Domingo 60 de Abril de 2008_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

INTERPRETAR LOS HECHOS

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban vela­dos y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen ha­blando, tan llenos de tristeza?"

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Noso­tros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron. Es cierto que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro, no encontraron el cuerpo y llegaron contando que se les habían aparecido unos ángeles, que les di­jeron que estaba vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron al se­pulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron".

Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué du­ros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendi­ción, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reco­nocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el ca­mino y nos explicaba las Escrituras!"        .

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

Momento 4

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1.- Muy queridos amigos:

Aparece, hoy en la escena del Evangelio, la presentación de la Historia de Dios explicada por el mismo resucitado. Ha acontecido que su realización ha sido bastante distinta y muy distante a la historia tal y como la pensaron aquellos discípulos que iba a suceder.

De esta manera, la primera invitación que nos dirige el Señor en este día es para que tú y yo pensemos, en esa muy frecuente no adecuación, del proyecto de Dios con nuestros proyectos.

Y es que son demasiadas las ocasiones en que nuestro egoísmo nos hace pensar al revés, ya que tú y yo nos apegamos a nuestras ideas y a nuestro entendimiento, el cual las más de las veces se encuentra embotado. Nuestro esfuerzo por comprender las cosas a nuestra propia manera subsiste, generalmente, queriendo que el plan de Dios coincida con el nuestro.

Se trata de un pecado de este y de todos los tiempos: la pretensión del hombre de querer que el Evangelio se adecúe a nuestra vida, y no que nuestra vida se adecúe al Evangelio.

2.-     En estas circunstancias de nuestras pretensiones, siempre nos hará falta que sea Dios el que camine a nuestro lado y que sea Él mismo quien venga a explicarnos detenidamente la realización de su plan de salvación en nuestra propia vida. Solamente así, nosotros podremos comprender sus insondables misterios, los cuales se siguen manifestando en nuestra existencia, aún a costa de no coincidir con nuestros bocetos, y de hasta llegar a provocar molestias en muchos de nosotros.

3.-     La tentación de aquellos testarudos discípulos de Emaús,… es cierto,… pero también la de los diez apóstoles, y también la de santo Tomás el así llamado incrédulo, la de aquellas mujeres, la del jóven rico del evangelio, y la de todos nosotros junto con el Israel de aquel entonces, así como también había sucedido con Judas Iscariote, consiste en esa nuestra osadía de exigirle a Dios que su pensamiento coincida con nuestros pensamientos, querer que la realidad y la voluntad divinas se adecúen a nuestra estructura mental, y con ello que su sabiduría conincida con la sinrazón de muchos de nuestros pensamientos.

Ojalá que nosotros le diéramos por un momento la oportunidad a Dios, para que nos haga comprender esa su sabiduría que supera nuestra razón humana, y sobretodo, que todos nosotros no nos precipitemos, como lo hizo Judas Iscariote, a querer obtener lo que pretendemos aún a costa de entregar a nuestro Maestro.

¡Nosotros esperábamos que las cosas sucedieran de esta manera!... En realidad esta frase expresa lo que ha sido nuestra historia.

4.-     ¿Sabes? Cuando era niño, ¡no hace mucho tiempo en realidad!, recuerdo que la catequista que nos preparaba para que recibiéramos la Sagrada Comunión, nos enseñaba las verdades de la fe con una pedagogía bastante elaborada. Entre sus muchos recursos utilizados recuerdo que en no pocas ocasiones se solía sentar con nosotros en la banqueta y contarnos algunas narraciones con las que nos abría el entendimiento para que así captáramos las profundidades de las enseñanzas de Dios.

Su método fue siempre eficaz. En lo personal, recuerdo con muy especial afecto algunas de aquellas narraciones.

5.-     En una ocasión nos contó que... “En lo alto de una montaña nacieron tres pequeños pinos, los cuales en tanto que iban creciendo platicaban amenamente, de forma especial durante las apacibles noches iluminadas por el reflejo de la luna.

Una de esas noches, cuando todavía estaba tierna su consistencia y su existencia, el tema de su charla versó sobre las expectativas que tenían hacia el futuro. ¿Qué iban a ser de grandes? Cada uno de ellos expresaba sonriente y animadamente sus ilusiones.

Decía el primero de ellos: cuando llegue a la edad mayor, yo quiero que mi madera sea útil para construir el aposento de un Rey. ¡Sí! Mi más grande anhelo es residir en un palacio rodeado de oro, con aromas y fragancias exóticas, y que mis finas maderas se conviertan a través del trabajo de un artista, en el majestuoso lecho en el que descanse algún Rey poderoso de las naciones.

Mientras tanto, el segundo de los pinos, a la luz de las estrellas que lucían en todo lo alto manifestaba sus deseos hacia el futuro aparentemente lejano: Pues yo me quiero convertir en un gran navío que surque las aguas de las mares-océanos más importantes del mundo. Quiero convertirme en una gran embarcación que acalle en los grandes puertos del mundo, que pueda conocer todas las geografías y todas las gentes posibles, y que mi tripulación esté compuesta por las gentes más afamadas de la tierra: grandes conquistadores, aventureros o colonizadores.

Finalmente, el tercero de los pinos, pensaba que él se estaba guardando posiblemente la mejor de las sorpresas en cuanto a los anhelos infantiles se refiere, de tal manera que cuando le tocó su turno: exclamó con solemnidad y decoro: pues yo, mis queridos fratelos consavianos siempre he soñado en que mis maderas sean utilizadas para construir un púlpito magistral desde el cual los más grandes oradores del mundo expresen los mejores y más memorables discursos, yo quiero ser una tribuna para que los hombres más persuasivos del universo expresen algunos mensajes bastante bien estudiados como para que queden grabados en el consciente colectivo para toda la posteridad, pienso en esos magníficos filósofos, que dicen que existen en la Grecia memorable o en la Roma Imperial. ¡Qué gran honor, para mí convertirme en el podium de los hombres más elocuentes!

Y así,... soñaban aquellos tres pinos que dirigían hacia el cielo las puntas de sus ramas, así como sus ilusiones y plegarias. El primero quería ser un aposento real, el segundo quería ser un gran navío y el tercero, nada más y nada menos, que quería ser un púlpito para la estudiada sabiduría de los hombres.

Y al pasar el tiempo, fueron creciendo, y con su crecimiento llegó el tiempo oportuno en que el leñador cumpliera con sus labores. Una tarde del Otoño, se confundió con la melodía del bosque el golpeteo del acero. Cada aseste del hacha se perdía en el horizonte entre los cantos de las aves, los silbidos del viento y el movimiento de las hojas. Y los tres pinos fueron a dar al aserradero, confundiéndose entre tantos y tantos maderos que habían sido talados con antelación y que estaban esperando un comprador.

Y, poco a poco, fueron llegando diferentes hombres provenientes de diversas provincias a aquel aserradero a comprar la madera que ellos necesitaban.

El primero de los pinos fue comprado, junto con otros muchos más, por un hombre de Belén que, sin duda era el que tenía más prisa, puesto que necesitaba de la madera suficiente, con la cual poder elaborar algunos de los muebles de su casa, y para hacer un poco más grande el establo, ya que aquel censo al que habían sido convocados todos los israelitas, le iba a llenar las habitaciones de su posada y, además necesitaría de más pasto para alimentar a las vacas que le proveían de leche, a los burros que rentaría para los traslados, y al buey que utilizaría en la próxima temporada en que se barbechara la tierra. Y así sucedió con el primero de los pinos que terminó, casi en su totalidad, colocado como un contenedor de la paja de aquel establo en las afueras silenciosas de Belén.

El segundo de los pinos fue comprado por un hombre de Cafarnaum, un hombre llamado Juan o Jonás, el cual tenía como oficio el ser pescador. Sus ahorros de tantos y tantos años, al fin le habían dado la posibilidad de fabricar una barca que les heredaría a sus hijos, los cuales aunque eran todavía pequeños, sin lugar a dudas seguirían con el oficio que aquel Padre tenía. Si Zebedeo el padre de Santiago y Juan ya les había hecho una barca a sus pequeños hijos, él tambièn les heredaría una barca y el oficio de pesacadores a sus hijos. ¡Claro que sí! Simón el mayorcito y el pequeño Andrés serían pescadores al igual que su padre, ¡No faltaba más!, puesto que el Lago de Cafarnaum era lo suficientemente generoso como para que pudieran vivir cuando él ya no estuviera a su lado. Y de esta manera el segundo pino terminó convertido en una modesta barca que durante muchos años iba a surcar aquel lago de Galilea hacia Genesaret, de Genesaret hacia Cafarnaum y de Cafarnaum otra vez hacia Galilea.

Por último, le llegó el turno al tercero de los pinos, el cual fue comprado por un centurión romano, puesto que el emperador César Augusto había decretado que las diferentes provincias se proveyeran de las cruces suficientes como para que se mantuviera un mejor orden en el imperio, ya que los zelotas y los sicarios, estaban provocando demasiadas revueltas en los caminos y en las montañas. Y así, aquel tercer pino se convirtió en un patíbulo más que iba a ser almacenado esperando que algún sedicioso fuera condenado a muerte, y allí permaneció durante muchos años esperando a sus ajusticiados para convertirse en un instrumento de persuasión colectiva y de disuasión social.

6.-     Queridos amigos:

Recuerdo que todos los niños escuchábamos atentamente sentados en la banqueta y con la cara entre las manos. Todos teníamos los ojos inmensamente abiertos esperando el desenlace de la narrativa. Y aquella catequista tranquilamente después de darle un sorbo a un vaso de agua, concluyó:

“Queridos niños: ustedes pensarán que aquellos pinitos cuando crecieron no llegaron a cumplir con sus ideales y anhelos, y que Dios no les escuchó en sus deseos, pero están muy equivocados”.

“Y esto es lo más importante de todo: Dios siempre escucha nuestra oración y lo que Él nos da supera en mucho todo aquello que nosotros le estamos pidiendo.

“Resulta que, el primer pino no llegó a ser el aposento de un rey con corona de oro y diamantes, pero ese pino que terminó convertido en la madera que contenía la paja de un establo, y que fue muy útil para aquella noche de la navidad en que San José y la Virgen María no encontraron posada para que naciera el Hijo del Dios Altísimo, y de esa manera aquel pino que esperaba ser el lecho de un rey, se convirtió en una humilde cuna para recostar allí al Niño Dios, al Rey del Cielo y de todo el Universo que quiso nacer en ese establo.

“Ustedes piensan que el segundo pino tampoco obtuvo lo que le pedía a Dios en sus oraciones, pero ustedes se equivocan. ¿Se acuerdan que le pedía a Dios ser una gran embarcación y conocer así los mares oceanos y terminó siendo la barca para unos pescadores de un lago? Pues, en la realidad aquella barca fue la embarcación más importante que ha existido en la historia, puesto que fue en esa barca en donde el Señor nos concedió las pescas milagrosas, en esa barca Él llamó a Simón, a quien llamó Pedro y a Andrés su hermano; y junto con ellos a Santiago y a Juan, y desde esa embarcación Él predicó muchas veces a la gente cuando ellos estaban en la costa agolpados, y esa barca es la imagen de esta nuestra Iglesia que sigue conduciendo el sucesor de san Pedro, el Vicario de Cristo en la tierra: el Papa.

“Y ¿Qué piensan ustedes sobre el tercero de los pinos, el más pequeño de los tres? ¿El que quería ser un púlpito para los grandes filósofos? Pareciera que le fue muy mal al pobre, puesto que lejos de ser un púlpito terminó siendo una grotesca cruz para castigar a los malhechores,… pero en la realidad, ese tercer pino se convirtió en el púlpito más hermoso que ha existido, no fue un púlpito para grandes discursos de los sabios del mundo, pero esa cruz se convirtió en el púlpito más importante de la historia, puesto que desde allí se nos ha dado el más bello de los mensajes en la entrega generosa del Hijo de Dios, y desde esa cruz se pronunciaron las siete palabras más hermosas en los mismísimos labios de Cristo, el Hijo de Dios”.

7.-     Gentil amigo:

Todavía resuena como si fuese ayer el eco en mis tímpanos de sus últimas palabras antes de concluir nuestra sesión:

“        Queridos niños, nunca se les olvide: cuando piensen que las cosas no han salido como ustedes las pidieron, quiero que recuerden  que Dios tendrá siempre un proyecto mejor del que ustedes han pensado. Recuerden: Dios jamás se equivoca”.

“Nosotros esperábamos que Dios actuara así”... –han mencionado los discípulos de Emaús y mencionamos todos nosotros- ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

Necesitamos pedirle a Dios que nos explique cada una de las escenas difíciles de nuestra vida para que así las comprendamos con la luz cristiana.

 

DIOS PONE, SOBRE ESPINAS, ROSAS DE CONFORMIDAD.

El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, situado a unos once kilómetros de Jerusalén, y comentaban todo lo que había sucedido.

Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban vela­dos y no lo reconocieron. Él les preguntó: "¿De qué cosas vienen ha­blando, tan llenos de tristeza?"

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" Él les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Noso­tros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron.

1.-     “Nosotros esperábamos que”... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

La historia de los tres pinitos que compartíamos en el segmento anterior, me hizo recordar mi propio camino vocacional que en algún momento anterior, ya te había compartido en parte.

Mi historia vocacional está fuertemente vinculada con la presencia del bienaventurado Papa Juan Pablo II en nuestra Patria, quien el pasado miércoles recordamos por su tercer aniversario de su encuentro con el Pastor eterno.

Tu recordarás que la primera visita de Su Santidad Juan Pablo II a nuestra ciudad fue aquel día 31 del mes de Enero de 1979.

Un servidor junto con millones de católicos vivimos una alegría de Dios muy especial.

Yo estaba en el segundo año de la secundaria, y fue en aquel júbilo que rebosaba en el corazón al contemplar a aquel hombre fiel a Jesucristo, en donde surgió mi propia inquietud hacia el sacerdocio.

Recuerdo que tuve que esparar a concluir los estudios secundarios, y de esa manera al terminar los estudios en la Secundaria Federal # 33 “Profesor Emeterio Lozano”, pude ingresar al Seminario, esto después de realizar aquel proceso vocacional.

2.-     Todavía recuerdo en la memoria aquella tarde de mi ingreso al seminario, recuerdo a mis padres y  a mis hermanos y hermanas que me fueron a dejar aquel domingo 17 de agosto de 1980.

Cuando ingresé al Seminario, mi familia vivía en el Segundo Sector del Infonavit Constituyentes de Queretaro II, mi padre trabajaba en la Fundidora y éramos 7 hermanos. Él siempre trabajó con honestidad y nos ofreció todo lo que estaba a su alcance. Él cooperaba con lo que se podía para ayudar al Seminario, y puedo decir que en los momentos en que no se pudo aportar alguna mensualidad, el Seminario jamás hizo distinciones entre aquellos que daban colegiatura y los que no lo podíamos hacer. Esta es sólo una de las muchas razones por las que quiero mucho a nuestro seminario.

Fueron 11 años de mi formación, los últimos cinco en la Universidad Pontificia de México, aunque ya al décimo año había terminado mis estudios que marca el Derecho Canónico para poder recibir el Ministerio Sagrado.

3.-     Recuerdo bastante bien que en aquel año 1990, Dios nos tenía reservada una grata sorpresa: regresaba Juan Pablo II a México, y surgió entonces una estupenda noticia: “Todos los jóvenes que ese año nos ordenáramos sacerdotes ibamos a recibir el Orden Sagrado de manos del Papa”, la fecha ya estaba fijada: el miércoles 09 de Mayo de 1990 en la Ciudad de Durango.

Aquella noticia me llenó de alegría: Si bien lo había deseado, jamás lo  hubiera podido imaginar como algo posible, el que Dios me concediera un regalo tan especial. Y así fue como en el mes de Enero del año 1990 iniciamos con los preparativos, los ornamentos y las invitaciones… Pensaba en mis adentros: ¡Durango, ahí te voy! La arquidiócesis de Monterrey había registrado los nombres de 8 de sus alumnos para ser Ordenados por Su Santidad, entre los cuales estaba un servidor.

Sin embargo, iniciando el mes de Febrero, surgió una nueva información: “Éramos demasiados los que estábamos apuntados, y no era posible que todos nos ordenáramos en Durango con el Papa”. Fue así que la Comisión organizadora tomó la decisión de reducir a la mitad todas las listas de los candidatos que cada Diócesis había registrado. Monterrey que había separado ocho lugares iba a contar con cuatro espacios.

En aquel entonces, un servidor y otro compañero estábamos estudiando en la Universidad Pontificia de México. De tal manera que de los 6 que estaban en Monterrey iban a quedar 3, y de los dos que habíamos ido a estudiar una especialización a México iba a quedar 1.

La noticia me cayó como un balde de agua fría. Sin embargo, en mi mente y mi corazón se guardaba la confianza de que fuera yo el afortunado. Recuerdo aquella tarde en que puestos de acuerdo fuímos a la oficina del Padre Carlos Junco, y tal y como lo hicieron los apóstoles al elegir a Matías, hicimos una oración pidiéndole a Dios que se hiciera su voluntad y que nos diera conformidad en el resultado. Fue entonces que, al igual que lo hicieron los apóstoles, el padre Carlos Junco lanzó la moneda al aire… Yo había elegido águila y mi compañero había escogido cara. Fueron instantes que parecieron eternos esa sucesión de tiempo en que veíamos dar giros a aquella moneda en el aire, y después de que cayó en el suelo, dió varios tumbos hasta que después de girar como si fuera sobre un eje, cayó una superficie hacia el suelo y otra hacia arriba.

4.-     El resultado... ¿quieres saberlo?, te lo cuento el próximo domingo... No ¡No te creas! Cayo cara y el aguila estaba contra el suelo ¡El elegido era… mi compañero, el padre Hugo Chávez!

Yo dije: ¡que al cabo ni quería!,… ¡No!, tú sabes que no fue así, y yo soy el primero que no te puedo mentir. Humanamente yo me sentía muy triste, aquella noche experimentaba en mi corazón una serie de sentimientos realmente extraños, de los que en algún momento me pensé excento. Hasta cierto punto yo pensaba que era injusto, y también pensaba en cómo decir a mis padres, a mis hermanos y hermanas, a mis parientes y amigos, que siempre no iba a ser ordenado por el Papa. ¡Es posible que esta haya sido mi principal preocupación.

Al fin, les llamé por teléfono a mis padres que no iba a ser ordenado por el Santo Padre y recuerdo que mi madre me dijo: ¡Dios sabe lo que es mejor para nosotros y Él nunca se equivoca! Mi madre le estaba dando una bella lección de cristianismo a su hijo ya próximo a ordenarse sacerdote.

A los pocos días, el P. Miguel Angel Alba Díaz, entonces Rector de nuestro Seminario y ahora Obispo de la Paz, Baja California, me llamó por teléfono desde la ciudad de Monterrey a la Ciudad de México, y me dijo que el Señor Arzobispo quería que los que no nos ibamos a ordenar con el Papa, nos ordenáramos antes de su venida, para que así pudiéramos concelebrar con él cuando estuviera el día jueves 10 de mayo en la ciudad de Monterrey. La fecha que fue elegida por el arzobispo era el Domingo de la Pascua de Resurrección de ese año 1990 que caería en el 15 de Abril.

Le agradecí educadamente la noticia, -pero en realidad sentía aquello como cuando le dan a uno un reintegro en lugar del premio mayor-.

Los preparativos se aceleraron todavía más y por fin llegó la fecha indicada. No puedo olvidar aquel 15 de Abril de 1990, Domingo de Resurrección, cuando entramos a la santa Iglesia Catedral a las 10:00 de la mañana y salimos hacia las 12:30 del mediodía. Cuando salí de ese santo lugar revestido con mi ornamento sacerdotal, el sol brillaba intensamente en el meridiano.

Recuerdo que mi madre me dio entonces un abrazo prolongado y lloraba de alegría, a su lado estaba mi padre con un rostro alegre y con lágrimas de felicidad.

Y en ese momento, recuerdo que mi madre me dijo algo que no puedo, ni quiero olvidar jamás: “Rogelio, jamás pense que Dios me iba a dar este regalo”.

Yo le dije, que sin lugar a dudas el sacerdocio que Dios me confiaba era un gran regalo para mí, lo mismo que para mi familia, y para mi parroquia, y para nuestra diócesis...

Pero ella me interrumpió diciendo: “No, Rogelio, me refiero a otra cosa: “Jamás pensé que Dios me iba a permitir que tú te ordenaras sacerdote el mismísimo día en que tu padre y yo nos casamos. Hoy tú papá y yo cumplimos 35 años de casados”.

5.-     Fue entonces cuando comprendí esa sabiduría ocasionalmente incomprensible de Dios, en todos esos designios que los hombres en no pocas ocasiones no somos capaces de llegar a comprender, sino hasta que Él camina a nuestro lado, platica, nos explica y nos abre el entendimiento…

Nosotros esperábamos que Dios actuara así... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

 

LA ENCINA Y EL CIPRÉS SON DE DIOS.

Entonces Jesús les dijo: "¡Qué insensatos son ustedes y qué du­ros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendi­ción, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reco­nocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el ca­mino y nos explicaba las Escrituras!"        .

 

1.-     “Nosotros esperábamos que Dios actuara así”... ¡Pero resulta que las cosas se han desarrollado de una forma que no entendemos!

En las relaciones personales también sucede esto con mayor frecuencia de lo que solemos pensar.

Nosotros esperábamos que el esposo, que la esposa, que los hijos, que el amigo, que la novia actuara de esta manera y nos aguantaran todo, pero las cosas han resultado muy distintas...

2.-     Te quería comentar que cuando estudiaba la Filosofía en el Seminario de Monterrey hubo una frase de Friedrich Nietzsche que cuando la leí por primera vez no la comprendí: “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad.”

Ahora, a mis 18 años de ordenado sacerdote y a mis 42 años de edad, con el paso del tiempo y con un ministerio a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, he podido percibir la verdad sobre tantas situaciones humanas ensombrecidas por el pecado original y me he dado cuenta de la razón que tenía aquel hombre, que al final de su vida llegó a salir del recto juicio: “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad.”

3.-     Para entender lo anterior tenemos que recordar algunas cualidades acerca de la amistad.

La amistad es una relación profundamente humana que brota de la posibilidad de encontrarse entre seres personales, con inteligencia, con sentimientos, con emociones y con libertad. En esencia, podemos decir que la amistad no puede ser solamente un afecto, sino una relación social que, sin lugar a dudas, supone un afecto. Pero lo más importante no es el afecto sino la relación, ya que el amor en muchas ocasiones no exige la reciprocidad, es decir, la correspondencia, y la amistad sí exige la correspondencia. Te lo explico con un ejemplo: un sentimiento tan noble como lo es el amor paterno no exige la reciprocidad, tal como acontece en el caso de muchos padres que aman aún sin ser correspondidos y el amor no se desvanece sino que al contrario se cualifica todavía más, y así podríamos decir del amor fraterno, en donde el amor que le tengo a mi hermano no desaparece aunque él no me quiera a mí sino todo lo contrario,… en cambio, estrictamente no puede haber amistad sin correspondencia.

¿Te das cuenta como la amistad es más una relación social que un afecto?

Y es en el ámbito de la relación interpersonal en donde se inicia la demolición de muchos de los edificios de los matrimonios.

4.-     Hace algunos años leí una obra de Barbara Silverstone titulada: “El amor que lastima” En donde ella manifestaba como el pedir disculpas es el arte indispensable que exige un verdadero propósito de cambio en las actitudes de los que pedimos disculpa.

Barbara nos cuenta que ella se casó profundamente enamorada, ¿existe acaso alguna persona sana y honesta que no se case profundamente enamorada?, y cuenta ella que al casarse no conocía una doble manía que tenía su flamante esposo. De esto se dio cuenta en la primera oportunidad en que como esposos fueron a una reunión de amigos, a una reunión social. Recuerda que al entrar en aquel recinto ella se sentía como la soberana de una corte ingresando al salón de un palacio y en donde todo mundo parecía verle aunque estuvieran viendo hacia otro lugar, llegaron y se sentaron en torno a una de las mesas con unos amigos. La primera de las manías apareció: él se permitía en público hacer comentarios despectivos sobre ella, la ridiculizaba, le lastimaba; en medio de los amigos llegaba a contar hasta situaciones de la intimidad provocando la risa de todos los invitados: él se convertía en el alma de la fiesta y ella en el hazmerreír de la reunión. Al regresar a la casa ella iba sumergida en el dolor y al bajar del carro él simplemente le dijo: ¡Vamos!, no hagas papeles, no fue para tanto.

La cruda moral asaltaba su corazón de enamorada y no le permitía conciliar el sueño. Y entonces sobrevenía la segunda manía: al día siguiente, invariablemente le traía un ramo de rosas con una glosa en una tarjeta: “Discúlpame, por haberte ofendido la noche de anoche. Te amo”. El mismo quiso poner aquellas rosas en un florero y las puso sobre el buró que estaba orientado hacia el lugar en el que ella descansaba en el lecho matrimonial. Esto le devolvió la paz en su corazón.

Sin embargo las cosas no quedaron allí, las escenas idénticas se siguieron repitiendo. Una ocasión aislada no hubiera tenido gran problema, ni siquiera dos, pero que en cada reunión social, su esposo se hiciera pasar el gracioso a costa de ella ante los amigos y que al otro día buscará resarcir con un ramo de rosas la ofensa perpetrada, se convirtió en un escenario recurrente y en una lastimosa situación.

Y llegó el día en que ella se cansó y antes de irse a la casa de su madre, tomó en sus manos cada uno de los tallos de aquel bouquet de rosas, y acto seguido con sus dedos índice y pulgar de la mano derecha iba empujando cada espina hasta cortarlas y al hacerlo sus dedos empezaban a sangrar, las espinas ensangrentadas las iba poniendo sobre la funda de la almohada en el lecho matrimonial. Así lo hizo hasta que terminó con la última de las espinas del último de los tallos. Al concluir aquella tarea la superficie de la almohada estaba llena de espinas y de la sangre de sus dedos. Antes de marcharse a la casa de su madre, Barbara  escribió un texto en el reverso de la tarjeta que solía acompañar aquel ramo de rosas: “Cuando me ofendes delante de las personas me lastimas más de lo que estas espinas han lastimado mis dedos”. 

5.-     “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad”. ¡Cuánta razón tienen estas palabras! Y es que, en lo personal, he llegado a conocer a personas que se aman profundamente pero que se lastiman despiadadamente. Él asegura que está locamente enamorado de ella, pero en la primera ocasión la ofende y le falta el respeto. Él dice que jamás ha amado como le ama a ella, y yo les suelo preguntar: Entonces, ¿Por qué le lastimas?... Se trata de amores tormentosos, puesto que aunque se asegure que existe el amor las relaciones interpersonales son deficientes. “En los matrimonios infelices no es el amor lo que falla, sino la amistad”, decía el loco Nietzsche y lo sufren las personas locamente enamoradas de los los enamorados desquiciados.

Considero oportuno el que comprendamos que cuando la Palabra de Dios menciona que en el matrimonio se forma una sola cosa, que los esposos ya no son dos sino uno sólo, no refiere la Palabra de Dios la sobreposición del Yo sobre el Tú, no se trata de Yo que ha desaparecido o asesinado al tú. El ser una sola cosa refiere el nacimiento de un “nosotros”, compuesto por el yo y por el tú, en donde en un nosotros el yo y el tú son sumamente importantes e insdispensables. El matrimonio no puede ser un empobrecimiento sino un enriquecimiento, no es resta sino suma. Y aquí la amistad entendida como relación interpersonal madura es también importante: para ella algo es muy importante y para él no lo es tanto, para él algo es muy importante y para ella no lo es. Y al final de cuentas no tienen ni porque pensar igual, ni porque sentir igual, ni porque hablar igual, ni porque opinar igual.

6.-     Nosotros esperábamos que... pero,...

Esta tentación la hacemos extensiva a las personas que nos rodean, ya que, no tan sólo queremos meter a Dios, sino también al prójimo, a nuestras coordenadas intelectuales.

Somos tantos los que solamente aceptamos a los que dan con nuestra medida, es entonces que les llenamos de nuestros favores y atenciones, en apariencia, son favorecidos pero en realidad se pierden en el manipuleo y el chantaje de nuestro mundo de oropel.

Es ésta nuestra obstinación: queremos encuadrar las personas y las situaciones a nuestra liberalidad. Estas pretensiones hacen desaparecer al otro o que les absorbamos al arrastrarlos hacia nuestro centro de gravedad.

Emulamos aquéllo que los científicos han querido llamar como “agujeros negros”. Somos semejantes a aquellos lugares en donde nada, ni siquiera la luz, puede escapar de éstos, debido a la enorme fuerza gravitatoria y que, por otra parte, cualquier objeto o sujeto que se acercase serían igualmente atrapados por su enorme poder de succión.

Date cuenta de que cada uno de nosotros, en el plano de las relaciones, somos como esos satélites los unos de los otros y que entre nosotros debe haber una equidistancia que pueda mantener un estado de salud en nuestra relación. Nuestra vida para que sea digna debe convertirse en un contínuo girar dentro de una delicada geometría de nuestras esferas celestes.

¿No te has dado cuenta de que aún las órbitas de los planetas suelen ser elípticas; a veces más cerca y a veces más lejanos, pero nunca en la misma distancia? Los cuerpos celestes conocen sus leyes y adivinan sus mutuos talantes, con los cuales se acercan o se alejan según las estaciones, la masa y la velocidad, y así se mantienen los cielos hermosos con el juego siempre distinto y siempre igual de sus miríadas de galaxias.

Se trata de la sabiduría de Dios aplicada al Cosmos, que bien debiera inspirar nuestra propia astronomía relacional.

7.-     Es aquí en dónde, hoy debemos pedirle a Dios que nos ayude a salir de nuestro egoísmo estrechista, ya que este nos incapacita para entender las cosas que no resultan de acuerdo al “script” que hemos ambicionado, o a los pretextos de nuestra propia inmadurez.

Y es aquí en donde también debemos pedirle a Dios la virtud de la paciencia para con nosotros mismos y con los demás; paciencia ante lo más importante y ante lo intrascendente; ante las rachas subidas de dificultades, y para afrontar los pesares cotidianos; cuando el clima frustre nuestros planes; ante la fatiga del cuerpo, o la del alma; en el fracaso ante el deber o el fracaso del prójimo ante nosotros; con aquéllos que se encuentran por debajo y por encima de nosotros, y para con nuestros iguales; también hay que tenerles paciencia a quienes nos aman, y a quienes no nos quieren.

Pidámosle paciencia a Dios ante las pequeñas penas y ante el martirio, y sobre todo, pidámosle que nos haga entender que, aunque las cosas no sucedieron como las esperábamos, salieron de acuerdo a sus planes, y éstos superan en mucho a los nuestros.

 

 

¿POR QUÉ SURGEN DUDAS EN SU INTERIOR?

Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendi­ción, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reco­nocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro: "¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el ca­mino y nos explicaba las Escrituras!"        .

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

1.-     Muy queridos amigos:

Escribía el Cardenal Ratzinger, ahora Benedicto XVI sobre la resurrección y sobre el texto que hemos leído: “Sabemos que Cristo, por su resurrección, no volvió otra vez a su vida terrena anterior, como, por ejemplo, el hijo de la viuda de Naím o Lázaro. Cristo ha resucitado a la vida definitiva, a la vida que no cae bajo las leyes químicas o biológicas y que, por tanto, cae fuera de la posibilidad de morir; Cristo ha resucitado a la eternidad del amor. Por eso, los encuentros con Él se llaman "apariciones”; por eso, sus mejores amigos, que hasta hacía dos días se habían sentado con Él a la misma mesa, no le reconocen; le ven cuando Él mismo les hace ver; sólo cuando Él abre los ojos y mueve el corazón puede contemplarse en nuestro mundo mortal la faz del amor eterno que ha vencido a la muerte, y su mundo nuevo y definitivo, el mundo del futuro.”

2.-     La condición en que se encuentra el resucitado es una situación totalmente nueva: Su condición no es la de lo sólo físico, no es la del tiempo y el espacio: Ingresa a un cenáculo cerrado y atraviesa puertas herméticamente taponeadas; El resucitado no es reconocido de forma inmediata por las personas que más lo quieren, así sucede con María la de Magdala, aquella a la que le transformó la vida del libertinaje a la dignidad ¡Y no le reconoce! Piensa que es el jardinero,... Los discípulos de Emaús tampoco le reconocen, recuerda que un discípulo es alguien que ha estado con Jesús desde el Bautismo hasta la resurrección,... y acontece que aquellos hombre que tienen tres años de haberlo dejado todo para seguir a Jesús regresan apesadumbrados a Emaús y es entonces que el Señor se les hace presente, dialoga con ellos, les explica las Escrituras, parte para ellos el pan; se trata de once kilómetros de presencia en los que no le reconocen, hasta que en la fracción del pan, como tú y como yo, le reconocieron. Y así acontece con los apóstoles, quienes piensan que es un fantasma. Las condiciones en las que Jesucristo se encuentran son totalmente nuevas.

3.-     Y sin embargo, aunque está fuera de las leyes físicas y biológicas, Él conserva las cualidades “físicas”, puesto que es palpable como lo menciona el día de hoy el Evangelio: tiene pies, manos y costado en donde meter los dedos de los incrédulos. Más aún, después de que la incredulidad se mezcla con el desconcierto les da una prueba más para que puedan ver que él conserva las propiedades corpóreas al comer el pescado y el pan, al deglutir los alimentos: “Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos”.

Más adelante junto a la rivera de Galilea les volverá a mostrar que Él puede asir los objetos, que parte el pan y que lo reparte. “Entonces Jesús toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez”.

Las reacciones ante un hecho inusitado son igualmente nuevas de parte de aquellos que le quieren. La experiencia del resucitado es una experiencia muy grata, pero nueva y extraña, el Evangelio nos dice que en algunos provoca susto, en algún otro temblor, en algunos refiere el espanto y hasta el miedo, en los discípulos de Emaús provocó que su corazón ardiera. Hoy se dice que los hombres no alcanzaban a creer por la alegría, se menciona que tienen miedo, que están asombrados, desconcertados, que estaban atónitos y un poco más atrás se había mencionado que las Mujeres tenían miedo.

Esta experiencia nueva y extraña, todos sabemos que llegó a provocar incredulidad en los más cercanos: Es fácil recordar a Tomás como el incrédulo, pero en justicia tendríamos que decirlo también de “los discípulos de Emaús quienes le dicen al peregrino de Emaús: algunas mujeres dicen que está vivo, pero...  Recuerda que tampoco los apóstoles le creen a las mujeres ni terminan de asimilar lo que están viendo. Hoy mismo el Señor les ofrece la prueba del costado y de sus llagas ya no a Tomás sino también a los otros apóstoles.

4.-     La condición en la que se encuentra el resucitado, ha recibido de parte de san Pablo un especial interés al hablarnos del centro de nuestra fe: Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe.

San Pablo explica la resurrección con un pleonasmo, con una contradicción de términos: un cuerpo espiritual.

A partir del versículo treinta y cinco del capítulo quince en la Primera Carta a los Corintios menciona “Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? Necio, Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tu siembras no es el cuerpo que va a brotar sino un simple grano, de trigo por ejemplo y emerge una planta, se siembra corrupción y resucita incorrupción, se siembra vileza y resucita gloria, se siembra debilidad y resucita fortaleza,...”  La respuesta más elocuente se encuentra en el versículo cuarenta y cuatro al decir san Pablo: se siembra un cuerpo natural y resucita un Cuerpo Espiritual.

5.-     Y, ¿cómo vamos a resucitar nosotros? Hablemos sobre la eternidad como nuestro destino pero sin dejar de hablar sobre el tiempo: nuestro camino.

Algunos solemos tratar de una forma ligera este misterio que es de suma importancia para el hombre, pero sin darle una respuesta.

La muerte, dicen algunos pensadores, es una exigencia de la vida. Para que la vida se diversifique, progrese, las generaciones han de sucederse.

Al dejar de visualizar la eternidad se pierden las razones para vivir, y el perder las razones para vivir, es estar ya muerto. Esos pensadores se matan inmediatamente para no afrontar la incertidumbre y la angustia de una pregunta desgarradora e ineluctable.

Si un día la tierra será aniquilada, ¿por qué seguir actuando, sufriendo, procreando? Todo da igual, si todo es inútil. Todo es insensato, si no hay dirección, meta, utilidad.

Y es aquí en donde sobreviene la grandeza de nuestra fiesta del día de hoy. Tenemos que reconocer en la Resurrección de Jesucristo aquella respuesta necesaria en nuestra vida.

6.-     Muy queridos amigos: Para los cristianos la muerte no es un camino cortado sino una meta alcanzada.

La Pascua de la Vida Eterna la debemos contemplar como la primavera que llega después de los largos inviernos de la enfermedad, del dolor, de la soledad, de la dependencia que provoca la enfermedad.

Dios, el día de hoy, nos está invitando a distinguir entre lo perecedero y lo eterno, entre lo secundario y lo primario, entre lo sustancial y lo accidental, entre lo efímero y lo vital. Para nosotros algo termina y algo empieza.

Estamos orientados hacia el porvenir. Un “futuro sin porvenir” es un contrasentido, una especie de condena al sinsentido.

7.-     Cuando el telón de mi vida se cierre, me quitaré el maquillaje, me quitaré el disfraz, le entregaré mi papel al autor, y mientras los espectadores quizá siguen aplaudiendo, Dios no buscará condecoraciones sino que buscará cicatrices en mis manos.

El único paso autorizado para la Vida eterna es el compromiso personal y el de la decisión de tomar en serio las exigencias del Evangelio, sin intentar astutamente reducir el cociente de dificultades. La entrada no es cuestión de membresías ni de inscripciones, sino que es un asunto de amor.

La vida terrena se prolonga en la vida celestial, la vida temporal aparece como antesala de la vida eterna. La vida terrena no se prolonga al negar la vida de ultratumba sino que se encoge miserablemente.

Las conclusiones de una reflexión sobre la eternidad no nos llevan a una tranquilidad adormecedora como nos acusaba Feuerbach, sino que no lleva a una incesante vigilancia.

8.-     El más allá pone los cimientos de las relaciones del más acá.

El hombre no es un ser para la muerte sino un peregrino en busca de la luz, de un nuevo horizonte.

La muerte no debe ser comparada con la inmensa mar irreversible sino con un arroyo poco profundo que nos ayuda a cruzar la frontera para la vida.

Un mundo abandonado por el amor habrá de asumirse en la muerte... Donde persiste el amor, donde triunfa de cuanto quiera degradarlo, la muerte acaba definitivamente vencida.

Aquel a quien el amor no toca, camina en la oscuridad. El que no ama camina en las tinieblas nos dice el Evangelio.

El misterio de la muerte se esclarece por el misterio del amor: A la muerte del ser amado, la única actitud verdaderamente espiritual es, en consecuencia, la de la fe y la oración.

Sin embargo se nos presenta una fe en una realidad totalmente nueva: esperamos una transfiguración no una reproducción.

La vida eterna no es simplemente una prolongación, después de la muerte, de la existencia terrena, sino un estado de glorificación del que Cristo nos participa.

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