Domingo 29 de Enero de 2006_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
EL SER PERSONAS: UNA FUERZA CONTRASTANTE.
“
En aquel tiempo, llegó Jesús a Cafarnaun y el sábado
siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes
quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como
quien tiene autoridad y no como los escribas.
Había
en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu
inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres
tú con nosotros, Jesús de Nazareth? ¿Has
venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres:
el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate
y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo
al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él.
Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué
es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este
hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus
inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió
su fama por toda Galilea”.
Nuestra
vida cristiana la hemos recibido como un regalo sobrenatural de
parte de Dios, que eleva, la ya de por sí, muy digna naturaleza
humana creada por Él mismo. Por tanto, una auténtica
vida en Cristo consiste en la actuación de la gracia de Dios
que, si bien eleva la naturaleza, nunca la suprime. Si Dios suprimiera
la naturaleza no tendría mérito alguno la santidad
ni culpabilidad el pecado.
Asimilar
lo anteriormente expresado, nos puede y nos debe llevar a la comprensión
del por qué, tanto en las antiguas como en la nuevas Sinagogas,
podemos encontrarnos no a uno sino a muchos endemoniados. ¿No
te parece así?
2.-
¡Oye! ¡Un momento! Detengámonos un poco para
releer el Evangelio y así darnos cuenta de que el Evangelio
del día de hoy nos narra el primer milagro del Señor
Jesús en San Marcos y se trata ni más ni menos que
de un exorcismo.
Pero,...
¿te has fijado en dónde
se encuentra el endemoniado que fue liberado?...
¡En la Sinagoga!
¿Cómo
puede ser posible? Uno bien podría imaginar a un endemoniado
en un cementerio, o en los caminos, o en el desierto, o en los basureros,
o en algún centro de perdición. Pero..., ¿encontrarse
a un endemoniado en un lugar tan santo como lo debe ser la sinagoga?
Esto puede y debe parecernos algo sino sorprendente sí por
lo menos insospechable. Reflexionemos y tengamos cuidado de no caer
en antisemitismos infundados.
3.-
Y es que el ser personas en el ser humano, se debe convertir en
una de nuestras máximas fuerzas. Pero, al mismo tiempo, al
no vivirse plenamente en sus cualidades, se puede convertir en nuestro
máximo adversario, o por lo menos, en algún momento
de la vida en nuestro más duro e insobornable acusador.
Por
persona entendemos el sujeto último de todo ser y de todo
obrar. Se trata de un sujeto distinto a todo otro. Podríamos
agregar a lo anterior, que la persona es aquella que recibe el don
y la posibilidad del ejercicio de las facultades, así llamadas,
espirituales: inteligencia, voluntad y libertad.
El
ser persona es un elemento fuertemente dinámico, y esto puede
ubicarse adecuadamente en esa posibilidad personal que tenemos cada
uno de nosotros, de escribir el propio “argumento” de
nuestra misma historia.
El
ser persona es, al mismo tiempo, un gran reto, así como nuestro
riesgo y puede convertirse en nuestro más crítico
juez, ya que exige de nosotros el compromiso de ejercitar rectamente
las facultades del espíritu.
4.-
Solamente nosotros como personas humanas podemos elegir, discernir
y amar. Podemos entender bajo este contexto aquella expresión
del dominio común: “El
hombre nace pero la persona se hace”.
Aquí es también entendible aquello que el enciclopedista
Jean Jacques Rousseau escribía en su libro titulado Las Confesiones:
“Yo solo. Siento mi corazón y conozco a los hombres:
no soy como ninguno de cuantos vi, y aun me atrevo a creer que como
ninguno de los que existen. Si no valgo más, soy, al menos,
distinto de todos. Tan sólo después de haberme leído,
podrán juzgarme si la Naturaleza hizo bien o mal al romper
el molde en que me vaciara”.
Lo
que escribió Rousseau lo solemos utilizar en una expresión
tan simple como profunda: “¡Después
de que Dios te creó Él rompió el molde!”
Nuestro
ser personas en la individualidad de nuestras realidades es algo
constatable y una verdadera gracia en nuestra vida. Solamente nosotros
los hombres podemos ser héroes pero también villanos,
podemos ser protagonistas o antagonistas, podemos ser famosos o
infames, solamente nosotros podemos aspirar a la santidad o ser
pecadores.
5.-
Se trata de esta condición en la que nos encontramos todos
los hombres y en la que nos hace avergonzarnos, al contemplar en
el interior de nuestras Sinagogas a verdaderos endemoniados y, al
mismo tiempo, en algunos caminos lejanos de la Sinagoga a muchas
de las manifestaciones de los así llamados “cristianos
anónimos”.
Lo
del demonio en las sinagoga no nos debe dejar en una sola crítica
desde fuera sino que debe hacernos emitir un juicio desde el interior
de esta Iglesia que ha venido a ocupar el lugar de la sinagoga.
Y aquí no se nos debe olvidar que tres años después
de este milagro, en el mismísimo cenáculo en el que
el Señor nos dejó la Santísima Eucaristía
aquel que se había dejado poseer por el mismísimo
Satanás estaba mojando el pan en el mismo plato que el Señor
y pocos minutos después con un gesto de amistad le entregaría
a los que acabarían con su vida santísima.
6.-
Se trata de la ley de la libertad de elección. No podemos
sentirnos salvados por el sólo hecho de haber sido bautizados
en la Iglesia Católica o en alguna otra confesión
cristiana. Si bien, “somos salvos en Cristo al confesarlo
y al creer con nuestro corazón”, tenemos que aceptar
que entre el ser y el estar puede existir un abismo de distancia
que solamente se puede superar con el bien obrar, con la fe operante,
con la praxis cristiana o con la gracia ejercitada.
Y
en este color de los términos que compartimos, bien podría
parecer una contradicción el hablar de “la fragilidad
en la vida de un cristiano”, sin embargo la conciencia de
esa fragilidad, que brota no de Dios sino de nuestra inconsistencia,
nos debe recordar la posibilidad de perder nuestra inserción
en Cristo. ¡No dudamos de Dios sino de nosotros! Se trata
de aquello que el mismo Evangelio nos advierte al decirnos que un
sarmiento que se separa de la vid se seca y será cortado
y lanzado a la hoguera. Se trata de aquel que es consciente, junto
con el apóstol san Pablo de quien celebramos el pasado miércoles
la fiesta de su conversión, de que después de haber
dado la señal de partida para la más noble competición,
puede quedar descalificado.
Este
es el contexto en el que entendemos nuestra vida de bautizados como
una lucha constante.
7.-
Al final de cuentas, se trata de la cooperación del hombre
a la acción operante de la gracia de Dios. El hombre es quien
tiene que poner sus 5 panes y sus 2 pescados para que así
sea Cristo el que los multiplique abundantemente y sacie el hambre
de la multitud. Nosotros llenamos de agua los odres hasta el borde
y Cristo se encarga de convertirla en un exquisito vino... Es el
hombre que se pone de pie para gritar y con ello recibir de Cristo
la luz en sus ojos ciegos... Es la mujer que estira la mano para
tocar la orla del manto del Maestro... Es el pescador que desembarca
cansado, fastidiado y desilusionado y que le hace caso al Maestro
de remar mar adentro y de lanzar la red de nuevo para conseguir
una pesca cómo jamás la hubo imaginado... Son aquellos
hombres que saben que Jesús le puede devolver la salud al
amigo pero que ellos tienen que ingeniárselas y hacer peripecias
y malabares para que el Maestro tenga frente a sí aquel paralítico
que saldrá de allí por su propio pie. Son aquellas
hermanas y aquellos parientes de Lázaro que tienen que aprender
que no pueden quedarse con los brazos cruzados y ser solamente espectadores
sí es que quieren que Jesús le devuelva la vida a
aquel que experimenta ya el proceso de la descomposición...
8.-
Muy queridos amigos:
Reconozcamos
la parte personal que tendrá siempre el proceso de la salvación
y, al releer el Evangelio y nuestra vida, démonos cuenta
de que, así como en el ambiente más santo puede existir
el pecado y la condenación, un mundo contaminado jamás
podrá impedir que crezca la Santidad.
No
es el estar en un lugar, o con una congregación o comunidad,
lo que nos hace santos ni tampoco lo que puede convertirnos en endemoniados.
¡Aunque algunos que se dicen cristianos ven a Satanás
en las sinagogas ajenas y no en las propias! Pero, el Evangelio
de este día nos invita para que tampoco neguemos la libertad
de las personas ni la posibilidad de la santidad que puede surgir
en un mundo tan conflictivo, tal como un lirio suele crecer en el
hedor pestilente del pantano.
Ahora
entiendo el cómo puede ser posible que también coincidan
en el tiempo y en el espacio, devastadores destructores dignos de
la amnesia colectiva junto a seráficas criaturas como lo
fue San Francisco de Asís.
Ahora
entiendo el por qué han concordado en nuestro tiempo otros
devastadores que llegaron a proclamar nuevas guerras santas, guerras
en el nombre de Dios, “tormentas en el desierto” y personas
que han buscado vivir el más puro amor a Dios, como la Beata
Madre Teresa de Calcuta, el inolvidable Juan Pablo II y otros muchos.
Es posible encontrar la santidad así como los endemoniados
en muchas y muy diferentes sinagogas de nuestro tiempo.
9.-
Se trata de la ley de la libertad, se trata de voluntades firmes
iluminadas por la gracia de Dios, personas que han sido dóciles
a los impulsos de la vida interior, pero que han puesto la parte
que les correspondía en su propia historia de salvación.
La
vida no sólo es algo que nos acontece. Podemos elegir, esa
es nuestra grandeza o nuestra fragilidad. A cada instante elegimos
qué dirección debemos tomar: hacia la luz o hacia
las tinieblas, hacia la libertad o hacia la esclavitud, hacia la
gracia o hacia el pecado.
Si
el ser persona será siempre un proceso, ¡cuánto
más lo será la vida cristiana! No somos más
que cristianos en gestación, como lo recordaba Sören
Kierkkegaard, y todos, tanto en el interior como en las afueras
de la Sinagoga, necesitamos de la obra redentora del Hijo de Dios.
PRESENTACIÓN
DEL SEÑOR EN EL TEMPLO.
“Transcurrido
el tiempo de la purificación de María, según
la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño
a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo
con lo escrito en la Ley: Todo primogénito varón será
consagrado al Señor, y también para ofrecer, como
dice la Ley, un par de tórtolas o dos pichones.
Vivía
en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón
justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en
él moraba el Espíritu Santo, el cual le había
revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías
del Señor. Movido por el Espíritu Santo, fue al Templo,
y cuando José y María entraban con el niño
Jesús para cumplir con lo prescrito por la Ley, Simeón
lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo: “Señor,
ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me
habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra
a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”
El
padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes
palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre
de Jesús, le anunció: “Este niño ha sido
puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo
que provocará contradicción, para que queden al descubierto
los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará
el alma”.
Había
también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de
Aser. Era una mujer muy anciana. De joven había vivido siete
años casada y tenía ya ochenta y cuatro años
de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche,
sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en
aquel momento, dando gracia a Dios y hablando del niño a
todos los que aguardaban la liberación de Israel. Y cuando
cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor,
se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba
creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría
y la gracia de Dios estaba con él.”
1.-
Muy estimados amigos:
En
el texto que leeremos el próximo jueves, del así llamado
Evangelio de la Infancia en san Lucas, en la fiesta de la presentación
del Señor, la Sagrada Familia aparece viviendo un episodio
que nos anticipa y anuncia el sacrificio de Cristo-Redentor, al
que se une su familia.
El
episodio de la presentación en el Templo sirve para declarar
que se ha cumplido la esperanza que Israel ha vivido durante tantos
siglos acerca de la llegada del Mesías anunciado, su larga
espera del Salvador.
Recuerda,
que para afirmar legalmente un hecho se requería al menos
del testimonio unánime de dos personas. Y éste es
el papel que realizan Simeón y Ana, quienes aparecen como
una grata personificación de la espera de Israel realizada
por los Pobres del Señor; aquellos que fueron fieles, que
confiaron, los disponibles, los que se abandonaron a Dios, y que
tenían la misión concreta de proclamar: “¡Hemos
visto al Salvador, gloria de Israel y luz de todos los pueblos,
que viene a liberarnos!
2.-
La venida del Mesías se cumple con la venida de Jesucristo
al templo. San Lucas ve en esta venida de Jesucristo al templo la
realización de las profecías de Malaquías,
que se leerán en la primera lectura del jueves: la purificación
del templo y la renovación del antiguo culto como una base
de la restauración y la liberación del pueblo.
Con
la presentación de Cristo, en el marco oficial del templo
según el rito legal, se realiza algo que desborda y supera
el sentido de la ley que mandaba “consagrar al Señor
todo primogénito varón”. Con la consagración
del niño que llevan en brazos la Virgen María y san
José se hace algo más que cumplir con un rito; en
el fondo se inicia el ofrecimiento de Jesucristo al Padre, la consagración
y ofrenda de su vida que, en fiel obediencia filial llegará
hasta el supremo sacrificio.
Jesucristo
es ofrecido ahora por la Virgen María, la cual estará
unida estrechamente a la obra de la Redención; a ella se
le anuncia de parte de Simeón lo que le espera: Cristo será
objeto del escándalo y de una contradicción que le
dolerá a ella en lo más profundo del alma, como una
espada que le lastima en ese punto que provoca más dolor
en una madre de familia, el dolor del propio Hijo: se tata
del sacrificio redentor de Cristo.
De
esta forma, también la Virgen María ha superado el
sentido legal de la purificación que cumple, y en vez de
purificarse del parto según manda la Ley, lo cual ella no
necesitaba por el nacimiento virginal, ella da el paso de una purificación
mayor, la de la Redención a la que ella ha sido llamada como
Madre del Redentor y, por ello mismo, Madre de todos los redimidos.
3.-
Fíjate como san Lucas, al mismo tiempo que le da a este episodio
la fuerza de testimonio del cumplimiento de la esperanza de Israel,
pone en él un anuncio de la pascua de Cristo, de su sacrificio
salvador, de su muerte y su resurrección. Cristo es saludado
por Simeón como la Luz de las naciones, el Salvador de todos
los pueblos, el Libertador, pero a base de pasar por ser una piedra
de escándalo, un objeto de contradicción y división,
a base de ser atravesado por un dolor –la cruz-, la cual partirá
también el alma de su madre.
Los
versículos finales del texto del Evangelio describirán
sobriamente el vivir y crecer de Cristo con su familia en Nazareth.
Es un apunte que revela el realismo con que se somete Cristo a todas
las leyes, incluyendo las domésticas, y al ritmo de la naturaleza
humana: creciendo como todo muchacho en el seno de una familia;
pero responsablemente –en sabiduría y gracia-, pues
iba a realizar en su vida al hombre en plenitud para todos.
Se
trata de una familia situada en la perspectiva de tener que llegar
a sacrificar su mutua presencia física, sus lazos de afecto
y cariño sensible, en función del Reino, de una familia
más ancha que viniese a los hombres en el amor traído
por Cristo; este amor, universal e inmortal, irá sustituyendo
los lazos de la carne, ya sea en lo biológico o en lo adoptivo,
que unían a la Virgen María y a san José con
Jesucristo, por otros lazos en mucho más fuertes e interminables.
4.-
Y esta será la primera invitación: la palabra de Dios
somete a juicio nuestra contribución a formar la gran familia
del reino de Dios, a través de nuestra propia familia, de
nuestra vida familiar.
Sobre
las familias cristianas el juicio se traduce en una revisión
personal y conjunta. Personalmente cada uno ha de revisar su visión
acerca de la familia y su vivencia del propio papel en la vida familiar:
los cónyuges, los padres, los hijos y los hermanos.
Comenzando
por el concepto y la vivencia del amor en todas sus dimensiones,
paternidad y maternidad verdaderamente responsables, finalidad de
la familia, relaciones interpersonales, autoridad-libertad, libertad-obediencia,
fraternidad. Mirando cada uno al bien de cada persona; hasta qué
punto, cada uno se realiza buscando la realización plena
de las otras personas, contribuyendo a ella; calibrando con sinceridad
si las relaciones humanas de los esposos, padre e hijos y hermanos,
son relaciones de amor profundizado, purificado –desegoistizado
– eternizado por la fe y el amor sin límites del vivir
en Cristo y por la esperanza y la certeza de la inmortalidad.
Esto
es decisivo para juzgar si una familia es cristiana o no, para ver
sí es célula viva del Reino de Dios o no lo es, para
saber si la vida familiar de sus miembros, sus relaciones y su amor
mutuo, es signo terreno en que se vive la comunión mutua
a nivel profundo de amor eterno e inmortal, de comunión en
Dios y con Dios, y con todos los hombres; o si, por el contrario,
sólo hay amor superficial, afecto instintivo, un cierto aprecio
y respeto sin verdadera comunión profunda y sin que se viva
en ello la gracia, el amor, el Espíritu de Cristo.
5.-
El conjunto de las familias cristianas son hoy juzgadas acerca de
la actualización en la historia del nuevo estilo que realice
el ideal cristiano del amor familiar según las exigencias
actuales.
Y
es que nuevos aires de ideas y actitudes rondan hoy a la familia.
Y, como ocurre siempre, no puede decirse que todo en esos aires
sea malo, ni que todo sea bueno. La vida nos empuja y los hechos
nos invaden a una velocidad que no respeta el tiempo.
Todo
esto y muchas otras cosas han de repercutir necesariamente de mil
formas en la familia, creando problemas a diversos niveles que condicionan
reajustes en la estructura, esquema, estilo, alcance, finalidad
y funcionamiento concreto.
Todo
es enormemente complejo. Y la velocidad a que se suceden hoy las
ideas y las costumbres o actitudes, con la serie de confusiones
que hay en todos los dominios y sectores, hace muy difícil
acertar en el equilibrio entre la autenticidad y la efectividad.
En esta situación sigue teniendo vigencia –y tiene
más importancia que nunca- el imperativo de vivir todos y
cada uno de los miembros de la familia cristiana en el amor a la
hondura en que lo ha puesto Cristo; el recurrir incesantemente al
amor hondo y sincero, al amor incansable y sin límites, como
única perspectiva de des-egoistización que permita
evitar o superar tensiones, distancias y desacuerdos...
6.-
Cristo dio una dimensión nueva a todo lo creado: la hondura
y la anchura del amor universal e inmortal. El vivió en esa
hondura y anchura la dimensión personal de la vida, y las
realidades sociales y comunitarias, las relaciones interpersonales
con Dios y con los hombres, y también su vida de familia.
Todo ello para instaurar en el mundo el reino de la vida universal
e inmortal. Vivir ahora en Cristo es vivir con Él todas las
realidades personales, interpersonales y sociales en la profundidad
y la anchura que Él le dio al vivir humano: en comunión
con Dios y con los demás hombres por el amor sin límites,
universal e inmortal.
Para
construir esa dimensión nueva, algunos han sido llamados
a vivir con hondura y anchura de amor sin límites y de vida
inmortal el amor humano de hombre a mujer, fundando una unidad familiar
en la que las relaciones interpersonales se profundicen en Cristo
hasta hacer de la propia familia una célula viva y vivificante
del reino.
7.-
El mensaje de Dios es para todos nosotros, para quienes la familia
no es más que una yuxtaposición de soledades. Que
creemos conocernos porque vivimos juntos, mientras que en realidad
nadie se abre verdaderamente a los demás. Para aquellos que
se “quieren”, pero con un amor puramente instintivo,
en el que las facultades propiamente humanas casi no participan.
No hay comprensión, no se sospecha siquiera que haya algo
que comprender en los otros.
Entendamos
que la familia humana es familia cristiana cuando todos sus elementos
humanos, relaciones de los esposos entre sí y con los hijos,
y de estos con sus padres y entre sí, son vividos desde el
amor universal e inmortal recibido de Cristo como fuerza que profundiza
hacia lo más hondo su aprecio, sus relaciones, su unidad,
su amor humano, y salva su amor y su unión hasta la muerte
haciéndolo vida eterna.
LA PRIMAVERA DEL CORAZÓN.
Vivía
en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón
justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en
él moraba el Espíritu Santo, el cual le había
revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías
del Señor. Movido por el Espíritu Santo, fue al Templo,
y cuando José y María entraban con el niño
Jesús para cumplir con lo prescrito por la Ley, Simeón
lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:
“Señor,
ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me
habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra
a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”
Había
también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de
Aser. Era una mujer muy anciana. De joven había vivido siete
años casada y tenía ya ochenta y cuatro años
de edad. No se apartaba del templo ni de día ni de noche,
sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Ana se acercó en
aquel momento, dando gracia a Dios y hablando del niño a
todos los que aguardaban la liberación de Israel.
1.-
El Señor Jesucristo es presentado en el templo, cuarenta
días después de su nacimiento virginal. Y dos personajes,
Simeón y Ana, digamos que, viejos por su partida de nacimiento,
pero jóvenes en sus pensamientos y sentimientos, porque no
han dejado apagar la llama de la esperanza ni han renunciado a un
sueño aparentemente "imposible", se encargarán
de desvelar su destino misterioso, un destino que incide inexorablemente
en la historia de los hombres, determinando opciones ineludibles
para la salvación o la ruina.
2.-
El próximo jueves, a cuarenta días de haber
celebrado nuestra fiesta de la Navidad, la Iglesia celebra esta
presentación de Jesús en el templo, y considero que
es un momento oportuno, que Dios nos ofrece, para que así
meditemos sobre el papel que tienen nuestros hermanos de edad avanzada
en nuestras familias, en la Iglesia y en la sociedad.
Y
es que, tendríamos que hacer una primera afirmación:
nuestra Iglesia se ha mantenido viva entre los Simeones y Anas,
entre esas personas que, muy a pesar del cansancio del cuerpo, no
han dejado morir su esperanza ni han renunciado a su "sueño
imposible".
Ellos
son los hombres de edad avanzada, aquel hombre que se puede encontrar
ahora con el descanso de la paz y aquella mujer descrita como muy
anciana. Ellos son los testigos, los que han sido fieles, los piadosos,
los que están al servicio de Dios, los veraces, aquellos
que son descritos como justos y temerosos de Dios, se trata de los
que han sabido esperar el consuelo de Israel, aquellos en quienes
mora y que son movidos por el Espíritu Santo, los que han
recibido la revelación de Dios y los primeros en hablar a
los demás sobre la grandeza de Aquel niño y la verdad
en torno al desenlace de una vida que se está iniciando,
son los que profetizan y los que bendicen a Dios, son los que bendicen
a los hombres y los que han recibido la dicha de tomar en sus propios
brazos al Salvador del mundo.
¡Cuántas
cualidades se describen sobre aquellos ancianos en un trozo tan
pequeño del Evangelio!
Y
son ellos, personas venerables, aquel hombre y aquella mujer ya
ancianos, los que han recibido el regalo de contemplar la Luz que
alumbra a las naciones, a aquel que es reconocido como la gloria
de Israel.
3.-
El próximo jueves, la Palabra de Dios nos invitará
a mirar con renovados ojos la madurez en las personas de la tercera,
y hasta de la cuarta edad.
¡Fíjate
cómo Dios sabe darle un lugar en su proyecto de salvación
al anciano! Dios tiene un espacio para aquellos
que ya no tienen espacio entre muchos de nosotros. Dios premia a
aquellos que han sabido conservar una virtud, que necesita ineludiblemente
de la prueba de los años: la fidelidad. Y es que Dios también
es leal, veraz y sabe conservar aquella constancia inquebrantable
que exige la vivencia de la fidelidad.
La
vejez es una cualidad, ya que la experiencia y la sabiduría
también se adquieren con el tiempo. Hegel lo decía
con sus palabras en su Filosofía del Derecho: “El Búho
de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo”.
Es
en el crepúsculo de la vida cuando se alcanza la virtud de
la sabiduría.
Cada
uno de nosotros puede ser joven, tener fuerzas en exceso, pero tenemos
necesidad del buen consejo de los que tiene la experiencia.
-¡Qué
los jóvenes no perdamos la memoria!-.
Y
¿Cuántas veces los condenamos a una soledad voluntaria,
o puede ser que involuntaria, pero dolorosa y desgarradora? Se trata
del abandono, del desamparo y de nuestro rechazo. Las familias y
la sociedad les hacemos experimentar el dolor de la devaluación
y de la desintegración del ser.
4.-
Queridos amigos:
Todavía
hace algunas décadas se imponía, dramático,
únicamente el problema de los niños huérfanos.
En nuestro tiempo los huérfanos también son los ancianos.
Y
es que, hoy en día, mucho más que hijos sin padres,
circulan en la vida muchos padres sin hijos.
Ahora
resulta que no son los ancianos los que están perdiendo la
memoria, sino los hombres jóvenes.
Somos
todos nosotros, los esclavos del eficientismo, de la producción,
del confort a toda costa, de una carrera interminable en el consumismo,
los que tenemos una extraña jerarquización de los
valores, los que priorizamos el bienestar muchas veces sin sacrificios
y renuncias, los que nos vamos olvidando fácilmente de los
ancianos, aún de aquellos por quienes Dios nos dio el gran
regalo de la vida, y mucho más que la vida.
Y
es que somos cada vez más aquellos que, sino con las palabras
sí con nuestras actitudes, les vamos considerando como una
presencia fastidiosa.
En
nuestra sociedad, los viejos parecen ser los “culpables”
de ocupar un espacio y un tiempo necesarios para otros quehaceres
–siempre rentables- a los que no se quiere renunciar.
Fíjate
como las cosas han cambiado con el transcurso de los años,
aún en nosotros mismos que nos sentimos orgullosos de haber
recibido la hermosa herencia del cristianismo, y que llevamos en
nuestras raíces culturales actitudes de respeto para con
los mayores.
5.-
¿Te acuerdas? En la antigüedad las canas eran
señal de sabiduría, el anciano era el patriarca en
una comunidad, los consejeros eran las personas seniles. Pero, ¡cómo
han cambiado las cosas con el paso del tiempo!, si bien en la antigüedad
los jueces de una corte cuando eran jóvenes, tenían
la necesidad de ponerse una peluca blanca sobre su cabeza para obtener
respetabilidad y llegar a manifestar sabiduría al impartir
la justicia, el día de hoy la gente que vive en el avance
de los años tiene que estar pintándose de color negro
sus cabellos entrecanos para que le puedan ofrecer un trabajo, o
bien para conservar el empleo.
¡Qué
extraña es nuestra forma de actuar! ¿No te parece?
En
nuestro tiempo amamos las catedrales antiguas, favorecemos los muebles
rústicos, atesoramos las monedas de colección, cuidamos
los viejos diccionarios e impresiones, valoramos las estampillas
de otros siglos, pero resulta verdaderamente entristecedor el que
nos hayamos olvidado por completo de la bondad, la belleza y el
valor de los ancianos. Pienso que una apreciación de esa
bondad, de esa belleza y de este valor, es esencial para nuestra
existencia, puesto que es nuestra misma existencia la que está
en juego.
6.-
Se trata de personas de la tercera y cuarta edad que ya han visto
rotos los lazos con el ambiente profesional, laboral y social, y
que ahora viven la más grande tragedia de la vida: están
experimentando que muchos de los que nos llamamos cristianos estamos
desatando los lazos que les unen a ellos con nosotros, los lazos
familiares se van desanudando lentamente. Y es así como a
nuestros ancianos se les hace sentir como si fueran un muerto en
perspectiva, biológicamente acabados y socialmente inútiles.
¡Están de sobra porque no producen nada!
La
familia debe recordar el cuarto mandamiento y debe esforzarse por
conservar dentro del calor del hogar a aquellos que nos dieron su
sangre, su carne y su herencia. Solamente en un examen emergido
del discernimiento de una conciencia recta y verdaderamente cristiana
se podrán percibir las circunstancias que exijan para su
bienestar un lugar de atenciones especiales y profesionales, en
el que también debemos cuidar que se les brinde el afecto
y el respeto.
Sin
embargo, son muchas las veces en que la entrada de nuestros seres
queridos en un asilo institucionaliza la estrechez, no de su existencia,
sino de nuestros afectos y nos ofrece una posibilidad de disculpa
y de compensación en las culpabilidades a nuestras familias.
Se trata de asilos que en muchas ocasiones, salvo muy honrosas excepciones,
simulan esos desvanes de la antigüedad o esos cuartos de triques
de la actualidad, a donde van parar nuestros objetos inservibles.
Ellos están viviendo una muerte social que más pronto
de lo que imaginamos se convertirá en una muerte biológica.
7.-
La tristeza y el desamparo no tan sólo se experimentan en
algunos de los asilos, sino que también se vive en el seno
de muchas de nuestras familias. Muchos de nosotros, hasta nos esforzamos
por que no les falte nada, pero si bien nunca pudiéramos
ser reprochados de que a nuestros seres queridos les falte algo,
si se nos puede un día reclamar el que les faltara la presencia
de alguien.
¿Cuánto
tiempo ha pasado desde que le diste el último abrazo cálido
a tus padres?
¿Cuántos meses o años tienes de que no les
has dado un beso verdaderamente afectuoso?
¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que te sentaste
a “perder” un poco de tu tiempo con tu madre, que está
ya anciana o enferma?
8.-
Todos nosotros seguimos siendo una cultura de individuos en su mayoría
bien vestidos, alimentados en exceso y algunos con buenos automóviles.
Tenemos tanto y a pesar de ello sufrimos una de las privaciones
más peligrosas... la incapacidad de expresar nuestro amor
con un afecto franco y honesto y sin temor. Se necesita tan poco
para abrirles los brazos a los demás. Es una de las declaraciones
más claras y más expresivas que podemos hacer para
con aquellos por quienes un día Dios besó nuestra
frente y acarició nuestro rostro.
Sin
que seamos fatalistas, no debemos olvidar que un día vamos
a cosechar lo que hoy estemos sembrando.