Domingo 29 de Enero de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

EL SER PERSONAS: UNA FUERZA CONTRASTANTE.

 

“ En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaun y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazareth? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea”.

Momento 2

Momento 3

   

1.- Muy queridos amigos:

Nuestra vida cristiana la hemos recibido como un regalo sobrenatural de parte de Dios, que eleva, la ya de por sí, muy digna naturaleza humana creada por Él mismo. Por tanto, una auténtica vida en Cristo consiste en la actuación de la gracia de Dios que, si bien eleva la naturaleza, nunca la suprime. Si Dios suprimiera la naturaleza no tendría mérito alguno la santidad ni culpabilidad el pecado.

Asimilar lo anteriormente expresado, nos puede y nos debe llevar a la comprensión del por qué, tanto en las antiguas como en la nuevas Sinagogas, podemos encontrarnos no a uno sino a muchos endemoniados. ¿No te parece así?

2.- ¡Oye! ¡Un momento! Detengámonos un poco para releer el Evangelio y así darnos cuenta de que el Evangelio del día de hoy nos narra el primer milagro del Señor Jesús en San Marcos y se trata ni más ni menos que de un exorcismo.

Pero,... ¿te has fijado en dónde se encuentra el endemoniado que fue liberado?... ¡En la Sinagoga!

¿Cómo puede ser posible? Uno bien podría imaginar a un endemoniado en un cementerio, o en los caminos, o en el desierto, o en los basureros, o en algún centro de perdición. Pero..., ¿encontrarse a un endemoniado en un lugar tan santo como lo debe ser la sinagoga? Esto puede y debe parecernos algo sino sorprendente sí por lo menos insospechable. Reflexionemos y tengamos cuidado de no caer en antisemitismos infundados.

3.- Y es que el ser personas en el ser humano, se debe convertir en una de nuestras máximas fuerzas. Pero, al mismo tiempo, al no vivirse plenamente en sus cualidades, se puede convertir en nuestro máximo adversario, o por lo menos, en algún momento de la vida en nuestro más duro e insobornable acusador.

Por persona entendemos el sujeto último de todo ser y de todo obrar. Se trata de un sujeto distinto a todo otro. Podríamos agregar a lo anterior, que la persona es aquella que recibe el don y la posibilidad del ejercicio de las facultades, así llamadas, espirituales: inteligencia, voluntad y libertad.

El ser persona es un elemento fuertemente dinámico, y esto puede ubicarse adecuadamente en esa posibilidad personal que tenemos cada uno de nosotros, de escribir el propio “argumento” de nuestra misma historia.

El ser persona es, al mismo tiempo, un gran reto, así como nuestro riesgo y puede convertirse en nuestro más crítico juez, ya que exige de nosotros el compromiso de ejercitar rectamente las facultades del espíritu.

4.- Solamente nosotros como personas humanas podemos elegir, discernir y amar. Podemos entender bajo este contexto aquella expresión del dominio común: “El hombre nace pero la persona se hace”. Aquí es también entendible aquello que el enciclopedista Jean Jacques Rousseau escribía en su libro titulado Las Confesiones: “Yo solo. Siento mi corazón y conozco a los hombres: no soy como ninguno de cuantos vi, y aun me atrevo a creer que como ninguno de los que existen. Si no valgo más, soy, al menos, distinto de todos. Tan sólo después de haberme leído, podrán juzgarme si la Naturaleza hizo bien o mal al romper el molde en que me vaciara”.

Lo que escribió Rousseau lo solemos utilizar en una expresión tan simple como profunda: “¡Después de que Dios te creó Él rompió el molde!”

Nuestro ser personas en la individualidad de nuestras realidades es algo constatable y una verdadera gracia en nuestra vida. Solamente nosotros los hombres podemos ser héroes pero también villanos, podemos ser protagonistas o antagonistas, podemos ser famosos o infames, solamente nosotros podemos aspirar a la santidad o ser pecadores.

5.- Se trata de esta condición en la que nos encontramos todos los hombres y en la que nos hace avergonzarnos, al contemplar en el interior de nuestras Sinagogas a verdaderos endemoniados y, al mismo tiempo, en algunos caminos lejanos de la Sinagoga a muchas de las manifestaciones de los así llamados “cristianos anónimos”.

Lo del demonio en las sinagoga no nos debe dejar en una sola crítica desde fuera sino que debe hacernos emitir un juicio desde el interior de esta Iglesia que ha venido a ocupar el lugar de la sinagoga. Y aquí no se nos debe olvidar que tres años después de este milagro, en el mismísimo cenáculo en el que el Señor nos dejó la Santísima Eucaristía aquel que se había dejado poseer por el mismísimo Satanás estaba mojando el pan en el mismo plato que el Señor y pocos minutos después con un gesto de amistad le entregaría a los que acabarían con su vida santísima.

6.- Se trata de la ley de la libertad de elección. No podemos sentirnos salvados por el sólo hecho de haber sido bautizados en la Iglesia Católica o en alguna otra confesión cristiana. Si bien, “somos salvos en Cristo al confesarlo y al creer con nuestro corazón”, tenemos que aceptar que entre el ser y el estar puede existir un abismo de distancia que solamente se puede superar con el bien obrar, con la fe operante, con la praxis cristiana o con la gracia ejercitada.

Y en este color de los términos que compartimos, bien podría parecer una contradicción el hablar de “la fragilidad en la vida de un cristiano”, sin embargo la conciencia de esa fragilidad, que brota no de Dios sino de nuestra inconsistencia, nos debe recordar la posibilidad de perder nuestra inserción en Cristo. ¡No dudamos de Dios sino de nosotros! Se trata de aquello que el mismo Evangelio nos advierte al decirnos que un sarmiento que se separa de la vid se seca y será cortado y lanzado a la hoguera. Se trata de aquel que es consciente, junto con el apóstol san Pablo de quien celebramos el pasado miércoles la fiesta de su conversión, de que después de haber dado la señal de partida para la más noble competición, puede quedar descalificado.

Este es el contexto en el que entendemos nuestra vida de bautizados como una lucha constante.

7.- Al final de cuentas, se trata de la cooperación del hombre a la acción operante de la gracia de Dios. El hombre es quien tiene que poner sus 5 panes y sus 2 pescados para que así sea Cristo el que los multiplique abundantemente y sacie el hambre de la multitud. Nosotros llenamos de agua los odres hasta el borde y Cristo se encarga de convertirla en un exquisito vino... Es el hombre que se pone de pie para gritar y con ello recibir de Cristo la luz en sus ojos ciegos... Es la mujer que estira la mano para tocar la orla del manto del Maestro... Es el pescador que desembarca cansado, fastidiado y desilusionado y que le hace caso al Maestro de remar mar adentro y de lanzar la red de nuevo para conseguir una pesca cómo jamás la hubo imaginado... Son aquellos hombres que saben que Jesús le puede devolver la salud al amigo pero que ellos tienen que ingeniárselas y hacer peripecias y malabares para que el Maestro tenga frente a sí aquel paralítico que saldrá de allí por su propio pie. Son aquellas hermanas y aquellos parientes de Lázaro que tienen que aprender que no pueden quedarse con los brazos cruzados y ser solamente espectadores sí es que quieren que Jesús le devuelva la vida a aquel que experimenta ya el proceso de la descomposición...

8.- Muy queridos amigos:

Reconozcamos la parte personal que tendrá siempre el proceso de la salvación y, al releer el Evangelio y nuestra vida, démonos cuenta de que, así como en el ambiente más santo puede existir el pecado y la condenación, un mundo contaminado jamás podrá impedir que crezca la Santidad.

No es el estar en un lugar, o con una congregación o comunidad, lo que nos hace santos ni tampoco lo que puede convertirnos en endemoniados. ¡Aunque algunos que se dicen cristianos ven a Satanás en las sinagogas ajenas y no en las propias! Pero, el Evangelio de este día nos invita para que tampoco neguemos la libertad de las personas ni la posibilidad de la santidad que puede surgir en un mundo tan conflictivo, tal como un lirio suele crecer en el hedor pestilente del pantano.

Ahora entiendo el cómo puede ser posible que también coincidan en el tiempo y en el espacio, devastadores destructores dignos de la amnesia colectiva junto a seráficas criaturas como lo fue San Francisco de Asís.

Ahora entiendo el por qué han concordado en nuestro tiempo otros devastadores que llegaron a proclamar nuevas guerras santas, guerras en el nombre de Dios, “tormentas en el desierto” y personas que han buscado vivir el más puro amor a Dios, como la Beata Madre Teresa de Calcuta, el inolvidable Juan Pablo II y otros muchos. Es posible encontrar la santidad así como los endemoniados en muchas y muy diferentes sinagogas de nuestro tiempo.

9.- Se trata de la ley de la libertad, se trata de voluntades firmes iluminadas por la gracia de Dios, personas que han sido dóciles a los impulsos de la vida interior, pero que han puesto la parte que les correspondía en su propia historia de salvación.

La vida no sólo es algo que nos acontece. Podemos elegir, esa es nuestra grandeza o nuestra fragilidad. A cada instante elegimos qué dirección debemos tomar: hacia la luz o hacia las tinieblas, hacia la libertad o hacia la esclavitud, hacia la gracia o hacia el pecado.

Si el ser persona será siempre un proceso, ¡cuánto más lo será la vida cristiana! No somos más que cristianos en gestación, como lo recordaba Sören Kierkkegaard, y todos, tanto en el interior como en las afueras de la Sinagoga, necesitamos de la obra redentora del Hijo de Dios.

 

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO.

“Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la Ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la Ley, un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la Ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo: “Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”

El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma”.

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en aquel momento, dando gracia a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.”

1.- Muy estimados amigos:

En el texto que leeremos el próximo jueves, del así llamado Evangelio de la Infancia en san Lucas, en la fiesta de la presentación del Señor, la Sagrada Familia aparece viviendo un episodio que nos anticipa y anuncia el sacrificio de Cristo-Redentor, al que se une su familia.

El episodio de la presentación en el Templo sirve para declarar que se ha cumplido la esperanza que Israel ha vivido durante tantos siglos acerca de la llegada del Mesías anunciado, su larga espera del Salvador.

Recuerda, que para afirmar legalmente un hecho se requería al menos del testimonio unánime de dos personas. Y éste es el papel que realizan Simeón y Ana, quienes aparecen como una grata personificación de la espera de Israel realizada por los Pobres del Señor; aquellos que fueron fieles, que confiaron, los disponibles, los que se abandonaron a Dios, y que tenían la misión concreta de proclamar: “¡Hemos visto al Salvador, gloria de Israel y luz de todos los pueblos, que viene a liberarnos!

2.- La venida del Mesías se cumple con la venida de Jesucristo al templo. San Lucas ve en esta venida de Jesucristo al templo la realización de las profecías de Malaquías, que se leerán en la primera lectura del jueves: la purificación del templo y la renovación del antiguo culto como una base de la restauración y la liberación del pueblo.

Con la presentación de Cristo, en el marco oficial del templo según el rito legal, se realiza algo que desborda y supera el sentido de la ley que mandaba “consagrar al Señor todo primogénito varón”. Con la consagración del niño que llevan en brazos la Virgen María y san José se hace algo más que cumplir con un rito; en el fondo se inicia el ofrecimiento de Jesucristo al Padre, la consagración y ofrenda de su vida que, en fiel obediencia filial llegará hasta el supremo sacrificio.

Jesucristo es ofrecido ahora por la Virgen María, la cual estará unida estrechamente a la obra de la Redención; a ella se le anuncia de parte de Simeón lo que le espera: Cristo será objeto del escándalo y de una contradicción que le dolerá a ella en lo más profundo del alma, como una espada que le lastima en ese punto que provoca más dolor en una madre de familia, el dolor del propio Hijo: se tata del sacrificio redentor de Cristo.

De esta forma, también la Virgen María ha superado el sentido legal de la purificación que cumple, y en vez de purificarse del parto según manda la Ley, lo cual ella no necesitaba por el nacimiento virginal, ella da el paso de una purificación mayor, la de la Redención a la que ella ha sido llamada como Madre del Redentor y, por ello mismo, Madre de todos los redimidos.

3.- Fíjate como san Lucas, al mismo tiempo que le da a este episodio la fuerza de testimonio del cumplimiento de la esperanza de Israel, pone en él un anuncio de la pascua de Cristo, de su sacrificio salvador, de su muerte y su resurrección. Cristo es saludado por Simeón como la Luz de las naciones, el Salvador de todos los pueblos, el Libertador, pero a base de pasar por ser una piedra de escándalo, un objeto de contradicción y división, a base de ser atravesado por un dolor –la cruz-, la cual partirá también el alma de su madre.

Los versículos finales del texto del Evangelio describirán sobriamente el vivir y crecer de Cristo con su familia en Nazareth. Es un apunte que revela el realismo con que se somete Cristo a todas las leyes, incluyendo las domésticas, y al ritmo de la naturaleza humana: creciendo como todo muchacho en el seno de una familia; pero responsablemente –en sabiduría y gracia-, pues iba a realizar en su vida al hombre en plenitud para todos.

Se trata de una familia situada en la perspectiva de tener que llegar a sacrificar su mutua presencia física, sus lazos de afecto y cariño sensible, en función del Reino, de una familia más ancha que viniese a los hombres en el amor traído por Cristo; este amor, universal e inmortal, irá sustituyendo los lazos de la carne, ya sea en lo biológico o en lo adoptivo, que unían a la Virgen María y a san José con Jesucristo, por otros lazos en mucho más fuertes e interminables.

4.- Y esta será la primera invitación: la palabra de Dios somete a juicio nuestra contribución a formar la gran familia del reino de Dios, a través de nuestra propia familia, de nuestra vida familiar.

Sobre las familias cristianas el juicio se traduce en una revisión personal y conjunta. Personalmente cada uno ha de revisar su visión acerca de la familia y su vivencia del propio papel en la vida familiar: los cónyuges, los padres, los hijos y los hermanos.

Comenzando por el concepto y la vivencia del amor en todas sus dimensiones, paternidad y maternidad verdaderamente responsables, finalidad de la familia, relaciones interpersonales, autoridad-libertad, libertad-obediencia, fraternidad. Mirando cada uno al bien de cada persona; hasta qué punto, cada uno se realiza buscando la realización plena de las otras personas, contribuyendo a ella; calibrando con sinceridad si las relaciones humanas de los esposos, padre e hijos y hermanos, son relaciones de amor profundizado, purificado –desegoistizado – eternizado por la fe y el amor sin límites del vivir en Cristo y por la esperanza y la certeza de la inmortalidad.

Esto es decisivo para juzgar si una familia es cristiana o no, para ver sí es célula viva del Reino de Dios o no lo es, para saber si la vida familiar de sus miembros, sus relaciones y su amor mutuo, es signo terreno en que se vive la comunión mutua a nivel profundo de amor eterno e inmortal, de comunión en Dios y con Dios, y con todos los hombres; o si, por el contrario, sólo hay amor superficial, afecto instintivo, un cierto aprecio y respeto sin verdadera comunión profunda y sin que se viva en ello la gracia, el amor, el Espíritu de Cristo.

5.- El conjunto de las familias cristianas son hoy juzgadas acerca de la actualización en la historia del nuevo estilo que realice el ideal cristiano del amor familiar según las exigencias actuales.

Y es que nuevos aires de ideas y actitudes rondan hoy a la familia. Y, como ocurre siempre, no puede decirse que todo en esos aires sea malo, ni que todo sea bueno. La vida nos empuja y los hechos nos invaden a una velocidad que no respeta el tiempo.

Todo esto y muchas otras cosas han de repercutir necesariamente de mil formas en la familia, creando problemas a diversos niveles que condicionan reajustes en la estructura, esquema, estilo, alcance, finalidad y funcionamiento concreto.

Todo es enormemente complejo. Y la velocidad a que se suceden hoy las ideas y las costumbres o actitudes, con la serie de confusiones que hay en todos los dominios y sectores, hace muy difícil acertar en el equilibrio entre la autenticidad y la efectividad. En esta situación sigue teniendo vigencia –y tiene más importancia que nunca- el imperativo de vivir todos y cada uno de los miembros de la familia cristiana en el amor a la hondura en que lo ha puesto Cristo; el recurrir incesantemente al amor hondo y sincero, al amor incansable y sin límites, como única perspectiva de des-egoistización que permita evitar o superar tensiones, distancias y desacuerdos...

6.- Cristo dio una dimensión nueva a todo lo creado: la hondura y la anchura del amor universal e inmortal. El vivió en esa hondura y anchura la dimensión personal de la vida, y las realidades sociales y comunitarias, las relaciones interpersonales con Dios y con los hombres, y también su vida de familia. Todo ello para instaurar en el mundo el reino de la vida universal e inmortal. Vivir ahora en Cristo es vivir con Él todas las realidades personales, interpersonales y sociales en la profundidad y la anchura que Él le dio al vivir humano: en comunión con Dios y con los demás hombres por el amor sin límites, universal e inmortal.

Para construir esa dimensión nueva, algunos han sido llamados a vivir con hondura y anchura de amor sin límites y de vida inmortal el amor humano de hombre a mujer, fundando una unidad familiar en la que las relaciones interpersonales se profundicen en Cristo hasta hacer de la propia familia una célula viva y vivificante del reino.

7.- El mensaje de Dios es para todos nosotros, para quienes la familia no es más que una yuxtaposición de soledades. Que creemos conocernos porque vivimos juntos, mientras que en realidad nadie se abre verdaderamente a los demás. Para aquellos que se “quieren”, pero con un amor puramente instintivo, en el que las facultades propiamente humanas casi no participan. No hay comprensión, no se sospecha siquiera que haya algo que comprender en los otros.

Entendamos que la familia humana es familia cristiana cuando todos sus elementos humanos, relaciones de los esposos entre sí y con los hijos, y de estos con sus padres y entre sí, son vividos desde el amor universal e inmortal recibido de Cristo como fuerza que profundiza hacia lo más hondo su aprecio, sus relaciones, su unidad, su amor humano, y salva su amor y su unión hasta la muerte haciéndolo vida eterna.

 


LA PRIMAVERA DEL CORAZÓN.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu Santo, fue al Templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la Ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:

“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana. De joven había vivido siete años casada y tenía ya ochenta y cuatro años de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en aquel momento, dando gracia a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.

1.- El Señor Jesucristo es presentado en el templo, cuarenta días después de su nacimiento virginal. Y dos personajes, Simeón y Ana, digamos que, viejos por su partida de nacimiento, pero jóvenes en sus pensamientos y sentimientos, porque no han dejado apagar la llama de la esperanza ni han renunciado a un sueño aparentemente "imposible", se encargarán de desvelar su destino misterioso, un destino que incide inexorablemente en la historia de los hombres, determinando opciones ineludibles para la salvación o la ruina.

2.- El próximo jueves, a cuarenta días de haber celebrado nuestra fiesta de la Navidad, la Iglesia celebra esta presentación de Jesús en el templo, y considero que es un momento oportuno, que Dios nos ofrece, para que así meditemos sobre el papel que tienen nuestros hermanos de edad avanzada en nuestras familias, en la Iglesia y en la sociedad.

Y es que, tendríamos que hacer una primera afirmación: nuestra Iglesia se ha mantenido viva entre los Simeones y Anas, entre esas personas que, muy a pesar del cansancio del cuerpo, no han dejado morir su esperanza ni han renunciado a su "sueño imposible".

Ellos son los hombres de edad avanzada, aquel hombre que se puede encontrar ahora con el descanso de la paz y aquella mujer descrita como muy anciana. Ellos son los testigos, los que han sido fieles, los piadosos, los que están al servicio de Dios, los veraces, aquellos que son descritos como justos y temerosos de Dios, se trata de los que han sabido esperar el consuelo de Israel, aquellos en quienes mora y que son movidos por el Espíritu Santo, los que han recibido la revelación de Dios y los primeros en hablar a los demás sobre la grandeza de Aquel niño y la verdad en torno al desenlace de una vida que se está iniciando, son los que profetizan y los que bendicen a Dios, son los que bendicen a los hombres y los que han recibido la dicha de tomar en sus propios brazos al Salvador del mundo.

¡Cuántas cualidades se describen sobre aquellos ancianos en un trozo tan pequeño del Evangelio!

Y son ellos, personas venerables, aquel hombre y aquella mujer ya ancianos, los que han recibido el regalo de contemplar la Luz que alumbra a las naciones, a aquel que es reconocido como la gloria de Israel.

3.- El próximo jueves, la Palabra de Dios nos invitará a mirar con renovados ojos la madurez en las personas de la tercera, y hasta de la cuarta edad.

¡Fíjate cómo Dios sabe darle un lugar en su proyecto de salvación al anciano! Dios tiene un espacio para aquellos que ya no tienen espacio entre muchos de nosotros. Dios premia a aquellos que han sabido conservar una virtud, que necesita ineludiblemente de la prueba de los años: la fidelidad. Y es que Dios también es leal, veraz y sabe conservar aquella constancia inquebrantable que exige la vivencia de la fidelidad.

La vejez es una cualidad, ya que la experiencia y la sabiduría también se adquieren con el tiempo. Hegel lo decía con sus palabras en su Filosofía del Derecho: “El Búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo”.

Es en el crepúsculo de la vida cuando se alcanza la virtud de la sabiduría.

Cada uno de nosotros puede ser joven, tener fuerzas en exceso, pero tenemos necesidad del buen consejo de los que tiene la experiencia.

-¡Qué los jóvenes no perdamos la memoria!-.

Y ¿Cuántas veces los condenamos a una soledad voluntaria, o puede ser que involuntaria, pero dolorosa y desgarradora? Se trata del abandono, del desamparo y de nuestro rechazo. Las familias y la sociedad les hacemos experimentar el dolor de la devaluación y de la desintegración del ser.

4.- Queridos amigos:

Todavía hace algunas décadas se imponía, dramático, únicamente el problema de los niños huérfanos. En nuestro tiempo los huérfanos también son los ancianos.

Y es que, hoy en día, mucho más que hijos sin padres, circulan en la vida muchos padres sin hijos.

Ahora resulta que no son los ancianos los que están perdiendo la memoria, sino los hombres jóvenes.

Somos todos nosotros, los esclavos del eficientismo, de la producción, del confort a toda costa, de una carrera interminable en el consumismo, los que tenemos una extraña jerarquización de los valores, los que priorizamos el bienestar muchas veces sin sacrificios y renuncias, los que nos vamos olvidando fácilmente de los ancianos, aún de aquellos por quienes Dios nos dio el gran regalo de la vida, y mucho más que la vida.

Y es que somos cada vez más aquellos que, sino con las palabras sí con nuestras actitudes, les vamos considerando como una presencia fastidiosa.

En nuestra sociedad, los viejos parecen ser los “culpables” de ocupar un espacio y un tiempo necesarios para otros quehaceres –siempre rentables- a los que no se quiere renunciar.

Fíjate como las cosas han cambiado con el transcurso de los años, aún en nosotros mismos que nos sentimos orgullosos de haber recibido la hermosa herencia del cristianismo, y que llevamos en nuestras raíces culturales actitudes de respeto para con los mayores.

5.- ¿Te acuerdas? En la antigüedad las canas eran señal de sabiduría, el anciano era el patriarca en una comunidad, los consejeros eran las personas seniles. Pero, ¡cómo han cambiado las cosas con el paso del tiempo!, si bien en la antigüedad los jueces de una corte cuando eran jóvenes, tenían la necesidad de ponerse una peluca blanca sobre su cabeza para obtener respetabilidad y llegar a manifestar sabiduría al impartir la justicia, el día de hoy la gente que vive en el avance de los años tiene que estar pintándose de color negro sus cabellos entrecanos para que le puedan ofrecer un trabajo, o bien para conservar el empleo.

¡Qué extraña es nuestra forma de actuar! ¿No te parece?

En nuestro tiempo amamos las catedrales antiguas, favorecemos los muebles rústicos, atesoramos las monedas de colección, cuidamos los viejos diccionarios e impresiones, valoramos las estampillas de otros siglos, pero resulta verdaderamente entristecedor el que nos hayamos olvidado por completo de la bondad, la belleza y el valor de los ancianos. Pienso que una apreciación de esa bondad, de esa belleza y de este valor, es esencial para nuestra existencia, puesto que es nuestra misma existencia la que está en juego.

6.- Se trata de personas de la tercera y cuarta edad que ya han visto rotos los lazos con el ambiente profesional, laboral y social, y que ahora viven la más grande tragedia de la vida: están experimentando que muchos de los que nos llamamos cristianos estamos desatando los lazos que les unen a ellos con nosotros, los lazos familiares se van desanudando lentamente. Y es así como a nuestros ancianos se les hace sentir como si fueran un muerto en perspectiva, biológicamente acabados y socialmente inútiles. ¡Están de sobra porque no producen nada!

La familia debe recordar el cuarto mandamiento y debe esforzarse por conservar dentro del calor del hogar a aquellos que nos dieron su sangre, su carne y su herencia. Solamente en un examen emergido del discernimiento de una conciencia recta y verdaderamente cristiana se podrán percibir las circunstancias que exijan para su bienestar un lugar de atenciones especiales y profesionales, en el que también debemos cuidar que se les brinde el afecto y el respeto.

Sin embargo, son muchas las veces en que la entrada de nuestros seres queridos en un asilo institucionaliza la estrechez, no de su existencia, sino de nuestros afectos y nos ofrece una posibilidad de disculpa y de compensación en las culpabilidades a nuestras familias. Se trata de asilos que en muchas ocasiones, salvo muy honrosas excepciones, simulan esos desvanes de la antigüedad o esos cuartos de triques de la actualidad, a donde van parar nuestros objetos inservibles. Ellos están viviendo una muerte social que más pronto de lo que imaginamos se convertirá en una muerte biológica.

7.- La tristeza y el desamparo no tan sólo se experimentan en algunos de los asilos, sino que también se vive en el seno de muchas de nuestras familias. Muchos de nosotros, hasta nos esforzamos por que no les falte nada, pero si bien nunca pudiéramos ser reprochados de que a nuestros seres queridos les falte algo, si se nos puede un día reclamar el que les faltara la presencia de alguien.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que le diste el último abrazo cálido a tus padres?
¿Cuántos meses o años tienes de que no les has dado un beso verdaderamente afectuoso?
¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que te sentaste a “perder” un poco de tu tiempo con tu madre, que está ya anciana o enferma?

8.- Todos nosotros seguimos siendo una cultura de individuos en su mayoría bien vestidos, alimentados en exceso y algunos con buenos automóviles. Tenemos tanto y a pesar de ello sufrimos una de las privaciones más peligrosas... la incapacidad de expresar nuestro amor con un afecto franco y honesto y sin temor. Se necesita tan poco para abrirles los brazos a los demás. Es una de las declaraciones más claras y más expresivas que podemos hacer para con aquellos por quienes un día Dios besó nuestra frente y acarició nuestro rostro.

Sin que seamos fatalistas, no debemos olvidar que un día vamos a cosechar lo que hoy estemos sembrando.



 

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