Domingo 13 de Marzo de 2005_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
EL FUNERAL DE LA VIDA Y LA FIESTA DE LA MUERTE.
“En
aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania,
el pueblo de María y de su hermana Marta. María
era la que una vez ungió al Señor con perfume y
le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su
hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir
a Jesús: "Señor, el amigo a quien tanto quieres
está enfermo".
Al
oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no acabará
en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".
Jesús
amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro; Sin embargo, cuando
se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo
dos días más en el lugar en que se hallaba. Después
dijo a sus discípulos: "Vayamos otra vez a Judea".
Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco que
los judíos querían apedrearte, ¿y tú
vas a volver allá?" Jesús les contestó:
"¿Acaso no tiene doce horas el día? El que
camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la
luz".
Dijo
esto y luego añadió: "Lázaro, nuestro
amigo; se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo". Entonces
le dijeron sus discípulos: "Señor, si duerme,
es que va a sanar". Jesús hablaba de la muerte, pero
ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces
Jesús les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que
crean. Ahora, vamos allá". Entonces Tomás,
por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos:
"Vayamos, también nosotros, para morir con él"."
Cuando
llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días
en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como
a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían
ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte
de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba,
salió a su encuentro; pero María se quedó
en casa. Le dijo Marta a Jesús: "Señor, si
hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto
le pidas".
Jesús
le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta respondió:
"Ya sé que resucitará en la resurrección
del último día". Jesús le dijo: "Yo
soy la resurrección y la vida. El que cree en mí,
aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está
vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees
tú esto?" Ella le contestó: "Sí,
Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".
Después
de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María
y le dijo en voz baja: "Ya vino el Maestro y te llama".
Al oír esto, María se levantó en el acto
y salió hacia donde estaba Jesús, porque él
no había llegado aún al pueblo, sino que estaba
en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos
que estaban con María en la casa consolándola, viendo
que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba
al sepulcro para llorar allí y la siguieron.
Cuando
llegó María a donde estaba Jesús, al verlo,
se echó a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras
estado aquí, no habría muerto mi hermano".
Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos
que la acompañaban, se conmovió hasta lo más
hondo y preguntó: "¿Dónde lo han puesto?"
Le contestaron: "Ven Señor, y lo verás".
Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban:
"De veras ¡cuánto lo amaba!" Algunos decían:
"¿No podía éste, que abrió los
ojos al ciego de nacimiento; hacer que Lázaro no muriera?"
Jesús,
profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro,
que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús:
"Quiten la losa". Pero Marta, la hermana del que había
muerto, le replicó: "Señor, ya huele mal, porque
lleva cuatro días". Le dijo Jesús: "¿No
te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?"
Entonces quitaron la piedra.
Jesús
levantó los ojos a lo alto y dijo: "Padre, te doy
gracias Porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú
siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre
que me rodea, para que crean que "tú me has enviado".
Luego gritó con voz potente: "¡Lázaro,
sal de allí!" Y salió el muerto, atados con
vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: "Desátenlo, para que pueda
andar ".
Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta
y María, al ver lo que había hecho Jesús,
creyeron en él.
Para
el Señor no existen los imposibles. Si la
semana pasada hablamos de disfunciones, es decir enfermedades, refiriendo
aquellos ojos que no ven, los oídos que no escuchan, las
manos que no trabajan o los pies que no saben caminar. El día
de hoy las situaciones se han disparado en cuanto a grado de dificultad
se refiere: ya no se trata de disfunciones, como el órgano
de un cuerpo que no funciona, sino que se trata de una defunción.
Hoy se nos habla de un Defunctus: aquel que ha dimitido en su función.
Ya
no se trata tan sólo de un órgano que no funciona,
sino que el milagro que hoy tiene que realizarse es con una persona
que ya no funciona.
Y
esta situación nos permitirá visualizar a Jesucristo
como el dueño y Señor de la vida. Es por ello, que
quisiera pedirte permiso para que el día de hoy analicemos
en su conjunto los tres relatos de resurrección que se nos
ofrece en los Evangelios.
2.-
Jesucristo resucitó a Lázaro, hermano de Martha y
María, como lo leemos en este día, pero también
resucitó a la Hija de Jairo y al hijo de la viuda de Naím.
Pero,... vayamos por orden en cuanto a las edades biológicas
se refiere para que después aterricemos en un contenido global,
que pueda favorecer algunos elementos que el día de hoy se
nos presentan.
3.-
Jesucristo es dueño y Señor de la vida en cualquier
etapa que estemos viviendo: al resucitar a la Hija de Jairo,
el Señor le está devolviendo la vida a una niña
pequeña, al resucitar al hijo de la viuda de Naím
el Señor realiza el milagro de la vida con un joven, y al
resucitar a Lázaro está regresándole la existencia
a un adulto.
Así
mismo, Jesucristo es el dueño y Señor de la vida,
independientemente del grado de dificultad o del tiempo que ha transcurrido
desde que se interrumpieron los signos vitales en una persona: así
resucita a la Hija de Jairo cuando han pasado algunos momentos de
su muerte, el Señor iba de camino y le piden que ya no llegue
a la casa puesto que la niña ha muerto, y el Señor
manifiesta que la niña está dormida y le dirá:
Talita Kum, Niña
levántate; en el caso del Hijo de la Viuda
de Naím, el Señor se topa con el cortejo de la muerte,
ya llevan a sepultar a aquel joven, lo cual significaba que llevaba
unos dos días de muerto y el Señor le dice: Joven,
a ti te lo digo, levántate; y, finalmente, el caso de Lázaro,
que hoy leemos, es mucho más complicado, ya lleva cuatro
días en el sepulcro, y la misma hermana le dice que ya sufre
el proceso de la descomposición, y el Señor grita
ante la sepultura: “Lázaro, sal de ahí”.
Jesucristo
es el dueño y Señor de la vida, y el que ofrece el
consuelo a cualquier persona que se acongoja humanamente ante la
pérdida de un ser querido: en el caso de la niña de
Jairo se trata de un padre que experimenta el dolor en el corazón;
en el caso del joven hijo de la viuda de Naím es una mujer
viuda la que después de haber perdido su nexo con el pasado
al enviudar, ahora ve desanudarse el lazo con el presente y con
el futuro al perder al hijo; y en el caso de Lázaro ya no
es un padre ni una madre, sino unas hermanas las que lloran por
el hermano que ha muerto.
Fíjate
como Jesucristo es el dueño y Señor de la vida al
resucitar a la niña, al joven y al adulto; es el dueño
y Señor de la vida no importando el tiempo que lleven de
haber muerto: instantes, dos días o cuatro días de
sepultura; es el dueño y Señor de la vida y le ofrece
la paz al corazón del padre, de la madre y de las hermanas.
4.-
Sin embargo, tenemos que decir que estos tres relatos de resurrección
nos presentan situaciones muy distintas a la que aconteció
la noche de la Pascua, en la que Jesucristo resucitó.
Y,
¡Fíjate! Como suele ser tanta nuestra confusión,
que hay muchas personas que al perder a un ser querido parecen reclamarle
a Dios lo acontecido, y hasta le dicen entre sus llantos que: “si
Él resucitó a Lázaro, que resucite también
a su hijo, a su hermano, o a su esposo...”
Y
hoy, tengo que decirles, que nosotros no esperamos participar de
una resurrección como la de Lázaro sino como la de
Jesús.
¿Te
das ahora cuenta de cómo un mismo término se utiliza
para referir conceptos y realidades tan distintas?
5.-
Yo no espero compartir una resurrección como la de la hija
de Jairo, ni como la del hijo de la viuda de Naím, ni como
la de Lázaro.
Yo
no envidio la resurrección de ellos, lo que sí te
puedo decir, es que envidio la calidad de vida que debieron llevar
después de su resurrección.
Imagínate
a este Lázaro que hoy recibe una segunda oportunidad en este
mundo. ¡Él si tuvo que vivir cuando regresó
de la muerte! ¡Él sí tuvo que vivir a contrarreloj
cada una de las horas! Me lo imagino después de resucitar,
a veces, saboreando el sol en su rostro, y también la lluvia
cayendo en sus mejillas, y hasta los ventarrones y el frío
de la noche.
Le
puedo ver inclinarse junto al brocal del pozo y bebiendo respetuosamente
el agua, haciendo un cuenco con su mano, despacito y a sorbos, como
si fuera el más añejo de los vinos. Le sueño
sabedor, como nadie, de que, precisamente la vida es corta, hay
que amarse a fondo, pero respetando a quienes están con nosotros,
disfrutando extraordinariamente de aquello seres a los que nos acostumbramos,
tal como suelen ser nuestras hermanas,... padres, y demás
seres queridos.
6.-
Sólo quien haya experimentado la cercanía de la muerte
sabe valorar la vida. Sólo quien haya pasado por la experiencia
de una enfermedad grave o le hayan “desahuciado” médicamente
y “ha vuelto”, “ha revivido”, sólo
él sabe el significado de la palabra: vida.
El
contraste entre las luces y las sombras hace resaltar el ser de
las cosas. Y quienes han caminado cerca de la enfermedad y de la
muerte saborearán de seguro y con avidez la alegría
de vivir.
La
resurrección de Jesucristo ha cambiado nuestra propia historia
y ha cambiado toda la historia.
7.-
Nuestra vida cristiana es una fiesta, no un funeral. Pero no hay
fiesta sino se vive auténticamente, aún a pesar de
cualquier situación difícil.
Al
respecto te quiero compartir una escena de la vida que comenta Patt
Barnes en el Guidepost de hace algunos años:
“La
vendedora de flores sonreía; su arrugado rostro resplandecía
de gozo.
Por impulso, tomé una de sus flores.
Se
ve usted muy feliz esta mañana – le dije.
-¡Claro!
– exclamó-. Sobran los motivos.
Aquella
mujer vestía tan pobremente y se veía frágil,
que su actitud me intrigó.
-Sobrelleva
sus problemas admirablemente – la elogié.
Ella
me explicó entonces:
-Cuando
crucificaron a Cristo, el Viernes Santo, fue el día más
triste de la historia. Y tres días después, Él
resucitó.
Por eso yo he aprendido a esperar tres días siempre que algo
me aflige. Las cosas siempre se arreglan de una u otra manera en
ese tiempo.
Seguía
sonriendo al despedirse de mí. Sus palabras me vienen a la
mente cada vez que estoy en dificultades: “Hay
que esperar tres días.”
LA CELEBRACIÓN
DE NUESTRO VIERNES SANTO.
“Cuando
llegó María a donde estaba Jesús, al verlo,
se echó a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras
estado aquí, no habría muerto mi hermano". Jesús,
al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban,
se conmovió hasta lo más hondo y preguntó:
"¿Dónde lo han puesto?" Le contestaron:
"Ven Señor, y lo verás". Jesús se
puso a llorar y los judíos comentaban: "De veras ¡cuánto
lo amaba!" Algunos decían: "¿No podía
éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento; hacer
que Lázaro no muriera?".
1.-Muy queridos amigos:
¡La
paz sea con ustedes! Este es el saludo del Señor
resucitado, vencedor de la muerte.
Queridos
padres de familia, que han experimentado el dolor más intenso
al contemplar la repentina interrupción del camino de alguien
a quien un día cargaron alegremente en sus brazos. ¡La
paz sea con ustedes!
Estimados
esposos cristianos, que han experimentado la dolorosa separación
física del compañero de la vida, de aquellos con quienes
les unían lazos más grandes que los del afecto. ¡La
paz sea con ustedes!
Apreciables
hijos de familia, que no han podido evitar el ser invitados a contemplar
la última función, asistir a la conclusión
de la jornada y de la existencia terrena de quienes nos dieron la
propia existencia y mucho más que la existencia. ¡La
paz sea con ustedes!
Amados
jovenes que, en un corazón que quisiera experimentar sólo
el afecto, han conocido el dolor y la impotencia humana por la perdida
de aquellos que han llevado nuestra propia sangre. ¡La paz
sea con ustedes!
2.-
¡La paz sea con ustedes! Es el saludo del Señor resucitado
que nos dirige a todos y cada uno de nosotros.
¡La
paz sea con ustedes! Fue el alegre saludo que el dueño de
la vida le dirigió a sus apóstoles cuando estaban
escondidos amedrentados en el Cenáculo. ¡Sí!,...
Después del Viernes Santo, posterior a la muerte más
injusta, inexplicable e inaceptable que ha acontecido sobre la faz
de la tierra, el Señor Resucitado saluda a sus discípulos
diciendo. “¡La paz sea con ustedes!”.
Ellos
no comprenden lo que sus ojos miran, la razón no asimila
lo que contemplan y, ante el silencio de la incomprensión
de los apóstoles, el Señor les muestra sus manos lastimadas,
las palmas de sus santísimas manos perforadas por el hierro
de los clavos. Esas manos que acariciaron el rostro de los niños,
que abrieron los ojos del ciego, que abrazaron misericordiosamente
al pecador... Ahora, esas manos tienen grabada la huella de la violencia
y del desatino humano,... y al mostrarles sus manos y su costado
les vuelve a repetir con tranquilidad: ¡La paz sea con ustedes!
Este
es el saludo del Señor victorioso para cada uno de nosotros.
3.-
Queridos amigos: María se encuentra nuevamente a los pies
del maestro: pidiendo ya no la vida para ella sino para su hermano.
Y
es hoy, en el quinto domingo de la cuaresma en que al meditar sobre
la resurrección de Lázaro será adecuado que
cada uno de nosotros considere la identidad de la muerte con los
ojos del cristiano, puesto que la resurrección de Lázaro
será la razón para que se agilice la muerte del dueño
de la vida que vencerá a la muerte en singular combate.
4.-
Y es de esta manera, en que aquel día inolvidable en el que
murieron biológicamente nuestros seres más queridos,
fue, es y será transformado para todos nosotros en una celebración.
Te
preguntarás: ¿cómo
puede hablar el cura de celebración cuando se experimenta
la ausencia y el dolor hace girones el alma?
Te
quiero recordar que el día de la muerte es para nosotros
una celebración. Los cristianos hemos recibido
nuestra vida para buscar a Dios, la muerte la recibimos para encontrarlo
y la eternidad nos es dada para poseerlo. El día de la muerte
celebramos el encuentro con Dios de nuestros seres queridos, la
Pascua cristiana de los seres más amados.
5.-
Las lágrimas no desaparecen tan fácilmente de nuestros
ojos. Bastaría recordar el Evangelio de hoy que nos presenta
al Señor llorando cuando Lázaro murió, y cómo
la gente decía: ¡Mira cuanto
le amaba!
Cristo
nos ha mostrado que las lágrimas pueden ser sagradas.
Las lágrimas no constituyen
un signo de debilidad, sino de fuerza.
Nuestras
lágrimas pueden transmitir con mayor elocuencia que mil estrofas
juntas tres mensajes: un dolor indecible,
un profundo arrepentimiento o un amor inefable.
No
obstante, debemos cuidar que si bien nuestras
lágrimas pudieran expresar el dolor del corazón, jamás
deberán expresar ni falta de fe ni falta de esperanza.
6.-
Para conseguir que nuestra fe no desfallezca cuando fallecen los
que amamos, debemos tener cuidado para no separar la integridad
del mensaje cristiano.
El
Viernes Santo está íntimamente unido al Domingo de
la Pascua, la Cruz se une estrechamente a la Resurrección,
es por ello que la Cruz de Cristo tiene para nosotros un sentido
que lo trasciende todo.
¿Qué
puede ser el Viernes Santo sin el Domingo de Pascua?
¿Qué es la Cruz sin la Resurrección?
La
Cruz sin la Resurrección, para los judíos no es más
que un castigo. La Cruz sin la Resurrección para los apóstoles
es sólo un fracaso. Unicamente en la medida en que la Cruz
se une a la Resurrección, la Cruz se convierte en un mensaje
de salvación para todos los hombres.
7.-
En nuestra vida acontece lo mismo:
¿Qué ha sido el viernes santo
de nuestros seres queridos sin el domingo de pascua?
¿Qué es el misterio de la cruz de aquellos a quienes
amamos sin la esperanza de la resurrección?
Sin
la esperanza de la resurrección, la cruz de los que amamos
es un castigo y el viernes santo será visto como un fracaso.
La resurrección cristiana es la que se encarga de transformalo
todo.
8.-
La resurrección nos permite comprender que nuestra tumba
no es más que la cuna y que el cementerio es el dormitorio
de nuestra eternidad. Los cristianos hemos comprendido
que la muerte no es la última estación en el trayecto
de la vida, sino que en Cristo resucitado hemos asimilado que existe
una estación que está más allá de la
conclusión de nuestros días.
Para
los que creemos en Jesucristo la muerte no es mas que el inicio
del nuevo día y el amanecer de nuestra esperanza. La
muerte es como el despuntar de una luz de eternidad.
¡Cristo
ha resucitado! El árbol de la Cruz ha florecido y ahora posee
frutos de eternidad que le convierten en el verdadero árbol
de la vida, y que nos anuncia sonoramente el inicio de una primavera
de gloria.
El
domingo de pascua ha transformado nuestro viernes santo, la resurrección
ha transignificado la cruz y... ha transfinalizado la muerte.
8.-
San Agustín ha dicho que la muerte es el paso de la noche
al día definitivo, en donde el Sol que nace de lo alto será
contemplado en toda su majestad. San Juan Crisóstomo
concibe la muerte como el dulce sueño que nos hace despertar
a una nueva realidad, en donde la realidad supera totalmente lo
que hayamos soñado en esta vida; también dice que
es el fin del espectáculo en el teatro de la vida, dónde
el telón se corre, se regresan las vestimentas y los guiones,
ya no hay rey ni hay vasallo, no hay rico ni hay pobre, todos regresamos
ante nuestro guionista, que es Dios. Bousset describe la muerte
como la necesaria destrucción de un derruido edificio que
permite levantar una nueva edificación, de tal manera que
el inquilino que somos cada uno de nosotros pueda vivir en la eternidad.
Es la muerte el transportarnos a la fiesta del Cielo, lo dice San
José María Escrivá de Balaguer. No es otra
cosa sino el tiempo de la cosecha, comentaba el Cardenal Newman:
la buena semilla ha caído en la tierra y ha llegado el tiempo
de recoger la mies, nos presentaremos ante Dios no con las manos
vacías sino rebosantes de frutos. Santo Tomás de Aquino
dice que la muerte es como cuando alguien recibe la noticia de que
un hermano suyo ha sido ungido como Rey de un país lejano
y que nosotros deseamos marchar, encontrarnos y vivir con Él,
y para ello somos capaces de abandonar lo que tengamos que abandonar.
La muerte no es el punto final sino un viaje que emprendemos hacia
la eternidad, decía San Cipriano.
11.-
Muy queridos amigos: ¡La paz sea con ustedes!
Este
es el saludo del Señor resucitado a los apóstoles
que se encuentran encerrados, atemorizados. Y al verlos sumergidos
en la incomprensión, el Señor les muestra sus manos
lastimadas por los hierros y les vuelve a decir: ¡La paz sea
con ustedes!
Y,
el Señor victorioso al mostrarles sus manos con las huellas
de la sinrazón humana, al pedirles que acerquen su mano para
tocar su costado, les está diciendo: ¡La paz sea contigo!
Yo también sé lo que es el dolor. Yo también
sé lo que es el abandono. Yo también sé lo
que es la soledad. Yo también conozco lo que es la muerte.
Yo también sé lo que es la injusticia. Yo también
conozco el cansancio. Yo también sé lo que es estar
en la cruz con el cielo entenebrecido, y sé lo que es exclamar
desde la cruz esa cuarta Palabra que tú posiblemente has
pronunciado en variadas ocasiones: ¡Dios
mío, Dios mío, porque me has abandonado!
Yo
también sé lo que es el dolor. ¡ La paz sea
con ustedes!
Este
es el saludo que Jesucristo resucitado dirige a cada uno de nosotros:
¡la paz sea con ustedes!
LA
CLOACA DE LOS ESPECTADORES.
Jesús,
profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro,
que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús:
"Quiten la losa". Pero Marta, la hermana del que había
muerto, le replicó: "Señor, ya huele mal, porque
lleva cuatro días". Le dijo Jesús: "¿No
te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?"
Entonces quitaron la piedra.
1.-
Aunque con frecuencia las creaciones humanas sobreviven a sus autores,
siempre estarán abocadas a la muerte, y su valor estará
circunscrito por el tiempo y el espacio. Esto es constatable
en la historia, así se llamen civilizaciones, imperios, reinos,
empresas o negocios...
Aún
aquellos hombres de la historia más ufanos, engreídos,
soberbios y orgullosos, un día han quedado sepultados en
el laberinto del olvido bajo la arena del desierto o se encuentran,
a lo sumo, como una referencia en los libros de historia. También,
han caído por su propio peso los gruesos muros y los antiguos
sistemas que hasta hace poco tiempo se llegaron a considerar intocables,
sólidos y perennes; ¿y los actuales?, los actuales
también son transitorios. ¿Cuánto
tiempo les durará la vida? Solamente Dios
lo sabe.
La
transitoriedad de las cosas terrenas era conocida, incluso por nuestros
hermanos, que vivieron en esta amada tierra mucho antes de la llegada
de los Españoles. Así reza uno de sus muchos y muy
hermosos Cantares:
“
¿Acaso de verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
Aunque sea jade se quiebra,
Aunque sea oro se rompe,
Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra,
No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí”.
(Ms. Cantares Mex., fol. 17r).
Lo
anteriormente referido, pudiera antojársete como apuntando
hacia el absurdo, ésto sería así, sólo
en el caso de no ser iluminado con el acontecimiento de Cristo.
2.-
La estancia de Cristo, que comparte las situaciones humanas con
nosotros, desde su nacimiento en este mundo, será la mejor
garantía de que no hay nada de ingrato o de injusto en la
existencia humana.
No
obstante, será solamente la muerte y la resurrección
de Jesucristo, la que nos ofrecezca el testimonio de que la existencia
humana es buena, y de que todo en ella tiene un sentido.
El
acontecimiento Pascual nos muestra cómo la vida y la muerte
también se encuadran en el plan divino de la salvación,
y cómo Dios sabe obtener el bien del mal.
Si
la Encarnación del Divino Verbo ha sido la entrada de Dios
en la historia, entonces la muerte y la resurrección del
Hijo de Dios, hecho hombre, es el ingreso del hombre a la metahistoria,
es decir el acceso a aquellas realidades que están más
allá del tiempo y del espacio.
3.-
En Cristo, hemos comprendido que la muerte no es el término
del existir sino que se convierte en el paso, la entrada y la liberación.
La muerte es la salida de una condición y de un estado esclavizante
para poder entrar en una situación de plenitud y de victoria.
Diría
Santa Teresa de Ávila, que la muerte es solamente nuestra
salida de una estancia de segunda para ingresar a la posada de la
eternidad. La muerte, refiere la santa, debe ser contemplada como
esa alegría que obtenemos al dejar el hospital, aún
con la nostalgia de los médicos y las enfermeras con los
que nos hemos familiarizado en el trato de la caridad.
Todo
lo anteriormente referido, le ha heredado a la Iglesia el verdadero
conocimiento en torno al destino final del hombre. La muerte es
vista con los ojos del resucitado. La salvación eterna se
encuentra solamente en Cristo Jesús.
4.-
Queridos amigos:
No
podemos desligar esta tercera reflexión de la que compartíamos
en ese segundo segmento en el que hacíamos memoria de la
comprensión que de la muerte tienen los santos.
¿Sabes?
Sobre las distintas apreciaciones acerca de la vida y de la muerte
de aquellos que llegaron a vivir la etapa adulta de la fe, en lo
personal me agrada esa última lección de cristianismo
que le da Santa Mónica a su hijo, san Agustín.
Están
ambos residiendo en Hostia, un puerto cercano a la ciudad de Roma,
y una noche, en que santa Mónica experimenta el dulce vuelo
del angel de la hermana muerte sobre su tejado, le pide a su hijo
Agustín que le ayude puesto que quiere caminar en la playa,
y experimentar en sus pies descalzos la humedad de la arena que
ha sido bañada por las olas.
Agustín
se ha aprestado a cumplir la voluntad de su madre, pero esa noche
percibe la notable dificultad que tiene su madre para desplazarse,
su caminar es humanamente torpe aunque lleva una sonrisa en su rostro.
Por primera ocasión, de manera consciente contempla Agustín
a su madre desgastada por el peso de los años, y se da por
enterado de que gran parte de su desgaste físico ha sido
ocasionado por sus actitudes renuentes de la juventud. Llora en
el silencio Agustín mientras que lleva a Santa Mónica
del brazo. Ella voltea a mirarlo y gracias a la luz refleja de la
luna mira aquellas lágrimas de arrepentimiento rodar por
sus mejillas, es entonces que san Mónica le dice a su hijo,
unas palabras que su mismo hijo nos ha compartido en el libro de
las Confesiones:
“
No llores si me amas, si conocieras el don de Dios y lo que es el
cielo.
Si
pudieras oír el cántico de los ángeles y verme
en medio de ellos.
Si
pudieras ver los caminos, el horizonte y los senderos por los que
ahora atravieso.
Si
pudieras contemplar como yo, la belleza ante la cual las bellezas
languidecen.
¡Créeme!,
el día en que tu alma vuele hasta este cielo, al cual yo
te he precedido.
El
día en que la muerte venga a desatar los nudos como ha roto
los que a mí me encadenaban.
Ese
día me volverás a ver, y encontrarás en mi
corazón tus ternuras aumentadas.
Me
verás en la transfiguración, en éxtasis, feliz.
Ya no esperando la muerte sino avanzando juntos.
Pues
te llevaré de la mano por senderos nuevos de la luz y de
la vida.
¡Enjuga
pues tu llanto, y no llores si me amas!”.
5.-
Santa Mónica, una madre cristiana, le estaba dando a su hijo
la última lección sobre la doctrina de Cristo. Le
estaba explicando el último artículo de nuestra Fe
que profesamos domingo a domingo: “Creo
en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo
futuro”
¿No
te has dado cuenta? Para los cristianos la muerte no puede ser un
camino cortado sino una meta alcanzada.
6.-
En Cristo nos encontramos ante un Reino que no termina, más
aún ante un Reino que se proyecta hacia la eternidad.
Sabemos
que todo lo que nace de abajo es transitorio, inconsistente, limitado,
condenado a la muerte. De abajo nace la prepotencia, la tiranía
de todo género, la violencia, la injusticia, la codicia y
los egoísmos.
Lo
que nace de Dios es eterno, victorioso, glorioso y universal. De
arriba nace la bondad, el amor, la justicia y la verdad.
La
entrega desinteresada, la fidelidad, la compasión, la vida
y la paciencia cuando son verdaderas, provienen de Dios.
Sobre
la tierra nada hay que sea definitivo, siempre, ahora y luego, la
vida verdadera se obtendrá como un encuentro con la luz y
como una transformación de lo caduco.
Pero...
¿Cómo podremos obtener
la vida verdadera que traspasa lo espacio-temporal? ¿Cómo
podemos tener parte en ese Reino del que nos quiere hacer partícipe
Aquél que es el Rey eterno?
Quiero
decirte una cosa antes de continuar:
La muerte para los cristianos no es algo que nos sucede sino Alguien
que sale a nuestro encuentro.
7.-
Y ahora sí hablemos sobre las actitudes que tenemos que tener
en lo cotidiano para que cuando Él venga a nuestro encuentro
podamos decirle: Te estábamos esperando.
Se
trata de no quedarnos tan solo como espectadores en la vida. Hay
quienes han decidido en su modus vivendi
ser sólo espectadores, y el Señor nos invita para
que no tengamos los brazos inactivos. Él nos invita para
que no nos pasemos la vida parados contemplando lo que Él
hace sólo con los brazos cruzados. ¡Quiten la roca!
Hablemos
sobre los muertos, y no precisamente sobre los que han experimentado
la muerte sino sobre aquellos que aún cuando andan caminando,
en la realidad ya no viven.
Y
por desgracia nos damos cuenta de que esta nuestra vida es un juego
en donde hay pocos jugadores y la mayoría nos conformamos
con ser espectadores. Aquellos que sólo miran son las hordas
que vagan por la vida sin sueños, sin objetivos, sin planes,
sin pensar siquiera en el día siguiente.
¿Eres
jugador o eres espectador? ¿Qué deseas de la vida?
Date todas las probabilidades de triunfar y si fracasas, aprende
a fracasar luchando. Y, es que, no hemos entendido que nuestros
mejores rasgos y características pueden debilitarse, al igual
que nuestros músculos, si no se emplean constantemente.
8.-
Todo el mundo reconoce que para vivir es necesario dar, participar,
colaborar, sentirse útil,...
Y
es que nuestra vida es un proceso de crecimiento. Se empieza exigiendo
al nacer, se pasa a dar para recibir, y se descubre la plenitud
dando sin esperar.'
En
estas condiciones, debemos considerar que el juicio final no será
sólo un día sino que es, ya desde ahora, un tribunal
en sesión permanente.
Hay
que aprender a dar el paso del deseo al amor, el paso del instinto
al servicio en el dar.
El
hombre puede tener la seguridad de que nuestro final será
el paso y la consecuencia de lo que hayamos hecho en el presente,
y a esto no debemos tenerle miedo, a nuestro egoísmo sí
hay que tenerle miedo.
Si
un embrión pudiera tener conciencia de elección, evitaría
abandonar el conocido lugar en el que se va desarrollando y en el
que sólo está recibiendo, porque no ve otra realidad.
La
placenta del hombre es este mundo y no quiere salir de él
porque desconoce la realidad total, porque no puede ver más
allá de sus límites, pero si desarrolla ahora sus
capacidades más profundas en el amor manifiesto, a través
del amor sincero obtendrá una fuerza que es la fe y la esperanza,
con esa fuerza podrá vivir cada acontecimiento, aún
aquellos que le pudieran resultar difíciles o negativos,
no como un obstáculo, sino como sucesos que van construyendo
su futuro ya desde el presente.