Domingo 6 de Marzo de 2005_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
LA INDIGENCIA DE DIGNIDAD.
“En
aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento,
y sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién
pecó para que éste naciera ciego, él o sus
padres?" Jesús respondió: "Ni él
pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para
que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario
que yo haga las obras del que me envió, mientras es de
día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar.
Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo".
Dicho
esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se
lo puso en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte en
la piscina de Siloé" (que significa 'Enviado'). Él
fue, se lavó y volvió con vista.
Entonces
los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna,
preguntaban: "¿No es éste el que se sentaba
a pedir limosna?" Unos decían: 'Es el mismo".
Otros: "No es él, sino que se le parece". Pero
él decía: "Yo soy". Y le preguntaban:
"Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?"
Él les respondió: "El hombre que se llama Jesús
hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: 'Ve a Siloé
y lávate'. Entonces fui, me lavé y comencé
a ver". Le preguntaron: "¿En dónde está
él?" Les contestó: "No lo sé".
Llevaron
entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era
sábado el día en que Jesús hizo lodo y le
abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron
cómo había adquirido la vista. Él les contestó:
"Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo". Algunos
de los fariseos comentaban: "Ese hombre no viene de Dios,
porque no guarda el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo
puede un pecador hacer semejantes prodigios?" Y había
división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle
al ciego: "Y tú, ¿qué piensas del que
te abrió los ojos?" Él les contestó:
"Que es un profeta".
Pero
los judíos no creyeron que aquel hombre, que había
sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus
padres y les preguntaron: "¿Es éste su hijo,
del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo
es que ahora ve?" Sus padres contestaron: "Sabemos que
éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo
es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos.
Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá
por sí mismo". Los padres del que había sido
ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos
ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien
reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus
padres dijeron: 'Ya tiene edad; pregúntenle a él'.
Llamaron
de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: "Da
gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador".
Contestó él: "Si es pecador, yo no lo sé;
sólo sé que yo era ciego y ahora veo". Le preguntaron
otra vez: "¿Qué te hizo? ¿Cómo
te abrió los ojos?" Les contestó: "Ya
se lo dije a ustedes, y no me han dado crédito. ¿Para
qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también
ustedes quieren hacerse discípulos suyos?" Entonces
ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: "Discípulo
de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos
de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló
Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene".
Replicó
aquel hombre: "Es curioso que ustedes no sepan de dónde
viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios
no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad,
a ése sí lo escucha. Jamás se había
oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento.
Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún
poder". Le replicaron: "Tú eres puro pecado desde
que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?"
Y lo echaron fuera.
Supo
Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró,
le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?"
Él contestó: "¿Y quién es, Señor,
para que yo crea en él?" Jesús le dijo: "Ya
lo has visto; el que está hablando contigo, ése
es". Él dijo: "Creo, Señor". Y postrándose,
lo adoró.
Entonces
le dijo Jesús:" "Yo he venido a este mundo para
que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que
ven queden ciegos". Al oír esto, algunos fariseos
que estaban con él le preguntaron: "¿Entonces
también nosotros estamos ciegos?" Jesús les
contestó: "Si estuvieran ciegos, no tendrían
pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado".
Nuevamente
un encuentro especial. Al fin se han encontrado. Ambos han acudido
puntuales a la cita. Los compromisos en las agendas aunque sean
tan distintos les han hecho coincidir. El tiempo se ha tornado preciso
y ha hecho que los dos se ubiquen en el espacio oportuno. No podía
faltar alguno de estos dos invitados a un encuentro tan peculiar
y tan esperado por ambos, aunque tendríamos que precisar
que ambos tienen diferentes razones y muy distintas motivaciones.
El
calendario se ha deshojado en el ritmo adecuado, y los días
y los meses han transcurrido pacientemente ante la urgencia de aquello
que en lo humano ha sido imprevisible y que en lo divino se ha vuelto
Providencial. El reloj que nos señala la eternidad en Dios
y el que marca la temporalidad en el hombre marcan desde la previsión
divina y la necesidad humana la misma hora con sus manecillas. El
Creador y la criatura han coincidido en aquel camino. Se han reunido,
en la cercanía del mismo espacio, la fe de un enfermo y la
compasión del médico divino. El hombre menesteroso
y el Dios eterno se han dado cita en aquel camino. Contemplamos
con toda claridad el encuentro entre el poder inagotable de Dios,
marcado por el amor que nos tiene, y esa indigencia humana que a
todos nos acompaña. Por fin, el Sol que nace de lo alto,
cruzando por la amplitud del horizonte de la historia, se dirige
prometedoramente hacia alguien que ha vivido su propia existencia
sumergido en la más triste y profunda de las oscuridades.
2.-
El “oficio” de aquel joven, o mejor dicho, el quehacer
en su corta vida ha sido el de ser un limosnero. Sus pocos
años han transcurrido en los mismos entrecruces de un camino
sumergido en una noche interminable, sin poder contemplar la amplia
gama de tonalidades que tiene la vida, y viviendo, o mejor dicho,
sobreviviendo de las limosnas que le prodigaban aquellos que ya
sea a fuerza o caritativamente se acercaban a él. Aquel joven
estaba ciego, en aquel tiempo no le era posible laborar, el ganarse
el pan con el sudor de su frente se tornaba imposible, no podía
vestirse con su trabajo, su esfuerzo no le podía permitir
tener su propia casa, más aún no le era factible ver
el rostro de los que le socorrían, sólo conocía
las voces y posiblemente sus sombras; no podía contemplar
ni se imaginaba lo que era el cielo, las nubes, ni el horizonte,
ni el sol, no conocía los rasgos de sus propios padres ni
los de sus hermanos.
El
joven había aprendido desde niño a hacer dos cosas
a la perfección: gritar sonoramente y extender su mano menesterosa
a la puerta de la entrada de aquel pueblo.
Su existencia ha transcurrido en un gritar pidiendo y un pedir gritando,
para sobrevivir de la limosna, de lo que a los demás les
sobraba y le podían ofrecer.
3.-
Y de pronto se acerca Él. Entre los murmullos distingue los
comentarios: ahí viene ese Maestro que ha reunido un grupo
de discípulos, ¡es el Galileo!, -algunos mencionan-,
¡que es el Mesías!, -dicen otros-, ¡el Hijo eterno
de Dios!, -así se ha presentado-, y son muchos los que comentan
que sus obras son portentosas.
La
oportunidad resulta entonces magnífica e irrepetible, no
se trata de un hombre rico ni de un distinguido prestidigitador;
no se trata de un acaudalado hacendado ni de un sobresaliente taumaturgo;
no se trata de un reconocido ministro ni de un poderoso gobernador;
no es tan sólo uno de los soberanos más afamados de
la tierra ni se trata de un glorioso militar.
Se
trata, en la realidad, de alguien más grande que Salomón,
más notable que Moisés, más importante que
Jonás, más sobresaliente que el Templo y más
noble que la Ley. Se trata de Dios mismo, quien viene a ofrecerse
en sus dones ante Bartimeo. La oportunidad es ahora,
no hay que desaprovecharla, es ¡ahora o nunca!
4.-
Y cuando el Hijo de Dios, el Soberano de la Vida, el Rey y Señor
de todo cuanto existe se acercó a él le ofrece la
salud.
Se
trata de un limosnero, tiene frente a sí una oportunidad
como la envidiarían muchos.
¿Qué quieres de mí? ¿Qué me quieres
pedir? ¿Qué se te ofrece? ¿En qué te
puedo ayudar?,... Tú sabes que lo puedo todo,
díme ¿qué quieres de mí?... Y curiosamente
el joven no le pide una vestidura elegante como la usó Salomón,
no le pidió un banquete como los que tenía Epulón,
no le pide ni oro ni plata como tenía en abundancia Zaqueo,
sino que aceptó conformemente el don que le ofreció
el Señor.
5.-
¿No te parece increíble lo que sucedió?
Se trata de una oportunidad de ensueño y parece ser que no
recurrió ni a los consejeros bursátiles ni a los analistas
sobre situaciones, no se le ocurrió pedir asesoría
a ningún colegio de consultores antes de dejar ir una de
las mejores oportunidades en su vida, una situación que seguramente
jamás se le volverá a presentar.
Por
un momento, imagínate a ti mismo en aquel camino. ¿Aceptarías
sólo lo que te ofrece el Señor o aprovecharías
para pedirle algo? Y de pedirle algo, ¿Qué
le pedirías tú al dueño de todo y de todos?
¿Cuál sería tu petición? ¿Qué
ponderarías como lo más urgente?
Y
sin embargo, esta es la verdadera enseñanza evangélica:
No debemos ocuparnos en pedirle a Dios cosas superfluas. Revisemos
con honestidad, cada uno, lo que nuestro tiempo nos ha hecho creer
que es lo oportuno y necesario en el existir.
6.-
No le pidas cosas a Dios. Pídele
en lo profundo de tu oración que te conceda la capacidad
de trabajar, que bendiga tu esfuerzo, que tu cuerpo esté
bien, que tengas la salud del alma y del cuerpo; pero no esperes
nunca que Él te haga las cosas o que te conceda las cosas
ya hechas.
¿No
te has dado cuenta? En el tiempo presente, abundamos en la iglesia
aquellos que nos limitamos a pedirle a Dios algunos objetos, más
allá del solicitarle y valorar sus verdaderos dones.
7.-
Parece esto una verdadera epidemia. Los hombres queremos las cosas
hechas, queremos sacarnos la lotería y chantajeamos a Dios,
y esto provoca que la pereza haga presa de los niños y de
nuestros jóvenes. Date una vuelta por la calle y
te podrás dar cuenta de que abundan aquellos que en el inicio
y en la plenitud del vigor, parecen preferir la mendicidad infértil
sobre el esfuerzo y sobre el cansancio fructificante.
Resulta
verdaderamente doloroso, que hoy en día nuestros jóvenes
vayan perdiendo la dimensión de la dignidad y del autorespeto.
Recórdaba
aquello que sutil y genialmente sugería José Joaquín
Fernández de Lizardi en la obra del Periquillo Sarmiento,
lo cual dejo a tu consideración:
“La
mendicidad aleja la vergüenza y hace al hombre enemigo de la
industria... El verdadero pobre es el imposibilitado de trabajar.
Consentir que el hábil pida limosna, es quitar a aquél
y al cuerpo nacional, el producto de su aplicación. Si se
dirige mal la limosna, a favor del mendigo voluntario, degenera
la caridad, reina de las virtudes, en protectora de los vicios.”
8.-
Aunque tenemos la obligación de la caridad, no nos debemos
engañar ni dejar que nos engañen. Una limosna
que manifieste nuestra caridad se la debemos a cualquier persona,
si no la necesita, debemos preferir que ellos cometan la injusticia
y no nosotros, al prejuzgar o al negar un don que puede ser necesario
para alguien. Sin embargo, siempre será mejor que lo poco
o lo mucho que tú yo podamos compartir en la caridad realmente
llegué a quienes verdaderamente lo están necesitando.
No
tengo nada en contra de aquellos que mendigan en la vida, yo mismo
he recibido la caridad cristiana en muchos más momentos de
lo que te imaginas. Sin embargo, podemos ser culposamente ingenuos,
si no somos capaces de discernir entre aquellos que efectivamente
viven en la pobreza por no poder realmente trabajar, de aquellos
que pudiendo ir en pos de algo prefieren no hacerlo, ni buscarlo
ni esforzarse. Y la limosna se convierte en su “modus
vivendi”. Prefieren que se les den las cosas ya hechas
y simplemente puestas en sus manos.
9.-
Aprendamos la lección del día de hoy y seamos verdaderamente
hijos del piadoso temor de Dios.
Aprendamos
y enseñemos a decirle al Señor: “No
me des un pan, no me des un vestido, no me des dinero, no me des
un viaje, no me des una joya, no me des una casa ni un automóvil”.
Pidámosle desde el fondo del corazón: “Dame
la vista, dame el habla, dame la escucha, dame las manos, dame los
pies,... de lo demás, si tú me lo permites, me encargo
yo”. “Sí tu me das lo que verdaderamente
es útil en la vida, si tú me conservas la vida, con
tu bendición yo conseguiré el pan, yo conseguiré
el vestido, yo conseguiré la casa. Sabiendo que en la realidad,
en tu misericordia, eres tú el que me lo has dado”.
Pidámosle
al Señor que podamos ver,... lo que realmente es importante
en la vida.
PASTORES Y NO CUSTODIOS
DE PAJA.
“En
aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento,
y sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién
pecó para que éste naciera ciego, él o sus
padres?" Jesús respondió: "Ni él
pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para
que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario
que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día,
porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras
esté en el mundo, yo soy la luz del mundo".
1.-Muy queridos amigos:
Jesucristo
ha venido al mundo para reconstruir los corazones destrozados y
para sanar las heridas del alma en los hombres, Él vino a
donde nosotros para ofrecer el descanso a los que caminan fatigados
y para brindar la salvación a este ser humano necesitado
de la eternidad, para ello Él nos ha ofrecido el alimento
de su Palabra y nos ha obsequiado la luz para nuestra vidas; Él
mismo es el agua que sacia la sed del alma y el camino cierto para
llegar a nuestro destino de eternidad.
Cristo
supo cumplir perfectamente su misión entre nosotros,
mientras estaba en el mundo como nos lo dice el día de hoy,
y quiso preparar a su pueblo para que cuando físicamente
no estuviera, en la asistencia del Espíritu Santo, continuara
siendo una extensión de su presencia y un continuador de
su misión.
Cristo,
después de cumplir las obras de Dios, ha ascendido glorioso
a los cielos, y para aquellos que amamos al Señor, su integración
en la felicidad sin fin a la que nos dirige la cuaresma nos llena
de alegría, sabiendo que su gozo y su victoria nada ni nadie
las puede arrebatar ni menoscabar. Y al mismo tiempo, el destino
de la cuaresma, nos hace recordar tanto nuestra propia misión
en la tierra como el que nuestro verdadero destino es el encuentro
con Jesús para vivir con Él eternamente.
2.-
Recordemos que cuando Cristo desaparezca del escenario de la historia
de los hombres, por la obra del Santo Espíritu aparecen en
el escenario los cristianos. Y no es otra la función
del cristiano sino el que seamos testigos del día, en las
coordenadas del aquí y el ahora, de vivir una vida como la
de Jesús y de que prediquemos su doctrina.
El
ha querido que su Palabra no fuera silenciada durante su ausencia
física sino que tuviera en la voz de sus discípulos
el mejor de los instrumentos, Él ha dispuesto que su luz
no se extinguiera en su ascensión gloriosa, sino que en las
lámparas de sus apóstoles continuara brillando esa
luz para iluminar el corazón de los hombres sumergidos en
la oscuridad.
3.-
Y es así, como esa obra de salvación que no ha terminado
con la ascensión gloriosa de Cristo ha continuado con sus
apóstoles, y si no terminó con la conclusión
de los días de Cristo entre nosotros, mucho menos se terminaría
cuando sus apóstoles concluyeran con sus propios días
entre nosotros.
4.-
Y esos apóstoles, Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Mateo,...,
que batallaban al principio para comprender lo que el Maestro nos
revelaba como hoy se nos menciona, han sido fieles y han continuado
con su ministerio a través de sus sucesores, los Obispos,
los cuales continúan predicando ininterrumpida y celosamente
para iluminar con la luz de Cristo a nuestro mundo, y quienes en
los sacerdotes de nuestras parroquias reciben el apoyo necesario
para una misión que no se ha extinguido sino que, por el
contrario, se ha extendido a lo largo de los siglos.
Bastaría
que leyeras el capítulo primero del libro de los Hechos de
los Apóstoles para que te dieras cuenta de que los Apóstoles,
y no directamente Cristo, son quienes han elegido por la acción
del Espíritu Santo un sucesor para el lugar que ocupaba Judas
el Iscariote y que será ocupado por Matías, si quisiéras
profundizar tendrías que leer las cartas a Tito y a Timoteo
para darte cuenta de cómo ellos fueron puestos por el Espíritu
Santo bajo la supervisión del Apóstol San Pablo como
Obispos de Creta y de Éfeso.
Dios
ha querido obsequiar a su pueblo con el don de su benevolencia en
sus apóstoles y sus sucesores los Obispos. Un don que bien
alcanzamos a comprender más que motivo de privilegios, ha
sido y será una fuente de responsabilidades.
Han
sido ellos quienes como el Apóstol san Pablo, también
en diferentes momentos y circunstancias han experimentado esa impotencia
propia de su humanidad, y se han percibido como “recipientes
de barro”, y ha sido precisamente allí,
sin duda, en donde se ha manifestado con toda claridad que la fuerza
de su ministerio proviene de Dios y no de los hombres.
5.-
Los Obispos están al frente de una Iglesia, que como nuevo
Israel ha sido constituido como Pueblo Sacerdotal, del cual algunos
de sus hijos hemos sido llamados a construir la comunidad desde
el ejercicio de un sacerdocio ministerial.
Ambos
sacerdocios, el común que le pertenece al Pueblo de Dios
y el ministerial de aquellos que estamos al servicio del Pueblo
de Dios, debemos recordar que el ejercicio sacerdotal de Cristo
no puede ser considerado como desconectado del aspecto de la ofrenda
existencial. La labor del sacerdote es la de continuar con la labor
realizada por Cristo: ofrecer esa luz para los ojos de los nuevos
ciegos.
6.-
Hermanos muy queridos:
El
día de hoy, en que celebramos el día del Seminario:
Quiero
elevar a Dios una oración especial por el Papa Juan Pablo
II, y por nuestros Obispos Don Francisco Robles Ortega, Don José
y Don Gustavo, dirijo a Dios una plegaria para pedir por nuestros
Obispos eméritos Don Adolfo, a quien le guardo una especial
gratitud y afecto, y por don Alfonso.
Les
invitó a elevar a Dios una oración por cada uno de
nuestros Obispos, quienes han sido investidos con la túnica
del Pastor. De forma especial oremos por Don Francisco Robles Ortega:
Oremos
por aquel que ha sido Buen Pastor a imagen de Cristo y que le ofrece
al rebaño de Cristo su jovialidad, su ecuanimidad, su buen
ánimo, su nobleza y su magnanimidad.
Recemos
por nuestro Obispo, quien participa de la plenitud del sacramento
del orden, y que es principio y fundamento visible de la unidad
en la Iglesia que le ha sido confiada a su servicio pastoral.
Dirijamos
una plegaria por aquel que es presencia viva y actual de Cristo
“Pastor y Obispo” de nuestras almas.
Rogemos
al Señor por quien es ecónomo de la gracia del supremo
Sacerdocio.
Hace
falta que recemos por quien orienta todo su servicio de evangelización
al servicio de la esperanza.
Pidámosle
a Dios que fortalezca a quien debe amar más la salvación
de las ovejas que su propia vida.
Se
trata de pedirle a Dios por aquel que tiene la misión de
guardar silencio con discreción y de hablar cuando sea útil,
de tal manera que nunca diga lo que tiene que callar ni deje de
decir aquello que debe manifestar.
Hoy,
quiero pedirle a Dios por aquel que antes de querer ser amado por
sus ovejas debe buscar ser amado por Dios, para que así,
en la fidelidad del servicio a Dios no tema perder el afecto de
los hombres.
Hoy,
elevo una súplica por aquel que debe orar sin cesar y que
debe buscar el ser ministro de la unidad.
Elevo
mis intenciones a Dios por aquel que no debe ser centinela silencioso
ni Mercenario que huya del lobo, sino un pastor en acecho, velando
sobre el rebaño de Cristo.
Pido
al Señor por aquel que debe vigilar que todo se haga con
su autorización, pero que no debe hacer nada sin que él
mismo se encargue de consultar a Dios.
Ruego
por aquel que hoy se sabe cristiano y obispo, que sabe que el ser
cristiano se le ha dado como don propio; y que el ser obispo, en
cambio, lo ha recibido como don para el bien de su pueblo. Pido
por aquel que en su condición de cristiano debe pensar en
su propia salvación; y que en su condición de obispo
debe ocuparse de la salvación de todo el rebaño.
Oro
este día, por aquel que, tal como lo dice san Agustín,
debe saberse que es pastor y no solamente un custodio de paja, un
espantapájaros. Puesto que los espantapájaros han
sido colocados para evitar que las aves se coman los granos, pero
el pastor debe de guiar, predicar, corregir, reprender, dar la vida...
7.-
Pero,... hoy te invito a orar también por los sacerdotes
de nuestras parroquias, quienes ayudamos a nuestros Obispos, y a
que le pidas a Dios que los clérigos lleguemos a comprender:
Que
los pastores no debemos estar separados del rebaño, sino
que formamos parte de él, sometidos a todas las exigencias
de la vocación cristiana.
Que
nuestro ministerio no nos autoriza a formar una casta aparte, sino
que nos pone en comunión con todos.
Que
lo sacerdotal de nuestra actividad no está única y
sencillamente en las funciones y servicios, sino en nosotros mismos.
Que
nuestra labor sólo podrá ser auténticamente
sacerdotal si la realizamos con la dedicación de nuestra
propia persona.
Que
nuestra participación del pastoreo sacerdotal de Cristo está
caracterizada y penetrada por la muerte en la cruz.
Que
nuestro ministerio exige que nuestro vivir sea una vida dominada
por Cristo como centro de gravedad de todas nuestras acciones.
Que
nuestro testimonio de Cristo solamente podrá nacer de la
profundidad de la unión con Él.
Que
cuanto más nos desprendamos de nosotros mismos para dejar
lugar a Cristo en nosotros, tanto más se hará Cristo
visible, a través de nosotros en medio de la comunidad.
Que
nuestro celibato debe ser una expresión de un servicio incondicional
a la Iglesia caminando sin reservas tras las huellas de Cristo.
Que
seamos conscientes de que nuestra opción celibataria por
amor a Cristo, sólo será fruto de una decisión
de fe y de una experiencia de la gracia de Dios.
Que
nuestro ministerio sólo puede hallar su culminación
allí en donde la Iglesia alcanza también su punto
culminante: la celebración de la Santísima Eucaristía.
Que
cuidemos de no reducir nuestro sacerdocio a los momentos de ejercicio
cultual.
Que
recordemos que gozamos de la amistad de Cristo porque nos ha revelado
sus misterios y por el don de su entrega.
LA
VOCACIÓN BROTA DE LA GENEROSIDAD.
1.-
Muy queridos amigos
Hoy
es día del seminario en nuestra arquidiócesis, envío
a través de este medio una manifestación de gratitud
a nuestros seminaristas que están en las diferentes parroquias,
y junto con ello te invito para que después de pedir por
nuestros obispos y presbíteros le pidamos a Dios que cuide
a nuestro Seminario de Monterrey.
El
día de hoy hablemos sobre la vocación sacerdotal,...
en lo personal quisiera compartirte algunos episodios de mi propia
vocación, estrechamente vinculada al ministerio de aquel
por quien hemos estado pidiéndole a Dios le conceda la salud,
Su Santidad Juan Pablo II.
Mi
vocación y toda vocación debe ser vista como el encuentro
de Dios, en su majestad y misterio, y el hombre que le responde
con su generosidad.
2.-
Mi propia historia inició hace 26 años. Habían
pasado apenas dos semanas desde que el Papa Juan Pablo II, había
pisado tierra regiomontana, un servidor siendo un adolescente de
13 años estaba por concluir el segundo año de los
estudios secundarios, cuando en torno al festejo del amor y la amistad
me cuestionaba sobre mi propia vida y sobre mi lugar en la Iglesia.
Por un lado la posibilidad de formar una familia y junto con ello
continuar mis estudios preparatorios y alguna carrera en la Universidad,
o por el otro la opción del sacerdocio... El conflicto se
vivía interiormente en torno a esa frontera que se iergue
entre el santuario de los sentimientos y el templo de los pensamientos
¿cómo arrancar de mi corazón un noviazgo en
ciernes que se vivía acompañado de la ilusión
del adolescente?,... sin duda era algo tan desproporcionado como
el querer detener los latidos del corazón humano y seguir
viviendo. Pero,... la historia tenía un segundo invitado
¿cómo poder ahora expulsar de la mente esas imágenes
de la posibilidad del sacerdocio que venían acompañadas
por esa imponente sonrisa en el rostro del Pontífice que
estuvo en nuestra propia tierra?,... se había convertido
en un pensamiento inarrancable, y que poco a poco se iba sobreimponiendo
a los sentimientos...
3.-
¡Quince días!, quince días habían transcurrido
desde aquel día en que la fiesta cristiana había contagiado
las calles de nuestra ciudad. Recuerdo con alegría aquella
mañana en que al salir de la casa tuve que caminar desde
el entrecruce de las calles Tapia y Juárez para caminar hasta
el lecho del Río Santa Catarina. Los camiones no
podían recorrer más calles puesto que los contingentes
de fieles se convertían en cauces de agua que iban a alimentar
aquel río de fe y devoción. Al llegar a la conclusión
de la calle Juárez tuve que quedarme en la acera norte de
la calle Constitución, hubiese querido cruzar la calle y
descender al cauce del río, pero resultaba imposible. No
obstante, el ambiente de fiesta contagiaba el alma y los cantos,
alabanzas, rezos y oraciones se encargaron de darle sentido a la
espera, junto a un servidor una persona con una muñeca,..,
y continuaron los cantos, cuando en el sonido se escuchó
el anuncio: El Papa Juan Pablo II está llegando a tierra
regiomontana, recuerdo perfectamente aquel fenómeno físico,
que quien vivió ese día no lo podrá negar:
apenas mencionaron el aterrizaje de aquel avión en el que
se conducía al peregrino de la fe, y aquel cielo que había
permanecido grisáceo se abrió majestuoso para dejar
pasar algunos rayos de sol que iluminaron el horizonte, el clamor
de los fieles no se dejó esperar.
Y
continuamos rezando, y el tiempo siguió su curso, hasta que
se escuchó imponente el ruido que provoca el movimiento de
la élice de un helicóptero, y con él el anuncio
esperado: Juan Pablo II descenderá en un helipuerto
acondicionado en un costado de la calle Constitución,
los gritos, las porras, y el tiempo continúo con su curso,
y de pronto el volúmen de los gritos aumentaba, y junto a
mí aquella persona a quien veía amarrando aquella
muñena en el borde de un palo de madera, hasta que de pronto
apareció él subiendo la escalinata, a menos de cuatro
metros iniciaba el ascenso aquel hombre que reflejaba en su rostro
la paz que Jesucristo concede, su sonrisa dibujada en su rostro
sonrosado... Sin que yo me diera cuenta, Dios me había permitido
ubicarme en el más estratégico de los lugares, y de
pronto aquel hombre levanta aquella muñeca atada de aquel
madero, y él se detuvo a recibir el obsequió. Nuestro
pueblo cantaba a Dios porque el sucesor de san Pedro estaba en nuestra
tierra, y yo le miraba de frente,... y así fue como se dieron
las cosas.
4.-
Fue entonces cuando en el corazón, Dios permitió que
naciera una inquietud, la posibilidad del sacerdocio, el deseo de
servir a Cristo y de convertirme en un apóstol de su palabra
de forma permanente, para buscar abrir los ojos del alma de aquellos
que viven sumergidos en el mundo de sus propias tinieblas.
Y
así pasaron aquellos quince días, y llegó aquel
14 de febrero de 1979, y con ello la decisión a terminar
con un noviazgo, ¡de niños si tú quieres!, pero
con ello se daba paso a algo importante: se inicio el ejercicio
de la toma de las decisiones importantes en mi vida, y al elegir
había que aprender a renunciar, y así tenía
que ser sincero y decirle a quien me ofreció su corazón
de niña que las cosas no deberían de continuar.
Y
así fue como pasaron los meses, inicie un proceso vocacional
y asistí a los retiros, y las decisiones se iban tomando
en el silencio de la oración, sin comentarle a nadie, con
un doble objetivo: para no crear falsas ilusiones en mis padres
en el caso de que no fuera aceptado en el seminario, pero lo mismo
era para no sentirme presionado en una decisión que tenía
que tomar en lo personal.
Y
al fin me dieron la carta de aceptación como alumno del Seminario,
y con ella en la mano les dí la noticia a mis padres.
Les pedí que me fueran a dejar en el Seminario aquel domingo
17 de agosto de 1980. Y se inició un recorrido de
once años de formación, aunque a los diez años
ya había cubierto los requisitos canónicos.
5.-
A lo largo de esos diez años transcurrieron los estudios
de las Humanidades y la Filosofía en nuestro Seminario, para
los estudios teológicos fui enviado a estudiar a la Universidad
Pontificia en México, allí viví los años
del 1986 al 1990, y cuanto tenía mi cuarto año de
estudios en aquella ciudad se acercaba mi ordenación sacerdotal.
Y
entonces surgió otra noticia, Juan Pablo II regresaría
a nuestra patria, una noticia adicional se hizo escuchar por entre
los pasillos de los distintos seminarios de nuestra patria: aquellos
que nos ordenáramos sacerdotes ese año podríamos
recibir la ordenación de manos de Su Santidad.
La
noticia se confirmó en aquel mes de Enero de 1990, e iniciamos
nuestra preparación. Después de 11 años en
que me había encontrado por primera ocasión con el
Papa Juan Pablo II en la ciudad de Monterrey, ahora el peregrino
de la fe regresaba y un servidor estaba en la posibilidad de recibir
la ordenación en la ciudad de Durango. Monterrey había
registrado 8 lugares, seis compañeros que estudiaban aquí
en nuestra ciudad y dos que estudiábamos en la Universidad.
Los
preparativos iban viento en popa, hasta que en el mes de Febrero
de ese año 1990, otros rumores surgieron: éramos demasiados
los que nos íbamos a ordenar y no era posible que se procediera.
Los rumores se convirtieron en declaración y entonces se
redujo la cifra a la mitad. De los seis que estaban en Monterrey
quedarían tres y de los dos que estábamos en México
solamente quedaría uno.
Recuerdo
aquel día en que mi compañero Hugo Chávez y
un servidor fuímos a la oficina del Padre Junco y le pedimos
que nos ayudara en el discernimiento, él nos sugirió
hacerlo como lo hicieron los apóstoles al elegir al Apóstol
san Matías: un momento de oración y después
de ello se lanzó la moneda al aire.
La
moneda iba dando vueltas en el aire, y al caer al piso el afortunado
fue: Hugo Chávez... Un servidor, quien tiene en muy alta
estima al Papa que me había empujado en mi discernimiento
vocacional, sentía que le caía encima un balde de
agua fría.
Al
notificarle al Rector, él me dijo que el señor Arzobispo
quería que los que no nos íbamos a ordenar con el
Santo Padre nos ordenáramos con anterioridad para que así
cuando él estuviera en la ciudad de Monterrey pudiésemos
concelebrar con él. La fecha
la conocimos algunos días después: íbamos a
ordenarnos el domingo 15 de abril de 1990, que a
la sazón sería el domingo de la Pascua, la fiesta
de la Resurrección.
El
tiempo se recortó todavía más, y tuvimos que
acelerar nuestros preparativos: invitaciones, ornamentos, avisar
a los familiares y amigos,... entre otras muchas cosas. De esta
manera aquella semana santa del año 1990 viví mis
ejercicios espirituales previos a la ordenación sacerdotal.
Al
fin llegó aquel domingo en que se inició la ceremonia
de ordenación a las diez de la mañana,... era el mediodía
cuando concluída la ceremonia revestidos con los ornamentos
sacerdotales y con las manos destilando el suave aroma del crisma
con que habían sido ungidas, recibía el saludo y la
felicitación en el exterior de la Santa Iglesia Catedral.
Hubo un momento en que mi madre, junto
con mi padre, se acercó, me abrazó y me dijo: “Rogelio,
no pensé que Dios me iba a dar este regalo que me ha dado”.
Recuerdo que yo le dije: “sin duda, mamá mi ordenación
es un regalo para nuestra Iglesia, para mí y para mi familia”,...
pero ella me interrumpió y me dice: “No, Rogelio, no
me refiero solamente a eso”. “¿A qué se
refiere, mamá?” -Le pregunté. Y ella me contestó:
“Nunca pensé que Dios me iba a conceder el verte ordenado
el mismísimo día en que tu padre y yo nos casamos,
tu papá y yo nos casamos en un día como hoy, un 15
de abril, pero de 1955, hoy estamos cumpliendo treinta y cinco años
de casados”.
Fue
entonces que me dí cuenta del regalo de Dios...., y ¿sabes
qué?, me dí cuenta de
cómo Dios tiene un proyecto en mucho más excelente
que el tuyo y el mío. ¡Dios no se equivoca!
¿Cuántas
veces nosotros esperamos que las cosas acontezcan de una manera
y suceden de otra manera? Y en ocasiones nos desalentamos.
Las
cosas se dieron de esta manera y, quisiéra comentarte, que
aunque de una forma distinta me volví a encontrar con el
Vicario de Cristo. El Papa llegó el domingo 06 de Mayo de
1990 a nuestra tierra, yo ya era sacerdote, y en aquella Santa Misa
en que fue beatificado Juan Diego, me eligieron para que apoyará
a los ceremonieros en aquella celebración presidida por el
Papa en la Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México.
Concretamente
un servidor, fue el responsable de preparar la participación
de los laicos en esa Santa Misa, las ofrendas, las danzas, los lectores
y entre ellos el Salmo cantado por Plácido Domingo,
pero lo más importante de todo, fue que junto con otro sacerdote
ayudamos a revestirse con sus ornamentos litúrgicos a Su
Santidad. Antes de ello, platicamos con él, allí
estaba sentado, le veía a escasos dos metros de distancia,
había pensado preguntarle mil cosas, y al estar frente a
él no pregunté absolutamente nada.
Después
de 11 años volvíamos a encontrarnos, y el día
de hoy en que celebramos el día del Seminario, he querido
compartirte esta escena de mi vida.
Quiero
invitar a los jóvenes para que abran su corazón a
Jesucristo y para que acepten la invitación que Él
les dirige para que sean sacerdotes. A la vera del camino hay tantas
personas postradas en la oscuridad de la existencia.
La
vocación es un encuentro personal, un seguimiento entusiasta
y una relación de amistad personal con el Hijo de Dios.
Se trata de encontrar aquella Perla, considerada como la más
preciosa, como para ser capaces de desprenderse de las otras perlas
que se pudieran tener: barcas, redes y la misma familia. Se ha encontrado
el tesoro que les puede permitir vender todo como para comprar el
campo en el que se encuentra enterrado dicho tesoro. Se ha encontrado
el Valor absoluto que les puede permitir desprenderse inmediatamente
de cualquier otro valor transitorio.
Pidámosle
a Dios por nuestro Seminario de Monterrey.