Domingo 4 de Junio de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

LA PERSONA QUE NOS HACE PERSONAS.

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz sea con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

 “Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaro de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así tam bién los envío yo”.

 “Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.


Momento 1

Momento 2

Momento 3

1.- Muy queridos amigos:

La fiesta de Pentecostés es nuestra solemnidad del Espíritu Santo y la fiesta del Nacimiento de la Iglesia como una nueva humanidad.

Si comparáramos la vida de nuestra Iglesia con los procesos humanos tendríamos que mencionar que en la Pascua de resurrección el hombre nuevo ha sido engendrado y en Pentecostés ha sido dado a luz. ¡Ha nacido el hombre nuevo!

2.-     ¿Qué significa ser hombres nuevos?

Los seres humanos somos el centro y la cúspide de la creación de Dios. Se trata de una creación que se fue manifestando con el sello de la bondad que le imprimió el Divino Creador a todas las obras de sus manos. Sin embargo, al crear al ser humano se nos menciona que el beneplácito de Dios es todavía superior, ya que el Creador tenía un designio primordial: hacer al hombre a su imagen y semejanza.

El lenguaje que utiliza el libro del Génesis nos puede ayudar a comprender sobre la constitución de todo hombre: formado del barro y vivificado por el espíritu. Una vez que el Divino Alfarero había moldeado aquel barro tenía frente a sí aquel hombre inerte, un hombre que había sido acariciado por las divinas manos y que fue perfectamente modelado pero que aún no tenía vida, sino hasta que el Divino Creador se inclinara en su divina sencillez e insuflara el hálito de vida para que el hombre pudiera recibir la existencia.

El barro de nuestra constitución nos habla de nuestra fragilidad, de nuestras limitaciones, así como de nuestras incongruencias, de nuestras equivocaciones. El Espíritu que se nos ha dado, por su parte, nos habla del soplo de Dios que le da vida a nuestros cuerpos y que nos hace ser superiores a todas las demás creaturas.

3.-     Con este binomio de composición que poseemos todos los hombres, podremos llegar a comprender que nuestra vida se va a desarrollar entre la manifestación del barro y la transformación del espíritu.

Es en este tenor que llegamos a comprender la certeza que a causa de nuestro barro tiene aquella triste expresión tan lamentablemente difundida y tan arteramente manipulada: “errar es de humanos”, es muy cierto que somos frágiles, somos débiles; pero tenemos que decir que no tan sólo somos barro sino que también somos espíritu divino, y que por el espíritu que hemos recibido de Dios afirmamos que también es de humanos el triunfar, el levantarse con la victoria, el tener ilusiones y el soñar en la vida.

4.-     Y ahora en la plenitud de la historia después de aquel sexto día que es nuestro Viernes Santo en el que el nuevo hombre ha sido creado, hoy celebramos el cúlmen de la Pascua de Cristo prolongada durante todos estos cincuenta días de la que llamamos nuestra cincuentena, y allí está ya listo el hombre para darle continuidad a la obra de Aquel que es el Segundo Adán. Se trata de la obra del Espíritu de Aquel que es la cabeza y que viene a aquellos que formamos su cuerpo místico.

Ha sido en el atardecer del sexto día de esta nueva semana, el momento en que Jesucristo dio inicio a la creación de la Nueva Humanidad. Jesucristo, el Hombre Nuevo, fue quien el sexto día expiró el hálito de vida al entregar su Espíritu para devolverle la vida a todos los hombres. Allí en la cruz estaba el Nuevo Adán quien dormido permitió que de su costado brotara la Nueva Eva...

5.-         Pentecostés es pues la fiesta de una Nueva Humanidad que recupera al hombre caído en el amanecer dela historia y al hombre dividido por la soberbia del corazón humano. Pero, ¿actuamos como hombres nuevos?

El secreto de Pentecostés estriba en reconocernos personas ante Dios. El mensaje universal de Pentecostés se traduce en una llamada personal. Hoy tenemos que hablar del Dios que habla a los hombres.

Ante Dios sólo podremos llegar cuando realmente valoremos nuestra persona, nuestra existencia irrepetible, y que tú y yo hemos recibido por la benevolencia de Dios aquellas facultades espirituales naturales: voluntad, libertad e inteligencia; pero también las sobrenaturales como son los virtudes teologales.

Hoy se nos invita en todas las lecturas para que no caigamos en determinismos, y para que estemos abiertos a la relación con los demás y con apertura a Dios.

6.-     El secreto de Pentecostés también estriba en valorar realmente la persona de los demás. El secreto de Pentecostés no está tanto en conquistar las masas sino en conquistar a las personas. Y aquí muchos hemos confundido el significado auténtico de la glosolalia. En el secreto de Pentecostés: No sirve de nada aprender la diversidad de las lenguas de la humanidad si antes no aprendemos la diversidad de personas. La glosolalia no consiste en hablar lenguas que nadie entiende sino en hablar una lengua que los demás puedan entender, se trata del lenguaje de la salvación en el amor que Dios nos ha tenido. Lo opuesto a Pentecostés es la Babel de nuestra soberbia y del egoísmo.

Pentecostés nos invita para que seamos respetuosos de las personas. Todo ser humano es un proceso. El hombre no es una cosa acabada como lo es una piedra o el automóvil. Las potencialidades para nuestro crecimiento son casi infinitas. ¡Gracias a Dios! No contristemos al Espíritu Santo. Toda persona, incluyéndonos tu y yo, puede superar sus desequilibrios, sus condicionamientos, sus limitaciones. Todavía no conocemos todas las potencialidades de aquellos que tratamos, esto es, la completa riqueza de sus valores que ahora están en germen.    

7.-     El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige al Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los ministerios y le adorna con virtudes, sino que también va distribuyendo gracias especiales entre todos los fieles, dando a cada uno según quiere sus dones, con los que les hace aptos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: “A cada uno se le otorga... la manifestación del Espíritu para común utilidad”. Estos carismas, tanto los extraordinarios como los ordinarios, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son útiles para las necesidades de la Iglesia.

Recordemos que el criterio esencial para juzgar el valor de cualquier carisma no será tanto su carácter espectacular ni la intensidad de la experiencia espiritual que se presupone a los mismos o se presume en los mismos, sino su utilidad con vistas a la edificación de la comunidad en la Iglesia.

8.-     Es por ello, que resulta adecuado el que recordemos que por encima de todo carisma, válido tanto para la vida personal como para la comunidad, está el don de la caridad, que es participación del Espíritu Santo y que proviene de él.

Como demuestra la experiencia, todos los carismas, aunque sean buenos en sí mismos y estén ordenados al bien común, pueden encerrar el peligro de una autobúsqueda o de una autocomplascencia, en vez de una verdadera preocupación del servicio a los demás. Los carismas pueden también estar en contraste con el espíritu del evangelio, que es un espíritu de mansedumbre, discresión y humildad.

Contrario a lo anterior, el don de la caridad discierne todos los demás; su presencia da vida a todas las virtudes y asegura la autenticidad de la vida espiritual. Dilata el corazón y supera los límites que se derivan del egocentrismo; es además la plenitud de la ley nueva, cuya fuente inmediata es la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones. La vida en el Espíritu deberá mostrarse a través de los frutos del Espíritu.

9.-     Fue el mismo Jesús el que dio a la imagen del fruto un sentido espiritual dinámico, desconocido en el Antiguo Testamento: “El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto” (Jn 15,5). Al decir esto, sugería al mismo tiempo el misterio del crecimiento del reino en nosotros y su fuerza de manifestación.

El Espíritu Santo, al derramarse en nosotros en la plenitud de sus variados dones, produce unos efectos deleitables que se han dado en llamar los frutos del Espíritu Santo, por comparación con la vida vegetal.

La imagen evangélica del fruto indica siempre, junto con la realidad interior, una manifestación que puede percibirse desde fuera ¿No es acaso el tipo de fruto producido por el árbol el criterio de discernimiento que enseñó Cristo a los apóstoles cuando les dijo: por sus frutos los conoceréis? ¿Acaso se  recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos.

El fruto evangélico está ligado eminentemente a la actividad apostólica pero también a la vida cotidiana, todo ello dirigido a la glorificación final del Padre: “Mi Padre recibe gloria cuando producís fruto en abundancia” .

Fruto es lo que se recoge al final de las ramas, provenientes de una sabia vigorosa, y con los que nos deleitamos. Fruto es lo que se recolecta de un campo sembrado y cultivado. Se trata de la cosecha del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios en la carta del Apóstol san Pablo a los Gálatas nos dice que "el fruto o cosecha del Espíritu" es: amor, alegría, paz, comprensión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza (Gal 5,22).

En el fondo se trata de vivir la caridad. Los frutos del Espíritu Santo en nosotros son una imitación frágil del amor de Cristo, manso y humilde de corazón, hombre para Dios y hombre para los hombres, libre y verdadero, exigente y misericordioso, recogido y abierto a todos.

10.-   Los frutos del Espíritu Santo son la vivencia de las bienaventuranzas.

Resultado de ello es el gozo anticipado de la posesión de Dios. El Espíritu no es sólo una garantía de la herencia que se nos debe como a hijos de Dios, sino que es un verdadero anticipo de la misma; es como un borbotón de agua que brota en lo más profundo de nuestro ser y que llega, que se prolonga hasta la vida eterna, conforme lo dicho por Jesús: "El agua que yo le daré se hará en él manantial de agua que brotará para vida eterna".

Y puede surgir una pregunta: ¿Quién percibe los frutos del Espíritu Santo en nuestras personas? ¿Nosotros o aquellos que nos rodean?

Santo Tomás de Aquino dice que somos nosotros, y nos menciona que la vida en el Espíritu restaura a sus poseedores con santa y sincera delectación.

Sin embargo, el absolutizar lo anterior podría conducirnos hacia una perspectiva individualista. El fruto al percibirse en el actuar debe ser captado por los reciben nuestro actuar apostólico o el beneficio de una vida cristiana en lo cotidiano.

Para comprender la vida espiritual es suficiente reconocer esta manifestación de la presencia del Espíritu en sí mismo y fuera de sí. Bajo múltiples formas, es la señal de que la vida cristiana es una verdadera vida. Una pequeña semilla va creciendo, se convierte en un gran árbol que produce frutos, y esos frutos son sabrosos para uno y para el prójimo.

 

LAS MANIFESTACIONES DEL ESPÍRITU SANTO.

“Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaro de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

“Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán son perdonar”.

1.-     Muy queridos hermanos:

Quisiera en esta fiesta de Pentecostés hablar sobre las manifestaciones del Espíritu Santo en nuestras personas.

Nuestro Bautismo nos ha infundido la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo. Y esto incluso en los niños pequeños; porque, aunque ellos no pueden ejercitar actualmente estas virtudes y esos dones, los reciben en forma de hábitos para disponerlos a los actos futuros.

Se trata de nuestra vida sobrenatural que se desarrolla a través del principio operativo humano, que es el espíritu, elevado a un plano sobrenatural por el Espíritu de Dios. Esta elevación se realiza a través de las llamadas fuerzas sobrenaturales, que son las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

Las virtudes infusas se dividen en teologales y en morales. Las virtudes teologales ordenan al hombre a su último fin, que es Dios; las virtudes morales remueven los obstáculos que el hombre encuentra en la consecución de dicho fin, de tal modo que las fuerzas naturales del hombre, sigan el dictamen de la razón, guiadas por la fe.

Las virtudes teologales sabemos que son tres: fe, esperanza y caridad. La fe nos da a conocer a Dios y nos une a él, como Primera VERDAD. La esperanza nos hace desearlo como el Sumo BIEN y nos da la seguridad de alcanzarlo. La caridad nos une a Dios con amor de amistad, en cuanto que es la Suprema BONDAD.

2.-     Las virtudes morales son cuatro: prudencia, justicia, templanza y fortaleza. Cada una de ellas tiene un cortejo de virtudes derivadas y anexas.

La prudencia remueve los obstáculos que entorpecen al entendimiento; la justicia, los de la voluntad; la fortaleza suscita en nuestro interior el temor y la audacia, y la templanza modera la inclinación a los placeres sensibles.

Pero a pesar de todo lo anterior, las virtudes infusas resultan insuficientes para llevar al hombre a la santificación: esta insuficiencia no proviene de las virtudes, sino del sujeto que las recibe, es decir del hombre.

Es por lo anterior que todos necesitamos de un agente superior que venga a perfeccionar las virtudes morales y teologales. Y ésta es precisamente la finalidad del Espíritu Santo y sus dones. Los dones movidos, no por la razón humana, sino por el Espíritu mismo de Dios, les proporcionan a las virtudes infusas, sobre todo a las teologales, la atmósfera divina que necesitan para desarrollar toda su potencialidad.

3.-     ¿Qué diferencia existe entre las virtudes y los dones? La diferencia se comprende fácilmente mejor con unos ejemplos.

Practicar las virtudes es navegar a remo; usar los dones del Espíritu Santo es navegar a vela o mejor a motor; con éstos se avanza más y con menos trabajo.

Otro ejemplo: El niño que da algunos pasos, sostenido por su madre, es símbolo del cristiano que practica las virtudes con ayuda de la gracia; el niño, a quien la madre toma en sus brazos para que avance más de prisa es imagen del cristiano que usa de los dones del Espíritu Santo.

Un último ejemplo: el músico que pulsa las cuerdas, para sacar de ellas dulces sonidos, es imagen del cristiano que practica las virtudes; mediante los dones, es el Espíritu Santo quien hace vibrar las cuerdas de nuestra alma. De esta comparación echan mano los santos padres cuando, para expresar la acción del Señor Jesús en la Virgen María, afirman: "era una cítara suavísima de la cual se sirve Cristo para satisfacer al Padre".

Los dones nos colocan bajo la acción directa del Espíritu Santo, quien, viviendo dentro de nosotros, ilumina nuestro entendimiento, enciende nuestro corazón y fortalece nuestra voluntad, por lo que nuestros actos adquieren caracteres verdaderamente divinos.

Es propio de un artista poner su estilo, su inspiración, y por decirlo así, su alma en aquello que ejecuta; de modo que los conocedores, por el estilo, sacan el artista. El estilo es el reflejo de la propia personalidad. Con mucha propiedad se dice: "el estilo es el hombre".

De esta manera, cuando el Espíritu Santo obra en nosotros por medio de sus dones, pone su sello, un sello divino, un sello inconfundible. Cuando los hombres obramos, ponemos un sello de fragilidad; cuando el Espíritu obra en nosotros, pone un sello divino de seguridad, de perfección, de elevación y, por lo mismo, tales actos tienen un modo enteramente celestial.

Diría el Papa Juan XXIII: “ Cada uno de los santos es una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo.”

4.-     El nombre y número de los dones del Espíritu Santo los encontramos en Isaías 11, 1-2. La Iglesia tomó las siete cualidades señaladas en dicho texto y elaboraron la teoría de los siete dones. En la Escritura el número siete significa plenitud. Al decir que los dones son siete está indicando  la plenitud del Espíritu Santo.

El don de entendimiento vuelve a la fe más lúcida y luminosa, y nos da una penetrante intuición de las verdades reveladas; pero sin declararnos el misterio. Además nos comunica una sensibilidad para conocer, en cada acontecimiento, la acción de Dios.

El don de ciencia, por su parte, hace que el hombre conozca y ame a las criaturas bajo la luz de Dios y con el mismo amor con que Dios las ama.  Toda criatura viene de Dios, y refleja a Dios y, por lo tanto, nos lleva a Dios.

El don de sabiduría es como un rayo de sol: rayo de luz, que ilumina, esclarece y da brillo a los ojos del alma; y rayo de calor que calienta el corazón, lo abraza en amor y lo colma de gozo. Se relaciona con la virtud teologal de la caridad. Se diferencía del don de entendimiento en que éste es una mirada del espíritu, en cambio el de sabiduría es una experiencia del corazón; el uno es luz, el otro es amor. El don de sabiduría es más perfecto porque el corazón va más allá que el espíritu: penetra más hondo y entiende o adivina lo que la razón no atisba.

El don de sabiduría es el que más enciende y aviva en nosotros la llama de amor divino; y nos hace experimentar las dulzuras y la bondad del Dios Uno y Trino que misteriosamente mora en lo más íntimo de nuestro ser, invadiéndolo totalmente,

Por el don de temor de Dios el hombre se siente penetrado de un sentimiento de dependencia de Dios; es decir, siente que por sí mismo no tiene nada, que todo lo ha recibido de Dios y que de él depende en cada momento. Por ello no se atreve a levantarse contra Dios, antes bien se mantiene en una actitud de humildad y de agradecimiento.

Este sentirse criatura de Dios hace que el hombre se esfuerce por aceptar en todo su voluntad, viviendo en una actitud reverencial por no ofenderle.

El don de piedad hace que nos sintamos y vivamos como hijos de Dios. El Espíritu Santo nos une, nos transforma en Jesús, el Hijo del Padre, y por sus méritos y unión vital con El, nosotros somos también hijos. Sentirnos hijos de Dios, gozarnos de serlo, tal es el fruto del don de piedad.

Y al sentirnos hijos de Dios y hermanos de Jesús, nos sentimos también hermanos de todos los hombres y los amamos como tales.

El don de consejo, por su parte hace perfecta la virtud de la prudencia, dándonos a entender pronta y seguramente, por una especie de intuición sobrenatural, lo que conviene hacer, sobre todo en los casos difíciles.

El don de consejo produce también en el espíritu ese equilibrio que se necesita en el ejercicio de las diversas virtudes, a las que, sin este precioso recurso que regala Dios, es muy difícil de poner en su justo medio.

La fortaleza nos ayuda a vencernos a nosotros mismos y superar todos los obstáculos que encontramos en el camino del amor. También ayuda a trabajar con constancia y acierto en las obras de apostolado.

5.-     Los dones del Espíritu Santo los tenemos todos; nos son infundidos en el bautismo y en la confirmación. Pero los dones, lo mismo que las virtudes, son preciosas semillas que necesitan ser cultivadas. Nuestro trabajo, nuestro esfuerzo de cristianos consiste en ir cultivando con exquisito cuidado estos gérmenes preciosos que Dios ha depositado en nosotros.

Este cultivo podemos hacerlo de tres maneras principalmente:  

Primero: sentir hondamente nuestra incapacidad y acudir con frecuencia al Espíritu Santo, diciéndole con el Salmista: "Señor, muéstrame tus caminos y enséñame tus sendas. Guíame en tu verdad; enséñame tú, que eres mi Dios y mi Salvador" (Sal 25, 4-5).

Segunda:         Desarrollar en nosotros las virtudes; éstas se hallan a nuestra disposición, son los instrumentos de nuestro trabajo espiritual.

Por medio de las virtudes infusas, que recibimos con la gracia de Dios, podemos ir perfeccionando una por una todas nuestras facultades y disponiendo toda nuestra vida interior. Y a medida que las virtudes crecen se va preparando el terreno para que el Espíritu Santo tome su lugar y, con un trabajo, más digno, consume nuestra obra, que es su obra. Toda obra de artesanía requiere una preparación o una mano negra; ésta corresponde a nosotros. Después viene el trabajo fino, que corresponde al artista, que en nuestro caso es el Espíritu Santo.

Y finalmente: Ser dóciles a las inspiraciones del divino Espíritu. Cuando prestamos atención amorosa y constante a la voz misteriosa del Espíritu de Dios; cuando nuestro corazón es dócil, entonces podemos escuchar mejor la voz del Espíritu, podemos recibir con mayor perfección sus inspiraciones. Y cuanto mejor recibamos éstas, más se irán perfeccionando y afinando en nosotros esas emisiones misteriosas, que son los dones del Espíritu Santo.

 

LO NATURAL Y LO SOBRENATURAL.

 “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

1.-     Muy queridos amigos:

¿Qué y cómo es el Espíritu Santo? El Espíritu Santo carece de rostro; y digámoslo con mucho respeto,... casi carece de nombre propio.

El Espíritu de Dios no puede separarse del Padre y del Hijo; se revela con ellos en Jesucristo, pero tiene su manera propia de revelarse, como tiene su propia personalidad.  El Hijo, en su humanidad idéntica a la nuestra, nos revela a la vez quién es Él y quién es el Padre. Nos es posible diseñar los rasgos del Hijo y del Padre, pero el Espíritu no tiene un rostro y ni siquiera un nombre capaz de evocar una figura humana. Los Evangelistas utilizan siempre el comparativo para evitar la radicalidad en su afirmación: “el Espíritu Santo descendió en forma “como” de paloma”.

En todas las lenguas su nombre (en hebreo RUAH, en griego PNEUMA, en latín SPIRITUS) es un nombre común, tomado de los fenómenos naturales del viento y de la respiración

Es imposible poner la mano en el Espíritu; se <<oye su voz>>, se reconoce su paso por signos con frecuencia esplendorosos, pero no se puede saber <<de dónde viene ni adónde va>> (Jn 3,8).

Los grandes símbolos del Espíritu, el agua, el fuego, el aire y el viento, pertenecen al mundo de la naturaleza y no comportan rasgos distintos; evocan sobre todo la invasión de una presencia, una expansión irresistible y siempre en profundidad.

2.-     El Espíritu es el viento que no vemos pasar, pero que hace cimbrarse y hasta desgaja las ramas del árbol... Conocemos y experimentamos su realidad gracias a sus efectos.

¿Por dónde sopla el Espíritu Santo? ¿Por dónde sopla el viento de Dios? El viento silva rabioso, revuelve, levanta, arrastra, desbarata, bufa, desordena, sacude, arranca de raíz, barre, abofetea. Ese es su oficio.

El viento tiene una característica: es incontrolable, imprevisible, no programable. Así es el Espíritu Santo.

Dejemos que sople con fuerza, consintámosle que haga revolotear nuestras túnicas de magistrados y que haga volar los sombreros y las togas de nuestras cabezas.

Hagamos la prueba, al menos una vez, de acoger al Espíritu Santo como elemento de turbación, improvisación, verdadera inspiración, desorden, desbarajuste de todas las reglas prefijadas, desaparición de todos los programas ya definidos, portador de cosas jamás vistas, jamás oídas, jamás experimentadas antes.

Así es la persona del Espíritu Santo y es así como tiene que recibirse. ¿Persona? ¿Es el Espíritu Santo una persona dela misma manera en que se aplica el concepto persona a tí y a mí?

3.-     La Palabra de Dios nos atestigua el envío del Hijo por el Padre y el envío del Espíritu Santo por el Padre y por el Hijo. Mientras que el envío del Hijo mediante la encarnación ha acontecido en figura visible, el envío del Espíritu mediante la inhabitación en los corazones es invisible, mas no inverificable.

El Espíritu Santo es el don por excelencia, pues será el agente de la consumación de la creación de Dios (Rom 8,1-25).

El Espíritu Santo es la apertura de Dios a la alteridad de la creación y del hombre.

4.-         ¿Sabes? Hace algunos años presencie en la televisión una crítica al cristianismo hecha por alguien al que no le agradaba aquella enseñanza de la teología antigua que nos presentaba una imagen egoísta de un Dios que se quedaba en la sola autocontemplación y que hubiese creado al hombre para que un día sólo se dedicara a contemplarle ...

¿No sé si tú lo habrás escuchado? Pero el hombre, en general, no solo rechaza la imagen de la contemplación narcisista como ideal de la perfección, sino que descarta con igual fuerza el 'cara a cara' autosuficiente. Es aquí en donde el Espíritu Santo como persona divina rompe la posible suficiencia del 'cara a cara' eterno de las dos primeras personas: Padre e Hijo.

La tradición cristiana le ha reconocido al Espíritu Santo una función creadora y dinámica; en este sentido, él suscita otras diferencias y otras posibilidades en el mismísimo Misterio de Dios. El Espíritu santo es la apertura de la comunión divina con lo que no es divino. El Santo Espíritu es la habitación de Dios allí donde Dios se halla, de alguna manera, 'fuera de sí mismo'. Por esta razón, la mejor forma de reconocer y llamar al Espíritu Santo es como el 'amor'. El Espíritu santo es ese 'éxtasis' de Dios hacia su “otro” que es el hombre.

5.-     El Espíritu Santo como persona es comparado con el agua que brota desde arriba y que mana hacia lo más bajo porque es gracia. Y puede brotar desde y hasta la vida eterna porque es la gracia que viene de lo alto.

Nosotros imploramos al Espíritu Santo como riqueza y como don a título de nuestras propias miserias y de las indigencias. Así lo expresa nuestra secuencia del Espíritu Santo:

Ven Espíritu Santo,
Y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres;
Ven, dador de todos los dones;
Ven, luz de los corazones.

Consolador magnífico,
Dulce huésped del alma,
Dulce refigerio.

Eres descanso en el trabajo,
Brisa en un clima de fuego,
Consuelo en medio del llanto...

Lava lo que es inmundo
Riega lo que es árido,
sana lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
Calienta lo que es frío
endereza lo que está desviado.

6.-     El Señor Jesús ha comparado al Espíritu Santo con el viento, del que no hemos mencionado que no se sabe ni de dónde viene ni a dónde va. Y es que nosotros diariamente llegamos a constatar la libertad de la gracia del Espíritu Santo en las inspiraciones, los carismas, los movimientos que atraviesan la Historia y nuestra propia historia. Experimentamos también, personalmente, la paradoja de la gratuidad del don.

Por medio del Espíritu Santo, Dios mismo está y vive en nosotros: tal es exactamente el núcleo, la verdadera intención del lenguaje sobre la personalidad del Espíritu Santo.

Las afirmaciones del evangelio de san Juan sobre el Espíritu Santo como el Consolador, que después de la elevación de Jesucristo, anima y guía a la Iglesia, dan la pauta para la reflexión ulterior sobre el Espíritu Santo como persona divina.

El Espíritu Santo no es una expresión de un Dios distinto al Padre y al Hijo sino que Él es Dios en actualidad permanente, guiando y sustentando a la Iglesia en su caminar a través del tiempo (cf. Jn 16, 12-15). Aunque es persona distinta Él no es totalmente <<otro>> en relación al Padre y al Hijo, Él no aporta simplemente un nuevo conocimiento, Él no nos dice nada <<diferente>>; Él dará testimonio de Jesús.

7.-     La experiencia del Jesús de Nazaret histórico no debe separarse de la experiencia del Espíritu; y a la inversa:  en el Espíritu Santo del que ha sido levantado en lo alto está presente su vida y muerte por nosotros, su amor, de modo permanente.

Pero, entra en juego un momento de lo <<nuevo>>, de lo <<otro>>: el Espíritu capacitará a los discípulos para dominar la situación modificada, Él los iniciará en lo que ellos no pueden comprender ahora; el Espíritu otorga claridad, intensificación, vida creciente en aquellos que han conocido al Hijo.

El lenguaje sobre el Espíritu en el discurso de despedida del Evangelio de san Juan implica, pues, decisivamente la idea de una persona nueva con rasgos propios diferenciandos de los del Padre y del Hijo,... aunque los estudiosos de la Biblia tienen razón sin duda cuando señalan que ese discurso no da el paso a una <<personalización>> del Espíritu plenamente ¿cómo podía hacerlo si el concepto de persona no existía en la Antigüedad, sino que fue preciso formarlo en el esfuerzo teológico por alcanzar una comprensión correcta de Jesús y del Dios que es Trinidad?

El concepto de persona aplicado a Dios que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu Santo tiene la tarea de expresar en la doctrina sobre Dios, en la confesión del Dios trino, la diferencia en la identidad, la distinción en la unicidad, la <<Trinidad>> de personas en la <<unidad de naturaleza>>. En nuestro lenguaje es el único Dios en tres personas distintas.

8.-     El Espíritu en sus efectos de unidad es comparado con el agua y con la luz.

De la misma manera que el trigo seco no puede convertirse en una masa compacta y en un solo pan si antes no ha sido humedecido, así también nosotros, que somos muchos, no podemos convertirnos en una sola cosa en Cristo Jesús sin esta agua llamada Espíritu Santo que baja del cielo. Y así como la tierra árida no da fruto si no recibe el agua, así también nosotros, que éramos antes como un leño árido, nunca hubiéramos dado el fruto de vida sin esta gratuita lluvia de lo alto.

Del mismo modo que nuestro cuerpo natural, cuando se ve privado de los estímulos adecuados, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos privados de luz, los oídos cuando falta el sonido, y el olfato cuando no hay ningún olor, no ejercen sus funciones propias), así también nuestra alma no funciona si no recibe el Don del Espíritu.

Expresaba san Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual acerca del Espíritu Santo: “Dios es luz sobrenatural de los ojos del alma y sin ella está en tinieblas”.

 

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