudad de Monterrey pudiésemos concelebrar con él. La fecha la conocimos algunos días después: íbamos a ordenarnos el domingo 15 de abril de 1990, que a la sazón sería el domingo de la Pascua, la fiesta de la Resurrección.

El tiempo se recortó todavía más, y tuvimos que acelerar nuestros preparativos: invitaciones, ornamentos, avisar a los familiares y amigos,... entre otras muchas cosas. De esta manera aquella semana santa del año 1990 viví mis ejercicios espirituales previos a la ordenación sacerdotal.

Al fin llegó aquel domingo en que se inició la ceremonia de ordenación a las diez de la mañana,... era el mediodía cuando concluída la ceremonia revestidos con los ornamentos sacerdotales y con las manos destilando el suave aroma del crisma con que habían sido ungidas, recibía el saludo y la felicitación en el exterior de la Santa Iglesia Catedral. Hubo un momento en que mi madre, junto con mi padre, se acercó, me abrazó y me dijo: “Rogelio, no pensé que Dios me iba a dar este regalo que me ha dado”. Recuerdo que yo le dije: “sin duda, mamá mi ordenación es un regalo para nuestra Iglesia, para mí y para mi familia”,... pero ella me interrumpió y me dice: “No, Rogelio, no me refiero solamente a eso”. “¿A qué se refiere, mamá?” -Le pregunté. Y ella me contestó: “Nunca pensé que Dios me iba a conceder el verte ordenado el mismísimo día en que tu padre y yo nos casamos, tu papá y yo nos casamos en un día como hoy, un 15 de abril, pero de 1955, hoy estamos cumpliendo treinta y cinco años de casados”.

Fue entonces que me dí cuenta del regalo de Dios...., y ¿sabes qué?, me dí cuenta de cómo Dios tiene un proyecto en mucho más excelente que el tuyo y el mío. ¡Dios no se equivoca!

¿Cuántas veces nosotros esperamos que las cosas acontezcan de una manera y suceden de otra manera? Y en ocasiones nos desalentamos.

Las cosas se dieron de esta manera y, quisiéra comentarte, que aunque de una forma distinta me volví a encontrar con el Vicario de Cristo. El Papa llegó el domingo 06 de Mayo de 1990 a nuestra tierra, yo ya era sacerdote, y en aquella Santa Misa en que fue beatificado Juan Diego, me eligieron para que apoyará a los ceremonieros en aquella celebración presidida por el Papa en la Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México.

Concretamente un servidor, fue el responsable de preparar la participación de los laicos en esa Santa Misa, las ofrendas, las danzas, los lectores y entre ellos el Salmo cantado por Plácido Domingo, pero lo más importante de todo, fue que junto con otro sacerdote ayudamos a revestirse con sus ornamentos litúrgicos a Su Santidad. Antes de ello, platicamos con él, allí estaba sentado, le veía a escasos dos metros de distancia, había pensado preguntarle mil cosas, y al estar frente a él no pregunté absolutamente nada.

Después de 11 años volvíamos a encontrarnos, y el día de hoy en que celebramos el día del Seminario, he querido compartirte esta escena de mi vida.

Quiero invitar a los jóvenes para que abran su corazón a Jesucristo y para que acepten la invitación que Él les dirige para que sean sacerdotes. A la vera del camino hay tantas personas postradas en la oscuridad de la existencia.

La vocación es un encuentro personal, un seguimiento entusiasta y una relación de amistad personal con el Hijo de Dios. Se trata de encontrar aquella Perla, considerada como la más preciosa, como para ser capaces de desprenderse de las otras perlas que se pudieran tener: barcas, redes y la misma familia. Se ha encontrado el tesoro que les puede permitir vender todo como para comprar el campo en el que se encuentra enterrado dicho tesoro. Se ha encontrado el Valor absoluto que les puede permitir desprenderse inmediatamente de cualquier otro valor transitorio.

Pidámosle a Dios por nuestro Seminario de Monterrey.

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