Domingo
29 de Mayo de 2005_________Pbro. Rogelio
Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
VIDA CRISTIANA: DON Y CONQUISTA.
“
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No
todo el que me diga: “¡Señor, Señor!”,
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumpla la
voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día
muchos me dirán: “¡Señor, Señor!,
¿no hemos hablado y arrojado demonios y en tu nombre y
no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?” Entonces
yo les diré en su cara: “Nunca los he conocido. Aléjense
de mí, ustedes, los que han hecho el mal”.
El
que escucha estas palabras mías y las pone en práctica,
se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre
roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los
vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó,
porque estaba construida sobre roca.
El
que escucha estas palabras y no las pone en práctica, se
parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre
arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los
vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
Hablar
de construir sobre la roca quizá es poco entendido por muchos
de nosotros. Es muy posible que los ingenieros y todos aquellos
que se dedican a la construcción lo comprendan, pero la gran
mayoría lo solemos ignorar.
En
un pueblo como el de Israel, asentado en un territorio de composición
árida y semiárida, la roca ha sido siempre un signo
de solidez y por lo tanto de refugio seguro como lo suele ser la
montaña en esas condiciones.
Si
lo anterior lo contextualizamos en la caminata de los israelitas
a través del desierto después de su salida de la esclavitud
podemos imaginar el alivio que les ofrecía en su peregrinar
por en medio de las dunas de arena el arribar a un sitio en donde
se encontraran con una roca sólida donde las clavijas de
las tiendas de campaña aseguradas en la sólidez les
permitían a sus casas portátiles sostenerse en pie
contra el embate de la furia desatado por el viento impetuoso. En
el desierto la roca se convertía en un refugio y se podía
convertir en una ciudadela.
Cuando
el pueblo de Dios en sus deplazamientos enfrentaba tormentas de
arena y estas coincidían con el hallazgo de una hendidura
o de un hueco en una roca firme, ellos sabían que habían
encontrado el abrigo y la salvación. Y allí permanecían
cubriéndose las fosas nasales y los ojos mientras que cesaban
las corrientes de aire impetuoso y así poder continuar con
su camino.
2.-
Todo lo anteriormente referido nos ayuda a comprender el porque
a Dios se le ha llamado la roca de Israel. Dios es reconocido
como la ciudadela, el refugio, la muralla, el escudo, la torre fuerte,
el abrigo. Dios es identificado con
la roca firme por su fidelidad.
3.-
Y así nos encontramos el día de hoy con una invitación
a cumplir la voluntad de Dios, mediante la escucha de su
palabra y la puesta en práctica de la misma, acción
que es comparada con el actuar de un hombre prudente que construye
su casa sobre la roca sólida y que obtiene resistencia, y
al mismo tiempo se advierte que quien no escucha la palabra de Dios
y no la pone en práctica se puede identificar con el actuar
de un hombre necio que edifica su casa sobre la arena y que está
propiciando su propia destrucción.
¡Fíjate
como de acuerdo con el Evangelio las condiciones climatológicas
son las mismas en una y otra construcción y hasta la construcción
puede ser idéntica pero existe una diferencia: el cimiento...
en esa Palabra de Dios que es escuchada y puesta en práctica.
Se
trata de leer, ¡es cierto!, pero sobre todo de escuchar,...
y tengo que decir que no es tan sólo el repetir hasta el
cansancio los textos bíblicos, sino el dejar que interiormente
nos transforme y que nos lleve a la puesta en práctica para
que transforme el exterior de nuestra propia vida.
4.-
Y así son las cosas: es a través del contacto
con la Palabra de Dios, que la luz evangélica se proyecta
sobre nuestra conciencia para transformar nuestros juicios, nuestros
sentimientos y nuestra imaginación, según las enseñanzas
de Cristo.
Pero,...
tenemos que evitar esa tentación de convertirnos en unos
expertos en esas olimpiadas de repeticiones mecánicas que
no transforman la vida: Lejos de que la lectura de la Palabra de
Dios sea un repliegue sobre el propio yo, nuestra lectura tiene
que convertirse en una mirada sobre Dios y su voluntad, sobre la
persona de Cristo y sobre el misterio de nuestra fe que exige convertirse
en vida.
5.-
Es de aquí, de este Evangelio que podemos hablar de que son
dos las condiciones necesarias para hacer de la lectura de la Biblia
la oración más excelsa.
La
primera consiste en saborear el texto de la Palabra de Dios sin
ninguna prisa, escucharle atentamente; como lo ha escrito y descrito
san Ignacio de Loyola, y Dios lo ha prescrito el día de hoy:
“no el mucho saber harta y satisface al ánima, sino
el sentir y gustar de las cosas internamente”.
Análogamente,
la segunda condición viene de la mano, conforme nos lo ha
enseñado el Evangelio: tener prisa en convertir en vida nuestra
meditación, en donde el sentido de la Escritura germina en
nuestro corazón y transforma nuestra existencia.
La
Sagrada Escritura debe convertirse en un alimento espiritual para
aquellos que se acercan a ella con fe, con humildad y con perseverancia
y debe transformarse en una fuerza renovadora de nuestra propia
vida y del mundo.
6.-
Se trata de escuchar y poner en prácticar.
El
Dios que hemos conocido en Cristo es aquel que ha venido a dialogar
con los hombres, no ha establecer un monólogo. Muchas veces
y de muchas maneras nos ha hablado, como lo dice la Carta a los
Hebreos, pero ahora nos ha hablado a través de su propio
Hijo. El Hijo ha venido al mundo y ha establecido un diálogo
con los hombres.
La
Palabra de Dios se presenta ante el hombre principalmente como ante
un interlocutor, por lo cual espera una respuesta y no tan sólo
a repetidores de aquello que Él mismo nos ha dicho con tanta
claridad. Los verdaderos especialistas en su Palabra no son aquellos
que vayamos predicando en la calle, sino aquellos que podamos ser
capaces de escucharle y de vivir aquello que Él nos ha enseñado.
Cambiemos el verbo hablar, y su derivado predicar, por el verbo
escuchar, y su derivado poner en práctica.
El
hombre tiene que responder a Dios sí con la fe, pero el día
de hoy se nos pide que respondamos con el amor. No nos basta ni
la fe ni la sola confesión de que Jesucristo es Señor,...
hacen falta las obras: “No todo
el que me diga: Señor, Señor” sino el que cumpla
la voluntad de mi Padre.
7.-
Se trata de ese pasar del verbo escuchar al verbo amar,
puesto que esa es la voluntad de Dios. Pero de un amor que tiene
que estar rectamente ordenado; no basta con la buena intención;
hay que buscar el cumplimiento de la voluntad objetiva de Dios.
Es
necesario amar al prójimo con el mismo amor con que amamos
a Dios.
El
amor al prójimo brota de la caridad divina derramada en nuestros
corazones por el Espíritu Santo, y por eso es signo infalible
del amor de Dios, pero es un amor que trae la marca del ofrecimiento.
Podríamos decir que este amor es un don y una conquista.
El
origen y el fin del amor es Dios y su objeto es el prójimo
en su realidad concreta y que posee en sí su propia razón
de ser. La persona del prójimo no debe considerarse nunca
como un “medio”: ni para conseguir méritos ni
para dilatar visiblemente el reino de Dios.
El
amor al prójimo es un rayo participativo de la caridad infinita
de Dios, que hace llover sobre los justos y sobre los injustos y
que hace brillar su sol sobre los buenos y sobre los malos, tal
y como lo ha dicho en el Sermón de la Montaña que
hoy estamos cerrando con esta advertencia que meditamos.
8.-
Estemos atentos, por consiguiente, para que no limitemos nuestra
caridad a sólo el “alma” del prójimo,
sino que la ensanchemos a una ayuda en todas sus necesidades.
“¡Señor,
Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios y en
tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?”
Entonces yo les diré en su cara:
“Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes,
los que han hecho el mal”. Se le llama agentes
de maldad a aquellos que han conseguido algunos bienes a favor del
alma del otro pero que se han conformado con eso: hemos hablado
en tu nombre, hemos arrojado demonios, hemos hecho milagros,...
“Nunca los he conocido”.
9.-
Y es que este amor llamado caridad tiene presentaciones insospechables
que brotan de lo cotidiano, precisamente al depender de las necesidades
que se satisfacen en el hombre.
Caridad
invisible de no pocos que en ocasiones no pueden desplazarse, pero
que se ha desplegado a través del ofrecimiento de la propia
vida y de la oración generosa. Así también
se presenta en los trabajos cotidianos y hasta rutinarios, en los
quehaceres repetitivos que se hacen por el bien de los demás.
Se trata de ese amor silencioso que se mantiene en un ámbito
de lo “secreto”, ámbito que sólo Dios
contempla a la perfección y que encontrará en Él
la más auténtica de las recompensas y la mejor de
las retribuciones. Esta caridad es sobrenatural en sí misma
y en los medios con que se manifiesta, ya que todo en la vida se
cumple a partir de la fe y en la fe de aquellos que aman a Dios
y que por Él aman al mundo y que se unen a él en el
sacrificio de su propia existencia.
La
caridad que también toma el conducto de lo intelectual en
otros muchos, que aman a Dios y que aman al prójimo y que
han buscado ser una luz que ilumine la vida del hermano con la palabra,
pero también con el ejemplo, a través de sus estudios
y de sus escritos. Personas que sacrifican esas inclinaciones que
se quedan en la ley del mínimo esfuerzo para buscar que este
mundo ofrezca mejores posibilidades a los hombres, y que lo están
haciendo por amor a Dios, aunque nunca hayan ido a profetizar.
Caridad
colectiva de un buen número, que ha procurado mejorar las
condiciones objetivas de vida de esta humanidad, a través
de leyes e investigaciones que protegen al bebé en gestación,
al recién nacido, al discapacitado, al enfermo terminal,
al anciano,... así como de tantos y tantos desprotegidos.
Finalmente,
allí está la caridad interpersonal, de la que nunca
podemos sustraernos, ya que es la manifestación más
concreta e inmediata del amor. Escribía Friedor M.
Dostoievski en “ La Pobre Gente”:
“Me resulta fácil amar a
la humanidad, así, en general y en abstracto, cuando la imagino
doliente y heróica; lo que me resulta tremendamente difícil
es llegar a amar y comprender a cada personaje distinto a mi forma
de pensar y sentir durante un largo tiempo”.
El
Señor el día de hoy nos advierte para que no seamos
de aquellos que hablamos y predicamos en su nombre, pero que no
hemos sido capaces de escuchar ni de proner en práctica su
Palabra. Ya lo indicaba san Agustín al decir: “Predica
inútilmente la palabra de Dios por fuera el que no la escucha
por dentro”. Entendamos que la vida cristiana auténtica
consiste en establecer el Reino de Dios primero en uno mismo y sólo
después en el prójimo y en el mundo.
EL
FARISEÍSMO DE LOS DISCÍPULOS
“
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No
todo el que me diga: “¡Señor, Señor!”,
entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumpla la
voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Aquel día
muchos me dirán: “¡Señor, Señor!,
¿no hemos hablado y arrojado demonios y en tu nombre y no
hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?” Entonces yo les
diré en su cara: “Nunca los he conocido. Aléjense
de mí, ustedes, los que han hecho el mal”.
1.-
El Señor advierte a sus discípulos para que no caigamos
en la tentación del Fariseísmo.
El
Evangelio nos habla del juicio último, se trata de “Aquel
día” en el cual al Señor no le importarán
ni mucho menos le impactaran esa serie de “credenciales”
aparentemente impresionantes que se presenten como lo dice Mt 25,31-46
en donde no basta llamarle “Señor: Señor, ¿cuándo
te vimos hambriento, o sediento...?” ; tampoco le importará
la posición privilegiada como lo menciona Lc. 13,25-28 “Entonces
empezaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo y has enseñado
en nuestras plazas”; o como lo dice fuertemente el Evangelio
de este día, no le importarán esas obras maravillosas
que se anuncian como si fuera el mejor criterio de autenticidad:
“Muchos me dirán aquel día: Señor en
tu nombre profetizamos, y en tu nombre expulsamos demonios y en
tu nombre hicimos muchos milagros”. Nada de lo anterior nos
servirá. Unos y otros escucharán: apartaos de Mí
los que practicáis la delincuencia.
Y
resulta que la delincuencia es ubicada del lado de quienes estaban
en la posición de intachables. Ellos son los verdaderos delincuentes,
agentes de iniquidad: los que predican, expulsan demonios, le llaman
a Jesús: Señor, Señor, hacen milagros estruendosos,
pero que no somos capaces de escuchar ni de poner en práctica
su Palabra. ¡Así lo dice el Evangelio!
2.-
Se trata de esa nueva generación de fariseos que reproducimos
a la perfección el perfil que tenían los antiguos,...
pero corregido y aumentado.
Conforme
a lo que nos enseña el Señor en el capítulo
23 de san Mateo, los fariseos se distinguen por cinco rasgos.
Primero:
son los que dicen y no hacen, es decir son especialistas en atar
cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos
ni con el dedo las tocan. Son buenos para aconsejar, para dar teorías,
para formar a los demás, para ofrecer soluciones a todo el
mundo,... pero no les preguntes por su familia. Sus predicaciones,
¡increíbles!; sus pláticas, ¡excelentes!;
sus soluciones y recomendaciones, ¡inmejorables!, pero,...
¿realmente lo vivimos?
En
segundo lugar, los Fariseos son los que hacen sus
buenas obras para ser vistos. Se trata de aquellos a los que agrada
dar limosna pero que los vean los demás, sino ¡qué
chiste tiene!; nos agrada orar, pero en voz alta y que los demás
nos vean con respeto porque parecemos místicos; somos aquellos
que ayunamos, pero que el rostro se vea alargado de tal manera que
los demás puedan percibir que en ascética ocupamos
el primer lugar. Y así, podíamos continuar hablando
de aquellos que leemos la Biblia delante de los demás para
que digan: “mira que piadoso es el hermano”, o también
de los que usamos una cruz inmensa, más para presumir que
para manifestar nuestra auténtica adhesión al Señor...
En
tercer lugar, los Fariseos son aquellos que buscan
los primeros puestos..., que les gusta que la gente les reconozca,
que les llamen maestros y que los saluden en las plazas. Nos gusta
el reconocimiento, y por supuesto nos molesta lo contrario: el que
se reconozca la labor de otros y la mía no, el que a otros
los promuevan en un apostolado y a nosotros no, el que se le delegue
una responsabilidad a los otros y que a nosotros aparentemente no
nos haya tomado en cuenta, el que al hacer mención de algún
agradecimiento se les haya olvidado nuestro nombre y el de otro
no, el que no nos sentemos en la mesa principal de algún
evento especial, el que no se nos den los primeros lugares en las
asambleas...
Cuarto
lugar, los Fariseos son aquellos que cuelan el mosquito
y que se comen el camello. Se trata de aquellos que le damos importancia
a las cosas pequeñas pero que descuidamos las importantes,
maximizamos lo insignificante y minimizamos lo esencial; somos aquellos
que no dejamos de pagar el diezmo pero que no le llevamos medicamento
y alimento a nuestros propios padres, por quienes Dios nos dio la
vida y mucho más que la vida; que llegamos primero a todas
las reuniones pero que tenemos años sin visitar a nuestros
propios padres que están abandonados en un tejabán,
en un asilo o, lo que es más grave, ni siquiera sabemos dónde
están o sí todavía están aquí
entre nosotros, ¡mejor dicho entre los otros!; que barremos
y pintamos el edificio en el que nos juntamos pero que no le pintamos
la casa a la vecina que está enferma, claro ¡si nos
lo indican los dirigentes! ¡vamos a ir!, porque tenemos que
dar testimonio colectivo, pero ¿por qué no hacerlo
por iniciativa propia? ¿o hace falta que el otro se dé
cuenta para que la caridad se vive?; se trata de aquellos que llamamos
hermanos a todo el mundo, por que la fe así me lo dice, pero
que a mi hermano biológico no le trato como hermano porque
no se ha venido con nosotros,... ¡hipócritas!
En
quinto y último lugar el fariseo se siente
“santo”, “separado de los demás”,
distantes de esa muchedumbre que se va a ir al infierno porque no
son tan perfectos como lo somos nosotros. Fariseo significa “separado”,
y el fariseísmo nos hace sentirnos separados en cuanto a
experimentar una cierta superioridad, o por decirlo en otras palabras:
“Yo si soy salvo y tú no”, “ Yo sí
le llamo a Jesús Señor”, “yo si tengo
la vida eterna”,... ¿De veras?, ¿Por qué
no escuchas otra vez el Evangelio? Y lo he dicho bien para ti y
para mí, se trata de escuchar no de leer ni de memorizar...
Aquel
día muchos me dirán: “¡Señor, Señor!,
¿no hemos hablado y arrojado demonios y en tu nombre y no
hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?” Entonces yo les
diré en su cara: “Nunca los he conocido. Aléjense
de mí, ustedes, los que han hecho el mal”.
3.-
Hoy, los cristianos deberíamos darnos cuenta de que el fariseísmo
no es sólo una categoría de personas sino una categoría
del espíritu y que los discípulos del Señor,
como lo dice el Evangelio, también somos propensos
a esta enfermedad. El fariseísmo es una postura interior.
El fariseísmo es un virus
que puede infectar todo tipo de vida religiosa.
George
Bernanos planteaba una brutal pregunta: “¿quién
puede gloriarse de no tener, en sus propias venas, una sola gota
de la sangre de aquellas víboras?”
Los fariseos, son los que tienen complejo de ortodoxia o de élite;
los intolerantes, los intransigentes, los incapaces de amar, los
críticos de todo y de todos, los satisfechos de sí
mismos.
La
podredumbre del fariseísmo tiene un solo nombre: “hipocresía”.
Es
por eso, que en la acepción popular “fariseo”
se ha convertido en un sinónimo de “hipócrita”.
Los
hipócritas son aquellos que tienen una doble cara: la que
mira a Dios y la que mira a los hombres.
4.-
El Señor Jesucristo, el día de hoy nos invita a la
conversión. El Señor nos exhorta a construir
sobre buenos cimientos en la escucha y puesta en práctica
de su Palabra. Que hablemos menos de Él pero que lo escuchemos
más.
Sólo
así la Palabra de Dios nos irá configurando para que
adquiramos los criterios de Cristo Jesús y que vayamos identificándonos
con sus mismos valores.
La
Palabra de Dios es para escucharse antes de predicarse. Y es que
la Palabra que escuchamos moldea nuestra manera de pensar, y determina
después la forma de ser y de actuar. Así como el agua
empapa la tierra y la fecunda, la Palabra de Dios nos irá
penetrando hasta la raíz de nuestras decisiones, y es allí
cuando se inicia ese nuestro obrar conforme a su voluntad.
5.-
No basta decir: ¡Señor, Señor! Sólo si
el Señor es aceptado como el Maestro que nos enseña,
nuestra principal actitud podrá ser la del discípulo
que escucha para aprender.
Somos
muchos los que hablamos más del Señor que con el Señor:
Hemos predicado en tu nombre,... No los conozco, aléjense
de aquí agentes de iniquidad...
Hay
que escuchar para que pongamos en práctica y después
podamos hablar.
Quien
nace sordo enfrentará un grave problema:
será muy difícil que aprenda a hablar. Al no escuchar
las palabras, no es capaz de pronunciarlas. Esto mismo sucede en
nuestra vida espiritual y pastoral: si no sabemos escuchar a Dios,
no podemos hablar en su nombre.
Dejemos
atrás nuestro fariseísmo para no ser excluídos
del reino.
6.-
Pidámosle a Dios la conversión. Así
como el oro se depura, así también nosotros hemos
de ser purificados y santificados para poder servir a Dios. Y aquí,
tenemos que considerar el despojarnos de aquello que nos sobra,
que nos daña o que daña a los demás.
Lo
que impide nuestra vida cristiana no es lo que nos falta sino lo
que nos sobra: egoísmo, autosuficiencia, materialismo, competencias,
orgullo y soberbia. Esto nos hace: “agentes de iniquidad”
Conversión,
pero ¿qué es conversión?
La
conversión es un gesto fundamental que comporta no sólo
dejar un tipo de actividad para dedicarse a otra, sino orientar
nuestra vida y nuestro corazón a Dios. De nada sirve dejar
de realizar algunas actividades si el corazón no cambia.
Si así se dan las cosas, el cambio será momentáneo
y por lo tanto engañoso.
Hablar
de conversión es hablar del desprendimiento total.
7.-
La conversión es necesaria, ya que nunca estamos donde el
Señor está... Si tú y yo no amamos al prójimo
como Jesús lo ama, ¡necesitamos conversión!
Si tú y yo no vemos al prójimo como Jesús lo
ve, ¡necesitamos conversión! Si tú y yo no tratamos
al prójimo como Jesús lo trataría, ¡necesitamos
conversión!
A
ti y a mí nos falta mucho en la realidad. Necesitamos cambiar
de corazón, cambiar de pensamientos y cambiar de sentimientos,
especialmente hacia aquellos a quienes el Señor ama y a quienes
los fariseos despreciamos.
¡Evangelicemos!,
¡Que bueno que lo hagamos! Iluminemos toda vida con el mensaje
cristiano, pero tengamos el cuidado necesario como para que nuestras
palabras puedan surgir de la escucha de su Palabra y de la coherencia
de nuestras acciones.
CONSTRUIR
SOBRE ROCA
“ En aquel tiempo, Jesús
dijo a sus discípulos: “El que escucha estas palabras
mías y las pone en práctica, se parece a un hombre
prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia,
bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra
aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre
roca.
El
que escucha estas palabras y no las pone en práctica, se
parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre
arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los
vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
1.- Yo sé que hay ciertas situaciones que te inquietan y
que hasta te quitan el sueño y sé que una de ellas
es la siguiente: ¿Cuál es el secreto para que un matrimonio
pueda perseverar hasta el fin? Si lo sabe el cura que nos lo comente.
Yo
sé que te has cuestionado en muchos momentos sobre esta pregunta:
¿Cuál es el antídoto
que tendríamos que tener a la mano para que el morbo del
egoísmo no provoque enfermedad y muerte en nuestra vida de
familia? Si lo conoce el cura que nos lo prescriba.
Yo
sé que en más de una ocasión te has cuestionado
sobre esto: ¿Cuál es
el consejo que habrían de escuchar todos los matrimonios
como para qué cuando lleguen las tormentas la embarcación
de su familia no se hunda irremediablemente en la mar?
Si el sacerdote lo posee en el baúl de su ministerio que
nos lo comparta.
Estoy
enterado que existe una indagación que te ocupa y te preocupa:
¿Cuál es el camino que debe uno seguir para llegar
al destino de la realización en esta vida del matrimonio
y a la consecución de la eternidad en una familia?
Si el padre Rogelio posee las orientaciones que nos las ofrezca.
¿Cuál
es el secreto? ¿Cuál es el antídoto? ¿Cuál
es el consejo? ¿Cuál es el camino?
Que este cura nos lo comente, que lo prescriba, que lo comparta,
que nos lo ofrezca.
El
Secreto y el antídoto, el consejo y el camino nos lo ofrece
el Señor en el Evangelio del día de hoy, y nos dice
que se encuentra en el cimiento, en la roca sobre la que se construye
nuestra casa.
2.-
Fíjate como hoy en día, cuando se va a iniciar la
obra civil en una construcción lo primero que se hace es
esa prueba sobre la composición del suelo. Los ingenieros
se encargan de extraer muestras y las someten a diferentes exámenes
para conocer su consistencia, su soporte y se le aplican mecanismos
mediante los cuales se llega a conocer el índice de variabilidad
del suelo ante los diferentes fenómenos que la construcción
puede enfrentar.
Nos
debería asombrar ese darnos cuenta, como lo anterior se realiza
con tanto celo en los edificios mientras que en la construcción
de nuestros hogares de todo nos preocupamos menos de la cimentación.
La
razón de nuestros fracasos no está en otro lado, sino
en esa amnesia negligente de los hombres que el Señor hoy
le llama: imprudencia, en el que olvidamos que Dios debe estar en
la base de nuestras familias.
3.-
Y, resulta lamentable encontrarnos con todas esas residencias monumentales
ahora abandonadas porque los esposos traían bajo el brazo
un hermoso proyecto arquitectónico que se quedó en
el “blof” y en la apariencia, les importaban
tanto las mascaras y los antifaces que se olvidaron del rostro de
Aquel que le da sentido a la vida. Se ocuparon de todos los detalles
y acabados, de los elementos ornamentales pero se olvidaron del
mejor de los elementos funcionales: el cimiento.
Y
Dios se quedó para ellos en el Templo, cuando ellos se fueron
a la salón de de recepciones. El Señor, a lo mucho,
se redujo en una imagen en aquella casa o en una Biblia olvidada
en una vitrina. Y son tantas las ocasiones en que, por desgracia,
ni siquiera han terminado de abrir los regalos del matrimonio cuando
ya se han iniciado las crisis más severas que sacuden aquellas
hermosas casas carentes de cimiento.
La
razón de la destrucción no suele estar en los fenómenos
metereológicos devastadores que nos llegan a todos sin hacer
distinciones sino en la negligencia que hemos tenido al construir.
Dios
no nos engaña y nos advierte sobre los momentos difíciles
que todos vivimos. El no nos promete una vida color de rosa para
todos, ni tampoco una vida más benévola para aquellos
que se acercan a Él y de mayor peligro para los que no lo
hacen.
Relée
el Evangelio y detecta como en ambos casos las situaciones climatológicas
son las mismas: Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron
los vientos y dieron contra aquella casa. Y los resultados son distintos
por una razón: porque fue distinta la cimentación:
una de ellas sobre roca que es Dios y la otra sobre la arena de
las apariencias o de lo sólo humano.
4.-
Las tormentas azotan contra todas las casas. ¿Quién
ha dicho que la vida cristiana es fácil? Si alguien lo dice
te puedo asegurar que: o no la conoce o no ha sido capaz de practicarla.
Los
cristianos conocemos que el amor en la familia no es una flor de
invernadero, sino una planta silvestre, hija de una noche lluviosa,
de una hora soleada; brote de una semilla silvestre, llevada camino
abajo por un viento salvaje. Y que esa flor tienen su consistencia
en su adecuado enraizamiento como el edificio lo tiene en la cimentación.
Lo que sostiene a la planta y a los edificios suele no percibirse
en lo externo, y parece que lo hemos olvidado todos.
Esa
diferencia que provoca nuestros fracasos o nuestros éxitos
no está en que si nuestra vida pudiera tener o no tormentas.
En todos los jardines suelen descargarse nubarrones
5.-
¿Sabes? Ahora que han elegido a un alcalde méxico-americano
en la ciudad de Los Ángeles, estaba recordando aquella entrevista
que le hicieron a Rosario Marín, la méxico-americana
que se encargó en primera instancia de la Jefatura del Tesoro
Norteamericano en la que nos narraba su vida en la Acción
Católica y su enamoramiento con aquel dirigente de la Acción
Católica que admiraba. Y así habló
de su noviazgo, su matrimonio, su vida como esposa y su maternidad
con un hijo especial: mencionaba ella que veía a su hijo
y lo consideraba un castigo de Dios. Hasta que un día Dios
le permitió verlo como un regalo, “sé que en
ocasiones estos regalos vienen en envolturas que nos desagradan,
con arrugas, en ocasiones el papel está sucio o el moño
se empieza a deshilar. Yo le preguntaba a Dios el por qué
a nosotros, hasta que una noche de oración mi esposo me escucho
y me dijo: “Rosario no le preguntes
a Dios: ¿por qué a nosotros? Mejor pregunta: ¿Y
por qué a nosotros no?” Después de esto, Rosario
Marín se convirtió en una activista a favor de su
niño y de todos los niños que padecen esas enfermedades
que los hacen distintos, y fue eso lo que le consiguió que
se fijaran en ella para el cargo que un día se le delegó.
6.-
Uno podría pensar que las casas de los cristianos son inmunes
a las dificultades, pero las cosas no son así. ¡Dios
no nos engaña! Pero las tormentas a nosotros no nos destruyen
si tenemos buenos cimientos.
Como
lo expresaba la Rochefoucauld: Así
como el viento que puede apagar una vela o que puede avivar una
hoguera, de la misma manera las dificultades son la causa de la
extinción de un amor pequeño o la causa de que el
amor se fortalezca. Y esto podríamos hacerlo extensivo a
la fe: el viento apaga la llama de una fe pequeña y aviva
la hoguera de aquellos que tienen su cimiento puesto en Dios.
Santo
Tomás de Aquino lo dice a su manera en su disertación
sobre la Caridad: “Las contrariedades nos afianzan
más en Dios; es como un artista, que se encariña más
con la obra que más sudores le cuesta”.
O
como lo ha expresado con certeza san Cipriano el Obispo de Cartago:
“Esta es la diferencia entre nosotros y los que no conocen
a Dios; estos en la adversidad se quejan y murmuran; y a nosotros,
las cosas adversas no nos apartan de la virtud, sino que nos afianzan
en ella.”
O
cómo lo dice el padre José Luis Martín Descalzo
al hablar de la enfermedad: “Todo dolor resulta
ambivalente: a unos les aplasta y a otros les multiplica el alma.
Y el que el dolor produzca un efecto o el otro no depende del tamaño
del dolor, sino del tamaño del alma del que lo sufre”.
El secreto está en Dios y nuestra relación con Él.
7.-
El cristianismo debe transformar a los hombres, antes de que seamos
los hombres los que deformemos el cristianismo. La tarea
es buscar el darle un aspecto agradable a la vida, antes de que
lo desagradable nos invada, y más aun antes de que lo degradable
nos alcance.
Tener
el cimiento en Dios. Se trata también de nuestra propia fe
que se ha visto aumentada por la ascensión del Señor
y que se ha fortalecido con el don del Espíritu Santo, y
que no debe amilanarse por un simple temporal que azota contra nuestra
casa. Mucho menos, si se está consciente de que, es el Señor
mismo, el cimiento de nuestra construcción.
Las
crisis y las tormentas forman parte de la vida del cristiano y de
cualquiera. Sin ellas nuestra fe cristiana no madura,
no puede crecer. La verdadera vida cristiana, será la capacidad
de afirmarse y abandonarse durante las crisis de la vida en la fe
que tiene como cimiento sólido a Aquel que es más
grande que nuestras propias crisis.
Los
momentos difíciles no hay que inventarlos.
Las crisis y las tentaciones se dan en la vida misma: el aparente
silencio de Dios, la persistencia del mal, nuestras frustraciones
de todos los días, los cansancios, la enfermedad, el hambre,
el desempleo, la muerte del ser querido... Ahí es donde la
vida cristiana se consolida o se derrama, pues la llevamos en vasos
de barro, en construcciones humanas, pero que tienen cimientos divinos.
Dice San Agustín: “¿De
qué te sirve creer con la voz en Áquel que niegas
por las obras?”
8.-
Es bueno que comprendamos que, lo importante en nuestra vida será
mantenernos siempre fieles a Dios y, entender que, así como
en un matrimonio cristiano se espera que el amor puro de una persona
se manifieste en la prosperidad y en la adversidad, en
la salud y en la enfermedad; de la misma manera, en nuestra vida
cristiana y en la relación con el Señor, al que amamos
y que nos ama, debemos aprender a mantenernos fieles, en la salud
y en la enfermedad, en la abundancia y en la escasez, en los días
intensamente iluminados y las noches profundamente oscuras, cuando
la vida nos favorezca y aún en los momentos de dificultad,...
aún en medio de las tormentas.
Seamos
sensatos y construyamos nuestra vida de familia sobre la roca de
Dios. Recordemos que si bien las inclemencias del tiempo pueden
destruir una casa, solamente los hombres destruimos los hogares.
Y lo hacemos cuando Dios no tiene cabida ni en nuestra vida ni en
nuestra familia.
9.-
Una última referencia en este domingo: En la vida del Papa,
san Pío X, se cuenta una anécdota esclarecedora que
hoy te comparto:
Estando
reunido el Papa con los Cardenales, les preguntó:
¿Qué
es lo más necesario para la salvación de la sociedad?
Y
los Cardenales fueron respondiendo: el primero: construir escuelas,
otro: las vocaciones sacerdotales y religiosas, alguno más
decía: las obras misionales...
Pero
el Papa, después de escucharles, les dijo: “- Lo
más necesario es tener buenos matrimonios”.
10.-
¡Claro! Y los buenos matrimonios tienen un buen cimiento:
Dios. Pero, parece que lo hemos olvidado.