Domingo 1 de Agosto de 2010_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

¿TOMAR O RECIBIR?

“En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de la multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo. ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”

Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ´¿qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida´. Pero Dios le dijo: ¡insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos los bienes?´ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

 

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Momento 3

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Muy queridos amigos:

El día de hoy el Señor nos exhorta para que no dejemos que sea la avaricia la que rija nuestra conducta en la vida, al mismo tiempo que nos muestra la verdad sobre la auténtica dimensión de los bienes materiales, así como nos refiere el lugar que tienen nuestras posesiones en la vida.

Y, quizá hoy más que nunca nos debe resultar necesario el asimilar esta enseñanza: No son precisamente los bienes materiales aquello que le pudiera dar un verdadero sentido a nuestra existencia, hay otros factores que tenemos que considerar.

Aprovechemos la sabiduría de la Palabra de Dios, para reflexionar sobre el lugar de los bienes en nuestra vida, así como sobre aquellas actitudes que podrían calificarse realmente como cristianas,... sin que dejemos de mencionar aquellas que no son cristianas.

2.-         ¿Sabes? A lo largo de mi existencia he llegado a considerar que existen dos formas en las que las personas concebimos nuestra vida y los bienes que le acompañan: primero se puede ver la vida conjugando el verbo tomar y segundo se llega a visualizar la existencia como un recibir.

Parecieran estas dos maneras de apreciación ser tan semejantes y hasta con un cierto parentezco que, muy poco,... pero demasiado poco espacio nos llegan a ofrecer cómo para que detectemos esas diferencias abismales que existen entre estas dos perspectivas, aunque,... si tú y yo no llegáramos a percibir las diferencias terminológicas y conceptuales, jamás podríamos cerrar los ojos ante las diversidades que brotan a raudales en la vida de lo cotidiano, y que son tan constatables,... y tan tristemente padecibles.

3.-         Tomar o recibir,... se escuchan ambos verbos como si fueran casi idénticos, y, la verdad, hasta llegaría a parecernos que solamente alguien con una mentalidad alarmista pudiera tener los escrupulosos elementos como para percibir diferencias en donde pareciera encontrarse solo similitud en esos dos verbos que hasta los utilizamos como sinónimos: tomar-recibir...¿qué más da?

Y, la verdad, es que las cosas no son tan sencillas como lo parecen, y las situaciones llegan incluso a ser más dolorosas de lo que te imaginas. Pero,... ¿cuáles son las diferencias?

4.-         Iniciemos por mostrar la diversidad emanante de los verbos en sí, de tal manera que después detectemos la oposición que existe cuando son conjugados hacia el interior de nuestra familia, y en donde el sujeto de la acción en la oración somos tú y yo, o nuestros hermanos o padres, o tu esposo, esposa o tu hijo.

Aquellos que consideramos que en la vida las personas van “tomando” aquello que se acerca, visualizamos la existencia y toda la bondad que ella encierra, como si fuese solamente un acto mecánico, y es que la acción del verbo tomar termina en dos posibilidades: o en el sujeto que la ejercita o en el objeto aprehendido.

Para aquellas otras personas que consideran que en la vida las personas no tomamos sino que “recibimos” gratuitamente aquello que generosamente se nos envía, sabemos que detrás de cada cosa, don, regalo, momento, acción, situación, y acontecimiento hay una persona que hace que aquello que vivenciamos sea posible, y que de esta manera se convierta en un obsequio, y aquí, en el verbo “recibir” lo importante no serán las cosas, por fastuosas, elegantes, elaboradas o imponentes que pudiesen ser, ni tampoco es importante el sujeto receptor aunque fueses tú o fuese yo,... sino que en el verbo recibir lo importante es el afecto que está detrás del objeto que hemos recibido, y por lo tanto este verbo concluye no en el objeto poseído, ni en el sujeto poseedor sino en el sujeto que nos lo concede y en el afecto que él nos tiene.

Es aquí en donde podemos comprender aquella sabiduría cristiana que acompañaba la santidad de la beata Madre Teresa de Calcuta. ¿Te acuerdas? Decía ella:“No importa lo que das sino el amor con el que lo das”,... y yo podría parafrasearla y decirte esta tarde: “No importa lo que recibes sino el afecto que está detrás de aquello que recibes”. Más importante que el obsequio será siempre el afecto que está detrás del obsequio.

5.-     Y,... después de esto que te menciono, ¿todavía podríamos estar pensando en que sólo existen diferencias semánticas en aquello que te comparto?, ¿tomar o recibir? ¿qué más da?... La verdad, a mí también me gustaría que las diferencias fuesen solamente cuestiones gramaticales, morfológicas y hasta de sintaxis oracional, pero temo decirte que ni tú ni yo podemos cerrar los ojos ante aquello que en nuestra propia vida se va padeciendo.

La primera diferencia de esta doble óptica se muestra en aquella capacidad o incapacidad que tenemos para agradecer en nuestra vida o para que seamos ingratos, y hasta malagradecidos.

Quien piensa que en la vida todo se va tomando, la acción termina en él, en la primera persona del singular: yo tomé, yo tomo, yo tomaré, yo habré de tomar,... Lo único que piensa la persona que hace es el estirar su mano e ir asiendo todo aquello que se aproxima,... suele ser una persona que no agradece, ¿a quién tiene que agradecer si lo que hizo fue sólo aprovechar aquello que le llegó en un momento de la vida? Bajo esta mentalidad, si acaso algo tendría que reconocer un día es que ha tenido la fortuna de estar en el lugar adecuado y en el momento adecuado,... Cuándo mucho tendría que consultar a los adivinos para que le especifiquen: ¿dónde y cuándo habrá?, ¿a cuáles números tiene que apostar?, ¿Por cuál puerta tiene que salir de su casa?, ¿cuál pie es el que tiene que bajar primero de su cama?, ¿qué color de ropa le ayuda para aprovechar la cuadratura de Júpiter?,... y muchas cosas más, pero para él todo es cuestión de augurios y de pitonisas, de budas de la suerte, y la verdad es que, bajo esta óptica esta persona no tiene que agradecer nada, si acaso tiene que pagar los servicios de los adivinos, mercaderes de la ilusión y negociantes de la insensatez.

En cambio, para aquellas personas que visualizan que la vida es un recibir suelen ser, generalmente, personas profundamente agradecidas. Ellos saben que detrás de un objeto que se recibe hay un sujeto oferente, y en su pensamiento son capaces de no quedarse en el bien sino llegar al dador de los bienes, y, lo que es más importante, al mismísimo Dador de todo bien,... El que sabe que la vida y en la vida todo se recibe se encarga de buscar detrás de aquello que se recibe la mirada de aquel que nos quiere, de aquel que se desprende de algo para ofrecérnoslo, en el afecto que nos profesa.

En aquellas personas que concebimos la vida como un ir “tomando” nuestra valoración una y otra vez terminará en algo, en cambio para aquellos que la vida es un “recibir” nuestra valoración debe terminar en Alguien. 

6.-     La acción inmediata que brota de aquel que ve la vida como un recibir es la valoración, y después de la valoración viene la gratitud. Recuerda que aquel que no sabe valorar no conoce lo que es agradecer.

¿No lo crees? Pudieran ellos vivir en un palacio ducal o en una gran mansión, pero si no valoran lo que han recibido no serán agradecidos,...; pudieran ellos ir al mejor y más costoso de los colegios, gracias a la generosidad y al sacrificio de sus progenitores; o haber recibido en obsequio unas agradables vacaciones en un lugar inimaginable, fruto de una que otra privación de quien más los ama, pero,... si no se valora no se será capaz de agradecer.

Y, fíjate como es esto lo que vivenciamos hoy en día: la ingratitud, y la explicación no es otra sino que este es el ingrato fruto o, mejor dicho, la infructuosa ingratitud que viene acompañando la óptica de muchos acerca de la vida.

7.-     Es a causa de esa nuestra costumbre de pensar que todo se “toma”, aquello por lo que hoy no somos capaces de valorar la cosas, las situaciones, los talentos, los sacrificios, y el amor de las personas.

Todo en nuestra vida suele ser tan mecánico, que se ha vuelto una costumbre hasta nuestra misma vida: el levantarnos cada día, el respirar, el alimentarnos, el caminar, el mirar, el escuchar, el hablar, el estirar las manos... ¡Algunos nos hemos llegado a acostumbrar a las personas, a Dios y a las cosas más sagradas!

La rutina y la costumbre que acompañan a la visión de quien todo lo va solamente “tomando” se convierten en esos vicios con los que debemos luchar en nuestras familias. Es aquí en donde se viven las situaciones más injustas.

8.-     Se trata del padre de familia que tiene que trabajar, y que lo hace con convicción, sabiendo que el fruto de su trabajo es necesario para que sus hijos tengan alimento, vestido, casa, educación, un poco de recreo.

Él no desfallece en sus esfuerzos, aún cuando tenga que vivir esos periodos de la vida, por los que todos pasamos, en que el desgaste se vuelve más intenso. Los hijos tienen que sacar una carrera, quieren  vestirles bien, que nada les falte, que vayan progresando...

-¡Es que ellos sólo están cumpliendo con su responsabilidad!-, dicen los hijos, y tienen razón al decirlo.

Lo verdaderamente lamentable es la ingratitud y la falta de correspondencia. Los hijos no tienen, o no han recibido – y esto lo tienen que considerar los mismos padres-, esa educación adecuada como para agradecer lo que se recibe, ellos ven la vida como un ir tomando, se han acostumbrado a verle partir al trabajo por la mañana o a levantarse después de que ellos se han marchado al amanecer, y ellos no saben las penurias que enfrenta. La palabra “gracias” no existe en el vocabulario de muchos hijos de familia. Más aún, las exigencias están al orden del día. Y, en muchos padres, el cansancio y el desaliento sobrevienen ante la falta de esas palabras y de esos gestos gratificantes, y que son necesarios en la vida de cualquiera.

9.-     Ella, como madre de familia se desvive, todo lo tiene en orden, se preocupa por tener el alimento en el momento oportuno, la ropa está siempre limpia y planchada. Ella guisa, remienda, cura, cuida, se desvela, se desmañana, asiste a juntas del colegio,... y muy frecuentemente tiene que trabajar algunas horas y hasta jornadas enteras fuera de la casa, duplicando sus labores. Y los hijos no son capaces de percibir lo que están recibiendo porque se han acostumbrado a ver la vida como un ir tomando y,... nadie es capaz de decirle a la propia madre: “gracias”, y no pocas veces, sale regañada, al principio por el esposo, y cuando los hijos crecen, también por los hijos. Y, ella vivirá en el desaliento, en la tristeza y en la incomprensión.

10.-   El día de hoy, pidámosle a Dios que veamos la vida no como un ir tomando sino como un recibir de su bondad y de aquellos que han sido instrumentos de su bondad para que así sepamos reconocer, valorar y ofrecer nuestro agradecimiento y afecto, para con aquellos a los que injustamente privamos del estimulo de nuestras palabras y acciones. ¿Tomar o recibir? ¿Verdad que es mucha la diferencia?

 

JUSTICIA Y CARIDAD.

“En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de la multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo. ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”
Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

1.-     Muy querido amigo:

Es lamentable constatar cómo en la escena del Evangelio y en nuestra misma vida una diferencia en torno a los bienes materiales se puede convertir en un conflicto familiar,... y hasta en rupturas.

Es cierto que aquel joven está aplicándole a Jesús prerrogativas que tenían los Ancianos del Templo, o el Sanedrín como les llamamos: son los guardianes, supra-policías de las cajas fuertes o del tesoro que se encontraba en el Templo, y Cristo ha querido orientar el pensamiento del hombre sobre las cosas que realmente son de Dios. No obstante, quisiera no perder esta oportunidad que nos ofrece la Palabra de Dios cómo para que hablemos acerca de la justicia contemplada como una auténtica virtud cristiana.

2.­-         Pero,... démosle un orden a nuestras ideas, e iniciemos definiendo lo que es la justicia y para ello quisiera recurrir a la definición de santo Tomás de Aquino: “justicia es el hábito según el cual uno, con constante y perpetua voluntad, da a cada uno su derecho”.

Haz de saber que la lectura de la Palabra de Dios nos lleva a visualizar la virtud de la justicia en muy estrecha relación con diferentes actitudes: rectitud, santidad, probidad, perfección,...

No obstante el término que en el Antiguo Testamento más nos puede clarificar la óptica judaica acerca de la justicia es el de la integridad. De esta manera Dios se muestra justo en cuanto que es modelo de integridad, primero en la función judicial de conducir al pueblo y a los individuos, luego como el Dios de la retribución, que castiga y recompensa según las obras de cada quien.

3.-     El Nuevo Testamento, en donde se ubica el Evangelio, le agregará a la integridad una cualidad eminentemente cristiana: la justicia en la perspectiva de la misericordia, y como frutos de esa misericordia se le agregará a la justicia la vivencia de la generosidad, la solidaridad y el autodespojo.

El Señor nos habla en el Evangelio de la virtud de la justicia y nos anima a dar a cada uno lo que le corresponde, y nos ha invitado a superar el ideal del Antiguo Testamento. Diría mi muy querido san Agustín de Hipona: “La justicia de los fariseos es no matar; la justicia de los que han de entrar en el reino de los cielos es no enojarse sin causa”.

4.-     En definitiva, y el Evangelio de hoy nos lo está recordando, la justicia de Dios no puede reducirse al ejercicio de un juicio, sino que ante todo es misericordiosa fidelidad a una voluntad de salvación; al mismo tiempo que va creando en el hombre la justicia que exige de él.

Y será la virtud cristiana de la justicia que Dios nos comunica por su gracia, no la justicia humana, aquella que regule las relaciones entre los hombres en sus múltiples manifestaciones.

5.-     En primer lugar, la justicia llega a regular los criterios de conducta de nuestro propio ser y llega a transformarnos como personas. Y es que la justicia suele ser una dama que necesita de compañía, al menos desde la perspectiva religiosa, que es la que nos compete a ti y a mí.

Los que creemos en Cristo debemos ir más allá de lo natural para ingresar al ámbito de lo sobrenatural, y de esta manera colocarle a nuestros ojos la ración suficiente del colirio de la gracia, para que más allá de lo humano veamos las cosas como cristianos.

Solamente del reconocimiento de nuestros deberes que nos atan dichosamente al Dios que se ha hecho cercano, puede surgir la virtud de la auténtica religión, virtud que deriva de la justicia y que derivará en la justicia.

La justicia exige la transformación interior del hombre, lo cual se convierte en un hábito a través de la repetición de actos. Hacer las cosas una vez suele ser encomiable en cualquiera, pero sólo en la medida en que se persevera en un acto este se convierte en actitud y por lo tanto se transforma en una virtud.

Escribe el mismo, y muy consentido, san Agustín: “No basta para ser justos que alguno quiera observar esta virtud esporádicamente en algún determinado negocio, porque prácticamente no existe quien quiera obrar en todo injustamente, sino que es menester que el hombre tenga la firme voluntad de conservarla siempre y en todas las cosas”.

6.-     En segundo lugar, la justicia regula nuestras relaciones con el hermano y nos garantiza básicamente el respeto mutuo en el uso de los bienes que Dios nos ha otorgado, que son para todos y que miran no sólo a nuestra utilidad en este mundo, sino también para que nos ayuden a llegar hasta Dios, y es precisamente esto lo que hoy nos recuerda la Palabra de Dios.

7.-     Y aquí viene el tercer elemento: la justicia nos ayuda a relacionarnos con las cosas. Una de las tentaciones que tendremos que evitar en nuestra relación con los bienes es el pecado de la soberbia.

Santo Tomás de Aquino describía cuatro actitudes del soberbio: Atribuirse a sí mismo los bienes que se han recibido de Dios, creer que los bienes los hemos recibido por nuestros propios méritos, presumir de bienes que no se poseen en absoluto y desear exclusivamente el propio brillo a costa del desprecio de los otros.

Es justo recordar que, cómo consecuencia del pecado original, aquel hombre caído busca de un modo desordenado y excesivo las cosas materiales, y con ello tenemos el riesgo de poner nuestro corazón en las riquezas. Y ese afán desmedido por poseer cada vez más y mejores cosas puede llevarnos a lesionar la virtud de la justicia, sobre todo en el ataque de la avaricia, como afecto desordenado ante las necesidades físicas, tal y como el día de hoy nos lo advierte el Señor.

Predicaba san León Magno en el siglo quinto: “Mirad, amadísimos, y considerad prudentemente qué raíces y frutos nacen de la estirpe de la avaricia, la cuál la definió acertadamente el Apóstol como la raíz de todos los males, porque ningún pecado se comete sin deseo desordenado, y todo apetito ilícito es enfermedad de esta codicia”.

8.-     Hoy, también debemos recordar que el séptimo mandamiento de la Ley de Dios defiende la virtud de la justicia al prohibirnos tomar o retener injustamente lo ajeno, o causar algún daño al prójimo en sus bienes, de cualquier modo.

Precisamente, respecto al respeto de las personas y de sus bienes en el séptimo mandamiento, el Catecismo de la Iglesia Católica, subraya la práctica de las siguientes 3 virtudes: TEMPLANZA, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la JUSTICIA, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que es debido; y de la SOLIDARIDAD, siguiendo la regla de oro de la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que “siendo rico se hizo pobre para que nos enriqueciéramos con su pobreza”.

9.-     La justicia está comprometida en suscitar el respeto al otro, en ofrecerle a cada uno lo que le corresponde en derecho, en dar a cada uno lo suyo. Pero, a la luz del Evangelio del día de hoy, debemos asimilar que también es un injusto el que engendra frustraciones en el ánimo del otro, el que no se satisface en sus legítimas exigencias personales, el que atenta contra la convivencia serenamente compartida en la sociedad y en la familia, y aquel que impide un orden social justo.

Hoy el Señor le recuerda a un hombre, que quiere que se practique la justicia sin que se viva la templanza, que la justicia conserva lazos estrechos con las otras virtudes cardinales. Antes de la aplicación de la justicia está también la prudencia. Escribía santo Tomás de Aquino: “La justicia, después de la prudencia, es más noble que cualquier otra virtud moral, después, la fortaleza y la templanza”.

Tendríamos que recordar tú y yo, junto con aquel hombre del Evangelio que la justicia debe ir acompañada de la piedad y de la equidad. ¿Por qué? Dejaré a un escritor cristiano de la antigüedad llamado Lactancio para que te lo explique: “Aunque la justicia abraza a la vez todas las virtudes, sin embargo, existen entre todas, dos virtudes que no se pueden separar de ella: la piedad y la equidad (...). La piedad y la equidad son como su fuente; en ellas se funda toda la justicia. Sin embargo, la piedad es su cabeza y origen; la equidad, toda su fuerza y su razón”.

¿Lo entiendes o te lo repito? La piedad es la cabeza y origen de la justicia y la equidad es su fuerza y su razón. Y ambas, piedad y equidad son la fuente de la justicia.

10.-         Quisiera retomar el tema del Evangelio: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo. ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”

Nuestra preocupación por vivir la justicia no nos debe hacer olvidar algo evidente, y es que no se pueden resolver los problemas entre los hombres aplicando sólo la justicia. Así, en la vida familiar y en la vida social, además de la justicia hace falta otra virtud, que está por encima de la justicia y la completa: la caridad. La caridad debe informar todas las relaciones entre los hombres. La caridad llega donde la justicia no alcanza, y la caridad se expresa de forma especial mediante la misericordia, la cual es expresión del amor de Dios.

¿Qué te parece la siguiente aportación de santo Tomás de Aquino?: “La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción”. ¿No lo quieres creer? Mira lo que ha sucedido en Iraq y lo que apenas el pasado jueves sucedió con aquel carro que mató a otros cincuenta hombres: La justicia sin misericordia es crueldad.

11.-   El enriquecimiento de la justicia a través de la misericordia lo ha señalado intensamente el gratamente recordado Papa Juan Pablo II en la encíclica Dives in Misericordia.

 “Es obvio que, en nombre de una presunta justicia, tal vez se aniquila al prójimo, se le mata, se le quita la libertad, se le despoja de los elementales derechos humanos. Los abusos cometidos en nombre de la justicia muestran hasta qué punto la acción humana puede alejarse de la misma justicia, por más que se haya emprendido en su nombre”.

12.-         Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

 

PERDIDAS Y GANANCIAS.

“En aquel tiempo, Jesús propuso esta parábola: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ´¿ qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida´. Pero Dios le dijo: ´¡insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos los bienes?´ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

1.-         ¡Bien!, es tiempo de continuar y para ello lo hago compartiéndote un texto poético:
" Si te sientas al ponerse el sol
y cuentas los actos realizados
y encuentras, al contar,
un acto abnegado, una palabra,
que alivió el corazón de quien la ha escuchado,
una mirada afable
que alumbrara como el sol lo que mirase,
puedes considerarlo un día ganado.

Pero si en ese largo día,
a nadie han alegrado tus palabras,
si nada encuentras
entre las acciones de ese día
que llevara el sol a ningún rostro,
ningún ínfimo acto
que ayudara a ningún alma a ningún costo,
considera que ese día está perdido.

Este es un Sabio y Bello poema de la así llamada George Eliot, o por ser justos un minuto de los instantes, una hora del tiempo, un día en la vida y un año en la historia, un sabio y bello poema de una mujer que injustamente a causa de la discriminación tuvo que firmar sus poemas como si fuese un varón, puesto que su gran delito fue el ser en su tiempo una bella, inspirada, talentosa y creativa dama: Mary Ann Evans.

Habla este bello poema acerca de las pèrdidas y sobre las auténticas ganancias. ¿Pero – te preguntarás- qué puede ser considerado cómo una pérdida y qué habrá que referir como una auténtica ganancia?

2.-  Quisiera acercar la lámpara de la Palabra de Dios a nuestra vida, para que así ilumine esa habitación de nuestra mente en donde se encuentra la comprensión del tiempo, y poder así responder cada uno con sinceridad: ¿qué has hecho de tu vida? ¿En qué la has empleado? ¿Qué orientación le has dado?

Conforme a aquello que la Palabra de Dios nos enseña, las pérdidas se dan cuando el hombre quiere eternizar el tiempo, y las ganancias se dan cuando el ser humano es capaz de vivir la virtud que encierra cada instante.

Pareciera ser que el hombre que construye sus graneros está siendo previsor, pero se está olvidando de la mejor de las previsiones, y ésta es nuestra historia, cuando hoy en día hay tantos que pensamos, o que al menos vivimos cómo si fuésemos eternos.

La única seguridad que el cristiano puede tener no brota de aquello que ha acumulado sino de aquello que ha sido capaz de compartir. No se trata de los “valores” que almacena en los silos, graneros, bancos, bóvedas y cajas fuertes, sino de los valores con los que se ha planteado la existencia.

El tema el día de hoy, no es otro, sino el de esa codicia que empobrece al hombre rico: “¡Mira al avaricioso en su riqueza pobre!”, dice un refrán con toda verdad. Pero el tema del tiempo va estrechamente unido con esa noche en la que las cuentas tienen que ser claras, el chocolate espeso, y en donde ya no habrá mañana.

El tiempo debe ser visualizado como la antesala de nuestra eternidad, y no como una morada permanente.

4.-     Pero, ¿Qué es el tiempo? Se dice que la gente se relaciona con el tiempo en muy diversas formas. Los árbitros deportivos indican el tiempo transcurrido; los presidiarios cumplen el tiempo de su condena; los músicos lo marcan; los historiadores lo registran; los holgazanes lo matan; los peritos en estadística lo calculan. Pero cualquiera que sea la forma en que la gente se relacione con el tiempo, la verdad es que todos disponemos del mismo tiempo. El día tiene únicamente veinticuatro horas; la semana tiene ciento sesentayocho horas, el mes, el año, la vida... Y los hombres no las aprovechamos.

La invitación del día de hoy no es otra sino a que practiquemos la vigilancia ante la incertidumbre del momento en que se termine nuestro tiempo. El tiempo suele ser un juez severo e insobornable, diría Don Alfonso Junco, que el tiempo es alquimia o es ladrón.

Y no obstante, el buen cristiano no le tiene miedo a vivenciar la noche que nos llevará al día de nuestro encuentro con Dios,...  a aquello que le debiera temer es a no estarle dando un sentido de eternidad al tiempo que se está viviendo.

No nos preocupa ni el día ni la hora, nos ocupa el momento que vivimos, no ocupa el ser verdaderamente humanos, puesto que sabemos que, como lo decía Ludwig Wittgenstein, la vida eterna les pertenece a aquellos que han sabido vivir el presente.

5.-         ¿Cuándo llegará esa nuestra noche en la que ya no habrá mañana?... ¿Por qué hemos de preocuparnos por una fecha?... ¿Por qué mejor no ocuparnos de lo que hoy tenemos que hacer y de aquellos que están junto a nosotros?

¿Sabes? Asko Sirkiä es un periodista de una publicación Tribune en Helsinki (Finlandia) y narra en un segmento titulado UN MOMENTO JUNTO AL MAR, como el tiempo adecuadamente aprovechado nos dan esos recuerdos que le dan un sentido especial a la vida, y un día, cuando lo necesitemos, le darán calor al alma:

“Cuando llegué a casa, tras una larga jornada, me encontraba cansado y de mal humor, pues aún me faltaba mucho para terminar la tarea que tenía entre manos. Pensaba continuarla en casa, pero apenas me había quitado el saco cuando oí a mi hijo Ville, de 11 años, gritar muy entusiasmado:
-¡Oye, papá! ¿Tienes tiempos hoy? ¡Vayamos a probar mis gafas nuevas!

-Iremos otro día – gruñí.

-¡Anda, me lo prometiste ayer!

-Es cierto, pero ya no hay buena luz afuera.

La conciencia empezó a remorderme. Me sentía como el genio de la lámpara de aladino.

Le había comprado unas gafas oscuras a Ville la tarde anterior. Para que se las regalara, me había dicho: “Si las uso cuando vayamos a la playa, reducirán el reflejo del agua y podré ver los peces”. Era un argumento irrefutable, así que lo complací. Pensé que en un niño una petición conduce a otra y luego a otra más, pero recordé también las incontables veces en que, de niño, yo mismo le pedí cosas a mi padre. Aunque tenía mucho que hacer, él siempre había sacrificado su tiempo para darme gusto.

Mi padre era una persona muy hábil para el modelismo. Recuerdo en especial una ocasión en que me construyó una espléndida gasolinera de madera, a la que juntos, sentados en el piso de la sala, le dimos los toques finales con pintura blanca y azul.

Lleno de orgullo, les mostré la gasolinera a mis amigos y les dije que yo la había construido con papá. Ellos al verla tan bellamente manufacturada no me creían lo que les decía. Y, yo me acercaba a  mi padre para preguntarle delante de ellos: ¿verdad que tú y yo la hicimos, papá? Y él les decía a mis amigos que: “sí”.

Yo no soy ducho para los modelos a escala; es más, ni siquiera los sé pintar bien. Lo que sí puedo hacer es dedicarle un poco más de tiempo a Ville. Y es que, muy a menudo, los adultos estamos tan agobiados con nuestras tareas, y usamos esto como un pretexto cuando nuestros hijos nos piden que hagamos algo juntos.

Lo que nuestros hijos nos enseñan es que hay que aprender a disfrutar del momento, ya que puede ser más precioso de lo que creemos. En la vida no hay ni ayer ni mañana: sólo existe este instante. Nuestros hijos pronto habrán crecido y ya no necesitarán de nosotros ni nos pedirán que pasemos tiempos con ellos.

Por eso, aquella despejada tarde de mayo, Ville y yo nos dirigimos hacia una playa cercana del distrito de Helsinki donde vivíamos. Había yo encontrado una viejas gafas oscuras también para mí y, con ellas puestas, parecíamos unos actores de cine.

El sol ya se acercaba al horizonte. ¡Sólo las estrellas de rock usan gafas oscuras a esas horas del día! Recuerdo que el mar estaba casi en calma, y un par de patos iban dejando una angosta estela en la luminosa superficie. Una gaviota chilló al pasar dando un giro sobre nosotros. El motor de un viejo bote traqueteaba lánguidamente al adentrarse en el mar, y los veleros se desdibujaban a lo lejos bajo la luz del ocaso.

Una vez en la playa, Ville recogió una piedra y la lanzó al agua.

-¡Mira, papá, qué clara se ve el agua allí abajo!- exclamó.

La verdad es que, yo no veía casi el mar, mucho menos iba a ver la piedra, tampoco estaba seguro de que el niño la viera. Más eso no me importaba. Ese momento se me quedó grabado en la mente para siempre: de pie, muy juntos uno del otro, como si fuésemos un par de conspiradores, contemplábamos a través de las gafas oscuras los círculos que se dibujaban en la superficie del agua al hundirse las piedras.

Pase el brazo sobre los hombros de Ville y permanecimos allí unos minutos antes de regresar a la casa. El sol ya se había ocultado y una suave brisa nos acariciaba el cuerpo. Ahí estábamos: padre, hijo y nuestras gafas oscuras.

Le agradezco a Ville que me haya hecho recuperar una parte de la esencia de la vida: el mágico mundo del disfrute del momento presente. Es algo prodigioso que todo adulto puede aprender. Esto está al alcance de cada uno de nosotros, pero hay que ser capaces de verlo.

La espléndida gasolinera en miniatura que mi padre me construyó se rompió hace años y acabó en el basurero, pero conservo su recuerdo. Las gafas oscuras de Ville se rayarán y quizá las pierda o se las roben. Aún así, creo que el recuerdo de haber estado con su padre a la orilla del mar, un día que sienta frío, le dará calor a su alma. De la misma manera en que mis propios recuerdos le dan calor a la mía.

6.-         Amigos muy queridos: Aprovechemos el tiempo. Hay un pasado con el que romper, un presente que vivir con fe y lucidez, y un futuro de gloria hacia el cual dirigimos los ojos atravesando el muro de la noche.

Aquellos que nos confesamos cristianos debemos darnos cuenta de que no es  posible matar el tiempo sin que estemos hiriendo nuestra eternidad.

 

EL RICO HA COMPRADO SUS MASCARAS.

 “En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de la multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

1.- Muy querido (a) amigo (a):

La verdadera historia del rico no suele ser como la cuentan muchos de nuestros libros ni posee ese maquillaje de fantasía con que la presentan todos esas series televisivas de las teletransmisoras nacionales y aquellas que se nos han vendido desde las fábricas de ilusiones internacionales.

Contra todo lo que podamos pensar la tristeza del rico es más real de lo que nos podemos imaginar, y lo más lamentable de todo esto, es que esta embarcación que tú y yo hemos abordado se desplace seducida por el engaño desde nuestro puerto de partida en el tiempo hasta que en el día decisivo llegue a atracar con el cargamento de nuestra historia en nuestro destino de eternidad.

Es lamentable decirlo, pero hemos de mencionar que detrás de la sonrisa del tiempo se esconden lágrimas de vacío y de insatisfacción por las realidades abandonadas y por esas facturas adquiridas, y esto nos acarreará a largo o a corto plazo: tristeza en esta tierra y la infelicidad eterna.

2.- Escuchar lo que te menciono, provoca mil reacciones en nuestro pensamiento y genera un sinfín de argumentos. Casi todos los hombres de todos los tiempos hemos procurado desmentir el diagnóstico del evangelio del día de hoy y hemos presentado nuestra contradocumentación.

Todavía hoy en día, en la mentalidad de mucha gente, la imagen del rico está asociada instintivamente a la de la felicidad, a la del éxito y a la del reconocimiento de propios y extraños. Palacios fabulosos, coches de lujo, hoteles y cruceros, un séquito a tu servicio, comidas y bebidas exóticas, cumplimento de los caprichos y de los placeres más variados y refinados... Y a todo esto se le da un solo hombre: Felicidad.

Pero con más frecuencia de la que te pudieras imaginar todo esto no es más que un antifaz tras el que se esconde el rostro verdadero de la vida. Lo anterior no es más que la más lamentable parodia de la felicidad. Por debajo de los colores atractivos se encuentra un vacío existencial, el aburrimiento y una tristeza infinita. Por debajo del disfraz y en el silencio suspendido por el ruido de la juerga hay un alma envilecida, obligada a padecer el ultraje de encontrarse sofocada por el estorbo de “poseer”, humillada por ver cómo el crecimiento del “ser” se ve impedido por la preponderancia aplastante del “tener”.

Y es que el único movimiento de los que hemos sido esclavizados por las cadenas de esta subcultura de los “tenedores” es el agradar. Agradar, agradar, agradar, siempre agradar, ¡qué degradación!

3.- Y no obstante la peor de las locuras en el hombre ambicioso no estriba en la degradación sino en la soledad. Y es que la soledad más que ser la ausencia de personas suele ser producto del exceso de egoísmo.

Expresaba Albert Camus: “Es vergonzoso ser felices nosotros solos... La vida vuelta hacia el dinero es la muerte,... y nuestra locura.” ¡Mira!, ¿quién lo dice? Y es verdad, recuerda que no hay pan más amargo en la vida que aquel que se come en la mesa de nuestra soledad.

El rico lleva a cabo esa locura: pretende ser feliz él solo. No se da cuenta de que la felicidad no es un pedazo de dulce que se pueda consumir en la soledad, atrincherados en la cueva del propio egoísmo, sino que la auténtica felicidad hay que dividirla y compartirla entre todos.

¡Cuánta razón tiene ese refrán español que sentencia: “Más vale un día alegre con medio pan que uno triste con un faisán.”!

Pero el rico recita de memoria los versos que ha compuesto en la farsa de la felicidad. Y los ingenuos se la creen; y en realidad, sólo la cree el más grande de los ingenuos que resulta ser él mismo, víctima al final de una farsa que se convertirá en su tragedia.

¡Fíjate!, cómo en la casa de los que derriban su graneros hoy en día, sigue consumiéndose el pan de la soledad acompañado del avinagrado vino de nuestra codicia.

Acusan los psiquiatras que sus divanes se llenan de gente bien, de personas con solvencia monetaria pero con una terrible recesión de afecto, de señoras sin preocupaciones o de jóvenes y hasta de niños que nadan en la abundancia. Que lo tienen todo, o mejor dicho, casi todo, no les falta nada les falta alguien...,y por mejor decirlo: les falta Alguien con mayúscula.

4.- Y así pasa con aquellos que a causa de los bienes se han distanciado de sus hermanos. ¡Qué lamentable mendicidad es aquella que se vive no en la carencia de bienes sino en la cárcel de nuestra indiferencia! G. Lipovetsky, lo narra en su libro “La era del vacío” al narrar la ironía que ha acompañado los grandes adelantos de nuestra época: La medicina y la ciencia han avanzado hasta tal extremo que “han desaparecido los sordos, los ciegos, los lisiados, pero ha surgido la edad de los que no quieren oír, de los que no quieren ver y de los que no son capaces de caminar ni de esforzarse en la vida.”

Hoy, el hombre tiene el vientre y los bolsillos llenos pero el corazón se encuentra lamentablemente vacío.

Y este destino de infelicidad en el rico no ha respetado las edades.

¿Sabes? Es posible que ya te lo haya compartido, pero este pobre rico quien ha mandado derribar sus graneros y construir unos nuevos, me ha hecho que regrese nuevamente al almacen de mis neuronas para desempolvar un folder que, de ser escuchado puede ayudarnos a desempolvar una vida como la nuestra cada vez más cubierta del polvo de nuestra incongruencia. ¡Ah! Esos polvos que trajeron estos lodos.

Recordaba la lectura de aquel artículo de Benjamín Stein publicado en “El Espectador Americano” sobre el tema de la riqueza y,... sobre las pobrezas.

“¿Cuánto dinero debe uno tener para ser considerado rico en nuestra sociedad? Las cifras, que andan por los millones, varían.
Pero yo pienso en toda la gente inmensamente rica que conozco, que no parece feliz. También en todos aquellos que sudan para pagar sus cuentas, y pese a ello son ricos.
Si puede usted compartir cualquier problema con su cónyuge, es rico.
Si puede darse tiempo para dialogar con sus hijos, es rico.
Si puede mirar de frente a sus padres, convencido de haberles retribuido aunque sea en mínima parte lo que ellos le dieron, es usted rico.
Si puede tomarse una tarde libre para salirse al cine con su familia, es usted rico.
Si puede decir con toda honradez que no tiene nada que esconder, es usted verdaderamente rico”.

5.- ¿Sabes? Son tantas las personas que he conocido a quienes considero infinitamente ricos aún cuando muchos de ellos no tienen cuentas en los bancos. ¿Te acuerdas de san Francisco de Asís?, aquél que renunció a los bienes materiales y que se desposó con la dama pobreza. ¡Considero que él es una de las personas que han sido auténticamente más ricas en este mundo!

Todavía recuerdo cuando en el paso del año 1999 al 2000 un columnista de nuestra ciudad reclamaba el hecho de haber sido excluido en la lista FORBES de los hombres más ricos del mundo: teniendo a su esposa que lo ama mucho, teniendo a unos hijos maravillosos, teniendo vida, teniendo salud, teniendo paz en el corazón, teniendo a Dios en su existencia...

6.- ¡Ay! El rico, ese hombre infeliz que ha comprado y que trae puesta la careta de la felicidad. Te acuerdas de lo que escribía Don Ramón de Campoamor en el siglo XIX sobre lo que es un hogar:
“El hogar, ¿qué es un hogar?
El hogar no son las piedras, son las almas.
El mueblaje no es el oro, es el cariño.
Si se quieren, qué ricos los pobres,
Si no se aman, qué pobres los ricos.
El amor inventó los hogares
Y las aves del cielo los nidos.
Si se quieren, el agua qué fresca,
El pan qué exquisito.
No hacen falta en la mesa más flores
que las flores que pone el cariño”.

7.- Y, no obstante, del rico que ha perdido la noción del tiempo, parecen ser los que van rigiendo nuestra vida.

Y, ¡fíjate!, cómo hoy se habla de bienestar e inmediatamente se piensa en ropa, calzado, colegios caros, viajes, automóviles, joyas, residencias, y no se piensa que parte importante del bienestar es la salud física, el descanso, la paz de la conciencia, el tiempo que puedes pasar con tus hijos, el poderte salir una tarde a una plaza con tu esposa...

¿Te parece exagerada la información que te comparto?
¿No crees lo que te estoy diciendo?

Pues sólo te pido que te fijes en el momento en que las personas que conoces refieren un año que ha sido malo... Se piensa que un año es malo porque no salimos de vacaciones, no cambiamos de coche, no estrene la ropa que había pensado...

¿Ese es un año malo?...

Años malos serán cuando en la vida de un matrimonio no haya respeto, no haya sinceridad, no exista el perdón y se sobreponga el rencor, esos sí que serán años malos, aún cuando podamos tenerlo todo en lo material.

 

TOLSTOI (TV-EDIT).

 “En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de la multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

 

Hablemos sobre el tema de la avaricia.

Uno de los literatos más geniales que yo haya en mi vida leído ha sido, sin lugar a dudas, Don León Tolstoi, y es posible que una de sus más destacadas genialidades radique en ese profesionalismo que tiene para desplegar su mejor juego en el campo de la ironía. ¿No lo crees?

En una narrativa titulada “¿Cuánta tierra necesita el hombre?”, dibuja excelentemente en una alegoría sarcástica al hombre de su tiempo y de nuestro tiempo.

 “Pakhom, es un aldeano ruso, que tiene una bella familia y que posee los bienes necesarios para vivir con decoro, pero que vive encarcelado en las oscuras mazmorras de la insatisfacción.

Y es que Pakhom está firmemente convencido de que solamente alcanzará la felicidad cuando él posea tantas tierras como las que abarcan aquellas vastas posesiones que su vecino tiene, y que Pakhom contempla desde su propia ventana al empezar el día, al mediodía y al atardecer.

Su vecino está enterado de la ambición de Pakhom, y él mismo no lo comprende puesto que, aunque este hombre rico tiene suficientes tierras no ha tenido una familia como la que tiene su vecino perpetuamente insatisfecho.

Aquel vecino quiso un día ayudarle a Pakhom, y para ello le ofreció cederle tantas tierras como él mismo pudiera alcanzar a recorrer a la máxima velocidad, desde el inicio del día hasta la puesta del sol.

Pakhom perdió el sueño ante tan jugosa oferta e inició sus entrenamientos, incluso sacrificó sus posesiones a fin de dirigirse hasta el remoto lugar en donde le han pedido que esté para esa generosa oferta.

Después de incontables penalidades, Pakhom llega y se prepara para su gran oportunidad al día siguiente, aquella noche tampoco pudo dormir, ¡Qué tal si se quedaba dormido!.

Por fin amaneció, y se fija un punto de partida. Pakhom al escuchar el disparo tirado al aire sale como si fuera él mismo un tiro a la hora del alba. Corriendo bajo el sol de la mañana, no miraba ni a derecha ni a izquierda; febril corre bajo la luz cegadora, y el calor ardiente. Sin detenerse a comer o a descansar, continúa su recorrido agobiante y abrumador. Hubo momento en que quiso claudicar, pero bien valía la pena recorrer otros metros más,  y así recorrió muchos metros más hasta que las endorfinas fueron anestesiando el cansancio de sus piernas. Y cuando el sol se pone, tambaleándose, Pakhom por fin completa su recorrido. ¡Victoria! ¡Éxito! ¡Ha realizado el sueño de toda su vida!

Y cuando aquel hombre le dice a Pakhom que volteé hacia atrás a mirar todas sus posesiones, Pakhom voltea y entonces cae muerto. Su corazón se ha detenido. Es entonces que Pakhom tiene toda la tierra que necesita: dos metros”.

Muy querido amigo:

Ese es el genio de la ironía que tiene Tolstoi, y en realidad esa es la ironía de los hombres de nuestro tiempo.

El hombre actual no sabe parar, no sabe hacer un alto. Los hombres no hemos aprendido a discernir sobre lo que nos es estrictamente necesario. Y un día, cuando hemos recorrido y acumulado aquello que tanto tiempo ambicionamos, nos damos cuenta de que hemos caído desfallecidos.

Cuando un día, el hombre, tiene el dinero que quería tener en una cuenta bancaria, se da cuenta de que la vida se le ha ido, que la familia ya no se encuentra a su lado, que aquellos que realmente le amaban ya se han marchado, cansados ellos mismos por sus tantas y frecuentes ausencias.

Los hombres, hemos hipotecado nuestra propia vida, al dejar en el rincón del olvido las diferentes dimensiones que componen nuestro existir.

¡Qué difícil nos resulta el luchar contra nosotros mismos! Nos vamos olvidando de las personas y nos vertimos hacia las cosas, y cuando un día queremos regresar a dónde las personas resulta que ellos ya se han cansado de vivir en el olvido y se han tenido que marchar.

 

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