Domingo 25 de Junio de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

EL PÁJARO QUE CANTA CUANDO LA AURORA TODAVÍA NO DESPUNTA.

“Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas.

De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tiene fe?” Todos se quedaron espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?”

Momento 1

Momento 2

Momento 3

1.- Estimados amigos:

¡Increíble! Puede y debe resultarte: simplemente ¡increíble!, o ¿no lo crees así?

La única ocasión, en todo el Santo Evangelio, en que se presenta al Señor Jesucristo mientras duerme en la placidez, y acontece en una circunstancia en la que, desde nuestro propio y muy respetable punto de vista, muy conforme a nuestra razón, no habría debido abandonarse al sueño.

Pero,... aunque tú no lo creas, ésta es precisamente la enseñanza del Señor: se trata del sueño de Dios a través del cual se nos invita a los hombres a despertar.

Es esta, en su aparente desconexión de la realidad, la ocasión precisa en la que Dios exige de los hombres se conecte a la realidad a través de una fe práctica, a través de un verdadero abandono confiado.

Hoy, es el momento decisivo a través del espacio adecuado y del acontecimiento preciso, para que los apóstoles, como todos los cristianos, den testimonio de esa fe del corazón que se ha profesado con los labios... y que no basta que se quede en creer sólo con el corazón y profesar con los labios..., hace falta vivirlo en lo cotidiano.

Allí está meciéndose violentamente en las mares de Galilea la barca del primero de los Apóstoles. El viento y las olas se encargan de zarandear caprichosamente la frágil embarcación. Cual si fuera una nuez el débil vehículo marítimo se encuentra danzando al son de una violenta melodía desconocida.

2.-     La barca de san Pedro se asemeja a nuestra vida. Nuestra existencia cristiana también se desarrolla en la mar-océano del tiempo y del espacio, pero espera finalizar la ruta de su travesía en la eternidad, “nuestra otra orilla”. Mientras navegamos, en ocasiones el mar de la vida es manso y, en otras, se manifiesta furioso y sumamente violento. Nuestra embarcación, en algunas ocasiones, lleva el viento en popa y, en no pocas, el viento y la tormenta se azotan amenazadores contra la proa. Se trata del mar de la vida que, en ocasiones, se porta avaricioso en la negación y, en otras más, pareciera vomitar caprichosamente los peces.

Es allí en donde se debe hacer manifiesta esa fe que se ha visto aumentada por la Ascensión del Señor que hemos celebrado hace cuatro semanas, que se ha fortalecido con el don precioso del Espíritu Santo celebrado solemnemente hace tres semanas y en la profesión solemne de la fe en la Santísima Trinidad que hace dos semanas hicimos y celebramos. Una fe que no debe amilanarse por un simple temporal en altamar, como los ha habido ayer, los hay hoy en día y los habrá el día de mañana. Se trata de una de las  muchas tormentas que ha vivido Pedro y cualquier pescador. Mucho menos, los cristianos deberíamos tener miedo, si se está consciente de que, es el Señor mismo, el que viaja en nuestra barca.

Hoy se nos invita para que en los momentos de dificultad, lejos de que nos amedrentemos y resquebrajemos, mostremos la solidez de nuestra fe.

3.-     Para la Sagrada Escritura, la fe es la fuente de toda la vida religiosa. A ese designio que ha realizado Dios en el tiempo, a su revelación y a la plenitud de esta revelación manifestada en Jesucristo, su Hijo único, debemos los hombres responderle con la fe.

¿Sabes? Me entristece terriblemente encontrarme en el camino de la vida cristiana con personas que le tienen miedo a la verdadera vida cristiana, ciertamente por tenerle miedo al compromiso. Cómo que quisieran ellos ser cristianos sin que haya una exigencia en nuestra vida, cómo que quisieran adquirir una membresía sin que en la vida cotidiana hubiese una exigencia en la corresponsabilidad con el Dios que nos ha amado hasta la perfección de la Pascua de Cristo. ¡Es cierto! Si muchos nos conformamos con ser católicos o cristianos solamente de nombre es porque no queremos que se nos impongan obligaciones. Se considera la fe como si fuera un peso insoslayable.

Y podría decirles esta tarde, que es verdad que la fe que profesamos, puede ser considerada por algunos como un peso, pero que en la realidad es todo un alivio. Algunos pueden verla y sentirla como un peso, si se fijan sólo en las exigencias y en  los compromisos que entraña. Pero, ¡tú no te imaginas, como la fe se convertirá en un alivio cuando con su luz ilumine los problemas de la vida y llene de esperanza el corazón cansado!

4.      ¡Es cierto que en la vida cristana también hay dificultades!

Recuerda que la fe tendrá, a lo largo de nuestra travesía por la mar del tiempo y del espacio, esas pruebas que servirán para que se fortalezca: Siempre he considerado que una fe sin crisis es una fe infantil, que una fe en crisis es una fe adolescente; pero que una fe a pesar de nuestras crisis es realmente una fe adulta.

Las crisis forman parte de la verdadera fe. Sin ellas la fe no madura, no puede crecer, y al no crecer corre el riesgo de morir. La verdadera fe en Dios, será la capacidad de no renunciar aún en las dificultades, sino de afirmarse y ser dóciles cómo para abandonarse en las manos de Dios durante los días oscuros que conforman las crisis de nuestra vida.

Los momentos difíciles en la vida no hay que inventarlos. Las crisis y las pruebas de la fe se dan en la vida misma: el aparente silencio de Dios en medio de los problemas, los fracasos no deseados, la persistencia del mal, la impopularidad de la misma fe, nuestras frustraciones de todos los días, los cansancios, la enfermedad, el hambre, el desempleo, el abandono, la muerte del ser querido... Ahí es donde la fe se consolida o se derrama, puesto que la llevamos en vasos de barro. Dice San Agustín: “¿De qué te sirve creer con tu voz y con tu corazón en Áquel que niegas por tus obras?” ¿Te fijas como no basta creer con el corazón y confesar con los labios?

5.-     Es bueno que comprendamos que, lo importante en nuestra vida será mantenernos siempre fieles a Dios y, entender que, así como en un matrimonio cristiano se espera que el amor puro de una persona se manifieste en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, en lo grato y en lo ingrato; de la misma manera, en nuestra vida cristiana y en la estrecha relación con el Señor, al que amamos y que nos ha amado primero y perfectamente, debemos aprender a mantenernos fieles, en la salud y en la enfermedad, en la abundancia y en la escasez, en los días intensamente iluminados y las noches profundamente oscuras,... cuando la barca haga su recorrido en la placidez de la ensoñación como en la pesadilla de las tormentas aparentemente interminables,... cuando la vida nos favorezca y aún en los momentos de dificultad.

Recuerda que: Estar con quien uno ha dicho que quiere mucho cuando la vida te sonríe, ¡es fácil! Estar con quien uno menciona que ama cuando se está en plenitud de vigor, ¡es fácil! Estar con quien uno dice estar enamorado cuando tienes algunos billetes en los bolsillos, es relativamente fácil. Pero..., estar con quien dices querer cuando la vida parece haber volteado el rostro, cuando se presenta la enfermedad, cuando se pierde el vigor de la vida, cuando no tienen una sola moneda en el bolsillo, cuando los días se oscurecen,... es en ese momento cuando al amor se le llama fidelidad y, será entonces, cuando se manifieste en su perfecta pureza.

6.-     De la misma manera, nuestra relación con Dios debiera proclamar la fe en Él, no sólo en el triunfo sino también en el escándalo; la fe se debe mostrar no tan sólo en los momentos de aceptación sino también cuando se vive el rechazo; la adhesión de la fe debe ser manifiesta no tan sólo en el aprecio sino también en las situaciones de desprecio.

Recuerda que, cuando el Señor Jesús multiplicaba los peces y los panes, había demasiada gente en su entorno; cuando curaba a las personas, la gente se le agolpaba; cuando satisfizo las necesidades de la muchedumbre, era aclamado y hasta pedían que fuera coronado; cuando resucitaba muertos pueblos enteros se adherían a sus enseñanzas;... pero cuando sobreviene el dolor, la condena, el sufrimiento, los golpes, las injurias, la violencia y la muerte, la muchedumbre se dispersa, huye y le niega; los más cercanos le abandonan, lo entregan o lo niegan. Y entonces los muchos se convierten en pocos,... mejor dicho en casi nada. ¿Dónde están los que decían amarle, y aquellos que con su boca y su corazón dicen creer en él, en ese momento en que el sol se ha eclipsado por la vergüenza?

7.-     Muy queridos amigos:

La verdadera vida cristiana se presenta ante cada uno de nosotros como un mandato, como una promesa y como un anuncio. Y a esta triple comunicación de Dios debemos responder adecuadamente. Al mandato con la obediencia, a la promesa con la confianza y al anuncio con la fe. Obedecer los mandatos que Dios nos da en la vida, Confiar en las promesas que Él nos comunica y Creer inquebrantablemente en los anuncios que Él nos ha dado, sabiendo que Dios siempre será fiel a lo que nos pide, aún en esos momentos en que nuestra barca parece convertirse en despojos.

Para los cristianos vivir es creer, es decir, dar crédito, aceptar, esperar lo que no se ve todavía,... y darle tiempo al tiempo como para que se nos vaya descubriendo.

¡Tú lo sabes! Y si no lo sabes un día lo sabrás: En las decisiones más importantes de nuestra existencia, la razón nos púede ayudar, pero nunca basta. Los cálculos más reflexivos que hagamos habrán de complementarse avalados por la fe y por la esperanza. Nuestra fe y nuestra esperanza, serán siempre la garantía de alcanzar lo que uno sueña. Es aquí en donde la esperanza y la fe se encargaran de fortalecer nuestras convicciones y de encauzar nuestra emociones.

EL SUEÑO QUE NOS DESPIERTA.

“Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: Vamos a la otra orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además otras barcas.

De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín.

1.-     Muy queridos amigos:

Muchas personas hemos pensado que el acercarnos a Dios nos hace inmunes a las dificultades, pensamos que el frecuentar las actividades cristianas nos exime de cualquier naufragio. ¡Y nos encontramos en un error! La tormenta que azota la barca de san Pedro nos resulta por demás aleccionadora.

Aún los mismos sacerdotes, las personas consagradas y todos los cristianos que trabajamos apostólicamente en las comunidades de Jesucristo que se reúnen en nuestras parroquias, tenemos que enfrentar en algún momento de nuestra vida: la muerte del ser más querido, la enfermedad que nos postra en el lecho, la incomprensible soledad, los proyectos inalcanzados, los sueños irrealizados, la injusticia perpetrada y recibida de quien menos lo pensamos y esperamos, la persecución en la vida cotidiana.

El hecho de que alguien entre a un grupo apostólico, termine un ciclo de evangelización o vaya a una experiencia de retiro, no le ofrece un antobiótico contra la bacteria de los problemas, no le vacuna contra las dificultades, no le aisla de las incomprensiones ni de las situaciones difíciles en la familia. Todos los hombres, y entre ellos los cristianos, padecemos tormentas ya sea en lo externo o ya sea en lo interno. Se trata de nuestra historia, en la que amamos profundamente a este Dios que ha querido hacer salir su sol sobre los justos y los injustos, y hacer caer su lluvia sobre los buenos y sobre los malos,... este Dios que no aisla ni escribe guiones distintos en la trama de la historia de sus hijos.

2.-     Esto es lo que cualquiera de nosotros le podría responder al escritor irlandés George Bernard Shaw quien, cual si fuera un nuevo maestro de la sospecha, se burlaba del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes y lo calificaba como el lugar más blasfemo que existe sobre la faz de la tierra: y decía que en ese sitio hay montañas de sillas de ruedas y pilas de muletas, pero que no se ve ni una sola pierna de palo, ni un ojo de vidrio ni una sola peluca. Y afirmaba él categóricamente que todo eso demostraba que el poder de Dios es limitado.

Mi muy querido simpatizante de George Bernard Shaw, la tormenta la vivimos todos. Todos sufrimos la tempestad, porque todos viajamos en el mismo mundo.

A nivel descriptivo y fenomenológico, una tormenta es un fenómeno según las leyes de la naturaleza. A nivel simbólico y existencial, se trata de la situación vital de un hombre solo ante las potencias del mal, cuyas expresiones bíblicas son el mar y el viento, utilizadas para predecir las adversidades.

3.-     Y es precisamente ante la realidad de las tormentas, que debemos considerar la grandeza de una fe cristiana que se transforma en actitudes y comportamiento.

¿Sabes? Le preguntaba una joven periodista a la bien amada y gratamente recordada Madre Teresa de Calcuta si acaso la fe que los padres pueden comunicar a los hijos tiene alguna incidencia en la vida de las personas: “Madre Teresa, ¿Es importante formar en la fe a los hijos dentro de la familia? ¿La fe los hace distintos a los demás?”

La Madre Teresa de Calcuta le respondió que sí: “¡Mira hija!, la Iglesia, la fe y la vida cristiana, contribuyen tanto o más que la escuela a la educación de los hijos. Por supuesto, no se puede decir que los hijos de un matrimonio cristiano sean menos sirvengüenzas o más agradecidos por el solo hecho de ir a la Iglesia, pero el que los papás se ocupen en darles los medios para hacer examen de conciencia y rezar es algo que cambia la vida de las personas. Pero lo más importante se dará cuando los padres de familia los formen en la fe, que podría equipararse con una manta que se les coloca en la maleta de su equipaje. Un día cuando ellos tengan frío en el alma sacarán esa manta para arroparse y cubrirse de las inclemencias del invierno del espíritu, y encontrarán consuelo cuando parezca no haber esperanza, superando esa muerte que es peor que la muerte.”

4.-     La vida no cambia en la cercanía con Dios, quienes cambiamos somos nosotros y la fe nos capacita para vivir la existencia y las tormentas de la vida de una forma distinta.

Para nosotros la muerte jamás será el final; nuestra enfermedad y el dolor han adquirido matices salvíficos; en la aparente oscuridad de nuestras dificultades surge el brillo de la fe y de la esperanza. Nosotros hemos aprendido que Dios no quiere ni el dolor ni la muerte, ni la enfermedad ni la soledad, ni el abandono ni la incomprensión, y tan sabemos que esto no lo quiere, que hemos comprendido que aquello que nos hace sufrir a nosotros, fue lo mismo que hizo sufrir a Cristo. Hemos asimilado la principal de las enseñanzas en la redacción de la trama para nuestra propia historia: ni tú ni yo debemos poner un signo de interrogación a aquellas situaciones en donde Dios le ha puesto un punto final.

“Que Dios se ha subido a nuestra barca” es una verdad en nuestra vida. Pero el hecho de que Dios se haya subido a nuestra barca nunca será señal de una travesía tranquila, sino señal de que a pesar de las adversidades podremos arribar felizmente al puerto, a la otra orilla de nuestro mar de Galilea, a la eternidad.

5.-     Este viaje que hemos emprendido tiene una ruta marcada: Si bien la mar-oceano de esta vida es nuestra travesía, la otra orilla de la eternidad es nuestro destino.

Nuestra vida terrena se prolonga en la vida celestial, la vida temporal aparece sólo como antesala de la vida eterna. De la misma manera en que la travesía no se consolidará al negar el puerto en el que habremos de atracar, nuestra vida terrena no se prolongará al negar la vida eterna sino que se encogerá miserablemente.

Y no obstante, la costa de la eternidad no anula la mar-oceano de la vida. Las conclusiones de una auténtica reflexión sobre la eternidad no nos llevarán jamás a una tranquilidad adormecedora como nos acusaba Ludwig Feuerbach, sino que nos deben llevar hacia una incesante vigilancia.

Dios ha querido que nos subamos a la barca de nuestra vida cristiana. El más allá pone los cimientos de las relaciones del más acá.

Si bien una travesía sin destino debe ser considerada como una locura, entonces una continua e inacabable travesía es la peor insensatez de la fatalidad. El hombre cristiano no es un ser para muerte ni para el reciclaje sino un peregrino en busca de la luz, de un nuevo horizonte.

La muerte no se compara ni con la inmensa mar irreversible ni con aquel finisterrae del desconocimiento que los antiguos temían, sino con un arroyo poco profundo que nos ayuda a cruzar a la frontera para la vida o con un ser llamado a una barca que nos llevará a aquel lugar en donde la pesca será infinitamente mejor.

Y es la fe, la esperanza y el amor lo que puede transformar la mar, la barca, la travesía, el viento, la tormenta, y por supuesto a la tripulación. Un mundo abandonado por el la fe, la esperanza y el amor habrá de sumergirme en la muerte... Donde persiste la fe, la esperanza y el amor, donde triunfan de cuanto quiera degradarlos, la muerte acaba definitivamente vencida.

El misterio de la vida y de la muerte se esclarece por el misterio de Dios asumido en la fe, la esperanza y el amor: A la muerte del ser amado, y a nuestra propia muerte la única actitud verdaderemante espiritual es, en consecuencia, la de la fe y la oración.

6.-     ¡El sueño del Señor sobre la barca nos está invitando para que despertemos nosotros!

Es tiempo de educar en la fe a la familia que Dios te ha confiado. Un hijo necesitará siempre de la palabra y el ejemplo en la fe cristiana, así como de tu oración. De no presentarse los colores cristianos en el óleo de la vida sobrevendrán otras tonalidades indeseadas a ocupar la superficie de un suave lienzo en el que tu no has querido plasmar los trazos de una vida de fe.

Tiene tanta razón el católico inglés Gilbert Keith Chesterton cuando dice: “Desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada. Ahora creen en todo”. Y algunos, creen en alambritos, piedritas, vidriecitos, es ascendencias, cuadraturas de planetas, y en cada barbaridad...

Te invito para que a tus hijos les pongas en esa embarcación que es susceptible a las tormentas un chaleco salvavidas, pero recuerda que el mejor de esos chalecos salvavidas se confecciona con dos materiales: la fe y la esperanza cristiana.

7.-     ¡Tú lo sabes! Tengo, por la gracia de Dios, dieciseis años de ministerio pastoral, y esta tarde puedo decirte que en mi mente y en mi corazón, ha quedado en claro una sólida convicción en mi ministerio: El hombre que puede sobreponerse a cualquier adversidad que las eventualidades y la incertidumbre de la vida le depare, no será precisamente aquel que halla crecido mucho en lo físico y en la presencia que es apariencia, ni aquel que tiene en la pared de su oficina una gran cantidad de diplomas o de certificados académicos, que domine varios idiomas o que domine la mar de la virtualidad, sino aquel que tiene a Dios en su corazón, el hombre de fe que es capaz de enfrentarse a los mares de la realidad con la fuerza de aquel que aparentemente duerme para provocar nuestra reacción.

Tú que piensas que Dios está dormido, es tiempo de que despiertes: El progreso humano y personal, que pueden obtener tus seres queridos en las mejores universidades de este país y aún del extranjero, les hará mirar siempre hacia-adelante; sin embargo será solamente la fe la que les ayude a mirar hacia-arriba, sobre todo cuando en medio del fuerte viento, de la mar embravecida y de una tormenta inclemente lleguen esos momentos en que hacia-adelante no puedan ver absolutamente nada. Entonces tendrán que aprender a invocar al Dios que nos recordará la enseñanza de una fe cristiana que puede auyentar nuestros miedos humanos.

ASTILLEROS DE ACORAZADOS.

 “Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: Vamos a la otra orilla del lago”. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” Él se despertó, reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tiene fe?”

1.-     Muy amables amigos:

Cuando en el año 1981 Su Santidad Juan Pablo II, el hombre de Dios que tuvimos como Pontífice de la Iglesia de Jesucristo, entregaba a nuestra Iglesia la Carta Encíclica sobre la Familia en los tiempos modernos, él mencionó una frase que me ha quedado grabada indeleblemente en la memoria: “Ninguna cultura ha tenido nunca un astillero que construya barcos mejor equipados contra las tormentas de ese viaje que emprende el hombre desde la cuna hasta la tumba, que una familia que educa a sus miembros en el seno del amor y que los educa en la fe cristiana”.

Y hoy nos damos cuenta acerca de la razón que tenía y que tiene el Vicario de Cristo así como de ¡Cuán necesitados estamos de que los astilleros de nuestras familias nos ofrezcan todos esos elementos necesarios para que nuestras frágiles embarcaciones se conviertan en verdaderos acorazados! Y es que,... ¿quién de nosotros no podría estar también de acuerdo con el Marqués de Maricá cuando él menciona de que “hay más tempestades dentro de nosotros mismos que en la tierra o en el mar”?

Ojalá pudieras grabar en tu memoria de que como padre de familia siempre tendrás tres tareas por realizar a favor de tus hijos, tanto al armar las embarcaciones como en el servicio de mantenimiento que ellos permitan que les ofrezcas aún cuando ellos puedan un día tener 50 años: primero el buen consejo, segundo el buen ejemplo y tercero orar a Dios por ellos. Se trata de hablarles a ellos, hablarle a Dios y de que a ambos se les pueda ofrecer el testimonio. Menciona un pensamiento anónimo: “No te preocupes por que tus hijos no te escuchen, preocúpate porque siempre te están observando”.

2.-     En la barca de san Pedro también se dan las tormentas, así como un día se dieron en la barca de Pablo cuando tuvo que desviar su camino (Hch 16,6-8), pero ellos siempre vieron la mano de Dios aún en esas situaciones de exigencia. En la barca del Padre Rogelio y en la barca de cualquier cristiano también descargan las nubes la abundancia de la tempestad. Pero,... ninguna tormenta nos debe alejar de Aquel que también nos permite disfrutar de tantos días con el cielo asoleado y apacible en un viaje gratamente vacacional.

3.-         Quisiera re-participarte de un episodio sobre mi vida de familia. Mi madre fue siempre una mujer de profunda fe cristiana. Ella desde niña aprendió a amar a Cristo y a su Santa Madre. Mi madre fue una fiel devota de la Virgen María, en especial bajo su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. En cualquier circunstancia adversa se sobreponía con su fe profunda y sólida en Dios, y podíamos escuchar en sus labios una especie de jaculatoria mariana: ¡Madre mía!, ¡Virgen Santa!, ¡Madrecita de Guadalupe!, ¡Ayúdame, Madre de Cristo!...

Ella vivió la Pascua definitiva el 10 de Enero del año 2001. A la distancia del tiempo he reflexionado sobre su profundo amor a la Madre de Jesús, y sobre sus constantes jaculatorias marianas, y me he dado cuenta de que la Virgen María vino a llenar un espacio afectivo en la vida de mi madre. Mi mamá quedó huérfana de madre cuando ella tenía 4 años, y... digámoslo sin rodeos y sin ofensas a nadie: la Virgen María se convirtió en aquella que le ofreció el afecto materno que ella y que todos nosotros necesitamos. Mejor madre no pudo tener, que la misma Madre que el Padre eterno escogió para su Hijo Santísimo, y aquella que cuando Cristo estaba en la cruz le quizó heredar a san Juan y a todos sus discípulos amados al decirnos: ¡Ahí está tu Madre!.

Debo decirles que Dios nuestro Señor le concedió, a través de la incomparable intercesión de la Virgen María, muchísimas veces su salud. Solamente te digo una cosa: en el año 1982 (hace ya 24 años), yo tenía dos años de que había ingresado al Seminario y, yo ya le pedía en mis plegarias a Nuestro Señor, que me permitiera, sí era su Santa Voluntad, la gracia de que ella junto con mi padre estuvieran presentes el día en que me ordenara sacerdote, si esta era también su voluntad. Y el Señor nos lo concedió, más aún nos la permitió durante 10 de mis actuales 16 años de ministerio sacerdotal. ¿Cuántas veces, estando en estado crítico, Dios le devolvió la salud? Si te dijera que 20, serían muy pocas. ¡Yo sería un injusto con Dios si olvidara tantas intervenciones y favores divinos obsequiados a mi madre!

4.-     Y así llegó la Navidad del año 2000, cuando Dios ya la estaba preparando para que ella fuera a su encuentro, para que concluyera la travesía de su barca en la costa de la eternidad, para que así entrara al gozo de nuestro Señor y gozase de aquel lugar que es comparado con los pastos de la eternidad y la mar que es mejor; y mientras que esto sucedía los hijos y mi padre nuevamente le pedíamos de forma incesante al Señor por su salud. Pero,... Dios no se equivoca, y Él tenía un designio de salvación sobre ella más perfecto de lo que podíamos humanamente pensar. Y Dios dijo: ¡hasta aquí!

A la distancia del tiempo y en la cercanía de la fe, creo firmemente que Dios nuestro Señor al salirle al encuentro a mi madre, le dijo sonriendo aquella mañana del miércoles 10 de Enero del 2001: “Mira Virginia, mira hija, tus hijos me están pidiendo que te dé la salud. Lo piden porque ellos te quieren,... pero creo que son también egoístas. Yo te puedo dar una vez más la salud, como lo he hecho tantas y tantas veces y lo puedo hacer muchas más, yo puedo ayudarte para que te incorpores nuevamente a tus actividades... pero, ¿sabes una cosa?: Yo ya no te quiero ver sufrir, te quiero tanto... ¡que ya no te quiero ver sufrir! Pero tú eres la que vas a escoger: ¿Quiéres venir conmigo?, ¿O te devuelvo la salud?...

Y estoy seguro, de que mi madre volteó a mirarnos a nosotros y luego le sonrió al Señor, y de que entonces ella tomó aquella mano de Cristo que conserva las profundas marcas del amor perfecto, y de que Jesucristo le dio un beso en su frente y la cargo sobre sus fornidos brazos de Buen Pastor...

5.- ¿Sabes? Los hombres somos egoístas, no vemos más que el presente, nuestra mirada alcanza a ver sólo algunos metros, y queremos ganarle a Dios en sabiduría. En medio de nuestra tormenta queremos perpetuar a nuestros seres queridos, aún a costa de los dolores y de los sufrimientos.

Y cuando al fin un día, Dios se levanta de donde placidamente descansaba en la popa de nuestra embarcación, viene a ellos y les muestra su rostro bondadoso, les mira a los ojos, les llama por su nombre y les sonríe para llevarlos a la mar de la eternidad... Nos molestamos y le reclamamos. ¡No alcanzamos a comprender su bondad!

El Señor,... que pareciera dormir en nuestra barca, en realidad nos está invitando a que despertemos en la vida.

Tormentas, las hay en todas las latitudes de nuestra tierra, pero cuando nosotros las padecemos pensamos que el mundo se está acabando, y no es así. ¡Un buen pescador y un buen cristiano debiera saber que las tormentas son inevitables!

¿Sabes? Nadie se ha enceguecido contemplando el lado brillante de la vida, en cambio sí se queda uno ciego si sólo se queda mirando el lado oscuro. ¡Que nuestras tormentas no nos hagan negar la travesía placentera que Dios nos ha obsequiado!

6.-     Pero ¿Qué tenemos que hacer para que tú y yo nos mantengamos despiertos? Quizá, tendríamos que visitar más a menudo los panteones, los hospitales, los reclusorios, los psiquiátricos, los asilos, los orfelinatos, los entornos de la central de autobúses... para entonces reflexionar en muchas cosas y así despetar en nuestra barca, y darnos cuenta de que el diluvio que pensamos se está descargando sobre nuestra nave, no es más que una llovizna mojatontos... Solamente así podremos encontrarle un poco de sentido a lo que hacemos y no tenerle miedo a la vida.

A Dios, solamente se le puede encontrar en el estupor de la vigilancia, con las puertas abiertas de par en par, con las manos marcadas por los escaños del trabajo, con los ojos liberados de la pesantez, y con el corazón finalmente curado de esa dureza que provocan nuestra apatía y nuestros excesos.

No dejemos que nuestros sentidos se atrofien en la tranquilidad de una travesía que nos adormila ni dejemos que nuestra fe se desvanezca en la tormenta. No debemos vivir de las ilusiones, porque luego vienen tantas desilusiones desgarradoras. No debemos vivir absolutizando una ciencia que tarde o temprano se vuelve inconsciencia, si es que no se hace acompañar por una fe verdadera.

7.-         Amigos muy queridos: Cualquier momento en nuestra vida recibe su consistencia y su significado verdadero en la medida en que estamos unidos a Cristo, en que tenemos una fe auténtica. Aún la tristeza, la soledad, el dolor y la enfermedad se ven y se viven de forma distinta cuando poseemos una fe sólida.

Recuerdo en este momento una afirmación categórica del doctor Herbert Benson, profesor adjunto de medicina en la Universidad de Harvard y autor del libro: “Curación milenaria: poder y biología de la fe” cuando refiere la importancia que tiene en el campo de la salud una vida de fe: “La medicina moderna es como un banco de tres patas. Los medicamentos y la cirugía son dos de ellas; la tercera es lo que la gente hace por sí misma: la fe en Dios y la oración”.

8.-     Y así podemos concluir que el cristiano tiene dos alternativas en su vida: vivir solamente el instante o aprender a trascender en la historia para llegar hasta la eternidad.

Considero que el interior de todo ser humano también tiene sus propias estaciones. Hay, no obstante, la entereza de la fe en las personas que han aprendido a soportar los helados vientos de las dificultades y de las tormentas que asaltan el corazón cuando nuestra barca se ve probada, y que por la fe que han recibido en su familia poseen la resistencia y la fortaleza de carácter necesarias para aguardar serenamente los días de abril, sin por ello pensar que a Dios no le importa el que nos hundamos. ¡Dios suele aparentar estar dormido para saber si nosotros verdaderamente estamos despiertos!

 

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