Domingo 20 de Agosto de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

UN ALIMENTO PARA TENER VIDA

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí; “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.

Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

1.-Muy queridos amigos:

La vida de toda persona se va desarrollando en la cercanía y en la proximidad, en el hallazgo y en el encuentro, lo mismo en la recepción que en la despedida, así en la colindancia de distintas situaciones y así en la convivencia con diferentes personas. Es lo anterior una especie de motor y una fuente que va generando toda una serie de diferentes lazos que nos van uniendo a las diferentes personas y también a las situaciones.

Los lazos deben ser entendidos como esos puntos de unión, una especie de conyunturas, cruceros existenciales como lugares de encuentro o quizá de desencuentro... Los lazos debieran ser vínculos con algo o, lo que es más deseable, con alguien.

Esos lazos, vínculos o nexos, podrán ser considerados en nuestra vida desde una doble óptica, ya sea como cadenas o bien como si fueran raíces.

Ambos, las cadenas y las raíces, pueden y deben ser considerados como vínculos en nuestra existencia, aunque sus efectos son tan distintos, ¡tú lo sabes!

Es obvio y hasta dolorosamente familiar el percibir, el deducir o el experimentar cómo nuestras cadenas van generando o degenerándose en esclavitudes, en tanto que las raíces nos nutren, nos dan vitalidad, nos mantienen de pie y hasta nos ofrecen una sana proyección en el horizonte de nuestras relaciones.

Doria Cornea, la poetisa rumana, lo expresaba con esa maestría de la sensatez que recurre a la métrica: “Si rompes tus cadenas te liberas, pero si cortas tus raíces, te mueres”.

2.- Muy queridos amigos:

En el contexto del aprender a detectar todo aquello que nos vincula enfermizamente provocándonos esclavitudes, y de aquello que siendo un sano vínculo nos fortalece y nos da proyeción, en este momento de nuestra reflexión quisiera invitarte para que profundicemos sobre el tema del alimento de la vida eterna.

Nos dice Jesucristo en el Evangelio: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”.

El Señor nos invita para que nos dediquemos en nuestra vida mucho más que a buscar el alimento que evita la muerte, el que busquemos el Alimento que nos da la vida. Uno es el pan que te impide que mueras y otro el Pan que te ofrece la Vida verdadera. Uno es el alimento que nos llena el vientre y otro el que nos ofrece llenar cada espacio de nuestra existencia, y que permite que nuestra vida sobrepase todo espacio y nos proyecte hacia la eternidad.

Se trata no de cualquier alimento, sino del Pan por excelencia, el que nos ofrece el Hijo de Dios, que no tan sólo ha querido ser el pastor de su rebaño, sino llegar a convertirse en el pasto para sus ovejas, y esto es manifestación del amor más sublime. Esto es la Eucaristía: el Pastor convertido en Pasto para sus ovejas, ¿En qué cerebro pudo haberse albergado tal pensamiento? ¿Quién lo hubiese pretendido humanamente como algo posible? ¿Cuánta razón posee esa bella oración escrita por S.S. Benedicto XVI que prepara a nuestra Iglesia latinoamericana para el V CELAM a celebrarse en Aparecida, Brasil, en Mayo del 2007 y que invoca a Jesucristo llamándole con respeto y veneración de forma por demás bellísimo, como todo aquello que hemos conocido en el Señor: “Señor Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre, enciende en nuestros corazones el amor al Padre que está en el cielo y la alegría de ser cristianos...”

3.- Queridos amigos:

La Eucaristía es la más bella expresión del amor verdadero. Y es que el amor auténtico necesita de la unión, la fusión y la compenetración. Pero te pido, que por favor no te quedes pensando solamente en el factor físico de la fusión, sino que seas capaz de entender que los lazos espirituales suelen ser en mucho más fuertes e intensos que aquello que nos ofrece una sola unión física. Comunión es como le llamamos a la recepción de este vital alimento.

Comunión eucarística que llega a nuestra vida tal y como debería vivirse en esa vivencia considerada como el máximo exponente del amor humano, a ese “serán los dos una sola carne” en el matrimonio.

Y, ¿qué podríamos decir sobre ese amor de comunión que se da en la amistad humana? En la amistad, el otro hito de un amor humano genuino, se llega a hablar del amigo como del “otro yo”,... “otro yo por el cual el primer yo es capaz de dar la vida...”

Pero,... dejemos lo anteriormente mencionado y dediquémonos de lleno al tema que nos ocupa. Quisiera no desviarme del tema que este día Jesús en el Evangelio nos presenta, y es que, existe otro modo de comunión más permanente y profundo que el de la sola amistad y el del mismísimo matrimonio.

Se trata de la comunión a través del alimento, la cual llega a formar parte de nosotros, y a constituirse a través de la asimilación de los nutrientes en nuestro propio cuerpo, nuestra propia vida.

4.- Este es un aspecto de la prueba del amor de Cristo tiene para con los hombres y que se hace patente en ese quedarse en la Eucaristía no con la presencia estática de una mera estancia pasiva entre los hombres, sino con el dinamismo activo de un alimento, que es la forma máxima de la fusión. “Tomad y comed, porque esto es mi cuerpo”. “Tomad y bebed, que ésta es mi sangre de la nueva alianza”,... Se trata de una alianza de fusión permanente, como la del alimento que se compenetra con quien lo come y se convierte en vida auténtica de aquel que lo ha ingestado.

Se trata de quien en el amor se convierte en alimento para aquellos que ama profundamente. Este mensaje de Cristo y esta realidad sacramental que los católicos recibimos cada ocasión que nos acercamos al altar, en gracia de Dios, la Iglesia primitiva la representó sabiamente con aquella fígura litúrgica del Pelícano, y es que,... cuentan los conocedores que todos los días las mamás pelícano sobre-vuelan la superficie de las mares en la búsqueda de esos peces que irá guardando celosamente en la bolsa del gaznate, para así llevarles alimento a sus crías, los pequeños pelicanitos aque abren sus picos hacia el infinito. Y cuando, se suceden esos días, como en todas partes y con todos suele suceder, en que la mar se porta avariciosa y les niega la buena pesca, la mamá pelícano al ver desfallecer a sus crías y al no tener alimento para ofrecerles, con el punto más afilado de su pico se va rasgando el pecho para que salga sangre caliente y abundante que alimente a sus vástagos, y con ello,... con ello viene la propia muerte de quien se sacrifica por aquellos que ama.

De esta imagen antigua, y quizá desconocida para muchos de nosotros tan ajenos a la sabiduría de la fauna y de toda la creación de Dios, solamente han quedado algunos grabados de la mamá pelícano rasgando su pecho para alimentar a sus crías principalmente en la puerta del Sagrario de nuestras parroquias, pero también aparece en los ornamentos, en el grabado que traen algunas hostias grandes y en algunos de los vasos litúrgicos,... y es que Cristo es, por analogía, el Pelícano Divino.

Algunos cánticos de la liturgia antigua le llamaban a Jesucristo en medio de la asamblea y de la celebración cristiana: “¡Oh!, Sagrado pelícano que nos das tu cuerpo en alimento, para que tu pueblo no desfallezca, aunque con ello vivieras la muerte”.

5.- ¿Sabes? ¡No lo puedo evitar! En este momento están resonando en mi interior las palabras del Evangelio: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes”. ¡Oh!, Sagrado pelícano.

6.- Queridos amigos:

Ludwich Feuerbach, el teórico comunista y práctico..., afirmaba: “El hombre es lo que come.” Esta afirmación no era más que la premisa mayor del irreverente filósofo que, junto a la premisa menor de que el hombre sólo come materia, nos lleva a la conclusión lógica de que el hombre es sólo materia. Expresémoslo con orden:
Premisa mayor: El hombre es lo que come.
Premisa menor: El hombre come solamente materia.
Conclusión: El hombre es solamente materia.

Este es el razonamiento de los que atacan a Cristo y a su Iglesia. Y las cosas cambian desde el preciso momento en que Cristo se atrevió a llevar su amor al grado de hacerse comida del hombre, y con ello cambió la premisa menor de tal silogismo, la conclusión también tendrá que cambiar. Será esto lo que nos permite en la osadía cristiana, afirmar que en Cristo el hombre puede comer a Dios, y entonces el hombre se diviniza, el hombre se cristifica.

Para aquellos que recibimos a Cristo como comunión, la exclamación paulina: “Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”, no es necesariamente un estado místico de la unión con Dios de algunos grandes santos sino un estado de todos los días para el cristiano que le cree a Jesucristo.

La Eucaristía hace diariamente ese milagro en todos los cristianos que se animan a comulgar y a conservar la gracia. Aunque las cosas suceden al revés de lo ordinario, ya que si el alimento natural es asimilado por el hombre, por ser superior, en la comida eucarística ocurre que la personalidad de Cristo que es superior a nosotros nos asimila hasta transformarnos en Él por la comunión de su cuerpo.

Para nuestra vida espiritual, como para cualquier otro nivel inferior de vida, es absolutamente necesario el alimento. Y Cristo ha querido ser Él mismo en la Eucaristía quien conserve y vigorice la vida sobrenatural divina que recibimos un día en nuestro bautismo. Este realismo le costó el que muchos de los que le seguían en aquel entonces le abandonaran cuando se proclamó “pan del cielo para la vida del mundo”, tal y cómo provoca el día de hoy, a todos aquellos que salen huyendo de la presencia del pan de la vida y se alejan del Sagrario de la vida para irse a refugiar en las carpas de los campos de futbol y en los cines abandonados. Pero lo anteriormente mencionado, a Cristo no le impidió decir más claramente aún, y a nosotros el aceptar lo que Él nos dice: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre, mora en Mí y Yo en él”. “Quien come mi carne tiene vida eterna, y Yo le resucitaré el último día”.

7.- Es aquí en donde podemos comprender que la Eucaristía y toda la vida cristiana funciona para nosotros como esas raíces que nos vinculan y que al mismo tiempo nos dan vida y nos fortalecen. Se trata no de un pan que evita que muramos, sino de un pan que nos ofrece vida verdadera.

Hay quien se ha atrevido a afirmar que la religión es el opio del pueblo, y puedo decir que, en la expresión más auténtica del cristianismo este es el más grande de los errores: la vida cristiana establece un lazo, sin embargo ese lazo jamás se comparará con una cadena esclavizante sino con raíces que nos ofrecen vida.

EL PAN DE LA PRESENCIA.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí; “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”

1.- Muy queridos amigos:

En el espacio anterior hablamos sobre la Eucaristía como alimento de vida eterna que nos manifiesta el amor de Cristo, sin embargo, no debes olvidar que la comunión del Cuerpo de Cristo nos invita a la comunión fraterna. No es posible que se pueda comulgar la Eucaristía y no “tragar” a los hombres. La comunión no es para fomentar una unión individual con Cristo, sino para extender la unión con todos los miembros del Pueblo de Dios. La Eucaristía debe convertirse en el epicentro de la reunión familiar alrededor de la mesa del hogar común que es la Iglesia.

El altar se debe convertir en el polo de atracción de la reunión litúrgica de la familia de Dios, pero debe proyectar su potencia cohesiva hasta todos los ámbitos de la convivencia humana: la familia, la profesión, la ciudadanía, la nación y el mundo.

En la eucaristía la teología debe convertirse en sociología y la celebración cultual debe conducirnos a la celebración existencial.

Los que se alimentan de Cristo deben preocuparse por dar de comer a los hambrientos de toda clase: hambrientos de pan, hambrientos de cultura, hambrientos de amor, hambrientos de compañía, hambrientos de comprensión, hambrientos de perdón, hambrientos de justicia....

2.- Es ahora el momento para que profundicemos en otro ámbito importante de la Eucaristía: el tema de la presencia.

Nos dice el Señor: El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.

Digamos que el Señor ha encontrado, o ya se tenía reservada la fórmula para cumplir con ese propósito suyo que convirtió en promesa: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Ya lo había mencionado de tantas formas: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis.”

2.- Muy queridos amigos:

El amor auténtico y pleno nos pide la presencia, y se autoexige el vivir la cercanía, la proximidad, el estar el mayor tiempo posible, en cantidad y en calidad, junto a los seres queridos. Y cuando en algún momento nuestra estancia física se hace imposible, por imperativos del deber, por motivos insalvables, entonces el amor recurre, en su increíble e innagotable creatividad, a mil estratagemas para así llegar a suplir esa ausencia indeseable, larga o corta, de la persona amada, o de parte nuestra para con la persona amada.

Y ahí tenemos la fotografía enmarcada y puesta en el lugar de honor o de mirada más fácil, quizá sobre el escritorio o en el interior de la puerta del closet, quizá en los útiles escolares o en un llavero, es posible que en la cartera o en la fábrica; posiblemente la conservamos en el formato de almanaque o quizá de tapiz en la computadora. Ahí está también en un espacio especial el regalo significativo; o en un jarrón sobre un mueble el ramo de flores; o, hasta hace pocos años, la repetida lectura de esa carta recibida desde la otra orilla del país o del orbe, todo lo anterior para que la caligrafía conocida, los rasgos y las palabras queridas en el papel suplan aunque sea pobremente la separación involuntaria e insalvable en momentos de nuestra vida.

¿Te acuerdas tú que colindas con mis cuarenta y un años? Allí estaba antiguamente el telegrama puntual, con pocas palabras pero importantes, en la actualidad se utiliza el e-mail. Ahí estaba antes la llamada por teléfono, recibida entonces en un lugar especial de la casa que se convertía en un espacio mágico y ahora con la magia celular en cualquier espacio, pero que al escuchar algún tono definido se sigue esperando con ansiedad y acelera el palpiteo del corazón; hasta hace pocos años alguien presumía del videoteléfono como si fuera un aparato de inteligencia sofisticado de las grandes naciones, y ahora está al acceso de las grandes masas la videoconferencia desde cualquier espacio en que virtualmente es posible ponerse en contacto. Todo lo anterior no es más que manifestación de cómo nuestra búsqueda de que esa voz y esa imagen telecercana puedan saciar, aunque fuere por unos minutos, el hambre inhumana que experimentamos en la ausencia, por esa necesidad que tenemos de la presencia de quienes más amamos.

3.- Y es en este tenor de reflexión de ideas, en donde se nos permite comprender que una de las pruebas de que Cristo ama a los hombres está precisamente, en que cuando tiene que volverse al lado del Padre, porque ha concluído perfectamente con su misión terrestre, y le urge recibir el abrazo de recompensa paterna por la obra salvífica realizada entre los hombres, Cristo no se resigna a dejar para siempre en la orfandad de su ausencia física a los seres queridos. Y Él hallará, en el interior de su mente divina y de su sacratísimo corazón, entre las riquezas insondables de su omnipotencia que se mezcla con la sabiduría y el amor, una fórmula perfecta de permanecer marchándose, de irse sin desaparecer, de estar cercano aún en la distancia.

Y ¡fíjate!: que no será una foto borrosa con el tiempo ni un objeto recordatorio, sino su presencia real, aunque bajo otra apariencia insospechable para los hombres de aquellos tiempos y desbordante, por la generosidad y el amor, para los hombres de estos tiempos: la Eucaristía. Ya no se trata de los restos de un maná avejentado en un arca de la alianza sino del milagro de todos los días en el que, por la pronunciación de las imponentes y efectivas palabras consecratorias se sigue actualizando su presencia real en el sacramento, y se nos ofrece el Pan de la vida.

Considero que, si no hubiera alguna otra prueba para demostrar la divinidad de Cristo, bastaría la lucidez y el amor que ha tenido para implementar el obsequio de la Eucaristía, como para que contempláramos la perfección de su ser divino. Y es que, a ningún hombre se le hubiera ocurrido tan alto gesto de afecto, y si lo hubiese pensado no hubiera podido hacer una cosa semejante. Primero por el implemento mismo. Segundo, porque en la pura psicología humana es imposible reaccionar así de generoso, cuando “en la noche en que Él era entregado” y en la víspera de su sacrificio, Él instituye el sacramento de su presencia permanente.

4.- Un hombre normal, vulgar y corriente, como cualquiera de nosotros, hasta se llega a alegrar de que por fin concluye con su tarea y que finalmente va a poder alejarse de aquellos que no ha tenido más remedio que soportar durante treinta o tres años, en sus inconsistencias, cobardías, traiciones, discusiones, pretensiones y murmuraciones interminables.

Cuando mucho, si es humanamente muy generoso, dará por bien pagados con la ausencia temporal esos sinsabores que ha tenido que sufrir por ellos, pero dirá: “Ya está bien; me alegro de que todo haya terminado; ahí se quedan. Les perdono, pero celebro el perderles de vista aunque sea por un momento”.

5.- Y resulta que las cosas han sucedido de otra forma: Cristo lúcidamente se queda en su libertad. Y, mirándolo objetivamente, no tanto porque Él necesite nuestra compañía, que tan mal le fue durante su vida mortal, y menos aún teniendo la compañía perfecta del Padre, sino porque los hombres íbamos a necesitar de su compañía.

Se trata de la solución de su presencia real en la Eucaristía para todas esas “horas bajas”, que todos los hombres registramos en la esfera o en el embudo de nuestro reloj personal; es su presencia real para esos días díficiles de nuestros calendarios.

Presencia real para ese camino de Emaús que todos recorremos, en ocasiones, desandando los caminos andados, cansados de ser buenos precisamente por no entender, huyendo de los demás que aún creen, caminando al lado contrario de la Iglesia y alejándonos de la comunidad de creyentes por habernos sumergido en la incredulidad, en esos momentos de la vida en que todo se oscurece y necesitamos exclamar: “Quédate con nosotros, Señor, porque anochece”; “porque no vemos con claridad; porque se ofuscan hasta las ideas más claras en la sinrazón de nuestras pretensiones; porque nos enredamos con esos cambios registrados en esta tu Iglesia y en el mundo, y es que unos piensan de una forma y otros consideran las cosas desde otra forma, y no hay quien parezca ni entenderse entre ellos, ni mucho menos entenderte a ti, Bondad infinita”.

Se trata de una lección de convivencia y una invitación para que nosotros asumamos la convivencia. Porque si Cristo quiere compartir nuestras horas hasta el fin de los siglos, también nosotros debemos convivir con nuestros hermanos.

6.- Presencia eucarística de Cristo que nos habla de muchos granos de trigo que son necesarios para formar un solo pan, y nos repite la muda y elocuente lección de nuestra unión a pesar de todas las diferencias y de nuestras indiferencias, que nunca deben ser superiores a la convivencia pacífica entre unos cristianos que están llamados a ser hermanos. “Donde haya dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos.” Y si son dos o tres cientos, o dos o tres mil, o dos o tres millones, es igual, porque las cantidades, las cifras, las estadísticas, los volúmenes, las etiquetas y las diferencias no deben prevalecer ante el imperativo de unión, que está gritando la misma y única Eucaristía que nos alimenta y que nos alienta a todos a seguir siendo cristianos por el alimento que nos une.

7.- Y nosotros los católicos, ¡Debemos ser congruentes! El día de hoy, cuando estamos intentando la convivencia fraternal con los “hermanos separados” de otras confesiones cristianas, y con los creyentes de otras religiones, y hasta con los hombres de buena voluntad que no tienen credo religioso, resulta ridículo y hasta antievangélico el dar pie para que nos llamen los “hermanos desunidos”, sobre todo a los católicos, que tenemos la misma y única Eucaristía, símbolo y fuente de la mayor unión, pero que al salir del lugar de la presencia nos dispersamos en la peor de las incongruencias.

8.- Y es que, la presencia eucarística de Cristo nos debe recordar también la otra presencia suya, llamémosle bajo las “especies” humanas. Si tenemos fe para traspasar los velos sacramentales y llegar hasta reconocer a Jesús en el pan consagrado porque Él nos lo ha dicho y aunque no lo comprendamos le creemos a Él que nos lo ha dicho, debemos también un suplemento de fe para descubrir a Cristo tras el velo humano del rostro de los hombres, sobretodo los rostros más familiares y los rostros menos amables; y es que ellos son presencia también sacramental de aquel que nos juzgará también por esas horas que dediquemos a estar frente al sagrario del enfermo y del hambriento, y por las visitas de oración convertida en caridad frente a su presencia sacramental reflejada en el rostro de mi padre, de tu madre o de cualquier familiar abandonado a la soledad de nuestra indiferencia.

 

AMOR DEL QUE DA LA VIDA.

“ Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo.” Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”.

1.- ¡Sea para siempre alabado Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar!

Hermanos muy queridos: como cristiano y como sacerdote ordenado amo, como tú le amas, a Jesucristo manifestado en el Sacramento de la Vida en el Altar. No obstante tengo que decirte que si tú y yo tenemos suficiente vista espiritual como para ver a Cristo Cabeza en la Sagrada Eucaristía, también debemos tenerla como para contemplar a Cristo en los miembros santos de su Cuerpo Místico.

No se trata de una conmiseración “piadosa”, sino de la entraña misma de la solidaridad de Cristo con la humanidad. “Saulo, ¿por qué me persigues?”, le pregunta el Señor Jesús glorificado a san Pablo, cuando perseguía a los cristianos. Y en la hora de la verdad, cuando se nos juzgue definitivamente, Cristo aplicará este baremo sorprendente: “lo que hicisteis con ellos, lo hicisteis conmigo.”

2.- Muy gentiles amigos:

Hemos recordado en los primeros dos segmentos de nuestra reflexión dos elementos importantes sobre nuestra relación con aquel que es el Pan de la Vida: en primer lugar que el amor hambrea fusión, y que exige que este menester se alimente con la comunión. En el segundo segmento profundizábamos en el tema de un amor que nos pide presencia y cercanía.

3.- Pero hay que añadir este domingo un factor más, el de mayor importancia: el amor, para dar la última prueba de su profundidad, exige el sacrificio a favor de la persona amada. Se trata de un amor que no se puede quedar en la emoción y en la conmoción, sino que tiene la necesidad de convertirse en una donación.

Y es que un amor que se contenta con las solas horas de grata convivencia, con los momentos de gozo en la sagrada intimidad, con el efímero placer de la cohabitación, con la luna de miel en cuarto creciente plasmada en un solo día de nuestro calendario mensual,... todavía le falta mucho para que pueda ser un amor auténtico de veinticuatro quilates.

Debemos recordar que en cuestiones de amor verdadero nos une más el dolor a la persona que nos ama que la diversión con la persona amada, es más fuerte el vínculo que se genera en el padecer junto con alguien que incluso en el gozar juntos.

No tengamos miedo en afirmar que para llegar a la plenitud del amor, nuestra vida debe llevar entre sus pliegues el marchamo del sacrificio, de la prueba, del ofrecimiento, y aún de la tribulación sobrellevada en favor del otro.

Mientras no se llega a la prueba de fuego del sufrimiento a favor del ser querido, el amor aún es incierto. Pero si es capaz de soportar penas y sinsabores, de compartir la enfermedad o la humillación, de encajar incluso la traición y la infidelidad, entonces sí que puede ser una buena nota para nuestro examen final ante el justo juez.

4.- La prueba máxima del amor de Cristo a la humanidad está en que llegó hasta la Pasión y la Muerte, realizando en sí mismo la definición del Cantar de los Cantares: “El amor es más fuerte como la muerte”. Cristo mismo dijo que “no hay mayor prueba de amor que la de dar la vida por el amigo”. Y Él, “habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo”, hasta el extremo del sacrificio cruento en la cruz.

Y para que no se nos pasara por alto, quedando como un acto aislado perdido en la lejanía del siglo primero de la era cristiana, quiso repetirlo millones de veces. Y nos mandó renovarlo incruenta, pero verdaderamente; misteriosa, pero realmente, en el sacrificio de la Santa Misa de todos los días en el altar de nuestras parroquias.

“Hagan esto en recuerdo mío”, es decir, para que recuerden cada día, cada hora, lo que les he querido, hasta dónde me ha llevado mi amor por ustedes. Porque yo no he muerto sólo por aquellos hombres que se convirtieron en espectadores de mi crucifixión en el Calvario aquel viernes santo, sino por todos y cada uno de los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. Por eso quiero que repitan, “hasta que vuelva” al final de la historia humana, a la medianoche del día que empezó con la creación y que se plenificó con la redención, mi único sacrificio redentor múltiple en sus millonarias repercusiones y en sus beneficios.

5.- Por eso, Cristo ha querido extenderse cada jornada en el quirófano del altar para entregarse de nuevo por cada comunidad de hombres, como lo hizo aquella tarde en la cruz del Gólgota. Y como aquel día se entregó hasta la última gota de sangre, literalmente, ahora en la Eucaristía lo realiza sólo sacramentalmente, pero con el mismo amor con que entonces lo hizo cruentamente.

Entendemos que para nosotros tiene un doble sentido el realizar el sacrificio de Cristo en el altar. Lo hacemos En memoria suya, es decir, para recordarle a Él, que hoy como ayer y siempre sigue amando a los hombres con su corazón vivo y palpitante. Y En recuerdo suyo, es decir, para acordarnos siempre de que le debemos la salvación ofrecida a costa de su vida.

6.- La nueva tendencia apuntada en algún sector vanguardista de la Iglesia: que hay que dejar la devoción al Cristo personal para acudir sólo al Cristo místico es un error fundamental, ya que el cristianismo debe gravitar siempre sobre el amor a la persona que hizo posible nuestro amor a los hombres, al Jesús que nos mandó repetir sin desmayo su sacrificio. Se amará a los hombres en la medida que amemos a Cristo y busquemos amarlos a ellos con el mismo amor con el que Cristo nos amó a nosotros. “Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros y por todos los hombres.” “Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres.” También por ustedes, los cristianos de esta hora.

Y después de enamorarnos del Pastor no nos queda más que amar al rebaño por el cual entregó su vida el Buen Pastor, y esto es lo que le da consistencia al amor que podamos tener a favor del hermano: quedaría incompleto nuestro recuerdo del amor sacrificado de Cristo, renovado en la Eucaristía, si no pensáramos en todos los demás por quienes Él murió, y que necesitan nuestro sacrificio personal para recibir los frutos redentores de la muerte de Cristo.

7.- Habrá que recordar constantemente, al calor del corazón eucarístico de Jesús, que también nosotros debemos llevar nuestro amor por la humanidad hasta la prueba insoslayable del sacrificio, hasta la entrega abnegada por la libertad humana, hasta entregar la vida, si no de golpe, sí, al menos, gota a gota en el calendario cotidiano por la redención de los hombres.

Hermanos: ¡No divagemos! Son sobradas las ocasiones en que nos pasamos la vida pensando en esos grandes heroísmos y nos olvidamos de los heroísmos de la vida diaria. A fuerza de pensar en lo extraordinario olvidamos lo ordinario, y es en lo ordinario en donde se construye la vida y en donde se consigue la santidad.

8.- Muchos de nosotros por evitar el sufrimiento y el dolor, queremos distraernos de nuestra misión y de nuestra renuncia. En realidad se ha perdido la vida cuando no has hecho el bien a los demás, cuando no te has entregado.

Es aleccionador que san Juan, el único Evangelista que no nos narra la institución de la Eucaristía, nos haya ofrecido la reflexión más profunda acerca de esta a lo largo del capítulo 6 bellamente ambientado con la multiplicación de los panes y en clara contraposición al maná que los judíos recibieron en el desierto, y más aún, nos coloca en el cenáculo el relato del lavatorio de los pies a los apóstoles. Y es que, a los ojos de un auténtico cristiano, el sacrificio de Cristo está enlazado con el servicio de los hermanos.

Ese ponerse a los pies de los demás, en un plan de servicio permanente de ayuda práctica, es la traducción del “amar como yo los he amado”, que en Cristo llegó hasta el servicio cruento de la cruz.

La participación en la Eucaristía debe ser la cumbre ritual del sacrificio realizado a lo largo de todo el día o de toda la semana, así como la fuente sacramental donde podamos sorber mística y fuerzas, para ejecutar el resto de la semana o del día el sacrificio de la vida a favor del hermano.

9.- En una ocasión le preguntaba una hermana a la Madre Teresa de Calcuta sobre cómo debería tratar a los enfermos, a lo que ella le respondía que con el mismo amor con el que el sacerdote debería tratar al Señor en su presencia eucarística en el altar. Se trata de aquella Madre Teresa de Calcuta que sabía cumplir con sus deberes descubriendo con alegría en ellos más que una exigencia de su consagración, una consecuencia del amor que le profesaba a Jesucristo. Recuerdo también aquella entrevista que le hizo aquella jóven norteamericana, en donde la reportera le decía a la Madre Teresa que ella (la reportera) ni por un millón de dólares sería capaz de ayudar a bañarse a un leproso, la madre Teresa le dijo que ella tampoco lo haría por un millón de dolares, "lo hago por amor a Dios", concluyó. Los deberes para el cristiano más que exigencias son consecuencias y en el altar del enfermo también está presente aquel a quien visitamos en el sagrario para adorar su presencia sacramental.

 

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