Domingo 21 de Mayo de 2006_________Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

EL AMOR ES EL PRECIO Y LA VIDA ES EL COSTO.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cómo el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena.

Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre.

No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien les ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

 

1.- Muy queridos amigos:

Les quiero preguntar: ¿Podría continuar siendo golondrina un pájaro si le cercenamos las alas? ¿O podría ser considerada como una rosa la flor sin pétalos ni fragancia? Quizá tú y yo tendríamos que argumentar que sí en los dos casos, y para la segunda de las interrogantes nos respaldariamos citando aquella composición  titulada: La Rosa de Hiroshima.

Pero,... quisiera dejar las especulaciones importantes pero no estrictamente imperantes para que entonces siendo más profundo lleguemos a la esencia de la vida cristiana: ¿Podría considerarse como cristiano alguien que no ama? Yo podría decir en base al texto del Evangelio de este día que un ave sigue siendo golondrina aunque le hayan cercenado las alas y que la flor sigue siendo rosa aunque no tenga pétalos ni fragancia, pero que el cristiano que no ama tendría que cuestionarse con sinceridad sobre su identidad, ante aquel que no puede ser engañado.

2.-     El Evangelio de este día me ha traido a la memoria el cuento aquel de Giovanni Papinni en el que uno de los exponentes del nuevo arte va reduciendo paulatinamente un largo poema como aquellos que escribió Goethe en la Divina Comedia y John Milton en el Paraíso Pérdido, hasta llegar a sintetizarlo en una sola palabra. Luego, no satisfecho aún con su maravilloso trabajo de síntesis artística, termina por suprimir la última palabra llegando así, según él, a lograr (! Oh prodigio del genio!) la "poesía pura".

Te tengo que decir que en el cristianismo existe una palabra que quedará siempre después de cualquier ejercicio de síntesis: la palabra Amor, y que esta palabra no podrá ser borrada sino sólo a fuerza de dar la vida por el amigo, puesto que allí se encuentra la expresión más auténtica del amor de Cristo y del amor del Cristiano. Es en la elocuencia del silencio de la cruz en donde se encuentra nuestra poesía más pura.

Pero,... resulta lamentable el hecho de que los cristianos no hayamos asimilado esta enseñanza cristiana sobre el amor. Hoy se vive en torno a un movimiento de la existencia que nos ha degradado, puesto que en lugar de progresar hemos tenido regresiones, en lugar de evolucionar hemos involucionado.

Hoy en el sexto domingo de la Pascua, Dios nos propone asumir un nuevo movimiento existencial alimentado por la enseñanza cristiana, para que entonces podamos vivir en franco ascenso nuestra vida de fe.

3.-     Y es que los hombres de nuestro tiempo nos hemos convertido en espectadores, protagonistas y hasta en víctimas de la incongruencia.

¿Qué entiende el cura por incongruencia? Tú te preguntarás.

Entendemos por incongruencia: la disociación, la separación, el divorcio y la no correspondencia. Son las incongruencias las que provocan que el mundo agonice, que nuestra patria esté enferma, que la Iglesia se duela, que la familia sufra su destrucción y que los hombres ya no confíen.

Se trata de la incongruencia de nuestro mundo, con la cual tú y yo hemos puesto nuestro granito de arena, que ha colocado al hombre como centro de la cultura y que paradógicamente se ha tornado en una cultura deshumanizada.

Nos encontramos ante la degradación de la humanidad como especie, es el ocaso de una verdadera civilización que quiso estar humanizada, pero que equivocadamente desplazó a Dios de sus esquemas, y con ello asumió la más lamentable de las pobrezas.

La tesis del mundo tiene una evidencia experimental en los efectos dañinos de una vida sin amor que se encuentra en los cada vez más llenos consultorios de nuestros hermanos psiquiatras; así también en la violencia, en la desintegración, en tantos inadaptados y en la pérdida del respeto por nuestras personas.

El psiquiatra madrileño Enrique Rojas ha sentenciado con severidad algo que ni tú  ni yo podríamos desmentir: “La infancia ha dejado de ser la edad de la ilusión y de los sueños, a causa de tantos hijos de padres separados”. Podríamos contra-argumentar pero jamás desmetir, ¿que sí es más preferible el infierno dentro de una familia que se agrede o que sí es mejor aceptar que ya no se puede vivir junto al otro? Lo deseable sería que ninguna de estas situaciones se viviera.

4.-     Y es que la ausencia de Dios y de su enseñanza y testimonio de amor, nos hace perder la razón del propio valor y provoca el vacío de sentido en nuestra identidad, promueve que conservemos el egoísmo, el odio y el temor en el equipaje de nuestra vida, y llega a ocasionar la tortura de nuestras facultades por las ansiedades y las depresiones.

Pero la incongruencia no es tan sólo de este nuestro mundo sino también de parte de aquellos que nos llamamos cristianos.

Se trata de la incongruencia de los que nos llamamos creyentes. Es nuestra incongruencia, consistente en la distancia que existe entre nuestro decir y nuestro hacer, y que se llama fariseismo. Y, desgraciadamente existe también esa incongruencia ubicable en la separación entre lo que somos y lo que dejamos de hacer y que se llama incoherencia.

5.-         Seamos sinceros, aunque sea por un solo momento, ante nosotros mismos y ante Aquél que conoce el secreto de nuestra vida:

Tan incongruente es el que predica y no vive lo que enseña, como el que posee una identidad y no vive de acuerdo a la misma.

A nosotros, los consagrados, los que ejercemos un ministerio a través de la enseñanza, de la santificación y de la conducción se nos puede tildar de incongruentes, cuando no vivimos lo que predicamos y cuando somos buenos para imponer cargas sobre los hombros de los demás, pero que nosotros no somos capaces de tocar ni con la punta del dedo. Sin embargo, también existe incongruencia en todos aquéllos que no actuamos en la vida diaria de acuerdo a nuestras responsabilidades bautismales.

Incongruentes son aquellos esposos “pseudocristianos”, que en los viajes viven como si fueran solteros; incongruentes son muchos matrimonios “cuasimísticos” que guardan rencores ancestrales en su vida; incongruentes son los jóvenes “farisaicos” que en el camino al matrimonio realizan sus despedidas como si fueran paganos; incongruentes somos esos hijos tan “apostólicos” y que olvidamos que el apostolado empieza en nuestra casa...

6.-     Y, precisamente, ante la tesis del mundo, que nos propone la incongruencia, y esos efectos destructivos que nos ha acarreado, hoy, la Palabra de Dios nos propone su tesis que funciona como antítesis de lo anterior y que nos debe levar a la más bella síntesis: la necesidad de conocer verdaderamente a Cristo y de actuar acorde al conocimiento de sus enseñanzas.

Recuerda que el conocimiento de Cristo no es tan sólo una pura información intelectual. El ser un auténtico cristiano no consiste ni en la presuntuosa abstracción especulativa de algunos ni en la orgullosa memorización superficial de otros.

Conocer a Cristo, no es una tarea solamente de los que se consideran doctos y caen en los sofismas. Conocer a Cristo, no es tan sólo el discutir, precisar, definir y discurrir. Conocer a Cristo no es tan sólo un traer la Biblia bajo el brazo. Conocer a Cristo no es tan sólo un traer un Cristo colgado en nuestro pecho. Conocer a Cristo no es tan sólo un hacer oraciones largas y engreídas. Conocer a Cristo no es tan sólo traer una calcamonía en el carro o un Rosario amarrado del espejo retrovisor como si fuera un amuleto. Conocer a Cristo no es tan sólo el acudir a una carpa, como tampoco lo es el ir a un templo climatizado. Conocer a Cristo no es ni repetir de memoria textos bíblicos ni quedarse en la infancia del estudio de la Biblia.

El conocimiento que se queda en los conceptos se dirige hacia el caracol de la indiferencia. El verdadero conocimiento del Señor engloba los conceptos de intimidad y de relación personal con Él. El conocimiento de Cristo debe ser íntimo y profundo. Solamente este tipo de conocimiento nos llevará a elaborar nuestra síntesis existencial.

7.-     Y es que el amor es nuestra síntesis. Es el amor la quintaesencia del mensaje cristiano. En el amor no existe un lugar para la incongruencia.

Es por ello, que el amor cristiano tiene dos vectores: se trata de amar a Dios y de amar al prójimo con intensidades semejantes. ¡Comprende! que Dios no quiere el don de mi amor para Él en su altar, sin el don del amor al prójimo en la vida diaria.

 

No nos engañemos pensando que amamos a Dios sin la necesidad de amar al hermano, ni viceversa. No nos imaginemos que porque vamos a tocar las puertas para ofrecer revistas, Biblias y mensajes repetidos de memoria ya somos cristianos, cuando tenemos muchos años sin tocar la puerta de nuestros padres y hermanos de sangre para preguntarles sí se les ofrece algo. ¡Es que el grupo apostólico o la congregación se han convertido ahora en mis hermanos! Ojala no olvides que esos siete mandamientos del decálogo que nos hablan de los deberes con el prójimo después de que los primeros tres nos recordaron los deberes para con Dios, inician con el cuarto mandamiento, y que este mandamiento se refiere a nuestros padres y al honor y respeto que nos merecen. En pocas palabras el amor al prójimo empieza, antes que en la carpa, en el templo o en la calle, en nuestra propia casa.

8.-     Amar a Dios sin amar al hombre es conocido como Hipocresía, amar al hombre sin amar a Dios se le llama Filantropía, pero amar a Dios y amar al hombre como hermano es lo que recibe el nombre cristiano de Caridad.

Alguien podría preguntarnos, entonces, acerca del costo del ser cristianos y la respuesta inmediata tendría que ser: el amor es el precio, ¿estás dispuesto a pagarlo?

 

EL AMOR CONSTRUYE Y EL AMOR DESTRUYE.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “ Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos”.

1.-     Muy queridos amigos:

¿Que me dirías si te dijera que el amor es lo que construye y el amor lo que destruye? Pensarías, sin duda, que sólo estoy haciendo uso de una frase para espabilarte y poder continuar con el nuestra reflexión.

Pero quisiera que tomaras con seriedad lo que te digo: el amor es aquello que construye y es el amor lo que destruye, es el amor lo que sana y es el amor lo que hiere, es el amor lo que da vida y es el amor lo que da muerte.

Seamos precisos, el amor es lo que mueve al mundo, pero hay un amor auténtico que lo mueve para bien y existe el amor egoísta que le mueve hacia la aniquilación.

2.-     Para aclararnos lo anterior te comento que Francois Larochefoucauld afirmaba con severidad: “En los celos hay más amor propio que amor”.

Este es precisamente el mensaje: el amor auténtico es el que construye mi ministerio y el amor propio es lo que puede destruir mi ministerio, es el amor auténtico el que le da vida y cura el matrimonio y es el amor propio el que hiere al matrimonio, es el amor auténtico el que le da vida a la familia y es el amor propio el que le da muerte a la familia.

¿Qué tipo de amor es el que vives en tu vida? Esta es la cuestionante que trasciende.

3.-     El Señor nos ha invitado para que vivamos ese amor cristiano que se relaciona con Dios y que nos relaciona con el hermano.

El amar a Dios es el fundamento de una vida de estrecha y auténtica relación entre los hombres. El amar al hermano, por su parte, se convierte en la proyección del Amor que decimos tenerle a Dios. Al Padre se le ama, nos lo recuerda san Juan en su Evangelio y en sus cartas, en los hijos.

Debemos llegar a nuestra síntesis, el ser cristiano no es fácil, cualquier persona que piense que lo es, o no conoce lo que es el ser cristiano o nunca lo ha vivido. Ser cristiano significa amar a Dios y amar al prójimo en un acto indistinto, que empieza en nuestra misma casa y que se proyecta a cada momento de nuestro existir. Ser cristiano significa amar a Dios y amar al prójimo a pesar de todos nuestros cansancios y desalientos. Los especialistas en cristianismo no son, a fin de cuentas, los que conocen mucho o los que rezan en abundancia, no son los que memorizan y repiten textos de la Sagrada Escritura sino los que aman, al final de cuentas son estos los que verdaderamente han conocido a Cristo.

4.-         Tratemos en base al mensaje de Dios de descifrar algún aspecto perteneciente al amor auténtico:

Según Enrique Rojas (Director del Instituto Español de investigaciones psiquiátricas y catedrático en la facultad de Psiquiatría de la Universidad de Madrid, autor de los textos: El amor inteligente, El hombre light, Una teoría de la felicidad) el amor es el elemento más importante de la afectividad, pero en torno a él existe una lexicografía confusa. "A cualquier cosa se le llama amor. Existen muchas palabras relacionadas con él: enamorarse, querer, desear, gustar, buscar, necesitar... Hay muchos matices y la educación es necesaria para saber distinguir entre unas y otras", advirtió.

El mismo Enrique Rojas, durante una Conferencia en la Universidad de Navarra el 21 de Noviembre de 2001, comentó: “que si hasta ahora había dos epidemias en el mundo moderno, la droga y el SIDA," ahora existe una tercera: la epidemia de rupturas conyugales". Al respecto señaló como en algunos países, como EEUU, Japón, Alemania o Inglaterra, alrededor del 50% de las parejas están rotas.

5.-         Acerca de esa deficiencia en torno a la apreciación del amor provocada por la explosión semántica sobre este término, y que ya ha mencionado el mismo Papa Benedicto XVI, te invito a que distingamos lo que es el amor y aquello que sólo queda en el enamoramiento.

¿Sabes? Alguna ocasión escuchaba que “el matrimonio no es para los enamorados sino para aquellos que aman...”, y tengo que decir que aunque en aquellos tiempos no lo asimilaba, hoy he llegado a comprenderlo en el más lamentable dolor que se genera en la constatación.

El enamoramiento suele ser más un estado de las emociones, que un estado de los sentimientos y de los rectos pensamientos

El enamorado es aquel que vive su vida como en un sueño, es aquel que siente caminar sobre las nubes y que ha sido deslumbrado por una figura imponente que le ha cegado y, cómo sucede en esto del deslumbre, todas las cosas se viven en la subjetividad: no se perciben defectos, no hay inconvenientes, no existen errores en la vida y la persona del otro,... digamos que se trata de aquella vivencia que en el lenguaje coloquial expresamos con “esas palomillas que revolotean en el estómago...”

A diferencia del enamorado aquel que ama auténticamente es alguien que vive en las coordenadas del espacio y del tiempo, está situado en la realidad, alguien que vive en el aquí y ahora de la objetividad, que tiene los pies en la tierra, es alguien que ve las cosas con claridad y que es capaz de ver los defectos en el otro y de decir así le acepto, así le amo, aún cuando más que palomillas en el estómago se tenga que “hacer de tripas el corazón”.

El error que se genera con la actitud anterior lo expresaban los antiguos en sus cantares:

“Mozo, que a tus pocos años
por unos ojos de pierdes,
sin mirar si son castaños,
negros, azules o verdes”

6.-         Digamos que el matrimonio es para aquellos que más que enamorados saben lo que es el amor auténtico, aquellos que más que vivir el amor romántico viven el amor real. Y así, conforme el superinflado concepto del “amor romántico”  o enamoramiento decrezca en la sociedad moderna, junto con él podrá ir disminuyendo la tasa de divorcios. Hace mucho tiempo que Goethe observó: “El amor es una cosa ideal; el matrimonio, una cosa real; la confusión de lo real con lo ideal nunca queda impune, un día nos cobra la factura.”

7.-     Para asimilar la necesidad de que el amor prevalezca sobre el sólo enamoramiento tenemos que comprender que la vida no está hecha de una sola pieza sino que por lo general suele ser la formación de diferentes escenas en las que se escribe la trama del existir. Esto también se aplica al matrimonio.

Muchos enamorados idealizan la luna de miel y se olvidan de aquello que se vive en el día siguiente, se han preparado para la boda pero  no para el matrimonio. Se dice que el llamarle al período post-celebratorio de la ceremonia matrimonial como Luna de Miel nace de una costumbre escandinava de tomar un vino de miel fermentada. Otros dicen que se debe a que el primer mes del matrimonio es cuando hay ternura y placer. En lo personal, me agrada como lo define el Oxford English Dictionary, que lo refiere y relaciona con el período lunar: “El mutuo afecto de las personas recién casadas es comparable con la luna cambiante, que no bien llega a su plenitud y empieza a decrecer”.

Esto tenemos que comprenderlo para no tenerle miedo a los cuartos menguantes de nuestra vida, luego ha de venir la luna nueva y empezarán los cuartos crecientes que conducirán a una luna llena de nuevo.

Creo así mismo, que junto con las fases del período lunar, los seres humanos también tienen sus estaciones. Hay entereza en las personas que soportan los helados vientos de las dificultades y las tormentas que asaltan el corazón, y que tienen la resistencia y la fortaleza de carácter para aguardar serenamente los días de abril.

En este sentido siempre he considerado que el amor no es una flor de invernadero, sino una  planta silvestre, el amor es hijo de una noche lluviosa, de una hora soleada; es un brote de una semilla silvestre, llevado camino abajo por un viento salvaje.

8.-     El amor auténtico llegará cuando el amor se escriba con las diez letras del sacrificio, o con las siete letras del respeto. Cuando el matrimonio madura, la persona se vuelve tolerante con las diferencias de la manera de ser del cónyuge. Si ella es muy sociable y él muy sedentario y casero, no hay problema si ella sale a divertirse con sus amigas y él se queda en casa viendo un buen partido de beisbol. Cada cual se alegra de que el otro la esté pasando bien, y ninguno de los dos guardará resentimientos.

A esto le llamo yo “amor generoso”. El amor se torna egoísta cuando ella lo obliga a salir o él la retiene en casa. Esto no es verdadero amor; más bien es control y por lo tanto es una expresión del amor egoísta.

Hace falta el amor generoso para sobrevivir a los altibajos de una relación duradera. Hace falta amor generoso para prestarse el uno al otro la debida atención y para aprender el uno del otro.

9.-         Quisiera aplicar esto a la familia, y por ello hoy te refiero un proverbio turco plagado de sensatez: “Por el amor de una rosa, el jardinero es servidor de mil espinas." Resulta adecuado que recuerdes aquello que escribía Don Manuel García Morente: “El amor es el rosal que tiene más rosas y más espinas” y que conozcas aquello que escribió Sara Insúa de Palacios: “No hay rosa sin espinas, no hay amor sin dolor”.

La diferencia entre el enamorado y el que ama se puede distinguir, tal como se distingue a aquellos que erróneamente han pensado que la vida siempre sería como un lecho de rosas: al enamorado se le oye quejarse de las espinas y al que ama cuando siente que las espinas le punzan las manos expresa desde el fondo del corazón: la rosa lo vale todo.

10.-         Hermanos muy queridos:

Ahora sí, llevemos también a nuestro mundo a una nueva síntesis existencial en torno a un amor que se convierta en praxis: Si amáramos en realidad, nuestra vida se transformaría, y al transformarse nuestra vida aportaríamos nuestra colaboración para que nuestro mundo fuera mejor. Se trata de un amor que transforma primero nuestra vida y que después transforma al mundo, como lo dice bellamente la Madre Teresa de Calcuta: “El vestido del amor lleva una orla que se arrastra por el polvo, y barre la suciedad de las calles y caminos, y puesto que puede, debe hacerlo.”

 

DIOS DA EL PRIMER PASO.

“En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien les ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca, de modo que el Padre les conceda cuanto le pidan en mi nombre. Esto es lo que les mando: que se amen los unos a los otros”.

1.-     Muy queridos y gentiles amigos que nos favorecen domingo a domingo con su predilección: Para Dios no hay acepción de personas.

El Dios verdadero que hemos conocido en Jesucristo y que el Señor mismo ha revelado en su persona misma, tanto en su obrar como en su predicar, tanto en sus acciones como en sus palabras, podríamos y deberíamos decir que es el Dios que se anticipa a nuestras elecciones e itinerarios, e incluso a nuestras decisiones: “No son ustedes los que me han elegido, yo soy quien os ha elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto”.

Lo anterior nos habla de la gratuidad en todo aquello que Dios nos concede.

Si habláramos acerca del amor, todos hemos conocido que ha sido Dios quien nos ha amado primero, que es Dios quien nos precede  y nos ha dado ejemplo en el amor verdadero.

Hoy, la primera lectura nos ha dejado en claro de que en el don del Espíritu Santo también Dios se ha adelantado a nuestras programaciones. San Pedro se ha dado cuenta de que es el Espíritu Santo, el que antes que él visitó a Cornelio en su casa, a quien ahora no pueden ni deben negarle el bautismo cristiano.

2.-     Dios ha querido caminar delante de sus ovejas, de tal manera que no hay peligros que el rebaño de Cristo corra que antes su Pastor no haya querido correr, no hay enseñanza que tengamos que observar que Cristo mismo no  haya observado y predicado con el testimonio de su coherencia.

Y así fue la vida de Jesús. Él no  proclamó leyes y puso gravámenes sobre las espaldas de sus discípulos como hoy lo hacen los reyes y dirigentes de la tierra, sin que éstos sean tocados por ellos ni con la punta de un dedo.

Existe una identificación de Cristo con todo lo que Él mismo enseña. Él ha ido paso a paso, legislando con su testimonio de tal manera que Cristo, a la autoridad que le corresponde como Hijo eterno del Padre, se le añade la autoridad del que asume lo que enseña en sus mandamientos, viviéndolos primero que nada Él mismo, en su experiencia humana.

¿Te acuerdas que existe un estribillo que recorre los Evangelios?: “La gente se admiraba de su doctrina porque hablaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.”

3.-     Es Jesucristo, el Dios que ha tomado la iniciativa y que antecede las iniciativas del hombre.

Y en el amor, Él mismo ha tomado la iniciativa, al amarnos y pedirnos que nos amemos en la misma intensidad.

Alguien afirma que amar es dar y tiene mucha razón, pero quisiera expresarle que amar más que dar es darse uno mismo.

Recuerda que ni es cristiano el amor que consiste en un sólo sentimentalismo ni lo es un humanitarismo olvidado de Dios. Tampoco es amor cristiano un teocentrismo que se desentiende del amor real a los hombres ni lo es una pura vivencia de la filantropía sin una inspiración divina. La causa de Dios y del hombre van estrechamente unidas y no se puede amar al uno sin el otro.

Y esta es la esencia y la finalidad del cristianismo: El origen y el contenido de nuestra misión está en el ágape, en el amor que se convierte en un don permanente.

Se nos ha mandado al mundo para que entre los hombres manifestemos el ágape divino, para ser testigos del amor de Dios entre los hombres.

Y no se nos está permitido amar de otra forma. Se trata de mirar a Cristo en la cruz y que regresemos la mirada hacia aquellos que nos rodean y que recordemos el mandamiento de Cristo: que les amemos “Como yo os he amado”. Se trata del estilo del amor de Cristo –un amor gratuito, creativo, que llega hasta el don de la vida- Esto se hace normativo para la Iglesia.

4.-     Hoy quisiera pedir de una forma especial por nuestras familias, y en el interior de nuestras familias, por los esposos y padres cristianos.

En el amor cristiano no se trata de probar el amor que otro nos tiene primero, sino de probar nosotros el amor que les tenemos, lo demás es sólo una consecuencia en la vida.

Y en el amor lo importante no es lo aparatoso sino lo discreto, lo sobresaliente no es lo estruendoso sino el suave sonido de la melodía existencial de todos los días. Tan suave y tan ensoñadora como la entrega de una vida que todos los días se ofrece en el sacrificio existencial y que es capaz de abrirse al misterio de la muerte por el amor que se tiene.

5.-         Simone de Beauvoir ha unido con maestría en una narración esa reciprocidad que existe entre el amor y la entrega de la vida:

“Imaginen la amargura en que acabaría sumiéndose un hombre que quiere amar y que quiere nunca morir, que vive siglos y siglos y que sobrevive a sus bisnietos…

Raimondo Fosca, apuesto caballero de Carmona, se ubica en la primera mitad del siglo XIII. El hidalgo consigue mediante los inconfesables oficios de un mago judío, el elixir de la inmortalidad. Pasan los años y Raimondo Fosca sigue lozano, inmarcesible y buen mozo. Pasan los siglos, y Raimondo Fosca conserva intacta su juventud y su seducción; seduce a las mujeres medievales, a las renacentistas, a la neoclásicas, a la que hacen y a las que padecen la revolución francesa. ¡Envidiable Raimondo Fosca!

No tan envidiable amigos. Terminan las mujeres siempre por abandonarlo, pues tiene siglos de revelarse incapaz de amar y entregarse a ellas “hasta la muerte”, impotente de ofrecerles a ellas ese testimonio persuasivo, testimonio de amor que es todo riesgo de muerte. Hombre inmortal que vale menos que los mortales y que puede menos que los que mueren, ya que los mortales son los únicos capaces de compartir el peligro y la fugacidad del placer, de tener esperanzas, de aferrarse y luchar por la vida, de poner en riesto su existencia y de aguardar ilusionados el primer brote del ciruelo.

Simone de Beauvoir despide a un Raimondo Fosca absolutamente infeliz, perdido en la indiferencia y en el vacío; es impotente incluso para desesperar de verdad, pues no abriga esperanza alguna a la cual decir adiós...

6.-         Querido amigo:

Te das cuenta como el amor y la muerte están tan unidos en nuestra vida y en nuestra comprensión. ¿No te parece que es esto precisamente lo que en su perfección Dios ha conocido desde la eternidad como para venir al mundo, y haciéndose hombre expresarnos a través de su muerte el amor más grande que existe? ¿Cómo ibamos a comprender de forma tan perfecta el amor de Cristo? Mira con detenimiento un solo instante el Santo Cristo que está en tu casa, si puedes ofrecerle un beso, ¡Hazlo! Eso no es adorar imágenes, como lo dicen algunos separados, sí yo mismo, mi padre y mi familia, besamos la fotografía de mi madre. Comprende al mirary al besar el santo Cristo, el mensaje más grande de amor y la invitación más nítida para nuestra vida cristiana.

7.-     Pero regresemos a los esposos:

El amor consiste en ese esperar “a pesar de...”, ya que amar es acoger al otro en cuanto tal, con su libertad que en el ejercicio humano se convierte en donación.

El amor es, por tanto, promesa, don, compromiso, entrega mutua, a fin de que el otro “yo” se realice en su unicidad; viene a ser un decirse que la vida merece la pena, posee un sentido y tiene un futuro por esperar.
Y la fidelidad es el nombre         que el amor toma cuando los años han pasado. La fidelidad es el propio amor en su existir, que debe contentarse con la garantía que da la libertad del amado; por eso el acto de amor es, en su reiteración, un continuo reencontrarse, un perpetuar el clima de los orígenes, un pasar de la  inicial emoción y conmoción provocada por la diversidad, unicidad y riqueza del otro sexo a una entrega recíproca en la que ambos pueden sentirse definitivamente aceptados en el amor.

8.-         Alejandro Casona en su obra titulada: “Los árboles mueren de pie” menciona: en el verdadero amor no manda nadie; obedecen los dos.    

Más allá de los motivos humanos anteriormente mencionados, la razón más profunda de la fidelidad conyugal consiste en la fidelidad que el mismo Dios tiene a su alianza, y la fidelidad que Cristo ha tenido para con su Esposa, la Iglesia. Es por lo anterior, que por el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio adquiere un sentido nuevo y más profundo.

Si Dios ha amado al hombre con un amor definitivo e irrevocable, los esposos cristianos que participan de este amor, deben saber que su fidelidad les convierte en testigos ante el mundo del amor fiel de Dios.

Y en la vivencia de la fe, el amor es lo que permanece…

9.-     ¿No te has dado cuenta? La mayoría de los seres humanos llevamos una existencia tranquila, anónima, mientras transitamos por este mundo. Lo más probable es que cuando muramos no haya desfiles ni monumentos en nuestro honor.

Pero no  por eso disminuye la importancia de la huella que podemos dejar en los demás, pues hay mucha gente esperando a que alguno de nosotros aparezca en su vida, gente que tendrá en buena estima nuestra compasión y estímulo, y que necesita de nuestros talentos particulares. Son personas que tendrán una existencia más feliz sólo porque nos tomamos el tiempo para compartir con ellos lo que tenemos para dar.

Con demasiada frecuencia subestimamos el poder de una caricia, una sonrisa, una palabra amable, un oído atento, un elogio sincero, y de las más sencillas muestras de interés. Pero todo ello es capaz de cambiar una vida. Uno se siente abrumado al pensar en los constantes oportunidades que se presentan para hacer sentir a otros nuestro amor.

Pero debemos darnos cuenta de algo en este domingo, y que ya lo decía Santa Teresa y san Juan de la Cruz: En el atardecer de nuestra vida seremos juzgados por el amor... no por recitar textos bíblicos de memoria, ni por tocar puertas, ni por hacer oraciones muy largas, sino por el amor.

Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado.              

 

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