Domingo 5 de Marzo de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

MI LUCHA MÁS SANGRIENTA ES CONMIGO MISMO.

“ En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes, y los ángeles le servían.

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio”.

Momento 2

Momento 3

   

1.- Muy queridos hermanos:

Jesucristo, aun mojado en sus cabellos por el agua derramada en su bautismo y lleno de la fuerza del Espíritu Santo, afronta todas las tentaciones como se presentan en la realidad.

Las tentaciones parten siempre de un bien concreto que deberá ser agradecido y subordinado como un medio en nuestra vida, pero jamás como un fin en sí mismo: allí está el pan o el derecho a la existencia, después viene la riqueza o el derecho a poseer, y finalmente la pompa del éxito humano a través de la seducción para apropiarse de las cosas.

Satanás nos engaña al querer que transformemos lo que es un medio en un fin, al invitarnos para que convirtamos nuestros caminos en destinos, y nuestros transportes en paraderos permanentes para aprisionarnos.

2.- Y allí está el Señor, su combate con las tentaciones se sitúa en el umbral mismo de su actividad mesiánica. Antes de que dé comienzo a su predicación, ora intensamente. Antes de presentarse entre las poblaciones, se dirige al inhóspito desierto. Antes de mezclarse con el pueblo, se retira a la soledad. Antes de ir al encuentro con los hombres, busca la intimidad de su Padre.

Jesús tenía conciencia purísima, caridad perfecta y el ejercicio de su misión no le podía dividir interiormente, como nos suele pasar a nosotros. La oración del Señor procede de su conciencia de Hijo y Redentor. Jesús nos enseña con su ejemplo, que inútilmente predica la Palabra de Dios por fuera aquel que no se da tiempo como para escucharla por dentro.

3.- Y allí está el Señor en el desierto.

El desierto ha sido, es y será el camino necesario hacia la tierra prometida, pero es allí también el lugar en donde acontece la tentación. El desierto suele ser el período y el lugar en donde se da esa relación de amor de noviazgo entre Dios e Israel. El desierto es la escuela de la vida, fue la escuela de Moisés y de Elías, de san Pablo, y es la escuela del hombre. Jesús no rehusó a ella.

El desierto en toda la tradición bíblica ha sido y es lugar de la prueba, del refugio y de encontrarse con Dios, quien realiza un paso, el paso de la liberación. Por ello, el desierto se convierte en el lugar de la purificación, de estar a solas, de encontrarse con Dios y con uno mismo. La cuaresma tiene ese sentido: conducirnos desde el primer domingo al desierto de nuestra vida, y desde allí, emprender la marcha para reconquistar los espacios perdidos en nuestro corazón por haber cedido a las tentaciones.

En su mentalidad, los árabes sostienen que el desierto es el jardín de Dios. De ahí que el Señor haya quitado todo animal y todo ser humano superfluo, para que existiere un lugar en el que Él pudiera pasear en paz.

Según la más profunda tradición profética el desierto será el lugar ideal para que el fiel tenga una cita con Dios.

Así también lo ha mencionado un místico cristiano del siglo XX como lo ha sido Charles de Foucauld: "Es necesario pasar por el desierto y quedarse allí, para poder recibir así la gracia de Dios: es allí donde se expulsa de sí todo lo que no es de Dios y se vacía completamente esta pequeña casa de nuestra alma, para dejar todo el sitio solamente a Dios"

4.- Las tentaciones de Jesús no deben interpretarse como un hecho aislado que tuvo lugar una vez sin repetirse más. Deben entenderse como algo que sucedió al comienzo del ministerio público del Señor y que en su conjunto representa nuestra lucha sin tregua contra el poder del mal

¿Cuáles suelen ser nuestras tentaciones?

Nuestra primera tentación es la del egoísmo materialista: vivir para sí, para los bienes materiales, para satisfacer la presión de los sentidos. ¡Pero no sólo de pan vive el hombre! Es laudable el empeño de producir para vivir mejor, pero es desorden si ese empeño no va presidido por la divisa de ser más, dentro de un humanismo pleno.

Nuestra segunda tentación, es de orgullo: vivir de manera distinta de los demás, señalarse por sus acciones, gestos, dichos, que no son signo de amor a nadie, más que a sí mismo. Eso es tentar a Dios, desde el momento en que sus dones se orientan al hombre y no al dador ni al hermano. Realizarse y valorizarse como persona es, sin lugar a duda, un bien, pero no de tal manera que se convierta uno mismo en objeto de adoración.

Y llega nuestra tentación de poder: vivir para tener más, gozar más, poder más, figurar más, aunque haya que adorar lo que sea. Pero sólo a Dios se ha de adorar.

5.- Jorge Zink dice que la más grande tentación con la que combate el hombre de nuestro tiempo: es la del decir que las cosas que suceden no tienen un sentido visible, y que esta apreciación suele venir también del maligno. Debemos pedirle a Dios que nos libre de decir: “Nada tiene sentido”. Que nos libre de pensar que es más fuerte la mentira, la injusticia, la violencia y la maldad. ¡Señor líbranos de decir: “Nada tiene sentido”!.

6.- ¿Cuál es tu combate? ¿Con qué luchas? ¿placer? ¿poder? ¿tener?

¡Sabes! Hay una imagen que me quedó grabada de la terapia de los alcohólicos anónimos. Primero que nada invitan a que reconozcamos que nadie se puede curar mientras que no sea capaz de reconocerse enfermo. Y segundo algunos manejan la tentación del alcohol como si fuera un barril de pólvora en el cual el hombre se encuentra sentado. Es posible que en su control alguien haya sido capaz de apagar la mecha que le llevaba a la destrucción. Sin embargo, al tener un desliz la persona vuelve a encender la mecha, y quizá sea capaz de volver a apagarla, pero debe darse cuenta de que la mecha es ahora mucho más pequeña y que la destrucción se encuentra más cercana.

7.- ¿Cuál es mi combate? ¿Con qué lucho? ¿placer? ¿poder? ¿tener?

En lo personal puedo decirte que mi combate más sangriento y violento ha sido conmigo mismo, y que en muchas ocasiones, no les puedo decir que he ganado, al contrario tendría que afirmar que he perdido. Y no quiero dejar de luchar. En lo personal entiendo perfectamente a san Pablo cuando expresa que el bien que se quiere no se hace y el mal que se quiere evitar es lo que se hace en la vida. ¡Cómo sufro, cuando piensan que estoy gozando! ¡Cómo gozo, cuando piensan que estoy sufriendo! Tres veces al día le he pedido a Dios que me quite está espina que llevo clavada en mi carne y tres veces me ha dicho: “¡mi gracia te basta!” Y, ¿sabes qué? El Señor me lo ha cumplido fielmente.

8.- La Cuaresma, como la vida cristiana, es peregrinación hacia la Pascua, camino hacia la verdadera libertad. La libertad no coincide con la espontaneidad, ni está en el punto de partida de la conducta humana. La libertad es una conquista diaria del espíritu; supone vencer todas las seducciones, mentiras y pruebas que pretenden sofocarla. La libertad, que nace del amor, es, en definitiva, un punto de llegada precedido por la omnipotencia de la gracia y la conversión del corazón.

Pero,... ¿Cuál es la tentación con la que está combatiendo la humanidad? Tendría que decir que las tres ya citadas: Poder, Placer y Tener,... No obstante tengo hoy que mencionar que hay una que está flagelando a nuestra sociedad hasta el punto de haber llegado con sus tentáculos a todos los rincones, incluyendo los más insospechables: El querer convertir las piedras en Pan,...

No sólo de pan vive el hombre..., contesta Jesús a Satanás, cuando éste le propuso una especie de milagro alquimístico, al estilo de “la piedra filosofal”.

Convertir las piedras en pan es Fabricar el pan sin sudor, suprimir el sudor de la frente.

Pero el apego del corazón a los bienes materiales nos conduce a que nos manchemos las manos de sangre inocente, producto de nuestra insaciable codicia, y de ese querer volverse rico de la noche a la mañana, olvidando los procesos necesarios.

¿Qué otra cosa podría estar motivando a quienes hoy están comerciando con los narcóticos y con la sexualidad de tantas mujeres y hasta de nuestros niños? ¿Qué otro factor podría estar en el fondo de los impulsos de quien está prostituyendo su sexualidad o que se dedica a comerciar con el morbo de su propia desnudez? ¿Qué otros elementos podrían estar creando los afanes de quienes como dueños de los Medios de Comunicación Masiva transmiten asesinatos, exhibición de situaciones de drogadicción, adulterios, relaciones incestuosas, prácticas homosexuales en horarios y canales accesibles a los niños? Se trata de esa sed insaciable de un dinero obtenido en la mayor cantidad posible, en el menor de los tiempos y con el mínimo de los esfuerzos de creatividad. Lo anterior, sin que hablemos por el momento de aquellos que dedican su vida al robo, al secuestro y al asalto. El apego al dinero nos puede hacer cometer verdaderas y muy graves injusticias. Y todavía nuestra gente tiene que besar agradecida la mano de los dueños de los Medios porque organizan Teletones, Juguetones y carreras de patitos de hule...

9.- Sin lugar a dudas, los Medios están explotando algunos impulsos demasiado primitivos que todos los hombres traemos en nuestro interior.

Hoy los Medios, y nuestra incapacidad de educar de parte de la Iglesia y de la familia, provocan que confundamos lo grande con lo grandioso y lo asombroso con lo importante.

¿Qué otra cosa podría ser el así llamado Big Brother sino esa hambre de notoriedad? ¿Qué otra realidad puede estar detrás de tantos programas que embotan los sentidos en los que un conductor exhibe la mismísima intimidad de las personas? No importa lo que hagas, lo importante es que hablen de ti, aunque con ello te degrades. No debemos confundir el éxito con la fama, hay personas famosas en quienes no podríamos reconocer el éxito.

10.- Es este apego desordenado a las riquezas en el que también nos movemos en otros renglones maquillados con la careta de la beneficiencia, del progreso y de un desarrollo que no es un verdadero desarrollo, de tal manera que el progreso de la técnica y el desarrollo de la civilización de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica, debiera exigir un desarrollo proporcional y simultáneo de la moral y de la ética.

De esta manera podemos comprender que el sentido esencial de la realeza y de este dominio del hombre sobre el mundo visible debe consistir en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas y en la superioridad del espíritu sobre la materia.

11.- Es posible que esta consideración quede parcialmente “abstracta”, es factible que ofrezca la ocasión para que el hombre en nombre de la ciencia acuse esta forma de pensar como retrógrada u oscurantista, olvidando cada una las propias culpas. Es posible que provoque nuevas acusaciones contra la Iglesia. Ésta, en cambio, no disponiendo de otras armas, sino de las del espíritu, de la palabra y del amor, no puede renunciar a denunciar las nuevas esclavitudes y a anunciar la “palabra de Verdad a tiempo y a destiempo” y de pronunciar en todos los púlpitos la enseñanza de aquel que es Camino, Verdad y Vida.

Por esto no puede ni debe de cesar de pedirle a todo hombre en el nombre de Dios y en el nombre del hombre: ¡el pan tiene un proceso! ¡no maten! ¡No preparen a los hombres destrucciones y exterminio! ¡ No prostituyan a nuestros niños! ¡No envenenen a nuestra juventud! ¡No despojen al corazón de la inocencia y al cuerpo de su pureza! ¡Piensen en sus hermanos que sufren hambre y miseria! ¡No propicien la desintegración de nuestras familias! ¡Respeten la dignidad y la libertad de cada uno de los hombres!

12.- El demonio no comprende que el pan está ligado no a un milagro, sino al trabajo, al sudor de la frente.

El pan adquiere dignidad cuando lleva su marca de fábrica: un proceso en el que la fatiga y el sudor del hombre no pueden excluirse.


LO INESPERADO DE UN ENCUENTRO ESPERADO.

“ Cuarentena de sal sobre el desierto,
la sal de la penitencia;
el Tallo de David en él ha inserto
su fecunda presencia.

La raíz inocente lenta absorbe
Amargura y dolor.
Sube crespa la tentación del orbe
Al cáliz del Señor.

Sangrienta savia de padecimiento
Que aflora en redenciones;
Más el Señor aún se siente hambriento,
Con hambre de corazones...

Cual víbora sutil entre las hiedras,
Se desliza Satán.
-Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras
se conviertan en pan.

En pan color de oro, humedecido
Con lágrimas de pobre.
Hazte sordo al famélico alarido,
Con tal que a tí te sobre.

-Yo tengo otro manjar que la materia.
La Verdad es mi comida.
Y para el desfallecido en la miseria,
Yo soy el Pan de Vida.

Jesucristo tentado: cuando sienta
Mi hambre de paganía,
A la carne ruin y al oro ahuyenta
Con pan de Eucaristía.

-Si quieres ser ejemplo
han de verte lucir sobre la cumbre;
¡tírate desde el Templo
con angélica sed de muchedumbre!

-Por no tentar a Dios desde mi altura,
mi táctica es sencilla;
empinarán dos palos mi estatura,
en cruz que doblará toda rodilla.

Si un día he de volar hasta la alteza
De aguiluchos romanos,
¡Que no pierda, Dios mío la cabeza
creyendo que soy mejor que mis hermanos!

-¿Quieres ser Rey? Te entregaré mi mundo
-el mundo es del demonio-
con sólo que un segundo
me des adoración y testimonio.
-Antes perderlo todo que una ofensa
al Creador infinito.
Adorarás, Satán, su Gloria inmensa:
En mi libro está escrito.

Aunque esté el cielo nebuloso y triste,
Y el suelo tentador y escurridizo,
¡Qué no vierta el alma que me diste
por grietas de mi vaso quebradizo! (Fernando Mateos)

1.- ¡Hola!, ¡Buenas tardes! Desde luego, parece enteramente una de esas ficciones o parábolas destinadas a la instrucción religiosa de los hombres: el encuentro que tuvo lugar un día entre Dios y el demonio... Y resulta que sí, que es verdad, que al fin nos hemos encontrado. Al fin después de tantos milenios de milenios, por hablar en términos humanos. Tenía que ser aquí, en la Tierra; en términos espaciales, tan humanos, digamos que tu has descendido a la Tierra y que yo he subido a la Tierra, para encontrarnos justamente a mitad del camino. ¿No es acaso el hombre el punto equidistante entre Dios y el Diablo? Hablar del hombre entre tú y yo sería como hablar de una transcripción moral de aquel principio geométrico según el cual todo cuerpo equidista entre lo infinito y lo infinitésimal. Los dos sabemos de sobra lo que son de frágiles, ruines y falaces estas cosmovisiones humanas, y cómo resultan casi inservibles, por demasiado toscas e inertes, las palabras creadas por los hombres. Pero no tenemos otro remedio: tenemos que recurrir al lenguaje humano. Puesto que tú y yo hablamos idiomas tan diferentes, no cabe sino utilizar una tercera lengua que los dos, más o menos, hemos llegado a dominar. Se trata de una lengua balbuciente, áspera y grosera. Sin embargo, aún así y todo, es preferible limar con una sierra a empeñarse a serrar con un martillo. En efecto, ¿cómo podríamos entendernos si cada uno de nosotros emplease su propio idioma, llamémosle divino al tuyo, llamémosle diabólico al mío? Algo peor que un diálogo de sordos: un diálogo entre judíos y árabes, entre norteaméricanos e iraquíes, entre católicos y protestantes. Convengamos, pues, en este tercer medio de expresión, aunque sea incapaz de enunciar lo más importante, lo inefable, lo que queda entre la cuerda y el arco, entre Orión y la Tierra. Hablaremos la ruda, trabajosa, inflexible lengua de los mortales. Sujeto, verbo, predicado. Pasado, presente y futuro; largo, ancho, alto, profundo. Las clásicas miserias humanas, las servidumbres del espacio y del tiempo, la lenta aproximación a un punto dado, el tartamudeo inevitable, los tartamudeos mentales. He aquí la tarea más fastidiosa.

Ocurre además otra cosa. Parece ser que nuestra conversación deberá ser legada un día a los hombres.

Pero no hay otro remedio, no hay otra solución, no existe otro lenguaje del que podamos hoy servirnos. Procuraremos entendernos. Dos emperadores entrevistándose en campo neutral, en un cobertizo situado sobre la misma línea de fuego. Es la Tierra lugar tan inhóspito, entre todos los del orbe, que por elemental justicia hubiste de comprometerte a indemnizar a toda persona que naciera sobre su suelo, dotándola de inquebrantable esperanza a la vez que de una especial ceguera o insensibilidad para el desastre. Es el mundo de los humanos.

Y es el año 30 de tu vida mortal. Puedes suponer que desde que naciste tenía gran interés en encontrarme a solas contigo. No es que me haya sido imposible hasta este momento, simplemente me resultaba inadecuado. Inadecuada toda ocasión anterior, inadecuado el lugar, aquel pueblo ruidoso en el que vivías, aquel taller, aquel empeño tuyo de comportarte siempre como un ciudadano más, carpintero, hijo de María y de José, puntual en el pago de los impuestos, asiduo lector de las Escrituras.

En Nazareth había doscientos hombres igual que tú, en Asiria y en Etiopía doscientos pueblos igual que Nazareth. Era lo más inadecuado y lo más desalentador. Ahora ya no, aquí ya no. Entre todos los parajes de la Tierra, el desierto es el menos inconveniente, el menos mancillado por los hombres, el rincón más silencioso de esta casa llamada tierra y el más aseado de su cobertizo, donde esa proliferación de muerte que ellos llaman vida se redujo al mínimo, dos escorpiones y tres cardos en media legua a la redonda. El contexto más apropiado.

¿Y el momento? El más afortunado. Acabas de erigirte por fin como Mesías, dando por clausurados tus treinta años de anonimato. Has recibido directamente del Padre tu ejecutoria pública junto al Jordán. No repruebo tu decisión de hacerte bautizar; bien mirado, es por tu parte un detalle de gentileza hacia los hombres, tan menesterosos de perdón, tan necesitados también de algún símbolo o apariencia que haga perceptible el perdón. Y ahora has venido al desierto, impulsado por el Espíritu. ¿No has venido precisamente a buscarme? Quiero decir: a fortalecer tu alma en la prueba a templar el acero en el fuego. Oficialmente yo soy el tentador. Ya sé, la expresión es desafortunada, pero el lenguaje no nos deja para más: tú eres bueno y yo soy malo. Sujeto, verbo y predicado.

Tu has venido al desierto a buscarme. ¿buscando pelea? Yo no diría eso, ni tampoco que hayas venido pidiéndome audiencia. Me guardaré muy bien de atribuirte tanto una intención hostil como una disposición suplicante. No prejuzgo. Tú están allí enfrente, eso es todo. Estamos no como dos poderes rivales, sino simplemente vecinos. Como esta piedra y esa otra piedra. Yo no pienso que me consideres una serpiente y que tú seas un cazador de serpientes. Insisto: como esta piedra y esa otra piedra.
Al fin nos hemos encontrado, a mitad de camino, en el planeta Tierra ¿creo que así se llama?, en un punto equidistante del bien y del mal. El bien y el mal, ya sabes, palabras humanas, dos sustantivos tan relativos y oscilantes como dos adverbios de lugar, arriba y abajo. ¿Qué más da?

Sin embargo... Sin embargo, hay una cuestión previa. Nuestra cita aquí, en el mundo de los hombres, ha hecho posible este encuentro, pero a la vez lo hace tremendamente ambiguo. Para poder reunirnos, los dos hemos necesitado adoptar una figura humana, un traje que nos proteja del incendio que seguramente nuestro contacto inmediato provocaría. Nuestras personas han quedado así hasta cierto punto encubiertas, enmascaradas, no directamente identificables. He aquí, de entrada, un problema capital. ¿Soy realmente yo el que tú venías buscando? ¿Y cómo saberlo? Hay que contar con otra dificultad, nada desdeñable. Recuerda que me llaman impostor, falsario, mentiroso y padre de la mentira. Si yo negara ser el diablo, tú deducirías que lo soy, puesto que siempre miento. Pero como yo sé que tú sabes que miento, diría que sí, que soy el Diablo, a fin de que creyeras que no lo soy. Pero como me imagino que ya sabes que yo sé que tu sabes. La pregunta, pues, sigue en pie: ¿soy yo, de verdad, realmente, el Demonio?

Yo podría, pues, ser efectivamente Satán a pesar de este pobre atuendo, a pesar de este aspecto mío tan humano, modesto y apacible, tan humano como el tuyo. Podría....

He ahí la particularidad de los seres humanos ¡por eso me gustan! y de quienes han venido a parar a la Tierra, punto equidistante no sólo del bien y del mal, sino también de la verdad y el error.

Has vivido aquí cuarenta días, dedicado a la oración, que es un género de reflexión tan vulnerable como cualquier otro. ¿Cómo saber que tú, tras esta larga permanencia en el desierto seas capaz de no ver cosas que imaginas? ¿No seremos dos piezas de ajedrez sobre un tablero que tiene las dimensiones del universo mundo?

¿Tú mismo eres Dios? ¿Estás seguro? Por fuerza has de hacer algo para disipar esa duda y recobrar tu seguridad. ¿Cómo? Basta aplicar una regla cualquiera de comprobación y después de la comprobación la verificación o la rectificación. Basta un milagro, un solo milagro para cerciorarte de que verdaderamente eres el Hijo de Dios. Por ejemplo...: “si eres el Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan”.

¿Qué te pasa? ¿Puedes o no puedes? ¿Eres el Hijo de Dios o éres solamente humano?

Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”...
(Mil gracias Cabodevilla...)

 

LAS PRUEBAS DE LA VIDA Y LAS TENTACIONES DE LA MUERTE.

“ En aquel tiempo, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y, al final, tuvo hambre. Entonces se le acercó el tentador...”

1.- Gentiles amigos:

Existe una ley que Dios ha querido inscribir en lo profundo del corazón del hombre y en el Universo entero, según la cual, nadie puede ser coronado a menos que antes haya luchado. Ninguna aureola auténtica de mérito verdadero y genuino puede brillar en torno a la cabeza de aquellos que no han querido enfrentar su combate. Solamente aquellos que hayan sido capaces de elegir, y de comprometerse con cada una de sus decisiones podrán ser reconocido por sus actos. La hondura del carácter se revelará en el medio de las tentaciones y las pruebas, y en la resistencia que brota de la fuerza interior del hombre.

2.- El Evangelio de este domingo nos muestra la primera acción, el primer encuentro y la primera predicación del Señor después de su bautismo, en donde Jesucristo da razón de su misión no ante un maestro humano, sino en un debate contra el proyecto del mismo príncipe del mal y en el combate contra sus insinuaciones y propuestas de falsedad.

Se trata de aquel que siendo de condición divina ha querido hacerse perfecto hombre, y que ha querido enseñarnos el cómo poder resistir a las tentaciones, y el cómo sobreponernos a las diferentes pruebas de la vida.

Jesús ha enfrentado, como cada uno de nosotros, verdaderas tentaciones. Se trata de la condición humana que ha querido asumir el Hijo del Padre eterno desde el momento de la encarnación.

Las tentaciones que experimenta el Señor provienen no de dentro sino solamente de fuera, y no de dentro y de fuera, como ocurre en cada uno de nosotros que traemos fracturado ese nuestro cuadro interior que reúne la voluntad y el entendimiento. De esta manera aunque el tentador era pecaminoso, el tentado era inocente, y en su inocencia nos ha dado ejemplo de virtud a los hombres.

3.- Del evangelio de hoy habría que destacar el sentido de lucha: de Jesús, guiado por el Espíritu, contra el espíritu maligno.

Las tres tentaciones son un grito de alarma al creyente para no crearse un dios a la medida de sus caprichos y necesidades temporales inmediatas, un dios domesticado. No: el Dios y Padre de Jesucristo es el Trascendente, que está más allá de lo que creemos necesitar, de lo que deseamos en la mezquindad de cada día.

La fe en Cristo nos identifica con él. El fiel cristiano lucha, como Cristo y con Cristo, contra la propuesta de domesticar a Dios, de aferrarse al pan del materialismo, a las ansias de poder.

La conversión de la Cuaresma es identificación con Jesús pobre, confiado en manos del Padre, siervo de todos y no dominador poderoso.

Este domingo, te invito para que nos demos un poco de espacio y así marquemos las diferencias existentes entre las tentaciones y las pruebas. Se parecen tanto pero son tan distintas.

Las diferencias son radicales: La prueba te hace crecer y la tentación busca destruirte; la prueba se presenta como algo sumamente difícil y la tentación suele presentarse como algo muy atractivo; la prueba busca mantenerte en el camino aun cuando ocasional o permanentemente sea difícil el caminar y la tentación te presenta otras alternativas de caminos sin complicaciones pero que desvían a las personas; la prueba viene de Dios, o por lo menos es permitida por Él, y la tentación viene del maligno.

4.- Y nos preguntaremos: ¿Qué es una tentación? ¿Cómo distinguir en lo práctico las tentaciones en nuestra vida?

Wolfgang Pannenberg ha mencionado que la tentación es aquella realidad o situación que te hace ver como real solamente lo que en ese momento te incita o te excita, y en donde todo lo demás es desplazado al ámbito de lo irreal. ¿No lo quieres creer? Mira a tu alrededor y fíjate cómo para aquel que vive envuelto en los placeres o sumergido en el alcohol o en la adicción a las drogas, ni la propia familia le es real, ni su salud, ni su vida misma, ni siquiera Dios; solamente alcanza a contemplar como real aquello que en ese momento le está resultando atractivo,... y que le está destruyendo.

5.- ¿Y cuáles son nuestra tentaciones? Se trata de las mismas y consabidas expresiones que han seducido y que siguen seduciendo a todo hombre. Hoy las tentaciones simulan tener otros rostros, otros nombres y hasta otros apellidos, pero siguen siendo las tres mismas tentaciones de la antigüedad y de la actualidad: El Placer, el Tener y el Poder.

Algunos teólogos, han ubicado estas tres tentaciones en un proceso escalonado durante esos distintos momentos de una vida plenamente consciente en las personas: El placer lo ubican como la tentación del ejercicio consciente de los primeros 30 años, el tener como la tentación de los hombres que viven la segunda edad, es decir entre los 30 y los 60 años, y el poder como la tentación de las personas de la tercera edad.

Afirman ellos, que al joven en su mocedad le son atractivos los placeres de la vida, aquello que activa los instintos, y que adolesce ante aquello que le incita los sentidos. El adulto, por su parte, es frágil en otro ámbito: a él le es atractivo el trabajo, el emprender continuamente y el ir acumulando bienes, le seducen los logros empresariales que se obtienen muchas veces, a costa de olvidarse de estar más tiempo con los seres queridos, y aún a costa de su propia vida y salud. Y, que todas las personas una vez llegadas a la madurez de edad, es decir pasando los 60 años, solemos ya no desgastarnos en contiendas con la tentación del placer ni tampoco con la seducción de la acumulación de riquezas, pero que enfrentamos la última expresión de las tentaciones: nos resistimos a perder el poder y el dominio sobre aquellos que un día estuvieron en nuestra propia casa o que fueron confiados bajo nuestra tutela, sobre aquellos que ahora han formado nuevas familias, que tienen una serie de responsabilidades y que ahora les toca ir tomando sus propias decisiones.

6.- Creo que hay algo cierto en esta interpretación de las tentaciones del placer, del tener y del poder en referencia con las edades de la vida, sin embargo considero que no se puede absolutizar, y así nos encontramos con jóvenes que quieren tener también poder, y adultos que siguen siendo presa de los placeres. Considero que en algunas ocasiones las tentaciones se van alternando en una brevedad de tiempo, que en otros momentos se van mezclando, y que hasta se llegan a confundir.

7.- Refiramos una palabra adicional sobre cada una de las tentaciones.

El tener es una tentación a la vez antigua y siempre nueva. El hambre de tener nos provoca que olvidemos los valores, las personas y la propia vida. Hoy, en nuestra sociedad se habla del hombre de éxito midiéndolo siempre con parámetros monetarios. ¿Qué es éxito en nuestro tiempo? ¿No te parece que si se pudiera ganar todo el dinero del mundo, pero a costa de ello se pierde la familia, la salud y la vida, esto no se puede considerar un éxito verdadero?

La tentación del placer y de las pasiones se manifiesta y no le deja al hombre pensar ni decidir adecuadamente. Los instintos van estableciendo su reinado y no dejan que actúe nuestra voluntad. El placer se manifiesta en el carnaval de la vida con muchos y muy variados antifaces: la droga, el alcohol, el erotismo, la sexualidad... El hombre de hoy parece que no se ha dado cuenta de que no existe nada mejor que llevar una vida ordenada.

La tentación del poder nos deslumbra a las personas y va provocando que el rostro del hermano, del familiar y del amigo vayan desapareciendo de nuestro horizonte. Esta tentación suele recurrir constantemente al chantaje de las personas. Se trata de ese manipuleo deshonesto utilizado para no perder el dominio sobre las personas. Son todos esos momentos en que las razones que presentamos no resultan suficientemente convincentes, y entonces utilizamos el manejo de los sentimientos sobre el otro.

8.- Queridos amigos: ¡la Cuaresma ha llegado!

El tiempo de la Cuaresma es una oportunidad propicia para que verifiquemos si nuestro proyecto corresponde verdaderamente con el de Dios.

La conversión a la que se nos invita no es otra cosa, sino el darle la espalda a nuestros miserables y confusos proyectos, para así apuntar en dirección del proyecto original que Dios había trazado sobre nuestra vida.

El Evangelio nos invita para que superemos nuestras propias tentaciones, para que reaccionemos como cristianos, para que seamos personas.

9.-¿Sabes? Me agrada la respuesta que ha dado Cristo y la propuesta que nos ha hecho la Iglesia para que, así mantengamos el dominio sobre el tentador: la triple práctica de piedad cuaresmal: oración, limosna y ayuno.

Para que nos sostengamos de pie contra la tentación del placer, la Iglesia nos invita al ayuno y a la abstinencia, se trata de unirnos un poco a los sufrimientos de Cristo y de unirnos a aquellos que siempre viven la vigilia por la pobreza. Se trata de fortalecer nuestra voluntad.

Para sobreponernos a la tentación del tener, la Iglesia nos propone la práctica de la limosna. Nos invita a no apegarnos a los bienes, a que seamos generosos con el necesitado. Se trata de depurar nuestra libertad.

Y para combatir la tentación del poder, la Iglesia nos propone la Oración contínua; orar significará aprender a postrarnos ante Aquel que tiene la autoridad absoluta, y que nos recuerda que nuestra supuesta autoridad no es más que una delegación de la que a Él le corresponde. Todo esto nos ayudará a que no seamos poseedores abusivos y olvidadizos de los dones de Dios. Se trata de aclarar nuestros pensamientos.

10.- La triple práctica cuaresmal: ayuno, limosna y oración, también nos permiten purificar nuestras relaciones: La Oración, en primer lugar, nos une estrechamente a Dios, la limosna, por su parte, nos acerca y nos une cordialmente con el hermano y, finalmente, el ayuno y la abstinencia nos ayudan a relacionarnos adecuadamenbte con la creación, será después de esto que nos experimentemos como lugartenientes de la creación y no como esclavos de las cosas materiales.

11.- ¿No te has dado cuenta? Las tentaciones de Cristo se presentan inmediatamente después del pasaje acontecido en el Río Jordán. Y nuestras tentaciones también se presentan después de nuestro propio Bautismo, y suelen ser ese prólogo necesario de aquellos que queremos proclamar la Buena Nueva.

Hermanos: ¡Combatamos como el Maestro para que podamos recibir la corona de la vida! Ya que no existe corona en la sienes de aquellos que no hayan luchado en la vida.



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