Domingo 2 de Julio de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

EL PÁJARO QUE CANTA AUNQUE LA RAMA CRUJA.

“En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla, y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: “¿Quién me ha tocado?” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: “¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida”. Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talitá, kum!”, que significa: “¡Óyeme, niña, levántate!” La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.


Momento 1

Momento 2

Momento 3

1.- Muy queridos amigos:

Al igual que la semana pasada, el tema de la fe, continúa siendo central en nuestra meditación de los textos de la Palabra de Dios. Se trata de un tema que ya asumimos el domingo próximo pasado cuando meditábamos acerca de la tormenta en la barca de san Pedro. No obstante, tenemos que enfatizar una pequeña variante en las lecturas del día de hoy: las dificultades se han agudizado y el horizonte se visualiza mucho más oscuro que el de aquel cuadro de tormenta en altamar que se nos mostraba el domingo anterior.

Ya no se trata de una tormenta a la que, con toda propiedad se le podría calificar como un “temporal”, es decir algo distinto a lo permanente y que tiene una duración medible en segundos, minutos, horas, o si tú quieres en días.

2.-     Hoy, el Señor Jesús se enfrenta con dos situaciones problemáticas cuya duración pueden ser calificadas, una de ellas como estática y la otra como irreversible, es decir “sin regreso”. Primero se ubica la situación estática en una enfermedad que ha permanecido durante doce años en una mujer adulta y después una situación “humanamente” irreversible que padece una niña de doce años. Y en este horizonte tormentoso, el Evangelio nos presenta el obrar de Dios ante dos tipos de muerte: la muerte social que padece aquella mujer y la muerte biológica que ha experimentado aquella niña.

Se trata de una muerte que encierra el número doce y que tiene un rostro: el de la mujer. Por un lado, la muerte de una niña que a sus doce años es arrancada de los brazos de su padre y que deja a su progenitor sumergido en el dolor de un hogar que no volverá a ser el mismo; por el otro lado, se encuentra una mujer que ya lleva doce años padeciendo una enfermedad irrefrenable y que, conforme a la ley de Moisés que prohibía el contacto con la sangre, no tan sólo no tenía un hogar sino que aquel padecimiento le había marginado de la sociedad judía de su tiempo.

En el orden cronológico, el primer beneficiario de los milagros del Señor se ubica en aquella mujer enferma que había padecido tanto a manos de los médicos y, cuya enfermedad le había provocado la pérdida de todos sus bienes materiales a manos de los galenos. Sin embargo, su mayor sufrimiento estribaba en la proscripción provocada por la disfunción física que padece: el flujo sanguíneo. Se trata de una enfermedad que en lo relacional se ha desplazado de lo religioso al campo del tabú social.

3.-     Es el caso de una mujer en la edad adulta, a quien Dios le concede la salud a manera de un nuevo nacimiento. Ella ya no padecerá ni en lo clínico ni en lo económico; y, sobre todo, ya no padecerá en lo socio-religioso a causa del rechazo que experimentaba por una enfermedad que ella no había provocado y de la que no era culpable.

El segundo beneficio lo han recibido dos personas: una niña y un padre de familia. Y con este milagro que manifiesta el poder de Cristo sobre la vida tenemos que reflexionar sobre esas posibilidades que tiene Dios allí en donde el hombre ya no visualiza posibilidades.

Jesucristo es el Dueño de la Vida en cualquier condición de la vida humana y en sus distintas etapas, y él concede el beneficio a diferentes personas en diferentes situaciones, no importando las circunstancias que rodeen la realidad de la muerte.

4.-     Para mejor entender el segundo milagro tenemos que mirar la intervención del Señor de la Vida, a favor de aquéllos que han muerto. Analicemos someramente los tres milagros de resurrección que el Señor ha hecho a favor de alguien más y que nos narran los Evangelios.

Jesucristo resucitó a la Hija de Jairo, como se nos narra el día de hoy, al hijo de la viuda de Naím y también resucitó a Lázaro, hermano de Martha y María.

Jesucristo es dueño y Señor de la vida en cualquier etapa que estemos viviendo: al resucitar a la Hija de Jairo, el Señor le está devolviendo la vida a una niña pequeña, al resucitar al hijo de la viuda de Naím el Señor realiza el milagro de la vida con un joven, y al resucitar a Lázaro está regresándole la existencia a un adulto.

Así mismo, Jesucristo es el dueño y Señor de la vida, independientemente del grado de dificultad o del tiempo que ha transcurrido desde que se interrumpieron los signos vitales en una persona: así resucita a la Hija de Jairo cuando han pasado algunos momentos de su muerte, el Señor iba de camino y después de “distraerse” con la hemorroisa, le piden que ya no llegue a la casa puesto que la niña ha muerto, y el Señor manifiesta que la niña está dormida y le dirá: Talita Kum, Niña levántate; en el caso del Hijo de la Viuda de Naím, el Señor se ha topado con el cortejo de la muerte, ya llevan a sepultar a aquel joven, lo cual significaba que llevaba unos dos días de muerto y el Señor le dice: “Joven, a ti te lo digo, levántate”; y, finalmente, el caso de Lázaro, mucho más complicado, puesto que ya lleva cuatro días en el sepulcro, y la misma hermana le dirá al Maestro que ya sufre el proceso de la descomposición, y el Señor grita ante la sepultura: “Lázaro, sal de ahí”.

5.-         Jesucristo es el dueño y Señor de la vida, y el que ofrece el consuelo a cualquier persona que se acongoja humanamente ante la pérdida de un ser querido: en el caso de la niña de Jairo se trata de un padre que experimenta el dolor en el corazón; en el caso del joven hijo de la viuda de Naím es una mujer viuda la que después de haber perdido su nexo con el pasado al enviudar, ahora ve desanudarse el lazo con el presente y con el futuro al perder al hijo; y en el caso de Lázaro ya no será un padre ni una madre, sino unas hermanas las que llorarán por el hermano que ha muerto.

Fíjate como Jesucristo es el dueño y Señor de la vida al resucitar a la niña, al joven y al adulto; es el dueño y Señor de la vida no importando el tiempo que lleven de haber muerto: instantes, dos días o cuatro días de sepultura; es el dueño y Señor de la vida y le ofrece la paz al corazón del padre, de la madre y de las hermanas.

Aquél que posee la Vida Verdadera tiene el poder sobre la vida en cualquier circunstancia. No importa el espacio, ni tampoco importa el tiempo.

Los lugares varían, desde la casa de una familia en el caso de la hija de Jairo, el camino entre los campos y que se dirige hacia el camposanto con el hijo de la viuda de Naím, y el mismísimo lugar de la sepultura que aprisiona a Lázaro con su oscuridad.

El transcurso del tiempo tampoco tiene importancia para, Aquél que siendo el ALFA y la OMEGA, es el dueño de lo temporal y de la eternidad. Lo mismo le devuelve la vida a alguien que acaba de expirar, que a alguien que lleva un par de días y ya le llevan a sepultar; más aún, le devuelve la vida a alguien que tiene ya cuatro días en el sepulcro.

6.-     Pero, regresemos al texto litúrgico de este día: San Marcos nos presenta a Jairo y a su hija recibiendo el beneficio del Dueño de la Vida. Pareciera que, más allá del papel protagónico del Salvador del mundo, se subrayara más que a la receptora del milagro, al que intercede para que lo reciba. Jairo es, junto con aquella hemorroisa, el hombre que ejemplifica la fe. Se trata de un jefe de familia que nos muestra el verdadero interés que se tiene por aquella que Dios le ha querido confiar.   

Y ésta es la otra gran enseñanza, y quizá la más importante para todos ustedes: Cuando queremos el bienestar de nuestra familia debemos buscar todos los recursos. Primero hay que intentar que los seres queridos se acerquen a Dios, para que reciban sus beneficios. Sin embargo llega un momento en que, cuando los hijos ya no pueden ir hacia donde está Dios, hay que irle a rogar a Dios para que vaya a las casas y que actúe en favor de los hijos. En la familia el respeto a la libertad no significa la ignorancia de la verdad ni, mucho menos, nuestra despreocupación.

Dios tiene sus planes inescrutables, y es allí en donde se encuentran tantas cosas que ignoramos en la vida. La tardanza del Señor tuvo otra utilidad para cada uno de nosotros. Cuando un día tú y yo podamos experimentar la frustración y el fracaso ante un funesto desenlace, cuando un día escuchemos los consejos de aquéllos que nos dicen: -ya no molestes al maestro-, -ya no perturbes más a Dios-, -las cosas ya han concluido-, -la situación ya no tiene remedio-, -ya no hay vuelta hacia atrás-, -ya no hay regreso-... Entonces, el Señor dirigirá la mirada hacia cada uno de nosotros y nos dirá: “basta que tengas fe”.

El milagro que se consigue con la fe es el don de la vida. Son dos las resurrecciones que hoy nos refiere el Evangelio: a aquella niña se le devuelve una vida cuantitativa y a aquella mujer se le devuelve una vida cualitativa. Se trata del antiguo Israel simbolizado en la hemorroísa y del nuevo Israel simbolizado en la hija de Jairo. La obra de Cristo beneficia a todos los hombres.

ESPECIALISTA EN CASOS DIFÍCILES.

“En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla, y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: “Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva”. Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: “¿Quién ha tocado mi manto?” Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: “¿Quién me ha tocado?” Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad”.

1.-     Muy queridos amigos:

Los dos relatos del Evangelio del día de hoy nos presentan un cuadro similar: una situación difícil vivida desde unas posibilidades agotadas por el ser humano, pero superadas por la firme esperanza depositada en las posibilidades divinas.

Ambos milagros del Evangelio nos dan una lección que tenemos que aprender a prácticar en situaciones similares: siempre tener confianza en aquel que lo puede todo, que nuestra esperanza nunca falle, esa esperanza que todo lo consigue, como lo expresaba bellamente Charles Peguy en su libro:

“El Misterio de la Esperanza”.
“Es ella, la esperanza, la que arrastra tras de sí todas las cosas.
La fe ve sólo lo que es.
La esperanza, sin embargo, vislumbra lo que será.
El amor ama únicamente lo que es.
La esperanza, empero, ama lo que será,
En el tiempo y por toda la eternidad.”

Guy Maheux le ha llamado a la esperanza: la fortuna de los pobres, y aún cuando Jairo tenga solvencia por ser el jefe de la sinagoga y aquella mujer haya tenido suficientes recursos como para agotarlos, les queda aquella riqueza que se llama esperanza. En ellos podemos corroborar el acierto que tuvo Julio Cortazar al expresar: Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose.

Lo contrario a este ejercicio será la actitud de la desesperanza.

Por la desesperación el hombre deja de esperar en Dios y de Dios sus beneficios. La desesperanza se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia –porque el Señor es fiel a sus promesas- y a su misericordia.

Vivir sin esperanza es tanto como dejar de vivir.

El cristiano espera en Dios no en las cosas, de tal manera que bien puede perder todas las cosas, pero eso no significa que deba perder la esperanza en Dios.

2.-     Y así es como ha sucedido con Jairo y con la hemorroisa.

Jairo es un hombre que pone toda la confianza en Jesús cuando los medios humanos ya no pueden garantizarle nada, y cuando por el contrario le están exhortando a cerrar ese capítulo de su vida; aquellos criados consejeros no hacen otra cosa que externarle lo que la razón aconsejaría en la prudencia a cualquiera de nosotros. En idéntica disposición espiritual se encuentra aquella hemorroisa que ha agotado todos los recursos en su lucha, hasta los monetarios. Y no obstante, esa mujer, llena de confianza, se acercó a Jesús en el secreto del anonimato sin otra búsqueda que la de su salud, y allí será puesta en evidencia para así establecer Jesús con ella una elevada relación de persona a persona. Mientras que la mujer tiembla, Dios sonríe y le tranquiliza.

Jairo y la hemorroisa son dos ejemplos de aquellos que saben acudir a Dios en una situación límite, en una etapa fronteriza de la propia vida sin perder lo más importante: la esperanza. Para ellos los medios humanos han fallado y se han agotado, pero allí en donde termina la posibilidad humana, empieza la posibilidad divina.

Ellos han comprendido que una fe que trate a Jesús sólo de negocios posibles y humanamente previsibles, no es una fe auténtica puesto que le falta la esperanza y se convierte en timidez, miedo y urbanidad, digamos que no es fe sino un cálculo proporcionado. Jesús interviene y los dos problemas se resuelven favorablemente. El dolor y la muerte quedaron vencidos.

La verdadera fe cristiana es aquella que jamás deja de esperar y que puede ser capaz de concertar con Dios aquellos negocios aparentemente imposibles y los casos calificados como difíciles, es decir aquellos en los que Él tiene su especialidad.

3.-     En el caso de Jairo, Jesús se ha encaminado a la casa de un personaje importante, para realizar un gran milagro, todo mundo estaba esperando la llegada del Nazareno, y muchos le iban siguiendo y,... le apretujaban.

Alguien, sin embargo, en aquel amontonamiento prefiere el milagro pequeño en la discresión. Se trata de una mujer que se ha conformado con un minúsculo prodigio realizado de paso, sin siquiera pararse, sin que caiga en la cuenta el Maestro. Ella no quiere hacerle perder su tiempo, ya que es consciente de que Él tiene tantas cosas urgentes por hacer, y juzga que lo suyo no amerita que se desvíe de su caminar.

Aquella mujer no pretende ni que vaya a su vivienda ni que se siente a escuchar sus lamentos, y es que posiblemente no tenga ni vivienda, o por su enfermedad nadie visita su vivienda, y quizá ya se acostumbró a vivir de esa manera. Y no obstante a ella le basta rozarlo, sólo basta tocarle el manto, aunque sea la orla. Se trata de un pequeño milagro arrancado en vuelo, sin solicitudes y sin tantas ceremonias ni complicaciones, ¡basta tocar su manto! La mujer se acerca furtiva. Con ese gesto quiere advertirle, silenciosamente: -también yo existo-. Como pidiéndole una disculpa por su impertinencia u ofreciéndole excusas por el hecho de existir, sobre todo en esas condiciones.

Y entonces sucede lo inesperado: Él se detiene, se para, quiere ver la cara de esa extraordinaria intrusa. Y al detenerse y querer conocerla le informa: -Para mí ¡Existes solamente tú!-

Jesús se quiere presentar ante aquella mujer que prefería el anonimato y le ha devuelto un rostro en medio de aquella masa que se lo había borrado y le había convertido en una desconocida entre la multitud y ante sí misma. Jesús la ha hecho importante. Aquella mujer es tan importante como para suscitar la atención de aquel Maestro tan importante que le hizo suscitar su propia atención, cuando se enteró que iba a pasar por su pueblo.

4.-         Jesús se ha apiadado de una persona que vive en la miseria humana, aún cuando haya sido demasiado solvente durante su vida. Y es que la enfermedad nos hace vivir a la vera del camino, al margen de nuestro núcleo social, en ocasiones en un mundo a oscuras o aislados de la comunidad o de nuestra propia familia, sólo viviendo de la limosna que los demás pueden ofrecer, sin que seamos auténticamente productivos, causando tristeza a aquellos que les deberíamos causar alegría, se trata de una vida incolora o desdibujada.

Los miserables nos pasamos la vida viviendo en la superficie. Debemos ser capaces de romperla y penetrar en la profundidad última de la vida, tal como lo consiguió aquella mujer.

5.-     Aquel milagro que se realiza a favor de la hemorroisa y el gesto por medio del cual ella lo consiguió me hace recordar aquella comparación que se hacía de Dios al referirlo a un contacto de electricidad... detrás de todo enchufe está la misteriosa fuerza de la energía eléctrica. Puede dar luz a una habitación y calor a una casa fría; puede hacer ver una película y enfriar los alimentos, puede conseguir el alisamiento de las prendas de vestir o su higiene después del uso diario. Sin embargo ese enchufe es literalmente inútil si no nos conectamos a él, es decir a la fuente de energía.

Pues bien, nosotros, al igual que la hemorroisa, estamos seguros que la energía de Dios está dispuesta ya para iluminar nuestra oscuridad, para componer nuestras roturas, para llenar nuestros vacíos, para apuntalar nuestro valor, para enderezar nuestras torceduras y para crear dentro de nosotros un corazón que sepa amar... Y lo que nos conecta con toda esta energía es la fe y la oración, el ejercicio de nuestra esperanza que nos hace estirar nuestra mano para tocar la orla de su manto divino.

6.-         También podríamos comparar a Dios, conforme al Evangelio, con la imagen del sol. Lo único que hace el sol es brillar, dar calor e iluminar; lo único que Dios hace es amar, cuidar, proteger, curar...

Sin embargo aunque Dios sigue amando y el sol sigue brillando, nosotros podemos salir fuera para gozar de la luz y del calor del sol o escondernos de sus beneficios. No obstante, aunque los hombres nos escondamos del sol sabemos que él no se extingue. El sol sigue brillando y Dios sigue amando, pero respera nuestra libertad. 

7.-     ¿Y tú en quién tienes puesta tu confianza? ¿En quién esperas?...

Hace algunos años, mientras estaba en la ciudad de México, había pronunciado una reflexión cuaresmal en una parroquia y al terminar tomé un taxi para dirigirme a la Universidad. Venía yo vestido con mi clergy collar y el taxista se dio cuenta de que era sacerdote. El taxista me dijo apenas en el primer kilómetro del recorrido: “¿Usted es sacerdote? ¿No?” Al aceptar que era un clérigo, me dijo: “Por desgracia le tengo que confesar que yo, personalmente, no creo en nada.”

Le respondí: “No tenías porque decírmelo. Lo noté desde que me subí al coche”. Al escuchar esto el chofer se puso inquieto, sonrió y... por un momento me pareció que me miraba demasiado, a través del espejo retrovisor y que perdía la concentración al no mirar la carretera. Entonces me preguntó, pienso que también con algo de molestia: “¿Cómo sabe que no creo en nada?”

 “Pues mire”, le respondí, “al contemplar cómo se bambolean en el tablero tantos amuletos, talismanes y piedritas. Caí en la cuenta de que usted no cree en Dios y que en sus amuletos busca algo de seguridad”.

El señor se mantuvo callado durante el resto del recorrido.

Al final el taxista después de pagarle, él me dijo: “Tiene usted razón, traigo todo esto por que es necesario luchar contra la competencia, los malos deseos de tanta gente que me odia, la mala suerte que me afectó durante un mes, los influjos incontrolables de los hijos que van creciendo, mi salud que está amenazada y otras muchas cosas que le llenan a uno de intranquilidad”.

EL JEFE DE LA SINAGOGA.

Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: “Ya se murió tu hija. ¿Para que sigues molestando al Maestro?” Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: “No temas, basta que tengas fe”. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

1.-     Muy queridos amigos:

No puedo el día de hoy en el día de las elecciones dejar a un lado una reflexión sobre el ejercicio de la política, y me dirijo a los políticos y a aquellos que el día de hoy emitiremos nuestro sufragio.

Comprendo que es difícil el quehacer que realizan los políticos, pero quiero externarles, sin dejar en el olvido mi respeto a la confesión religiosa que tengan cada uno de ellos, que la mejor teoría política brotará siempre de las bases antropológicas que se posean, y que para aquellos que somos cristianos las bases antropológicas no se pueden separar de las bases teológicas. La visión del hombre no se puede separar de la visión que tenemos sobre Dios.

¿Cuál es la antropología que propone la vida cristiana como base para nuestra teoría política?

Los cristianos concebimos a todo ser humano como imagen y semejanza de Dios. Esta afirmación predica en la persona humana desde lo ontológico su individualidad, su ser criatura y su ser relacional y, desde el punto de vista axiológico, le muestra como el más alto valor de nuestra creación.

2.-     Es aquí, en donde ya se puede palpar la claridad de una enseñanza: el hombre es un ser social, y no un mero sujeto individual desconectado e insolidario con sus hermanos, que forman una sociedad.

El cristiano consciente y consecuente alcanza a comprender que será trabajando en este mundo, en donde podrá merecer la vida eterna y en donde deberá aprender a ser fiel en lo poco para poder gozar de lo mucho.

El hombre ha sido colocado en el mundo como lugarteniente de Dios y está llamado a trabajar en el cosmos para disponer de mejores condiciones de vida: auxiliar al hambriento y al sediento, vestir al desnudo, etc... (Mt 25, 31-46),  esto no se puede interpretar sólo como una obra de caridad, sino que se debe leer en clave cristológica, al visualizar en el rostro del hermano el rostro auténtico de Jesucristo, y en una clave social como la urgencia de buscar más y mejores formas de vida.

San Pablo ha reprendido severamente, en el nombre de Dios, a aquel que rehuyendo a sus compromisos temporales se refugia en un mundo de fantasmagorías pseudoreligiosas: “el que no quiera trabajar que tampoco coma” ha sentenciado en la segunda carta a la comunidad de Tesalónica.

Es interesante, la apreciación que tiene la Iglesia primitiva sobre los deberes del cristiano con nuestro mundo manifestada magistralmente en el texto de la Epístola a Diogneto  5-6: “Los cristianos... habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros... Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes... Los cristianos viven de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos... Tal es el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él”.

El cristiano ha asimilado que en el mundo no se tiene una “morada permanente”, pero también conoce que en esta vida tiene que participar del mundo como el fermento en la masa: “Lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo” dice la misma carta a Diogneto. O como lo expresaría lúcidamente Ludwig Wittgenstein: “La vida eterna le corresponde a quienes hayan vivido el presente”.

3.-     Y así, el cristiano en lo temporal forma parte de los pueblos, conforma las naciones, y es servido y colabora con sus estados y gobiernos.

El fiel cristiano ha comprendido que no basta la multitud de personas para formar a un pueblo, sino que es necesaria una interrelación estable y solidaria en iniciativas para el bien, la verdad, la paz y la justicia.

Hemos clarificado que juntos vamos conformando una nación, cuando en la historia y en la cultura hay elementos que confieren identidad a nuestro pueblo y sus habitantes a través de los usos, costumbres, lengua y manera particular de vivir.

Somos conscientes de que un Estado está llamado a servir a la Nación, ya que comprendemos al Estado como una comunidad política y jurídicamente organizada que debe colaborar a construir el bien común de nuestra Nación por medio de la solidaridad.

Y finalmente, consideramos que dentro de nuestro Estado, el ente gubernamental aparecerá como el conjunto de personas e instituciones que funjan como autoridad civil para nuestra sociedad.

4.-     La auténtica labor de un gobierno debe ser la de facilitar el surgimiento de todas las riquezas y el desarrollo de las potencialidades de nuestra sociedad. Es aquí, en donde se da paso a la concepción tradicional de la política como aquello que contribuye al bien común, o por mejor citar a Marco Tulio Cicerón corroboramos que:  “La salud del pueblo es la primera ley”. El bien común rectamente discernido está siempre sobre cualquier expresión de individualismo.

Cuando se tiene una interpretación individualista de la sociedad somos llevados a visualizar al Estado y su Gobierno como una amenaza de la que tiene que defenderse el individuo, más que como una instancia que le favorece y potencia, al mismo tiempo que, en vistas del bien común, le condiciona y limita. Las facultades y los condicionamientos individuales que otorga el ejercicio recto de la política tienen como finalidad el bien de la comunidad como lo expresaba la exhortación apostólica sobre la misión de los laicos de Juan Pablo II: “Una política para la persona y para la sociedad, encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y promoción de la justicia”.

El Estado y su ente gubernamental serán siempre los responsables del bien común de la sociedad, puesto que esta tarea le ha sido encomendada por la misma sociedad. Es, pues, la sociedad la que tiene la obligación de controlar la actividad del Estado y simultáneamente tiene el deber de suministrarle los recursos necesarios para cumplir con sus tareas gubernamentales.

5.-     Es adecuado recordar que la importancia de un Estado y la eficiencia de su Gobierno se manifiesta cuando se evitan dos factores de riesgo social: primero, una anarquía paralizante, en la que las nuevas “feudalidades”, hoy virulentamente nocivas y expresadas en los cárteles, puedan perseguir y conseguir a su talante sus intereses egoístas y mezquinos con detrimento del bien común y de los grupos minoritarios, pero también se debe evitar una hipertrofia que le convierta en una especie de Molók que exija el alimento de la individualidad de los ciudadanos al acaparar toda actividad humana en provecho propio de un grupo de poder que ha ascendido al órgano rector o que está detrás de un aparato de gobierno.

Para evitar el riesgo anterior es adecuado recordar esos tres elementos esenciales de los que está compuesto un Estado: la población, el territorio y la organización política. El elemento sociológico es el natural y original en un Estado, el territorial y el jurídico tienen razón de ser y de existir a partir de las necesidades y aspiraciones del núcleo de la población. El ente gubernamental se vuelve obsoleto si olvida el elemento social o si se vuelve ineficiente. Es esto lo que expresó el nóbel irlandés George Bernard Shaw al afirmar en el Hombre y el Superhombre:  “La solución que ofrece mayor garantía es el del gobierno por grupos de personas de calidad, que se pueden criticar públicamente con toda la severidad posible y que sean periódicamente reemplazadas”.

En lo jurídico, cualquiera que sea el régimen político y el sistema de repartición de poderes que se adopte, el Gobierno de un Estado tiene la obligación de establecer reglas de alcance general, organizar y hacer funcionar servicios públicos, prever y desempeñar la administración de la justicia.

El poder de un Estado y la necesidad que tenemos todos los que habitamos su territorio de ejecutar sus decisiones se comprende desde un término necesario: soberanía. La soberanía, sin embargo, no debe ser la divinización del estado sino el reinado del derecho.

El ideal cristiano en la política no es el de un superhombre, sino el de un servidor de los hombres. Pensémoslo bien al emitir nuestro voto.

6.-         ¿Cuál es la intencionalidad que me mueve en este día a dirigirme a los agentes de la política en nuestra entidad y en nuestra nación?

En primer lugar para ofrecerles la oración y manifestarles nuestro justiprecio hacia los delicados quehaceres que realizan.

En segundo lugar para manifestar que el cristianismo contribuye con su pensamiento y su acción, directa e indirectamente, a la solución de los grandes problemas que enfrenta la sociedad actual.

En tercer término para recordar a los políticos de cuna católica y a todos nuestros fieles ese margen de influencia de una Iglesia que ha cuidado los intereses colectivos a través de su poder moral, pero también a través del ejercicio político de cada uno de sus miembros, principalmente los laicos, ya sean simples ciudadanos u hombres de gobierno. ¿No es evidente que a través de ustedes pueden repercutir sobre la vida política los ideales evangélicos, no obstante la timidez y hasta la infidelidad de no pocos cristianos?

La encomienda de su acción política tendrá siempre dos polos: sí la apreciación y valoración del rostro de la persona humana en cada uno de los ciudadanos de esta patria como también la construcción de la unidad en una humanidad expresada en la totalidad de nuestro pueblo. La propuesta cristiana para la política tendrá siempre dos fuentes inseparables: el derecho natural y el Evangelio.

7.-         Considero que ya han quedado atrás esos tiempos en que la desconfianza y la hostilidad en algunos sectores de la política disparaban ataques contra la vida cristiana considerándole anacrónica o como un obstáculo al progreso humano. Es tiempo de que trabajemos juntos el Estado y las Iglesias a favor de una sociedad que necesita de la cohesión de sus líderes en la construcción del bien común.

La vida cristiana no pertenece a la infancia de la humanidad sino que sus aportes se encargan de mantener en la lozanía la vida del ser humano.

A la Iglesia no le cabe la menor duda de que su credo es la expresión de la realidad objetiva y de que el cristianismo no es en modo alguno una ilusión, en particular la fe en un Dios personal y en Cristo resucitado.

El hombre tiene necesidad de Dios, así Jairo como jefe de la sinagoga y con su cortejo de servidumbre, y así la hemorroisa reducida a vivir al margen de su propio grupo social. Dios se ha revelado libremente a los hombres, a todos los hombres y mujeres. En la profundidad metafísica e histórica de estas dos afirmaciones se encuentra el aporte que el cristianismo le puede ofrecer a la vida política y a una auténtica expresión de una vida y función pública que aspira a ser auténticamente moral.

Les encomiendo a la protección maternal de Santa María de Guadalupe, gestadora espiritual de un Pueblo Mexicano que en la vida religiosa encontró el inicio de sus deberes temporales y de su realidad histórica, y que en el recto cumplimiento de sus deberes temporales podrá llegar a la Casa de Aquel por quien se vive.

Vayamos todos a emitir nuestro sufragio para que sea efectivo, y mañana 03 de Julio apoyemos a aquel que dirigirá políticamente el destino de nuestra nación, sea de la extracción partidista que fuere.

 

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