Domingo 21 de Enero de 2007_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

¡QUÉ DIFÍCIL ES PREDICAR EN NAZARETH!

“Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros, tal y como nos las transmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación. Yo también, ilustre teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo, desde sus principios, pensé escribírtelo por orden, para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado.

Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazareth, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

 

1.- Muy querido amigo:

Imagínate, por un solo momento, que el Señor nos hubiese pedido que fueramos tú y yo los o las responsables de realizar el diseño de su presencia en nuestra historia. Piensa, por un solo instante, que el Señor Jesús te hubiese solicitado que te encargaras de elegir el lugar geográfico en el que debería haber nacido, el tiempo histórico oportuno para que esto aconteciera, la estación anual y la casa para su nacimiento; así también,... el tiempo adecuado para que Él iniciará su presencia y su predicación pública, así como el número y la identidad de sus apóstoles, y si fuera posible también el desenlace de la trama salvífica, entre otras muchas cosas...

Ubicándonos en el Evangelio del día de hoy. ¿Qué lugar te hubiera gustado escoger para que el Señor Jesús iniciará la predicación del Reino de los Cielos? ¿En dónde poder dar la primer enseñanza? ¿Cuál es el sitio idóneo para que Él nos diese el primer sermón? Se trata de ese primer auditorio elegido para que sean receptores del primer mensaje de salvación emitido por Aquel que es la Palabra e Hijo eterno del Padre.

¿Qué lugar te hubiera gustado para la primera homilía? ¿En que localidad te habría agradado que nos diera las primeras palabras de vida eterna? Sin lugar a dudas, algunos pensarían en Ur de Caldea, puesto que el Señor va a iniciar la formación del Nuevo Pueblo Elegido... Estoy seguro, que algunos también han pensado en el Mar Rojo, ya que con el Señor Jesucristo se estaba iniciando el verdadero éxodo para todos los hombres... Otros optarán porsiblemente por el Monte Sinaí, puesto que ha sido Jesucristo el que ha perfeccionado la ley mosaica y quien nos ha entregado su mandamiento nuevo... No pocos, pensarán en el interior de un Templo de Jerusalém como el sitio idóneo para la primera enseñanza de Aquel que nos trae la Nueva y definitiva Alianza en su Cuerpo Precioso y en su Sangre Santísima.

2.-     Y, sin embargo, tenemos que abrir bien los ojos para descubrir el lugar elegido por Dios. ¿Cuál fue el lugar que le gustó a Jesús para iniciar su ministerio de enseñanza? ¿Cuál ha sido el auditorio elegido para predicar?

Se trata de la Sinagoga de Nazareth...

Sí...., se trata, ni más ni menos, que del pueblo de su infancia. Su auditorio está formado por todos esos rostros de gente que le vio crecer e irse haciendo un hombre aparentemente como cualquier otro. Ellos son las personas que le vieron en su niñez, en su juventud y que le han visto convertirse en un adulto. Se trata de sus vecinos, de sus amigos, de sus parientes, de los clientes de la carpintería, de sus compañeros de los estudios, de la gente que le conoce. Tú sabes,... ¡En los pueblos toda la gente se conoce!

Y podríamos decir que,... escogió el lugar más complicado, y el público más exigente. Se trata de todos aquellos hombres y mujeres con los que el Señor convivió no durante 3 años de su vida, sino a lo largo de 30 años de su existencia. Ellos y ellas aparentemente conocen a la perfección sus días y sus noches, sus primaveras y sus inviernos, sus proyectos y sus realizaciones. Ellos han visto su rostro en las alegrías y en las humanas incertidumbres. Ellos le ubican en el barrio, le han visto cuando iba al brocal del pozo a llevar el agua para su hogar, van a la misma Sinagoga, han ido a su taller.

Ellos le conocen cuando en su infancia jugaba en el parque y cuando siendo un joven platicaba con soltura con los amigos. Se trata de aquellos que compartían las mismas calles y los mismos caminos que Él andaba y que desandaba cargando los maderos para la carpintería; le veían llevar a entregar aquellos encargos que se le hacían a ese varón justo, llamado José, el artesano de la madera, el carpintero, ellos dicen con acierto ¿No es este el Hijo del carpintero? Le conocieron en esas aulas del colegio en las que aprendió el alefato; en donde se instruyó para contabilizar las dracmas, los denarios, los talentos y los ases; en donde se le enseñó sobre las medidas de capacidad en los odres así como sobre todos los cánones para las longitudes.

Ellos le han visto sudando en el trabajo y al recorrer sus calles. Su rostro les es demasiado familiar, aún cuando desde su juventud, al salir del taller de su padre traía residuos de serrín en sus barbas y polvo de madera en sus ropas.

3.-     Se trata en realidad del auditorio más difícil: ellos son los que te conocen más y los que te exigen todavía más, o de no ser así no te ofrecen su atención. Se trata de aquellos, que también en muchas ocasiones, se van acostumbrando a tu presencia y para quienes te conviertes en alguien ordinario, eres parte del paisaje del horizonte o del mobiliario inventariado de las habitaciones de este pueblo. Aquellos que te conocen tanto, y a los que les resulta demasiado difícil reconocer algo extraordinario o un cambio sustancial en aquello o en aquellos con los que lamentablemente se han familiarizado en demasía.

¡Qué difícil es predicar en Nazareth! Pero es allí, en donde se tiene que empezar.

Cuando los sacerdotes recién ordenados vamos a celebrar nuestra Primera Misa se acostumbra en la Iglesia Católica que lo hagamos en nuestra Nazareth, en nuestra Parroquia, en nuestro barrio, con nuestra familia, con los compañeros de la escuela, con aquellos jóvenes con los que convivimos en los grupos parroquiales; con toda esas personas, que durante tanto tiempo esperaron este día y este momento, como lo esperamos cada uno de los que anhelamos un día ser ordenados a favor de nuestro pueblo.

Se trata de esas caras tan conocidas, aquellos que conocen tus procesos o tus retrocesos, tus progresos o tus regresos,... y es allí en donde hay que ofrecer la primera predica.

Allí no hay margen de engaño. Te conocen, te han visto, saben si eres congruente o si no lo eres. Te escucharán con atención o te reclamarán las imprecisiones y las incoherencias.

4.-     ¿Es difícil predicar en Nazareth?

Sin duda este auditorio es el más exigente. Pero, puedo decir que allí las celebraciones pueden convertirse, por la gracia de Dios, en las más hermosas y en las más fructíferas.

Pero,... no se trata solamente de un sermón aislado para un solo momento de la vida, sino de la Evangelización de nuestro Nazareth. Muchos de nosotros preferimos predicar en otras latitudes. Si nos dieran a escoger, optaríamos por ir hoy mismo a los mismísimos confines de la tierra y hasta a otras Galaxias del universo; pero no hacerlo en Nazareth.

5.-     Somos tantos, incluyéndome yo mismo, los que Evangelizamos a medio mundo, pero que nos olvidamos de nuestro Nazareth. Hemos iluminado copiosamente las calles y hemos mantenido nuestras casas en la más profunda oscuridad; nos hemos convertido en excelentes jueces de procesos ajenos y en nuestra propia casa se viven las peores injusticias...

Se trata de esos padres de familia tan buenos para aconsejar a medio mundo, pero que no han sabido ofrecer una sola recomendación, sugerencia, advertencia, indicación, aviso o exhortación a los que han procreado para la vida y para la fe cristiana. Se trata de la esposa que recomienda reconciliación conyugal a su vecina y que en el seno de su matrimonio tiene tanto tiempo sin ofrecerle una sola palabra a aquel que es castigado con el lacerante flagelo de su silencio y del desprecio de aquella a la que más ama en la vida. Se trata de tantos hijos que somos tan apostólicos en nuestras comunidades parroquiales, y hasta en misiones veraniegas, pero que no nos preocupamos de hacer una sola oración para bendecir los alimentos al sentarnos en la mesa de nuestro hogar...

6.-     ¡Qué difícil es predicar en Nazareth!

Hoy que hablamos de nuestro Nazareth y sobre nuestra predicación en nuestro Nazareth, te quería compartir un texto sumamente significativo, en el que Santa Teresita del Niño Jesús, nos enseña cual es la verdadera doctrina religiosa en su relato autobiográfico: La Historia de un Alma:

 “Este año..., Dios me ha concedido la gracia de comprender qué es la caridad; antes yo la comprendía, es verdad, pero de manera imperfecta: No había profundizado todavía en aquellas palabras de Jesús: “El Segundo Mandamiento es semejante al primero: tú amarás al prójimo como a ti mismo”. Yo antes me había dedicado sobre todo a amar a Dios, y amándole a Él me di cuenta de que era menester que mi amor no se tradujese solamente a palabras, ya que no son los que dicen: ¡Señor, Señor!, los que entran en el Reino de los Cielos, sino aquellos que cumplen la voluntad de Dios”. Esta voluntad nos la ha dado, pero fue en la última cena cuando el dulce Jesús quiso darnos su mandamiento nuevo. Y nos dice con una inefable ternura: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a los otros como yo los he amado...” Al meditar estas palabras divinas, me di cuenta de cuan imperfecto era mi amor a mis hermanas, de cómo yo no las amaba con el mismo amor que Jesús”. Y concluye más tarde: “La caridad fraterna lo es todo en el mundo. Amamos a Jesús en la medida en que amamos a los demás.”

Pero,... ¿saben qué año hizo Santa Teresita este descubrimiento? Era el año 1897, ¡El año de su muerte!

7.-     ¡Cuántas veces tú y yo nos hemos topado con Cristo sin darnos cuenta! No lo reconocemos.

En ocasiones el Señor tiene el inconveniente de tener una cara demasiado conocida. Y nosotros que conocemos esa cara, no sabemos reconocerlo.

El Señor nos dice en este día, que en Nazareth están los primeros destinatarios de nuestra predicación. Y tú,... ¡sí tú!... ¿Cómo está tu Nazareth?

LA POLILLA DE LA COSTUMBRE.

Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazareth, donde se había criado.

1.-     Muy queridos amigos:

Sí el domingo pasado reflexionábamos sobre el primer milagro que el Señor realizó y percibíamos la importancia que hubiese sido durante una fiesta de matrimonio en Caná de Galilea por el hecho de que Dios allí nos muestre el cuadro de sus prioridades, y el darnos cuenta de que la familia se encuentra como su principal prioridad... el día de hoy el Señor nos muestra a los destinatarios de su primera predicación, y continúa mostrándonos su cuadro de prioridades: Nazareth, su pueblo de toda la vida, sus seres más conocidos son los destinatarios de la primera de sus predicaciones.

Cuando en nuestros días, el hombre parece haber encontrado agua sobre la superficie de Marte y ha desechado planetas convirtiéndolos en estrellas, me he estado acordando de que, hace algunos años leía en el escaparate de un negocio de fotocopiado una frase que me hizo reflexionar: “ Lo más significativo del viaje a la luna no fue que el hombre pusiera los pies en la superficie lunar, lo mejor de todo es que el hombre, por fin, puso sus ojos en la tierra.”

2.-     Con la frase anterior, pensaba en aquellos hombres que en Nazaret decían conocer a la perfección al Hijo eterno del Padre hecho hombre, y que se llegaron a acostumbrar tanto a su presencia doméstica y ordinaria, como para que no fueran capaces de reconocerlo en el momento en que manifestaba su misión mesiánica.

¿El Mesías? ¡Imposible! ¿No es éste el carpintero, el hijo de José?

Ellos esperaban al Mesías enmarcado en todo un aparato de grandiosidad. Aquel que está frente a ellos les resulta tan familiar, tan sencillo, tan común, tan cotidiano y tan conocido, que al mismo tiempo les parece que tiene tan poco de excepcional y extraordinario. No cumple con sus expectativas.

El pecado de los Nazarethanos, no es otro sino el de querer aprisionar a Jesucristo dentro de sus esquemas, el de mantenerlo cautivo en el interior de sus proyectos y diseños humanos.

Ellos, como todos los israelitas, esperaron durante tanto tiempo, que el Mesías interviniera en la historia, pero no son capaces de imaginar al Mesías con un ropaje tan humano y con el trato de todos los días. Parece que preferirían a un Mesías que actuara sobre la historia, desde fuera de la misma. Rehusan lo cotidiano de la encarnación del Hijo de Dios.

Pero, es aquí en donde se inicia la manifestación de la sabiduría divina, precisamente en donde se antoja el inicio de la locura humana. ¿Qué llegarán a pensar los Nazarethanos cuando un día se den cuenta de que la sabiduría de Dios se dirige hacia la cruz?

3.-     Nosotros también tenemos que pensar en que la presencia de Cristo se ha realizado preferencialmente en nuestro Nazareth. Y, es a los habitantes de nuestro Nazareth a los que más nos hemos acostumbrado, y con ellos les cometemos la peor de las injusticias.

El que nos acostumbremos a los seres más queridos nos conduce, entre otras muchas situaciones, a dos actitudes pecaminosas sobre las que tenemos que meditar: la minusvaloración y nuestro desamor, al ya no esperar que puedan cambiar o ser mejores en la vida.

4.-     En primer lugar, nos hace falta estar en otro lugar para poder valorar lo propio. Hace falta que un día nos ausentemos del lugar en el que nos encontramos para que entonces ponderemos lo que con gran privilegio poseemos. ¿Cuántas veces tenemos que tener los pies en la superficie lunar para que podamos tener los ojos en la belleza de nuestro planeta?

Pero, resulta que cada uno de nosotros nos acostumbramos a lo más grande, y aún a lo más sagrado. La polilla de la costumbre se encuentra destruyendo, en la infravaloración, nuestro propio Nazareth.

5.-     El segundo pecado que se engendra por la costumbre es el del desamor hacia los seres más queridos. En el desamor ya no les damos la oportunidad de cambiar. Dejamos de esperar en ellos, todas sus posibilidades están agotadas. Sus rostros y sus personas se encuentran ya clasificados en nuestros lamentables archiveros mentales.

No me deja de resultar difícil, el comprender ¿cómo es posible que una generación abierta al cambio en todos los niveles de la vida, que le ha tocado vivir una época en que lo único permanente parece ser el cambio, sea tan impermeable para comprender que hay realidades de mucho más contenido y valor que también pueden cambiar?

Sabemos que el mundo cambia, pero no somos capaces de pensar que la persona también va cambiando. Aceptamos el perfeccionamieto en tantas áreas, pero no le damos la oportunidad a las personas de ser mejores. Contemporizamos en lo que se refiere a lo material, pero en cuanto a las personas nos mantenemos conservadores. Con las cosas vamos a la vanguardia y con las personas nos mantenemos a la retaguardia. Las cosas pueden cambiar pero no se lo permitimos a las personas.

Se trata de ese nuestro acostumbrarnos a Nazareth, que nos ha hecho tanto daño.

6.-     Hoy, en día, la sabiduría divina se sigue manifestando en lo que tantos de nosotros apreciamos como una nueva locura.

En la actualidad, existimos una buena porción de nuevos Nazarethanos. Aquellos que decimos conocer demasiado a Jesús, y que no le reconocemos en el rostro del hombre.

Nosotros también hemos fabricado nuestros estereotipos del rostro divino y rehusamos las diferencias. Nos negamos a ver a un Dios que se revela en el rostro del hermano.

Se nos olvida que Jesús ha querido seguir presente en sus discípulos, es a Él a quien se le persigue cuando se persigue a los cristianos; y que también ha querido seguir adoptando los rostros más ordinarios: el enfermo, el hambriento, el sediento, el forastero, el encarcelado, el desnudo... Parece que hemos olvidado que Jesús no se ha marchado y que ha querido quedarse aquí abajo en los más sencillos.

7.-     El Señor sigue presente en los rostros conocidos y en los desconocidos. Sin embargo, puedo afirmar que, aunado a la frecuencia del trato, se encuentran esos pecados que nos hacen ignorar el rostro de Cristo, más en los cercanos que en los lejanos.

El rostro de Cristo está también en la faz de los padres, de los hermanos, de los parientes, de los vecinos y de los amigos. Pero, es en nuestro Nazareth, en donde nos resulta más difícil percibir la presencia del Dios que se ha encarnado.

Escribía Friedor Mijailovich Dostoievski en “La Pobre Gente”: “Me resulta fácil amar a la humanidad, así, en general y en abstracto, cuando la imagino doliente y heróica; lo que me resulta tremendamente difícil es llegar a amar y comprender a cada personaje distinto a mi forma de pensar y sentir durante un largo tiempo”. ¿Y sabes? Lo más difícil es amar y comprender a los que viven con nosotros.

La rutina y la costumbre se han convertido en vicios con los que debemos luchar en el seno de nuestra familia. Es terrible pensar que podemos destruirnos a fuerza de conocernos. ¿Cuántos hijos son mejores lejos de su familia que en su seno? La razón estriba en que afuera hay quien cree en ellos y dentro de la familia ya todos le conocemos. ¡Ya no esperamos en ellos! ¡Ya nada nos sorprende de ellos!

Respóndete a las siguientes preguntas: ¿Sigue creciendo tu esposa o tu esposo? ¿Tus hijos crecen en la vida diaria? ¿Tus hermanos siguen desarrollándose en la vida cotidiana? De no ser así, es posible que encontremos la explicación en la monotonía de nuestro acostumbrarnos a las personas.

8.-     Han sido varias las veces en que me he encontrado con personas que conocen mejor que yo a mi padre, o que conocieron a la perfección a mi madre, que de Dios goza,... que son capaces de reconocer su trabajo, su sencillez, su servicialidad, su honestidad y su hospitalidad. ¡Qué lástima que los hijos seamos los últimos en valorar a los que tenemos y que sea, entonces, cuando ya no los tenemos, cuando los valoremos adecuadamente y con justicia!

Te hace falta que un día salgas o que pierdas lo que tienes para que al tener los pies en otra  parte puedas dirigir la mirada hacia aquellos que tienes y hacia el mundo en el que vives rutinariamente.

El maestro Amado Nervo lo decía de una forma muy bella: “La ausencia es el ingrediente que le devuelve al amor el gusto que la costumbre le hizo perder”.

A propósito de lo anterior te quería comentar que el año pasado me encontré con este pensamiento que ahora te quiero compartir y que su autor o autora le ha titulado: Réquiem para un Marido Muerto.

“        A todas las parejas que han callado cosas hermosas, y no han hablado a tiempo.

A quienes no supieron perdonar. A los que sólo vieron lo malo en el otro. A quienes se fueron separando poco a poco. A quienes no supieron conservar el amor. A quienes no vieron claro, hasta que fue demasiado tarde. A todos los que andan mal en su matrimonio, con la esperanza de que aún están a tiempo: Ahí estás. Frío y callado, ya que no puedes hablar, ni yo contigo me puedo comunicar. Aunque cuando estabas vivo ya no podíamos conversar, sólo nos dedicábamos a pelear. De novios, yo te admiraba y para mí eras un verdadero galán, a ti te debe haber pasado igual por eso nos casamos.

¡Oh Dios, cuánto nos amábamos! Después algo perdimos y nunca lo buscamos, así fue como nos separamos ¿dónde fue?, No lo sé, pero algo pasó y nos volvimos dos extraños.

Una tremenda soledad de dos seres separados, viviendo como enemigos, hasta a los hijos los usábamos para enfrentarnos y, ¿sabes?, Ahora me sucede algo muy extraño; siento remordimiento, una sensación de culpabilidad ¿porqué no luché más?, ¿Porqué no guardé silencio?, ¿Porqué no te amé y perdoné más? No lo sé, en algún lugar perdimos el camino y nos separamos.

También veo las mil cosas que hacías y me parecían sin importancia. Pero, ¿sabes? De algo estoy segura; sí yo estuviera en tu lugar, igual sentirías respecto de mí, y te arrepentirías y lo lamentarías. Pero ahora ya nada podemos hacer. Tan sólo con lágrimas en los ojos te dedico este Réquiem para un marido muerto."

9.-     Queridos Nazarethanos: Hay que comenzar a reconstruir muchos de nuestros hogares. Los cónyuges deben volver a reubicarse en su papel de compañeros de viaje, de “ayuda adecuada” el uno para el otro; tal como Dios lo había planeado desde el principio de la creación. Pidámosle a Dios que fumigue nuestros hogares contra la polilla de la costumbre que los está destrozando.

VESTIRÉ DE MORADO.

Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto, impulsado por el Espíritu, fue también a Nazareth, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

1.-     Muy queridos amigos:

Todos los hombres detestamos la soledad, aún y cuando los cristianos aceptemos que hay una soledad que puede ser fructífera como la que vivió el Señor en Getsemaní, el monte de los Olivos.

Sin negar que los grandes santos han pasado por la soledad de la noche oscura y que ahí han tenido el encuentro más privilegiado de su vida, debemos recordar que no es la soledad lo que Dios había proyectado ni lo que tenía en su pensamiento para los hombres: “No está bien que el hombre esté sólo”. Y, sin embargo, somos tantos los que sufrimos esa lacerante enfermedad, que se ha convertido en epidemia, llamada soledad.

Una de las soledades que más hace sufrir a los seres humanos es aquélla que se experimenta cuando se está rodeado de personas, y cuando esas personas son la que en teoría deberían amarnos más y mejor.

Se trata de todo un mundo de gente que está en tu entorno y que, sin embargo, están tan distantes que te llegas a sentir tan sólo, precisamente por sentirte incomprendido o por que son indiferentes hacia tu persona y lo que vives.

En este tipo de soledad, el egoísmo suele ser el factor detonante y destructivo en la vida de las personas y de nuestras familias. Nos hemos vuelto tan autosuficientes, que no nos damos cuenta de que hemos llegado al grado de vivir en soledades compartidas.

Y llegamos a acostumbrarnos, de tal manera que no somos capaces de valorar y, por ende agradecer. No valoramos la cosas, las situaciones, los talentos y las personas a los que nos hemos acostumbrado.

Nos hemos acostumbrado a nuestros padres, a nuestros hermanos, al esposo y a la esposa, a los hijos. Se ha vuelto una costumbre el levantarnos cada día, el respirar, el alimentarnos, el caminar, el mirar, el escuchar... ¡Algunos nos hemos acostumbrado a las cosas más sagradas!

Algunos le llaman a la costumbre el síndrome del sacristán, quien de tanto sacudir las cosas sagradas les pierde el respeto. ¡Esto lo debería yo pensar a fondo como sacerdote!

2.-     Obviamente, al acostumbrarnos a todo lo anterior, no lo agradecemos en su oportunidad. Sin embargo, al perderlo solemos reclamarle a Dios por aquello que consideramos injusto que nos pase a nosotros. ¿Qué curioso que al carecer de algo o de alguien nos volvamos sensibles y le reclamemos a Dios aquello que jamás agradecimos mientras conservábamos?

¿Te parece extraño lo anterior? ¿Me podrás creer que lo mismo les sucedió a los hombres y mujeres de Nazareth en los tiempos del Señor?

Hoy el evangelio nos narra la primera visita que el Señor Jesús hace, durante sus 3 años de vida pública, a su propia tierra. Él también tiene que enfrentarse al compacto muro de la desconfianza y de “los que se acostumbran a las personas”.

Y sus paisanos se escandalizarán más adelante por su causa. Lo conocen tanto que no lo reconocieron.

El Hijo eterno del Padre también se enfrentará al inconveniente de tener una cara demasiado conocida para la gente de su tierra. Les parece algo tan familiar su rostro, su vida, su familia. Le han visto por los caminos, en la fuente, en los juegos de la infancia, en el colegio...

Todos coinciden en que es el “hijo del carpintero”, conocen a sus padres y a sus parientes. Sin embargo, no estarán dispuestos a arrodillarse frente a aquel paisano suyo, a quien creían conocer plenamente.

Y es la fuerza de la costumbre lo que les permitió conocer tanto al carpintero y, que al mismo tiempo, no les permitió reconocerlo en lo que Él era en la más grande de las realidades.

3.-     Nosotros vivimos lo mismo, en ocasiones, en nuestra relación para con Dios. Pero también es frecuente, en ocasiones, para con aquellos que están a nuestro lado. ¿Qué nos pasa en la vida diaria?

La peor de las soledades es la que se vive acompañado de los propios. Lo peor que puede sucederle a cualquier hombre es que muramos en la soledad teniendo personas bajo el mismo techo, y hasta en el mismo lecho.

4.-     ¿Sabes? Es nuestra costumbre la que se encarga de someter a la más despiadada cuadricatura a las personas que amamos, y la que aparte de impedirles ser como ellos quisieran ser nos hace negarles algunas cosas que pudieran realizar.

Y es nuestra rutina quizá lo que provoca la insatisfacción de aquellos que han sido castrados por nuestro etiquetamiento, y es esto quizá lo que reclaman los poetas, así los modernos como los antigüos.

Escribía Jenny Joseph en su libro de poemas: “Rosa del atardecer” el siguiente texto:

Cuando sea vieja,
Vestiré de morado
Con un sombrero rojo que ni haga
Juego ni me quede bien
Y gastaré el dinero de mi jubilación
En cognac y guantes de verano
Y sandalias de raso,
Y diré que no hay dinero para
Comprar más mantequilla.

Me sentaré en el pavimento
Cuando esté cansada
Y devoraré muestras en las tiendas
Y oprimiré los botones de alarma
Y golpearé con mi bastón
Los barandales de la calle
Y compensaré la austeridad de mi juventud

Saldré a caminar bajo la lluvia
En zapatillas
Y aspiraré la fragancia de las flores
De jardínes ajenos.

Pero tal vez deba aprender
A hacer esto desde ahora.

Así la gente que me conoce
No se asombrará ni se escandalizará
Al ver que de pronto soy vieja
Y empiezo a vestir de morado.

¿Por qué no llevar de vacaciones a tus seres queridos? ¿Por qué esperar a que formen parte del club de ancianos que visitan Dysney? No estoy en contra de que eso acontezca, pero creo que durante nuestra vida vigorosa podemos también disfrutar decorosamente de los dones de Dios.

Hay quien puede ir al sur del Estado ¡magnífico!, hay quien tomará un crucero por entre los glaciares ¡Buen provecho!

Lo importante no es el lugar sino el descanso, lo importante no es el espacio sino la compañía, lo importante no es el regalo sino el afecto. Lo importante no será nunca el florero sino la flor.

5.-     Es este mismo temor de la soledad y de la injusticia que nos provoca la polilla de la costumbre lo que le hizo a Don Gustavo Adolfo Becquer escribir su Rima Sacra LXI y desplazar esta terrible sensación de abandono hasta la misma vivencia de la enfermedad e incluir el momento de la muerte.

Al ver mis horas de fiebre
E insomnio lentas pasar,
A la orilla de mi lecho,
          ¿Quién se sentará?

          Cuando la trémula mano
Tienda, próxima a expirar,
Buscando una mano amiga,
          ¿Quién la estrechará?
          Cuando la muerte vidríe
De mis ojos el cristal,
Mis párpados aún abiertos,
          ¿Quién los cerrará?

          Cuando la campana suene
Si suena en mi funeral,
Una oración al oírla,
          ¿Quién murmurará?

          Cuando mis pálidos restos
Opriman la tierra ya,
Sobre la olvidada fosa,
          ¿Quién vendrá a llorar?

          ¿Quién, en fin, al otro día,
Cuando el sol vuelva a brillar,
De que pasé por el mundo,
          ¿Quién se acordará? 

¿Cómo viven nuestros seres más queridos su ancianidad, su enfermedad y el encuentro definitivo con Dios? Sería lamentable el sólo pensarlo que aquellos que nos ofrecieron su compañía ahora estén abandonados, que aquellos que lucharon por sus hijos ahora estén viviendo la peor de las orfandades, que aquellos que nos dieron nuestra vida ahora estén sólos cuando se extingue su propia vida.

¡Qué lamentable es nuestra torpeza! Aquello que nos falta, es lo que apreciamos mucho más de lo que tenemos. El jardín del vecino verdea más que el propio, el libro del estante se nos empolva sin leerlo jamás y, cuando alguien se lo lleva, lo extrañamos. La viejecita sentada en el sofá, pasa días inadvertida, porque allí está. Luego se muere y al ver ahora la silla vacía, duelen los ojos con lágrimas ardientes y el corazón sufre de soledad, de vacío y de nostalgia.

Nos acostumbramos a las personas que no les ofrecemos lo que podemos ofrecerles cuando lo pueden disfrutar. Un día queremos comprarles el sueter que no les compramos o les queremos llevar al cine al que no les hemos llevado o de vacaciones cuando no tuvimos tiempo durante toda nuestra vida.

Oye,... ¿Por qué no eres capaz de gastar un poco de tu patrimonio para dejarles a tus seres queridos una herencia de afecto?

Hay quien pensando en el mañana no es capaz de vivir en el presente: y el Señor nos invita a pedir el pan de cada día, a tomar la cruz de cada día y a que comprendamos que cada día tiene sus propios afanes, aún en nuestro mismísimo Nazareth en donde las cosas se pueden hacer como de costumbre, pero no en ese mezquino acostumbrarnos a lo más sagrado.

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