Domingo 11 de Junio de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

EL CIELO SON Y SERAN LOS OTROS.

“ En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.”


Momento 1

Momento 2

Momento 3

1.- Muy queridos amigos:

Cantaba Nezahualcóyotl el rey poeta de Texcoco en uno de sus versos:

Amo el canto del Cenzontle
pájaro de cuatrocientas voces,
amo el color del jade
y el enervante perfume de las flores
pero amo más a mi hermano el hombre.

¿Sabes? Me agrada la valoración que hacían nuestros antepasados acerca del hombre, y todavía más aún me agrada el que el cristianismo haya venido a plenificar lo que en sí mismo era bastante decoroso.

Esto tiene tanto por decirnos a todos nosotros que hemos sido engendrados en el siglo XX y que en este siglo XXI llevamos todavía cargando los efectos de una visión reduccionista en el peor de los reduccionismos como lo es el de la ausencia de Dios.

 

2.-         Todos nosotros hemos conocido, sí por las aulas pero también por el contacto con la escuela de lo cotidiano, esa mirada dirigida por Jean Paul Sartre hacia el hombre en su obra “A PUERTA CERRADA”, y en la cual es severo en su constatación: “El Infierno son los otros”. Sería bueno que comprendiéramos que esa especie de “infierno” está no en los otros, sino en mucho de lo que hacemos nosotros mismos.

Mucho más allá de nuestra afirmación de la existencia del infierno y de su eternidad, el que digamos que los otros son un “infierno” equivale en realidad a decir que ese “infierno” somos nosotros mismos. Más allá, del sentirnos llamados a la responsabilidad en nuestros actos pensando en el destino eterno que escriben nuestras propias acciones, podríamos aplicarle a muchas de nuestras situaciones esta afirmación del “infierno” en un sentido analógico. Nuestros “infiernos” en realidad están en la mentira de nuestras relaciones interpersonales, en los odios, en la soberbia, en los celos, en la desconfianza y en los resentimientos. El hombre no ha aprendido a comprometerse. Su soledad manifiesta el estado de conflicto interior.

Es por ello que la presencia de los otros le hace recordar constantemente al hombre la propia insuficiencia y esto se le vuelve insoportable e insufrible. El hombre vive con los otros pero sigue estando solo. Para huir de la angustia se refugia entonces en la inautenticidad. El hombre se convierte en un actor y con ello en un impostor de su propia vida, un cómico que representa papeles, que dice lo que se le ha dicho al oído y que asume actitudes hipócritas. El hombre deja de ser transparencia y vive, entonces, en esa mentira que provoca nuestra muerte al habernos hecho creer que somos lo que no somos y que valemos por aquello que en realidad no tiene valor en lo absoluto.

Esta mirada de uno mismo se proyecta sobre el otro y engendra actitudes negativas: despreciativas, utilitarias, posesivas. El otro es concebido en términos de objeto, de tener. Entonces se le niega al otro su carácter de persona y la vida se vuelve intolerable.

3.-     La respuesta que el mundo ofrece a esta situación agobiante, va a girar en torno a dos propuestas. La primera de ellas: negar al otro, rebajar al otro para exaltarse a sí mismo, para atribuirse un valor que no se posee, oscurecido por aquel que lo posee.

La segunda de estas: convertir al otro en un objeto útil, un valor comercial: materia de compra-venta, de intercambio. El otro se convierte en un esclavo: en un instrumento animado.

4.-     Para poder revertir esta situación, debiéramos asimilar esas cuatro cualidades, que Dios le ha dado al otro y a nosotros, y que nos manifiestan como personas: la inviolabilidad, la dignidad y el valor, la interioridad y la libertad.

Hablando de la inviolabilidad, es necesario que comprendamos que existen terrenos en los que los otros no pueden penetrar sin el permiso expreso, se trata de un espacio interior que nos pertenece, y que es inviolable. Por eso mismo, toda forma de imposición, de degradación, de tortura para violar las conciencias, debiera provocar la indignación.

Aquí sobreviene la segunda cualidad. Somos conscientes de que es inviolable aquello que se reconoce como un valor. La dignidad y el valor son parte de nuestro ser personas. La mayor desgracia de alguien radicaría entonces en nuestro creernos miserables, en la incapacidad de ponderar adecuadamente los dones de Dios en nuestra vida.

La toma de conciencia de la dignidad de las personas, o sea, de su valor insustituible, imposeíble, se manifiesta a veces en gestos muy sencillos, que debiéramos respetar y cultivar para ofrecer al otro, sabiendo que esto mismo será lo que recibiremos nosotros en esa congruencia que brota de las consecuencias de nuestro obrar.

El otro merece nuestro respeto. La dignidad de la persona se basa en el valor que ella es y que se impone a todos, por ser participante de un valor absoluto que le da fundamento, es decir, Dios de quien procede el hombre a su imagen y semejanza.

Y, sin embargo, esta nuestra vida la hemos convertido en una actuación y queremos que el otro actúe, ya que a nuestras funciones solamente les damos acceso a aquellos que han pagado el boleto de admisión: de la alabanza y de la adulación, del placer y de la satisfacción. Nos reservamos el Derecho de Admisión y con ello negamos el acceso a los que suelen ser una carga o una aparente molestia. Negamos su valor como personas.

Es aquí en donde aparece la tercera cualidad: la interioridad. La persona humana se distingue de las cosas u objetos, gracias a la interioridad que convierte en profanación cualquier intento por someterla bajo una presión exterior.

Se trata del hombre mismo en cuanto que se conquista y se construye. Los animales tienen una interioridad ya totalmente terminada y constituida. El hombre, como lo decía Nietzche, es alguien interminado e indeterminado. En la medida de que el hombre se libere de sus determinismos, mediante un don de sí mismo, en el amor, que es apertura al otro, cada vez más amplia, más acogedora, vivirá realmente como persona.

Y, entonces, se acerca el último elemento de nuestro ser persona: la Libertad. El paso de fuera hacia dentro no puede ser un atraco, sino un encuentro. La libertad en el hombre es una experiencia original e inalienable. Matar la libertad es matar al hombre.

Sin embargo, en toda persona, la libertad será una conquista. En este aspecto es conveniente que no se confunda la libertad con la anarquía ni con el libertinaje. Hace falta que nos liberemos de las esclavitudes que vienen de fuera, como de aquellas que vienen de dentro: nuestra pasiones y apegos.

5.-     Será junto con la asimilación de estas cuatro cualidades de nuestro ser personas, que podremos valorar adecuadamente la propuesta cristiana que vence el nihilismo sartriano.

La fiesta de la Santísima Trinidad nos invita a recordar al Dios cercano. La novedad de la vida cristiana radica en que Dios se ha convertido en el otro y ha querido que nuestra relación vertical se convirtiera en una relación horizontal.

Esta es la visión cristiana que transforma todas las otras visiones. La visión antigua, en la que se veía al cuerpo como la cárcel del alma, se transforma en nuestra visión en la que el cristiano tiene que resaltar que, lejos de ser cárcel el cuerpo, éste se ha convertido en Templo, se ha convertido en un Santuario del Dios Uno y Trino. Para el cristiano, los otros no son el “infierno”, sino que los otros son “Cristo”.

El otro es Hijo de Dios y se ha convertido en la presencia del Señor. El hermano ha dejado de ser el “infierno” y se convierte en reflejo de Dios y en el pasaporte único e ineludible de ingreso al Reino de los Cielos, si es que no queremos vivir el Infierno de la eternidad.

6.-     Para el cristiano el otro es el Templo de Dios tal como lo llegó a asimilar un cristiano del siglo II quien al salir de la celebración bautismal de su pequeño hijo, que llevara el nombre de Orígenes, le besaba en el pecho puesto que reconocía que allí habitaba la Santísima Trinidad.

7.-     Para el creyente el otro es el “Hijo de Dios” tal como lo decía la madre Teresa de Calcuta quien manifestaba que en el mundo sólo hay tres cosas de valor: ser bueno, hacer el bien y manifestarlo con una plácida sonrisa.”

Un joven que dejó su país para ayudar a la Madre Teresa de Calcuta si hay que tener una vocación especial para tratar y servir a los ancianos y a los enfermos, ella le ha respondido: “Lo que hay que tener es una mirada, una sonrisa y unas manos.”

Una Mirada: Hay miradas que se interesan por uno, miradas que confortan, miradas de paz, miradas de bondad, miradas que infunden ánimo y esperanza, miradas capaces de transmitir comprensión, afecto y ternura.

Una Sonrisa: Se ha dicho que después de todo, sólo hay en el mundo tres cosas de valor: ser bueno, hacer el bien y manifestarlo con una plácida sonrisa. Marden escribió: “La sonrisa es una verdadera fuerza vital, la única fuerza capaz de mover lo inconmovible”.

Y unas manos: Los biógrafos de San Camilo de Lelis cuentan que él mismo enseñaba a los novicios cómo debían mudar la ropa a los enfermos y cómo debían hacerle sus camas. Sabía que una cama puede representar un elemento de gran alivio del enfermo, pero también un tormento, y que las manos tenían una gran importancia. Dicen que a veces aconsejaba: “¡Quiero ver más afecto materno! Hemos de poner más corazón, más alma en las manos.”

8.-     El otro es mi hermano, es Templo de la Trinidad, es Hijo de Dios,... el hermano es Cristo para el cristiano.

 

PRESENCIA DE CRISTO EN EL MUNDO DE LOS AUSENTES.

 “            Sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.”

1.-     La promesa de Cristo es ilimitada: estará con los apóstoles y con sus sucesores, aún cuando los apóstoles ya no estén, hasta que se acabe el mundo.

Ya Dios le había dicho a Abraham que estaría con él; Moisés y Aarón recibieron la promesa de que Él estaría en sus labios; a Josué y al mismo  Moisés les prometió que estaría también con ellos; y le aseguró a Salomón que le asistiría cuando construyera el Templo. Cuando Jeremías alegó la inexperiencia de su juventud, Dios le aseguró que pondría palabras en su boca. Pero en todos estos casos la divina presencia duró solamente el tiempo de vida de las personas a quienes se les había hecho la promesa.

2.-     La promesa de protección y presencia con los apóstoles es ilimitada: “He aquí que yo estoy con ustedes todos los días, hasta la consumación de los siglos”.

Hoy quisiera referirme a esta presencia de Cristo en tres manifestaciones: La presencia Eucarística, la presencia en el hermano y concluiré hablando sobre esa presencia actual en los momentos más difíciles de nuestra vida.

3.-         Primero hablemos sobre la Eucaristía. Sabes que esta frase: “yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”, me atrajo a la memoria el recuerdo de la Parroquia de san Juan Bautista de la Salle, a la cual serví y en la cual encontré muchísimos de los amigos que ahora conservo, y es que es este texto de san Mateo se encuentra inscrito en ese altar que es presencia de Cristo, y al cual besé casi ininterrumpidamente por aproximadamente siete años.

El texto bíblico se encuentra precisamente allí, en el lugar sagrado en el que se celebra la Eucaristía, en donde se hace presente Jesucristo Sacramentado.

4.-     El amor verdadero pide presencia, cercanía, proximidad, estar lo más posible junto al ser querido. Y cuando la estancia física se hace imposible, por imperativos del deber, por motivos insalvables, entonces el amor recurre a mil estratagemas para suplir esa ausencia, larga o corta, de la persona amada. Ahí tenemos la fotografía enmarcada y puesta en el lugar de honor o de mirada más fácil. Ahí está el regalo, el ramo de flores, la carta desde el lugar lejano, el e-mail, o el telegrama puntual, para que la caligrafía conocida, los rasgos queridos en el papel suplan pobremente la separación involuntaria. Ahí está el teléfono, los videos, la audiograbación o la video-conferencia para que la voz y la imagen telecercana sacien por unos minutos el hambre que tenemos de la presencia personal.

La prueba de que Cristo nos ama a los hombres está en que cuando tiene que volverse a la Casa del Padre, porque ha terminado su misión salvífica, y le urge recibir del Padre el abrazo de recompensa por la obra realizada entre los hombres, Cristo no se resigna a dejar para siempre a sus seres queridos. Y hallará, entre las riquezas insondables de su omnipotencia, la fórmula de permanecer marchándose, de irse sin desaparecer, de quedarse presente durante su ausencia. No será una foto que se desvanece ni un objeto recordatorio, sino su presencia real, aunque bajo otra apariencia: la Eucaristía.

Si no hubiera otra prueba para demostrar la divinidad de Cristo bastaría la creación de la Eucaristía. Porque a ningún hombre se le habría podido ocurrir jamás una cosa así.

Cristo decide quedarse, mucho más que porque Él necesitare de nuestra compañía, porque los hombres íbamos a necesitar la de Él. Presencia de Jesús en la Eucaristía para todas esas horas bajas que todos registramos en la esfera de nuestro reloj personal.

La Eucaristía nos habla de aquel que aparte de ser el Buen Pastor para su rebaño, quiso convertirse en el pasto para sus ovejas. Este factor de la Eucaristía lo ha presentado genialmente Don Luis de Góngora y Argote en aquella composición conocida como “Letrilla Sacra”, que es una verdadera clase de teología.        

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu  pastor soy,
sino tu  pasto también.

Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida,
dónde me subió el amor;
si prendas quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu  pastor soy,
sino tu  pasto también.

Pasto al fin hoy tuyo hecho
¿cuál dará mayor asombro,
o el traerte yo en el hombro,
o el traerme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho
que aun los más ciegos las ven.
Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu  pastor soy,
sino tu  pasto también.


5.- Queridos amigos:

La presencia eucarística de Cristo nos debe recordar también su presencia bajo las especies humanas. Si tenemos fe para traspasar los velos sacramentales y llegar a reconocer a Jesús, debemos tener también un suplemento de fe suficientemente largo para descubrir a Cristo tras el velo humano de los hombres. Si tenemos suficiente visión espiritual para ver a Cristo cabeza en la Eucaristía, también debemos tenerla para contemplar a Cristo en su cuerpo místico.

No se trata de una consideración “piadosa”, sino de la entraña misma de la solidaridad de Cristo con la humanidad. “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?”, le pregunta Jesús a Pablo, antes de se convertiera en el Apóstol, cuando perseguía a los cristianos. Y en nuestra hora de la verdad, cuando se nos juzque definitivamente, Cristo aplicará esta sentencia soprendente: “Lo que hiciste con ellos, lo hiciste conmigo”. Hay una presencia de Jesús en los hombres que nunca meditaremos bastante.

6.-     Pero dirijámonos ahora a la tercera consideración: la presencia real y providencial de Cristo en esos momentos difíciles de nuestra vida.

Si cada uno de nosotros, este domingo, nos diéramos a la tarea de revisar todos esos momentos en que Dios ha estado presente en medio de nosotros, estoy convencido de que haríamos una larga lista de los mismos y, si tuviéramos la posibilidad de hablar a través de este micrófono en la “T” grande, estoy seguro de que llegarían en la noche el señor Chabelo Jiménez y Doña Felipita Montes Alcalá y nos encontrarían hablando sin tener un para cuando terminar.

¡Sé honesto! Si cada uno de nosotros trazara esa línea de la propia vida, y en esa línea señalara con una estrella el año del nacimiento, y así cada uno de los años, hasta el momento actual, y señalizáramos cada uno de los años en que Dios ha tenido una intervención significativa a favor de cada uno de nosotros, tendríamos miedo de cometer la injusticia de olvidar tantos momentos de bendición y de presencia de Dios cuando nosotros más lo hemos necesitado.

7.-     Esta semana en que pude acompañar a Hilda y a Jorge, en la vivencia cristiana de la Pascua de su hijo Jorge Antonio, he podido compartir la luz de Cristo en la intempestiva noche que cayó sobre su cielo. Y hemos recordado juntos que el Señor está siempre a nuestro lado y que Él nunca nos abandona.
Les recordaba a ellos, lo mismo que a Renato y a Sonia, aquel pensamiento que hace algunos meses le compartía a nuestro auditorio y, que a mí en lo personal, el Señor me lo envío cuando junto con mis padres y mis hermanos, estábamos sumergido en la oscuridad de la sinrazón y en la amargura humana que engendra el dolor.

8.-     ¡Tú lo debes recordar!

Habla sobre un hombre que recibe el regalo de contemplar en el cielo su vida representada en una serie de escenas, que quedan plasmadas en la arena húmeda a través de aquellos dos pares de huellas, las de él y las del Señor. Los dos pares de huellas aparecen en la alegría, en la vida, en el nacimiento, en la fiesta, en los logros, en la graduación, cuando hay ascensos laborales, en las promociones, en el amor, en el matrimonio...

Pero de pronto hay algo que le sobresalta: En la arena húmeda desaparece un par de huellas, y sólo queda uno, y ásto acontece en los momentos de amargura, en la soledad, en la enfermedad, en el despido laboral, cuando alguien muere, en el infortunio... Aquel hombre se encuentra de pronto sumergido en el desconsuelo y le reclama a Jesús:

“Señor, tú me habías prometido que siempre estarías conmigo.
Pero noto con tristeza en la arena al caminar
Que no están los dos pares de huellas que se debieran notar?

Dime, ¿en dónde están las otras dos que indican tu compañía
Cuando la tormenta azota sin piedad la vida mía?

Y el Señor me contestó con ternura y compasión:
Escucha bien hijo mío, siempre te amé y te amaré
Y en tus horas de dolor siempre a tu lado estaré.

Pero si ves sólo dos huellas en la arena al caminar,
Y no ves las otras dos que se debieran notar.
Es que en tu hora afligida, cuando flaquean tus pasos
No Hay huella de tus pisadas porque te llevo en mis brazos.

Les he invitado a mis amigos, y les quiero invitar a mis amigos para que se abandonen en Cristo, puesto que Cristo permanece siempre a nuestro lado. Y tú y yo somos testigos de esto.

Envió un saludo cordial a todos los seminaristas que se encuentran en la parroquias realizando la colecta anual a favor de las misiones.

 “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.”

 

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