Domingo 16 de Diciembre de 2007_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

YO SOY YO Y MIS CIRCUNSTANCIAS.

   

“En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”

Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí.

Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No,. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”.

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1.- Muy queridos amigos:

Escribía Don JOSÉ ORTEGA Y GASSET, el filósofo español, en La Rebelión de las Masas una definición de lo que él entiende cómo persona y cómo su persona: "Yo soy yo y mis circunstancias", para con ello marcar el cómo las circunstancias de tiempo, lugar, compañía, modo, instrumento..., suelen tener una incidencia importante en la edición final de nuestra personalidad.

2.-     ¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No, pues entonces, ¿qué fueron a ver? A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con luo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a un que es todavía más que profeta... Él estaba en el desierto sin lugar a dudas, pero bien podría haber sido en cualquier otro lugar lo importante es lo que él es, lo que tú eres y lo que yo soy, y tengo que decir que es nuestro ser el que se encarga de transformar mis circunstancias.

3.-         ¿Quiénes somos nosotros? ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú? Sin lugar a dudas nuestra vida se va realizando en torno a circunstancias ineludibles y estas "circunstancias" van marcando en mucho la realización de nuestro ser. Pero no debemos olvidar que una circunstancia suele ser un accidente, es decir algo que está alrededor de nosotros pero no es parte de nuestra esencia, es cierto que una circunstancia influye, pero jamás debiera determinar nuestra actitud ante la vida.

El ser es más importante que la circunstancia y cuando el hombre le da mayor importancia a la circunstancia se vuelve amargado, nunca satisfecho. La satisfacción del hombre se encuentra en gozar de la presencia de Dios y trabajar para Él, si estoy en Monterrey o en Singapur, si vivo en el siglo XXI o viviera en el siglo XIII, no me importa puesto que eso es circunstancial, y mi ser se realiza auténticamente no en la circunstancia sino en el optar por Dios y hacer de su vida mi propia vida.

4.-         ¿Sabes? Yo sé que ya te lo he compartido no una sino varias veces, pero quisiera comentártelo en este contexto: En el año 1990 empezaban las circunstancias a querer manipular mi ser y, lo admito, casi lo logran: primero aquel acontecimiento de Enero en donde se clarificó quien se iba a ordenar en Durango con el Santo Padre, ya les había expresado que a mí no me tocó y esto me dolió muchísimo, No me ordené de manos del santo Padre sino de manos de nuestro Señor Arzobispo el cardenal Don Adolfo Suárez Rivera, no fue en Durango sino en la Catedral de Monterrey, no fue el 09 de Mayo de 1990 sino el 15 de abril de 1990. Recuerden que en aquella ocasión Dios me dió la lección de mi vida, yo ni siquiera guardaba concordancia de las fechas y no fuí yo quien eligió el 15 de abril, y es por eso que no puedo olvidar lo que me dijo mi madre, cuando al salir de la Santa Iglesia Catedral besaba mis manos consagradas y me felicitaba: "Hijo nunca hubiera imaginado que Dios me diera éste gran regalo. Siempre le pedí a Dios que te concediera ordenarte el día en que nosotros nos casamos y nunca pensé que iba a ser así".

Seguía el curso de la vida y apenas 3 meses después las circunstancias parecían volver a manipular mi existencia. Yo tenía la ilusión de terminar la maestría en un año más, tenía la tesis bastante avanzada, pero se levanta un "falso rumor" que ya les comenté en otra ocasión. Se levantó un falso en torno a un vehículo que unos amigos me habían obsequiado. Y las circunstancias cambiaron nuevamente: había que interrumpir un año y me pedían venir a ayudar al Seminario. Me costó mucho, no puedo negarlo, si lo niego te estaría mintiendo, pero Dios me abrió el entendimiento para comprender sus designios en mi vida, y a valorar más el ser que las circunstancias. Al concluir ese año al frente de la preparatoria del Seminario de Monterrey aprendí a valorar todos y cada uno de los días de esa circunstancia de tiempo que no fue precisamente como yo lo había pensado.

Después de ese año académico 1990-1991 en el Seminario Menor regresé en agosto de 1991 a la Universidad Pontificia de México para terminar mi maestría con el mejor de los esfuerzos, al hacerlo de forma sobresaliente el decano de la facultad me pedía que me quedará en el personal docente, pero yo estaba listo para regresar a mi querido Monterrey, traía un título bajo el brazo, y a decir verdad, en las circunstancias deseadas para mi ministerio, pensaba que me gustaría seguir ayudando en el Seminario de Monterrey. Venía orgulloso con dos papeles calificados con dos "Summa cum Laude" bajo el brazo, y consideraba que de nuevo mi proyecto era el mejor y que no existirían óbices para mi regreso al equipo formador del Seminario a la docencia.

Era esa "mi seguridad", la que me acompañaba al ingresar en agosto de 1992 a la oficina del entonces arzobispo, el señor Cardenal Don Adolfo Suárez Rivera. Pero mi sorpresa no pudo ser mayor, no me mandaban al Seminario sino a una parroquia. ¡No podía ser! -Pensaba en mi interior-, nuevamente las circunstancias ahora de lugar no eran lo que yo esperaba y de nuevo me costó asimilar mi realidad. No fue ahora hasta el final, sino inmediatamente que Dios me abrió el entendimiento y me hizo comprender al saborear las mieles de la pastoral, que Él nunca se equivoca y estaba yo en el lugar que yo necesitaba estar. Estaba en la parroquia de san Juan Bosco y ciertamente continúe con la labor docente dentro del Seminario pero como maestro externo, y empecé a disfrutar ya no tan sólo de una o dos clases de teología, sino que ahora disfrutaba de la convivencia con la gente, el acompañamiento con los jóvenes, puse mi escuelita en la parroquia, pero créanme disfrutaba más de una visita a los enfermos que de una clase de teología.

Y así fue cómo Dios no permitió que las circunstancias fueran las decisivas en mi vida y al paso de 3 años, es decir del año 1992 al año 1995, llegó el turno de regresar a la oficina del Señor Cardenal. Mi nombramiento había terminado y ahora en ese mes de julio de 1995 me esperaba un nuevo destino.

¡Te soy sincero!,... cuando fuí 3 años antes en 1992 solamente pensaba en ir al Seminario. Ahora, en ese año 1995 las cosas eran muy distintas: las circunstancias no iban a decidir mi alegría. Dios sabe que no miento y aquella mañana del 08 de Julio de 1995 al celebrar la Santa Misa le dije al Señor: "Señor en dónde quieras tú yo querré, y a donde me digas tú yo iré. Algunos de mis compañeros sacerdotes me hacen en el Seminario, otros sacando un doctorado, otros en una parroquia, pero hoy te digo con esa sinceridad que solamente tú conoces: “si voy al seminario seré profundamente felíz, si me mandas a estudiar seré feliz, y si voy a una Parroquia seré también profundamente felíz".

Llegué con el Señor Cardenal y me pidió que regresará al Seminario, que me esperaba la Secretaría General del Seminario, que me esperaban clases de Filosofía y Teología, que me esperaban alumnos teólogos para ayudarles en la Dirección Espiritual y... que el fin de semana tendría que ayudar celebrando la Santa Misa en algunas parroquias donde el sacerdote estuviera necesitado de ayuda. Ni siquiera me dijo cuánto tiempo, y ni siquiera se lo pregunté, las circunstancias de tiempo, de lugar, de modo, de instrumento, de compañía habían pasado a un segundo plano en mi vida.

6.-         ¿Sabes? Hoy también recuerdo cuando el 20 de septiembre de 1996 participaba en una Misa en la Macroplaza de Monterrey para celebrar los 400 años de la fundación de nuestra ciudad y escuchaba en aquellas reseñas históricas los nombres de algunos clérigos de nuestro estado y de la nación, pues también celebramos la fiesta de la Independencia de México: Desde Don Miguel Hidalgo, Don José María Morelos y Pavón, Fray Antonio Margil de Jesús, el Obispo Sacedón, el Obispo De Llano y Valdés. Y me preguntaba ¿Qué hubiera pasado si Dios me hubiera mandado a la existencia en 1596 o en 1704 o en 1810? Y mi imaginación hacia de las suyas mientras escuchaba aquella homilía del Cardenal en la Misa de la macroplaza.

7.-     Este mundo le da importancia a la circunstancia y provoca que perdamos el sentido de nuestro propio ser. Si yo soy cura de un pueblo o de la ciudad es circunstancial lo importante es que soy "Cura", si soy cura del siglo XVI, del siglo XVIII, del siglo XIX, del siglo XX o del siglo XXI que más da,... lo importante es la Unción de mis manos, si soy maestro en el seminario o si le doy Catecismo a la gente sencilla es circunstancial, lo importante es que soy "Sacerdote del Señor". Si estoy en Monterrey o en México es circunstancial, si tengo un título o no lo tengo es circunstancial. Mi verdadero orgullo se encuentra no en una Maestría o en un doctorado sino en el sacerdocio que Dios me ha concedido.

Hoy mismo estoy viviendo en unas circunstancias que Dios me ha obsequiado: una parroquia que amo y en la que me siento profundamente amado, una serie de responsabilidades delegadas en mi ministerio, diecisiete años de fidelidad al Dios que ha sido infinitamente fiel, y... mañana desconozco donde estaré, pero sé que independientemente de mis circunstancias el ser que Dios me ha dado experimentará su bendición y aprenderá a descubrir su santa voluntad. ¿Sería esto lo que san Gregorio Nacianceno expresaba al afirmar que no es la parroquia la que hace al párroco sino el párroco el que hace la parroquia?

8.-     Este mundo le da demasiada importancia a la circunstancia y provoca que pierdas el sentido de tu propio ser.

Olvidamos que lo importante es "ser familia" y le damos más importancia a las circunstancias: "En qué colonia vivimos", "Cuánto ganamos", "Cuánto tenemos", "A dónde vacacionamos", "Si mi casa es más grande o más pequeña", "Si la debo o no la debo", "Cómo y en dónde fue mi boda", "Si soy de la clase alta o de la clase baja". Existimos personas amargada por que las circunstancias no fueron, ni son lo que esperábamos. ¡Que importa la circunstancia si lo mejor que te puedas suceder es tener una familia! ¡Que importan las circunstancias si lo mejor que Dios me ha dado es el sacerdocio!

Y nunca falta aquel soñador iluso que se la pasa pensando que de haber nacido en otra familia, con otros padres y otros hermanos,… en otras circunstancias, las cosas hubiesen sido distintas, sí se hubiese nacido en otro país, sí se hubiese nacido en otros tiempos, si fuese otra la circunstancia, y ¡se equivocan!

9,-     Muy querido Don José Ortega y Gasset, estoy de acuerdo contigo en que "yo soy yo y mis circunstancias", pero también te quiero decir que es más importante el "yo" que las "circunstancias". Para nosotros los cristianos las circunstancias son sólo accidentes y lo que nos importa es la esencia, nuestro propio ser.

¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No, pues entonces, ¿qué fueron a ver? A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con luo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a un que es todavía más que profeta... Juan es la voz que clama, ¿en el desierto? ¿En la ciudad? ¿En la mar? ¿En la luna? ¿En la montaña? Qué más da la circunstancia si lo que somos y hacemos es lo que nos define como personas.

¿EL DINERO O LA VIDA?: ¡LA VIDA!

En aquel tiempo, cuando se fueron los discípulos de Juan el Bautista, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No, Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta.

1.-     Muy queridos amigos:    
Al contemplar la imagen de san Juan Bautista, el domingo pasado pudimos reflexionar en torno a tres temas importantes: la voz como uno de los instrumentos con los que cuenta Aquel que es la Palabra, segundo acerca de nuestra actividad como aquello que nos da identidad a las personas y, finalmente, sobre el valor de la austeridad que a Dios le ha agradado al venir a este nuestro mundo.

El día de hoy la liturgia vuelve a mostrarnos el rostro, los rasgos, la predicación, y la preocupación del Precursor; así como la ponderación que hace de su persona el mismo Hijo de Dios.

2.-     No obstante, en consonancia con aquella predicación de san Juan el Bautista, el cual sin habitar en palacios lujosos invitaba a aquellos que tenían dos túnicas, para que dieran una al que no tiene ninguna, y que invitaba a quien tuviera comida para que hiciera lo mismo, les convido a reflexionar sobre el tema de la solidaridad cristiana.

La fiesta de la Navidad, cada vez más cercana, es la celebración del Dios con nosotros, es la conmemoración del Dios cercano. Pero,... si bien la fiesta de la Navidad ha de ser la celebración en la que festejemos al Dios que ha dado un abrazo al hombre, esto nos debe mover a los cristianos para que nosotros seamos capaces de ofrecerle un abrazo al hermano.

3.-     ¿Qué es la Solidaridad cristiana? ¿Cuál es su lugar en la fiesta de la Navidad?

La Solidaridad es esa actitud congruente de aquél que, habiendo recibido el beneficio del Dios que nos ha amado profundamente, se dispone, en la correspondencia, a ofrecerle al hermano, sobre todo al más necesitado, una manifestación clara del amor.

Entendemos por Solidaridad el principio teológico en virtud del cual podemos influir positivamente en la vida espiritual y corporal de los demás.

Si describiéramos en este momento el proceso que nos puede llevar a la vivencia auténtica de la Solidaridad, tendríamos que hablar de una virtud que nos exige un triple componente en su expresión cristiana, manifestado al final de cuentas en un solo gesto.

4.-     El primer componente de la Solidaridad es la COMPASIÓN. Se trata de ver como propio el mundo del otro, sentirse afectado, como una reacción ante el sufrimiento de cualquier persona.

Este elemento de la compasión lo ha recomendado San Basilio Magno, ya desde el siglo IV, en su homilía sobre Lc 12,16-21, y que es conocida como: “Destruiré mis graneros”: “Cuando alguien roba los vestidos de un hombre, decimos que es un ladrón. ¿No debemos dar el mismo nombre a quien, pudiendo vestir al desnudo, no lo hace? El pan que hay en tu despensa pertenece al hambriento; el abrigo que cuelga, sin usar, en tu guardarropa pertenece a quien lo necesita; los zapatos que se están estropeando en tu armario pertenecen al descalzo; el dinero que tú acumulas pertenece a los pobres”.

La compasión tiene su inicio en un corazón que se ha sensibilizado, que mira fuera de sí mismo, que sale del caracol del egoísmo y que ha llegado a conocer lo que significa el “padecer junto con” el hermano. “Duélete con mis dolores, si en verdad, tú me has querido”, canta una vidala argentina.

5.-         Después de la compasión viene el segundo componente: EL RECONOCIMIENTO. Una acción solidaria se ha iniciado en la sensibilización del que practicará la solidaridad, una vez que ha mirado hacia fuera de sí mismo, sigue el acoger al otro radicalmente “por ser quien es”.

Se trata de la dialéctica entre la alteridad y la comunión, es decir se trata de ese movimiento por el cual una vez que ya hemos salido de nosotros mismos, vamos al encuentro del otro, tal como lo ha hecho Dios en nuestra Navidad.

Santa Teresa de Ávila recomendaba esto en su libro de las Moradas: “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella (que parecen no osan bullir, ni menear el pensamiento, porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han mantenido), hácese ver cuán poco entienden el camino por donde se alcanza la unión. Y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada en perder esa devoción y te compadezcas de ella, y si tiene algún dolor, te duela a ti, y si fuera menester, lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella como porque sabes que tu Señor quiere aquello”.      

¿Te fijas cómo la Solidaridad permite desplegarnos del yo al tú, en el que percibimos en el rostro del otro, el rostro del ser humano, el rostro de la persona,... el rostro del hermano, y el mismísimo rostro de Cristo para aquellos que somos cristianos?

6.-         Después de la compasión y del reconocimiento, viene el tercero y último componente de la vivencia de la Solidaridad cristiana: la cualidad de LA UNIVERSALIZACIÓN. La Solidaridad debe permitir que la alteridad se forme en un “nosotros” que no puede ni debe tener fronteras, cuando hay “fronteras” y “geografías” en la solidaridad esta no es cristiana.

Lo decía de una forma extraordinaria San Gregorio Magno: “Más ninguno, por el mero hecho de amar a su prójimo, piense ya tener caridad, sino que primero debe examinar la fuerza misma de su amor. Pues si alguno ama a los demás, pero no los ama por Dios, no tiene caridad, aunque piense que la tiene. Es caridad verdadera cuando se ama al amigo de Dios y al enemigo de Dios”.

La Solidaridad jamás puede manejar el singular sino el plural, no puede ser selectiva, no puede reducirse a un grupo, la solidaridad verdadera no es excluyente de “nadie” sino incluyente de “todos”. Si en la vivencia de “la solidaridad” nos manifestamos sectarios, no podemos llamarnos verdaderamente cristianos.

7.-     La Solidaridad hace que cada uno sienta como personal la suerte de todos, entendiendo por todos: el conjunto de los individuos, y la situación personal de cada uno, lo cual implica la búsqueda del bienestar de modo particular para los más desposeídos de bienes; esta Solidaridad se traduce en un compartir y en buscar un orden satisfactorio para todos.

La solidaridad se enfrenta ordinariamente al individualismo, cuyo interés se encierra en la conveniencia personal, familiar o de un solo grupo, o en el interés único de los que son de los míos o de los que me simpatizan o de aquellos que son como yo quiero que sean, y se levanta incluso frente a una justicia “mal” entendida como el mero cumplimiento de las normas legales de respeto y distribución de los bienes.

La cultura de la solidaridad en nuestro mundo y en nuestro tiempo es la que realmente puede dar solución a los urgentes problemas de nuestra sociedad contemporánea. Hoy en día, en realidad, no nos falta el pan, ni el vestido, ni los medicamentos, ni la tierra... lo que falta es el amor en el corazón del hombre y la Solidaridad en nuestras actitudes.

El tema de la solidaridad ha sido para Juan Pablo II, que hemos visto partir en el año 2005, un tema recurrente. El ha propuesto el mensaje social cristiano en estos términos: El cristiano tiene que pasar de la lucha de clases a la cultura de la solidaridad.

8.-     La solidaridad es también un tema de interés para el Catecismo de la Iglesia Católica. Al hablar del 7° Mandamiento, subraya en nuestra relación con los bienes materiales, la práctica de tres virtudes: la templanza, la justicia y la solidaridad (n. 2407).

Lo anteriormente mencionado por el Catecismo de la Iglesia Católica nos muestra que la Doctrina Social de la Iglesia sería utópica si pensara que la solidaridad basta por sí sola y se olvidara de los otros recursos, entre ellos el recurso de la justicia.

¡No nos engañemos! La solidaridad no se logrará cuando nuestro campo produzca en abundancia, ni cuando los conocimientos científico-técnicos parezcan superar las dificultades de la humanidad, sino que la solidaridad surgirá cuando haya compasión, reconocimiento y universalidad. Hace falta que, en nuestra Iglesia y en nuestra ciudad, seamos constructores de lo que Juan Pablo II ha propuesto, desde la comprensión del Evangelio como: “La Cultura de la Solidaridad”.

Es esto lo que precisamente está incentivando nuestro episcopado latinoamericano, cuando en el número 421 del actual documento de Aparecida invita a las autoridades del sector salud para que pongan al alcance de todos los enfermos de VIH-Sida en sus dosis oportunas los medicamentos que en sus costos de adquisición andan por las nubes. Dime, ¿no será un asesinato por omisión el lucrar con medicamentos que podrían costar más baratos y que por ello se vuelven inalcanzables?

9.-     Todo cristiano por más rico o por más pobre que diga ser, tiene en su guardarropa dos túnicas. Ni podemos pensar que te quedes con las dos cuando alguien pasa necesidad, tal cosa sería el egoísmo expresado en la codicia y en la avaricia; ni tampoco podemos pensar en que te despojes de las dos, tal cosa sería una imprudencia y una posible injusticia para con tu familia. Se trata de que, de las dos túnicas que tienes te quedes con una y compartas una con el necesitado, lo cual será conocido como Solidaridad.

¡Querámoslo entender o no, la verdadera solidaridad nos beneficia a todos!

LOS VALORES DE NUESTRO PUEBLO.
                                                                                             
1.-     Muy queridos amigos:
                                                                                             
Las festividades de nuestra Señora de Guadalupe, que concluimos el pasado miércoles, me han hace contemplar, en una sola celebración, la unión de toda la expresión de nuestros rasgos culturales en una perfecta armonía con la fe cristiana.
                                                                                             
Al contemplar el rostro lleno de fe de nuestro pueblo sencillo, he podido recordar cómo diez años después de la caída de la gran Tenochtitlán, cuando ya el asentamiento español era inconmovible y el mundo indio parecía destinado a sucumbir y desaparecer en un océano de tristeza, fue entonces que floreció lo increíble: Dios tomó la iniciativa de venir al indio, reconocer y magnificar su fidelidad ofreciéndole la más apoteósica de las coronas: ¡Convidarle a ser hijo de su propia Madre!
                                                                                             
Para el indígena la aparición de Santa María de Guadalupe en el cerro del Tepeyac significó su resurrección.
                                                                                             
Aquel canto del Tizinizcan y del Coyoltototl, aunado a las hermosas rosas que florecieron en el Tepeyac, significó para el indígena la felicidad, el paraíso en la tierra, el cielo. De esta manera aquella tierra que había sido arrasada y devastada se convertía ahora en un vergel.
                                                                                             
El Evangelio del Tepeyac es todo un cántico del amor de Dios y de la maternidad espiritual de María: Juan Diego se encuentra en los brazos de la Virgen-Madre, a la manera de que los hijos de las indígenas son llevados por éstas en los pliegues de sus rebozos o inclusive cargados a su espalda.
                                                                                             
El mensaje guadalupano ha unido magistralmente la riqueza y profundidad de la Teología cristiana con la teodicea azteca. El mensaje de Guadalupe es la cumbre de la Evangelización y de la inculturación.
                                              
Aquella imagen estampada de la Santísima Virgen era un códice, un enjambre de símbolos, aparte de su origen sobrenatural.
                                                                                             
La Virgen quiere un templo en el Tepeyac, ¿para qué? Más que para recibir en él su veneración, para mostrar allí su amor maternal.
                                                                                             
2.-     Hay muchas otras cosas que podríamos comentar, sin embargo te quiero compartir que la fiesta de Santa María de Guadalupe, me hace recordar todo ese bagaje cultural y de valores que se nos heredaron de parte de nuestros antepasados.
                                                                                             
Nuestro pueblo de México y nuestra gente es un pueblo con educación, que recibió la riqueza insondable e incomparable del Evangelio, pero que ya poseía una identidad y esto le convirtió en un terreno fértil para el cristianismo.
                                                                                             
3.-     Los padres de familia de aquel entonces se preocupaban de educar a sus hijos, y esto es lo que te quiero compartir el día de hoy.
                                                                                             
¡Tengo muchos motivos para sentirme orgulloso de nuestra cuna cultural!, así como me siento orgulloso del cristianismo que se nos ha heredado y que en el catolicismo ha sido respetuoso de todos esos elementos propios de nuestro pueblo.
                                                                                             
4.-         ¿Sabías tú que al cumplir los siete años de edad el Tatah ( el papá) le comunicaba a la niña un discurso que le repetirá todos los años?:
                                                                                             
“Aquí estás, mi hijita, mi collar de piedras finas, mi plumaje de quetzal, mi hechura humana, la nacida de mí. Tú eres mi sangre, mi color, en ti está mi imagen (...) ¡vives! ¡Has nacido! Te ha enviado a la tierra el Señor nuestro, el dueño del cerca y del junto, el hacedor de la gente, el inventor de los hombres...”
                                                                                             
 “Oye bien, hijita mía, niñita mía: no es lugar de bienestar la tierra (...) la tierra es lugar de alegría penosa, de alegría que punza. Así andan diciendo los viejos: para que no siempre andemos gimiendo, para que no estemos llenos de tristeza, el Señor nuestro nos dio a los hombres la risa, el sueño, los alimentos, nuestra fuerza y nuestra robustez y finalmente el acto sexual, por el cual se siembra la gente...”
                                                                                             
Pero ahora, mi muchachita, escucha bien, mira con calma: he aquí a tu madre, tu señora, de su vientre, de su seno te desprendiste, brotaste. Como si fueras una yerbita, una plantita, así brotaste. Como sale la hoja, así creciste, así floreciste...”
                                                                                             
He aquí tu oficio, lo que tendrás que hacer: durante la noche y durante el día, conságrate a las cosas de Dios; muchas veces piensa en él (...) hazle súplicas, invócalo, llámalo, ruégale mucho...”
                                                                                             
 “He aquí otra cosa que quiero inculcarte, que quiero comunicarte (...) no como quiera desees las cosas de la tierra, no como quiera pretendas gustarlas, aquello que se llama las cosas sexuales (...) No como si fueras a un mercado busques al que será tu compañero (...) Quienquiera que sea (...) juntos tendréis que acabar la vida. No lo dejes, agárrate de él, cuélgate de él aunque sea un pobre hombre (...) un infeliz soldado, un pobre noble, tal vez cansado, falto de bienes, no por eso lo desprecies....
                                                                                             
5.-         Queridos amigos: Una vez que el Tatah terminaba, la Nanah continuaba con un discurso que complementaba el expresado por el padre:
                                                                                             
“Tortolita, hijita, niñita, mi muchachita. Has recibido, has tomado el aliento, el discurso de tu padre, el señor, tu señor (...) son cosas preciosas, excelentes (...) sus palabras valen lo que las piedras preciosas (...). Consérvalas, haz de ellas un tesoro en tu corazón (...) con esto educarás a tus hijos, los harás hombres (...) No se te olvide, pon y guarda luz, todo el tiempo que vivas aquí sobre la tierra...”
                                                                                             
Sólo me queda otra cosa: no entregues en vano tu cuerpo, mi hijita, mi niña, mi tortolita, mi muchachita. No te entregues a cualquiera, porque si nada más así dejas de ser virgen, si te haces mujer, te pierdes, porque ya nunca irás bajo el amparo de alguien que de verdad te quiera (...) que no te conozcan dos hombres. Pero si ya estás bajo el poder de alguien (...) no quieras que tu corazón quiera irse en vano por otro lado. No te atrevas con tu marido. No pases por encima de él, o como se dice, no le seas adúltera (...) si esto se consuma (...) a nuestros antepasados, a los señores a quienes debes el haber nacido, les crearás mala fama, mal renombre. Esparcirás polvo y estiércol sobre los libros de pinturas en los que se guarda su historia (...) Ya no serás ejemplo (...) aunque no te vea nadie, aunque no te vea tu marido, mira, te ve el Dueño del cerca y del junto...”
                                                                                             
6.-     Los anteriores discursos se nos conservan en el llamado Códice Florentino. Por su parte, Fray Jerónimo de Mendieta nos ha heredado en su Historia Eclesiástica, el discurso que le dirigía el Tatah al hijo varón:
                                                                                             
“Hijo mío, criado y nacido en el mundo por Dios, en cuyo nacimiento nosotros, tus padres y parientes pusimos los ojos. Has nacido y vivido y salido como pollito del cascarón, y crecido como él, te ensayas en el vuelo y ejercicio temporal. No sabemos el tiempo que Dios querrá que gocemos de tan preciada joya”.
                                                                                             
 “Vive hijo, con tiento, y encomiéndate al Dios que te crió, que te ayude, pues es tu padre que te ama más que yo. Sospira a Él de día y de noche, y en El pon tu pensamiento. Sírvele con amor, y hacerte ha mercedes y librarte de peligros”.
                                                                                             
 “A la imagen de Dios y a sus cosas ten mucha reverencia, y ora delante de Él devotamente, y aparéjate en sus fiestas”.
                                                                                             
“Reverencia y saluda a  los mayores, no olvidando a los menores. No seas como mudo, ni dejes de consolar a los pobres y afligidos con dulces y buenas palabras”.
                                                                                             
 “A todos honra, y más a tus padres, a los cuales debes obediencia, servicio y reverencia (...) Mira hijo que no hagas burla de los viejos, o enfermos o faltos de miembros, ni del que está en pecado o erró en algo. No afrentes a los tales ni les quieras mal; antes te humillas delante de Dios, y teme no te suceda lo tal...”.
                                                                                             
“A nadie seas penoso, ni des a alguno ponzoña o cosa no comestible, porque enojarás a Dios en sus criaturas. Serás, hijo, bien criado, y no te entremetas donde no fueras llamado, porque no des pena y no seas tenido por malmirado. No hieras a otro, ni des mal ejemplo, ni hables demasiado, ni cortes a otros la plática, porque no los turbes. Si no fuere de tu oficio, o no tuvieres cargo de hablar, calla, y si lo tuvieres, habla, pero cuerdamente”.
                                                                                             
 “¡Oh hijo! No cures de burlerías y mentiras, porque causan confusión. No seas parlero, ni te detengas en el mercado ni en el baño, porque no te engañe el demonio. No seas muy polidillo, ni te cures del espejo, porque no seas tenido por disoluto. Guarda la vista por donde fueres, no vayas haciendo gestos, ni trabes a otros de la mano”
                                                                                             
 “No salgas ni entres delante de los mayores; antes sentado o en pie, donde quiera que estén, siempre les da ventaja, y les harás reverencia. No hables primero que ellos (...) No comas ni bebas primero, antes sirve a los otros, porque así alcanzarás la gracia de Dios y de los mayores”.
                                                                                             
“Hijo nuestro, avisámoste que no te ensoberbezcas, ni altivezcas, ni desprecies a nadie; ten reverencia a los viejos y viejas aunque sean pobres, y a la otra gente baja y pobre; haz misericordia con ella, dales que vistan y con que se cubran, dales de comer y de beber, porque son Imágenes de Dios...”
                                                                                             
No tomes ni llegues a la mujer ajena, ni por otra vías seas vicioso (...) Aunque seas muy tierno para casarte, como un pollito, y brotas como la espiga que va echando de sí. Sufre y espera, porque ya crece la mujer que te conviene: ponlo a la voluntad de Dios (...) Si tú casar te quisieres, danos primero parte de ello, y no te atrevas a hacerlo sin nosotros”.
                                                                                             
“Mira, hijo, no seas ladrón ni jugador (...) trabaja de tus manos y come de lo que trabajares y vivirás con descanso. Con mucho trabajo, hijo, hemos de vivir: yo con trabajos y sudores te he criado, y así he buscado lo que habías de comer, y por ti he servido a otros. Nunca te he desamparado, he hecho lo que debía, no he hurtado ni he sido perezoso, ni hecho vileza, por donde tú fueras afrentado”.
                                                                                             
“No murmures ni digas mal de alguno (...) No revuelvas a nadie, ni siembres discordia entre los que tienen amistad y paz..."
                                                                                             
“No tengas que ver con mujer alguna, sino con la tuya propia. Vive limpiamente, porque no se vive esta vida dos veces...”
                                                                                             
7.- Querido amigo: Fíjate cómo la forma en que educaban a sus hijos nuestros antepasados no está lejana de lo que el Evangelio nos enseña. ¿Y tú como educas a tus hijos? Hoy desgraciadamente los padres de familia han delegado la educación a las guarderías, a las escuelas, a esa nodriza llamada la televisión. No nos hemos dado cuenta de que en muchos lugares se puede dar información, pero la auténtica formación sólo se da en la familia.

PROGENITORES Y PADRES.

En aquel tiempo, cuando se fueron los discípulos de Juan el Bautista, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿A ver a un profeta? Sí, yo se lo aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”.

 

1.-     Muy queridos amigos:

La imagen imponente del austero san Juan Bautista aunada a la grotesca imagen que surge del ejercicio de una paternidad que le permite todo a los hijos nos debe ayudar para que nos detengamos un poco a pensar sobre este tema tan importante vinculado con el don del amor fecundo,… sobre todo en la cercanía con una navidad cristiana que ilumina estos temas de la familia, la maternidad biológica, la paternidad adoptiva, la filiación...

2.-         Hablemos el día de hoy sobre la paternidad.

En nuestro tiempo, el ser padre se ha convertido en un “nombre” o en un simple “título” para muchos que desde hace tanto tiempo no tienen una verdadera y estrecha relación con sus vástagos.

No hemos aprendido a diferenciar entre el Progenitor y el Padre, y pensamos que son lo mismo. Y, sin embargo, son cada vez más los progenitores que nunca han llegado a ser verdaderos padres.

Decía el pueblo judío en su sabiduría de dominio popular, que el padre no es el que da la vida sino aquel que enseña a vivir.

3.-     ¿Qué es un progenitor y que es un padre de familia? ¿Existe una diferencia?

El Progenitor es el que procrea y el padre es el que da la vida en lo cotidiano. El progenitor es el que engendra y el padre es el que acompaña.

Para ser progenitor basta y sobra con algunos segundos, en cambio para que alguien sea padre necesita de días, de meses, de años,... en realidad de toda la vida.

Para que alguien procree necesita solamente que dos células se fusionen, y entonces aparece el milagro sacratísimo de la existencia; en cambio para que alguien sea verdaderamente un padre, necesitará aprender a guiar, aconsejar, corregir y apoyar a sus hijos.

4.-         ¡Fíjate! Como en nuestro tiempo hay actitudes erróneas que brotan de expresiones equivocadas, y que se nos han vuelto tan comunes.

En un primer lugar, se encuentra la actitud de aquellos que radicalizan en lo material su óptica sobre la paternidad, considerándose, si no en la teoría sí en la práctica, solamente como unos simples proveedores del hogar. La actitud tiene un respaldo en algunas expresiones que se inspiran en nuestra forma de apreciar, o mejor dicho de “despreciar” el don de Dios.

Cada día, es más frecuente que nos encontremos con aquellos padres de familia que dicen: “Es que quiero darle a mis hijos aquello que yo nunca tuve”.

Nuestro problema radica no en las pretensiones de una vida digna, sino en la apreciación de lo que es una “vida digna”, no en el querer bienestar para alguien sino en lo que yo entiendo como bienestar,... y en que muchos de los padres de familia, por querer darles a los hijos lo que no tuvieron, les despojan de aquello que si tuvieron.

Les ofrecen a los niños la ropa que no tuvieron, los juguetes con los que no jugaron, los viajes que no realizaron, los cursos que no estudiaron,... pero les despojan del cariño y de la presencia que disfrutaron, les privan del beso, del abrazo, de la palmada, del reconocimiento, de la corrección,... del tiempo y de tantas cosas verdaderamente bellas que sus padres,... cuando ellos eran niños, sí les ofrecieron, aunque hubiesen vivido modestamente en lo económico.

Hoy, hay en muchas de nuestras casas, tantos y tantos niños que sufren soledad a causa de la despreocupación y del desinterés, porque sus padres no se ocupan de ellos. Son aquellos que lo tienen todo, que suelen navegar en la mar de la abundancia, aquellos a los que no les falta “nada”, pero que les falta alguien, les falta tener un verdadero padre o no sólo un progenitor o un simple proveedor.

5.-     Este tiempo en que vivimos, en un sin fin de ocasiones, va trastornando nuestra escala de valores. Se nos han vendido y hemos adquirido imágenes ficticias de felicidad, las cuales nos han pedido a cambio la hipoteca de nuestra familia.

Y tú, es el momento en que te preguntes con honestidad, ¿Éres un verdadero padre o solamente eres un progenitor?

¡Cuanta razón tenía Federico Schiller, el escritor de Guillermo Tell, cuando en uno de sus dramas gritaba: “No es  la carne ni la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos”!

También te comparto una opinión muy sensata de Michael Levine: “Tener hijos no le convierte a uno en padre, del mismo modo en que tener un piano no le hace a uno un pianista”.

6.-         ¿Sabes? El día de hoy me ha venido a la memoria un libro que en 1996 el escritor norteamericano Benjamín Stein publicó y que te quiero compartir. Se titula: “Más que todo el oro del mundo”.

En el escrito, Benjamín nos narra el cómo él llegó a comprender la importancia de la paternidad y lo presenta en tres escenas de su vida:

El primer momento, menciona él, fue cuando un buen amigo le dijo que tenía que recapacitar sobre la jerarquía de sus actitudes, ya que para su hijo él era un héroe y, que era una lástima el que se obsesionara tanto con el trabajo.

El segundo momento, nos relata, fue cuando otro amigo le aconsejó que debería aprovechar ese tiempo precioso mientras su hijo todavía deseaba estar con él. “Pronto, le comentó, llegará el día en que no querrá que lo vean con sus padres. Granjéate su cariño ahora, cuando aún es tiempo.”

El momento decisivo, nos narra con emoción, fue cuando una noche, leyéndole un cuento infantil, su pequeño hijo le dio un beso y le dijo por primera vez, con voz clara y con una pronunciación perfecta: “Buenas noches, papá, te quiero mucho”.

Fue una de las noches más felices en la vida de Benjamín Stein, puesto que se trata de su único hijo,... “un hijo adoptivo”.

Pero un Hijo, sobre el cual, a partir de esos tres momentos, considera que el tiempo que pasa con él jamás será una distracción de su propósito en la vida. Sino que él es la razón de ser de ese propósito.

7.-     Muy querido amigo:

Hoy no puedo dejar de hacer alusión aunque sea brevemente a un hombre del cuál todos debemos aprender tanto. Y me refiero al señor san José.

Y es que hoy en día deambulan por nuestras calles tantos y tantos progenitores, y... son tan escasos los padres de familia. Si bien San José no fue el Progenitor del Señor Jesús, podemos decir que Él fue un verdadero padre para el Hijo del Padre Eterno: le amó, le cuidó, le alimentó, le protegió, se gastó y se desgastó por él, corrió riesgos por cuidar el don de Dios, fue a tocar puertas en tierras de desconocidos para conseguir trabajo y poder así ofrecerle manutención al Hijo eterno del Padre, que nació por obra del Espíritu Santo del vientre inmaculado de la Virgen.

¿Qué mejor ejemplo de paternidad podrían tener tantos hombres que se ufanan de ser progenitores?

San José, nos hace presente en la imagen sagrada de la Familia cristiana a todos aquellos hombres y mujeres que no han engendrado biológicamente, pero que han sido capaces de engendrar con su corazón.

San José nos recuerda que, más allá de la fecundidad genética, la fecundidad de la voluntad y la fecundidad que brota del amor sincero pueden y llegan a ser mucho más grandes a los ojos de Dios.

8.-         Quiero, antes de concluir, comentarte otro error que se comete en el ejercicio de la paternidad.

Los padres de familia deben comprender que la ausencia de amor es uno de los factores que más daño producen en los hijos, pero deben ser conscientes de que el exceso del amor también les destruye.

Hablemos, sobre un error actual en muchos de los padres de familia: se trata de ese afán de querer hacer todas las cosas complicadas que a los hijos les corresponden, el querer resolverles todos los problemas y el intentar eximirles de las consecuencias de su obrar asumiendo sus responsabilidades en la vida.

La actitud anterior tiene su origen en una forma de pensar que a primera vista es correcta pero que no está libre de algunos errores: “es que no quiero que mis hijos sufran lo que yo sufrí”.

Cuando, en tantas ocasiones, escucho decir a mis amigos que esperan que sus hijos no tengan que pasar por las estrecheces que ellos padecieron, no estoy totalmente de acuerdo. Tú estarás de acuerdo conmigo de que tales estrecheces nos hicieron lo que somos.

Es posible padecer toda clase de desventajas. Sin embargo, los padres no se dan cuenta de que la peor desventaja que podremos enfrentar en la vida será el no haber aprendido a luchar.

9.- Cuando queremos realmente a una persona tenemos que aprender a no sobreponer los afectos sobre los pensamientos. El buscar el bienestar de los que queremos nos debe exigir llamarles la atención cuando sea necesario, aún a pesar de la molestia que podamos provocar. Lo importante será siempre el bienestar de nuestros seres queridos. Es tan difícil lo anterior, que se dice que cualquiera sabe criar a los hijos. Cualquiera, salvo los padres.

Dime: ¿Quién se engaña todavía creyendo que le está haciendo un bien a un atleta impidiéndole que se supere en entrenamientos severos? No será campeón jamás y un día el fracasado se va a volver contra quien le impidió el sufrimiento y la lucha por la superación personal.

¿Quién se engaña pensando que le está haciendo un bien a su hijo dándole lo que no ha merecido? Nunca aprenderá a valerse por sí mismo, ya que todo se lo resuelve su padre.

Los frutos de tu trabajo son tuyos y tú no puedes vivir la vida de tu hijo.

Una cosa es dar instrumentos de trabajo y otra cosa es darles los frutos de un trabajo que ellos no han realizado.

Cada uno debe aprender que nadie puede vivir la vida por nosotros y que vivir la vida es luchar. Vivir es arriesgar y es también sufrir derrotas; vivir es afrontar la enfermedad y el dolor y nadie puede vivir por ti como tú no puedes vivir por nadie.

Espero que nunca lo olvides: Vivir es aprender a disfrutar de la rosa y no tenerle miedo a la espina.

¡Cuanta razón tiene el pueblo chino cuando en uno de sus refranes de dominio popular nos dicen que: “es más difícil gobernar a un hijo que a una nación”!

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