Domingo 12 de Febrero de 2006_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
“En
aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para
suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”.
Jesús se compadeció de él, y extendiendo
la mano, lo tocó y le dijo: “¡Si quiero: Sana!”
Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.
Al
despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No
se lo cuentes a nadie: pero para que conste, ve a presentarte
al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito
por Moisés”.
Pero
aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús
no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que
se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían
a Él de todas partes.”
La
salvación que Jesucristo nos ha traído, tiene como
destinatarios a todos los hombres de todos los tiempos y de todos
los lugares. Y es que el sacrificio que Jesucristo ha ofrecido y
su sangre santísima que ha sido derramada, lo ha sido para
la salvación de todos.
El
alcance redentor de su obra sobrepasa cualquier frontera. Sin embargo,
la redención que Él nos ofrece sólo podrá
aceptarla aquél que se sienta necesitado de la misma. Digámoslo
de otra manera: todo aquel que ya se sienta ser justo se
convierte en un irredento.
2.-
Históricamente es posible constatar la cercanía del
Señor Jesucristo para con todos aquellos seres humanos necesitados
de la Buena Noticia de la Salvación. Lo anterior, le llevó
en su vida y predicación a tener una Opción Preferencial,
aunque no exclusiva ni excluyente, por los así llamados Marginados
de su tiempo.
Hablar
de Opción preferencial por los marginados, nos puede resultar
irritante a muchos de los bienpensantes, como les resultó
molesto a los jerarcas en el Sanedrín. Se trata de uno de
los puntos que ha de jugar un papel sumamente importante y hasta
decisivo en ese camino que tiene como único desenlace su
condena en el Calvario.
El
hablar de la cercanía de Jesucristo para con los marginados
de su tiempo, significa tocar un punto demasiado álgido y
susceptible a una mala interpretación; pero el que se deje
de referir es incurrir en una grave omisión, que pudiera
ser culposa en nuestra vida y, sobretodo, en mi predicación.
Hablar
de los marginados, no es sólo hacer una referencia a los
pobres en lo económico. Si bien ellos se incluyen, no se
debe excluir a un conjunto de personas más amplio a las que
se les condenaba a vivir la proscripción, aún y cuando,
en muchas ocasiones fueran solventes en lo monetario, como lo fue
Zaqueo, jefe de los recaudadores de impuestos en una aduana de recaudación
civil como lo fue Jericó, o aquella mujer de “mala
vida” que provocó la codicia de uno de los apóstoles
al derramar un perfume que costaba trescientos días de salario,
es decir trescientos denarios, a los pies del maestro. Independientemente
de sus ingresos y egresos aquellos personajes también eran
marginados.
3.-
Pero dejemos a un lado las particularidades para dirigir nuestra
mirada hacia las categorías. Pregúntate: ¿Quiénes
son los marginados en tiempos de Cristo?
Se
trata de todos aquellos que vivían, o que se les hacía
vivir, al margen de la sociedad judía de aquel entonces,
y entre los cuales se encontraban: las Prostitutas, los Publicanos,
los Forasteros, los Samaritanos, los Gentiles, los Leprosos, los
Enfermos, las Mujeres, las Viudas, los Ignorantes, los Niños,
los Pecadores Públicos, los Limosneros, la Gente del Campo,
los Pobres Económicamente...
Los
miembros del Sanedrín les llamaban a todo este grupo de personas
marginadas, simple y llanamente, los
pecadores. En tiempos del Señor, se vivía
en una sociedad teocrática en la cual el vocablo pecador
no era una simple designación espiritual o moral, sino que
se convertía en una designación sociológica.
Los marginados son aquellos que están “fuera”,
los mal vistos, los indeseables. Se trata de aquellos que son considerados
enemigos y, a quienes se les llega a desplazar del ser enemigos
propios, a ser identificados como si fueran los enemigos de Dios.
El
Señor Jesús, actúa de una forma radicalmente
opuesta, les llama a este mismo grupo de personas: los Pobres, los
Pequeños, los mínimos, los insignificantes o los más
pequeños, los simples.
4.-Jesucristo
ha optado a favor de los marginados y nos ha dejado en claro cuatro
elementos fundamentales pertenecientes a su mensaje de salvación:
primero, la universalidad de la Salvación, en la cual tiene
importancia el todo de la comunidad y cada una de las partes en
los individuos, aún aquellos que sean distintos a nosotros,
y que nos pudieran resultar incómodos. Segundo, la igualdad
de todos los hombres y con ello la gratuidad de los dones de Dios,
puesto que no somos distintos no existen méritos reales que
nos pudieran distinguir. Tercero, la bondad de Dios, muchas veces
incomprensible para unos hombres que predicamos de Dios una justicia
distributiva antes que el amor y la fidelidad. Y cuarto, el dinamismo
de las diferencias existente entre los hombres, que provoca el que
solamente los que se acepten estar enfermos puedan sentir la necesidad
del médico y recibir sus beneficios.
5.-
Hablando de los enfermos, el día de hoy el Evangelio
nos presenta. Lo que para mi apreciación, es el ejemplo más
patético de la marginación: el leproso. Se trata de
un ser humano que era marginado moralmente, categorizado como pecador,
y que no podía acceder ni siquiera en su pensamiento al templo;
en lo físico él llevaba en su propia carne la huella
de la marginación, y más aún tenía la
obligación de llevar otras claras señales en su indumentaria
que le impedían el contacto con otras personas; en lo social
se le evitaba a causa de su aspecto; en lo higiénico se tenía
miedo a un contagio y tenía que llevar un cencerro para anunciar
su presencia incómoda; en lo geográfico, resulta obvio
y doloroso, se le confinaba a ciertos territorios pero siempre en
las afueras de las ciudades. El trato hacia ellos era completamente
de repugnancia y de un rechazo total. Un leproso es simple y sencillamente
un “intocable”.
6.-
Y aquí debes fijarte en lo que hace el Señor: Jesús
ha tocado al intocable. Es muy cierto, y de todos conocido, que
su sola Palabra tiene el poder para curarlo, pero en este caso,
a diferencia de las curaciones del siervo del Centurión y
de la Hija de aquella mujer siriofenicia, en donde el Señor
pronuncia una Palabra de salvación a la distancia y ésta
actúa con toda eficacia puesto que su Palabra es poderosa,
hoy el Hijo del Padre prefiere alargar una de sus extremidades superiores
y mostrarnos así que en el corazón de Dios no existe
el rechazo hacia nadie.
El
gesto nos recuerda aquel momento ubicado en el amanecer de la creación,
en donde Dios a diferencia de los primeros cinco días de
la creación, en el sexto día decide crear al hombre
de forma distinta: allí está Dios formando al hombre
y con sus manos acariciando a su creatura más amada. Crear
al hombre no por su Palabra poderosa sino en interacción
y dedicación nos habla de un afecto especial, que jamás
debiéramos olvidar.
Y
allí, está ahora el Señor Jesús, estirando
sus manos santas para acariciar al hombre y manifestarle su afecto
a pesar de su aspecto...
El
Señor Jesús, al curar a aquel leproso, le restituye
a la vida social, a la vida en medio de su familia, y tuvo tal efecto
que un gran número de gente que ahora tiene contacto con
el ex-leproso, le impide a Jesús entrar a la ciudad. Los
papeles se han invertido: el que vivía en las afueras de
la ciudad ahora vive en la ciudad y Jesús no puede entrar
abiertamente a la ciudad, pero, ¿Qué importa sí
el hombre ha regresado a casa? A Él no le importó
nacer fuera de la ciudad, ni le importará morir fuera de
la ciudad con tal que el hombre sea recuperado.
Jesús
también le ha ordenado presentarse ante el sacerdote, y con
ello le está devolviendo plenamente a la vida religiosa.
¡Que curioso aquel que jamás pensó que pudiera
levantar la mirada hacia Dios en el templo ha sido mirado por Dios
en el lugar menos esperado! En realidad lo del templo será
sólo un protocolo ante aquellos que ponemos aduanas entre
los hombres y Dios, ¡la mejor de las lecciones sí comprendemos
el mensaje de la misericordia!
Te
dejo para tu reflexión una pregunta: ¿Te
das cuenta como el hombre marginado del Templo regresa al Templo,
y a Cristo desde el Templo se irá maquinando su destrucción?
7.-
Pero bueno, ahora pensemos en los marginados de nuestro tiempo.
¿Quiénes son hoy por hoy nuestros leprosos?
No
se trata solamente de los enfermos físicos ni tan solo de
los pobres, ya que, nos sucede también a nuestra sociedad
“cristiana” que, al hablar de “gente baja”
o de “gente corriente”, no aprendemos a distinguir entre
lo sociológico y lo moral, mucho menos lo económico.
Tenemos
que pensar en los leprosos de nuestro tiempo y de nuestra querida
ciudad, tanto en aquellos que están lejos, y a cuya atención
se dedica gente admirable, y a quienes solamente ayudamos, en algunas
ocasiones con una limosna.
Pero
tenemos que pensar que en nuestro tiempo se mantiene marginados
también a los indígenas, los indigentes, los limosneros,
los seropositivos, los drogadictos, los alcohólicos, las
prostitutas, los desempleados, los subempleados, los homosexuales...,
entre otros.
8.-
Pensemos, también, en tantos leprosos que están a
nuestro lado. Se trata de aquellos que no comparten nuestras ideas,
que no se comportan según nuestros gustos, que nos fastidian
con sus problemas, que nos molestan con sus miserias, que no respetan
nuestras programaciones ni nuestros espacios ni nuestros horarios.
¡Cuántos
leprosos, excluidos, rechazados y condenados a la soledad, en nuestro
programa familiar! Pensemos en el matrimonio mal avenido, en los
divorciados, en los hijos de divorciados y en la madre soltera.
9.-
Hoy, más que nunca, es sumamente urgente el que aprendamos
a practicar dos virtudes con los marginados de nuestro tiempo: una
sana preocupación evangelizadora y la evangélica práctica
de la tolerancia.
En
primer lugar: Preocupémonos de recuperar
a todos aquellos que se han alejado o que han sido expulsados de
nuestros círculos. ¡Evangelicemos! ¡Llevémosle
el mensaje de Cristo!, busquemos iluminar toda vida con el contenido
cristiano, a través de nuestras palabras pero también
con la coherencia de nuestras acciones.
Incentivemos
una pastoral para cada una de las situaciones especiales en la que
viven y sufren tantas personas a las que proscribimos.
Busquemos
restituir a nuestros marginados a los distintos círculos
de la sociedad, pero busquemos restituirlos también a la
vida de Dios. Evitemos un peligro: Cuidemos que nuestras reuniones
y celebraciones especiales no se vuelvan, de tan especializadas
que son en marginantes, ya que en muchas ocasiones nuestro trato
especializado va creando nuevos campos de concentración y
lugares de reserva. Lo óptimo, en la recuperación
de la vida social y eclesial, para nuestros hermanos, será
siempre un regreso incluyente tanto en la comunidad social como
en la comunidad religiosa.
En
segundo lugar: El celo por el evangelio debe ser
acompañado por el respeto a las personas que nos rodean.
Entendamos que nuestra “aldea global” nos lleva, con
mayor frecuencia, a encontrarnos con personas que viven y piensan
distinto. El encontrarnos con personas que propugnan concepciones
diferentes de la vida, nos exige la práctica de la tolerancia.
10.-
Sin embargo, debemos cuidar el no ir bautizando los pecados. Seamos
celosos del cristianismo. Evangelizar es buscar que nuestra vida
se adecúe al Evangelio y no que el Evangelio se adecúe
a nuestra vida. No olvidemos, que la finalidad de la tolerancia
será siempre la verdad.
Si
bien es cierto que “la verdad será verdad aunque nadie
la sostenga”, debemos tener presente que la tolerancia excluye
la imposición de la verdad por la fuerza. Sin caer en un
“todo se vale”, aceptemos la enseñanza del Concilio
Vaticano II: “La verdad no se impone de otra manera que por
la fuerza de la misma verdad” (DH 1c).
12.-
Queridos amigos:
¿De
qué color es la piel de Dios? Hace poco más
de 2000 años, el Señor Jesús nos enseñó
que su piel tiene el color de la piel del hambriento, el sediento,
el enfermo, el preso, el desnudo y del forastero. Aceptemos que
ese color de piel era el de los marginados en tiempos del Señor.
¿Podrías pensar que hoy el color de la piel del Señor
es la del seropositivo? ¿Puedes entender y aceptar que todo
lo que hagamos o dejemos de hacer con cada uno de los marginados
de nuestro tiempo es a Cristo al que se lo hacemos o se lo dejamos
de hacer?
¿De
qué color es la piel de Dios? ¿Cuál es su textura?
EL ABISMO EXISTENTE ENTRE EL SER Y EL ESTAR.
“En
aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para
suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”.
Jesús se compadeció de él, y extendiendo la
mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero:
Sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó
limpio.
1.-
Muy queridos radioescuchas:
Al
encontrarme, en el horizonte del Evangelio con el rostro, el cuerpo
y la vida de este hombre, marcados por el terrible e inaplacable
flagelo de la lepra, no he podido arrancar de mi mente el poder
reflexionar en este espacio sobre una realidad muy humana y muy
próxima a cualquiera de nosotros: la enfermedad.
No
se trata solamente de una cercanía relacional sino de una
cercanía existencial. ¿Quién
de nosotros se ha librado, o tiene la seguridad de librarse de experimentar
la enfermedad?
2.-
Hoy vemos en el Evangelio a un leproso que sale al encuentro del
Señor y que le suplica de rodillas. Se trata de un enfermo,
el Evangelio no nos especifica si este hombre era joven o anciano,
si era rico o pobre, si tenía cultura o si era un hombre
de sencilla ciencia, si era hijo único o si tenía
hermanos,... en realidad todas estas anotaciones resultan innecesarias,
basta saber que es un enfermo de lepra, y que su enfermedad se convierte
en la única referencia posible en la vida de esta persona.
3.-
Te quería comentar algo que quizá pueda resultarte
de interés: hace 20 años, mientras realizaba mis estudios
en la Universidad, uno de mis maestros en la materia de Moral de
la Vida, un sacerdote que poseía el grado de doctorado en
Teología Moral, perteneciente a la Congregación de
los Misioneros del Espíritu Santo, nos presentaba a los alumnos
que le escuchábamos con avidez, que eran dos las situaciones
que empujaban al hombre irremediablemente a la soledad: La
enfermedad y la muerte.
Decía,
este insigne maestro, que la enfermedad nos hace experimentarnos
dependientes de los demás y que resulta imposible que alguien
pueda llegar a tener una correcta interpretación, desde fuera,
de lo que está pasando en la vida del enfermo, y que esto
empuja a experimentar la soledad. Afirmaba también este maestro,
que la muerte se vivía también en la soledad.
4.-
Pero,... no desviemos en este momento nuestra mirada hacia otro
lugar que no sea el de la enfermedad, ya que sobre la muerte hemos
hablado y podemos hablar en otros espacios.
En
un primer momento, te invito para que distingamos algunas de las
distintas situaciones que son llamadas con un mismo nombre: enfermedad.
Existen
algunas enfermedades que son transitorias y que se solucionan en
un corto lapso de tiempo: por ejemplo un dolor de muelas que se
soluciona con un calmante o, a lo mucho, con una extracción
de la pieza, así también algunos
otros padecimientos que se solucionan con la extirpación
de un órgano afectado, así las amígdalas,
la vesícula biliar, la apéndice..., entre otras. En
algunas enfermedades se llegan a aplicar, hoy en día, esas
cirugías llamadas ambulatorias.
Hoy
la industria de la salud nos fabrica nuevos sueros, antibióticos,
se hacen transplantes, y van desapareciendo muchas de las enfermedades
así llamadas endémicas...,
5.-
Sin embargo, hoy han hecho su aparición, de forma arrolladora,
otra clase de dolencias: así las enfermedades de nervios,
los cuadros depresivos y obsesivos, el histerismo, la paranoia y
todo tipo de psicopatías, el flagelo de la adicción
al alcohol y a las drogas... Por más que pudiera escucharse
anticuado, nuestra vida sigue siendo un valle de lágrimas.
6.-
No obstante todo lo anterior, hoy quisiera invitarte para que pensemos
en aquellos enfermos así llamados crónicos que viven
sus padecimientos en la terminalidad: los cancerosos, los seropositivos,
los tuberculosos, los cardíacodeficientes, los diabéticos,
los renoinsuficientes, los leprosos; lo cual les hace pasar a vivir
un nuevo estado o una nueva etapa de su vida comparable con la gestación,
la infancia, la pubertad, la juventud o la madurez..., ellos están
hoy en la etapa de la enfermedad.
En
la vida de nuestros enfermos crónicos, se ven modificadas
su personalidad, sus relaciones consigo mismo, con los seres cercanos,
con las amistades, con sus compañeros de trabajo... con el
mundo y con Dios.
En
la realidad, el universo del enfermo se estrecha, puesto que si
antes podía decidir, ahora tiene que ceder ante lo que se
le ordena. Antes se experimentaba invulnerable y ahora se sabe y
se siente limitado.
Las
coordenadas espacio-temporales en la vida de los enfermos crónicos
cambian en sus dimensiones. En muchos de los casos ya no se puede
asistir, ni a todos los lugares de reunión ni a los destinos
en que se quiere ir a vacacionar, en algunos otros el universo se
reduce a una habitación, a una cama, a un sofá, a
una silla de ruedas, a un cuarto de baño, a un corredor o
a una sala de estar. Son muchos los que han visto que su horizonte
se ha vuelto compacto, cuando mucho se reduce a una ventana. En
otras ocasiones, la enfermedad va arrojando al hombre a un estado
de postración o de parálisis de sus fuerzas vitales.
En
el nivel de comunicación también se ve afectado el
enfermo: Se siente, o le hacemos sentir, tratado como si fuera un
niño o como un débil mental.
La
salida al encuentro de la persona que queremos se modifica y, ahora
se ha cambiado por esa visita ocasional de la persona que todavía
nos quiere, o que realmente nos ha querido.
7.-
El estar enfermo tiene que concebirse como un modo de ser particular
que afecta a toda la persona en su manera de pensar, de juzgar,
de reaccionar, de comportarse y de relacionarse. No es el hombre
el que tiene una enfermedad sino la enfermedad la que va posesionándose
del enfermo.
Te
lo explico de otra manera: una cosa
es el ser y otra el estar. Por ejemplo, un pordiosero
más que decir: “Yo soy pobre”, tendría
que decirnos “Yo estoy pobre”, pero nuestros enfermos
crónicos y terminales, más que decir “Yo estoy
enfermo”, nos tendrían que decir: “Yo soy enfermo”.
La enfermedad, en estos casos, afecta más que a la esfera
del tener a la esfera de nuestro ser, es una situación no
transitoria, como lo puede ser la pobreza, sino una situación
que llegó para quedarse .
8.-
Y es aquí en donde ingresa la magnitud del mensaje evangélico:
Dios ha salido al encuentro del enfermo, y se deja encontrar por
ellos.
Hoy,
el Evangelio nos muestra al Dios que ha venido a nosotros y que
ha salido a los caminos para encontrarse con aquellos que han sido
arrojados a los caminos, a causa de sus enfermedades, o mejor dicho
a causa de una enfermedad de la humanidad, llamada egoísmo.
Se trata del Dios de la vida que ha salido del Templo de su infinita
gloria para encontrarse con aquellos que han sido expulsado de nuestros
templos terrenales.
Y,
fijate como no es el enfermo el que contagia a Jesús, sino
que es Jesús quien limpia las carnes del enfermo y quien
le contagia de la necesidad de proclamar la salvación a todos
los hombres.
Jesucristo
tocó al enfermo sin ser contagiado por la lepra, pero sí
contagiado de misericordia en su corazón por la extrema necesidad
y por la fe del leproso. El leproso, por su parte, se contagio de
la pureza de Cristo y de un entusiasmo nuevo manifestado en un anuncio
gozoso a todos sobre su curación y sobre su hallazgo. Se
da un encuentro en un doble movimiento: el de la compasión
de Dios y el de la carencia del hombre. Y después del encuentro
viene la transformación y el entusiasmo.
9.-
Hay un trozo de una composición de Don Miguel de Unamuno,
que nos refiere la vigilancia, la atención de Cristo y su
preocupación a favor del hombre:
“
Mientras la tierra sueña solitaria,
Vela la luna blanca;
Vela el hombre desde su cruz,
Mientras los hombres sueñan;
Vela
el hombre sin sangre,
El hombre blanco
Como la luna de la noche negra;
Vela el hombre que dio toda su sangre
Porque las gentes sepan que son hombres.”
10.-
Muy queridos amigos: Jesucristo ha tenido compasión del hombre,
y esto no lo debemos olvidar en el cristianismo.
¿Sabías
que hay una diferencia muy marcada entre la ciencia y la religión?
La ciencia se preocupa de investigar y curar las distintas enfermedades.
La religión cristiana, debe contemplar y seguir a su Señor
que se ocupa, más que de una enfermedad, de curar a cada
enfermo.
La
relación de Jesús con la humanidad doliente no es
un gesto de filantropía colectiva. Para Él lo que
cuenta es el individuo. Se trata de un amor personal, en nada semejante
al anonimato de muchos de nuestros grandes hospitales donde cada
paciente es un número despersonalizado. No se admite comparación
de la actitud de Jesús con las preocupaciones de la ciencia
frente al mal, por que la ciencia estudia las enfermedades en enfermos
que se convierten en casos concretos y hasta en tesis de estudio
para una facultad, pero la solicitud de Jesús recae sobre
el enfermo mismo.
11.-
Y esta debe ser la actitud del cristiano. Quisiera comentarte el
ejemplo de un cristiano que imitó a Cristo, a tal punto de
ser considerado más que un filósofo, un místico
intelectual del siglo XX. Nada tan conmovedor en este sentido como
el testimonio de Emmanuel Mounier, al comprobar que su primer hijo,
como consecuencia de una encefalitis, quedaría sumido para
siempre en una misteriosa noche del espíritu, y Mounier escribe
en su epistolario su trato hacia su hijo:
“No,
no es posible que haya sido una casualidad, un accidente... Ha llegado
Alguien; era grande y eso no es una desdicha... Sólo cabía
guardar silencio ante ese joven misterioso que poco a poco nos fue
llenando de gozo... Yo me acercaba a aquella camita sin voz, como
a un altar de algún lugar sagrado en el que Dios hablaba
por un signo... Nunca había conocido tan intensamente el
espíritu de oración como cuando mi mano decía
cosas a aquella frente que no respondía nada, cuando mis
ojos se atrevían a fijarse en aquella mirada distraída
que llevaba lejos, muy lejos detrás de mí, no sé
que acto emparentado con la mirada que mira mejor que una mirada.
Un Misterio que no puede ser más que un Misterio de bondad.
¿Habrá que llamarlo una gracia, una gracia demasiado
pesada? ¡Una Hostia viva entre nosotros, muda como la hostia,
radiante como ella!... Tantos inocentes desgarrados, tantos inocentes
aplastados, ese niño inmolado día tras día
era quizás nuestra presencia en medio del horror de los tiempos...
Desde la mañana hasta la noche, no pensamos en ese mal como
en algo que se nos quita, sino como en algo que damos, para no desmerecer
de ese pequeño Cristo que está en medio de nosotros,
para no dejarlo solo – a él que tiene que arrastrarnos-,
no dejarlo solo a él trabajando con Cristo... No hay nada
que se parezca tanto a Cristo como el inocente que sufre”.
LAS
LEPRAS DEL ALMA.
“Al
despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No
se lo cuentes a nadie: pero para que conste, ve a presentarte al
sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”.
Pero
aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús
no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se
quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a Él
de todas partes.”
1.-
Muy queridos amigos:
San
Marcos nos muestra a Dios y al hombre asistir puntualmente a la
cita. Aquel hombre, es posible que desconozca la trascendencia,
de que el deambular de sus pasos a través del polvo de aquellos
caminos le hallan llevado a toparse con el Nazareno, pero para Dios
no existen las casualidades, y el encuentro de salvación
se realiza en el proyecto de Dios.
En
aquellos caminos de Palestina se ha realizado el encuentro entre
la fe de un enfermo y la compasión del Hijo de Dios, entre
el poder de Dios y la indigencia humana.
3.-
Y,... hablando de indigencias, hoy bien podríamos hablar
de otro tipo de enfermedades que nos afectan directa o indirectamente,
mucho más que al cuerpo a nuestra alma, y para las cuales
también necesitamos de la acción salvadora de Cristo.
G.
Lipovetsky, ya había diagnosticado el cuadro patético
de nuestro tiempo, en su libro: “La era del vacío”,
en el cual nos narra el contraste originado por los grandes adelantos
de nuestra época y las actitudes deterioradas de las personas:
“Han desaparecido los sordos, los ciegos, los lisiados, pero
ha surgido la edad de los que no quieren oír, de los que
no quieren ver y de los que no son capaces de caminar ni de esforzarse
en la vida.”
4.-
Hoy, los hombres padecemos de otro tipo de lepras, que provocan
que nuestra vida se vaya cayendo a trozos. La enfermedad física
suele durar un tiempo, pero la más dura suele ser la enfermedad
del alma, y esta se da cuando vamos perdiendo la ilusión,
la esperanza y el sentido en nuestra propia vida.
5.-
Hablemos de algunas de nuestras modernas lepras:
Una
primera enfermedad que marchita la vida de muchos
radica en ese impulso de querer compararse
con otros, considerando que son mejores que ellos,
conduciendo este pensamiento a una baja estima, que los llena de
mala envidia, de celos y de complejos.
La
segunda de las enfermedades de nuestro tiempo,
como bien pudo haberlo sido de todos los tiempos y generaciones,
radica en la incapacidad para comprender
la trascendencia de lo que decimos y de lo que hacemos.
Hay ocasiones que hasta nos sorprende la facilidad con la cual las
personas toman sus decisiones; la superficialidad sobre la cual
basan sus juicios de enorme trascendencia; la frivolidad verdaderamente
delictuosa, culpable, con la cual comprometen definitivamente valores
y principios de convivencia humana sin los cuales ni hay futuro
ni podemos vivir auténticamente.
Una
tercera forma de lepra, la última que te
voy a mencionar en este día, se vive en nuestra familia,
y consiste en esa falta de cohesión
entre cada uno de los miembros que la formamos y que va provocando
que se vaya cayendo pieza por pieza. Se trata de
girones de carne en nuestra realidad familiar que se van desprendiendo
y nos mantienen mutilados.
Nuestra
vida personal también se va haciendo girones, sobre todo
cuando no hay cohesión entre cada uno de los momentos que
vivimos en nuestra vida. La vida no está hecha de una sola
pieza, sino que por el contrario se conforma de piezas de distintas
formas y tamaños.
6.-
Pero, terminemos de una vez con nuestros diagnósticos, y
pidámosle al Señor que nos cure de nuestras lepras:
Pidámosle,
en primer lugar, que vivenciemos el amor: El rompecabezas de nuestra
familia sólo encontrará cohesión en la práctica
del amor entre cada uno de los miembros. La caridad es el pegamento
que le da cohesión a las distintas piezas de nuestra construcción.
Es
cierto que Dios nos ha dado la madera para nuestra vida y nos ofrece
su ayuda para que edifiquemos una catedral en el amor y la alabanza.
En este proceso tengo que aceptar mis responsabilidades: puedo usar
la madera que me dieron para hacer un escalón, que me ayude
a subir, o, en caso contrario, que me puede servir de tropiezo,
de obstáculo o para emprender la huida.
Día
tras día, Dios me va dando nuevas piezas que se acomodan
en un gigantesco rompecabezas de mi vida. Algunas de esas piezas
son punzantes y aflictivas. Otras son grises e incoloras. Sólo
Dios conoce toda la belleza que es posible lograr cuando todas las
piezas se hayan acomodado en su debido lugar. Por mi parte, yo sólo
conoceré toda esa belleza cuando haya acomodado mi última
pieza, que es la pieza de mi muerte.
7.-
Para curar esa lepra que nos hace estarnos comparando continuamente
con los demás, debemos darnos cuenta que cada quien es tal
cual es y que no hay duplicados, nadie puede ser lo que no es genéticamente,
nadie puede ser sustituido, ni desechado, nadie puede pretender
ser lo que no se es.
Es
absurdo que el roble se compare con el pino y que se autodestruya
porque no puede ser tan alto como él; es una locura que el
majestuoso pino en vez de gozar por su altura, se maltrate porque
no puede dar uvas...
8.-
Pidámosle a Jesucristo que nos conceda la medicina de su
gracia para que curemos también la lepra de la superficialidad,
y que nos conceda el no tenerle miedo a afrontar las cosas en la
profundidad real de su situación. En muchas ocasiones preferimos
cerrar los ojos, preferimos cuidados paliativos antes de enfrentar
nuestras verdaderas enfermedades.
Es
tan fácil buscar aliviar una situación en lugar de
buscar una verdadera cura de la misma. Aliviar es rápido,
para curar hace falta que afrontemos nuestros problemas y que en
muchas ocasiones a través de un proceso verdaderamente doloroso
podamos quedar curados de la adversidad.
9.-
Te comparto una anédota que nos narra el abate Pierre, fundador
de la Congregación “Los traperos de Emaús”,
en su libro: "A pesar de todo..."
“Veo
a aquel joven y observo que, cuando le hablo, no presta atención
a nada de cuanto le digo; es tan desgraciado que sólo tiene
una idea en su mente: volver a intentar el suicidio. Y entonces,
sin reflexionar ni calcular verdaderamente impulsado por el Espíritu
Santo, hice todo lo opuesto a la beneficiencia.
Desde
hacía algún tiempo solían caer por nuestro
albergue de Emaús algunos amigos desesperados, sin cobijo,
gente que había sido expulsada de un barrio que había
sido modernizado.
Pues
bien, me encuentro al lado del suicida y le digo todo al revés
de lo que es la beneficiencia. "Eres desgraciado, terriblemente
desgraciado es atroz; no puedo hacer nada por tí, no me queda
dinero, no tengo más que deudas. Pero mira este es mi alojamiento
y ésta mi forma de vivir, trabajo de noche y los domingos
construyendo casas para las madres que lloran porque el padre se
marcha a la taberna, a perder su jornal...
Y
le digo también: "Ya estoy medio enfermo, agotado, no
puedo darte nada. Pero tú, puesto que deseas suicidarte,
eres libre, no tienes nada que te retenga ni te estorbe. ¿No
querrías echarme una mano para terminar una vivienda antes
de suicidarte...? Después harás lo que te plazca,
pero ahora ¡ven a ayudarme!
El
hombre desesperado, mi primer compañero, se vino. La primera
comunidad de Emaús, estuvo integrada por un cura enfermo
y un suicida inexperto. Al encontrarnos los dos, consideramos otro
infortunio, el de las familias sin techo, y nos dijimos uno al otro:
"¿Qué es lo que hay que hacer inmediatamente
para sacarlas del apuro?"...
Pronto
va a hacer nueve años que murió mi primer compañero.
Estando
para morir me dijo: "Padre, nada de cuanto usted hubiera podido
darme entonces, me habría impedido intentar de nuevo el suicidio.
Pues tenía medios para vivir, pero me faltaban motivos para
seguir viviendo...
Y
encontró la razón para vivir: amar, cargarse de trabajos
para que los de otros fueran menos, amar... así podría
uno estar hablando hasta el día del juicio para explicar
lo que es amar. Pero una breve frase lo puede resumir. Amar es:
que cuando sufras tú, que eres el otro, me duela a mí...
Aquel
hombre había encontrado la razón de vivir, pero no
la encontró por sí sólo. Completamente solo
no era más que un hombre roto y acabado, encontró
la razón para vivir cuando encontró a otro hombre
que le dijo: "ayúdame a ayudar a otros, vamos a hacerlo
entre los dos; yo ya no puedo más, te necesito". Yo
no le dí nada, fuera del orgullo de sentirse necesario para
otros y de poder dar de él a su vez.
Para
él todo ha cambiado: descubrió que, diciéndome:
"sí vengo", sucedería muy pronto que le
seguirían por la calle los chavales y le diría una
mujer: "Gracias, señor usted nos ha salvado...".
El
asesino, el presidiario, el suicida inexperto, se convierte en alguien
al que la gente le dice: "¡Gracias!".
10.-
Al final de esta historia y de este espacio, sólo unas interpelaciones:
¿No
somos nosotros de los que tienen medios para vivir, pero nos faltan
motivos para seguir viviendo? ¿Y no estará
ahí la raíz más profunda de nuestras depresiones,
pesimismos y horas bajas? ¿No será ésta precisamente
nuestra lepra?
"Y
encontró la razón para vivir: Amar, cargarse de trabajos
para que los otros fueran menos". ¿Hemos hecho del amor
nuestra razón de vivir? El amor a los demás: a los
de casa, a los vecinos, amigos, compañeros de trabajo, a
los necesitados que tenemos cerca de nosotros y a los de lejos...
11.-
Pidámosle a Jesucristo que nos reintegre a la comunidad,
que nos acerquemos a su Iglesia. La razón para vivir no la
encontraremos sólos. Completamente sólos no seremos
más que hombres y mujeres rotos, destrozados, piezas de un
rompecabezas perdidos en el espacio.
Regresemos
a nuestra familia: todos tenemos a nuestro lado alguien que, en
lugar de echarnos sermones, nos está suplicando: "Ayúdame
a ayudar a otros". ¿Quién es ese alguien para
nosotros, cuál es su nombre?
Una
palabra salida del fondo del corazón: "¡Gracias!"
puede rehabilitar a cualquiera... El encontrarnos con Cristo, y
al quedar limpios de nuestra lepra, nos debe reintegrar a nuestra
comunidad y ayudarnos a percibir nuestra valía.