Domingo 28 de Enero de 2007_______Pbro. Rogelio Narváez Martínez ______progelio@rosario.org.mx

 

DERROTAS QUE NO SON DERROTAS

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?”

Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo” y haz aquí, en tu tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, que era de Siria”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí”.

Momento 1

Momento 2

Momento 3

 

1.- Muy querido amigo:

Dos enseñanzas extremadamente importantes nos ofrece la Palabra de Dios de este día: hay fracasos que no son fracasos y hay triunfos que no deberían ser considerados como triunfos.

2.-     Pero,... vayamos por partes y hablemos, en este primer momento sobre esos fracasos que, analizados desde los criterios más objetivos tanto en lo humano como en lo cristiano, no  deberán ser considerados como fracasos.

Una oportunidad inmejorable nos la ofrece el texto del Evangelio de este domingo, en donde se nos presenta el rechazo que se infringe en contra del Hijo de Dios, de parte de los mismísimos habitantes de Nazareth.

El aprendizaje es, por demás sencillo y sumamente necesario para cualquiera de nosotros: las acciones que realizamos llevan siempre nuestra firma, pero las reacciones que puedebn provocar esas acciones no dependen, las más de las veces, de nosotros mismos. Y esto tenemos que verlo con la más alta expresión de madurez cristiana.

Yo te quiero preguntar: ¿Dime qué es aquello que no hizo bien Jesús como para que los suyos le negaran su aceptación? ¿Hay algo en lo que hubiese fallado el maestro? ¿Le falto algo por hacer?

El Señor todo lo hizo bien, sin embargo, el hombre en su libertad puede aceptar o rechazar el don de Dios que se le ofrece.

3.-     ¿Sábes? En la celebración del viernes santo hay un texto de dolor que cantamos al adorar la Santa Cruz: Los Improperios. Este texto ayuda a dimensionar lo que el Señor ha hecho por todosl os hombres de todos los tiempos el viernes santo. Hoy nos puede ser útil el recuperarlo:

Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
O en que cosa te he ofendido? Respóndeme.

¿Por qué yo te guié cuarenta años por el desierto
te alimenté con el maná y te introduje en una tierra fértil,
tú le preparaste una cruz a tu Salvador?

¿Qué más pude hacer, o qué dejé sin hacer por ti?

Yo mismo te elegí y te planté, hermosa viña mía,
Pero tú te has vuelto áspera y amarga conmigo,
Porque en mi sed me diste de beber vinagre
Y has plantado una lanza en el costado a tu Salvador.

Pueblo mío, ¿qué mal te he causado?,
¿Qué más pude hacer, o qué dejé sin hacer por ti?

4.-     Muy querido amigo:

En verdad que es incomprensible e injusto el proceder que tiene el hombre para con Dios y, porque no decirlo,... también tú lo has experimentado en carne propia de parte de alguien que amas demasiado. Y, es que en realidad se trata de ese misterio que brota del don de la libertad que Dios mismo le ha querido dar a sus hijos, y que tú debes reconocer en tus propios hijos ese mismo ejercicio de la libertad.

Pero,... no perdamos esta oportunidad de hacer presente la segunda modalidad de esos improperios, en donde canta el Nazareno que carga con la cruz de todos:

“        Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.

Yo te abrí camino por el mar
y tú me has abierto el costado con tu lanza.

 “       Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.

Yo te serví de guía con una columna de nubes
Y tú me has conducido al pretorio de Pilato.

 “       Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.

Yo te dí de comer maná en el desierto
Y tú me has dado de bofetadas y de azotes.

 “       Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.

Yo te dí a beber el agua salvadora que brotó de la peña
Y tú me has dado a beber hiel y vinagre.

 “       Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.

Yo puse en tus manos un cetro real
Y tú me has puesto en la cabeza una corona de espinas.

 “       Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.

Yo te exalté con mi omnipotencia
Y tú me has hecho subir a la deshonra de la Cruz.

 “       Pueblo mío, ¿qué mal te he causado,
o en qué cosa te he ofendido? Respóndeme.

5.-     ¡Oye!, querido amigo, en verdad que es demasiado fuerte a causa de nuestra inconsistencia la pregunta de Aquel que nos ha ofrecido el amor más alto y que ha recibido a cambio el desprecio más mezquino. Debiera quedar grabada en nuestra mente esta expresión de labios de Jesucristo: ¿Qué más pude hacer, o qué dejé sin hacer por ti?

Y siendo objetivos sabemos que Él lo hizo todo, que no le faltó absolutamente nada, pero,... que el mismo Dios un día se encontró con el ejercicio de la libertad con que quiso proveer al hombre y,... la respetó, aún cuando esto haya sido tan injusto y tan doloroso.

6.-     Lo mismo le sucedió a Jesús con Judas Iscariote. ¿No lo crees? ¡Espero que los programas de semana santa que hizo la comunidad judía en torno al supuesto Evangelio de Judas no te hagan perder la dimensión real en su ejercicio de libertad, así como tú y yo ejercitamos nuestra libertad!,...

¿Dime que hubo de diferencia entre lo que el Señor le ofreció a los otros once apóstoles de lo que le ofreció a aquel que le traicionó? Y la respuesta objetiva es: “nada hay de diferente”, pero Judas, como tú y como yo, fue libre. ¿Qué más pudo hacer por Judas? ¿O qué hizo de menos con él? Nada, El Señor lo hizo todo, y tú debes estar de acuerdo conmigo, de que esa historia que concluyó con el escape del Iscariote por la puerta falsa, no debería haber terminado así, sobre todo si aquel apóstol escuchó en algún momento de esos tres años junto al maestro, entre otros muchos mensajes de bondad, un pasaje narrado por el Señor y que es conocido como “la parábola del Hijo Pródigo”. ¿Cómo podría olvidar Judas aquella escena en la que se nos dice con claridad que cuando el hombre arrepentido camina hacia Dios, Dios sale corriendo para encontrarle? ¿Cómo perder de vista que ante la miseria del hombre, siempre triunfa la misericordia de Dios? ¿Cómo pudo dejar en el caracol de su inconsciencia que aquel Padre le organizó la más maravillosa de las fiestas a aquel hijo que regreso no por que amara al Padre sino por la necesidad que nos provoca el hambre? ¿Cómo pudo perder de su mirada que, conforme lo que nos ha enseñado Jesús, al Padre del Cielo no le duele que sus hijos regresen a Él más que por tener el corazón vacío por tener el estómago vacío?... Y Judas olvidó que a Dios lo que le interesa es que sus hijos regresen y que no se lastimen.

7.-     ¿Qué más pude hacer, o qué dejé sin hacer por ti?, nos recuerda también ese momento en que el Señor Jesús sube por última ocasión a Jerusalén, y al mirar a lo lejos la ciudad santa, llora al contemplar a aquel pueblo por el que realizó tantos milagros y en el que le ofreció el mensaje del amor más alto y,... al final de cuentas, ese pueblo está ya muy cercano a la realización del ejercicio de su libertad y optará contra el Señor de la gloria solicitando su crucifixión.

Cuando el Señor mira a Jerusalén derrama lágrimas de dolor: “Jerusalén, Jerusalén, la que matas y apedreas a los profetas, ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos tal como la gallina reúne a sus polluelos y tú no has querido!”

Dime ¿Qué más pudo hacer el Señor por Jesusalén, o qué dejó sin hacer por Jerusalén?, y nuestra respuesta es la misma: Él lo hizo todo, y mucho más de lo que pudiésemos haber imaginado, esperado y merecido.

8.-     Y de esta manera, podemos regresar en nuestra reflexión al texto del Evangelio de este día, en que sus mismísimos paisanos le quieren despeñar desde lo más alto de la montaña, y desde este primer momento en su vida ya se puede visualizar la sombra de esa cruz levantada en el horizonte del Gólgota, y debemos comprender que ni una situación ni la otra pueden significar un fracaso, ¡no lo es!, aunque lo parezca.

No puede ser fracaso, sin duda ¡porque existe la resurrección!, pero también porque el Señor cumplió su misión de la manera más excelsa aún cuando el hombre se quede sumergido en su egoísmo.

Y de esta manera la Cruz mucho más que ser un árbol de la muerte se ha convertido en el árbol más fértil que existe, ¡nunca había existido un árbol que produjera tantos frutos!

9.-     Hay fracasos que no son fracasos y el Señor nos lo ha mostrado con plena claridad.

Y, es aquí en donde viene una enseñanza para todos nosotros que pretendemos tener el control absoluto sobre todas nuestras acciones, pero también sobre esas reacciones que provocan nuestras acciones. ¡No te debes desgastar pensando que has fracasado cuando has sido capaz de ofrecer lo más grande y lo mejor que has podido ofrecer!

Cada uno es dueño de la semilla que siembra en la vida, pero no puede controlar un sin fin de factores, entre los cuales podemos mencionar tanto la constitución geofísica del suelo en el que se siembra así como el medio ambiente nocivo en nuestro entorno.

En lo humano, es necesario que se llegue a comprender que no podemos ser totalmente responsables de la respuesta de los demás. La propuesta es nuestra, como la ha sido de Dios, pero la respuesta de los demás no es ni tuya ni mía.

Aprendamos la lección más divina y sin dejar de cumplir con nuestros deberes existenciales pidamos a Dios que seamos capaces de superar esa gran decepción surgida de aquellos que esperábamos una respuesta adecuada en los hijos, en el matrimonio, en la amistad, en la sociedad, en la iglesia.

Comprendamos que la satisfacción surge de aquello que nosotros hemos hecho a favor de los demás, y no tanto de los frutos que los otros pueden ofrecernos.

 

TRIUNFOS QUE NO SON TRIUNFOS.

En aquel tiempo, después de que Jesús leyó en la sinagoga un pasaje del libro de Isaías, dijo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios, y se preguntaban: “¿No es éste el hijo de José?”

Jesús les dijo: “Seguramente me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo” y haz aquí, en tu tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”. Y añadió: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra”.

1.-     Queridos amigos:

Quisiera que profundizáramos sobre el contenido de aquello que debe provocar una verdadera Satisfacción en nuestra vida.

El término castellano: Satisfacción proviene de la unión de dos palabras latinas: SATIS-FACERE, que significa literalmente hacer lo suficiente.

Antes de continuar quisiera preguntarte: ¿Crees tú que sea lo mismo hacer mucho que hacer lo suficiente?,... temo contrariarte al decirte que no es así.

2.-     Te pongo un ejemplo, que pudiera ayudarnos a la comprensión de lo que te estoy comentando:

Cuando en el año 1983, hace 24 años, un servidor estudiaba el tercer año de preparatoria en el Seminario de Monterrey, el entonces Rector Monseñor Miguel Angel Alba Díaz, que hoy es Obispo de La Paz, Baja California Sur, nos impartía la clase del tercer grado de latín. Recuerdo que los exámenes finales no eran escritos sino que eran orales, y me acuerdo cómo aquel día después de haber ingresado al aula, tenía apenas unos cinco de diez minutos que iba a durar el examen, y ya me habían hecho varias preguntas, las respondí, y entonces me dijo: Rogelius, SATIS (Rogelio, suficiente). Yo quería aprovechar los otros cinco minutos y que me siguieran preguntando, puesto que me había preparado con esmero, pero el volvió a decir: Rogelius, SATIS (Rogelius, suficiente).

Para aquel maestro, había respondido suficiente, aunque no fuera mucho en cantidad, lo que le había respondido era suficiente en calidad de acuerdo a su apreciación como para que conociera sí yo sabía realmente la materia o si ignoraba los contenidos por examinar.

3.-     SATIS significa SUFICIENTE, lo cual no debe ser confundido con cantidades, y al saber que SATIS significa SUFICIENTE, puedes saber que SATISFACCIÓN es una palabra compuesta de dos palabras latinas: SATIS-FACERE, que quiere decir: hacer lo suficiente.

4.-     Mira, fíjate como hay personas que hemos hecho mucho pero que todavía no hemos hecho lo suficiente. Y tengo que decirte que la pregunta inmediata que cualquiera de nosotros, sí tú y yo, debiera hacerse ante las situaciones conflictivas es: ¿hay algo más que pudiera hacer?, y si la respuesta es que SI, entonces debemos ser capaces de entender que todavía no hemos hecho lo suficiente, aunque aparentemente sea mucho, y ¡no podemos estar tan tranquilos!; y si nuestra respuesta es que NO hay nada más por hacer, uno debe experimentar la SATISFACCIÓN de saber que hemos hecho lo suficiente en nuestra vida.

¿Te fijas como la satisfacción auténtica brota de nuestras acciones y no de las reacciones de los otros? Sin lugar a dudas la correspondabilidad de la otra persona y todas esas gratificaciones que el otro nos ofrece principalmente con sus actitudes son necesarias, pero no son lo más importante, puesto que sí tú y yo hemos hecho lo que tenemos que hacer, nuestra satisfacción brota del cumplimiento de nuestras funciones a favor de los demás y no de lo que el otro quiera ofrecer ante el cumplimiento cabal de mis funciones.

Esto nos permite efectuar una lectura adecuada de nuestro marco histórico y del ministerio de la Iglesia. Hay quienes miden, por ejemplo, el éxito del Santo Padre por las cantidades de personas que se reúnen, y no debemos caer en el engaño de las cifras. El fracaso del ministerio en el Santo Padre vendrá no cuando se le junten al Papa 5 personas y otras miles y millones la boicoteen. El fracaso vendrá cuando el Papa deje de anunciar el mensaje de Jesucristo. Creánme el triunfo no viene con las cantidades sino con la pureza de su doctrina y el verdadero fracaso vendrá cuando deje de predicar, no cuando se le reunan 5 personas.

Estos son los fracasos que no son fracasos y los triunfos que no son triunfos. El fracaso surge de nuestras perezas, surge de nuestra apatía y de nuestro no hacer lo que tenemos que hacer por los demás.

5.-     Y lo anterior nos debe prevenir sobre todo ante las posibles respuestas negativas de los otros. ¿Qué más pudo hacer Jesús por su pueblo? ¿Qué más pudo hacer por Judas? ¿Qué más pudo hacer por los habitantes de Nazareth? El lo hizo todo, y aunque su Sagrado Corazón pudiera experimentar el dolor que acompaña el desencanto ante la injusticia humana, el Señor se siente satisfecho de haber hecho lo que tenía que hacer independientemente de las respuestas del hombre: Padre, todo está consumado.

¿Qué más puedes hacer por tus hijos? ¿Qué más puedes hacer por tu esposo? ¿Qué más puedes hacer por tus padres? ¿Qué más puedes hacer por tus hermanos?... Mira, la respuesta sincera puede ofrecer paz a nuestro interior, pero la respuesta que nos engaña no nos ofrecerá nunca tranquilidad. Si tú ya hiciste lo que tenías que hacer, no te preocupes, recupera la paz con Dios, pero si hay algo que todavía puedes hacer, no tienes porque estar tan en paz.

6.-     Te quiero compartir el testimonio de una mujer que un día me mostró el rostro de la más alta expresión de la madurez cristiana: Ella llegó a la parroquia de san Juan Bosco, en la que estuve de los años 1992 al 1995 y pidió platicar conmigo, me mencionaba su desilusión ante la sospecha de que su esposo le engañaba, me refería que había intentado platicar con él al respecto, en un sinfín de ocasiones y que él negaba categóricamente cualquier información al respecto. No obstante, sus sospechas se convertían día a día en certezas sobre todo ante las actitudes cotidianas, las distancias y el enfriamiento conyugal, las llamadas extrañas por teléfono, el cambio de horarios en relación a lo que él siempre hizo,... en fin, eran tantas las manifestaciones que le iban clavando en el alma el hierro lacerante del desamor y el inicio de la humillación.

Ella me decía: “Padre, amo a mi esposo, tenemos 26 años de casados, nuestros hijos estudian en el Tecnológico; pero ya me siento cansada, he estado nadando contra corriente durante los últimos meses, y le quiero decir algo que me sucedió: el día de ayer al venir a la Santa Misa, venía ya con la decisión de decirle a nuestro Señor que ya no podía más que me sentía fatigada, y que me iba a hacer a la idea de que ya no se podía hacer nada, y que aunque amo muchísimo a mi esposo, por dignidad debería aceptar la situación y ahora luchar por mis hijos y por mí misma. En ese momento de mi oración un pensamiento me asaltaba en mi interior: ¡acepta que has perdido a tu esposo!

Y, ¿sabe?, después de comulgar, me fui a la capilla del Santísimo Sacramento e hice oración y algo sucedió, sé que fue Dios el que iluminó mi pensamiento porque mi resolución se transformó: Al salir de la capilla e ir a mi casa, llevaba un nuevo pensamiento: “Aunque tú lo hayas perdido, tu esposo no debe perderse para Dios”.

Eso fue ayer, y ¿sabe qué padre?, si yo ya lo perdí, no me importa, pero le sigo amando y no quiero que se pierda para Dios, ¿sabe? seguiré luchando, no quiero que se pierda para Dios...”

La verdad mi muy querido amigo: Era tan grande el amor de aquella mujer por su esposo. Sin lugar a dudas lo que te he contado sale del estereotipo de muchas de las esposas actuales, y de cualquier medida que uno pudiera humanamente como sacerdote pedirle a una esposa, pero resulta necesario el mencionar el alto grado del amor que una mujer puede tener para con su esposo,...¿Y quieres saber que es lo que sucedió después?,... Pues bien, hace 10 años me encontré al matrimonio en una celebración en la Catedral y los he vuelto a ver en otras ocasiones, y a fuerza de tenacidad, de paciencia, de fe en Dios y de oración ella recuperó a su esposo para Dios, y al recuperarlo para Dios,... lo recuperó para ella.

7.-     Querido amigo:

Ante aquellas cosas que nos causan conflicto debemos preguntarnos con sinceridad: ¿hay algo más que pudiera hacer?

Si has agotado todos los recursos y solamente te encuentras con un rechazo tras otro, Yo te lo digo: no has fracasado, sin duda te ha tocado vivir una situación poco agradable, pero créeme que no has fracasado, sí has hecho lo que tenías que hacer.

8.-     ¿Y sabes qué?, si bien las reacciones del otro no dependen de ti, esas reacciones del otro, al mismo tiempo, se convierten en acciones que esperarán una reacción cristiana de tu parte. Sin duda, el cansancio y la desilusión suelen ser dos de nuestras máximas tentaciones, y estas tentaciones son frecuentemente, nuestras propias reacciones.

Cristo vivió el plan de salvación, y los hombres reaccionaron unos a favor y otros contrariamente, pero aún esta última reacción no provocó en Él el desaliento ni el vivir un sinsentido, puesto que lo que El hizo tenía sentido por sí mismo y no por lo que el otro hiciera con lo que El hizo por nosotros.

9.-     Es necesario que nosotros nos movamos en esta lógica cristiana: somos actores de nuestra vida y no reactores. No debemos dejar que otros decidan como debemos actuar. Si otra persona tiene actitudes despreciables ante lo que nosotros le ofrecemos, no debemos dejarnos arrastrar por despreciables hábitos de conducta. Si otra persona quiere ser injusta, colérica o malintecionada con nosotros, no debemos dejar que esa conducta nos aparte de nuestra resolución personal de ser una persona amable. Somos nosotros los que decidimos nuestra forma de actuar. Somos actores de nuestra trama, no reactores de lo que los otros quieren que hagamos. ¡Seamos dueños de nuestras acciones!

10.-   Hay una escena en la vida de Mons. Fulton Sheen que me fascina: El pequeño Fulton, de ascendencia irlandesa, vivía con su familia en un barrio de Nueva York. Cuando era niño, él junto con su hermano pasaban dos meses del verano como residentes en el curato, en lo que hoy es la Casa parroquial, dos meses en los que ayudaban al señor cura en sus tareas, le ayudaban en el mantenimiento de limpieza y pintura del templo parroquial, y esto le propiciaba el tener momentos muy intensos de oración. Todos los días se levantaba temprano para acompañar al cura hacia las 6:00 de la mañana a comprar el períodico antes de que celebrara la santa Misa. Recuerda que se iban caminando, y narra que el dueño del expendio de periódicos, por alguna razón no quería al cura de su parroquia, pero que esto no le hacía al sacerdote perder la compostura.

Un día, el sacerdote saludó al dueño con mucha amabilidad, atención que fue respondida con aspereza y con un servicio descortés. El cura recibió el periódico, que le fue entregado groseramente y aquel cambio aventado sobre el mostrador, de tal manera que algunas monedas cayeron en el suelo. A Fulton le ardía la sangre al ver al cura inclinarse al suelo a recoger las monedas y ante un trato tan maleducado, pero se contuvo cuando el sacerdote sonrió educadamente al dueño del puesto y le deseó un feliz fin de semana a él y a su familia.

Una vez que regresaban a la parroquia, el niño rompió el silencio:

 “¿Siempre lo trata tan groseramente?”  “Sí, por desgracia”.

 “Y ¿siempre es tan educado y amable con él?”  “Sí”.

 “Y ¿por qué se porta tan atento con él, sí él es tan grosero?”

“Porque no quiero que él decida cómo voy a actuar yo. Él quiere que yo le falte el respeto y no lo va a lograr. Le he pedido a Dios ser un actor de mi vida y no un reactor ante lo que el otro quiere que sea de mi vida”.

¡Entiéndelo ni tú ni yo podemos decidir como el otro debe tratarnos pero tú y yo sí somos dueños de lo que hagamos con lo que el otro nos hace!

 

 

ACTORES MÁS QUE REACTORES.

En aquel tiempo, Jesús les dijo a los habitantes de Nazareth: “Seguramente me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo” y haz aquí, en tu tierra, todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”.

Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un barranco del monte, sobre el que estaba construida la ciudad, para despeñarlo. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de ahí”.

1.-     Muy queridos amigos:

El Hijo del Padre eterno que vino al mundo ha asumido en todo nuestra naturaleza humana menos en el pecado.

En su encarnación Él se ha convertido en nuestro modelo de santidad, y es en Él en donde encontramos nuestra perfección.

El Hijo de Dios ha querido ser un hombre libre, dueño de sus acciones y de sus reacciones, ha sido una persona valiente y crítica de todo aquello que no correspondía a la enseñanza de Dios o que fue tergiversado por los interéses de las autoridades de su tiempo. Jesucristo supo asumir el costo de esa libertad y lo hizo con la más alta dignidad ofrendando su vida en la cruz.

2.-     Creer en Jesús exige tomar conciencia de que se acepta como paradigma la vida de un Dios hecho hombre rechazado, perseguido y sometido a un doble juicio civil y religioso, a causa del escándalo que sus palabras y actos han producido en aquellos que han atesorado sus intereses. Creer en Jesús supone poner la propia confianza en la verdad del Dios hecho hombre que fue ejecutado, abdicado, como una consecuencia de los intereses que encarnaban los poderosos de su tiempo y de la sociedad.

Jesús, el Hijo de Dios, al igual que los profetas y los creyentes de  todas las épocas tendrá, que pasar no pocas veces por en medio de las multitudes enfurecidas o manipuladas por aquellos que no quieren escuchar el juicio de la verdad, y se encontrará ante una doble opción: la pervivencia personal a costa del sacrificio de la verdad o la fidelidad a lo que se había constituido en fundamental en su vida a costa de su misma existencia, es decir, o bien decidía atenuar la fuerza de su doctrina, reducir el mensaje que tenía que transmitir, echar, como se dice en nuestros lenguaje: “agua en el vino”, transigir, buscar una fórmula de compromiso, complacer a las autoridades reinantes, o bien decidía llevar hasta el final la tarea que se había impuesto: decir lo que tenía que decir aunque incomodara a muchos, hacer lo que tenía que hacer aunque provocara escándalo en tantos bienpensantes, sabedor de que tropezaría con una resistencia tal que acabaría por ser víctima de esa misma resistencia.

Creer en Jesús, cada uno de nosotros, conlleva sentir la tentación o mejor dicho sentir la seducción, en uno o en muchos momentos de la vida, de esta doble opción y optar, finalmente por lo que Jesús apostó en el más pleno ejercicio de su libertad.

3.-     Y proclamamos a Jesucristo como Rey, pero no de este mundo. Su reinado se asienta en un desconcertante trono. Da miedo decir que su trono es en realidad un patíbulo. Y desde la cruz Jesús se proclama Rey. El Hijo del Padre hecho hombre que dijo: “Yo no he venido a ser servido, sino a servir”, no podía terminar de otra forma.

Cristo se ha manifestado un rey pacífico y humilde, su único ejército son sus palabras serenas, firmes, nada pretensiosas. La expresión humana de su poder ha significado la defensa de la verdad. No, no es un modo de conquista triunfal. “Así no se llega al poder, sino al martirio”. Lo que pasa es que en el martirio brilla todo el poder del Hijo de Dios. Sin medallas ni estrellas, con la única condecoración del brillo de la sangre derramada.

4.-     Y es aquí en donde debemos entender que nuestra vida debe ser la de aquellos que son artífices de su propia historia, actores más que reactores de la existencia. No obstante, a veces la existencia, nos exigirá una reacción y debemos también ser dueños de nuestras reacciones.

Y es que todo nuestro proceso de maduración dependerá de cómo reaccionamos ante lo que nos acontece en la existencia, ante las dificultades o desafíos de la vida.

La persona inmadura ve exclusivamente las dificultades: están tan cerca de sus ojos miopes, que lo único que puede ver son los problemas y resta muy poca atención a su propia reacción, que es en realidad el asunto crítico y definitivo. Las dificultades pasan, pero nuestra reacción ante ellas no pasa. Cada reacción madura o inmadura, se queda en nosotros como el principio de un hábito.

Cuando las reacciones maduras se repiten tienden a producir hábitos de madurez que nos caracterizan. Cuando las reacciones inmaduras se repiten, van cavando sus propios surcos en el campo de nuestra vida.

El cristiano debe aceptarse siempre dentro de esta condición actual humana y de peregrino, que necesariamente implica los aparentes fracasos. Hay que pasar siempre nuestros ideales por la prueba de la experiencia actual. Y pasar nuestros ideales, que a veces parecen tan hermosos, por esta prueba, exige de nosotros una lucha, una renuncia, una batalla por controlarnos a nosotros mismos, una disposición de volver a empezar en el despertar de nuestros aparentes fracasos, a aceptar lúcidamente y con fe cristiana el misterio de nuestra propia cruz, solamente así podemos aspirar a la victoria que se levanta sobre nuestros aparentes fracasos y podremos evitar esos aparentes triunfos que no nos traen otra cosa que destrucción y muerte.

No es el problema, y en este caso no son nuestros fracasos, lo que constituye algo crítico, definitivo y tremendamente importante. El problema es nuestra reacción ante este fracaso. La reacción de los cristianos debe siempre ir infundida por la confianza alimentada por esa convicción de que Dios y yo somos mayoría, más fuertes aún que nuestras propias debilidades.

Cuando la situación le es ruda, el cristiano ha de hacerse más rudo. Necesitamos ser más grandes que nuestros problemas, y esto sólo se logra en la cercanía con Dios.

5.-     ¿Sabes? Hay un pasaje en la vida de san Francisco de Asís que me parece uno de los episodios más encumbrados de esa madurez que brota sin duda de la asimilación del Evangelio en la vida de una persona.

Te lo confieso, cuando lo leí por primera ocasión no lo comprendí, más aún consideré que había un error en aquel pasaje o que debería borrarse de la historia del santo...

Se nos narra en las florecillas de san Francisco:

San Francisco en las etapas conclusivas de su vida establece un diálogo con el fiel hermano León y le dice:

“        León mi buen fraile, de Dios el buen cordero, ¿Conoces en qué consiste la dicha perfecta?

Escribe hermano León que si un día teniendo abundante dinero y riquezas, fuera capaz de despojarme de todo y vender lo que tuviera que vender para saciar el hambre de los más pobres, escribe hermano León, que allí no está la dicha perfecta.

León mi buen fraile, de Dios el buen cordero, ¿Conoces en qué consiste la dicha perfecta?

Escribe hermano León que si un día saliendo del convento recorriera los caminos y evangelizara a todos los hombres y todos aceptaran el mensaje de bondad que hemos conocido en Dios, escribe, hermano León, que allí no está la dicha perfecta.

León mi buen fraile, de Dios el buen cordero, ¿Conoces en qué consiste la dicha perfecta?

Escribe hermano León, que sí yo tuviera todo el poder como para mover las montañas y curar a los enfermos de sus dolencias del alma y del cuerpo, escribe, hermano León, que allí no está la dicha perfecta.

León mi buen fraile, de Dios el buen cordero, sabes ¿En qué consiste la dicha perfecta?

Ahora sí te voy a decir, en que consiste la dicha perfecta...

Escribe hermano León, que sí un día salimos tú y yo del convento de madrugada para predicar el mensaje del Señor, y nuestra misión se prolongara durante varias horas y más horas, y cuando tú y yo regresáramos al convento nos sorprendiera una tormenta de nieve de tal manera que el hielo se metiera por las hendiduras de nuestras sandalias, y sintiendo el frío en los huesos quisiéramos llegar al convento para tomar un potaje caliente, y al llegar al convento y tocar la puerta a causa de la oscuridad no nos reconocieran y nos dijeran que nos marcháramos de allí, y sí al volver a insistir nos vuelven a echar de nuestro convento, y sí nuevamente tocamos a la puerta y entonces salen los hermanos y con un garrote nos golpean para que nos alejemos de su puerta. Y sí tirados en la nieve, tú y yo somos capaces de levantar nuestro rostro golpeado y sangrante, y les miramos con dulzura y al soreír les decimos: “La paz contigo”. Escribe hermano León, que allí se encuentra la dicha perfecta.

6.-     ¿Sabes? Yo tenía 17 años cuando lo leí por primera ocasión, y te vuelvo a confesar que no lo comprendí, pero el paso de los años y una progresiva asimilación del Evangelio me ha ayudado, aún con mis muchas carencias, a comprender la sabiduría del santo, o mejor dicho la santidad del hombre sabio: la dicha perfecta no depende de las acciones, ni de los logros, ni siquiera de lo que humanamente podría ser calificado como exitoso,... la dicha perfecta depende de la madurez que tengamos al ser dueños de nuestras propias acciones...¿te recuerda algo el que Alguien desde la cruz mire con misericordia a sus ejecutores y le diga al Padre del cielo: perdónales porque no saben lo que hacen?

Compréndelo, lo que el otro haga no depende de ti ni de mí, pero lo que si depende de ti y de mí es aquello que hagamos con lo que los demás nos hacen. Y esto es en lenguaje psicológico la madurez humana, y en lenguaje cristiano esa santidad llamada: la dicha perfecta.

Es aquí, mi querido amigo, en donde podríamos concluir con la consideración del cristiano Víctor Hugo:

“Tú que lloras, ven a este Dios que llora,
tú que sufres, ven a este Dios que sana,
tú que tiemblas, ven a este Dios que sonríe,
tú que pasas ven a este Dios que permanece”.   
   

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