Domingo 15 de Enero de 2006_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
UN
MEDICAMENTO LLAMADA ALTERIDAD.
“En
aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos,
y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Este
es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír
estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió
hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó:
“¿Qué buscan?” Ellos le contestaron:
“¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí
significa “maestro”). El les dijo: “Vengan a
ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se
quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de
la tarde.
Andres,
hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo
que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús.
El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano
Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”
(que quiere decir “el Úngido”). Lo llevó
a donde estaba Jesús y éste fijando en él
la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de
Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa
Pedro, es decir “roca”)”.
Pero,...
¡Cuántas y tan distintas enfermedades están
afectando al hombre en la actualidad!
Hoy
en día, la humanidad está doliéndose a causa
de una serie de padeceres que le van causando grandes y desastrosos
estragos. Se trata de un interminable desfile compuesto por nuevas
disfunciones y antiguos padecimientos, que se encargan de mantenener
a los hombres postrados en una disminución que va alterando
su acostumbrado vivir cotidiano.
2.-
Una de esas enfermedades que se ha convertido en un verdadero brote
epidémico, quizá el más agresivo y el más
nocivo, se llama soledad.
Se trata de un egoísmo acentuado que, al contagiarse patéticamente
a otros hombres, va adquiriendo paulatina y progresivamente dimensiones
devastadoras y, que va provocando la muerte del hombre en la más
triste proscripción: apartado de todo y de todos.
El
día de hoy en que el Evangelio nos presenta la grandeza de
la preocupación del amigo por el amigo y del hermano por
el hermano, debemos ocuparnos sobre el tema de la despreocupación
provocada por el egoísmo.
Y
es que en la actualidad, el hombre sufre a causa del apartamiento
de sus semejantes, provocado por tantas y tan recurrentes situaciones.
En este espacio solamente vamos a referir cinco de ellas: la indiferencia,
la incomprensión, el abandono, el aislamiento y el alejamiento
de Dios.
3.-
En primer lugar se encuentra la soledad provocada por la indiferencia:
Se trata de un fenómeno de nuestras ciudades, y de este nuestro
tiempo pomposamente llamado de la globalización y que ha
provocado las fragmentaciones más dolorosas hacia el interior
de la familia y, de la misma persona. Es una forma de soledad ampliamente
extendida, que es provocada por un estilo de vida impuesto por el
mundo moderno.
Las
escenas de la vida diaria en este mundo tecnificado nos muestran
supuestas "cercanías": la ciudad, el teléfono,
los automóviles, el metro, las vías aéreas,
la internet, las videoconferencias, el así llamado “chateo”...
Pero en realidad vivimos en el reinado de la "célula"
y del "encarcelamiento". Esta cultura globalizada se ha
convertido en un atomizante de los hombres. ¿Crées
que exagero? Entonces desmiénteme en lo siguiente: “Es
posible, el que en nuestro tiempo, nos crucemos con un vecino sin
identificarlo y sin identificarse. ¿O no?”. Lo más
lamentable es que hoy en día, el hombre puede morir en el
silencio de su habitación, sin que nadie se entere, y sin
que nadie se preocupe por él. ¡Bastaría que
leyeras algunos de los períodicos del pasado mes de dieciembre!
Yo
te comento solamente una situación de hace algunos años,
que a mí en lo personal me impactó trementamente.
Trataré de hablar con brevedad.
4.-
Cuando un servidor ingresó al Seminario de Monterrey el 17
de agosto de 1980, mi familia residía en el Segundo Sector
del Infonavit “Constituyentes de Queretaro”, pertenecíamos
en ese entonces a la Parroquia de nuestra Señora del Consuelo
que está en la Colonia: Sada Vidrio. El Padre Gasca, Misionero
de la Natividad de María, era nuestro párroco y él
me dio la carta de apoyo para mi ingreso al Seminario. El padre
Gasca era un hombre serio pero al que todos estimábamos.
Al
poco tiempo la parroquia se dividió, y yo quedé en
la comunidad de la Cuasi-Parroquia de la Resurrección del
Señor, con los Padres Agustinos. También, al poco
tiempo, la Congregación Religiosa de la Natividad de María
cambió al Padre Gasca, de la Sada Vidrio a una parroquia
de un municipio fronterizo en el hermano estado de Tamaulipas.
A
todos nos costó el cambio del Padre Gasca,... pero eramos
comprensivos sobre las necesidades que tiene la Santa Madre Iglesia.
Sin
embargo, recuerdo aquel día en que me llegó la noticia
sobre la muerte del Padre Gasca, la información humanamente
me entristeció y exigía la fortaleza cristiana e hizo
emerger la oración por aquél que nos hizo tanto bien
a tanta gente, sin embargo me resultó doloroso darme cuenta
sobre las cicunstancias concretas de la muerte del Padre Gasca.
En
su habitación, se había levantado a desayunar un lunes
por la mañana, después de tantas actividades dominicales.
Al estar frente a un tazón de cereal le sobreviene un paro
cardiaco y cayó su rostro sobre la mesa volteando, sobre
la misma, aquel tazón de cereal. Lo más lacerante
fue que no le encontraron, sino hasta el día miércoles,
cuando se hacía notorio el proceso de la descomposición
humana. ¡La verdad!, es que humanamente me llenó de
tristeza, el que nadie se hubiese dado cuenta. Pensaba en mi inmadurez
de la juventud que si él hubiese estado en nuestra parroquia
de Monterrey, la gente le hubiese tocado la puerta..., y pensaba
mil cosas más. Reflexionaba sobre nuestro estilo de vida
celibataria, sin casarnos para ofrecer nuestros afectos a Cristo,
y atender a nuestras comunidades con un corazón indiviso,
y sobre lo que el futuro me podría deparar.
En
el silencio de mi oración, refrendé mi opción
vocacional y elevé una plegaria por aquel que había
orado por mí, cuando iba a ingresar al Seminario. Y fue entonces
cuando fuí consciente de esta epidemia llamada soledad provocada
por la indiferencia.
Y
es que al crearse la indiferencia se genera el abandono.
Y
así es nuestra vida diaria: los hombres pasan, desfilan y
se van. El vecino es pocas veces un "próximo".
En nuestra ciudad suenan lúgubremente las campanas de la
soledad. Y este hombre indiferente no encontrará a su alrededor
más que indiferencia, puesto que esta es la semilla que vamos
sembrando en el campo del mundo.
5.-
Muy queridos amigos:
La
incomprensión es la segunda forma de soledad: Se
trata de una soledad que nace del desacuerdo y de la desavenencia,
muy frecuente por parte de los que están para con nosotros,
en la cercanía física y en una lamentable distancia
sentimental: los padres, los hijos, los hermanos, los esposos, los
nietos, los amigos, los compañeros de trabajo.
Soledad
tanto más penosa cuanto que proviene, resulta avergonzante
el sólo decirlo, de parte de aquellos con los que, normalmente,
se supone deberíamos contar más en nuestra vida.
Este
tipo de soledades se encuentra en nuestras Familias, dónde
los esposos viven codo con codo, durmiendo en el mismo lecho pero
con una distancia abismal separándoles en la realidad. Se
hace presente en nuestras casas, en donde cohabitan padres e hijos,
arrimados el uno al otro pero sin pronunciar una sola palabra, ni
ofrecerse un solo saludo. También se encuentra en las Comunidades
Religiosas y entre los Sacerdotes que vivimos en una Parroquia.
Esta
soledad se da en todos esos lugares en donde los miembros se encuentran
sin hablarse, o se hablan sin encontrarse de verdad, ya que, por
una parte o por otra, no se comunican y cuando se llegan a comunicar
se sienten incomprendidos. Es el drama actual de la incomprensión
entre los padres y los hijos; unos padres muchas veces impotentes
y sin recursos, a pesar de su inmensa buena voluntad; y unos hijos
que, muchas veces, abandonan el hogar dando un azote a la puerta,
para juntarse con grupos momentáneos y externos a su propia
familia, muchas veces clandestinos; no pocas ocasiones también
inadaptados y refugiándose en el alcohol o en la droga.
6.-
Y llegamos a la tercera forma de soledad. Si las anteriores te provocaban
desencanto, ésta de la que te voy a hablar, pudiera ser catalogada
como una soledad mala, se trata de aquella que es provocada por
el abandono.
Esta
soledad es provocada por el desamparo y el rechazo, y es sin duda
una de las que más temen todos los hombres: es la más
vaga, suele ser la más visceral y, suele vivirse como la
más profunda.
Esta
es la experiencia de la total devaluación y de la desintegración
del ser. "Para aquellos que se fueron o para aquellos que te
han dejado, tú no has valido un centavo". Este tipo
de soledad suele ser el desenlace de nuestra mentalidad utilitarista,
en donde se cosifica a la persona y se le deshecha cuando parece
ya no ser rentable.
La
soledad provocada por el abandono es el estado principalmente de
algunas personas de la tercera y de la cuarta edad. Es la situación
de muchos de los enfermos crónicos y de los que padecen enfermedades
terminales; también es la vida de muchos discapacitados y
de algunos enfermos, en los que que lo biológico se ha desplazado
a lo social y, lo más tremendo es que también se desplaza
a lo religioso: nuestros hermanos con sida, entre otros.
Es
aquí en donde el hombre se experimenta en "el desván
de la vida o en la azotea de la existencia": uno se experimenta
marginado a ese lugar, al cual van a parar algunas personas, como
si ellos fueran objetos inservibles. Ellos experimentan en carne
propia una especie de muerte social, que más pronto de lo
que podemos pensar, se puede convertir en una muerte biológica.
Muy
queridos amigos: si el horizonte, tal y como se te está presentando,
te pareciera entenebrecido, te pido que me permitas un poco más
de tu tiempo, y que me esperes para que después de una pausa
en la reflexión podamos platicar de los otros dos tipos de
soledad...
EL
AISLAMIENTO DE DIOS.
“En
aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos,
y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Este
es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír
estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió
hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó:
“¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde
vives, Rabí?” (Rabí significa “maestro”).
El les dijo: “Vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde
vivía y se quedaron con él ese día. Eran como
las cuatro de la tarde.
1.-
Muy queridos amigos:
Durante
el primer segmento hemos podido hablar sobre la soledad que se provoca
por la indiferencia, la que nace en la incomprensión y la
que es generada por el abandono. Todavía, me falta el poder
referirte otras dos expresiones de la lamentable soledad, así
como el poder presentarte la propuesta cristiana que da respuesta
a esta epidemia de la actualidad. Y es que, en el transcurso de
la reflexión nos hemos dado cuenta, como las situaciones
son más terribles de lo que pudieramos pensar.
2.-
Y aquí viene el cuarto tipo de soledad: la que nace del aislamiento.
Esta la autopadece aquel hombre, que en algún momento de
la vida piensa que puede vivir sólo o que, al menos parece
que, nadie le queda, es la soledad que se ha podrido.
Aparece
con mucha frecuencia en aquellas personas que han conocido tempranamente
el fracaso en su vida, pero que no han sabido aceptarlo ni mucho
menos superarlo.
Se
trata de cuadros depresivos presentes en personas que un día
fueron exitosas o que tenían grandes expectativas, pero que
desgraciadamente fueron construyendo su edificio sobre una sola
columna, de tal manera que cuando ésta se resquebraja, toda
su construcción cae estrepitosamente.
Ellos
y ellas se han llenado de amargura, de resquemor, de agresividad
contra todo y contra todos. Y una vida que, repentinamente se topa
con el grueso muro del fracaso, pero que todavía podría
dar buenos y hasta excelentes frutos, se va haciendo estéril
por el desencanto. El aislamiento pudiera coincidir con una vida
en medio de la multitud, ya que el aislamiento es un estado de ruptura,
en primer lugar, consigo mismo y solamente después con los
demás. Es también soledad mala, ya que no es raro,
el que en algunas ocasines conduzca al falso escape del suicidio.
3.-
En esta lacerante modalidad de la soledad se encuentran todos aquellos
que están engrosando las estadísticas de ese número
tan tremendo de divorcios, de dramas conyugales y de tragedias familiares,
lo cual revelará la forma más trágica de esta
soledad. Y es que por diversos motivos, dos personas que en un principio
no podían vivir la una sin la otra, en otro momento de la
vida empiezan a huir uno del otro, a odiarse mutuamente. Lo que
parecia un bello sueño se convierte en la más delirante
pesadilla.
Esta
ruptura engendra al mismo tiempo una espiral de rupturas y de aislamientos:
no tan sólo entre los esposos, sino también entre
los hijos y los padres, y entre los hijos de familia ubicados en
pie de guerra contra la sociedad, y es que un momento de ruptura
familiar los ha reducido a experimentar el no pertenecer a nadie.
Éste fenómeno de "soledades en cadena",
es una de las más tristes características de nuestra
época.
4.-
Y es así, como hemos llegado al momento de contemplar posiblemente
en un retrato conocido o quizá en un espejo, el último
de los rostros que tiene la soledad en nuestro tiempo: El
aislamiento de Dios.
Y
es que, no podemos dejar de decir una palabra acerca de esa forma
extrema de aislamiento, de soledad verdaderamente mala, que consiste
en marginarse de Dios como si Él fuera un personaje salido
de un cuento.
Muchos
hombres y mujeres de nuestro tiempo han caído por una de
las pendientes que tiene esta vida, mucho más abajo que Juliano
el Apóstata y que Friedrich Nietzsche, en su alejamiento
de Dios.
Se
trata de tantos hombres resentidos con Dios, de aquellos que gritan
blasfemias contra el Señor, o de aquellos que en la rebeldía
se van arrastrando en el sentido contrario de la existencia, como
si fuera una reacción que pudiera aliviar sus infortunios
y ese desencanto generado por tantas oraciones que parecen no haber
sido escuchadas.
5.-
Al respecto, me viene a la memoria una historia narrada por el padre
John Powell, en su libro: “El amor incondicional”.
“Hace
unos quince años, observaba cómo mis estudiantes universitarios
estraban en el salón de clases para nuestra primera sesión
de teología de la fe. Esa fue la primera vez que ví
a Tommy. Mis ojos y mente parpadearon. Él peinaba su cabello
largo de color pajizo, el cual llegaba quince centímetros
debajo de sus hombros. Era la primera vez que veía un joven
con un cabello tan largo. Supongo que entonces empezaba a ponerse
de moda. Sé que lo que cuenta no es lo que está sobre
la cabeza, sino lo que hay en su interior, pero ese día no
estaba preparado y mis emociones quedaron sin control y de inmediato
catalogué a Tommy con una “E” de extraño...
muy extraño.
Tommy
resultó ser el “ateo en residencia” en mi curso
de teología de la fe. De una manera constante, él
objetaba, sonreía o gimoteaba respecto a la posibilidad de
un Padre-Dios que amara incondicionalmente. Durante un semestre,
vivimos en relativa paz los dos, aunque admito que en ocasiones
me resultaba molesto. Cuando al final del curso, se acercó
para entregarme el examen final, me preguntó con un tono
un poco cínico:
-¿Cree
que alguna vez encontraré a Dios?
Al
instante decidí darle un poco de terapia de choque.
-¡No!
– respondí con mucho énfasis.
-¡Oh
– fue su respuesta-. Pensé que ese era el producto
que promovía.
Lo
deje alejarse cinco pasos de la puerta del salón de clases
y le grité:
¡Tommy!
¡No creo que tú llegues a encontrarlo, pero estoy absolutamente
seguro de que Él te encontrará a ti!
Él
encogió un poco los hombros y salió de mi clase y
de mi vida (temporalmente). Me sentí un poco desilusionado
al pensar que no comprendió mi frase ingeniosa “¡Él
te encontrará!” Al menos, yo pensaba que era ingeniosa.
Más
tarde, me enteré de que Tommy se graduó, por lo cual
me sentí debidamente complacido. Luego me llegó una
noticia triste. Me enteré de que Tommy tenía un cáncer
mortal. Antes de que pudiera buscarlo, él fue a verme. Su
cuerpo estaba enflaquecido y su cabello largo se había caído,
como resultado de la quimioterapia. Sin embargo, sus ojos brillaban
y su voz era firme, por primera vez, según creo.
-Tommy,
he pensado en ti con frecuencia. ¡me enteré de que
estabas enfermo! –exclamé.
-Oh,
sí, muy enfermo. Tengo cáncer en los dos pulmones.
Es cuestión de semanas.
-¿Puedes
hablar sobre ello, Tom?
-Seguro,
¿qué le gustaría saber?
-¿Qué
se siente tener sólo veinticuatro años y estar muriendo?
-Bueno,
podría ser peor.
-¿Cómo
qué?
-Como
tener cincuenta años y no tener valores o ideales. Como tener
cincuenta años y pensar que beber mucho alcohol, seducir
mujeres y gastar dinero son las cosas “importantes”
en la vida.
Empecé
a buscar en mi archivo mental la letra “E”, donde clasifique
a Tom como extraño. (Juro que todos a los que trato de rechazar
por clasificación, Dios los envía de vuelta a mi vida
para educarme.)
-Por
lo que vine a verlo, en realidad – añadió Tom-,
es por algo que me dijo el último día de clases.
-Le
pregunté si pensaba que algún día encontraría
yo a Dios –continuó-, y usted dijo, “¡no!”,
lo cual me sorprendió. Después añadió,
“pero él te encontrará”. Pensé
mucho en eso, a pesar de que mi búsqueda de Dios no era muy
intensa en aquel tiempo.
-Sin
embargo, cuando los médicos me quitaron un tumor de la ingle
y me dijeron que era maligno, entonces pensé en localizar
a Dios. Cuando la malignidad se extendió por mis órganos
vitales, empecé a golpear con los puños ensangrentados
contra la puerta de bronce del cielo, pero Dios no salió.
En realidad, no sucedió nada. ¿Alguna vez intentó
algo durante mucho tiempo, con mucho esfuerzo pero sin éxito?
Uno se harta psicológicamente, se fastidia de intentarlo
y se da por vencido. Un día desperté y en lugar de
lanzar más golpes inútiles a esa pared alta de ladrillos
para llamar a Dios, me dí por vencido.
Fue
entonces que decidí pasar el tiempo que me quedaba haciendo
algo más provechoso. Pensé en usted y en su clase,
y recordé algo más que dijo: “La tristeza esencial
es pasar por la vida sin amar. Sin embargo, sería casi igualmente
triste el pasar por esta vida y dejar este mundo sin ni siquiera
decirles a aquellos que uno ama que los ha amado.”
“Así,
empecé con el más difícil: mi papá.
Él leía el periódico cuando me acerqué
a él y le dije: “Papá...”
“-Sí,
¿qué? –preguntó él, sin bajar
el periódico.
“-Papá,
me gustaría hablar contigo.
“-Bueno,
habla.
“-Quiero
decir... Es realmente importante.
“El
periódico bajó lentamente unos ocho centímetros.
“-¿Qué
es?
“-Papá,
te amo. Sólo quería que lo supieras.”
Tom
me sonrió y dijo con satisfacción obvia, como si sintiera
fluir una alegría cálida y secreta en su interior:
-El
periódico cayó al piso. Entonces, mi padre hizo dos
cosas, que yo no recordaba que hubiera hecho con anterioridad. Lloró
y me abrazó. Hablamos toda la noche, a pesar de que él
tenía que irse a trabajar muy temprano al día siguiente.
Me sentía tan bien al estar cerca de mi padre, al ver sus
lágrimas, al sentir su abrazo, al escucharlo decir que me
amaba.
“Fue
más fácil con mi madre y hermanito. Ellos también
lloraron conmigo, nos abrazamos, empezamos a decirnos cosas bonitas.
Compartimos las cosas que guardamos en secreto durante tantos años.
Sólo lamenté una cosa: el haber esperado tanto tiempo.
Allí estaba yo, a la sombra de la muerte, y apenas empezaba
a abrirme a las personas a las que había tenido tan cerca.
“Fue
entonces que me dí cuenta que Dios estaba allí, muy
cerca, demasiado cerca. Supongo que yo era como una especie de entrenador
de animales que sostiene un aro y les dice: “vamos, salta
a través de él, Vamos, te daré tres días,
tres semanas,.. uno, dos... ¡salta!, ¡salta!, el tiempo
se te está acabando. Y Dios no es una mascota, sino una persona.
-¿Sabe?
Dios hace las cosas a su manera y a su tiempo, y a veces no soportamos
eso.
“Pero,
lo importante, es que Él estaba allí. Él estaba
sonriendo y me encontró. Usted tenía razón.
Yo no lo encontré, sino que Él fue el que me encontró,
incluso después de que dejé de buscarlo.
-Tommy,
creo que estás diciendo algo muy importante y mucho más
grande de lo que tú crees. Para mí, al menos, estás
diciendo que la manera más segura para encontrar a Dios es
no hacerlo una posesión privada, un solucionador de problemas,
o un consuelo instantáneo en momentos de necesidad, sino
cuando uno se abre al amor. ¿Sabes que san Juan también
lo dijo? “Dios es amor, y cualquiera que viva en el amor,
vive en Dios y Dios vive en él”.
-¿Podría
pedirte un favor, Tom? –pregunté-. Cuando te tuve en
mi clase te consideré una verdadera molestia, pero ahora
puedes compensarme. ¿Vendrías a mi curso actual de
teología de la fe y les dirías lo que acabas de decirme?
Si yo se los dijera, no sería tan efectivo como si tú
se los dices. ¡Tú lo sabes!, muchos jóvenes
necesitan escuchar lo que yo he escuchado.
-¡Oh!
Estaba listo para usted, mas no sé si estoy listo para la
clase.
-Tom,
piénsalo. Si llegas a estar listo, me llamas.
Tommy
llamó unos días después, dijo estar listo para
la clase y que quería hacer eso por Dios y por mí.
Fijamos una fecha. Sin embargo, nos quedamos esperando, nunca pudo
hacerlo. Él tenía otra cita mucho más importante
que la que tenía conmigo y con mi clase. Por supuesto, su
vida no terminó en realidad con su muerte, sólo cambió
y él ya lo sabía. Dio el gran paso desde la fe hacia
la contemplación perfecta. Encontró una vida mucho
más hermosa que la que el ojo humano ha visto o el oído
humano ha escuchado o la mente humana ha imaginado.
Antes
de que muriera, hablamos por última vez.
-No
podré asistir a su clase- dijo Tom.
Lo
sé, Tom.
-Ahora
yo le quiero pedir un favor, Padre Powell.
-¿Cuál?
Tom.
-¿Se
los dirá por mí? ¿Se lo dirá... a todo
el mundo por mí?
-Lo
haré, Tom. Se los diré. Lo haré lo mejor posible.
La
vida sobre la tierra de Tom terminó. -Y cuando el Padre Powell
concluye su libro.- termina diciendo:
-Se
los dije, Tommy... lo mejor que pude.
SOLEDADES
COMPARTIDAS.
Andres,
hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo
que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El
primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano
Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”
(que quiere decir “el Úngido”). Lo llevó
a donde estaba Jesús y éste fijando en él la
mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan.
Tú te llamarás Kefás” (que significa
Pedro, es decir “roca”)”.
1.-
Muy queridos amigos:
Estamos
llegando al último instante de este fructífero espacio
de reflexión cristiana, y quisiera aprovechar para hacerles
extensiva una invitación, que nos hace el Departamento de
Ecumenismo de nuestra Arquidiócesis:
El
miércoles 18 de Enero, se inicia el octavario de oración
por la unidad de los cristianos, el cual, Dios mediante concluirá
el próximo miércoles 25 de Enero, en la fiesta de
la conversión del Apóstol san Pablo. Por este motivo,
se nos invita a orar por la unidad de los cristianos.
2.-
Pero bueno,... regresemos a concluir el camino iniciado desde nuestro
primer segmento:
Hemos
hablado de la soledad y, siendo sinceros, en la actualidad nos ha
tocado presenciar quizá la más grande de las paradojas
de la humanidad: las soledades compartidas. Hoy, la vida solitaria
se ha vuelto abundante en encuentros efímeros y fugaces,
que no alcanzan a llenar el aislamiento del alma.
Se
trata de un hombre que parece no encontrar solución a sus
cuestionamientos y a sus padeceres, y que sigue en la búsqueda
de un medicamento para esta enfermedad que le aqueja con violencia.
3.-
Providencialmente el Evangelio dominical tomado de san Juan nos
ilumina ante esta situación, y en este día nos proporciona
un tratamiento con prescripciones a seguir por cada uno de nosotros.
El
Evangelio al mostrarnos el ejemplo de la preocupación de
San Juan Bautista por sus discípulos y de los discípulos
a favor de sus hermanos está actualizando aquella voluntad
divina que fue expresada desde el principio mismo de la creación
del hombre: ¡No es bueno que el hombre esté sólo!
Puede
decirse que el Evangelio de este domingo, nos sitúa en la
génesis del núcleo de la comunidad y de la nueva humanidad.
Se trata de los primeros pasos hacia el futuro de un cristianismo
que no se dirige a los individuos, más que a través
de la comunidad y viviendo en relación con el hermano.
Se
trata de los primeros rasgos de la presencia pública de Jesús
en el mundo que se van imponiendo como pauta de vida a través
de acontecimientos claros. Y este es uno de ellos: la vida de Cristo
y la vida de todo hombre se va a realizar siempre en la compañía
del hermano. Juan Bautista no puede dejar guardada la noticia más
grande que puede comunicar y los primeros apóstoles no pueden
encerrarse celosamente después del virtuoso encuentro con
el Dios de todos los hombres,... “ a las cuatro de la tarde”.
El
núcleo de lo que se llamará Iglesia empieza aquí.
Surgen, las comunidades de creyentes, que generarán la comunidad
de comunidades.
4.-
En el ministerios y la vida de Jesucristo, todos hemos recibido
la respuesta última a nuestras soledades humanas. Pero no
podemos engañarnos. Su respuesta no es un discurso, sino
un testimonio y una actitud. Y así en la vida cristiana no
se trata tan sólo de conocer sino de vivir realmente una
pauta de vida.
El
cristiano al conocer y vivir el Evangelio de Jesucristo ha adquirido
la medicina que puede aliviar el vacío y el ungüento
que sana las heridas provocadas por el hastío de la vida,
así como todas las formas de escepticismo y de amargura,
las distintas expresiones del rencor y del odio. En Cristo, los
bautizados hemos aprendido a superar la soledad mala y el encarcelamiento
del pecado, ¡es más la soledad puede ser fructífera
tal como lo fue en el Getsemaní!
El
hombre, cuando es visto como un hermano con la verdadera óptica
del cristiano, deja entonces de ser “un objeto” y se
convierte en un conducto de la Palabra de Dios y en un destinatario
de nuestro obrar. Lo anterior es una convicción de las personas
que tienen fe: Estamos convencidos que la Palabra de Dios puede
ser escuchada en la Sagrada Escritura, en la Oración, en
los Acontecimientos, pero también en los Hermanos. La voz
de Dios se nos clarifica recurrentemente a través del hermano
y esto es patente en la liturgia de hoy: Dios ha querido llamarnos
por medio de relevos humanos. Juan y Andrés son impulsados
por la predicación del Bautista para seguir a Jesús.
Pedro es invitado a encontrarse con el Mesías a través
de Andrés, su propio hermano. Samuel, en la primera lectura
ha distingido la voz de Dios a través del discernimiento
de Elí.
Ante
la soledad humana contamos con un medicamento llamado alteridad
y con un excelente remedio llamado fraternidad. Pero no se trata
tan sólo de los lazos afectivos de la camaradería
sino de los lazos místicos que emergen de la vida nueva en
Dios. Ahí es donde esta la verdadera respuesta para la soledad
del hombre. Decía el Cardenal Fulton Sheen: Creer en la fraternidad
del hombre sin creer en la paternidad de Dios es hacer de los hombres
un linaje de bastardos.
5.-
Es cierto que debemos reconocer a los otros en primer lugar como
“personas”, esto es un hecho de grandes consecuencias
que nos conducirá demasiado lejos, incluso hasta el umbral
de la verdad suprema. El reconocer al hombre como persona significa
reconocer su principio de individualidad para respetar su inviolabilidad,
su dignidad, su valor, su interioridad y su libertad. Debemos experimentarnos
necesitados del hermano.
Los
cristianos no obstante vamos más allá de lo anterior
como para que por ninguna razón caigamos en aquel pesimismo
Sartriano que afirma tan rotundamente que “el
infierno son los otros”. Sin duda, para él
puede parecer una constatación, pero es una constatación
parcial. El Evangelio nos muestra la importancia que tienen los
hombres para que tengamos acceso a Dios.
Tenemos
entonces que revisar los deberes que tenemos hacia nuestros hermanos,
llámense consanguíneos o familiares, llámense
amigos o feligreses. Nuestra labor es la de hacer salir al hombre
del útero protector de la pasividad y de la costumbre para
formar verdaderamente una familia en la alteridad y en la comunión.
6.-
La clave para el discernimiento de la alteridad
está en Jesucristo, que asume todos los valores
de la persona humana, pero los eleva hasta hacer de nuestro encuentro
con los “otros” un misterio de encuentro y de comunión
con las personas divinas, en el encuentro con Cristo y con su Espíritu.
Esto
lo afirmaba de una forma bellísima el señor Obispo
Don Raúl Vera López cuando en un momento de encuentro
con seminaristas le preguntaban acerca del tema del sacerdocio cuestionándole
sobre la soledad sacerdotal y él respondía que hablar
de la soledad sacerdotal significaba no llegar a comprender el misterio
de la Iglesia y el misterio de Dios en nuestra vida. ¡No se
puede hablar de soledad en el sacerdote si sabemos que en Cristo
formamos un solo cuerpo en el que por nuestro ministerio ejercemos
funciones especiales pero no separados de una comunidad que nos
debe ofrecer la calidez y el remedio contra esa llamada soledad
sacerdotal.
Y
esta es también nuestra constatación: Bien le podríamos
decir a Jean Paul Sartre que los otros no son el infierno, sino
que “los otros son Cristo”. Cristo que se ha identificado
hasta tal punto con los “otros” que la sentencia de
vida o de muerte que decidirá nuestra suerte eterna está
ligada a nuestra actitud de acogida o de rechazo a “los otros”,
a quienes ahora debemos reconocer como hermanos.