Domingo 5 de Noviembre de 2006_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

HABLA SEÑOR QUE TU SIERVO TE ESCUCHA

“En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.

El escriba replicó: “Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y que amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.

Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: “No estas lejos del Reino de Dios”. Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

 

1.- Muy queridos amigos:

En la religión judía y en la cristiana, la revelación de Dios ha sido, en esencia, una Palabra Divina dirigida al hombre. Se trata del Dios que ha descorrido el velo que ocultaba su rostro a la comprensión humana y que se ha re-velado al hombre en una autoapertura que ha nacido del amor que le tiene al ser humano.

La sátira en la Sagrada Escritura acerca de los dioses falsos llamados ídolos mudos es la siguiente: <<Tienen boca y no hablan, tienen oídos y no oyen, tiene ojos y no ven que sean iguales los que los hacen>> nos menciona el Salmo 115, en el versículo 5 (Cfr. 1Cor 12,2). Lo anterior subraya, haciendo uso del lenguaje de la paradoja, uno de los rasgos más característicos que autentifica al Dios vivo en la revelación bíblica: Dios ha hablado a los hombres, se ha comunicado, le ha revelado su rostro, y enfatiza la importancia que tiene su palabra a lo largo y ancho del Antiguo Testamento, el cual no será otra cosa sino la preparación del hecho central del Nuevo Testamento, donde esta Palabra se ha hecho carne y ha querido poner su morada entre nosotros, ha plantado su tienda entre nosotros y hemos visto su gloria.

2.- Esta es precisamente una de las más grandes diferencias existentes y constatables entre el cristianismo y las religiones del mundo antiguo. Los hombres llegaron a pensar en algunos aspectos del misterio de un dios lejano, y a lo mucho, en los misterios griegos y en la llamada gnosis oriental la relación que el hombre establaba con su dios estaba fundada en una supuesta visión, mientras que en la historia de la salvación la fe auténtica nace de la “audición”, tiene su origen en la escucha de todo aquello que se nos ha comunicado o que ha sido proclamado por un Dios que no quiere quedarse en la oscuridad del silencio (Rom 10,17).

Lo mismo tenemos que decir de la religiones modernas, que no son otra cosa que reciclajes de las teorías de la antiguedad. Por ello es estrictamente necesario para los cristianos, el afirmar y recordar que mientras que las demás religiones, distintas al cristianismo, y obviamente al judaísmo que es el inicio de una revelación que ha llegado a su plenitud en Jesucristo, se fundan en la experiencia religiosa de su fundador, mientras que el cristianismo tiene su único fundamento en la revelación, en el Dios que le ha hablado al hombre por su nombre.

3.- Una primera afirmación es necesaria: la experiencia religiosa y la revelación cristiana se compenetran y pueden llegar a complementarse en una justa apreciación que evite absolutizar lo que es parcial. Es por ello que afirmamos que, en las religiones no-cristianas, que derivan de la experiencia religiosa, actúa ocultamente el Dios de la revelación. A su vez, nuestra revelación está enraizada en el hombre, como ser capaz de asimilar a Dios, precisamente a través de la experiencia religiosa.

Sin embargo ésta es también la diferencia y precisamente nuestra segunda afirmación: la diferencia entre el cristianismo y todas las otras religiones la ha resaltado el Concilio Vaticano II al afirmar que: La historia de las religiones nos muestra que el manantial de tales religiones es la experiencia religiosa, que este Concilio ha llamado “experiencia de Dios” (GS 7). La experiencia de Dios es accesible a todos los hombres y a todos los pueblos. El cristianismo , en cambio, vive de la “revelación divina”, que alcanza en Cristo su cima más alta e insuperable y ha sido confiada a una Iglesia que nos la transmite, expone y defiende tal cómo lo ha escrito el mismo san Pablo al advertirle a Timoteo en la primera carta a Tiomoteo capítulo 6, versículos 20 al 21:

“Timoteo, guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe”.

Más adelante le dirá el mismo san Pablo a Timoteo en su segunda Carta a Timoteo capítulo 1, versículos 13 al 14:

“Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros”.

4.- Ahora bien, los cristianos debemos comprender que el Dios que nos habla espera del hombre una respuesta. Respuesta que consistirá en su propio aprendizaje para escuchar a Dios.

Según el sentido hebraico de la palabra “verdad”, el escuchar, el acoger la Palabra de Dios no es sólo prestarle un oído atento, sino abrirle el corazón (Hch 16,14), el ponerla en práctica (Mt 7,24ss), es el obedecer.

Cuando Dios se dirige a la criatura, abriéndose y comunicándose a la misma, también tiene que ocurrir algo en la propia criatura para que pueda percibir a Dios; y eso, de tal modo que lo percibe claramente y sin embargo continúa siendo libre para la aceptación o el rechazo de Dios.

Esa relación del Dios que quiere comunicarse con el hombre interpelado por Dios es una relación singular, si se compara con todas las otras relaciones interhumanas. En el lenguaje de la tradición cristiana le llamamos 'gracia' y quiere decir que la proximidad de Dios no destruye la libertad ni la independencia del hombre, sino que la eleva precisamente a su propia identidad: la gracia no anula la naturaleza humana sino que la eleva.

5.- Sabemos que, cuando Dios se acerca tanto al hombre, no le da algo externo como lo es una información, o unos simples datos fríos, sino que se da a sí mismo y la plenitud de esto está en la Encarnación del Verbo de Dios; y ese proceso libera al hombre convirtiéndolo en alguien que puede percibir y aceptar a Dios.

La infinita pregunta del hombre acerca de Dios la ha respondido Dios con la respuesta infinita que es Él mismo. Y así la historia humana se ha convertido también en una historia de salvación y revelación.

La verdadera escucha es la que brota de la Fe del individuo, no de la creencia que brota de nuestras suposiciones. De tal manera que podemos hablar de que la revelación debe ser asimilada como la autoapertura de Dios y la Fe como la autoapertura del hombre.

El problema del hombre antiguo y del hombre actual es que el hombre no quiere escuchar a Dios a causa del ruido en el que vivimos pero también a causa de nuestra incapacidad de respuesta a esta Palabra (Dt 18,16), y ese es nuestro verdadero drama. Y si en ocasiones no hemos aprendido a hablar ha sido precisamente a causa de nuestra deficiencia auditiva.

6.- La actitud de aquel que escucha, a diferencia del sólo oír, es la del hombre que tiene un corazón abierto y dispuesto al cambio. Oír no nos compromete, pero escuchar sí compromete.

Oír será siempre una disposición exterior, mientras que el escuchar se identifica con nuestra disposición interior.

Escuchando con el corazón abierto la Palabra de Dios empezamos por darnos cuenta que este diálogo entre Jesús y el escriba del Evangelio se da en una forma que significa mucho en sí misma. Fíjate como el escriba se siente comprendido por Cristo,... y ¡qué difícil es esto en nuestro tiempo y para aquellos que nos hablan a nosotros!

7.- Aquel escriba, experto en la Ley, abre el argumento con la esperanza de saber cómo piensa Jesucristo y cuando escucha qué clase de maestro es Jesús y cuál es el mandamiento principal, que está por encima de todos, en la enseñanza de este Rabí, se siente profundamente alegre y agradecido y responde con tal elocuencia y emoción que Cristo le dice desde lo profundo de su divino corazón: “En verdad te digo, no estás lejos del Reino de Dios”.

Ahora, este mandato de Dios, este mensaje universal, llega nuevamente a nosotros como cristianos que hemos oído el primer mandamiento de la ley de Dios, para que lo escuchemos con el corazón. Escucha, Israel, escucha pueblo de Dios, amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo..., esto es más valioso para Dios, que todos los sacrificios y esas ofrendas rituales llamadas holocaustos.

Escucha Israel, no se trata de un amor teórico ni de una adoración de oídos, sino de una adoración práctica y de un amor generoso, que este abierto a las necesidades y a las exigencias espirituales y materiales de nuestros semejantes.

8.- “Escucha, Israel”, abramos nuestro corazón a la Palabra de Dios. Todo cristiano está llamado a dar testimonio de la verdad, con el corazón abierto a la Palabra de Dios, después de haber abierto los oídos.

Pero comprendamos que de nada nos sirve que poseamos el patrimonio de la revelación si no sabemos dar el testimonio generoso de amor al prójimo a partir de nuestra fe en Dios todoposeroso. “Escucha, Israel, yo soy tu Dios y no tendrás otro Dios fuera de mí. Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Y será entonces cuando estaremos de lleno construyendo el Reino de Dios en nosotros mismos y obteniendo el pase que nos accederá a su plenitud eterna.

“EN EL PRINCIPIO EXISTÍA LA PALABRA...”

“En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.

1.- Muy queridos amigos:

En la actualidad, la antropología teológica y las ciencias positivas han entablado un respetuoso diálogo. Se ha quedado sepultado en el pasado, aquel lenguaje de mutua desacreditación que durante algún tiempo no se pudo evitar.

Los cristianos entendemos que Fe y ciencia no pueden ni tienen porque contradecirse: puesto que el Dios de la naturaleza no es diferente del Dios de la revelación.

En ese diálogo que se ha generado, el creyente entiende y acepta la existencia de cuestiones fronterizas entre la fe y la ciencia, y sabe que se necesita de un serio y profundo diálogo para que se pueda alcanzar la verdad. Dos actitudes serán necesarias, en ambas partes: la apertura y la sinceridad. Estamos convencidos que en este diálogo el deber de los teólogos será el examinar y construir antes de ser apologetas ilusos, mientras que los científicos no deben acusar en sus actitudes ese dogmatismo del que acusan severamente a la Iglesia.

Bastaría que recordáramos un trozo del discurso del Beato Juan XXIII, durante la apertura del Concilio Vaticano II: “ Es necesario que la doctrina cierta e inmutable, que debe ser respetada fielmente, sea profundizada y presentada de la manera que corresponde a las exigencias de nuestra época...” (AAS 54, 1962, col. 1383).

2.- En el momento presente, el teólogo ha aprendido a escuchar respetuosamente las afirmaciones de la paleontología, la biología, la exégesis literaria, la filosofía, la psicología, etc..., en torno a cuestionamientos sobre el origen y la condición del hombre. La Teología ha buscado dar una respuesta adecuada desde su competencia; al mismo tiempo, ha hecho extensivas sus reservas acerca de algunas propuestas del transformismo.

Hay, sin embargo, cuatro elementos de los cuales los creyentes seguimos pidiendo una explicación satisfactoria, acerca de ese “hipotético” paso de una condición pre-humana a la plena hominización: la posición erguida, la función de sus manos, el rubicón cerebral y, un elemento conductual, la aparición del lenguaje humano. Hay tantas cosas todavía por hablar mientras que no se encuentre el mitologizado eslabón perdido.

Aprovechando la ocasión que el Evangelio nos brinda, dirijamos nuestra reflexión en torno a la palabra y el lenguaje humano.

La palabra, comprendida como un elemento fundamental de nuestro lenguaje, no podrá ser entendida solamente como un sonido o su representación gráfica. Desde el punto de vista biológico nos lleva a considerar estructuras profundamente neurofisiológicas y desde el punto de vista teológico la entendemos como la exteriorización fónica de un impulso espiritual.

3.- La palabra y nuestra capacidad de pronunciarla y escucharla es uno de los elementos más importante pertenecientes a la afirmación del grado de superioridad en la vida del hombre, y que le marca una pauta de diferencia en relación a las demás creaturas. Desde la ciencia positiva, la aptitud de aprender un lenguaje se ha reservado como una propiedad de la especie de los homínidas. Desde la visión creyente, la palabra y el carácter diálogal tienen también una relación estrecha con nuestro haber sido creados a imagen y semejanza de Dios.

La palabra tiene un lugar preeminente en la historia, tanto “sagrada” como “profana”, del hombre.

Fue a través de la Palabra pronunciada por Dios como acontece la creación. Será también la Palabra pronunciada por aquel, que es imagen y semejanza de Dios, por la que se manifieste la superioridad y dominio sobre las demás creaturas.

En la plenitud de los tiempos, El Verbo de Dios se ha encarnado. Las Palabras de Cristo manifiestan su poder, tal es el caso del “Effetá” y del “Talita Kum” en los milagros que realiza. El centurión sabe que basta una palabra pronunciada por Cristo para que su criado quede sano. San Pedro confiesa a Jesucristo como aquel que tiene Palabras de Vida Eterna. Los hombres hemos recibido en la Palabra que viene de Dios el alimento que nos hace vivir.

4.- En cada Eucaristía celebramos al Dios que ha roto el silencio: ha querido salir del misterio, se ha dirigido al hombre y le ha manifestado el designio inaudito de una alianza con vistas a la participación de vida, y esto lo hemos escuchado el día de hoy en su Evangelio.

El Dios verdadero le ha hablado a la humanidad y le ha pedido que le escuche, como se lo ha solicitado a su pueblo. Esta Palabra, que en un principio fue lejana, confusa, intermitente, como sonidos sueltos y cuya unidad casi no podía percibirse, en Jesucristo, Hijo Eterno del Padre, Verbo de Dios, se nos ha dado en plenitud, se ha hecho Evangelio, se ha proclamado, clara y distinta, como mensaje de salvación.

La Palabra articulada o proferida que pide ser escuchada, se ha hecho Palabra inmolada. Cristo en la Cruz ha manifestado el amor del Padre hasta el grito inarticulado en el que todo se dice y todo se atestigua. La Palabra de Dios se ha agotado hasta el mismo silencio, y de esta manera todo lo que era incomunicable, se expresa sigilosamente con los brazos extendidos, el cuerpo desangrado y el corazón atravesado por la lanza del soldado.

Y, es aquí, en donde nace ineludiblemente la comprensión de la necesariedad absoluta de la respuesta humana, de la escucha necesaria. El hombre se ha convertido en el interlocutor de Dios.

5.- Todos los pueblos de todos los tiempos, también, le han dado un lugar preponderante a la palabra y a sus efectos. Es revelador el que sea a través de la Palabra por la que se realicen hechos extraordinarios: se abren puertas, se ejecutan actos mágicos, se rinden voluntades, se destruyen obstáculos, se tiene un dominio sobre las fuerzas dominadoras.

Adentrémonos a los textos de la Palabra de Dios, y nos encontraremos con relatos que manifiestan la disfunción humana en torno a su relación con la palabra, tanto al proferir y como al escuchar. Nos encontramos con la Parodia de la creación: Entre otros, a personas que tiene boca y que no hablan, personas que tienen oídos y que no oyen.

Este es nuestro gran problema: el lenguaje. ¿Quién es capaz de comprender el lenguaje del hermano? ¿Y quién es capaz de hacerse entender por el prójimo?

Dios quiere y puede regresarnos a la mañana de la creación. La solicitud del libro del Deuteronomio se vuelve una realidad en la persona del Señor, que ha venido, entre otras razones, a devolverle al hombre la capacidad del habla y de la escucha: “Escucha Israel...”.

6.- ¡Este es el milagro que necesitamos y este es el mandamiento principal de parte de Dios! En la vida diaria es urgente que superemos nuestros monólogos y que entablemos un verdadero diálogo en la escucha sincera y en la capacidad de hablar todo aquello que nos edifica.

El Señor Jesús, al referir que el primer mandamiento es el ESCUCHAR, está ofreciéndonos la mejor enseñanza de aquello que Dios puede hacer con el hombre. Dios quiere abrir la vida a la dimensión de su máxima realidad.

El hombre que cerrando su oído parte de sí mismo y en sí mismo permanece se hace inhumano entre los hombres. Tendríamos que hacer nuestra la petición de Salomón: “Dáme Señor un corazón que escuche”. Y el Señor podrá decirnos: “Ábrete”. “Ábrete a la escucha”. “Ábrete a la comprensión profunda de las personas y de sus dificultades”. Escúchame que Yo soy lo primero y tu hermano es lo segundo, pero igual que lo primero.

7.- La escena divina necesita de una segunda parte en el escenario humano: a la llamada que se escucha le hace falta una respuesta. Con la palabra proferida es como el hombre se puede hacer hombre verdadero y con la palabra escuchada el hombre puede acceder a lo divino. Los demás animales vivientes tiene ojos y tienen ólfato como nosotros, pero no tiene un órgano que efectivamente comunique palabras ni una capacidad neurológica que decodifique el lenguaje para convertirlo en mensaje. Solamente el hombre puede hablar, decir, llamar, ordenar, enseñar, instruir, corregir, acusar, jurar, bendecir, maldecir, cantar, celebrar, alborozarse, confesar, rezar, gritar, quejarse, murmurar... y otras muchas acciones más perfectas como el escuchar auténticamente.

Hace falta que la humanidad del hombre se convierta en una realidad y para ello es necesario que use rectamente su lenguaje. Que sus palabras broten al mismo tiempo de la escucha respetuosa, que se digan a tiempo, que se piensen serenamente y con dominio, que sean ponderadas y amables y, sobre todo, que provengan del temor de Dios y más que del temor de ese amarlo sobretodas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Dios ha venido en la Encarnación a hablarnos humanamente para que el hombre pueda recuperar este elemento necesario de su humanidad: el lenguaje.

La Palabra que existía desde el principio quiere devolvernos nuestras palabras para que tengamos hoy el principio de nuestra hominización y cristianización.

En fin, hay tantas cosas que el Creador debe recrear y tantos mandamientos por sintetizar para que captemos la esencia de la vida cristiana.


APRENDER A ESCUCHAR.

“En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha Israel:

1.- Muy queridos amigos:

La Palabra supone siempre un yo y un tú. Toda palabra proferida implica también el deseo de que sea escuchada por un tú, cargada por la existencia de aquel que la pronuncia esperada por las necesidades de aquel que la capta. Es entonces cuando la palabra y la respuesta se convierten en el mejor de los diálogos.

Dentro de la doctrina que hemos desarrollado tenemos que saber que la revelación condiciona la opción de la fe. Sin embargo, ante el Dios que nos ha hablado en su Hijo muy amado, nuestra fe ya no puede ser una opción ciega, esa fe fiducial como la comprender algunos hermanos separados, sino que debe ser una opción humana, conforme a la naturaleza del hombre que es un ser inteligente y libre, y así ha querido formar al hombre el Creador y elegirle como su interlocutor.

La Revelación y la Fe, son la palabra y la respuesta en nuestra vida cristiana. La revelación de Dios es esencialmente interpersonal. No se trata de la manifestación de algo, sino de la manifestación de Alguien a alguien.

2.- No obstante, también en las relaciones humanas tenemos necesidad de aplicar estos mismos conceptos. Y es que en nuestro tiempo nos encontramos con muchas familias que conviven pero que nunca se comunican. Porque cada quien se oye a sí mismo, porque todos se gritan unos a otros, porque nadie se escucha, porque nadie tiene el corazón abierto verdaderamente a la palabra de su hermano.

Y nuestras palabras denerían usarse precisamente para alentar el corazón de aquellos que están con nosotros. El arte de alentar es más sencillo de lo que podemos pensar. Bastan unas cuantas palabras, una anécdota, un cumplido, una breve plática animadora, o una visita. Mire a su alrededor. Elija a alguien para darle lo mejor que hay en usted. No lo deje para después: ¡Hágalo ahora mismo! Permítaseme referir tres maneras de expresar verdaderas palabras de aliento:

3.- En primer lugar sea sincero y sencillo. Hoy los cumplidos son cosa rara, suspira una dama que conocemos, y añade: “Eso es malo, porque dan cordialidad a nuestro trato con los demás”.

Y es cierto. Los cumplidos favorecen el estado de ánimo; nos dan sostén en los puntos que flaqueamos. Recuerdo haber leído que Mark Twain aseveró una vez que él podía vivir dos meses con un buen cumplido.

El mejor de los cumplidos lo escuche de los labios de Albert Einstein. Cuando le preguntaron quién le gustaría ser si pudiera volver a la tierra después de muerto, repuso sin titubear delante de su esposa: “El segundo esposo de la señora Einstein.” La esposa se sonrojó.

Del mismo Albert Einstein se dice lo siguiente: “Mientras que en 1979 daba los toques finales a una escultura de Albert Einstein con motivo del centenario de su nacimiento, Robert Berks recordó que el 18 y 19 de abril de 1953 había hecho otra escultura del anciano científico. Le preguntó el porqué le permitía robarle su tiempo. A lo que le contestó Einstein, que hacía mucho tiempo que había comprendido que el mundo necesitaba héroes, y que era preferible tener a uno inofensivo, como él, y no a un Hitler o un Mussolini. Cuando Berks hubo terminado, Albert Einstein miró la obra y le comentó complacido: “Si volviera a vivir, sería escultor”.

Robert Berks se sonrojó y se sintió halagado con tal comentario de aquel hombre genial y sumamente erudito. Sin embargo, poco antes de salir, le dijo a Berks la esposa de Einstein: “Las mismas palabras se las dijo al plomero”.

3.- Segundo no olvide los componentes auténticos del diálogo verdadero: hablar pero también escuchar. El mensaje creíble en un diálogo auténtico debe de decir: “Sé escucharte. Entiendo tus problemas, tus dificultades. Conozco tu situación. Por eso, si me permites, uso tu mismo lenguaje. No para impresionarte, o hacer de maestro, sino para demostrarte que podemos buscar juntos, descubrir algo juntos, evitar algún que otro apuro juntos.

Antes de establecer un compromisi estable en nuestra vida hay que establecer una relación de simpatía, confianza. Esforzándose por conocer y dejarse conocer. Aceptar y dejarse aceptar.

La asimilación de la Ley de Dios en el cristiano no afecta a los oídos de los oyentes sino que desciende más abajo, y va en una dirección; hacia el corazón.

De no ser así nuestro interlocutor estará condenado a soportar el relato de “nuestras hazañas”. Hay personas que acaparan la totalidad de la conversación, no pocos hablamos hasta por los codos y le llegamos a referir a alguien hasta con orgullo y cinismo: “es que ya dialogue, porque ya te dije todo lo que tenía que decirte,...” y bien podrían decirnos: “¡por eso, ahora hazme el favor de escucharme!” Decía Zenón de Elea:“Nos han sido dadas dos orejas, pero en cambio una sola boca, para que podamos oír más y hablar menos”.Lo decía también Mariana Quiroga de la siguiente manera: “Dios nos ha dado dos oídos y una boca para que escuchemos lo doble de lo que hablamos”

Muy pocos sabemos escuchar. Imposible atender a otro mientras pensamos en nuestra apariencia, o en impresionar, o en qué vamos a responder, o en si lo que nos estás diciendo es verdadero, importante o ameno. Tales cuestiones tienen cabida, pero sólo después de recibir la palabra del interlocutor.

Escuchar es un acto primitivo del amor sincero y auténtico en el cual una persona se entrega a la palabra de otra haciéndose accesible y vulnerable a ella.

4.- Tercer aspecto: Jesús entabla un diálogo verdaderamente enriquecedor. El Evangelio nos muestra a Jesús carificando preguntas y respuestas.

En la obra de teatro “Una pura y dos con sal” de Caballero se habla de la fuerza que posee la Palabra, y se menciona que una palabra es tan destructiva como la más potente bomba nuclear.

Hay quien piensa que dialoga porque abre la boca y no es capaz de comprender que para dialogar más que abrir la boca, tiene uno que aprender a abrir el corazón.

La comunicación no es solamente el alma del amor y la garantía de su crecimiento, sino la esencia del amor mismo.

Amar no es pensar en un instante sino pensar en la vida, y aceptarla con sus distintas realizaciones.

Refería Robert Louis Stevenson el autor de “La Isla del Tesoro” y del “Doctor Jekyll and Mr Hyde”, entre otros textos: “La conversación es, con mucho, el más accesible de los placeres. No cuesta nada de dinero, produce sólo ganancias, completa nuestra educación, inicia y fomenta amistades y se le puede disfrutar a cualquier edad y casi en cualquier estado de salud”.

Robert Louis Stevenson le debe la primera y una de sus grandes novelas a esa búsqueda por ubicarse a la altura de uno de sus hijos que suscitó un diálogo entrambos. Se trataba de un día lluvioso de 1881, cuando para entretener su hijo, que se había puesto algo necio, le pintó a la acuarela el mapa de una isla imaginaria.

El niño no se ponía en calma y entonces empezó a inventar personajes, entre bosques imaginarios, enfrascados en luchas entre ellos y en busca de un tesoro. Al poco tiempo se encontraba cautivado el niño y más cautivado el papá, que al anochecer tomó una hoja de papel y estaba redactando cada uno de los detalles.

En 1883, apareció una de las más grandes novelas de aventuras: LA ISLA DEL TESORO, producto de un día profundamente lluvioso, de un niño que se había puesto necio y de un papá que practicó una de las virtudes más grandes en un papá: la paciencia aunada a la imaginación en una charla de un día lluvioso.

5.- ¿Cómo están nuestras familias? Dicen que el matrimonio es el constructor de la armonía, y que la armonía no es tan sólo la ausencia de dificultades sino la capacidad de solucionarlas.

Yo considero que hay dos tipos de armonías engañosas: cuando nadie se preocupa por nadie y cuando alguien se impone y el otro se somete a costa de su propia dignidad.

En esta semana me dirigí hacia la librería y compre un libro llamado: CINCO ESCOLLOS EN EL MATRIMONIO de Norbert y Ute Kellerbauer

1.- NO ESPERAR QUE EL CONYUGE ADIVINE EL PENSAMIENTO: Suponer que el cónyuge puede adivinarle a uno el pensamiento o las emociones dificulta cualquier relación.

2.- CONVERSAR POCO: Esta es una señal que no puede pasarse por alto. En un buen número de parejas que llevan muchos años de casados, por un lado desaparece el deseo de conversar y, por el otro, disminuye la voluntad de escuchar.

Se puede llegar a vivir bajo el mismo techo pero no se está realmente junto al otro.

3.- AJEJAMIENTO GRADUAL: Surgen los Tú siempre... y los Tú nunca... para acusar al otro.

El deterioro se da gradualmente. No hay deterioro de golpe, sino poco a poco. Y se inicia un círculo vicioso.

4.- LA BATALLA POR LA IGUALDAD: La igualdad en un matrimonio implica cambios. Se trata de un dar y recibir de ambos cónyuges. Y este dar y recibir tiene que redefinirse una y otra vez.

5.- FALTA DE DESARROLLO PERSONAL: Todo matrimonio tiene ciclos de desarrollo. “Se puede incluso hablar de fases por las que atraviesan casi todos los matrimonios.
Primera fase: Fortalecimiento de la relación con el nacimiento del primer hijo.
Segunda fase: Cuando los hijos empiezan a abandonar el nido.
Tercera fase: Cuando los hijos se han marchado definitivamente de la casa.
Cuarta fase: La etapa del matrimonio en la vejez.



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