Domingo 19 de Febrero de 2006_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
“Cuando
Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la
voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta
gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras
él enseñaba su doctrina, le quisieron presentar
a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como
no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente,
quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús,
y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.
Viendo
Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico:
“Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos
escribas que estaban ahí sentados comenzaron a pensar:
“¿Por qué habla ése así? Eso
es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados
sino sólo Dios?”
Conociendo
Jesús lo que estaban pensando, les dijo: ¿Por qué
piensan así? ¿Qué es más fácil,
decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”
o decirle: “Levántate, recoge tu camilla y vete a
tu casa”? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene
poder para perdonar los pecados –le dijo al paralítico-:
Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu
casa”.
El
hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla
y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron
atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca
habíamos visto cosa igual!”
El
pasaje Evangélico de este domingo, nos muestra esa doble
necesidad que tiene todo hombre: en primer lugar ese nuestro estar
faltos de Dios y, aunado a esto, la necesidad de la solidaridad
humana.
Aquel
hombre que se encuentra postrado en una camilla, a causa de su enfermedad
nos representa a todos, a tí y a mí, y a cada uno
de los miembros de la humanidad.
Se
trata de un hombre paralítico, una persona inactiva e insuficiente
por sí misma, siempre necesitada de los demás. Pero
no está solo, ya que a su lado se ha hecho presente la solidaridad
de esos auténticos amigos que quieren su salud, pero que
no han podido conseguirla. Pero ahora ellos han podido percibir
que aquello que sí pueden hacer es poner al amigo en contacto
con Dios. Y, es que precisamente, allí en donde acaban las
posibilidades humanas encuentra principio la manifestación
del poder divino. Digámoslo de otra manera: las posibilidades
humanas tienen su verdadero inicio cuando en su imposibilidad se
acercan a las posibilidades de Dios.
2.-
Oye, ¿Te has detenido en alguna
ocasión a reflexionar sobre el tema de la amistad cristiana?
Al
leer el pasaje del Evangelio de este domingo, en donde aquellos
cuatro hombres tienen una preocupación muy noble a favor
de aquel hombre postrado en su lecho de enfermedad, quisiera invitarte
para que meditemos en torno al tema de la amistad cristiana.
Lo
he preferido el día de hoy, y no el domingo pasado que estaba
ubicado apenas dos días antes de esa fiesta tan comercializada
de “el día del amor y la amistad”, y la razón
es la siguiente: la Palabra de Dios hoy nos ofrece pautas fundamentales
para entender la verdadera amistad cristiana.
Amistad
cristiana: Me parece importante que le demos un lugar especial tanto
al sustantivo como al modificador del sustantivo. Resulta importante
hablar sobre el tema de la amistad, pero sobre todo es fundamental
dar algunas líneas necesarias sobre sus cualidades auténticamente
cristianas.
3.-
La amistad es una relación profundamente humana que brota
de la posibilidad de encontrarse entre seres personales, con inteligencia,
con sentimientos, con emociones y con libertad. En esencia, podemos
decir que la amistad no puede ser solamente un afecto, sino una
relación social que, sin lugar a dudas, supone un afecto.
Pero, aquí lo más importante es la relación,
ya que el amor en muchas ocasiones no exige la reciprocidad, es
decir, la correspondencia, y la amistad sí exige la correspondencia.
Te lo explico con tres ejemplos: un sentimiento tan noble como lo
es el amor paterno estrictamente no exige la reciprocidad, tal como
acontece en el caso de muchos padres de familia que aman aún
sin ser correspondidos, y quizá aquí el amor paterno
llega a ser más digno de nuestra admiración; el amor
filial tampoco exige la reciprocidad, podemos amar tanto a nuestros
padres aunque ellos no se preocupen por nosotros, y un amor de esta
dimensión merece todo el respeto; finalmente el amor fraterno
tampoco exige la reciprocidad, ya que en lo personal yo puedo querer
mucho a mis hermanos y aunque ellos no me correspondan esto en nada
disminuye el amor fraterno que yo puedo experimentar y manifestar....
Pero en el caso del amor de amistad, estrictamente no puede haber
amistad sin correspondencia.
Te
fijas como la amistad es más una relación social que
un afecto.
La
amistad como relación social encierra un doble aspecto. En
primer lugar, la amistad supone la posesión común
de ciertas cualidades, inclinaciones, actividades, gustos, aficiones,
etc..., en las que los amigos convienen y, lo cual se constituye
en un punto de encuentro entre esas dos personas. En segundo lugar,
la amistad supone que las dos personas no sean precisamente en todo
iguales, sino que debe existir entre ellas ciertas diferencias debido
a las cuales se experimente la necesidad del otro y, así
los amigos se puedan complementar mutuamente y puedan constituir
una unidad orgánica, en la que cada uno tiene una función
propia respecto al otro, se da una unidad en la diversidad.
La
presencia en la amistad tanto de los elementos identificables como
de los diferenciantes lo ha plasmado Maurois diciendo:
“Ésta podría ser una buena receta para la amistad:
tener los mismos gustos y oficios distintos”.
La misma idea la manejaba Salustio diciendo: “Querer
la misma cosa y no querer la misma cosa, ésta es la verdadera
amistad”.
4.-
Los elementos anteriormente referidos encierran factores importantes
sobre cualquier tipo de amistad. No obstante, quiero ahora agregar
aquellos elementos que hacen que una amistad sea eminentemente cristiana,
para ello quisiera seguir el pensamiento de Santo Tomás de
Aquino.
El
Aquinate expresa que la amistad cristiana es una expresión
del amor que debe contar con 5 cualidades: Debe ser un amor de benevolencia,
un amor recíproco, un amor estable, un amor manifiesto, y,
finalmente, un amor de comunión. Meditemos acerca de cada
una de estas cualidades.
En
primer lugar la benevolencia:
La amistad nos hace deleitarnos en el bien de los que queremos,
para ellos sólo podemos querer el bien. Si una persona le
desea el mal al otro, o le procura daños, o le provoca un
sinfín de problemas, o le destruye en su vida, en su salud,
en su familia, en sus estudios o en su profesión, debiera
uno automáticamente poner en tela de duda si realmente esa
relación corresponde a una amistad cristiana. Fíjate
como el día de hoy se va confundiendo la amistad con las
falsas comparsas. Se considera “amigo” a alguien que
nos solapa actitudes o acciones nocivas, al que se vuelve cómplice
de un mal actuar, al que encubre aquello que nos está destruyendo,
o que silencia aquello que está lastimando a los que más
nos quieren. Un amigo no puede desear que estés perdiendo
ese tiempo que le corresponde a tus estudios o que se dañe
tu matrimonio, que se pierda tu negocio o que se ponga en riesgo
tu trabajo. El primer factor, es la benevolencia, en la amistad
se trata de querer el bien del otro.
En
segundo lugar está la reciprocidad:
La amistad al ser una relación social exige la correspondencia,
es decir, brota de un sentimiento que se experimenta como algo mutuo
en la vida. No puede existir amistad si sólo una persona
ama a la otra, con un amor que no es correspondido. La amistad será
siempre cosa de dos. Se trata de una correlación. Y en nuestro
tiempo, algunos hemos convertido la amistad en un título,
ya que no nos procuramos, no dialogamos, no nos cuidamos recíprocamente.
La amistad exige la cercanía, un trato frecuente y la corresponsabilidad.
En
tercer lugar está la estabilidad:
En la amistad es importante tanto la existencia como la permanencia
de los sentimientos. Una inclinación suscitada por un impulso
pasajero de simpatía no puede ser catalogado como una amistad;
ser amigo de una persona supone un comportamiento constante, bien
arraigado y aceptado conscientemente. La amistad exige la manifestación
de la fidelidad y de la lealtad, que sólo el paso de los
años nos otorga. Se trata de sobrevivir en el afecto a un
sinfín de situaciones adversas, y dar testimonio con la vida
de los sentimientos que se albergan en el corazón. Si alguien
habla de un amigo que “un día se tuvo”, tendría
que poner en tela de juicio su afirmación o replantear sus
apreciaciones. Diría San Ambrosio que “la amistad que
puede acabar, nunca fue verdadera amistad”. Entiende, que
los amigos verdaderos son aquellos que quedan cuando todos se han
marchado.
En
cuarto lugar está la manifestación:
El amor de amistad exige de nuestra parte, que los sentimientos
se vuelvan operativos. La amistad debe tender naturalmente a manifestarse
en actos; la benevolencia exigirá espontáneamente
que se haga algo por aquél que se ama. Es totalmente contradictorio
el pensar en una amistad que no necesite de una cierta experiencia
de afecto; la amistad es un amor afectivo que se debe transformar
en efectivo. En este ámbito, el dolor suele ser un espacio
privilegiado para que se acrisole la genuina amistad. Date cuenta
de que nos une más el dolor que la diversión, nos
une más el padecer juntos que el gozar juntos.
Finalmente
está la comunión:
Afirmaba Aristóteles que los amigos son como un alma en dos
cuerpos, se trata de la fusión del “yo” y el
“tú” para que pueda surgir la madura experiencia
del “nosotros”. En la amistad se experimenta la unidad.
El amor de amistad debe llegar a crecer, de tal manera, que con
el paso del tiempo, los amigos sean capaces de conservar una sintonía
de vida que les haga capaces de captar las diferentes señales
que se emiten en la vida de la persona que se estima, y que se pueda
conocer todo aquello que pareciera permanecer escondido. La amistad
cristiana nos brinda esas herramientas necesarias para decodificar
todos aquellos códigos que el otro emite, y convertirlas
en un lenguaje comprensible. El amigo es considerado como “otro
yo” y a veces “otro yo” mejor que uno mismo. Esto
es lo que suscita una relación de benevolencia mutua, estable
y eficaz con otro sujeto. No es posible que dos personas se consideren
como una sola realidad, si no existe entre ellos una cierta comunión.
5.-
Para conseguir la comunión, la auténtica amistad ha
de estar cimentada en la apertura y la sinceridad absoluta; ésto
permitirá llegar a tener una comunicación emocional
y personal completa, que nos permita experimentar una mutua empatía.
Esta experiencia se puede asemejar a dos instrumentos musicales,
afinados de tal manera, que se pueda tocar la misma nota en el mismo
tiempo, de tal forma que se escucha solamente un sólo sonido
al pulsar de las cuerdas.
AMICITIA
PARES AUT ACCIPIT AUT FACIT.
“Cuando
Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la
voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta
gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras
él enseñaba su doctrina, le quisieron presentar a
un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como
no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente,
quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y
por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.
1.-
Muy gentiles amigos:
En
nuestro tiempo, el tema de la amistad es uno de los temas sobre
los que todo mundo habla con pretendida erudición. En esta
semana que ha terminado nos debió resultar sorprendente el
encender la radio o la televisión, el leer la prensa escrita
y encontrarnos con un sin fin de personas que aparentan ser doctos
sobre esta materia.
2.-
Al igual que sobre los temas del amor, de la familia y de la muerte,
si tú y yo, un día, navegáramos en la red o
incursionáramos en una Biblioteca, y nos dedicáramos
a inspeccionar en la información o en los libros que allí
se encuentran, nos quedaríamos pasmados ante la gran cantidad
de autores que han escrito sobre el tema de la amistad: filósofos,
pensadores, científicos, teólogos, psicólogos,
pedagogos, sociólogos, terapeutas y místicos,... por
sólo referir a algunos.
Si
quisiéramos encontrar una definición o una descripción
sobre la amistad, jamás terminaríamos de recolectarlas.
Son tantas y tan variadas las alusiones que pueden llegar a nuestras
manos.
Nos
encontramos con algunos pensamientos anónimos como aquel
que dice que “en la prosperidad,
nuestros amigos nos conocen; y en la adversidad nosotros conocemos
a nuestros amigos.” Algunos son de la antigüedad
como el de Epícteto: “Debemos
rehuir la amistad de los malos y la enemistad de los buenos”;
o como aquel otro de Aristóteles en su Ética Nicomaquea:
“Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad,
no tendrían necesidad de la justicia”.
Decía Marco Tulio Cicerón en su Tratado sobre la amistad
que “la amistad o encuentra
a iguales o hace iguales”.
Y,
¿qué opinas sobre este pensamiento de Catón
el censor: “ Desata, pero no rompas, los lazos de la amistad
sospechosa”?
Algunos
pensamientos son de celebridades del tiempo moderno como Friedrich
Nietszche: “Si eres un esclavo, no puedes ser un amigo. Si
eres un tirano, no puedes tener amigos”; o aquel otro que
fue escrito por Robert Louis Stevenson: “Un amigo es un regalo
que uno se hace a sí mismo”.
Hay
tantos pensamientos que me agradan, como aquel escrito por William
Blake: “Es más fácil perdonar a un enemigo que
a un amigo”; o el otro que bien podría parecerte contradictorio
al anterior y que fue pronunciado por La Bruyére: “La
amistad no puede ir muy lejos cuando ni unos ni otros están
dispuestos a perdonarse los pequeños defectos”.
Hay
pensamientos eminentemente cristianos, como la aportación
de san Agustín, al decirnos: “Ante todo debéis
guardaros de las sospechas, porque éste es el veneno de la
amistad”. O, ¿qué te parece la magistral exposición
del Beato Elredo en su Tratado sobre la amistad espiritual: “Esta
es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la
que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría
por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición;
la que puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar
de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se
muestra inflexible”?
El
Beato Raimundo Lulio, filósofo y escritor franciscano que
murió martirizado, en su estilo propio le pregunta a Dios
sobre la amistad y nos comunica lo siguiente: “ Preguntaron
al Amigo de dónde nacía el amor, de qué vivía
y por qué moría. Respondió el Amigo que el
amor nacía del recuerdo, vivía de la inteligencia
y moría de olvido”.
3.-
Gentil amigo:
Ya
en el segmento anterior, hemos hablado sobre la benevolencia, la
reciprocidad, la estabilidad, la manifestación, y la comunión,
cinco cualidades que ha manifestado santo Tomás de Aquino
como necesarias para la amistad... Debemos decir que la amistad
cultiva en nosotros otras muchas virtudes: el desinterés,
la comprensión, la condescendencia, el espíritu de
colaboración, la servicialidad, la mutua preocupación,
la promoción del otro, etc...
Pensemos,
no obstante, por ahora en uno de los elementos centrales del Evangelio
del día de hoy: Hablando de amistad cristiana resulta incomprensible
que un bautizado no tenga deseos de acercar a sus amigos a Jesucristo.
Recuerda que san Juan el Bautista se encargó de acercar a
Andrés y a Juan para que conocieran al Cordero sin mancha,
que Felipe acercó con entusiasmo a Natanael; y ahora, son
cuatro los amigos de aquel paralítico quienes le acercaron
a Jesús, sobreponiéndose a todo tipo de obstáculos.
4.-
¿Sabes? A lo largo de los siglos, la amistad sincera ha sido
uno de los caminos que Dios ha beneficiado para que así muchísimos
hombres se hubiesen acercado a la vida de la gracia. Algunos de
ellos compartieron el ideal evangélico y juntos llegaron
a vivir la santidad: Así los inseparables San Pedro y San
Pablo, San Gregorio y San Basilio, San Agustín y san Ambrosio,
San Francisco de Asís y Santa Clara, Santo Tomás de
Aquino y San Buenaventura, Santa Teresa de Ávila y San Juan
de la Cruz, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier..., por
sólo mencionar a algunos.
Y
es que la amistad verdadera debe conducir a la comunicación
de bienes, y esto debe hacernos pensar también en la comunicación
del Bien Verdadero,... de Aquel cuyo amor vale más que la
vida.
El
buen amigo se preocupa por acercarnos a Dios, aún
cuando nosotros estuviéramos imposibilitados para hacerlo.
Se trata de un buscar acercarnos a Dios no solamente con un fin
utilitarista y meramente pasajero, sino para que se establezca o
se restablezca nuestra amistad con el Señor: “Hijo,
tus pecados te son perdonados”- le dijo el Señor a
Aquel hombre paralítico-, esto es lo verdaderamente importante.
Todo lo demás vendrá por añadidura y será
algo sumamente más fácil para Dios.
5.-
A propósito de la amistad que conduce a Dios, predicaba el
Santo Cura de Ars en el siglo XIX: “Así como muchas
veces basta una sola mala conversación para perder a una
persona, no es raro tampoco que una conversación buena la
convierta o la haga evitar el pecado. ¡Cuántas veces,
después de haber conversado con alguien que nos habló
del buen Dios, nos hemos sentido vivamente inclinados a Él
y nos habremos propuesto portarnos mejor en adelante!... Esto es
lo que multiplicaba tanto el número de los santos en los
primeros tiempos de la Iglesia; en sus conversaciones no se ocupaban
de otra cosa que de Dios. Con ellos los cristianos se animaban unos
a otros, y conservaban constantemente el gusto y la inclinación
hacia las cosas de Dios.”
6.-
La amistad debe crear una armonía de sentimientos y de gustos
que pueda prescindir del amor de los sentidos, pero, en cambio,
debe desarrollar hasta grados muy elevados, e incluso hasta el heroísmo,
la dedicación del amigo a favor del amigo. Digamos que la
amistad cuando se suscita en la armonía llega a expresarse
en una dulce melodía.
Los
encuentros, incluso casuales y provisionales, dan la ocasión
a almas nobles y virtuosas para gozar de esta relación humana
y cristiana que se llama amistad. Lo cual supone y desarrolla la
generosidad, el desinterés, la simpatía y, especialmente,
la posibilidad de mutuos sacrificios.
La
amistad será pura y fuerte, si está sostenida y alimentada
por la comunión de amor, que un alma cristiana tiene con
el Señor.
7.-
Hablando de esos amigos que se preocupan por que las personas que
queremos se acerquen a Dios, te quería compartir una variación
de una narración que leí hace algunos años
en un libro de Don Armando Fuentes Aguirre,
titulado: Del amor, la familia y otros pensamientos.
“Se
cuenta que había en aquella ciudad dos amigos que compartían
el afecto sincero de la amistad desde la niñez: uno de ellos
era profundamente creyente y piadoso, mientras que el otro se manifestaba
y autodenominaba incrédulo y ateo.
El
amigo creyente, rectamente preocupado por su amigo, buscaba convencer
al renuente para que se acercara a Dios. Le ocupaba su tiempo el
buscar que aquel amigo pudiera conocer y experimentar el amor y
la bondad de Dios en su propia vida. Aguzó el ingenio y lo
hacía de todas las formas pensables y posibles, hasta llegar
a recitarle las argumentaciones que había dado San Ambrosio,
San Juan Crisóstomo, San Anselmo de Canterbury, San Alberto
Magno, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, y,... aquel
hombre nunca creyó.
Le
habló, lo mejor que pudo, del pensamiento de San Agustín
de Hipona según se contiene en sus libros de las “Confesiones”
y en la “Ciudad de Dios”, y aquel hombre le hizo caso
omiso, vivía escondido en ese caracol de la incredulidad,
que daba mil vueltas en los callejones del laberinto de su propia
insensatez.
Finalmente,
el tiempo separó a aquellos amigos, cada uno formó
su propia familia. Sus quehaceres y sus trabajos les distanciaron
y, antes de que se despidieran, el amigo creyente le dijo al incrédulo:
“solamente me queda rezar por ti, para que un día encuentres
a Dios,... o mejor dicho: que Él te salga al encuentro”...,
y le dejó a solas con sus pensamientos y con su insensatez.
Años
después, sucedió que aquel hombre que durante mucho
tiempo se llegó a confesar hasta ateo, una mañana
le fue a tocar la puerta al amigo creyente, lo cual le provocó
gusto e incertidumbre, motivo por el cual le preguntó el
cristiano al incrédulo acerca del motivo de su visita, y
aquel hombre le contestó con una sonrisa luminosa: -Quiero
decirte que ahora creo en Dios- ¡Estoy convencido de que Dios
existe!
¿Adió?
– le respondió el creyente-. Y pudieras decirme quien
te convenció. No le hiciste caso ni a Santo Tomás
ni a san Buenaventura, ni a San Anselmo ni a san Juan Crisóstomo,
ni a san Alberto ni a san Agustín.
-¿Podrías
decirme quién te convenció?-
A
lo que respondió el anteriormente incrédulo: -“Es
que ayer nació mi hijo”-... Y después de guardar
un momento de silencio continúo diciendo con su voz entrecortada-
“No hay duda: Dios existe, no me lo puedo explicar de otra
manera. ¡Dios existe!...
LOS
AMIGOS DE JESÚS.
Viendo
Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico:
“Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas
que estaban ahí sentados comenzaron a pensar: “¿Por
qué habla ése así? Eso es una blasfemia. ¿Quién
puede perdonar los pecados sino sólo Dios?”
Conociendo
Jesús lo que estaban pensando, les dijo: ¿Por qué
piensan así? ¿Qué es más fácil,
decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”
o decirle: “Levántate, recoge tu camilla y vete a tu
casa”? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder
para perdonar los pecados –le dijo al paralítico-:
Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu
casa”.
El
hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla
y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron
atónitos y daban gloria a Dios,...”
1.-
Por más que Jesús se esfuerza en establecer la calma
y recomendar la discreción, la muchedumbre le acosa. No hay
nada que hacer. Esto subraya la ambigüedad de la espera mesiánica
de parte de algunos. No debemos olvidar que de vez en cuando surgían
iluminados, como el día de hoy, que dicen ser el Mesías
esperado y que reunen a algunos partidarios desesperados utilizando
los hechos portentosos. Esto nos ayuda a comprender mejor el por
qué Jesús no quería que se hablase de Él
antes de tiempo. Él no quería que lo confundieran
con un libertador temporal.
Y
sin embargo, en el Evangelio contemplamos a Jesús empujado,
apretado, en una casa de Cafarnaúm. Y Jesús predica
la Palabra de Dios. Esto es lo importante para Él, si las
gentes iban a Él para ver “el milagro”, “lo
sensacional”, “lo sorprendente”... Jesús
permanece imperturbable en su papel, que es ante todo salvífico:
proclamar ¡la Palabra de Dios!
2.-
Le presentan entonces al paralítico, ¡la gente se empeña
en acercarse a Jesús por cualquier medio! Y de nuevo, lo
que es esencial para Jesús. En lugar de dejarse llevar por
un papel del Mesías taumaturgo, del Mesías milagrero,
Jesús valora la Fe y realiza una obra mesiánica completamente
salvífica: perdona los pecados. Él tiene poder para
curar al enfermo y, así lo va a demostrar, pero para Jesús,...y
así debe ser para nosotros, es más importante la salvación
que la sanación.
Y
es aquí precisamente en donde, todos aquellos que nos hacemos
llamar amigos de Jesús, debemos preguntarnos: ¿Qué
es lo que buscamos al acercarnos al Señor: la salud o la
salvación? ¿Confundimos
al Señor con un taumaturgo o le reconocemos como nuestro
Salvador?
3.-
Hemos hablado ya, durante los dos primeros segmentos, sobre
el tema de la amistad. Si revisas el Evangelio y tu propia vida,
te darás cuenta de otro factor más: Jesucristo es
el amigo que nunca falla; puesto que es Él, quien vive plenamente
ese amor de benevolencia, ese amor mutuo, ese amor recíproco,
ese amor manifiesto y ese amor de comunión.
En
el Nuevo Testamento, los discípulos han de ser reconocidos
como amigos de Jesús por dos razones. La primera es el perfecto
amor, que lleva a Jesucristo hasta el sacrificio de su propia vida:
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida
por sus amigos”. La segunda consiste en esa familiaridad
que se manifiesta en el conocimiento de la vida íntima de
Dios: “A ustedes ya no los llamo siervos sino amigos, puesto
que el siervo no sabe lo que hace su amo”.
El
poeta Archibald McLeich afirmó que a los hombres nos afectan
más los símbolos que las ideas. Decía que cuando
él solía entrar a una Iglesia católica le gustaba
ver el Santo Cristo que cuelga sobre los altares. Y es que allí
es fácil leer bajo la cruz un lema no escrito: “Nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos”.
La
amistad de Jesús la han experimentado tantos hombres, entre
ellos san Pedro. Es cierto que él ha autoexperimentado la
debilidad, los tropiezos, la fragilidad y su inconsistencia, y resulta
sorprendente la fineza con la que Jesús se acerca a él.
Pedro ha negado conocerle y ser uno de sus discípulos, y
no ha podido acompañarle ni siquiera una hora espabilado.
Y, ¿sabes qué? El Señor Jesucristo es tan leal
que la cobardía de aquel a quien quiere no ha logrado romper
los lazos de amistad que Él le ofrece a Pedro, y que nos
ofrece a cada uno de nosotros.
4.-
¡Que Jesús es el mejor amigo para cada uno de nosotros!
¿Quién podría negarlo?
¿Cómo
podríamos olvidar el consejo de santa Teresa de Ávila?:
“ ¿Qué más queremos que tener un tan
buen Amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones,
como hacen los del mundo?”
La
vida cristiana es una relación de amor con el Hijo de Dios
que vive más allá de la muerte. Alcanzados por Cristo,
como los santos, vivimos con Él una profunda comunión
de pensamiento, de vida, frente a lo que resulta pálido reflejo
cualquier amistad humana. Fray Luis de León lo ensalza como
el más amado de los hombres por el número de amigos,
por el amor que Dios mismo le tiene, por la grandeza de los sacrificios
que hay que aceptar por amor suyo hasta la muerte. A partir de ahora,
al hablar de amistad será imposible olvidarlo a Él.
Jesús
no ha venido al mundo a condenar la amistad, sino a santificarla
y hacerla posible acreditándola con su mismo ejemplo, aunque
en Él sea imposible separar las manifestaciones generosas
de un amor sobrenatural, de las manifestaciones externas de una
amistad humana.
¿Quién
puede olvidar o podría no hacer suyo lo que escribe Lope
de Vega en su Rima Sacra, así conocida como “De la
Divina espera amorosa?
¿Qué
tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh,
cuánto fueron mis entrañas duras
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas
veces el ángel me decía!:
“¡Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuanto amor llamar porfía!”
¡Y
cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos”, respondía,
para lo mismo responder mañana!
5.-
Amistad es un aspecto de la personalidad de Cristo que nunca meditaremos
lo suficiente. Cada uno puede decir de sí que Jesús
le quiere con una amistad personal única, y que esta amistad
es conjugable con la amistad que tiene con todos los demás,
a los que ama también individualmente.
Con
tan buen amigo, que quiso ser el primero en padecer, todo se puede
sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero.
Pero
cada uno de nosotros debe también cultivar actitudes que
muestren una verdadera amistad para con Jesucristo. Se trata de
un amor verdaderamente desinteresado en el que le amemos por lo
que Él es, más que por lo que podamos obtener.
6.-
¿Te acuerdas cómo Jesucristo se sentía
agusto en Betania? ¿Recuerdas cómo a Martha, a María
y a Lázaro se les llama “los amigos del Señor”?
En Betania estaba la casa de sus amigos, la casa de aquellos que
le ofrecían un lugar para su descanso cuando venía
camino a Jerusalén, era un lugar en donde se buscaba atenderlo
más que arrancarle un favor. Aquellas hermanas le ofrecían
tanto su desgaste en los quehaceres, como esa atención educada
de quien se sienta a sus pies para escucharle. Jesús valora
a los amigos, sabe ser amigo y permite que los que le quieren aprendan
a ser amigos. El Señor sabe gozar y llorar por sus amigos.
“Mira cuanto le amaba”, dirán los que vean llorar
al Maestro por Lázaro antes de regresarlo a la vida. Betania
era un lugar sumamente especial para Él.
Y
es aquí en donde debemos preguntarnos ya no sobre el trato
de amistad que Él nos ofrece, sino sobre el trato de amistad
que nosotros e ofrecemos a Él.
7.-
¡Qué mezquino resulta el que
amemos al Señor más por lo que nos puede ofrecer que
por lo que Él es para nosotros! ¡Qué degradante
es que le amemos más por los favores que esperamos que por
su persona!
Y
esto va estrechamente unido a las actitudes de aquellos que estamos
esperando que se manifieste más como un taumaturgo que como
Salvador. Las actitudes de muchos de los que nos llamamos amigos
de Jesús, dejan mucho que desear: predicamos a un Jesús
milagrero más que al Dueño de nuestra existencia.
Hoy
existimos muchos pseudocristianos que le damos mayor importancia
a los milagros que a la salvación que Jesucristo nos ofrece.
Cada vez son más los que en sus carpas hacen de los milagros
un espectáculo y en sus programas de televisión venden
quimeras en forma de rosas, mantos, listones rojos y vasos de agua,
a los que después les acompañaran sus facturas.
Cada
vez son más los predicadores que en la charlatanería
se presentan como si fueran médicos, y son tantos los templos,
los viejos cines, los locales de renta y las lonas en los campos
que, según ellos, deberían cancelar los hospitales
de nuestra ciudad. En la propuesta de esos autonombrados “ángeles
de Dios” deberíamos ya despedir a los médicos
y cerrar los centros médicos.
Ellos
olvidan que Jesucristo no ha venido a dejar sin trabajo a los doctores,
que no ha venido a desemplear a los panaderos, que Él no
ha venido a vaciar los hospitales, ni a hacerle competencia a los
comerciantes.... ¡Jesucristo ha venido a salvarnos!
Somos
tantos los “amigos de Jesús” que desarrollamos
nuestra vida cristiana bajo el signo de lo extraordinario, de lo
excepcional, y en no pocas ocasiones, de lo extravagante.
Olvidamos
que nuestro Amigo ha optado por lo discreto. Recuerda que un milagro
sensacional puede también llevar la marca de Satanás:
el cual provoca fantasmagorías, ilusiones y engaños...
A Satanás le interesa lo estruendoso y lo espectacular.
8.-
Hay muchísimos milagros, les mentiría y yo sería
injusto con Dios si olvidara mencionarlo, pero tengo que decir que
la discreción suele ser la firma que lleva cada uno de los
milagros divinos.
Esos
cristianos hambrientos de milagros no se dan cuenta de que en el
fondo son muy pobres en la fe. Su ecuación: más milagros
igual a más fe, es totalmente falsa y suele ser esa también
la propuesta del tentador. No son los milagros los que provocan
la fe sino la fe la que provoca el milagro.
9.-
No debemos negar el don de Dios, pero no es en una carpa, ni en
un viejo cine, en donde se tienen que dar los milagros, sino en
la vida diaria.
El
verdadero milagro, no los espectáculos montados con música
de fondo y programas editados en la televisión, significarán
siempre la libertad de Dios y no una manipulación humana.
10.-
Nuestro trato genuino de amistad para con Jesucristo se
dará cuando le amemos por lo que Él es, más
que por lo que podamos obtener de nuestras falsas amistades interesadas.