Domingo 8 de Enero de 2006_________Pbro.
Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx
¡HEMOS ENCONTRADO EL ESLABÓN
PERDIDO!
“Jesús
nació en Belén de Judá, en tiempos del rey
Herodes. Unos magos de Oriente llegaron a Jerusalém y preguntaron:
“¿Dónde está el rey de los judíos
que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido
a adorarlo
Al
enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda
Jerusalén con él. Convocó entonces a los
Sumos Secerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó
dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le
contestaron: “En Belén de Judá, porque así
lo ha escrito el profeta: Y tú Belén de Judá,
no eres en manera alguna la menor de las ciudades ilustres de
Judá, pues de ti saldrá un jefe, que será
pastor de mi pueblo, Israel”
Entonces
Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran
el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los
mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan
a averiguar cuidadosamente qué hay sobre ese niño,
y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también
vaya a adorarlo”.
Después
de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto
la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos,
hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al
ver de nuevo la estrella se llenaron de inmensa alegría.
Entraron en la casa y vieron al niño con María,
su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo
sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos
durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron
a su tierra por otro camino”.
Una
nueva fiesta se añade a las dos celebradas en los dos domingos
anteriores: la Navidad y la Maternidad Divina. Se trata de una fiesta
a la que muchos asistimos, llenos de aparente alegría, pero
que en las actitudes de fondo, tal pareciera que desconocemos la
verdadera razón del festejo, o lo que es peor: la persona
que se festeja parece ser un perfecto desconocido para no pocos.
Celebramos
la Epifanía del Señor y somos muchos los que desconocemos
la altura y la profundidad, la anchura y la longitud de los alcances
de esta fiesta cristiana.
2.-
Esta parece ser una de esas fiestas a las que el festejado no ha
sido invitado.
Si
uno llegara a una ciudad como un total extranjero y viera a la gente
risueña, bromeando y feliz, intercambiando regalos y saludos,
con buen ánimo, pero sin motivo claro y aparente para tanta
felicidad, uno se preguntaría si están bien de la
cabeza.
Una
vez por año, en esta época navideña a la que
le pertenece esta fiesta de la Epifanía, todo el mundo es
feliz y cariñoso, amable y generoso. Cabe preguntarse si
la gente sabe por qué está feliz. La explicación
a esta felicidad la entenderemos en seguida con “la canción
de la muñeca”, pero veamos antes lo que ha hecho la
Epifanía en el tiempo, en el espacio o en “el eslabón
perdido”.
3.-
Epifanía significa manifestación y es por ello que
es otro de los nombres de la celebración Navideña,
ya que en el pesebre de Belén Dios se ha manifestado a todos
los pueblos.
La
Epifanía de Dios en la Navidad produjo algo en el tiempo.
Todo el mundo nace en cierta Era del tiempo sobre la cual no tiene
control. Pero cuando la Eternidad llegó a esta tierra y se
asentó en Belén, el tiempo sufrió tal impacto
que se dividió en dos. La Epifanía se convierte en
un parteaguas, a partir de ese momento, todos los períodos
de la historia han sido divididos en “antes de Cristo”
y “después de Cristo”. O bien, todo el tiempo
se vive bajo su sello de bendición, de tal manera que cualquier
año vivido bajo el imperio de su bondad es llamado como “Anno
Domini” (A.D.), año del Señor.
4.-
Pero,... no sólo el tiempo se ha dividido en dos, sino que
también el espacio se ha dado vuelta, y no tan sólo
el espacio físico sino que también ese espacio que
podríamos llamar: “metafísico”.
Tratemos
de ser sencillos en la explicación: los griegos creían
que sus dioses vivían en la alturas del Olimpo. Esto en cierto
modo les preocupaba, porque si Dios está “allí
afuera”, ¿qué puede saber de nuestros sufrimientos?
¿Qué sabía un dios en las alturas de estar
desamparado, de no tener casa? ¿Qué podía conocer
un dios del Olimpo sobre el dolor, la sed, el cansancio, el abandono,
la enfermedad, el hambre...? ¿Alguna vez esos dioses fueron
traicionados? ¿Han sufrido alguna vez? ¿Alguna vez
estuvieron cerca de la muerte?
Ellos
querían un dios cercano que estuviera y conociera el polvo
de las vidas humanas,... y al parecer en algunos momentos lo lograron,
pero lejos de comunicar a los hombres las virtudes divinas lograban
que a los dioses se les comunicaran los vicios humanos: la ira,
la lujuria, la intemperancia, los celos,... Recuerda que por ejemplo
a Dionisio se le llegó a conocer como el dios de los mil
placeres (Polygethés).
5.-
La historia que ha acontecido en la epifanía de Dios en la
Navidad es distinta, ya que cuando el Hijo de Dios nació
en Belén, nació de abajo, sacudió al mundo
desde sus basamentos. Más que eso le dio la vuelta al mundo
y a todo el espacio. Hasta entonces, las madres de familia siempre
decían a sus hijos en brazos: “El Cielo está
muy, pero muy arriba”. Pero el día en que la Madre
de Dios, Santa María, sostuvo al Hijo de Dios hecho hombre
en sus brazos, comenzó a ser cierto que miró hacia
abajo para ver al cielo. Y este Dios verdaderamente ha conocido
lo que es la vida del hombre: la pobreza, la desnudez, el hambre,
el frío, el rechazo, la soledad, el dolor, la incertidumbre,
el cansancio, el abandono, la traición, la persecución,
la muerte...
6.-
Finalmente, la Epifanía de la Navidad nos ha ofrecido la
posibilidad de descubrir el eslabón perdido. Durante los
últimos cien años, los expertos en paleontología
y de otras muchas disciplinas de la antropología científica
han buscado encontrar el vínculo existente entre el hombre
y el animal. Y aunque nos pudiera resultar penoso, tenemos que admitir
que durante este tiempo los seres humanos hemos actuado a menudo
como animales.
La
Epifanía de Dios en Belén ha sido el descubrimiento
del “eslabón perdido”,
pero de uno inimaginable. No se trata de ese famoso eslabón
que testificaría un vínculo del hombre con las especies
animales al explicar la capacidad de lenguaje en el hombre, su capacidad
de aprensión en sus extremidades superiores, su postura erguida,
y el paso de la cavidad cerebral de un ser prehumano a una cavidad
que le permitiera las funciones espirituales: inteligencia, memoria,
voluntad, autoconciencia,... Contra todas las pretensiones la Epifanía
nos muestra un eslabón que ha vinculado al hombre con Dios
no con los animales.
En
la Epifanía celebramos al eslabón que une al hombre
con una realidad no inferior sino infinitamente superior. Se trata
del Dios encarnado que ha nacido en una gruta y que será
enterrado en una cueva. La luz que iluminaba sus ojos no era la
del amanecer de la razón, sino la de una razón iluminada
por la gracia viniendo a la oscuridad de la humanidad. Su nombre
no es el del “Child”, ni el del “Hombre
de Pekín”, ni es el del “Hombre
de Java” sino que su nombre es Jesús y bien
le podríamos llamar el niño de Belén o el hombre
de Nazareth, el Cristo, y el pueblo en el que vivió es uno
de esos pueblos que hasta cierto punto todos podrían olvidar
bajo el polvo del tiempo, ya que son de esos pueblos de “los
que no puede salir nada importante”.
7.-
Hoy celebramos a aquellos hombres de ciencia que han encontrado
la razón de su existencia, han encontrado ese eslabón
perdido que otros hombres de ciencia ho han podido encontrar. Jesucristo
al ser Dios y hombre, es el vínculo entre Dios y el hombre.
Es por ello que la vida es ahora vista no como un impulso desde
abajo, sino como un don desde arriba.
8.-
Unamos nuestra fiesta de la Epifanía a la celebración
de la Navidad. Dios ha venido a descubrirle al hombre sus potencialidades
y su verdadera personalidad. Se trata de un Dios que ha abierto
al conocimiento del hombre todo acerca de su prehistoria y la totalidad
de su metahistoria.
Recordemos
aquella vieja canción que cantaba la muñeca después
de haber sido reparada, y cómo se preguntaba si la niñita
la querría cuando la retirase del hospital de muñecas:
“
Soy una muñequita que se cayó y se rompió
al caer de las rodillas de mi mami;
soy una muñequita que acaba de ser arreglada;
ahora, ¿me dirías, por favor,
están derechas mis orejas?
¿Está mi nariz en su lugar?
¿Tengo una expresión bonita?
¿Brillan mis ojos azules?
¿Me veo bien para que me lleven en Navidad?
Cuando
llegué aquí hace un mes
Traída por una niñita que me amaba tanto,
Ella empezó a llorar hasta que le dijeron
Que me podría llevar en Navidad.
El
tiempo de Navidad se acerca y tengo miedo:
Me gustaría ver en el espejo cómo he quedado.
Pronto me buscarán, pero mucho me preocupa:
¿Me querrá tanto como hace un mes?
¿Están derechas mis orejas?
Apenas puedo esperar que me lleven,...
El día de la Navidad.
La
Epifanía de Dios en la Navidad es la reparación de
la naturaleza humana.
La
Epifanía de Dios en la Navidad no es algo que ha sucedido;
es algo que está sucediendo. El verdadero problema del hombre
se parece al de “la muñeca”, si bien debemos
cambiar algunas palabras: ¿Está derecho y palpitante
mi corazón? ¿Está mi alma en su lugar? ¿Tengo
una expresión de amor en el rostro? ¿Mis ojos manifiestan
el perdón? ¿Está mi alma llena de la luz divina?
¿Mis manos han aprendido a trabajar, curar y acariciar? ¿Mis
pies han aprenido a dirigirme hacia el necesitado? ¿Me veo
bien como para llegar junto con los Magos de Oriente al pesebre
de Belén en esta Epifanía?
Te comparto dos reflexiones del año pasado.
LA
SALVACIÓN UNIVERSAL.
“Jesús
nació en Belén de Judá, en tiempos del rey
Herodes. Unos magos de Oriente llegaron a Jerusalém y preguntaron:
“¿Dónde está el rey de los judíos
que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido
a adorarlo
1.-
Muy estimados amigos:
Al
celebrar la Solemnidad de la Epifanía, Dios nos muestra que
la salvación de Jesucristo por ser divina es universal, que
ante Él no existen las fronteras, y nos lanza la invitación
para que salgamos de nuestra comodidad, para que enfrentemos y superemos
los riesgos y para que vivamos verdaderamente el cristianismo. Dios
quiere que no seamos sólo unos teóricos de la ley,
y que nos convirtamos a la generosidad.
2.-
El Evangelio de este domingo nos muestra a la gente notable de Oriente,
perteneciente a las naciones paganas, que han venido a adorar a
Jesús, el rey de los judíos. Mientras que Herodes,
los pontífices y los letrados del pueblo hebreo, conociendo
las profecías que señalaban a Belén como la
cuna del Mesías, no dieron un paso hacia él; al contrario.
Ahí
empieza el contraste entre la postura ante Cristo de los representantes
oficiales del poder y de la religión del pueblo elegido,
que no creen, que se rebelan, que acabarán tejiendo la muerte
de Cristo; y la actitud de los paganos, que en realidad están
más cerca, más dispuestos a acoger a Cristo, y que
Dios les abre su reino y encuentran la salvación.
En
este primer pasaje de la vida del Señor, comienza el fin
y la ruptura del particularismo de Israel, la superación
por Cristo de sus formas, ritos, religión y privilegios.
Con enorme escándalo esos “privilegiados”, se
rasgarán las vestiduras cuando vean a Cristo hablar y comer
con los paganos, con los “pecadores”...
Cristo
ha venido por todos y para todos, así que nada de restricciones,
divisiones, individualismos, sectarismos, distinciones discriminatorias,
particularismos ideológicos, sentimentales y políticos,
ni regionalismos...
3.-
Nuestra fiesta nos recuerda que para Dios no existen las fronteras.
¿Recuerdas?
Al principio, Dios le dió la tierra al hombre, y el hombre
la ha fraccionado. El hombre ha inventado las fronteras, esos límites
territoriales, que en muchas ocasiones no son mas que líneas
imaginarias, pero que marcan fuertes distancias entre los hombres.
Hoy,
en la Epifanía de Dios, en su manifestación, Dios
nos enseña que en su geografía no existen los confines,
que en su trazo de nuestro territorio no existen las distancias,
y que por lo tanto para él no existen los distantes.
4.- El ser humano es el que se ha encargado de
separar a los hombres por colores, por raza, por cultura y por economías.
Y
fue así, como el hombre se ha encargado de crear los ghettos,
las alambradas y los muros. Es el hombre el que peca de xenofobia,
a su racismo le llama “pureza”, al desprecio por el
hermano lo llama nacionalismo y al asesinato del prójimo
le ha llamado patriotismo.
¿Ya
te has dado cuenta? En un sinfín de ocasiones la frontera
más dolorosa y avergonzante es la religiosa, la de aquellos
que despreciamos a los hijos de Dios en el nombre de Dios. Y se
puede llegar a la aberración de matar al mismo Dios en el
nombre de Dios... ¿No lo crees? Entonces, dirige la mirada
hacia la cruz.
5.-
¡Mira!, a Dios no le molesta el particularismo, lo que le
molesta es la exclusión que hacemos de los otros. La elección
de Dios está ordenada al servicio. A los cristianos nos ha
llegado la elección por Jesucristo, pero Jesucristo se ha
hecho con su muerte y resurrección, el centro de una comunidad
que rompe los límites del espacio y del tiempo,... y del
color de la piel.
Y
es que la Palabra de Dios debe extenderse a todas las naciones;
es cierto que se concentra en el cristianismo, pero en orden a su
universalización.
El
Evangelio debe predicarse a toda creatura. La Iglesia será
infiel a la Palabra de Dios, en el momento en que olvide las dimensiones
de universalidad.
Resulta
claro en muchos, que nos decimos cristianos, la poca comprensión
que se tiene del mensaje de Jesucristo, al querer reducir el Reino
de Dios a un pequeño grupo de predestinados. ¡Nada
hay más aberrante que esto!
6.-
Jesucristo, en su epifanía, nos invita a la universalidad.
¿Somos
verdaderamente universales? Pensémoslo bien
y no nos engañemos, por que ser universales –católicos-
tal como Cristo nos quiere exige mucha renuncia a sí mismos
en ideas y actitudes, en costumbres y adhesiones, en identificaciones
y en numerosas dimensiones que constituyen nuestro concreto vivir.
Pensémoslo: ¿somos verdaderamente universales, hombres
sin fronteras, dominados por el amor universal sin límites?
Si no lo somos, no somos cristianos.
Los
egoísmos crean las divisiones, las distancias, las rupturas
y los enfrentamientos. Se despedaza a la humanidad en bloques. ¿Cuándo
alcanzaremos esa integración entre diversidad y unidad que
exige la universalidad en el amor sin límites que Cristo
quiere para su Iglesia y para la humanidad?
7.-
Vivimos en el nuevo lustro, década, siglo y milenio que pretende
llamarse del hombre universal, cósmico e interplanetario
y vivimos divididos, fragmentados, enfrentados y desintegrados.
El
amor de Cristo hace universal al hombre. Profunda y anchamente universal.
El Espíritu de Cristo ha hecho decididamente universal a
la Iglesia de Cristo. ¿Habremos de concluir que no hemos
asimilado el amor de Cristo los cristianos y que la Iglesia no se
deja conducir enteramente por el Espíritu de Cristo?
La
división y los ataques se dan incluso en el interior del
cristianismo. ¿A quién
creerle? Yo sé que a Jesucristo, pero somos
tantos los que lo predicamos con los labios y que nos damos de puñetazos
al aire libre o de patadas bajo la mesa.
8.-
Cuenta una leyenda antigua, la historia de un hombre sumamente acaudalado,
que valoraba como su más grande tesoro un anillo de oro que
le había vendido un anciano en su juventud, y que le comunicaba
inmediatamente a su poseedor tres dones: el amor, la justicia y
la bondad. Efectivamente este hombre era afectuoso, justo y bondadoso.
Este
hombre tenía tres hijos, y su gran dilema era, ¿a
quién le iba a heredar esta prenda tan preciosa?
Ya
entrado en años y con la enfermedad a cuestas, en una noche
de oración encontró la respuesta.
Al
siguiente día mandó llamar a un orfebre genial, y
le encargó, en secreto, una tarea: hacer dos anillos idénticos
al que él tenía. Aquel orfebre era sumamente hábil,
el mejor de la comarca, y realizó la encomienda con la mayor
eficacia. Al regresar le entregó el anillo auténtico,
y otros dos similares que hasta se veían avejentados, de
tal manera que no se distinguían el uno de los otros.
El
hombre fue llamando, a su lecho de enfermedad, a cada uno de sus
tres hijos por separado, y a cada uno de ellos le dijo: “Aquí
tienes mi más preciada joya, un anillo que te convertirá
en un hombre amoroso, justo y bondadoso. Te pido que no se lo muestres
a nadie, hasta que yo muera”. Y así cada uno de los
tres hijos recibió y después guardó su propia
argolla.
Al
poco tiempo el padre murió, y el día de su sepultura,
cada uno de los hijos traía en el dedo anular de su mano
izquierda un anillo idéntico.
Al
siguiente día de la muerte de aquel hombre, se inició
la discusión sobre cuál de los tres anillos era el
auténtico. El conflicto llegó a mayores, y solicitaron
la participación de un viejo y sabio juez, al cual le contaron
el dilema en el que se encontraban: ¿Cuál de las tres
sortijas era el anillo genuino que le daba automáticamente
a su poseedor el amor, la justicia y la bondad?
El
juez después de cansarse con las discusiones de aquellos
tres hombres egoístas e inmaduros, les pidió silencio
y dictó su veredicto: “Váyanse a sus casas,
y puesto que dicen que la argolla auténtica que les heredó
su padre les concede a sus poseedores el amor, la justicia y la
bondad, aquel que viva el amor, la justicia y la bondad es el que
tiene el anillo verdadero”.
9.-
Muy querido amigo:
No
quiero caer en un mediocre irenismo, ni en un engañoso e
ingenuo ecumenismo falso y adormilado.
Yo
soy el primero en confesar que Jesucristo
no es un camino más sino el Único Camino,
que el Señor no es una verdad más de las que se han
predicado en el mundo sino que Él es la Verdad absoluta,
y que Jesucristo no es una opción más de vida sino
que en Él está la Vida verdadera,... pero yo soy el
primero que debo vivir lo que creo, enseño y celebro.
Detrás
de nuestras muchas discusiones y ataques entre cristianos. ¿Quién
tiene el anillo auténtico? Creo firmemente que en la Iglesia
católica subsiste el depósito de Aquel que es el Camino,
la Verdad y la Vida,... pero creo también en lo siguiente:
Hace falta vivir el amor, la justicia y la bondad.
10.-
Ya no son estos los días de vivir separados. Nuestra fiesta
del día de hoy nos dice que todo el universo está
llamado a una comunión grande y solemne. Ni la Iglesia ni
el mundo puede convertirse en un agregado de átomos, de células
o de mónadas. Somos un organismo.
Entendamos
que ser cristianos es tener la capacidad de que nuestro corazón
se ponga a latir a un ritmo cósmico. Desgraciadamente este
corazón que llamamos cristiano, ni siquiera ha aprendido
a latir a un ritmo humano...
Para
que nuestro mundo sea verdaderamente cristiano, es preciso que un
día seamos por lo menos humanidad.
El
cristianismo debiera ser, para todos nosotros los bautizados, esa
aventura colectiva de la humanidad en la que hay un lugar para cada
una de las aventuras particulares.
11.-
¿Y los gentiles? ¿Son evangelizados los gentiles de
hoy? ¿Son atendidos e incluidos por la Iglesia en el cuerpo
de Cristo? Pero, ¿no existen en todas partes los alejados,
los marginados, los olvidados por la Iglesia, por los cristianos?
Abundan. ¿No debemos ir también a ellos, e incluso,
a ellos ante todo?
Quizá
muchos cercanos se han vuelto lejanos a causa de nuestra impertinencia.
Si no lo crees, entonces un día, sólo un día
en lugar de dedicarte a pasar lista de los presentes toma la lista
de los ausentes...
El
redescubrimiento y el cumplimiento de la misión de ir a los
gentiles, daría hoy a la Iglesia una vitalidad que está
necesitando; una vitalidad insospechada, porque hoy como siempre,
los que están fuera y lejos pueden ser los más disponibles
a la fe.
LUZ, ALEGRÍA Y REGALOS.
“Y
lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para
ellos en la posada”.
1.-
Más tarde el Señor nos dirá: “Llamad
y se os abrirá”. Pero para su madre,
que entonces le llevaba en su seno bendito, las puertas permanecen
cerradas y los hombres dentro, apostados detrás de la fortaleza
de su egoísmo, dispuestos a no ceder ni un palmo de terreno.
Para
él no había sitio. Tiene que ir a nacer fuera de la
ciudad. Fuera de la ciudad morirá también.
Interiormente
todos nos hemos sublevado contra aquellos miserables que le han
cerrado las puertas a un Dios que viene a nacer con nosotros.
Pero,...
¿no será una falsa indignación la nuestra,
un cómodo subterfugio?
Porque
seamos sinceros, nosotros en realidad nos portamos mucho peor. Claro
que hemos adquirido un mayor nivel social y nos repugna el hecho
de dejarlo abandonado fuera de la puerta. Somos gente con más
educación. No somos como aquellos villanos tan egoístas.
¡No!
No le hemos dejamos físicamente fuera. Pero sospechamos el
peligro, nos damos cuenta que para nuestros egoísmos su presencia
puede ser poco grata, advertimos que nos puede molestar y que tal
vez tengamos que defendernos de él, o, por lo menos, de algunas
de sus enseñanzas.
Somos
muy educados y no le hemos dejado fuera. Pero con nuestros muy finos
modales, valiéndonos de nuestros sumamente exquisitos conocimientos
diplomáticos, llegaremos a conseguir que su presencia nos
resulte “innocua”. ¿Qué quiere decir innocua?
Inofensiva, inerte, inocente.
2.-
Y, así hemos inutilizado la Navidad. Nuestra actitud ha sido
más detestable que la de aquellos que le dejaron a la puerta.
¿Por qué?
Cristo
es quien nos ha traído la luz. Pero nos dimos cuenta de que
su luz nos molesta; es indiscreta, se cuela por todos los rincones,
descubre nuestras miserias y limitaciones, nuestros egoísmos
y mezquindades.
Nos
hemos dado cuenta de que la luz de Cristo no es ornamental sino
funcional. Su luz no es un adorno, sino que compromete. Exige cambios
dolorosos en nuestra existencia y esto no nos agrada.
Es
una luz provocativa, que para muchos puede llegar a ser fastidiosa.
Y nosotros, lejos de dejarnos “arrollar” por esa luz
maravillosa, lejos de rendirnos ante ella, decidimos hacerle competencia,
oponiendo nuestros pequeños y ridículos farolillos
de color.
Y
como señal de nuestro infantilismo, nos cubrimos los ojos,
para defendernos de esa luz que llenó con su resplandor la
cueva de Belén.
Queremos
neutralizar la luz con las manos pegadas a nuestros ojos.
Y
no queremos darnos cuenta del Dios que piensa en el hombre con amor,
que ha bajado hasta el hombre, que se acerca hasta el hombre, ¡Qué
se hace hombre! Un Dios que se hace caminante para recorrer junto
a nosotros el mismo camino, compartiendo nuestras penas y miserias;
nuestras lágrimas, angustias y esperanzas. Un Dios que viene
a traernos la salvación. A todos. Un Dios que se revela como
misericordioso.
3.-
Este mensaje debería iluminar nuestra vida y llenarnos de
alegría.
Alegría,
porque el anuncio le da al hombre una nueva posibilidad que podría
parecer una locura. “Dios se ha hecho hombre para que el hombre
pueda encontrarse con Dios”. Pensándolo bien, habría
que volverse locos. Pero,... ¡Locos de alegría!
Pero
no es así. Despreciamos la alegría de Dios. Cristo
nos ha traído una felicidad que traspasa nuestros horizontes
terrenos. Y le consideramos un intruso, un aguafiestas, un enemigo
de nuestra alegría. Como si Cristo viniera a robarnos la
tierra o a envenenar esos codiciados manjares terrenos en los que
hundimos a diario nuestros dientes y nuestras uñas.
¿La
alegría de Dios? Que nos deje en paz saboreando nuestras
ridículas alegrías humanas, plácidamente atrincherados
en la lóbrega guarida de nuestro egoísmo...
4.-
Sobre este egoísmo, quisiera hoy compartirte uno de los mensajes
más lamentablemente ciertos y disfrutablemente dolorosos.
Se
trata de un mensaje contenido en un libro que en el año de
1974 hizo su aparición. Fue escrito por Gerda Klein y se
titula: La Rosa Azul. A continuación te comparto una visión
rápida sobre el contenido del mismo:
“Jenny
es una niña, una chiquilla encantadora de ojos castaños
y de cabellos también color castaño oscuro.
Si
los cabellos se le vienen sobre los ojos, los aparta a un lado,
pero no se lleva la mano directamente a la frente como cualquier
otra niña.
En
vez de ellos, hace revolotear la mano como una flor al abrir sus
pétalos. Y luego aparta los cabellos que le cubren los ojos.
Y
es que ¿saben? Jenny es diferente. ¿Diferente? Sí,
diferente de la mayoría de las niñas.
Porque
sin duda no todos hemos de ser iguales, de pensar igual, o de obrar
de igual modo, ni tener igual aspecto.
A
mis ojos, Jenny es como una rosa azul. ¿Cómo una rosa
azul?
¿Alguien
ha visto alguna vez una rosa azul? Hay, claro, rosas blancas y rosas
de color rosa; hay rosas amarillas y, por supuesto, a montones,
rosas rojas. Pero ¿rosas azules?
Todo
buen jardinero quisiera cultivar una rosa azul. Sólo por
verla, muchedumbres enteras vendrían de lejos. Sería
una rosa singular, diferente y bellísima.
También
Jenny es diferente. Por eso a su lado, semeja una rosa azul.
Cuando
Jenny vino del hospital a casa era una muñequita de color
de rosa, con su carita tierna y redondeada, que lloraba más
que otros niños.
¿Por
qué? Porque tal vez veía otras sombras que le amedrentaban.
Percibía quizá sonidos que eran extraños para
ella. Ya un poco mayorcita, Jenny estaba siempre al lado de su madre
y se abrazaba a ella con fuerza.
Les
diré: cuando un gatito pierde la cola, se le afina el oído,
según cuentan. Es verdad que la cola les ayuda a correr más
de prisa, pero un gato sin cola oye mejor y percibe las pisadas,
más pronto que otros gatos.
Cierta
gente ignora que tal gato tiene un oído finísimo:
sólo sabe que le falta la cola. No faltan niños crueles
que al mirarlo hacen mofa diciendo: “¡Ese gato no tiene
cola! ¿Ese gato es un rabón!”
Jenny
corría a veces en busca de su madre y la abrazaba con fuerza
sin más ni más. Al menos, sin razón aparente.
Y
así acabamos comprendiendo que Jenny vivía en un mundo
diferente, en cierta forma para nosotros desconocido. Empezamos
a creer que habitaba en un mundo en el cual quizá nosotros
no nos sintiéramos como en el propio. Tal vez, el ir a él
equivaldría de algún modo a emprender un viaje a otro
planeta.
Podría
decirse que Jenny se halla detrás de un biombo, un biombo
invisible para nosotros. Tal vez esté pintado de hermosos
colores. Es posible que estos colores la distraigan y que a veces
le impidan prestarnos atención cuando le hablamos. O quizá
sea que escucha una música que no alcanzamos a oír.
Se asegura que los peces usan un lenguaje y una música que
sólo ellos perciben y que las olas les traen. Una música
que no podemos oír porque el oído humano no es bastante
sutil.
Así
pues, Jenny quizá perciba sonidos no oídos por nosotros.
Tal vez por eso, de pronto, suele dar un salto y entregarse a su
danza desgarbada.
En
ocasiones, me figuro que Jenny es como un pájaro, un pajarillo
de alas muy pequeñas. Para un ave así, el volar es
muy difícil: le exige más fuerza, mayor trabajo, más
tiempo. Para el ave de alas normales, volar es natural, más
el pájaro alicorto ha de esforzarse más para aprender.
En cierto modo, tiene que ser más listo.
Y
por tanto, debemos aprender cuánto ha logrado Jenny luego
que aprende algo.
Más
existe otra Jenny. Esa Jenny que, cuando sopla el viento, alguna
tarde del tormentoso invierno, se está en su mecedora, a
solas, meciéndose, arrullando a su muñeca en brazos.
Se siente conturbada y perpleja, y murmura despacio:
“Mamita,
Sally dice que soy retrasada. ¿Qué quiere decir con
eso, mamita? ¿Retrasada? ¡Retrasada!, repiten los niños
y se ríen”.
“¿Por
qué ríen, mamita? ¿qué significa retrasada?”
Muchas
cosas hay que Jenny no puede comprender. Y hay muchas cosas que
otras personas no entienden al tratarse de Jenny: que Jenny es como
un gatito sin cola; que es otra la música que llega a sus
oídos; que Jenny es como un pajarillo alicorto y que por
ello requiere mayor protección.
Jenny
es como una rosa azul, delicada y exquisita. Y siendo tan pocas
las rosas de color azul, sabemos muy poco de ellas.
Sólo
sabemos que son muy pocas en el jardín de Dios, que hay que
cuidarlas con mayor celo. Y amarlas más aún.”
5.-
Amigos: La fiesta de la Navidad ya vivida, la de la Sagrada Familia
celebrada, la de la Maternidad Divina tan cercana y la fiesta de
la Epifanía que hoy celebramos con gran júbilo, nos
hablan del Dios que nos ha traído sus dones, o mejor dicho,
Él mismo se ha hecho don. El don por excelencia.
Y
muchos nos engolosinamos ridiculamente acariciando esos paquetes
con nuestros insignificantes regalos.
El
Señor nos invita para que vivamos la Navidad convirtiéndonos
en luz para los demás. Cristo quiere que nos convirtamos
en alegría para los hombres, que seamos testigos de la alegría
cristiana al llevar un mensaje de salvación y no de condenación.
Jesucristo nos pide que seamos nosotros mismos un regalo, un don
para los demás. Que hagamos de nuestra vida una entrega sin
reservas. Para todos.
Porque
el cristiano ha de sentirse deudor de todos sus semejantes, especialmente
de las rosas azules que están en el jardín de Dios.