Domingo 15 de Enero de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

UN MEDICAMENTO LLAMADA ALTERIDAD.

“En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa “maestro”). El les dijo: “Vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde.

Andres, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir “el Úngido”). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir “roca”)”.

Momento 2

Momento 3

 

1.- Muy queridos amigos:

¿No sé si se habrán dado cuenta?

Pero,... ¡Cuántas y tan distintas enfermedades están afectando al hombre en la actualidad!

Hoy en día, la humanidad está doliéndose a causa de una serie de padeceres que le van causando grandes y desastrosos estragos. Se trata de un interminable desfile compuesto por nuevas disfunciones y antiguos padecimientos, que se encargan de mantenener a los hombres postrados en una disminución que va alterando su acostumbrado vivir cotidiano.

2.- Una de esas enfermedades que se ha convertido en un verdadero brote epidémico, quizá el más agresivo y el más nocivo, se llama soledad. Se trata de un egoísmo acentuado que, al contagiarse patéticamente a otros hombres, va adquiriendo paulatina y progresivamente dimensiones devastadoras y, que va provocando la muerte del hombre en la más triste proscripción: apartado de todo y de todos.

El día de hoy en que el Evangelio nos presenta la grandeza de la preocupación del amigo por el amigo y del hermano por el hermano, debemos ocuparnos sobre el tema de la despreocupación provocada por el egoísmo.

Y es que en la actualidad, el hombre sufre a causa del apartamiento de sus semejantes, provocado por tantas y tan recurrentes situaciones. En este espacio solamente vamos a referir cinco de ellas: la indiferencia, la incomprensión, el abandono, el aislamiento y el alejamiento de Dios.

3.- En primer lugar se encuentra la soledad provocada por la indiferencia: Se trata de un fenómeno de nuestras ciudades, y de este nuestro tiempo pomposamente llamado de la globalización y que ha provocado las fragmentaciones más dolorosas hacia el interior de la familia y, de la misma persona. Es una forma de soledad ampliamente extendida, que es provocada por un estilo de vida impuesto por el mundo moderno.

Las escenas de la vida diaria en este mundo tecnificado nos muestran supuestas "cercanías": la ciudad, el teléfono, los automóviles, el metro, las vías aéreas, la internet, las videoconferencias, el así llamado “chateo”... Pero en realidad vivimos en el reinado de la "célula" y del "encarcelamiento". Esta cultura globalizada se ha convertido en un atomizante de los hombres. ¿Crées que exagero? Entonces desmiénteme en lo siguiente: “Es posible, el que en nuestro tiempo, nos crucemos con un vecino sin identificarlo y sin identificarse. ¿O no?”. Lo más lamentable es que hoy en día, el hombre puede morir en el silencio de su habitación, sin que nadie se entere, y sin que nadie se preocupe por él. ¡Bastaría que leyeras algunos de los períodicos del pasado mes de dieciembre!

Yo te comento solamente una situación de hace algunos años, que a mí en lo personal me impactó trementamente. Trataré de hablar con brevedad.

4.- Cuando un servidor ingresó al Seminario de Monterrey el 17 de agosto de 1980, mi familia residía en el Segundo Sector del Infonavit “Constituyentes de Queretaro”, pertenecíamos en ese entonces a la Parroquia de nuestra Señora del Consuelo que está en la Colonia: Sada Vidrio. El Padre Gasca, Misionero de la Natividad de María, era nuestro párroco y él me dio la carta de apoyo para mi ingreso al Seminario. El padre Gasca era un hombre serio pero al que todos estimábamos.

Al poco tiempo la parroquia se dividió, y yo quedé en la comunidad de la Cuasi-Parroquia de la Resurrección del Señor, con los Padres Agustinos. También, al poco tiempo, la Congregación Religiosa de la Natividad de María cambió al Padre Gasca, de la Sada Vidrio a una parroquia de un municipio fronterizo en el hermano estado de Tamaulipas.

A todos nos costó el cambio del Padre Gasca,... pero eramos comprensivos sobre las necesidades que tiene la Santa Madre Iglesia.

Sin embargo, recuerdo aquel día en que me llegó la noticia sobre la muerte del Padre Gasca, la información humanamente me entristeció y exigía la fortaleza cristiana e hizo emerger la oración por aquél que nos hizo tanto bien a tanta gente, sin embargo me resultó doloroso darme cuenta sobre las cicunstancias concretas de la muerte del Padre Gasca.

En su habitación, se había levantado a desayunar un lunes por la mañana, después de tantas actividades dominicales. Al estar frente a un tazón de cereal le sobreviene un paro cardiaco y cayó su rostro sobre la mesa volteando, sobre la misma, aquel tazón de cereal. Lo más lacerante fue que no le encontraron, sino hasta el día miércoles, cuando se hacía notorio el proceso de la descomposición humana. ¡La verdad!, es que humanamente me llenó de tristeza, el que nadie se hubiese dado cuenta. Pensaba en mi inmadurez de la juventud que si él hubiese estado en nuestra parroquia de Monterrey, la gente le hubiese tocado la puerta..., y pensaba mil cosas más. Reflexionaba sobre nuestro estilo de vida celibataria, sin casarnos para ofrecer nuestros afectos a Cristo, y atender a nuestras comunidades con un corazón indiviso, y sobre lo que el futuro me podría deparar.

En el silencio de mi oración, refrendé mi opción vocacional y elevé una plegaria por aquel que había orado por mí, cuando iba a ingresar al Seminario. Y fue entonces cuando fuí consciente de esta epidemia llamada soledad provocada por la indiferencia.

Y es que al crearse la indiferencia se genera el abandono.

Y así es nuestra vida diaria: los hombres pasan, desfilan y se van. El vecino es pocas veces un "próximo". En nuestra ciudad suenan lúgubremente las campanas de la soledad. Y este hombre indiferente no encontrará a su alrededor más que indiferencia, puesto que esta es la semilla que vamos sembrando en el campo del mundo.

5.- Muy queridos amigos:

La incomprensión es la segunda forma de soledad: Se trata de una soledad que nace del desacuerdo y de la desavenencia, muy frecuente por parte de los que están para con nosotros, en la cercanía física y en una lamentable distancia sentimental: los padres, los hijos, los hermanos, los esposos, los nietos, los amigos, los compañeros de trabajo.

Soledad tanto más penosa cuanto que proviene, resulta avergonzante el sólo decirlo, de parte de aquellos con los que, normalmente, se supone deberíamos contar más en nuestra vida.

Este tipo de soledades se encuentra en nuestras Familias, dónde los esposos viven codo con codo, durmiendo en el mismo lecho pero con una distancia abismal separándoles en la realidad. Se hace presente en nuestras casas, en donde cohabitan padres e hijos, arrimados el uno al otro pero sin pronunciar una sola palabra, ni ofrecerse un solo saludo. También se encuentra en las Comunidades Religiosas y entre los Sacerdotes que vivimos en una Parroquia.

Esta soledad se da en todos esos lugares en donde los miembros se encuentran sin hablarse, o se hablan sin encontrarse de verdad, ya que, por una parte o por otra, no se comunican y cuando se llegan a comunicar se sienten incomprendidos. Es el drama actual de la incomprensión entre los padres y los hijos; unos padres muchas veces impotentes y sin recursos, a pesar de su inmensa buena voluntad; y unos hijos que, muchas veces, abandonan el hogar dando un azote a la puerta, para juntarse con grupos momentáneos y externos a su propia familia, muchas veces clandestinos; no pocas ocasiones también inadaptados y refugiándose en el alcohol o en la droga.

6.- Y llegamos a la tercera forma de soledad. Si las anteriores te provocaban desencanto, ésta de la que te voy a hablar, pudiera ser catalogada como una soledad mala, se trata de aquella que es provocada por el abandono.

Esta soledad es provocada por el desamparo y el rechazo, y es sin duda una de las que más temen todos los hombres: es la más vaga, suele ser la más visceral y, suele vivirse como la más profunda.

Esta es la experiencia de la total devaluación y de la desintegración del ser. "Para aquellos que se fueron o para aquellos que te han dejado, tú no has valido un centavo". Este tipo de soledad suele ser el desenlace de nuestra mentalidad utilitarista, en donde se cosifica a la persona y se le deshecha cuando parece ya no ser rentable.

La soledad provocada por el abandono es el estado principalmente de algunas personas de la tercera y de la cuarta edad. Es la situación de muchos de los enfermos crónicos y de los que padecen enfermedades terminales; también es la vida de muchos discapacitados y de algunos enfermos, en los que que lo biológico se ha desplazado a lo social y, lo más tremendo es que también se desplaza a lo religioso: nuestros hermanos con sida, entre otros.

Es aquí en donde el hombre se experimenta en "el desván de la vida o en la azotea de la existencia": uno se experimenta marginado a ese lugar, al cual van a parar algunas personas, como si ellos fueran objetos inservibles. Ellos experimentan en carne propia una especie de muerte social, que más pronto de lo que podemos pensar, se puede convertir en una muerte biológica.

Muy queridos amigos: si el horizonte, tal y como se te está presentando, te pareciera entenebrecido, te pido que me permitas un poco más de tu tiempo, y que me esperes para que después de una pausa en la reflexión podamos platicar de los otros dos tipos de soledad...

 

EL AISLAMIENTO DE DIOS.

“En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué buscan?” Ellos le contestaron: “¿Dónde vives, Rabí?” (Rabí significa “maestro”). El les dijo: “Vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde.

1.- Muy queridos amigos:

Durante el primer segmento hemos podido hablar sobre la soledad que se provoca por la indiferencia, la que nace en la incomprensión y la que es generada por el abandono. Todavía, me falta el poder referirte otras dos expresiones de la lamentable soledad, así como el poder presentarte la propuesta cristiana que da respuesta a esta epidemia de la actualidad. Y es que, en el transcurso de la reflexión nos hemos dado cuenta, como las situaciones son más terribles de lo que pudieramos pensar.

2.- Y aquí viene el cuarto tipo de soledad: la que nace del aislamiento. Esta la autopadece aquel hombre, que en algún momento de la vida piensa que puede vivir sólo o que, al menos parece que, nadie le queda, es la soledad que se ha podrido.

Aparece con mucha frecuencia en aquellas personas que han conocido tempranamente el fracaso en su vida, pero que no han sabido aceptarlo ni mucho menos superarlo.

Se trata de cuadros depresivos presentes en personas que un día fueron exitosas o que tenían grandes expectativas, pero que desgraciadamente fueron construyendo su edificio sobre una sola columna, de tal manera que cuando ésta se resquebraja, toda su construcción cae estrepitosamente.

Ellos y ellas se han llenado de amargura, de resquemor, de agresividad contra todo y contra todos. Y una vida que, repentinamente se topa con el grueso muro del fracaso, pero que todavía podría dar buenos y hasta excelentes frutos, se va haciendo estéril por el desencanto. El aislamiento pudiera coincidir con una vida en medio de la multitud, ya que el aislamiento es un estado de ruptura, en primer lugar, consigo mismo y solamente después con los demás. Es también soledad mala, ya que no es raro, el que en algunas ocasines conduzca al falso escape del suicidio.

3.- En esta lacerante modalidad de la soledad se encuentran todos aquellos que están engrosando las estadísticas de ese número tan tremendo de divorcios, de dramas conyugales y de tragedias familiares, lo cual revelará la forma más trágica de esta soledad. Y es que por diversos motivos, dos personas que en un principio no podían vivir la una sin la otra, en otro momento de la vida empiezan a huir uno del otro, a odiarse mutuamente. Lo que parecia un bello sueño se convierte en la más delirante pesadilla.

Esta ruptura engendra al mismo tiempo una espiral de rupturas y de aislamientos: no tan sólo entre los esposos, sino también entre los hijos y los padres, y entre los hijos de familia ubicados en pie de guerra contra la sociedad, y es que un momento de ruptura familiar los ha reducido a experimentar el no pertenecer a nadie. Éste fenómeno de "soledades en cadena", es una de las más tristes características de nuestra época.

4.- Y es así, como hemos llegado al momento de contemplar posiblemente en un retrato conocido o quizá en un espejo, el último de los rostros que tiene la soledad en nuestro tiempo: El aislamiento de Dios.

Y es que, no podemos dejar de decir una palabra acerca de esa forma extrema de aislamiento, de soledad verdaderamente mala, que consiste en marginarse de Dios como si Él fuera un personaje salido de un cuento.

Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo han caído por una de las pendientes que tiene esta vida, mucho más abajo que Juliano el Apóstata y que Friedrich Nietzsche, en su alejamiento de Dios.

Se trata de tantos hombres resentidos con Dios, de aquellos que gritan blasfemias contra el Señor, o de aquellos que en la rebeldía se van arrastrando en el sentido contrario de la existencia, como si fuera una reacción que pudiera aliviar sus infortunios y ese desencanto generado por tantas oraciones que parecen no haber sido escuchadas.

5.- Al respecto, me viene a la memoria una historia narrada por el padre John Powell, en su libro: “El amor incondicional”.

“Hace unos quince años, observaba cómo mis estudiantes universitarios estraban en el salón de clases para nuestra primera sesión de teología de la fe. Esa fue la primera vez que ví a Tommy. Mis ojos y mente parpadearon. Él peinaba su cabello largo de color pajizo, el cual llegaba quince centímetros debajo de sus hombros. Era la primera vez que veía un joven con un cabello tan largo. Supongo que entonces empezaba a ponerse de moda. Sé que lo que cuenta no es lo que está sobre la cabeza, sino lo que hay en su interior, pero ese día no estaba preparado y mis emociones quedaron sin control y de inmediato catalogué a Tommy con una “E” de extraño... muy extraño.

Tommy resultó ser el “ateo en residencia” en mi curso de teología de la fe. De una manera constante, él objetaba, sonreía o gimoteaba respecto a la posibilidad de un Padre-Dios que amara incondicionalmente. Durante un semestre, vivimos en relativa paz los dos, aunque admito que en ocasiones me resultaba molesto. Cuando al final del curso, se acercó para entregarme el examen final, me preguntó con un tono un poco cínico:

-¿Cree que alguna vez encontraré a Dios?

Al instante decidí darle un poco de terapia de choque.

-¡No! – respondí con mucho énfasis.

-¡Oh – fue su respuesta-. Pensé que ese era el producto que promovía.

Lo deje alejarse cinco pasos de la puerta del salón de clases y le grité:

¡Tommy! ¡No creo que tú llegues a encontrarlo, pero estoy absolutamente seguro de que Él te encontrará a ti!

Él encogió un poco los hombros y salió de mi clase y de mi vida (temporalmente). Me sentí un poco desilusionado al pensar que no comprendió mi frase ingeniosa “¡Él te encontrará!” Al menos, yo pensaba que era ingeniosa.

Más tarde, me enteré de que Tommy se graduó, por lo cual me sentí debidamente complacido. Luego me llegó una noticia triste. Me enteré de que Tommy tenía un cáncer mortal. Antes de que pudiera buscarlo, él fue a verme. Su cuerpo estaba enflaquecido y su cabello largo se había caído, como resultado de la quimioterapia. Sin embargo, sus ojos brillaban y su voz era firme, por primera vez, según creo.

-Tommy, he pensado en ti con frecuencia. ¡me enteré de que estabas enfermo! –exclamé.

-Oh, sí, muy enfermo. Tengo cáncer en los dos pulmones. Es cuestión de semanas.

-¿Puedes hablar sobre ello, Tom?

-Seguro, ¿qué le gustaría saber?

-¿Qué se siente tener sólo veinticuatro años y estar muriendo?

-Bueno, podría ser peor.

-¿Cómo qué?

-Como tener cincuenta años y no tener valores o ideales. Como tener cincuenta años y pensar que beber mucho alcohol, seducir mujeres y gastar dinero son las cosas “importantes” en la vida.

Empecé a buscar en mi archivo mental la letra “E”, donde clasifique a Tom como extraño. (Juro que todos a los que trato de rechazar por clasificación, Dios los envía de vuelta a mi vida para educarme.)

-Por lo que vine a verlo, en realidad – añadió Tom-, es por algo que me dijo el último día de clases.

-Le pregunté si pensaba que algún día encontraría yo a Dios –continuó-, y usted dijo, “¡no!”, lo cual me sorprendió. Después añadió, “pero él te encontrará”. Pensé mucho en eso, a pesar de que mi búsqueda de Dios no era muy intensa en aquel tiempo.

-Sin embargo, cuando los médicos me quitaron un tumor de la ingle y me dijeron que era maligno, entonces pensé en localizar a Dios. Cuando la malignidad se extendió por mis órganos vitales, empecé a golpear con los puños ensangrentados contra la puerta de bronce del cielo, pero Dios no salió. En realidad, no sucedió nada. ¿Alguna vez intentó algo durante mucho tiempo, con mucho esfuerzo pero sin éxito? Uno se harta psicológicamente, se fastidia de intentarlo y se da por vencido. Un día desperté y en lugar de lanzar más golpes inútiles a esa pared alta de ladrillos para llamar a Dios, me dí por vencido.

Fue entonces que decidí pasar el tiempo que me quedaba haciendo algo más provechoso. Pensé en usted y en su clase, y recordé algo más que dijo: “La tristeza esencial es pasar por la vida sin amar. Sin embargo, sería casi igualmente triste el pasar por esta vida y dejar este mundo sin ni siquiera decirles a aquellos que uno ama que los ha amado.”

“Así, empecé con el más difícil: mi papá. Él leía el periódico cuando me acerqué a él y le dije: “Papá...”

“-Sí, ¿qué? –preguntó él, sin bajar el periódico.

“-Papá, me gustaría hablar contigo.

“-Bueno, habla.

“-Quiero decir... Es realmente importante.

“El periódico bajó lentamente unos ocho centímetros.

“-¿Qué es?

“-Papá, te amo. Sólo quería que lo supieras.”

Tom me sonrió y dijo con satisfacción obvia, como si sintiera fluir una alegría cálida y secreta en su interior:

-El periódico cayó al piso. Entonces, mi padre hizo dos cosas, que yo no recordaba que hubiera hecho con anterioridad. Lloró y me abrazó. Hablamos toda la noche, a pesar de que él tenía que irse a trabajar muy temprano al día siguiente. Me sentía tan bien al estar cerca de mi padre, al ver sus lágrimas, al sentir su abrazo, al escucharlo decir que me amaba.

“Fue más fácil con mi madre y hermanito. Ellos también lloraron conmigo, nos abrazamos, empezamos a decirnos cosas bonitas. Compartimos las cosas que guardamos en secreto durante tantos años. Sólo lamenté una cosa: el haber esperado tanto tiempo. Allí estaba yo, a la sombra de la muerte, y apenas empezaba a abrirme a las personas a las que había tenido tan cerca.

“Fue entonces que me dí cuenta que Dios estaba allí, muy cerca, demasiado cerca. Supongo que yo era como una especie de entrenador de animales que sostiene un aro y les dice: “vamos, salta a través de él, Vamos, te daré tres días, tres semanas,.. uno, dos... ¡salta!, ¡salta!, el tiempo se te está acabando. Y Dios no es una mascota, sino una persona.

-¿Sabe? Dios hace las cosas a su manera y a su tiempo, y a veces no soportamos eso.

“Pero, lo importante, es que Él estaba allí. Él estaba sonriendo y me encontró. Usted tenía razón. Yo no lo encontré, sino que Él fue el que me encontró, incluso después de que dejé de buscarlo.

-Tommy, creo que estás diciendo algo muy importante y mucho más grande de lo que tú crees. Para mí, al menos, estás diciendo que la manera más segura para encontrar a Dios es no hacerlo una posesión privada, un solucionador de problemas, o un consuelo instantáneo en momentos de necesidad, sino cuando uno se abre al amor. ¿Sabes que san Juan también lo dijo? “Dios es amor, y cualquiera que viva en el amor, vive en Dios y Dios vive en él”.

-¿Podría pedirte un favor, Tom? –pregunté-. Cuando te tuve en mi clase te consideré una verdadera molestia, pero ahora puedes compensarme. ¿Vendrías a mi curso actual de teología de la fe y les dirías lo que acabas de decirme? Si yo se los dijera, no sería tan efectivo como si tú se los dices. ¡Tú lo sabes!, muchos jóvenes necesitan escuchar lo que yo he escuchado.

-¡Oh! Estaba listo para usted, mas no sé si estoy listo para la clase.

-Tom, piénsalo. Si llegas a estar listo, me llamas.

Tommy llamó unos días después, dijo estar listo para la clase y que quería hacer eso por Dios y por mí. Fijamos una fecha. Sin embargo, nos quedamos esperando, nunca pudo hacerlo. Él tenía otra cita mucho más importante que la que tenía conmigo y con mi clase. Por supuesto, su vida no terminó en realidad con su muerte, sólo cambió y él ya lo sabía. Dio el gran paso desde la fe hacia la contemplación perfecta. Encontró una vida mucho más hermosa que la que el ojo humano ha visto o el oído humano ha escuchado o la mente humana ha imaginado.

Antes de que muriera, hablamos por última vez.

-No podré asistir a su clase- dijo Tom.

Lo sé, Tom.

-Ahora yo le quiero pedir un favor, Padre Powell.

-¿Cuál? Tom.

-¿Se los dirá por mí? ¿Se lo dirá... a todo el mundo por mí?

-Lo haré, Tom. Se los diré. Lo haré lo mejor posible.

La vida sobre la tierra de Tom terminó. -Y cuando el Padre Powell concluye su libro.- termina diciendo:

-Se los dije, Tommy... lo mejor que pude.

SOLEDADES COMPARTIDAS.

Andres, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que quiere decir “el Úngido”). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste fijando en él la mirada, le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás” (que significa Pedro, es decir “roca”)”.

1.- Muy queridos amigos:

Estamos llegando al último instante de este fructífero espacio de reflexión cristiana, y quisiera aprovechar para hacerles extensiva una invitación, que nos hace el Departamento de Ecumenismo de nuestra Arquidiócesis:

El miércoles 18 de Enero, se inicia el octavario de oración por la unidad de los cristianos, el cual, Dios mediante concluirá el próximo miércoles 25 de Enero, en la fiesta de la conversión del Apóstol san Pablo. Por este motivo, se nos invita a orar por la unidad de los cristianos.

2.- Pero bueno,... regresemos a concluir el camino iniciado desde nuestro primer segmento:

Hemos hablado de la soledad y, siendo sinceros, en la actualidad nos ha tocado presenciar quizá la más grande de las paradojas de la humanidad: las soledades compartidas. Hoy, la vida solitaria se ha vuelto abundante en encuentros efímeros y fugaces, que no alcanzan a llenar el aislamiento del alma.

Se trata de un hombre que parece no encontrar solución a sus cuestionamientos y a sus padeceres, y que sigue en la búsqueda de un medicamento para esta enfermedad que le aqueja con violencia.

3.- Providencialmente el Evangelio dominical tomado de san Juan nos ilumina ante esta situación, y en este día nos proporciona un tratamiento con prescripciones a seguir por cada uno de nosotros.

El Evangelio al mostrarnos el ejemplo de la preocupación de San Juan Bautista por sus discípulos y de los discípulos a favor de sus hermanos está actualizando aquella voluntad divina que fue expresada desde el principio mismo de la creación del hombre: ¡No es bueno que el hombre esté sólo!

Puede decirse que el Evangelio de este domingo, nos sitúa en la génesis del núcleo de la comunidad y de la nueva humanidad. Se trata de los primeros pasos hacia el futuro de un cristianismo que no se dirige a los individuos, más que a través de la comunidad y viviendo en relación con el hermano.

Se trata de los primeros rasgos de la presencia pública de Jesús en el mundo que se van imponiendo como pauta de vida a través de acontecimientos claros. Y este es uno de ellos: la vida de Cristo y la vida de todo hombre se va a realizar siempre en la compañía del hermano. Juan Bautista no puede dejar guardada la noticia más grande que puede comunicar y los primeros apóstoles no pueden encerrarse celosamente después del virtuoso encuentro con el Dios de todos los hombres,... “ a las cuatro de la tarde”.

El núcleo de lo que se llamará Iglesia empieza aquí. Surgen, las comunidades de creyentes, que generarán la comunidad de comunidades.

4.- En el ministerios y la vida de Jesucristo, todos hemos recibido la respuesta última a nuestras soledades humanas. Pero no podemos engañarnos. Su respuesta no es un discurso, sino un testimonio y una actitud. Y así en la vida cristiana no se trata tan sólo de conocer sino de vivir realmente una pauta de vida.

El cristiano al conocer y vivir el Evangelio de Jesucristo ha adquirido la medicina que puede aliviar el vacío y el ungüento que sana las heridas provocadas por el hastío de la vida, así como todas las formas de escepticismo y de amargura, las distintas expresiones del rencor y del odio. En Cristo, los bautizados hemos aprendido a superar la soledad mala y el encarcelamiento del pecado, ¡es más la soledad puede ser fructífera tal como lo fue en el Getsemaní!

El hombre, cuando es visto como un hermano con la verdadera óptica del cristiano, deja entonces de ser “un objeto” y se convierte en un conducto de la Palabra de Dios y en un destinatario de nuestro obrar. Lo anterior es una convicción de las personas que tienen fe: Estamos convencidos que la Palabra de Dios puede ser escuchada en la Sagrada Escritura, en la Oración, en los Acontecimientos, pero también en los Hermanos. La voz de Dios se nos clarifica recurrentemente a través del hermano y esto es patente en la liturgia de hoy: Dios ha querido llamarnos por medio de relevos humanos. Juan y Andrés son impulsados por la predicación del Bautista para seguir a Jesús. Pedro es invitado a encontrarse con el Mesías a través de Andrés, su propio hermano. Samuel, en la primera lectura ha distingido la voz de Dios a través del discernimiento de Elí.

Ante la soledad humana contamos con un medicamento llamado alteridad y con un excelente remedio llamado fraternidad. Pero no se trata tan sólo de los lazos afectivos de la camaradería sino de los lazos místicos que emergen de la vida nueva en Dios. Ahí es donde esta la verdadera respuesta para la soledad del hombre. Decía el Cardenal Fulton Sheen: Creer en la fraternidad del hombre sin creer en la paternidad de Dios es hacer de los hombres un linaje de bastardos.

5.- Es cierto que debemos reconocer a los otros en primer lugar como “personas”, esto es un hecho de grandes consecuencias que nos conducirá demasiado lejos, incluso hasta el umbral de la verdad suprema. El reconocer al hombre como persona significa reconocer su principio de individualidad para respetar su inviolabilidad, su dignidad, su valor, su interioridad y su libertad. Debemos experimentarnos necesitados del hermano.

Los cristianos no obstante vamos más allá de lo anterior como para que por ninguna razón caigamos en aquel pesimismo Sartriano que afirma tan rotundamente que “el infierno son los otros”. Sin duda, para él puede parecer una constatación, pero es una constatación parcial. El Evangelio nos muestra la importancia que tienen los hombres para que tengamos acceso a Dios.

Tenemos entonces que revisar los deberes que tenemos hacia nuestros hermanos, llámense consanguíneos o familiares, llámense amigos o feligreses. Nuestra labor es la de hacer salir al hombre del útero protector de la pasividad y de la costumbre para formar verdaderamente una familia en la alteridad y en la comunión.

6.- La clave para el discernimiento de la alteridad está en Jesucristo, que asume todos los valores de la persona humana, pero los eleva hasta hacer de nuestro encuentro con los “otros” un misterio de encuentro y de comunión con las personas divinas, en el encuentro con Cristo y con su Espíritu.

Esto lo afirmaba de una forma bellísima el señor Obispo Don Raúl Vera López cuando en un momento de encuentro con seminaristas le preguntaban acerca del tema del sacerdocio cuestionándole sobre la soledad sacerdotal y él respondía que hablar de la soledad sacerdotal significaba no llegar a comprender el misterio de la Iglesia y el misterio de Dios en nuestra vida. ¡No se puede hablar de soledad en el sacerdote si sabemos que en Cristo formamos un solo cuerpo en el que por nuestro ministerio ejercemos funciones especiales pero no separados de una comunidad que nos debe ofrecer la calidez y el remedio contra esa llamada soledad sacerdotal.

Y esta es también nuestra constatación: Bien le podríamos decir a Jean Paul Sartre que los otros no son el infierno, sino que “los otros son Cristo”. Cristo que se ha identificado hasta tal punto con los “otros” que la sentencia de vida o de muerte que decidirá nuestra suerte eterna está ligada a nuestra actitud de acogida o de rechazo a “los otros”, a quienes ahora debemos reconocer como hermanos.

 

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